Endimión, rey de Élide, se enamoró de Selene y su etérea belleza, así que esperaba por ella cada noche para poder admirarla. Como el primero en notar el comportamiento de semejante satélite natural, quedó perdido en un amor tan fuerte que le aterró una sola cosa: la mortalidad. Ella era una diosa que se presentaba tan solo cuando la noche caía, así que el tiempo que tenían para estar juntos era reducido, casi siempre interrumpido por Hipnos, quien casualmente estaba enamorado de Endimión. El regente, desesperado por su mala fortuna, pidió dormir eternamente con los ojos abiertos para poder admirar al amor de su vida, aunque todos sabemos lo que eso significa. Así, cada noche ella visitaría su tumba, donde él descansa a su espera, para amarse mientras puedan sin hacer más que existir el uno por el otro. Chronos se detuvo por el amor que tenían, pero juntos tuvieron unas cincuenta hijas, a pesar de que él jamás despertaría. Incluso con las responsabilidades de un título, todo había quedado en el olvido, un pasado irrelevante, porque su único interés era pasar la eternidad en el abrazo de ella, blanca y hermosa, como la luna.
—Lo lamento, pero tú me abandonaste porque no podías seguir estando a mi lado. Esa es la única verdad, Sakura.
—Pero —rápidamente, las lágrimas se apoderaron de su rostro, mientras ella apretaba con fuerza sus manos—. Pero, Sasuke-kun… yo te amo.
—Si pudieras recordarlo, lo sabrías —explicó, soltando cuidadosamente su agarre—. Yo te rapté del cuidado de tus padres, te aparté de una vida normal, te forcé a casarte, pero nunca tuvimos un matrimonio, ¿lo entiendes? Aquello que vivimos fue tan solo… una dolorosa farsa. Sin importar lo que sientas ahora, lo verdaderamente importante es la decisión que tomaste aquél día.
—Pero yo no lo recuerdo.
—Eso no significa que no haya pasado —se estaban mirando el uno al otro, ajenos del mundo entero y, a pesar de que decía la verdad, ella no era capaz de comprenderlo—. Tú lo sabes, por eso insistías en que me divorciara: esto no es un matrimonio.
—No me estás entendiendo —masculló, frustrada—. No me interesa lo que sucedió antes, porque esa mujer no es la misma a la que tienes frente a ti.
—Sakura…
—El día de hoy no te amo de la forma en la que lo hice, o no lo hice, en ese tiempo —aseveró, dejando que su voz se mostrara alterada—. En este preciso momento decido que te amo de la forma más clara, honesta y genuina de mi ser —dijo, firme, aunque con lágrimas—. Yo soy la que está de pie ante ti para pedirte que dejes el pasado atrás.
—No puedo hacerlo…
—¡Tienes que hacerlo! —exclamó—. Tienes que superarlo, porque me amas... y no puedes, no vamos a rendirnos por algo que ni siquiera puedo recordar que sucedió.
—Es por eso que yo estoy aquí —en ese momento, Tsunade decidió que se estaba yendo de las manos de Sasuke. Ella se puso de pie, mostrándose firme ante Sakura—. Tú viniste a mí, y me pediste que te hiciera olvidar. Pero ahora puedo ver que fue un error. No voy a descansar hasta que puedas recordar lo que él te hizo —una furia que yacía dormida se reflejó en su voz.
—Si eso es lo que quieren, que lo odie, entonces me temo que yo paso —respondió, necia. Sasuke había apartado su mirada, agotado—. Yo no quiero recordar algo que solo me hará sufrir, y que te lastimará más a ti. ¿Lo entiendes?
—Me temo que eso no es una opción —anunció, la rubia, dejando a un lado su trago—. Vas a agradecerme cuando todo esto termine.
—¡Me rehúso! —espetó.
—Sakura, no puedo quedarme tranquilo contigo de esta forma —murmuró, él—. No puedo vivir así, pensando que en cualquier momento vas a mirarme de otra manera. Si ha de pasar, prefiero que sea ahora y no tener que pasar por otro suplicio.
—Ustedes no pueden decidirlo por mí —se quejó—. No me importa… quiero estar contigo, ¿no lo ves? Déjame tomar esta decisión —suplicó, colocando su mano sobre su brazo, de forma cuidadosa. Con solo ver su rostro afligido, Sakura podía entender que él podía no querer aquello, pero él no se movió porque parte de su ser deseaba continuar con lo que estaban logrando, y eso la tranquilizaba.
—Por favor —la mano de Deméter se movió en un arrebato, aproximándose y retirando el toque de Perséfone al tomarla por el antebrazo—. ¡Deja de ser una niña caprichosa y date cuenta de que lo que sientes son puras mentiras! —exclamó, recibiendo una mirada desafiante de ojos verdes.
—No se atreva a minimizar el amor que siento por él —masculló—. Suélteme, ahora.
—De ninguna manera voy a permitir que te engañes a ti misma —replicó, la mujer—. Veré que recuerdes cada mínimo instante de sufrimiento y odio que sientes hacia él, me voy a asegurar de que reconozcas a la escoria con la que te casaste, lo entenderás…
—¡No!
Capítulo Veintidós: Amar como Endimión
La naturaleza, mientras fluye y crece naturalmente, hace ruidos que son imperceptibles para el oído humano. Como nosotros, que somos capaces de escuchar la palpitación de nuestros corazones cuando prestamos atención suficiente, o la forma en que tragamos saliva al tapar nuestros oídos, lo que parece un poco desagradable. De la misma forma, nuestros órganos y células emiten sonidos que no somos capaces de escuchar. Para Perséfone, la voz de la tierra y las plantas era tan natural como para Deméter, pero no recordaba que tenía esa habilidad, hasta que su ira hizo que la tierra se moviera y los bambúes del jardín gruñeran furiosos por aquello a lo que consideraba una amenaza. Todo pasó demasiado rápido, así que no tenía forma de explicar lo que sus ojos habían presenciado, o de relacionarlo a sí misma, aunque era capaz de entender que eso había sucedido por su causa. Los tallos crecieron estrepitosamente, pero en lugar de elevarse o caer por su propio peso, se extendieron en un camino curveo que atravesó la sala para delimitar una línea entre la pareja y su invasora, como una barrera protectora. Sin embargo, la falta de consciencia y control de sus habilidades habían hecho de ese acto defensivo un posible ataque que, de no ser por la rápida reacción de los dos mayores, pudo haber cobrado daños.
Ella había caído de espaldas, sobre el suelo, porque él la había empujado para protegerla de sí misma y, al mismo tiempo, cuidó con su propia fuerza que ella no se lastimara en su aterrizaje. Al otro lado del muro—con aperturas por todas partes—, la rubia pudo notar las intenciones de la flora, apartándose hacia atrás hasta caer sobre uno de los sofás. El bambú había clavado sus puntas sobre un sillón, dejándolo inutilizable, lo que hacía evidente que de haber alguien en medio este habría resultado con heridas graves, pero nada de eso era su culpa. Claro, la agitación se había apoderado de todos, quienes ahora intentaban recuperarse de la conclusión de las rabietas de la diosa, esperando que luego de eso pudiera tranquilizarse, pero estaba tan impresionada por aquél suceso de carácter mágico, que ni siquiera podía hablar. Sus ojos, abiertos como platos, admiraban en su incredulidad el camino que se formó para apartar a Tsunade, y ella no necesitaba que le dijeran que era su culpa. No podía entenderlo, así que estaba asustada.
—¿Te encuentras bien? —la voz del pelinegro la hizo volver en sí, mirándolo a su lado, en el piso. Ella parpadeó, sin palabras—. De acuerdo, no te preocupes… no tienes que pensarlo demasiado, ¿de acuerdo? Solo respira, y siéntate.
—Por todos los cielos —bufó, la mujer, al otro lado de la sala—. Cuando dijiste que podía hacer una gran pataleta, no pensé que fuera tan extremo.
—¿Podrías esperar a que ella se tranquilice? —suspiró, sentándose para tomarla por el rostro—. No te asustes, está bien.
—Pe-pero —tartamudeó, aun sin poder creerlo—, yo… ¿fui yo? Fui yo, ¿cierto?
—Cuando borré tu memoria no intentaba eliminar esta parte de tu consciencia —explicó, Tsunade, sin levantarse de su asiento—. No se suponía que la parte que siempre estuvo en ti fuera olvidada… supongo que no podía eliminar lo demás sin deshacerme de eso también.
—¿De qué demonios está hablando? —cuestionó, alterada.
—No te preocupes, vas a estar bien —insistió—. No le prestes atención, te lo explicaremos cuando te hayas calmado, ¿de acuerdo?
—Déjate de rodeos, Hades —gruñó, la rubia—. Felicidades, Sakura: ¡eres una diosa! —soltó, con cinismo—. Perséfone, mi hija favorita. Y yo soy tu madre, Deméter. Ese degenerado de ahí es mi hermano, Hades, el mismo que te raptó cuando éramos deidades olímpicas y te obligó a ser su esposa, justo como ahora.
—¿Qué? —cuestionó, aturdida.
—Debimos haber empezado por ahí —murmuró, alcanzando de nuevo su vaso, para dar un trago de él—. Somos las reencarnaciones de dioses olvidados, así que parte de su poder vive en nosotros cada vez que volvemos a nacer en un cuerpo nuevo, con otra identidad. Tú y yo prometimos siempre encontrarnos, pero cuando ese feliz finalmente te interceptó decidiste rendirte.
—Cierra la boca, solo estás confundiéndola más —exigió, Sasuke. Entonces, cuando la miró para encontrar sus orbes color jade cuestionándolo, no tuvo más opción que asentir—. No hay un asunto genético, pero tampoco forma de explicártelo sin que me creyeras loco. Es por eso, porque somos dioses que abandonamos nuestra labor, que estamos destinados a una vida infértil.
—No es posible —dijo, Sakura.
—Bueno, tú acabas de hacer una pared sin mover un dedo, querida —respondió, Tsunade—. No creo que necesites más pruebas que eso, y también habla mucho de este síndrome de Estocolmo que has venido desarrollando con ese hombre, ¿no crees?
—Por favor, ¿podría callarse por un momento? —suplicó, exasperada. Luego volvió a mirarlo a él, intentando encontrar respuestas—. ¿Sasuke-kun?
—Lo lamento —murmuró—. Nunca intenté ocultarlo, pero es la verdad.
—Cuando tú me hablaste sobre Hades y Perséfone —empezó—, estabas hablando de nosotros, ¿cierto? —Sasuke asintió, dubitativo—. Entonces, eso significa que tú me buscaste por ser ella, y es por eso que decidiste casarte conmigo. ¿Cuánto tiempo pasó…?
—No lo sé —suspiró—. Desde que desapareciste, hasta que me di cuenta, pasó mucho tiempo, pero… yo fui consciente de al menos mil seiscientas primaveras, así es como llamé a tu ausencia.
—Lo hiciste —susurró, mirándolo—, me buscaste por todo el mundo y me encontraste porque yo era tu esposa, desde el principio mismo. Porque me amabas —murmuró, entristeciéndose a cada palabra—. Siempre me amaste, ¿no es así?
—¡Por favor! —exclamó, la mujer—. ¿Cómo puedes creerte eso si él te apartó de tu madre?
—Ya es suficiente —masculló—. No quiero volver a verla o a escucharla, no me importa quién demonios se supone que sea. Usted no significa nada para mí si no es capaz de ver lo que sucede aquí, ¡así que váyase de una buena vez!
—Sakura —él intentó detenerla.
—Váyase antes de que haga algo que no quiero hacer —suplicó, angustiada.
Estaba atemorizada. Sus instintos le decían que ella era un obstáculo que debía desaparecer y, de seguir así, no sabía si terminaría por atacarla al no poder entender sus habilidades. La mayor entendió eso en un amargo silencio y, al no tener poder siquiera para protegerse, no veía caso en seguir ahí. En lugar de eso, considerando lo intranquila que ella estaba, resultaba mucho más inteligente apartarse y volver cuando ella estuviera en capacidad de razonar, así que se puso de pie y emprendió su camino hacia la puerta, con el orgullo roto, pero no evitó lanzar una mirada al espacio donde apenas podía verlos entre las ramas del bambú. Sakura miraba a Sasuke no como si él tuviera las respuestas, más como si él fuera la respuesta. Nunca lo notó, o quizá solo se lo negaba a sí misma, pero su mirada siempre pareció una pregunta al horizonte cuando estaban juntas, en Hélade. Entonces, se le ocurrió que ella pensaba en él cuando estaba con su madre, y eso la molestaba, porque recordaba haberla abofeteado al intentar admitir que lo amaba. No tenía derecho para llamarse su madre. Lo decidió al salir por la puerta, pero iba a ganárselo de nuevo, porque ella jamás podría dejar a su hija atrás.
—Sasuke-kun —a solas, ella colocó una mano sobre la de él—. No sé por qué lo haces, pero no me miras fijamente, casi nunca.
—Es que no soy digno de ti.
—Un hombre como tú, con todo lo que posees y la bondad que te caracteriza, no te atrevas a decir algo como eso —insistió—. Piensas demasiado, ¿sabes? Incluso si fueras un cruel homicida, un criminal, yo querría que tú me miraras y me quisieras, porque yo te quiero.
—La forma en la que hablas de mí hace claro que no sabes quién soy.
—El único que no te conoce eres tú mismo —le sonrió, inclinándose hacia él, hasta depositar un beso en la comisura de sus labios—. Yo te veo, puedo reconocerte. Eres el amor de mi vida, así que te suplico que avances conmigo. Haré lo que sea necesario para que eso suceda, Sasuke-kun. Dime qué necesitas para que no te asuste más el pasado.
—Lo que sea —repitió, para corresponder a su mirada—, ¿lo que sea?
—Sí —ella le sonrió, un poco más alegre—. Lo que sea, mientras no tengamos que pensar en lo que pasó antes de reencontrarnos. No me importa nada previo a hace dos años, ¿entiendes? Ni la bobería de los dioses, nada de eso define quienes somos ahora. Olvidémonos de todo, ¿quieres?
—Entonces ven conmigo.
Sasuke se puso de pie, entonces, para ofrecerle su mano. Sakura lo vio como una oportunidad, así que se apoyó en él para levantarse, y caminaron juntos hacia el segundo piso de su hogar. A pesar de todo, de las cosas dolorosas, era optimista al decidir que debía estar feliz, caminando de su mano escaleras arriba, porque estaban entrelazando los dedos de forma tal en que le parecía que podrían permanecer por toda la eternidad sin hartarse. Él pudo haberla rechazado, pudo resistirse a la idea de estar juntos como antes, pero al entender que ella estaba dispuesta a hacer lo necesario prefirió llevarla hasta su habitación, lugar al que entraba por primera vez como invitada y no como una irrupción. La llevó hasta el sillón junto a una mesa auxiliar, haciendo que se sentara, a un lado de la ventana por la que entraba la luz del sol que pronto se ocultaría, y luego se apartó en camino a su armario, donde quedaba la evidencia de que ella estuvo moviendo sus cosas entre fotografías sobre el suelo y otros objetos, como la invitación a su boda. Probablemente notó la caja fuerte, pero no pudo abrirla, aunque él ahora lo hizo. Ahí guardaba papeles importantes, como otros objetos de gran valor, incluidas las últimas cartas que escribió o el paradero del resto. Sin embargo, tomó un sobre y una pequeña caja de terciopelo, y volvió a ella, sentándose al otro lado de la mesa.
—Estos son tus anillos —explicó, abriendo la caja y dejándola sobre la superficie plana. Un parpadeo de sorpresa la dejó en evidencia, pero había algo en las argollas que no podía explicar, lo que dejaba una sensación extraña en su ser. Después, él sacó los documentos del sobre amarillo, para deslizar el papel sobre la mesa—, y esto... es el formulario para tramitar nuestro divorcio.
Se había concentrado demasiado en las joyas, así que las palabras que escuchó la golpearon con fuerza, de repente. Ella lo miró de inmediato, pero no pudo decir absolutamente nada. Perdió el aliento y su expresión habló por ella: negación, dolor, incredulidad, duda, tristeza, decepción, ira, frustración. Sin embargo, los ónix de Sasuke respondieron a cada una de sus emociones, en silencio absoluto y con firmeza. Admiró, lentamente, la forma en que ella se descomponía ante él, porque creyó que el hecho de que la trajera con él era algo bueno, pero le estaba pidiendo algo difícil. No obstante, a pesar de todo, esta era la primera vez en la que ese hombre la miraba sin vacilar, y ella no podía resistir el peso de sus ojos. Apartó su visión de jade, apretó los párpados y jadeó para recuperar el aliento. Le temblaban los labios y las manos, había sido demasiado pronto.
—Te prometí que me divorciaría —le recordó—. Esperaba que recuperaras tu memoria y tomaras la decisión por ti misma, pero ya que te niegas a intentarlo, no queda opción.
—¿Por qué me haces esto? —sollozó, con un hilo de voz.
—Porque tú no eres mi esposa —respondió, levantándose de su silla para ponerse de rodillas frente a ella—. La mujer con la que me casé dejó sus anillos el día que se fue, huyó y decidió olvidarse de mí. Pero tú, la mujer a la que encontré hace unos meses en Yoshino, no eres mi esposa.
—Yo soy tu esposa —lloriqueó.
—Mi esposa desapareció el día que le borraron la memoria —suspiró, intentando hacer que ella le correspondiera la mirada—. Uso un anillo en honor a la mujer que no me quería, a la que engañé y la que me rechazó. Lo uso porque al menos le debo ese lugar, pero si ella no va a volver jamás para darme mi libertad, necesito que tú me la des.
—Sasuke-kun, no puedo hacerlo.
—Por supuesto que puedes —insistió, llevando sus manos hasta las mejillas húmedas, en un intento por borrar el camino de lágrimas—, porque lo has intentado durante todo el tiempo que hemos estado juntos, así que llegó el momento de que rompas esto que me ata. ¿Entiendes lo que te digo?
—Vives amarrado a la mujer que fui —murmuró, en respuesta—, sufriendo porque ella jamás te quiso como yo… deseaba que te separaras, porque incluso cuando yo te hacía sonreír, había una parte de ti que se sentía culpable. Nunca imaginé que yo era la causa —sostuvo su mano contra su mejilla, mirándolo de vuelta—. Solo de esta forma podrás amarme correctamente, ¿cierto?
Resultaba difícil descubrirse como la responsable de su dolor, pero entendía vagamente a lo que él se refería cuando le hablaba como si existieran dos mujeres distintas y, en teoría, era posible que sí lo fueran. Era por eso que se convenció a sí misma, y alcanzó con su mano la pluma que él llevaba en el bolsillo de su saco, para poder firmar los documentos. Había señaladores color rosa neón en donde iba su firma, azules para las de él, y se aseguró de que no quedara en blanco ni una sola línea que le correspondiera a su nombre, aun cuando todavía faltaban las firmas de él. Así, se volvió al pelinegro entre lágrimas abundantes, para sostenerlo por el rostro y darle el beso más doloroso que pudo haber imaginado que sucedería. Puso la pluma en su mano izquierda y se levantó, ansiosa, porque no podía seguir estando sentada ahí, pero solo caminó en círculos a pocos metros de distancia. Para él, que durante varias vidas soñó con volver a ser su marido, resultó igual de difícil inclinarse sobre la mesa hasta que cada espacio que llevara su nombre quedara marcado por la tinta de una pluma que al final lanzó sobre la mesa, dejándola caer. En papel, ellos ya no eran marido y mujer, pero ahora no tenía la cabeza para pensar en ello o la soltería que los esperaba al estar divorciados. Solo quedaba una cosa por hacer, un consuelo para ambos corazones adoloridos que decidieron encontrarse en un abrazo en medio de la habitación.
—Te amo —murmuró, rodeándola para atraerla hacia su pecho, donde pudiera sentir tranquilidad y cesaran sus lágrimas.
—Yo también te amo —respondió, Sakura, al corresponder a su abrazo—. Esto no significa nada para mí, ¿entiendes? Con un papel o sin él, yo ya me siento como tu mujer —afirmó, para levantar su rostro hacia él—. No hay forma de que eso cambie.
—Lo sé.
Era hermosa. La miraba, recorriendo cada mínimo ápice de su rostro, para recordarse milímetro a milímetro que era una belleza. No importaban las marcas del camino de sus lágrimas, ni la irritación bajo sus ojos, ella seguía siendo preciosa, lo suficiente para robarle el aliento. Fue así que su mano izquierda bajó hasta su mentón, para guiarla al único sitio que resultó decidido por el destino, encontrando sus labios entre sí para presionarlos unos con otros y, luego, estrujarse mutuamente con ansias. Se respiraron a la cara, sosteniéndose como si el propósito de aquello fuera convertirse en uno solo, y casi como si hubieran tenido la misma idea de forma simultánea fue que abrieron sus bocas para respirar por medio de ellas, aunque era inútil: cayeron ante sí mismos en un juego peligroso cuando la lengua osada de Sakura se deslizó sobre el labio superior de Sasuke, así que él se vengó al arrastrar sus dientes en el inferior de ella, y sus dedos presionaron su espalda al sentir que tenía que atraparla o ella desaparecería. El sentimiento fue correspondido, pues su saco se arrugó en los puños de ella conforme aumentaba la intensidad de ese intercambio de besos. Luego de permanecer en puntillas por un rato, ella volvió a apoyar su peso en los talones, obligando a que el mayor se inclinara con tal de no apartarse de su boca. Ella, por otra parte, requería del equilibrio, pues ya no estaba abrazándolo. Había empujado el saco desde sus hombros, así que él solo tenía que sacudir sus extremidades para que este cayera, y ella decidió aprovechar el momento para deshacer el nudo de su corbata con furia. Tuvieron que apartarse por un momento, ya que no tenía la paciencia para terminar con aquello y mejor sacó la prenda larga por su cabeza, pero apenas el accesorio desapareció ellos volvieron a lanzarse el uno hacia el otro hasta que sus rostros se estamparon furiosos. Él la rodeó por la cintura con su brazo derecho, flexionando las rodillas, y la levantó girando en su sitio para que, al terminar esto, ella pudiera caer de espaldas sobre su cama, sosteniéndose él mismo con el brazo libre para soportar su peso.
Era tan bonita, que a veces solo quería mirarla. Incluso ahora, con ese vestido negro que había comprado para él. Sus orbes verdes, mirándolo de vuelta, como si pensara en lo mismo—porque lo hacía, ya que él era muy guapo—. Tenía los labios enrojecidos, ambos, pues quizá había mordido más de lo que ahora recordaba. Respiraba con la boca entreabierta, así que podía ver el movimiento de su pecho cada vez que sus pulmones se llenaban de aire. El cabello desarreglado, sobre la cama, y sus piernas flexionadas. Dudó, por un instante, de sus propios actos, pero entonces ella lo hizo: elevó sus manos, extendiendo los brazos hacia él, hasta que lo atrapó por el cuello en un abrazo dulce que le hizo cuestionarse si ella realmente no recordaba su vida como deidades, pues había emulado los actos de Perséfone a la perfección. Un resoplido salió por su nariz al mismo tiempo que una esquina de su boca se retraía en una media sonrisa atractiva, satisfecho por la respuesta muda que recibía a sus titubeos, y el corazón le palpitó de alegría al inclinarse de nuevo sobre ella, apoyado en los antebrazos al besarla. Decidió ignorar la mano que se deslizó hasta los botones de su camisa, ya que la otra parecía decidida a privarlo de su libertad por la eternidad. Una mano de él quiso sostener su cintura, sintiéndose particularmente complacido por la curva hacia la cadera, descubrió el borde de su falda antes de lo previsto. Notó, entonces, que ella lo había puesto cómodo al enredarle una pierna, y se rio en los labios de su astucia, a lo que Sakura correspondió.
—Vas a hacerlo, ¿cierto? —dijo, al fin, con su suave voz. Lo distraía, pero ya estaba terminando de abrirle la camisa. Él respondió a su pregunta afianzando su muslo, justo antes de arrastrar sus dedos por debajo de su vestido. Ella se estremeció, sintiendo que acariciaba una parte sensible de su piel, pero igualmente se sonrió—. Eres bueno para cumplir tus promesas.
—Solo si te las hice a ti —contestó, sobre sus labios—. Ahora, quítate ese vestido.
Tras lanzar semejante orden, Sasuke se irguió en sus rodillas, al borde de la cama. Solo había jugado con su pobre corazón al tocarle la cadera debajo de la ropa, antes de apartarse. Se quitó la camisa para dejarla caer detrás de sí, asegurándose de no perder el detalle de ella: cruzó los brazos al sostener con los dedos el extremo inferior, recogiendo poco a poco el pliegue de su falda para que él pudiera ver la ropa interior color gris que llevaba debajo, alzó la pelvis con intención de liberar la tela que ya empuñaba, descansó su cadera de vuelta en la cama y subió sus brazos para deshacerse del resto del vestido por encima de su cabeza, pero tan solo atinó a liberarse del cuello cuando él atrapó con una mano el nudo que su prenda se volvió con los brazos aun en las mangas, aunque fuera solo el antebrazo. La sorprendió, en su sitio, sintiendo que aún quedaba parte de la ropa tras sus hombros y que ahora era presa de sus impías intenciones, pero él le acarició el costado al verla imposibilitada, recorriendo la curvatura de su cintura con la punta de sus dedos fríos, lo que la hizo estremecerse, sonrojar. Su piel reaccionó, crispándose, y él pareció no tener ojos para otra parte de su ser que no fuera esa tez alterada, así que quiso reconfortarla al inclinarse a dar besos a unos centímetros de su ombligo, tiernos y breves que no advertían en lo que se convertirían cuando sus dientes apresaron, con cierta gentileza, para enrojecerle la epidermis con el ardor de su pasión, lo que la hizo separar los labios al admirar tan solo su cabellera negra.
—Mía —su voz grave, caliente sobre su abdomen, la desarmó. Le estalló el corazón de una forma que le arrancó un jadeo vaporoso, adolescente. Después, sus ojos de brea la consumieron como harían con muchas especies, apropiándose de la mirada pueril de ella.
Decidió reptar sobre la menor, deslizando la punta de su nariz en un camino lento que atravesaría entre sus pechos, por la clavícula hasta arrastrar los labios en su cuello, presionándolos en un tipo de inyección anestésica que venía previa a la posesiva succión de su boca, toda. La cegaba con sus actos seductivos, así que ese liderazgo que ella había demostrado parecía completamente inhabilitado cuando él se asfixiaba en el olor de su cuello al llenarla de marcas de propiedad, o cuando suspiraba a su oído sensible como una advertencia fatal para sus nervios. Luego acudía, como un adicto, a un beso en frenesí que desechaba a los candorosos ósculos de amor honesto que se regalaron, porque no era la hora de más juegos infantiles. La atrapó con más succiones y mordidas que no tenían como propósito herirla, pero sí estimular, y se aprovechó de la confusión entre la agresividad y el amor para rodearle la cintura con su brazo libre para levantarla, jalando la tela que sostenía hasta liberarla de su propio vestido, un estorbo que lanzó a un lado hasta el suelo, para volver a descansarla sobre la cama. Sakura no perdió la oportunidad para aferrar a él, a su costado musculoso o al brazo fuerte que se aseguraba de no dejar caer su peso, correspondiendo al hambre ajeno, pero él no demoró en encontrar incómodos los tirantes de su sostén, arrastrando uno por su hombro antes de seguir el camino hacia la parte que ocultaba a su tesoro, una copa que empujó hacia abajo para apartarla de su camino y atrapar, con su mano abierta, el pecho que antes vio pero nunca sostuvo, aquel que apretó de forma afectiva, que acarició con amor antes de decidir seguir el camino del borde inferior de la prenda con los dedos, hasta su espalda, buscando el broche.
—Voy a soltarlo —anunció, y como si tronar los dedos fuera suficiente, ella sintió que este se aflojó en un instante, porque ese maldito era un genio, ¿cierto?
—Hábil —admiró, divertida. Solo así le quitó las manos de encima, pues tenía que alejar su ropa tanto como le fuera posible, para evitar obstáculos.
No tuvo tiempo suficiente para volver su atención a él, pues ya se encontraba descubriendo el fruto de su pecho, marcando con dientes y besos en puntos aleatorios de su clavícula, al iniciar el borde superior de su seno derecho, alguna otra parte alrededor, alternando con su gemelo, hasta que su lengua acarició la aureola, delineándola previo a devorarla como un chiquillo. Le sorprendió, claramente, la vehemencia con la que parecía querer chupar su mama, como si lograra sacar el alimento que carecía en ella, pero al final se decidió satisfecho al separarse con un hilo de saliva vinculando su boca al botón alegre que se elevaba, forzado a mostrarse, enrojecido. Después, como si fuera un animalito, arrastró su lengua sobre él, con intenciones curativas. En ese momento, la mano derecha del pelinegro descendió de forma inescrupulosa por entre la braga y la piel, no teniendo reparos al encontrar una agradable bienvenida entre sus piernas, cálida y húmeda. Sakura pareció querer encogerse al sentirse abrumada, pero los planes de su pareja no seguían ese camino, así que él bajó los pies de la cama mientras retrocedía y, a la vez, sus manos enganchadas a la última pieza de ropa que ella llevaba fue despojada de su cuerpo, soltándola hacia el suelo mientras sostenía sus piernas. Primero se inclinó lentamente, recorriendo desde el tobillo hasta la rodilla con su mano derecha, mientras la otra subía al muslo y lo apretaba, elevándolo.
Una extraña sensación se apoderó de ella al imaginar la forma en que miraba su cuerpo expuesto, así que apartó su vista, pero él mordió la piel de su pantorrilla en respuesta a semejante ofensa. Se echó al hombro la pierna izquierda de la menor, mientras sostenía con el brazo la derecha, y le separó las piernas de forma abrupta, haciéndola respirar profundo, nerviosa. Lo siguiente que descubrió, junto al aliento ardiente y la lengua indecorosa que probaba el jugo de su virtud, fue la terrible mirada de su depredador que estaba comiéndosela viva… figurativa y literalmente, o algo así. Al notar los estragos que aquella experimentada boca podía causar en todo su cuerpo, enfocándose en una sola parte de su ser, los pulmones que podrían enorgullecerla se volvieron ineficientes, cortándole la respiración con jadeos vergonzosos, y el control que tenía por su cuerpo se fue a la basura, sintiendo que todo en ella respondía con espasmos involuntarios, hasta que su cadera cobró vida propia en movimientos que le parecieron obscenos, y sus manos apretaron las sábanas para no sentir que se perdería al caer a un plano completamente diferente.
—Sakura —él se detuvo, y la llamó para que lo mirara. El infeliz se estaba relamiendo los labios como un demonio hermoso—, voy a introducir mis dedos, poco a poco —le explicó, adorable. Ella estaba tan agobiada, que solo podía pensar en lo sensual y dulce que él era. Como si pudiera leerle la mente, él se sonrió un poco, de forma minúscula—. Seguiré con lo que hago, así que quizá te moleste un poco al principio, pero el desenlace será de tu agrado. Mantente relajada, ¿quieres?
Oh, era tan atento. Sakura solo pudo asentir, completamente sin palabras, y eso parecía ser del agrado del pelinegro, quien volvió a agachar su cabeza, reanudando las labores de su boca para hacer que ella se desconectara nuevamente de este mundo en gemidos que no era capaz de escuchar, pero que él se aseguraba de memorizar. Sintió su mano recorrer su intimidad con los dedos, recolectar la miel que desbordaba de su interior, y descubrir con cautela la dulce cavidad que palpitaba de deseo. Ciertamente, resultaba algo incómodo, pero no era como creía. Resultaba un objeto extraño que no le pareció del todo desagradable, más cuando ese morocho demostraba maestría al mover su único dígito con cuidado y, eventualmente, mayor agilidad. La voz femenina había pasado de suspiros encantadores a gemidos eróticos que llenaban el silencio de la habitación, retorciéndose de forma llorosa al sentir que él sumaba otro dedo a sus atenciones, llevándola a un agónico chillido de placer al estallar en su éxtasis. Dios, apenas podía respirar, pero él no se detenía.
—Sa… Sa… Sasuke-kun —tartamudeó, sintiendo que se ahogaría en su propia saliva—. No puedo… pa… para… ya para…
Su voz quebrada no bastaba, ni el orgasmo que le había prolongado y el jugueteo continuo que amenazaba con nunca dejarla descansar de las oleadas de fruición. Se encogía en temblores al creer que se moriría, con la columna arqueada y las cobijas arrastradas por su puño ansioso. No podía seguir así, iba a desmayarse, o eso le parecía. La petite mort amenazaba a su cordura, y la inocente idea de perder la consciencia le era inaceptable, así que pese a sus saltos involuntarios o a la locura de tenerlo de forma tal en que le succionaba hasta la vida, su única mano libre fue a apretar las hebras oscuras de su abundante cabellera, descubriendo así que ni siquiera él estaba viviendo en esta realidad, dedicado en cuerpo y alma a su tarea. Se apartó, lento y con suaves besos a la cara interna de su muslo, para mirarla dejando caer su cabeza hacia atrás mientras contraía sus piernas a un costado, como un sistema de defensa que le rogaba piedad. Él la dejó ir, porque quizá se había excedido, pero la idea de verla de ese modo era satisfactoria por sí misma. Así que le dio un minuto, se limpió la boca con el dorso de la mano, y volvió a lamerse los labios, como si todavía pudiera sentirla. Intuyó, por la forma en que temblaba y por el sonido de su respiración, que se estaba esforzando por recobrar la calma. Abrió su cinturón con extrema paciencia, porque no iba a ser un sádico al tomar su virginidad, mucho menos cuando esta era la primera vez que estaban juntos, y deslizó el accesorio para tirarlo al suelo, ignorando el rebote metálico. Sin embargo, ella no pudo hacer lo mismo: abrió los ojos, buscándolo con los hermosos jades, y admiró la manera en la que se concentraba en desabotonar su pantalón, bajar el cierre, aliviando la presión en él.
—Sasuke-kun —él levantó su rostro, notando que ella al menos podía hablar ahora. La miró de vuelta, con esa expresión inmutable que era como un retrato clásico que inmortalizaba su atractivo joven varonil, y entonces ella extendió sus manos hacia él, una vez más—. Ven a hacerme el amor.
[Continuará…]
