22. Será como una versión de Disneylandia, pero para mayores de trece años

Alguien ha puesto un marco con una foto de Itachi y mía sobre el tocador de mi habitación y me muero por darle un abrazo a ese alguien. Es de un viaje que hicimos a la playa el verano pasado. Yo sonrío a la cámara y Itachi está detrás de mí, abrazándome y mirándome con una sonrisa en los labios. Casi puedo palpar lo que siente por mí a través de la foto. Cojo el marco, de aspecto rústico, me lo acerco al pecho y decido llevármelo para mi habitación de la residencia.

—La tenía en el teléfono y pensé que te gustaría tenerla en papel.

Shikamaru está apoyado en el marco de la puerta y me sonríe. Hoy se queda a dormir en su habitación por aquello de recordar los viejos tiempos, aunque supongo que hacerlo también le traerá recuerdos no muy agradables.

—Me encanta. Aquel día fue genial.

—Lo dices como si, desde entonces, no hubiera habido muchos más igual de geniales.

No quiero perder el tiempo compadeciéndome de mí misma; no he venido para eso. Estoy de vacaciones, debería dedicar mi tiempo a cualquier cosa menos a agobiar a los demás con mis problemas. Claro que ya han visto y oído suficiente, así que las buenas intenciones no me van a servir para nada.

—Ya sabes lo que pasa, Shika: la universidad no es siempre lo que esperas de ella. Ahora mismo me siento un poco perdida y Itachi... lo pasa mal porque se da cuenta de que estoy hecha un lío.

—¿Hecha un lío por qué? —Shikamaru entra en la habitación, se sienta en mi cama y da unas palmaditas sobre la colcha para que me acomode a su lado—. Tú siempre has sabido qué querías de la vida, al menos más que yo, que nunca tuve intención de estudiar políticas o derecho o cualquiera de las carreras que papá había planeado para mí. Dentro de un par de meses vuelvo a la universidad y estoy cagado porque aún no sé qué quiero hacer con mi vida. Tú, en cambio, siempre has tenido un sueño y lo persigues sin descanso. ¿De verdad vas a permitir que una pandilla de mentecatas se interponga en tu camino?

Visto así, me siento increíblemente estúpida.

—No es solo por las mentecatas, es porque hay algo que me hace sentir especialmente segura pero que al mismo tiempo siempre está en peligro. He necesitado mi tiempo para sentirme cómoda con Itachi, para entender que somos iguales y dejar de preguntarme por qué le gusto a alguien como él.

Shikamaru protesta.

—¿Te estás escuchando? Madre mía, si Temari estuviera aquí, te pondría en tu sitio. Esta no es la cerezo que yo conozco. Cuanto más te infravaloras, más ganas tengo de partirle la cara a alguien.

—Pues menos mal que Sasuke se ha ido, ¿no?

—No puedo liarla con el sheriff, que es quien me lleva todo el papeleo de los trabajos para la comunidad, pero siempre podría llevar un pasamontañas... — murmura.

—Y asaltar a Sasuke en un aparcamiento oscuro. Seguro que Temari tiene suficiente ropa negra para los dos.

—Creo que aún no sabe que existen más colores aparte del negro. Si no le quedara tan bien, me resultaría un poco inquietante.

Me echo a reír y él pone los ojos en blanco.

—Muy bueno el cambio de tema, pero va, que aún no hemos terminado de hablar de lo tuyo.

—No hay mucho más que decir. Voy un poco justita de confianza, no es ningún secreto. Las chicas de la universidad o las sanguijuelas esas, que es un nombre más apropiado, son conscientes de ello y se aprovechan.

—Se han pasado, cerezo. Si fuera capaz de pegar a una chica... —gruñe Shikamaru, y yo dejo caer la cabeza.

—Todo el mundo quiere luchar mis batallas por mí y yo siempre os dejo que lo hagáis. Posiblemente tener confianza signifique en parte dejar de hacer eso.

Shikamaru se queda un momento en silencio.

—Echo de menos tu vitalidad. Es una pena que la estés perdiendo por culpa de esas chicas de la universidad. Ya sé que me he perdido la parte más difícil de tu vida, pero lo que sí sé es que eres valiente, que das la cara hasta por aquellos que te han hecho daño y, sobre todo, que eres feliz. Aun así, te noto muy cansada y no sé qué hacer.

Me quedo muda. Mi hermano nunca ha sido muy de dar discursitos. Siempre puedo contar con él, a su manera, eso sí, pero es la primera vez que me dice algo tan bonito y, cuando me doy cuenta, tengo los ojos anegados de lágrimas. Me acurruco contra su costado y él me pasa un brazo alrededor de los hombros.

—Venga, cerezo, compórtate como la luchadora que eres.

Las chicas y yo nos montamos en mi coche, cargadas con el botín colectivo del Viernes Negro.

—¡Qué divertido ha sido! —dice Ino suspirando mientras se pone el cinturón de seguridad—. Las mejores rebajas siempre están en Victoria's Secret.

—Habla por ti —protesta Temari—. Todos esos chillidos y esa cantidad de rosa por todas partes... —Se estremece—. No sé por qué os sometéis todos los años a la misma tortura.

—Porque es una tradición. Además, tú tampoco te has ido con las manos vacías —le digo señalando sus bolsas.

—Yo solo he comprado cosas de primera necesidad. Os recuerdo que vivo en un apartamento y que tengo que hacer la compra.

—¿Y en qué categoría de primeras necesidades se encuentra La Perla?

Me echo a reír, pero enseguida veo la mirada pícara en los ojos de Temari y me muerdo la lengua.

—Ah, Sakura, mi querida Sakura, si es que te lo buscas tú sola.

—¡No! Por favor, olvida lo que he dicho. No quiero saber para qué necesitas ese corsé que parece medieval o el resto de... las cosas.

—A tu hermano le va la aventura —continúa, como si yo no hubiera dicho nada—. Me ha pedido expresamente que buscara lo que he comprado. Puede que lo estrene esta noche. Recuerdas que me quedo a dormir, ¿verdad? Espero que tengas un par de tapones a mano.

—¡Ya vale, ya vale! Por el amor de Dios, te suplico que pares.

—Le va a dar algo, Temari, será mejor que lo dejes.

Ino no levanta la mirada del móvil, en el que lleva un buen rato escribiendo con gesto furioso.

—Ha empezado ella.

—¡No es verdad! Lo único que he dicho es que...

—Sakura, no seas tonta. Temari no está así por la lista de la compra, ¿es que no lo ves? Aún estamos intentando comprender por qué estás tan segura de que todo lo que sale de la boca de Karin es buena idea.

Odio el tráfico, como todo el mundo, ya lo sé, pero es que ahora mismo me está entrando hasta claustrofobia. Estamos atrapadas en una larguísima fila de coches y no parece que nos vayamos a mover en breve. Podría dejar el motor encendido y bajarme; al menos sería menos doloroso que la conversación que estamos a punto de mantener.

—Yo nunca he dicho que me pareciese buena idea.

—Pero te lo estás pensando. Tienes esa mirada en la cara, la misma que tenías anoche cuando se marchó la bruja y luego volviste tú, después de lavarle el cerebro a tu novio. Te lo estás planteando en serio, ¿verdad? Lo de fingir que lo dejáis.

Temari parece que esté a punto de pegarme.

—Si os dijera que es Itachi quien se lo está planteando y no yo, ¿me creeríais?

—Ni de coña —se mofa Ino—, no se lo pensaría ni un segundo.

—Os sorprenderíais de las cosas que es capaz de hacer cuando se convence a sí mismo de que tiene que protegerme.

—Pues deja de actuar como si necesitaras ayuda a todas horas.

—No lo hago. —Empiezo a cansarme de esta conversación—. Yo no he pedido que me dejen en ridículo delante de todo el campus o que hasta el último estudiante me vea las bragas. Tampoco he pedido que hagan circular fotos mías y que me presenten como poco menos que una prostituta. —Percibo la sorpresa de mis amigas, pero continúo—. Y tampoco he pedido que cada vez que veo a Itachi, tenga a una chica colgando del cuello. Confío en mi novio y lo amo con locura porque cuida mucho de mí, pero yo no me expongo voluntariamente a todas esas situaciones solo para que me ayude o para llamar su atención.

Las dos se quedan calladas; quizá he sido demasiado dura.

—No estoy enfadada, es que... me gustaría que entendierais que para mí no es fácil. En ningún caso me hace ilusión la idea de romper con Itachi, pero, según él, estando juntos nos arriesgamos a acabar igual.

—Prométenos que agotarás todas las opciones antes de intentar lo de Karin

—me dice Ino.

—Pues claro —prometo, y espero poder cumplir mi palabra.

El viernes dormimos hasta tarde. Quedo con las chicas para ir a comer y por la noche ceno con los Uchiha. La situación es un poco incómoda; la novia de Sasuke no para de mirarme. En cierto momento de la velada, cometo el error de excusarme para ir al lavabo y es entonces cuando Megumi me acorrala al lado de la puerta.

—Hola.

Tiene mirada de loca y no puedo evitar sentirme mal por Sasuke. Está claro que lo suyo con esta chica no acabará bien y que seguramente se pasará el resto de su vida escogiendo a las mujeres equivocadas.

—Hola.

—Quiero preguntarte algo.

Por la forma en que me mira, si no contesto a la pregunta me meterá la mano por el gaznate y me sacará la respuesta ella sola.

—Vale, ¿el qué?

—¿Sasuke me está poniendo los cuernos contigo?

Tengo la boca vacía, pero por poco no me atraganto. Es eso o echarme a reír hasta que me lloren los ojos; cómo no, escojo la segunda opción.

—Perdona, ¿qué dices?

No puedo parar de reírme, lo cual le endurece todavía más la mirada.

—No soy tonta, he visto cómo te mira. Siempre te está mirando. ¿Te acuestas con él?

Da un paso al frente, como para intimidarme, pero es menos peligrosa que un perezoso.

—Estoy saliendo con su hermano.

—¿Y?

—¿Por qué querría salir con Sasuke si ya tengo a Itachi?

Megumi da por válida mi explicación, lo cual es una muestra más de lo mala novia que va a ser, pero luego su rostro se transforma en una mueca de ira.

—Pero ayer fuiste tú la que invitó a su ex novia a cenar. Si eso no es intentar sabotear una relación, que baje Dios y lo vea.

Al oírlo, se me escapa otra vez la risa. Seguro que no tardamos en tener público, así que lo mejor que puedo hacer es controlarme.

—Karin recuerda a Sasuke con el mismo cariño que a su último uñero, así que no, ayer no la invité para que tuvieran un apasionado reencuentro.

—Bueno, entonces mi problema no es ella, ¡eres tú! Tiene fotos tuyas en el móvil y... he tenido que obligarle a que me trajera a conocer a sus padres. Tú haz..., haz el favor de no acercarte a él.

Estoy intentando hacerme a la idea de que tengo que aprender a controlar las emociones no correspondidas de Sasuke cuando, de repente, Itachi aparece a mi lado.

—Creo que ya ha aguantado suficientes gilipolleces, ¿no crees?

—Ah, pues no sé, aún me queda espacio para más, pero solo si ella sigue cantando.

Itachi me mira con una expresión a medio camino entre la sorpresa y el regocijo. Por lo visto, esta vez sí entiende que no necesito su ayuda, así que retrocede y me parece ver una bandera blanca ondeando al viento.

Ironías de la vida, la cara de Megumi se está poniendo colorada.

—No te acerques a él —me espeta, y se marcha tambaleándose sobre los tacones.

Aún puede oírnos cuando Itachi y yo nos echamos a reír.

—Menuda individua —me dice sacudiendo la cabeza, y acto seguido me coge de la mano y me atrae hacia su pecho—. Eso ha sido muy sexy.

—¿El qué? —pregunto arqueando una ceja.

Me gusta verlo así, libre y radiante, sin rastro de la amargura y la distancia de las últimas semanas.

—Ver cómo controlabas la situación.

Me coloca las manos a ambos lados de la cintura y las desliza arriba y abajo con aire seductor.

—Tus padres están a unos metros de aquí —protesto al notar sus dedos peligrosamente cerca de cierta parte de mi cuerpo.

—Tu bolsa con la muda está en mi habitación —me dice sonriendo.

—¿Qué?

—Pensaba que estábamos diciendo obviedades.

—Pero ¿cuándo...? ¿Cómo lo has hecho? ¿Me quedo a dormir en tu casa?

Él esconde la cara en el hueco de mi cuello.

—Sí, y va a ser muy divertido.

—Divertido.

Empiezo a perder el hilo de mis propios pensamientos.

—Exacto, y será como una versión de Disneylandia, pero para mayores de trece años.

—Madre mía...

—Mis padres van a llevar a la abu de vuelta a la residencia y luego se quedan a dormir en casa de unos amigos.

—¿Y Sasuke?

—Veinte pavos a que, en cuanto nos oiga cerrar la puerta de la habitación, se larga a un hotel.

—Creo que prefiero ahorrarme el dinero.

—Bien hecho, bizcochito, bien hecho.

El tiempo pasa volando y llega la hora de volver a la universidad, aunque ahora me voy sabiendo que quedan pocas semanas para las vacaciones de invierno y que, la próxima vez que venga, estaré más días. Me despido de las chicas y Temari me promete que vendrá a verme el mes que viene y que traerá a Shikamaru con ella.

Antes de irnos, mi padre se sienta conmigo y me da un sobre que, conociéndolo, seguro que contiene un cheque por una cantidad nada desdeñable.

—¿Y esto a qué viene?

—Dice tu madre que es un regalo de prenavidades —me explica, rascándose la nuca.

—Bueno, pues ya sabes qué hacer con él.

—Sakura..., no puedo ver cómo rechazas a tu madre una y otra vez y hacer ver que no me importa. Esta es su forma de conectar con la gente, no tiene otra. De verdad, creo que...

—No necesito su dinero, papá, tal cual. Es que no lo necesito.

—Y yo estoy orgulloso de ti porque sabes espabilarte tú sola y tienes un trabajo estable. Si no quieres, no te gastes el dinero de tu madre, tómatelo como lo que realmente es: su forma de pedirte que hables con ella.

—Me lo pensaré, pero no te prometo nada.

Me muerdo la lengua y no le pregunto a qué universitario se está pasando por la piedra mi madre ahora porque sé que me cargaría el momento.

El viaje de vuelta lo hacemos casi en silencio. Itachi está distante otra vez y yo tengo un mal presentimiento que me pone los pelos de punta. Al final, ya no aguanto más y le pido que pare el coche.

—¿Qué? —pregunta, sorprendido.

—Para o me bajo en marcha.

—Saku, ¿qué estás haciendo?

Forcejeo con el cinturón y él me mira con los ojos abiertos de par en par.

—Actuar como una mujer sexy y al mando de la situación.

Le sonrío mientras detiene el coche a un lado de la carretera, lo cual nos granjea bocinazos y miradas airadas del resto de los conductores. Me quito el cinturón, me deslizo hacia el asiento del conductor y me monto a horcajadas encima de Itachi.

—Creo que estoy recuperando mis poderes —digo, y le paso los brazos alrededor del cuello.

—¿Tus poderes?

Sonríe, pero con cautela, como si se estuviera preguntando si su novia ha perdido la chaveta.

—Cuando lleguemos, quiero apuntarme al equipo de baile y puede que también al periódico del campus.

Una mirada entre alegre y traviesa le ilumina los ojos.

—¿En serio? ¿Podré verte vestida con ese uniforme minúsculo? Me río y le doy un beso.

—Tú y todos los chicos del campus, señorito.

Mis palabras le hacen fruncir el ceño.

—¿Y por qué no intentas primero lo del periódico? Seguro que estarás muy ocupada.

—Ni hablar del peluquín. —Nos volvemos a besar—. Pienso volver a la universidad y congeniar con la gente, y si eso significa superar mis estúpidos miedos, que así sea. Y tú —me cojo del pelo y atraigo su boca hacia la mía— vas a dejar de actuar como si tuvieras la regla.

—Yo no actúo como... —tartamudea Itachi, pero le tapo la boca con la mano.

—Cierra el pico y enrollémonos.

Su voz suena amortiguada bajo mi mano.

—Un poco difícil cuando no puedo ni respirar. —Sus labios me hacen cosquillas en los dedos, así que los retiro—. ¿Estás borracha?

Apoya ambas manos en la curva de mi espalda y sigue bajando hasta detenerse en mi trasero.

—He bebido un poco de valor líquido.

Él sacude la cabeza.

—La Saku borracha siempre intenta aprovecharse de mi inocencia.

Le doy un manotazo en el hombro.

—Tú perdiste la inocencia el día en que te salió el primer pelo de la barba.

—Ahí tienes razón, bizcochito —me dice, desarmándome con su sonrisa—

¿Qué decías de enrollarnos?

Cuando llego a la residencia, aún un poco afectada por las cervezas que me he tomado antes de salir, me encuentro a Rin estudiando en la habitación. Debo de estar hecha unos zorros, con el pelo alborotado y los labios hinchados, porque, en cuanto me ve, me dedica una miradita pícara.

—¿En el coche? ¿En serio, Sakura?

Sacude lentamente la cabeza y por el movimiento de sus hombros sé que se está aguantando la risa.

—Eh, que no hemos llegado tan lejos. Itachi nunca se deja avasallar por una chica borracha.

Me desplomo sobre mi cama.

—Cierto. —Itachi aparece por la puerta y deja mi bolsa a los pies de la cama—. ¿Necesitas algo más, bizcochito?

—Una buena siesta.

—Llámame si te apetece ir a comer algo cuando te levantes. Yo tengo que pasar por casa a comprobar los daños. Yahiko no está muy por la labor de limpiar desde que su novia lo dejó... otra vez.

—La semana que viene ya habrá vuelto, ¿verdad? —murmuro, intentando plantarle cara al sueño y al cansancio.

—Día arriba, día abajo. Que descanses, Saku.

Me quita los zapatos, me tapa con una manta y me da un beso en la frente antes de marcharse.

—Qué suerte tienes —oigo que dice Rin con un suspiro.

No respondo pero asiento en silencio.

—Qué suerte tengo.