DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a J.K. Rowling.
Espero que lo disfruten.
Aclaraciones: Los escritos en cursiva, representan recuerdos.
La suma de todos sus miedos
…
Capítulo 15: Confesiones
...
Parte II: A flor de piel
…
Hogwarts. Mediados de marzo/1997*
—¿Crees que se vaya a morir? —Theo preguntó con angustia mientras se limpiaba la sangre de su labio inferior roto y recargaba su peso en la misma pared en la que se acurrucaba Draco.
Draco, por su parte, estaba seguro que esa angustia no estaba asociada a la suerte de Granger en absoluto. Era más bien un temor por su propio bienestar, porque él acabada de dejarle claro a punta de puñetazos que, si algo le pasaba a Hermione, seria Nott, y nadie más, quien pagaría las consecuencias. De cualquier modo, esa era una amenaza que Malfoy prefería no tener necesidad de cumplir. La sola posibilidad de que le pasara algo realmente malo, algo que no se pudiera revertir, hacía que el agujero negro que se había formado en su pecho desde que recibió la noticia se hiciera cada y cada vez más grande.
—Espero que no —musitó él tan bajito que tal vez Theo no había podido oírle, pues sus oscuros ojos azules seguían posados en él con expectativa. Sin embargo, en lugar de molestarse en formular una respuesta más audible, la mente de Draco se retrajo, llevándoselo lejos. Un par de días atrás.
…
Sucedieron varias cosas desde que Granger le confesara a Draco estar enamorada de él hasta que Malfoy se enterara, de forma casi adventicia, que Hermione había sido trasladada a San Mungo, herida de gravedad.
La primera y, posiblemente, la más trascendental era que Draco había aceptado por primera vez en voz alta que él también estaba enamorado de ella. Haberle dicho que la quería con la misma intensidad con la que antes había odiado todo lo que ella representaba había sido cuando menos liberador. Por eso mismo, no haberle susurrado al oído que deseaba poseer su alma con mayor anhelo que con el que acababa de poseer su cuerpo entre las sábanas arrugadas de su colchón, habría sido imperdonable. Así que…
—Podrías tildarme de enfermo sin tan solo supieras cuánto tiempo llevo deseando hacer esto contigo —murmuró mientras le lamía el lóbulo de la oreja.
—Siempre he creído que eres un enfermo, Malfoy —le sonrío ella, clavándole los dientes débilmente sobre el hombro. A Draco sus palabras le hicieron gracia y su intento de mordisco le erizó la piel—. Además, no veo que tiene de especial mi oreja.
Ah, esa había sido la segunda. Draco y Hermione habían hecho el amor de la forma más febril y pura en la que solo dos amantes como ellos podrían. Ella había conseguido perdonarlo por el incidente con Potter y él no podía estar más agradecido con Merlín por esta nueva oportunidad. Lo demás era agua pasada.
—No estoy hablando solo de tu oreja, Granger. Hablo de ti en general. Creo que estaba obsesionado contigo o algo.
Ella volvió a sonreírle, incrédula. Draco se dio cuenta que Hermione trataba de ocultar su sonrojo con exagerados aspavientos de risa. Y no entendió por qué en la tierra alguien como ella no querría verse así de hermosa cuando algo la avergonzaba. Era casi la misma duda que lo atacó desde la primera vez que la vio desvestirse en aquel baño de prefectos. Después de todo, ahora que conocía su desnudez de una manera más profunda, su perfección le parecía imposible de ocultar.
—¿Estabas? —se burló, provocando un roce entre sus labios, que terminó en un pausado y fogoso beso que desordenó un poco más las sábanas verdes de Draco—. A mí todavía me pareces bastante obsesionado.
—No seas pesada —le dijo, haciéndole cosquillas en la cintura. Sintiendo chispas en el cuerpo por el roce de su piel contra la de ella—. Aunque creo que llevas razón. Siempre estaré obsesionado contigo. Pero te me acabas de convertir en otra clase de obsesión.
—Otra clase —repitió ella con curiosidad.
Malfoy la observó desde abajo. Granger estaba recostada sobre él. Su rostro pecoso salpicado de rubor estaba delimitado por un montón de desordenados mechones crespos, que le caían hasta más abajo de los hombros y que, en ese momento, le cosquilleaban el pecho. A Draco se le antojaba la imagen más encantadora que había visto en su vida.
—Sí, la clase de obsesión de la que no podré librarme nunca.
—Eso suena un poco espeluznante. —Su voz dejó traslucir un deje divertido mientras sus dedos parecían tocar un piano imaginario sobre los pectorales de Draco—. Escabroso, a decir verdad.
—No tienes ni idea, Hermione Granger.
…
—Lo siento —murmuró Nott, y aunque Draco no prestara atención, sus palabras eran realmente sinceras, su arrepentimiento totalmente genuino. —No pensé que ella fuera tan importante para ti. Yo, simplemente, no tenía idea.
A pesar de tener la cara ensangrentada y los nudillos magullados, la cabeza de Malfoy seguía sin estar allí en el aula de pociones en la que acababa de entrarse a golpes con Theo lego de descubrir lo éste había hecho, muy por el contrario, sus pensamientos continuaban enredándose en las sábanas verdes de su habitación, en la silueta espectral de Granger sobre su cuerpo, en sus labios buscando los suyos al tiempo que se le escapaba un gemido que llevaba su nombre.
…
—Podría hacer esto por siempre —jadeó ella sobre su cuello, mordiendo delicadamente su manzana de Adán.
Draco trató de controlar su pulso, porque a pesar de todas las confesiones que se habían hecho esa tarde, no se sentía muy cómodo con la idea de que ella supiera la clase de poder que tenía sobre él. Era la clase de magia que podía detener su corazón con tan solo una inocente caída de pestañas. Y Granger encaramada en su pecho, arañándole con los dientes la nuez, no era precisamente la inocencia personificada.
—Tranquila, Granger —Tras tragar el nudo que se le había formado en la garganta, Draco trató de sonar burlón al tiempo que le apretaba las nalgas para acomodarla mejor sobre sus caderas y poder sentir la humedad que sabía empezaba a formarse en su zona íntima—. No queremos que todo Hogwarts se enteré que eres una pervertida. Podrías matarme si no dejas algo para después. Y luego todo el mundo mágico sabría que perecí entre tus garras mientras me torturabas con largas y extenuantes sesiones de sexo.
Ella le sonrió con malicia y sus pestañas ondularon cuando entrecerró los ojos con tierna picardía. Allí estaba, el sentimiento de sofoco que proseguía cuando su corazón se saltaba los latidos sin previo aviso. Y Granger parecía ajena al yugo hipnótico que, pequeños actos como esos, ejercía en Draco.
—¡Largas y extenuantes, ¿eh?! —Repitió Granger con sorna—. Sí, definitivamente, toda una tortura.
Hermione irguió la espalda y quedó sentada sobre las caderas del Slytherin mientras improvisaba un desarreglado moño para recoger sus cabellos. Sus chispeantes ojos marrones auguraban un castigo al tiempo que desmitificaban la imagen de una Hermione virginal. No que lo hubiera sido hace un par de horas cuando se acostó con ella por primera vez, pero verla actuar de esa forma tan atrevida, difuminaba de su mente la creencia absurda que alguna vez tuvo sobre ella siendo una anticuada mojigata. Ella se mordió los labios para ocultar una sonrisa y con pecaminosa lentitud empezó a mover sus caderas contra la erección de Malfoy. Él gimió, o más bien gruñó, cuando la fricción envió una serie de ondas eléctricas por su espina dorsal. Tragó saliva, aturdido, por la sobreexposición sensorial. No sabía que eras más glorioso: si la imagen de los pechos de Hermione rebotando frente él, los jadeos que se le escapaban a pesar de tener los labios firmemente cerrados en un sensual mordisco, o los corrientazos que le sacudían hasta la última fibra de piel cada vez que su rigidez entraba en contacto con la humedad de su centro.
Ella volvió a gemir su nombre: —Malfoy… No. No quieras hacerme creer que tú no quieres esto tanto como yo.
Hubo un silencio más bien jadeante, que precedió a otro juego de miradas. Draco perdió el juego y rompió el silencio, sin sentirse para nada como un perdedor.
—Me atrevería a jurar que lo deseo incluso más que tú, Granger.
Y sin mediar más palabras, usó la fuerza de su cuerpo para derribarla sobre la cama. El destello de una mirada de sorpresa titiló en los ojos de Hermione. Y ese solo gesto provocó que a Draco le hormiguearan las terminaciones nerviosas. Jamás tendría suficiente de ella. Nunca se cansaría de Hermione Granger.
—Este juego será divertido —le prometió, ubicándose entre sus muslos para separarlos—. Te aseguro que te gustará.
Llevó dos dedos hacia su centro y empezó acariciar primero su clítoris para luego introducirlos lentamente en su cavidad. Draco sintió como se le escapaba el aliento al descubrir lo dilatada que Hermione estaba. Ella le sonrió en un jadeo como animándole a seguir. Así lo hizo. Metió un tercer dedo, que se curvó con los otros dos en su interior, apreciando como Granger se estrechaba alrededor de ellos mientras entraban y salían. Cuando la sintió completamente mojada se preparó para embestirla. Granger se lamió los labios en anticipación, como quien está a punto de saborear su comida favorita y cerró los ojos con un suspiro entrecortado en el momento justo que Malfoy empezó a deslizarse dentro en ella.
…
—Tal vez no me creas, pero si lo hubiera sabido… si me hubieses dicho lo que sentías por ella, jamás le hubiera entregado la Phitos. Yo solo… —Theodore parecía en realidad contrariado, como un duelista que yerra un tiro infalible y con eso pierde la única oportunidad que tenía de salir vencedor del combate. A la poca luz que se deslizaba por la opaca claraboya, sus facciones ojerosas se veían aún más exangües; su rostro era una máscara de confusión—. Pensé, cuando descubrí que te veías con Granger, que ella era la persona que habías escogido para entregarle la Phitos a Dumbledore. Yo… supongo que fue mi error no preguntar, pero en serio creí que solo la estabas usando.
—Lo hacía —respondió Draco, que no sabía en qué momento había empezado realmente escuchar lo que Theo decía. No sabía cómo era que había conseguido desterrar a Hermione de su mente y concentrarse en el presente—. Ese era el maldito plan, Theo. Usarla para llegar a Dumbledore.
—Antes de que te enamoraras de ella —pareció comprender Nott.
Malfoy soltó una carcajada seca que, por la reacción crispada de Theo, debió sonarle más como un gruñido. Con la manga de su camisa hizo desaparecer vestigios de la sangre que aún le goteaban de su nariz y del pómulo izquierdo. En sus ojos grises había un perezoso desdén cuando los posó sobre Nott.
—No —le contradijo; la conciencia remordiéndole mientras apretaba el cuarzo en su puño con fuerza—. Incluso después de eso. Siguió siendo el plan.
Y eso era lo que más lo atormentaba. Que aún después de que Draco había logrado hacer las paces con sus sentimientos y se había reconciliado con la idea de estar enamorado de ella, no abandonó sus propósitos de usarla como portadora de la Phitos de Mogana Le Fay. Después de todo, esa siempre había sido la intención al acercársele; que en el proceso hubiera resultado enamorado, era un daño colateral con el que había aprendido a lidiar. Pero se suponía que las cosas no tenían que terminar así. Se suponía que cuando él hechizara a Hermione para entregar esa vasija maldita, ella estaría totalmente protegida. Se suponía que ella jamás se quitaría el cuarzo encantado que él le había dado. Se suponía…
…
—Quinientas ochenta y siete, quinientas ochenta y ocho y quinientas ochenta y nueve. —Draco suspiró, satisfecho—. Sí. Hay un total de quinientas ochenta y nueve pecas entre tu pecho y espalda.
—Eso es imposible —replicó Granger, todavía con una mano sosteniendo su cabello por encima de su cuello para dejar su espalda despejada. Tenía medio rostro recostado sobre una pierna de Malfoy que usaba como almohada en ese momento.
—¿Qué es imposible? —La incordió él mientras corría el broche de su collar para inspeccionar que no le hubiera quedado alguna peca sin contar—. Que tengas tantas pecas o que haya sido capaz de contarlas en tiempo record.
—Ambas. Y no las contaste en tiempo record, Malfoy. Te tardaste bastante, de hecho.
Draco bufó, como quien no encuentra un chiste gracioso.
—No es mi culpa que tu cuerpo se esmere por distraerme. Toda esa desnudez es abrumadora.
Ella rodó los ojos con insolencia mientras trataba de alcanzar una sábana para cubrirse: —Puedes poner tus quejas en el buzón de sugerencias cuando quieras.
Draco se recostó al espaldar de la cama y suspiró, contento. Ya podía imaginarse como sería su relación con Granger a partir de ahora. Seguramente, pasarían parte del tiempo en discusiones ingeniosas por asuntos absurdos y la otra parte reconciliándose con intensas jornadas de sexo. No parecía para nada un panorama desalentador. Después de todo, las discusiones ingeniosas por asuntos absurdos hace mucho tiempo que existían entre ellos y, por lo que había experimentado hasta el momento, las reconciliaciones con sexo eran fabulosas.
—Yo no me estoy quejando, Granger. Es todo lo contrario.
—Parecía bastante una queja hace un momento.
—No lo era.
—¿No? —ella le sonrió con coquetería, como si supiera que ese gesto era lo único que se necesitara para desconcentrarlo.
Draco se mantuvo a salvo de la trampa: —No. Era la exposición de un hecho.
—¿Cuál hecho?
—Que tienes quinientas ochenta y nueve pecas y que tu cuerpo desnudo está diseñado para arruinarme.
…
Draco golpeó la pared con el puño repetidas veces hasta que la cadenita con la piedra de luna salió expelida de su mano, enrollándose en algún lugar del piso. Aparentemente, impotente, Theodore lo oyó gritar, furioso, atormentado y cuando pareció advertir que los gritos de Malfoy se habían convertido en una sucesión de sollozos casi mudos, se movió a recoger la cadenita.
—Es de Granger —reconoció éste, aunque esta vez el collar estaba manchado con la sangre de Draco—. Se la vi ese día. Cuando traté de convencerla de hablar contigo.
El hecho de que Nott se hubiera preocupado tanto por su turbado estado de ánimo luego del incidente en la biblioteca como para que se tomara la molestia de buscar a Hermione y orillarla a hacer las paces con él, era algo que Draco le hubiera agradecido si el desenlace de esa reconciliación no hubiese sido Granger internada en San Mungo por recibir los embates de una peligrosa maldición.
—Yo fui quien la arruiné —Prorrumpió con la voz estrangulada por un nuevo sollozo y la mente embebida en alguna alucinación que lo desquiciaba—. Yo la arruiné. Está donde está por mi culpa. Yo la puse allí. Y si no sobrevive…
Draco ni siquiera consiguió proseguir, su voz murió ante la idea de perderla. De perderla de una forma irremediable, porque no se le podía arrebatar nada a la muerte. Él lo sabía, pero en su desesperación, recordó aquella vez a principios del sexto año, que en Artes Oscuras estudiaron acerca de un peligroso tipo de magia negra que era capaz de traer a los muertos de vuelta; también sabía, sin embargo, que de cualquier modo Hermione no sería quien volvería. Si ella moría y él se empeñaba en resucitarla, lo que traería a la vida no sería más que un caparazón vacío con su forma; no más que un saco de carne y huesos. Pero nunca ella. Ella jamás regresaría. Draco gimió sin saber por qué sus pensamientos estaban tomando ese derrotero. Tal vez era su dolor. Tal vez estaba buscando escudarse con la posibilidad de recuperarla.
—Si te sirve de algo, dicen que Dumbledore absorbió la mayor parte de la maldición.
De repente, Draco pareció despertar de su letargo: —Y aun así ese maldito viejo sigue vivo.
No era como si la muerte de Dumbledore pudiera resarcir su angustioso pesar por el actual estado de Hermione, pero hubiese ayudado saber que ya no tendría que preocuparse por él, por Snape o por Voldemort.
—Escuché a Snape decir algo sobre un anillo. Al parecer Dumbledore tenía una piedra como esta que le permitió repeler la maldición.
—¡Que sorpresa! —gorjeó sin ánimos—. ¿Acaso no fuiste tú quien dijo que no llevaba ningún amuleto?
—No lo llevaba la última vez que revisé. Aunque supongo que fue mejor así. La maldición los habría matado a ambos si Dumbledore no se hubiera interpuesto entre esa cosa y Granger.
…
Luego de diez minutos, Draco entró a la habitación con demasiado sigilo cargando una bandeja repleta de aperitivos, golosinas y algunas vituallas, que había recolectado de la cocina de los Elfos. Hermione, sin embargo, pareció notar su presencia apenas la puerta vibró sombre sus goznes cuando él la abrió.
—¡Gracias a Godrid! —susurró cuando reparó en el surtido de la bandeja: se enrolló la sábana por el cuerpo y fue hasta el escritorio donde Draco había dejado los alimentos—. Muero de hambre.
—¿No crees que eso es un poco desagradecido?
—¿Tener hambre?
—No —replicó Draco, acercándose a ella para depositar un corto beso sobre su mejilla—. Alabar a Godrid cuando fue un Slytherin el que evito que murieras de hambre. Enfrentándose a graves peligros en su travesía.
Ella casi se atragantó con una risa incrédula: —¿Es en serio?
—Bastante.
—Fuiste tú quien orgullosamente me confesó que lleva asaltando la despensa de los Elfos desde el tercer año y que no sería, cito: "para nada difícil llegar allí sin ser visto, puesto que todos esos bribones están pastando en el campo de Quidditch".
Draco le sonrió con la perversidad de alguien que está a punto de cometer un crimen: —Eso no implica que no haya sido peligroso. Pero soy un Slytherin así que pude resolverlo.
—Bueno, tomando en cuenta que eres el Slytherin que agotó mis energías con… Ya va… ¿Cómo era? "largas y extenuantes sesiones de sexo", supongo que eres el responsable de proveer mi alimento sin importar en quien pongo o no mi fe.
Se quedaron absortos por un par de minutos.
—Buen punto —aceptó él, encogiéndose de hombros mientras la observaba. Hermione parecía realmente concentrada en las botanas sobre la bandeja. El tipo de concentración que Malfoy solo le había visto prodigarle a algún libro—Si sabes que solo es comida ¿verdad?
—¿A qué te refieres? —quiso saber ella, apenas prestándole atención.
—No entiendo por qué la miras así. Es solo una bandeja llena de comida.
Ella alzó los hombros con desinterés.
—Solo estoy decidiendo que debo comer. Me encanta como se siente el pastel de calabazas en mi boca, tan suave y cremoso. Pero no dejo de pensar en esa tarta de limón y esa gama de densos ácidos en mi paladar.
—¿Lo estás haciendo a propósito? —le preguntó él, tragando grueso.
—¿El qué? —musitó Hermione, decantándose por la tarta de limón.
—Hacer que tu comida suene tan erótica.
—Eso depende —le sonrió, encantadoramente—. ¿Está funcionando?
Él la abrazó por la espalda, clavándole los dientes en el cuello de la misma forma en que la había visto a ella hacerlo con esa tarta. Hermione gimió como una invitación y Draco le restregó las caderas contras sus nalgas. Estaba seguro que a pesar de las capas de ropa que separan sus cuerpos en ese momento, ella había podido sentir en su rigidez que, maldita sea, sí estaba funcionando.
…
Todos esos recuerdos lo estaban consumiendo vivo. El hueco en su pecho parecía crecer con cada segundo y hundirlo, inmisericorde, en su propio mísero abismo. Las remembranzas de Granger y esa última tarde que habían pasado juntos eran como punzadas que se clavaban en su pecho; pequeñas esquirlas de hielo que le aguijoneaban profundo. Una herida que no sangraba, pero que estaba muy lejos de sanar.
—Necesito verla —resolvió con una sensación de creciente pánico abriéndose paso en su interior—. Saber que está bien.
—Eso es ridículo, Draco. Las salvaguardas de San Mungo son imposibles de burlar. Y eso suponiendo que lograras salir de Hogwarts.
Un furioso enfado parpadeó en la profundidad de sus ojos grises al escuchar lo que Theo le decía. Draco sintió deseos de volver a golpearlo para paliar un poco de su dolor, ira y frustración, pero si no había funcionado antes era poco probable que lo hiciera ahora. En lugar de enfrascarse en otra pelea sin sentido, Malfoy se concentró en planear una estrategia que le permitiera dejar Hogwarts y llegar a Hermione lo antes posible.
—Lo haré.
Theo adivinó que su amigo no estaba abierto a réplicas o contradicciones. Por la determinación que debió leer en sus ojos también supo que él ya había planeado algo. Pero Draco no era precisamente brillante trazando planes bajo presión. Así que, con el aparente fin de evitar una tragedia peor, se encogió de hombros antes de decir: —Sé de alguien que puede ayudarnos.
—¿Quién? —se interesó de inmediato Malfoy; una desesperación frenética colándose en su voz.
—Va en quinto año —comentó Nott, viéndose realmente diligente a la hora de escoger sus siguientes palabras—. Su nombre es Lovegood. Luna Lovegood.
Poniendo cara de pocos amigos, Draco trató de recordar a quien se refería Theo, pero su mente parecía bloquear cualquier imagen que acudiera a él para ponerle un rostro a la susodicha. De improvisto, unas facciones infantiles, de rubios cabellos y un extraño aire de chiflada, llenaron su mente, tomando forma.
—¿Ella? —preguntó con descrédito—. Esa chica está de remate.
…
Hermione estaba casi inmóvil recostada en su regazo mientras Draco le dibujaba un entramado de círculos sobre la espalda. Su respiración era tenue contra su pecho y su piel suave al tacto de sus dedos. A pesar de que él le había dicho que no tenía necesidad, ella se había trenzado el cabello en una desarreglada crineja, aduciendo que tenía demasiado calor.
—Me gusta tu cabello. —comentó él, enredando su meñique en un rizo que se le había escapado de la trenza.
—¿El mismo cabello de esponja del que te burlaste cada año hasta hoy?
—Hace mucho que no me burlo de tu cabello. —se defendió Draco, intentando sonar contrito mientras se incorporaba un poco sobre la almohada—. De hecho, hace mucho que no me burlo de nada que tenga que ver con tu apariencia.
Ella pareció reflexionarlo: —Sí es cierto. ¿Y por qué pasó eso?
—Creo que tuvo mucho que ver nuestro encuentro en aquel baño de prefectos —mencionó sin conferirle mucha importancia. Aunque, él sabía, la tenía toda.
Sintió a Granger removerse incómoda en su regazo y cuando buscó su rostro para descubrir qué era lo que la incordiaba, lo halló completamente soflamado. La caída de sus pestañas revelaba que en ese preciso instante estaba recordando aquel evento de noviembre. Para Draco, ese había sido el punto de inflexión. A partir de ese día, él no había podido ver a Hermione con los mismos ojos y, a juzgar por su reacción, casi podía jurar que a ella le había pasado lo mismo. En aquel entonces, Malfoy estaba tan empecinado en negar cualquier atracción por ella que nunca se dio el permiso de indagar lo qué ese encuentro había supuesto para Hermione. Hasta ahora, por supuesto.
—¿Te sucede algo?
—No —musitó Granger, ruborizándose todavía más—. Es solo que… —ella se interrumpió y sacudió la cabeza con un aire de brumoso nerviosismo—. Nada.
—Es obvio que te pasa algo, Granger. ¿Qué es?
—Es sobre ese día —confesó sin darle largas—. Después de que por fin te fuiste del baño. Yo no pude sacarme una cosa de la cabeza.
Estamos a mano, pensó Malfoy, encontrando aquel atisbo de su nerviosismo curiosamente tranquilizador en contraste con sus propios nervios.
—¿Qué fue lo que te conmocionó tanto? —le preguntó, realmente intrigado.
Ella tosió para retrasar un poco más su respuesta mientras se movía para mirarlo directamente a la cara. En el ínterin, Draco se preparó para escuchar la más escabrosas de las confesiones. Nada, no obstante, podía prepararlo para lo que Granger le dijo: —La forma en la que miraste. O, mejor dicho, la forma en la que no podías quitarme la mirada de encima. Tú nunca me habías mirado así.
Y entonces recordó ese día, con todos los lujos y cada pequeño detalle.
—Eso fue porque estabas casi desnuda —le confió sin darse cuenta en que momento las palabras había abandonado su boca—. Y ya te he dicho que tu desnudez me resulta bastante abrumadora.
—Estoy hablando en serio —le riñó ella, golpeándole en el pecho, juguetonamente.
—También yo. Créeme. —Después de varios minutos de letargo, Draco murmuró: —¿Sabes qué fue lo que pensé de ti cuando te vi desnuda por primera vez?
—¿Qué era la criatura más hermosamente sexi que habías visto en tu vida? —susurró, soñolienta. Sobre su pecho Draco pudo sentir como las facciones de Hermione se contraían en una pequeña sonrisa.
—No. Lo qué pensé fue: Ella no es una chica, solo es Granger. Aunque supongo que esa fue la única forma que consiguió mi cerebro de deshacer el shock en el que me sumí al verte así y darme cuenta lo que eso me causaba—Él aguardó en silencio a que Hermione dijera algo; tal vez una de sus respuestas ingeniosas y petulantes con las que lo tenía acostumbrado, pero tras la ausencia de respuesta y por el compás que había tomado su respiración, supuso que al fin había sucumbido al sueño—. Aunque, desde luego, eres la criatura más hermosamente sexi que he visto en mi vida.
Instantes después, él también se quedó dormido.
…
Draco pareció sopesarlo y tomar una resolución en contados segundos.
—¿Y qué es lo que Lovegood puede hacer para ayudarme?
—Ella conoce muchas formas de dejar el colegio. Sin ser detectado, por supuesto.
—¿Tú cómo sabes eso? —Su cuestionamiento fue rudo. Típico de él, sospechando mucho y confiando poco—. ¿Ahora sales con ella?
—Claro que no —Theodore parecía, francamente, ofendido—. Ella… Digamos que la conozco desde hace mucho tiempo.
—¿Qué tanto tiempo?
—El suficiente —le soltó, desdeñosamente. Nott parecía estar llegando al límite de su paciencia—. ¿Estás interesado o no?
—Suficiente no parece suficiente para mí.
—¿Tienes otra opción?
En lugar de responder, Draco exigió saber: —¿Desde cuándo la conoces, Theo? ¿Por qué, según tú, debo confiar en ella?
Theodore Nott rodó los ojos y soltó un suspiro de claudicación antes de decir: —¿Recuerdas la casa de mi tía Rose en Ottery St. Catchpole? —Draco le lanzó una mirada de completa incomprensión, por lo que Theo se apresuró a sumar datos a su explicación—. Donde solía pasar los veranos después de la muerte de mi madre. Pues resulta, que la familia Lovegood, vive a las afueras del pueblo. Allí la conocí. El verano justo antes de que entráramos a Hogwarts. Su mamá también había muerto, así que supongo que eso nos acercó. No hablamos mucho aquí, pero ella es como… como una hermana para mí.
—No tenía idea que alguien te importara —mencionó Draco, genuinamente sorprendido. No era el tipo de interés que él sentía por Granger, pero sabía que viniendo de una persona tan reservada como Theo debía ser igual de profundo. Estaba a punto de adicionar algo a su comentario cuando escuchó la gran puerta de madera del aula estrellarse contra las paredes adoquinadas en un golpe sordo.
…
Malfoy sintió frío de repente, así que trató de buscar calor en el cuerpo junto a él. Se llevó una desagradable sorpresa cuando estiró el brazo y, en lugar de atrapar las curvas de Hermione, éste se estrelló con un hueco con su forma en el colchón. Pestañeó con el sueño todavía a cuestas y cuando abrió los ojos para inspeccionar el lugar vacío, una voz terriblemente conocida, lo distrajo.
—¿Así que Hermione Granger? —Desde su escritorio, un burlón Blaise Zabini le sonreía de oreja a oreja mientras se comía unas botanas de la bandeja que Draco había traído no hace más de un par horas—. ¡Quién lo hubiera imaginado! Definitivamente, yo no.
—¿Qué mierda haces aquí, Blaise? ¿Dónde está Granger?
—Amigo, tú eres mi maldito ídolo. ¿Granger? ¿En serio? ¿Tú y la comelibros? Todavía no salgo de mi asombro. —Draco lo acribilló con una mirada exigente—. Bueno, ya, respondiendo a tu pregunta, el partido terminó hace como media hora, pero vine aquí, como el excelente amigo que soy, antes que todos para ver si se te ofrecía algo y justo cuando entraba a las mazmorras, vi a Granger salir a hurtadillas, así que…
—Lo dedujiste, sí, muy brillante. —soltó, malhumorado al tiempo que salía de la cama y comenzaba a vestirse—. ¿Hace cuánto se fue?
—Ya te dije. Debieron ser unos cuarenta y cinco minutos. Y desde entonces estoy velando tus sueños mientras seguía recabando pruebas de que ella fuera la Gryffindor con la que follabas. Aunque no habría otra razón por la que ella tendría que estar saliendo de tu habitación, de todos modos.
Draco lo asaetó con una mirada de intenso rencor al detectar la comicidad satánica que su amigo había imprimido a la palabra follabas. Zabini, como siempre, lo ignoró magistralmente.
—¿Tienes idea de lo espeluznante que suena eso?
—Supongo que esta camiseta muy al estilo muggle, le pertenece a nuestra ex señorita misteriosa —dijo, pasando de la pregunta de Draco y cogiendo la prenda negra de una pila de ropa que descansaba en el suelo cerca de la cama. Él intentó arrebatársela, pero no fue necesario; Blaise se la devolvió, perdiendo el interés rápidamente y redirigiendo su atención al desorden de su cama. Tosió con sorna. La clase de tos burlona que Draco sabía usaba Zabini cuando intentaba no reírse en voz alta —. Y bueno, ambos sabemos quién hechizó este cuarzo.
Velozmente, los ojos de Malfoy siguieron la trayectoria de la mirada de Blaise hasta un recodo de la cama. Allí, medio oculto por las sábanas, titilaba la piedra de luna que él le había obsequiado a Hermione el mes pasado. La misma que ella había prometido jamás se quitaría.
—Ella no debió dejar esto aquí. —imprecó, cogiendo la cadenita y guardándola en su bolsillo con hosquedad.
—Y pensar que estuve buscando en las tetas de la Gryffindor equivocada.
…
Draco y Theo se giraron en redondo cuando la puerta rugió contra el muro. Acatando un impulso ciego, Malfoy buscó su varita, pero Theodore fue más rápido y ya había lanzado un hechizo contra la figura que franqueaba la entrada del salón.
—Ten cuidado con eso —lo regaño Zabini, esquivando el hechizo con la soltura de alguien que se lo esperaba—. Ustedes, definitivamente no cambian. ¡Tan paranoicos como siempre!
—¿Averiguaste algo? —inquirió Nott, sin considerar las quejas de Blaise.
—No mucho —admitió éste—. Solo que sus padres, al parecer la quieren trasladar a un hospital muggle.
—¿Qué? —Un alarido furioso le brotó de la garganta—. ¿Están locos? Eso es estúpido, en verdad. No hay mejor lugar que San Mungo para tratar maldiciones.
Blaise se encogió de hombros, como disculpándose: —Es lo mismo que creemos todos, Draco. Al menos los que entendemos la magia. Pero según mi fuente, los padres de Granger están preocupados porque no ha habido ningún progreso en su estado y creen que la medicina muggle puede ayudarla más.
—Eso es estúpido —repitió Malfoy; la ira no había abandonado su humor y parecía exudar rabia y frustración por cada poro—. No puedo permitirlo.
—Es lo mismo que Dumbledore dijo —le contó para tranquilizarlo—. Aunque no sé por cuento tiempo, él pueda imponer su voluntad sobre la de los Granger.
Draco lo consideró por un momento. Una penetrante sensación de alarma le recorrió la columna vertebral ante la perspectiva de los padres de Hermione saliéndose con la suya. Sencillamente, él no lo podía consentir. Haría lo que fuera para evitarlo; incluso empezar a confiar en las personas.
—Theo, dile a Lovegood que quiero su ayuda. Dile que la necesito.
Continuará...
¡Hola, he vuelto! :D
Nunca imaginé que me volvería una ficker tan inconstante, pero es que la verdad el tiempo y la inspiración no han sido de mis mejores amigos este último año, por lo que me ha quedado cuesta arriba continuar con la historia. Pero, en fin, vayamos a lo importante. Sé que en el capítulo anterior prometí Lemon (y salí con una versión menos candente) o confesión y al parecer no sucedió ninguna. La explicación es muy sencilla. Este capítulo arranca más allá de la primera vez de Hermione y Draco con unos pequeños guiños a lo sucedido, porque esa escena la tengo preparada para otro capitulo (si no de esta historia, por lo menos de la segunda parte que se viene pronto, en los años siderales que yo manejo). La segunda parte que ya tiene nombre y escaleta se narrará desde la perspectiva de Hermione y explicará muchas cosas que aquí, (por la limitación del punto de vista de Draco) no he podido abarcar. Espero no haberlos decepcionado y que el capítulo les haya resultado entretenido y lo bastante coherente.
*Bogotá. Mayo 21 de 2020*
