Capítulo 18

Cuando Dean despertó se sorprendió gratamente al encontrar a su hermano aun dormido. Había sido una noche cargada de emociones.

La habitación aún estaba sumida en completa oscuridad, las cortinas oscuras y gruesas cumplían bien su propósito. Dean alcanzó el celular que había metido debajo de su almohada, junto con su arma. Mantuvo presionada una tecla por unos segundos hasta que la luz de la linterna se encendió, ahora las siluetas comenzaban a tener forma.

Usando el sigilo de su profesión, pisó con cuidado de no hacer crujir ninguna tabla del piso. Con el mismo cuidado abrió la puerta y salió de la habitación. El resplandor que le dio de lleno en la cara casi lo hace sisear como en las absurdas películas de vampiros. Extrañado por la intensidad de la luz del día, indagó en la pantalla del celular. Casi era medio día y ellos durmiendo, simplemente increíble.

No era de extrañar que el estómago del mayor de los Winchester empezase a rugir, exigiendo su preciado combustible matutino. Antes de dirigirse hacia la nevera, decidió que lo mejor era tomar una ducha para quitarse los últimos resquicios de sueño, y luego preparar suficiente comida como para alimentar a un batallón.

Cuando Dean salió de las profundidades del baño casi se da de frente con su hermano, quien llevaba en la mano una muda de ropa. Ambos se dirigieron un escueto "buenos días", aunque ya pasase del medio día.

Sam se apresuró a entrar en el cuarto de baño, casi cerrándole la puerta en la cara a su hermano. Estaba tan avergonzado como intranquilo, hace menos de ocho horas que había derramado sus tripas, no una, sino dos veces. Muy a pesar de su pena e incomodidad, Sam se permitió reír al ver una bolsa de plástico sobre el toallero. Al parecer Dean no dejaba de estar un paso por delante ante sus necesidades.

Una vez que el brazo enyesado estuvo totalmente cubierto por la bolsa de plástico, procedió a darse una ducha rápida. Con mucho gusto se quedaría un rato más encerrado en el baño, pero esa mañana no sentía ganas de revolcarse en su miseria, bueno, por lo menos no en el baño.

Quizás veinte minutos después, Sam se detuvo en el umbral de la cocina, viendo como Dean terminaba de acomodar unas cajas de cereal en la despensa de la comida.

—¿Lucky Charms? —dijo Sam, más por curiosidad que por hacer notar su presencia.

—Qué te puedo decir, estoy arraigado a las viejas tradiciones —dijo, captando la postura tensa de su hermano. No queriendo presionar a Sam, Dean se giró para empezar en la preparación del desayuno, dándole la libre opción de irse o unírsele.

Sam agradeció el espacio que se le estaba brindando. Era bueno ver que Dean había aflojado la correa, aunque seguramente le estaba costando todas sus reservas de autocontrol. Al cabo de unos minutos de indecisión, caminó hacia el desayunador y arrastró una silla para sentarse.

—Lamento el desorden que cause. Debiste de dejarlo tal cual para que yo me hiciera cargo —Sam sabía que la imagen que había proyectado en plena madrugada era deplorable. Ojala y pudiese borrar ese y muchos momentos de la mente de su hermano. La desesperación por la droga lo convertían en un animal rastrero, un ser deprimente.

—No fue para tanto —dijo Dean, restándole importancia al hecho de que el baño y la cocina minutos antes se habían visto como un campo de batalla. Lo importante era que el asunto no había llegado a más.

—Gracias —Si su hermano pensaba hacer borrón y cuenta nueva, también podría intentarlo ¿no?

Sam dejó caer sus parpados y se centró en los sonidos a su alrededor. Mucho más allá del sonar de los platos y cucharas se podía escuchar el viento aullando entre los árboles, los pájaros celebrando un día más de vida con sus bellas entonaciones. Dean había tenido razón al decirle en el auto que antes solía amar esos sitios. Él amaba la naturaleza, pero en su afán de agarrar el mundo con las manos se había olvidado de las pequeñas alegrías de la vida.

—Hey, Sam —Sam salió de su ensoñación al escuchar el sonido repetitivo de su nombre—. ¿Estás bien? Te fuiste por un rato.

—Sí, sí, sólo estaba pensando —dijo mostrando una pequeña sonrisa tranquilizadora—. ¿Me decías algo?

—Necesito que vigiles que ese tocino no se queme. Ya vuelvo —Dean cedió la espátula a su hermano, mientras salía en dirección a la habitación, volviendo minutos después—. Toma.

Sam fingió no reconocer las píldoras que su hermano le colocaba sobre una servilleta. Quizás si se hacia el desentendido podría librarse de ese grillete que desacomodaba sus días más de lo que debía de ordenarlos.

—Sabes, un hombre sabio me dijo que la depresión no se curaba con una palmadita en la espalda y una frase motivacional. Quizás en este momento no lo veas así, pero la medicación te ayudara a tener más días buenos y menos malos —Dean expresó al ver la indecisión de su hermano. Por mucho que quisiera no podía forzar las pastillas por la garganta de Sam.

Sam decidió aceptar el medicamento en silencio. Habían sido demasiadas peleas y emociones en tan poco tiempo. Él también se cansaba de ser un dolor en el trasero.

El desayuno se sirvió en un silencio cómodo. Dean como siempre se ocupó de llenar su plato hasta el borde. En cambio, el menor de los hermanos tomó una tostada recubierta de mantequilla de maní y una taza de café que seguramente rellenaría con el transcurso del desayuno.

Dean sintió como su hambre disminuía al ver lo vacío que seguía el plato de su hermano. Era algo ofensivo de ver, pero recordando las palabras de la noche anterior, decidió sabiamente no insistir y llevar la fiesta en paz.

Para el almuerzo del tercer día, Dean decidió preparar su famoso pollo frito acompañado de una ensalada de arbolitos de brócoli, lechuga y cubitos de tomate. Ciertamente dudaba que eso entrase en categoría de ensalada.

—¿Si sabes que no soy un niño? —preguntó el menor de los hermano, después de estar observando en silencio toda la preparación de la comida.

—¿Qué te hace decir eso? —Dean se detuvo de picar y revolver. Él había tratado de darle su espacio a su hermano, lo había dejado ser. Así que, la pregunta de Sam lo descolocaba por completo.

—No lo sé —adquirió con un aire de fingido pensar—. Quizás es porque estás haciendo figuritas con la ensalada

—¿Qué? No, yo… —Dean sintió como el calor invadía sus mejillas al ver el gusano que estaba formando con los trocitos de tomate. Con un ruidoso carraspeo trató de jugar la carta de la indiferencia—. Es fácil aburrirse en este lugar, sólo estaba haciendo tiempo mientras estaba el pollo ¿puedes culparme por estar aburrido?

—¿Así que el aburrimiento saca tu lado creativo? Tenías bien oculto ese lado tuyo, Deanna —comentó, haciendo un esfuerzo casi titánico para no reventar en carcajadas y de paso terminar con el tazón de la ensalada como sombrero.

—Me gustabas más cuando no me hablabas, Samantha —Dean resopló, aun manteniendo su pose de indiferencia y ahora de indignación.

Sam sabía lo que Dean estaba haciendo y no mordería el anzuelo, no se desviaría de su botín. Eran muy pocas las veces que tenía material de burla contra su hermano y definitivamente no lo dejaría pasar a la ligera. Él se haría su domingo con ese dato.

—Y al parecer por ese supuesto aburrimiento tuyo esta mañana hiciste pulpitos con las salchichas, o, ayer por la noche un trasero de espaguetis —La cara de su hermano no tenía precio. Sam no pudo contener la risa, sosteniéndose el estómago por la falta de aire.

—¡Era un corazón! —gritó indignado. Dean maldijo al darse cuenta que había caído en la trampa que Sam le había tendido—. Ok. Lo admito, es estúpidamente divertido ¿feliz?

—Sí. Ahora apúrate a hacerle un bosque a ese gusano —dijo el menor. Dean gruñó, pero igual usó las ramitas de brócoli para terminar con su obra maestra.

La idea era no insistir en el tema de la comida, pero simplemente no podía sentarse a ver como su hermano menor hacia malabares con la comida, intentado y fracasando. Y no es que Sam lo hiciese por gusto o berrinche, sino que el trauma de lo sucedido lo tenía sujeto con correa corta.

—Puedo preparar otra cosa si eso no es de tu agrado —dijo Dean al ver como Sam movía de un lado al otro la comida de su plato.

—No es eso. Esta delicioso —Sam masticó un trozo de pollo para dar credibilidad a su respuesta—. Además, sabes que siempre fui de comer menos que tú.

—Sí, pero lo compensabas con monte, y no has comido casi nada de la comida de cabra que te preparé —dijo Dean, sonando casi como una madre histérica por su retoño.

Sam rio ante esa nada nueva faceta de su hermano. Tan lejos había estado de la vida que lo rodeaba que ya había olvidado como era tener a alguien que se preocupara de cosas tan sencillas como si se alimentaba bien o tenía unas horas de sueño. Claro que, todo eso lo había tirado a la basura sin saber que algún día las necesitaría simplemente para no sentirse solo.

—¡Oye! He estado comiendo tu arte comestible —Sam intentó darle un giro divertido al asunto. Fracasando cuando el silencio se tornó incómodo.

—Lo poco que has comido —murmuró con molesta insistencia.

—Dean.

—Sí, lo sé, lo sé. Sólo digo que me gustaría que pudieses poner más carne en esos huesos. Mira que pueden confundirte con un maldito wendigo —comentó Dean, internamente horrorizado por dicha comparación.

—Idiota.

—Perra.

Eran menos las veces que Sam despertaba atormentado por pesadillas. Se podría decir que Dean jugaba el papel de atrapasueños, como cuando eran niños.

El progreso era lento, pero Sam podía notarlo. No es que su vida ya no estuviese tan jodida, sino que ahora se estaba haciendo más llevadera. Bueno, excepto a la hora de comer.

Sam sabía que sin importa cuántas veces Dean le hubiese dicho que no lo presionaría, sabía que tarde o temprano Dean volvería con nuevas ofertas y palabras de aliento para que se alimentase más. Por eso, en el desayuno del día siguiente, Sam estuvo a punto de protestar por el futuro sermón, o eso fue hasta que escuchó la mención de la mujer que nunca conoció, pero que añoró cada noche de su niñez.

—Cuando mamá murió yo casi ni comía. Recuerdo que todo tenía un sabor horrible, sin importar el platillo que fuese siempre tenía ese olor a humo —Dean miró su escueto jugo de manzana, deseando que se convirtiera en una cerveza—. Recuerdo que una vez John había salido a comprar pañales y me había dejado a cargo de tu trasero, y de la nada apareció en el aire un olor de carne asada. Dios, salí corriendo tan rápido a vomitar que casi chocó con la puerta del baño. El olor a carne asada me hacía pensar que así olía mamá mientras se quemaba.

Desde que Sam había estado siendo un idiota con su hermano, esa era la primera vez que se mantenía callado, incapaz de dañar a Dean con su lengua venenosa. Eran escasas las veces que su hermano hablaba de su madre, ya que cualquier mención era como echar sal en la herida.

—Bueno, como sabes John siempre ha sido un hombre muy estreñido de sentimientos, y en ese entonces la muerte de mamá lo había jodido tanto que apenas podía consigo mismo. El hombre no fue de mucha ayuda —comentó Dean, sintiendo añoranza por su yo de cuatro años.

Hubo un tiempo donde John Winchester no fue un completo idiota. El hombre tuvo sus años dorados de buen padre. Dean recuerda como el ex marine los tomaba a él y al bebe Sammy en brazos y decía estar enamorado de sus hombrecitos. Fueron buenos años, de los cuales Sam no tenía ni el mínimo conocimiento. Lo mejor para todos, y principalmente para su hermano era dejar el recuerdo de ese buen padre enterrado entre las cenizas de su amada.

—Entonces, ¿cómo lo hiciste? —dijo al ver como Dean se había quedado atrapado a merced de esos recuerdos que muchas veces hacían más mal que bien—. Si mal no recuerdo si pudieras basar tu dieta a sólo carnes rojas, serias la persona más feliz del mundo.

—Un tiempo después del incendio, antes de que John fuese con Bobby, primero fue con el Pastor Jim. Recuerdo que nos dejó unas semanas donde el Pastor.

—Así que Jim fue nuestra primera niñera en la línea de cazadores —Sam silbó, recordando todos los "tíos" con los que habían crecido a lo largo de su niñez.

—Pero no le digas a Bobby que podría sentirse herido —bromeó a costa del chatarrero, quien seguramente estaba teniendo un ataque de estornudos ante su mención—. Después de lo ocurrido con mamá, esas semanas con Jim no fueron tan malas como pensé en ese momento.

James Murphy entró en la habitación de invitados donde se encontraban los hijos de John. El Pastor sonrió al pequeño rubio que lo miraba con clara desconfianza.

No tienes por qué temer, chico —dijo al ver que el pequeño aún no se había despegado de la cuna donde dormía su hermanito—. ¿Quieres salir a jugar un rato afuera?

Dean observó al hombre vestido de negro. Según su padre había dicho que el Pastor era alguien de confianza y que los cuidaría mientras él estuviese lejos. Claro que su padre podía poner un arcoíris sobre la cabeza del extraño, pero él no le confiaría a su hermanito de buenas a primeras al desconocido de negro.

Jim no obtuvo más que un meneo de cabeza. El niño estaba abrazando fuertemente su papel de hermano mayor.

A la hora de la cena el Pastor notó claramente que Dean comía menos de lo que cabría en la botella de fórmula de Sam.

Esa noche mientras los niños dormían, planeó una estrategia para ayudar a Dean.

A la mañana siguiente Dean despertó y se topó con la terrible imagen de la cuna vacía. A trompicones se levantó de la cama y echó a correr por el pasillo para rescatar a su hermanito de cualquier mal que hubiese tocado uno de sus escasos cabellos.

Dean, escucho que ya despertaste. Baja a desayunar —gritó el Pastor al escuchar los pasos apresurados en el pasillo del piso de arriba.

No tengo tiempo para desayunar —respondió el pequeño de cabello rubio sin ser consciente que el Pastor Jim no tenía súper oído como sus superhéroes de la televisión.

Jim esperó, pero el niño no bajaba aun. Arriba se escuchaban puertas abrirse y cerrarse, pequeños pasos de un lado al otro. Jim malinterpretó las cosas, él pensó que Dean se había levantado con energía de más y estaba jugando sin prestar atención a los llamados a desayunar. Lo que no sabía era que el regordete bebe sentado en la silla alta era el Santo Grial que el Winchester mayor buscaba.

Dean, te estamos esperando —dijo el Pastor.

Dean detuvo su labor de búsqueda y rescate al escuchar ese "estamos". Al despertar y no encontrar a su hermanito lo último que pensó fue que Sammy estuviera en compañía del Pastor.

El alivio inundo el pequeño cuerpo. Segundos después le asaltó un sentimiento de indignación y enojo. ¿Quién se creía ese hombre para tomar a su hermano sin aviso alguno? Él le había prometido a su mamá que cuidaría de Sammy, y no quería romper dicha promesa de tan alto valor.

Armado de valor y de una onza de alegría, Dean bajó las escaleras y llegó a la cocina lo más rápido que sus pequeñas piernas le permitieron.

No te vuelvas a robar a mi hermano —El mayor de los hermanos se plantó lo mejor que pudo ante la alta figura del Pastor.

Qué, no. Yo no… —Jim sintió que las palabras se le escaparon de la boca. El niño ante él tenía la fiera mirada de un perro de guardia.

Lo sacaste a escondidas —Dean acusó sin piedad alguna. El no olvidaría a la ligera el hurto de hermanos menores. Por lo menos su hermanito estaba bien y las cosas no parecían ir por mal camino.

En ese preciso momento fue que Jim pudo ver la imagen completa. El niño había perdido a su madre, su padre ya no era el de antes. Y ahora, sólo contaba con su hermano menor. Jim había querido ganarse al niño, y en su afán de hacer una buena acción casi cometió el peor error de todos: meterse con el hermano menor de Dean Winchester.

Lo siento mucho, Dean —Jim dejó de lado cualquier acción que tuviese en manos para arrodillarse a la altura del niño de cuatro años—. Mi intensión nunca fue asustarte. Sólo quería sorprenderte con un buen desayuno, y ya que Sammy estaba despierto decidí que podría echarme una mano.

Dean miró al Pastor como si a este se le hubiese ocurrido decir que el sol era verde y no amarillo.

Sammy sólo es un bebe. Él no te puede ayudar a cocinar —nuevamente miró al Pastor con clara sospecha en la mirada.

Quizás no pueda cocinar o ayudarme, pero si es un gran observador y un alegre compañero de trabajo —Y como para contribuir con las palabras del Pastor, Sammy comenzó a aplaudir alegremente—. ¿Crees que puedas perdonarme por tomar a tu hermano sin tu permiso?

Dean miró estupefacto al Pastor. Los adultos nunca se disculpaban con él, sin importar que la culpa fuese de ellos. Dean se sintió grande, tenía el perdón de un hombre en sus manos. Si, el hombre vestido de negro había tomado a su hermanito sin permiso, pero al fin y al cabo había sido para una buena acción.

Yo te perdono, Pastor Jim —Dean sonrió ante la sincera y contagiosa sonrisa del hombre.

Gracias mi muchacho —Jim revolvió el cabello rubio mientras le decía al niño que se sentase a la mesa para desayunar.

¿Hay algo malo con tu comida, Dean? —Jim no pudo evitar darse cuenta que el niño apenas y probaba su comida—. Puedes confiar en mí, muchacho.

Dean sabía que los adultos mentían. Pero, el amigo de su padre era un Pastor de Dios y si mentía se iría al derechito al infierno. Así que, armado con su lógica del bien y el mal, Dean decidió dar pie a la pregunta del hombre.

La comida sabe rara, y también huele rara —musitó el pequeño.

¿Rara cómo?

Dean inhaló profundo para lo que estaba a punto de decir. Sólo se lo había dicho a Sammy, pero era sólo un bebe, así que, seguramente no contaba.

Tal vez me recuerda a mami —dijo Dean.

¿Tu mamá olía a panqueques con miel? —comentó Jim, sacando una sincera y dulce risilla del chiquillo.

No —indicó, sintiendo como una nube negra se posaba sobre su cabeza—. Me recuerda al día que ella se fue.

Si esta hubiese sido una caricatura, seguramente un bombillo se habría encendido sobre la cabeza del Pastor.

Ya veo —añadió Jim con aire pensativo—. Oye, Dean. ¿Puedes decirme a qué olía tu madre?

Dean se sintió confundido ante el cambio de tema, pero no se negaría a hablar de su madre con el Pastor Jim, ya que, Dean sentía que si no hablaba de ella era como si la estuviese borrando de su memoria para siempre.

Mami olía a margaritas —dijo con voz soñadora. Si cerraba los párpados muy fuerte y se concentraba con todas sus fuerzas, podía escuchar su hermosa voz riendo, o contando cuentos para él y para Sammy.

Jim esperó hasta que pasara un poco la ensoñación en la que se había quedado enfrascado el niño.

¿Qué cosas hacían reír a tu mamá, Dean?

Entre el Pastor Jim y Dean se creó una amena charla. Jim preguntaba sobre Mary y sobre la vida de la pequeña familia antes del incendio. Dean respondía con una alegría rebosante, reviviendo a su ángel con cada historia. Ocasionalmente el pequeño Sammy daba su opinión por medio de efusivos aplausos y gritillos de felicidad.

Supongo que después de todo no estuvo tan mal el desayuno, ¿eh Dean? —comentó Jim, dirigiendo una mirada optimista al plato del hermano mayor.

No —Dean sonrió con la complicidad de estar compartiendo un secreto con el Pastor. Curiosamente casi había acabado con su desayuno, y ya no sabía tan mal. Los únicos olores que llenaban su nariz eran los de la miel de los panqueques, y las margaritas al revivir a su madre con sus recuerdos.

Sé que perder a un ser querido es muy doloroso. Y si tenemos que recordarlos, entonces que sea con momentos felices. Tienes que aprender a aferrarte a los buenos recuerdos, y veras como los malos ya no saben tan mal —expresó Jim con una sonrisa y un guiño.

Dean se aferró con uñas y dientes al consejo del Pastor Jim. Él se apegó a los buenos recuerdos de su vida antes del incendio, sólo así pudo seguir adelante.

—Luego fuimos donde Bobby, y una vez que probé sus famosas chuletas de cerdo en salsa, supe que jamás le diría que no a la carne —Dean sonrió de la misma manera que lo había hecho el Pastor Jim. El plato de su hermano estaba más vacío de lo que había estado en las últimas semanas, quizás meses.

—Bobby puede ser un viejo cascarrabias, pero sin duda cocina como los dioses —comentó Sam con una sonrisa, mientras apartaba el plato con no muchos restos de comida—. Ya no puedo más.

—Supongo que después de todo no estuvo tan mal el almuerzo ¿eh Sam?

—Supongo que no estuvo mal tu arte culinaria, Deanna —dijo bromeando.

—Ya verás cómo las cosas mejoraran. Sólo te pido que tengas paciencia —indicó Dean. Sin darle tiempo a su hermano de contestar, se levantó y se ocupó a recoger los platos y apilarlos en la pila llena de agua de jabón.

Sam asintió para sí mismo, sintiendo un poco de fe ciega en las palabras de Dean. Por primera vez en mucho tiempo la comida no tenía ese sabor agrio y fétido. Por primera vez cada bocado no se había sentido como una tortura. Quizás Dean tenía razón y sólo era cuestión de paciencia.

Todo mejoraría, o quizás no.

Con la espalda pegada al respaldar de la cama y las piernas cruzadas, Sam sostenía un precario y viejo libro entre sus manos, concentrado por completo en el momento narrado. Puede que dicho libro ya hubiese sido leído por el castaño más de las veces que pueda recordar, pero sin importar que se lo supiera de memoria, cada vez que decidía emprender esa aventura la chispa de la emoción se encendía en su ser como si fuese la primera vez que posaba sus ojos en esas líneas.

De pronto la habitación tenuemente iluminada por la lámpara de noche se convirtió en una mohosa y oscura cueva de trasgos. El mundo entorno a Sam Winchester había sido silenciado, dando paso no a la historia de su vida, no, ahora era el turno del valiente Hobbit, quien avanzaba con pasos cautelosos hacia el desconocido encuentro de lo que sería su gran tesoro y a su vez la orca entorno a su cuello. Bilbo Bolsón estaba por dar con el precioso.

Tan inmerso estaba en el mundo que Tolkien había creado que no se percató cuando la puerta de la habitación fue abierta. Sam casi brincó de la cama como un gato asustadizo al sentir como algo pesado caía a su lado en la cama.

Dean se reía sin parar, doblándose de la risa sobre las piernas de su hermano. La cara de espanto de Sam valía el librazo que acababa de caer sobre su cabeza. La idea principal había sido llamar sutilmente la atención del castaño, no provocarle el susto de su vida. Igualmente había funcionado ¿no?

—¿A qué se debe tu molesta presencia, Dean? —masculló el menor. Su corazón aun llevaba un trote acelerado. Ya debería de estar acostumbrado a esos sobresaltos de muerte en presencia de su hermano.

—Iré a cortar leña —Dean carraspeó, limpiándose las lágrimas que habían bajado por sus mejillas.

—Bien por ti. Utiliza esos músculos, Schwarzenegger —Sam hizo un ademan de recoger el libro que había salido volando por el susto. Cuando lo tuvo entre sus manos e hizo a abrirlo le fue arrebatado en un rápido movimiento—. ¡Hey! Estaba leyendo eso.

—Si bueno, ahora estás hablando conmigo y por ser el mayor merezco una atención especial —comentó Dean, obteniendo una mirada llena de fastidio por parte del castaño—. Ya llevamos casi una semana de estar aquí. Y bueno, yo creí que tú, eh… —Dean se vio interrumpido en su tartamudeo cuando Sam levanto la mano y le hizo callar con una mirada.

—Escúpelo ya, Dean.

—Necesitas un bronceado, Sam —comentó Dean, haciendo que su hermano perdiera por un momento el hilo de la conversación—. Ya sabes, tienes que dejar que la luz del sol toque tu piel.

Sam miró con disimulo la piel del dorso de sus palmas. En california su piel había tenido un color cremoso, sano. Ahora sólo era una imitación barata de uno de esos vampiros de baja calidad en películas que no valían ni los costos de producción. Él sabía lo que su hermano estaba proponiendo, mas no quería salir.

Sam había abrazado tan fuerte la soledad y el encierro que ahora eran uno solo. El simple pensamiento de salir al mundo exterior, aun siendo en medio de un bosque deshabitado, provocaba cierto escalofrió en el castaño.

—Estoy leyendo, Dean. Quizás en cuanto termine el capítulo te siga —La mentira ya era parte de su sistema. Cada excusa se deslizaba por su lengua como una serpiente ansiosa de expulsar su veneno.

Dean suspiró, tratando de no mostrar la frustración en su expresión. Todo estaba yendo tan de maravilla que en algún momento del camino tenía que dar con pared.

—¿Y si llevas el libro contigo? —Dean decidió cambiar de estrategia.

—Es que estoy muy cómodo aquí, y seguramente afuera está muy caluroso y…

—Está bien, no importa —Dean detuvo la lluvia de excusas de Sam. Y antes de enojarse y armar una discusión, optó por ponerse de pie y abandonar la habitación.

—Oh vamos, Dean. No te pongas así —Sam sintió como la culpa serpenteaba por su espalda, mordiendo e infectando todo a su paso.

Dean se detuvo en el marco de la puerta, pensando en decir mil cosas. Quizás la mitad de esos pensamientos serian como tiros a quemarropa, así que por el bien de la buena interacción que estaban teniendo en esos días, se marchó sin mirar atrás.

El menor de los Winchester exhaló con pesadez y dejó caer los hombros a modo de derrota. Dean tendría que entender que no siempre se ganaba.

La aventura de Bilbo había perdido su chispa. La soledad en la que se encontraba Sam ya no era tan seductora como antes, es más, era como un trago amargo. Un recordatorio de lo roto que se encontraba.

Los minutos pasaron y Sam no se encontraba mejor. Su hermano sólo lo había invitado a dar un simple paseo, no a cometer un acto de terrorismo. Al pensar la propuesta con más calma, vio que no había peligro en seguirle la corriente a Dean. Rápidamente se calzó sus gastadas zapatillas, dispuesto a darse la oportunidad de no ser un culo por una vez con Dean.

Dean le llevaba unos veinte minutos de ventaja, y no tenía ni idea de a qué parte se había dirigido una vez fuera del porche. Lo mejor sería hacerle una llamada para obtener dicha ubicación y no terminar sin rumbo por el bosque.

Le tomó más de cinco minutos dar con su celular. La batería estaba a menos de la mitad de su porcentaje de carga, y justo al lado de la barra de señal se encontraba el icono de un mensaje de voz parpadeante.

Ignorar el mensaje hubiese sido fácil, muy fácil, pero había algo que jalaba de sus cuerdas y ponía un sabor amargo en el fondo de su garganta. La necesidad de saber qué decía el mensaje le carcomía por dentro. Aunque fuese tonto de pensar, era como si un sexto sentido le dijese que huyera y en su camino quemase todo puente de comunicación, pero las cosas nunca terminaban siendo tan fáciles para un Winchester.

Huir sólo podía significar que tarde o temprano el problema volvería para morderle el trasero.

El mensaje fue en extremo corto, un minuto como mucho. La voz era de un completo desconocido que sin anestesia tomaba su bueno día y lo hacía bolita para lanzarlo directo al cesto de la basura.

Sam guardó el teléfono en el bolsillo de su pantalón. Sin mucha ceremonia recogió unas cuantas cosas y las metió en su mochila. Una nota pegada en la puerta de la nevera fue lo único que pudo dejar tras su repentina huida.

La pila de leños sobre sus brazos le obstruían la vista, dejando al azar sus siguientes pasos. Con gran éxito logró llegar al cobertizo donde depositaria el resto de la leña. Cuando Dean hubo terminado su labor le dio una mirada pasajera a su reloj. Cerca de tres horas le había tomado encontrar la paciencia que había saltado por la ventana cuando Sam había negado su compañía.

Su lado impulsivo había querido ir hasta su cabezota hermano menor y tomarlo por esos largos cabellos y arrástralo para que saliese aunque fuese al porche y le diese una mirada al mundo, para que viese que aun había un mundo allá afuera en el que valía la pena intentarlo.

Dean hubiese querido estar enojado con Sam por encerrarse en esa pequeña burbuja, pero él tenía muy claro que su hermano no lo hacía por gusto o por una pataleta. El chico lo intentaba y eso debería de ser suficiente para Dean, pero muy en el fondo no era así. Y Dean se odiaba por eso.

El silencio era el mismo que lo había despedido al salir por la puerta. Seguramente Sam estaba con la nariz enterrada en ese libro de enanos con patas peludas.

—¡Querida, ya volví! —gritó para llenar el silencio que invadía el lugar. En otros tiempos su hermano le hubiese contestado con un comentario inteligente.

Meneando la cabeza ante la falta de respuesta de su hermano, se abrió camino a la nevera para tomar una cerveza. Justo antes de agacharse algo amarillo llamó su atención. Una pequeña nota se encontraba pegada en la puerta del refrigerador.

Dean sintió como su sangre se enfriaba mucho antes de que leyese la nota. La terrorífica imagen de su hermano desangrándose en el piso de la habitación cruzó por su mente como un rayo. Dejando la cerveza en el olvido, Dean corrió hacia la habitación para darse cuenta que uno de sus peores temores se había vuelto realidad. Sam se había marchado.

—¿Estás seguro que el chico no fue a dar un paseo? —preguntó el chatarrero, tratando de calmar a un iracundo hermano mayor con complejos mamá gallina.

—Te lo dije, Bobby —Dean se paseó de un lado al otro en la pequeña sala de estar—. Se llevó las tarjetas de crédito, mi dinero en efectivo, ropa y mi auto. ¡Se llevó mi auto! —gritó como si hasta ese preciso momento hubiese caído en razón de la gravedad de lo ocurrido.

—Dean, concéntrate —suspiró el chatarrero—. Dijiste algo sobre una nota, ¿qué dice?

Dean se rio sin humor al ver que aún se aferraba al trozo de papel.

—La nota no decía mucho, sólo que volverá en unos días, y que no me preocupe —Dean bufó lleno de impaciencia—. ¿Qué no me preocupe? Maldición, Bobby. Preocuparme esta en mi ADN.

—Mantendré mis oídos bien abiertos por si surge alguna noticia de Sam. Dean… —Bobby dirigió su mirada hacia unos papiros antiguos que estaba estudiando. Algunas veces tratar con esos hermanos era peor que traducir una lengua muerta—. Sé cómo se ve esto, pero tienes que darle una oportunidad al chico. Y con eso me refiero a que preguntes primero y dispares después. Sam dejó una nota diciendo que volvería.

—¿Qué se supone que haga con un pedazo de papel? Sam se fue, Bobby. En este momento podría estar buscando algún distribuidor, o teniendo una crisis existencial al borde de un maldito puente —Dean sintió como el nudo en su garganta crecía hasta dejarlo sin aire.

Unas cuantas palabras fueron intercambiadas por ambos cazadores antes de finalizar la llamada. Dean se dejó caer en el sofá de la sala. Se sentía derrotado, todas sus fuerzas habían sido exprimidas. Estaba aterrorizado, no tenía manera de seguirle la pista a su hermano. Sam se había llevado el coche, dejándolo en ese lugar olvidado por Dios.

La nota aun descansaba entre su puño. Ese insignificante pedazo de papel era lo único que mantenía viva su esperanza. Sam escribió que volvería. Dean sólo podía rezar para que no fuese más roto de lo que se había marchado; si es que regresaba.

Gracias por leer.