17. REGRESO
Varios días atrás habían llevado a Kurama junto a un carro a la casa de unos amigos en la ciudad para esperar el regreso de Naruto.
Era un día soleado, hacía tiempo que el sol no brillaba tanto, y Hinata había aprovechado para ir a la cocina y charlar con tía Kaharu. Deseaba aprender un poco más acerca de los extraños guisos yanquis y los platos favoritos de Naruto.
Se sentó en un taburete con el té que le había preparado la mujer, y escuchó atentamente las explicaciones que le daba sobre los métodos de preparación de la comida. Estaba impresionada por el hecho de que con tía Kaharu era más una cuestión de talento y de maestría que de conocimiento verdadero.
Parecía saber de forma instintiva el gusto que la comida combinada con las especies podía llegar a tener y convertía un simple plato en toda una aventura del sabor.
El momento placentero fue interrumpido por unos gritos lejanos. Pronto oyó a Karui agitada yendo de un lado a otro.
—¡El señorito Naru... el señorito Naruto se acerca a gran velocidad por el camino de atrás! —exclamó, jadeante—. Es él, él. —Rió tontamente—. Va tan deprisa que el caballo reventará.
Hinata abrió los ojos de par en par y se deslizó del taburete. Se tocó horrorizada el cabello, luego el vestido.
—¡Oh, debo de estar horrible! —exclamó—. Tengo que... —Se volvió sin acabar la frase y huyó a la casa. Mientras subía por las escaleras llamó a Yuka.
La chica llegó corriendo y abrió la puerta de la sala de estar, bruscamente. Hinata le ordenó que sacara un vestido limpio del armario y se aseó el rostro con un paño húmedo. Luego se pellizcó las mejillas para recobrar el color y se quitó el vestido que llevaba enérgicamente. Yuka se apresuró a abrocharle el traje de muselina amarilla ante el apremio de su señora.
—¡Apresúrate Yuka! ¡Date prisa! —exclamó—. ¡El amo se acerca! ¡Estará aquí en breve!
Se arregló el cabello y bajó corriendo por las escaleras hasta el porche para esperar a su esposo mientras éste se acercaba lentamente montado sobre Kurama. Las ijadas abultadas del caballo y su abrigo cubierto de espumarajo contradecían el paso pausado del animal, pues Naruto había puesto al poderoso corcel al límite en su afán por recuperar a su amada.
Ya en el porche, Naruto se apeó con una lentitud deliberada. Le entregó las riendas a un muchacho con instrucciones de llevarse al caballo y se secó tomando especial cuidado con los charcos. Se volvió hacia su esposa con una sonrisa y subió por las escaleras recorriendo su cuerpo con la mirada.
Al llegar al porche la abrazó y depositó un beso casi paternal en sus labios.
Hinata le respondió con una sonrisa dulce y se apoyó en él al entrar en la casa.
—¿Has tenido un buen viaje? —le preguntó suavemente mientras Naruto tendía su sombrero hacia Shino—. Aquí el tiempo ha sido tan malo que estaba preocupada por ti.
—No había necesidad de que te inquietaras, cielo —la tranquilizó él pasando un brazo por su cintura—. Pasamos lo peor en Nueva York, y no tuvimos ningún problema al ¡regresar. ¿Qué tal han ido las cosas por aquí? ¿Está acabado el cuarto de los niños?
La joven asintió rápidamente.
—¿Te gustaría verlo? —preguntó, con un brillo de ilusión en los ojos.
—Por supuesto, cariño —respondió.
La joven sonrió alegremente, tomando del brazo a su esposo y dejando que la ayudara a ascender por las escaleras.
Naruto contempló su vientre e inquirió:
—¿Te has encontrado bien?
—Oh, sí —se apresuró a asegurar—. He estado más saludable que nunca. Karui dice que nunca ha visto a una embarazada tan en forma, y la verdad es que me encuentro de maravilla. —Al llegar al descansillo se miró el vientre con expresión de tristeza y soltó una risilla de disculpa—. Aunque mi imagen es bastante grotesca y no me siento muy ligera.
Naruto se echó a reír levantándole el mentón para mirarla a los ojos.
—Tampoco esperaba encontrarme a una virgen remilgada estando embarazada de mi hijo, cielo. Pero estoy convencido de que hasta con esa carga, incluso las jóvenes más esbeltas se mueren de envidia al contemplar tu belleza deslumbrante.
La muchacha esbozó una sonrisa suave y presionó su mejilla sobre el pecho de Naruto, más que satisfecha con su respuesta. En el cuarto de los niños, el hombre caminó de un lado a otro de la habitación mientras Hinata, con las manos a la espalda, aguardaba ansiosa su reacción.
Naruto apartó la tela mosquitera y se inclinó para inspeccionar la cuna.
Luego balanceó suavemente con la bota otra cuna esbozando una sonrisa, y examinó las paredes azul claro y las cortinas blancas. Rodeó con cuidado las alfombras de tonalidades vivas que cubrían el brillante suelo de madera de roble y abrió los cajones de una cómoda con curiosidad, encontrándolos repletos de ropa de bebé perfectamente doblada. Varias de las prendas se las había visto tejer a su esposa antes de su partida.
Hinata se dirigió hacia el caballito de madera con el sillín pintado de color rojo, y lo empujó con un dedo para que se balanceara.
—Encontramos esto en el desván —comentó llamando la atención de Naruto—. Karui me dijo que había sido tuyo así que ordené a Kotetsu que lo bajara. Cuando nuestro hijo sea lo suficientemente mayor para subirse a horcajadas sobre él, podré decirle que un día su padre lo montó.
Naruto sonrió acercándose al caballo.
—Espero que cuando lo monte no se dé con una rama—. La joven no pudo contener la risa antes de volverse y señalarle una hermosa mecedora.
—Menma me la regaló. ¿A que es bonita?— Naruto asintió y bromeó.
—Déjasela a él. Siempre le gustó que le mecieran antes de dormir.
Hinata empezó a señalar otro objeto pero de pronto se detuvo horrorizada.
—¡Por el amor de Dios, Naruto! —exclamó—. ¡No has comido! Debes de estar hambriento, y yo aquí entreteniéndote con mi charla. — Llamó a Yuka de inmediato y le dio instrucciones de que subieran una bandeja de comida y calentaran agua para su baño.
Naruto estaba en su dormitorio. Ya se había desprendido de la chaqueta y el alzacuello y, mientras se estaba sacando las botas, Hinata se unió a él.
—Ya no soy capitán de un barco, corazón —comentó mirándola de reojo mientras ella recogía su abrigo y lo guardaba—. Vendí el Fleetwood por una cantidad substancial, así que ahora me podrás ver por la casa cada día.
La joven sonrió para sí, aprobando con entusiasmo la situación.
Uno de los criados se presentó con la comida y Hinata se sentó delante de Naruto para observarlo mientras comía. Estaba agradablemente satisfecha por el momento de intimidad que estaban compartiendo y el renovado amor que sentía por él. Subieron el agua caliente y retiraron la bandeja.
Hinata comprobó la temperatura antes de despedir a los criados, luego se entretuvo sacando ropa limpia mientras su marido se desvestía.
Naruto se metió con cuidado en el agua caliente y se relajó en ella durante unos minutos. Cuando finalmente se sentó en la bañera para enjabonarse, Hinata se acercó y cogió la esponja. La sumergió en el agua y la sostuvo en alto esperando el consentimiento de su esposo. Naruto la contempló durante unos instantes antes de inclinarse mostrándole la espalda.
—Frota fuerte —la animó—. Siento como si una capa espesa de mugre me cubriera todo el cuerpo.
La muchacha se inclinó alegremente para realizar la tarea, enjabonándole con las manos sus hombros musculosos y su espalda. Dibujó pícaramente una N con la espuma y al poner sobre ésta una H rió tontamente. Naruto la espió por encima del hombro con una ceja arqueada y una media sonrisa.
—¿Qué está haciendo, señorita? —inquirió. Hinata se echó a reír escurriendo la esponja sobre su rostro.
—Estoy marcándole, señor.
Él sacudió la cabeza enérgicamente, salpicando a su esposa, que se alejó a una distancia prudencial riendo divertida y le lanzó la esponja. Al ver que Naruto se ponía en pie y salía de la bañera para lanzarse sobre ella todavía enjabonado, Hinata quedó boquiabierta.
—Oh, Naruto, ¿qué estás haciendo? —gritó de júbilo—. Vuelve a la bañera.
La joven se volvió para huir, pero él la cogió en brazos y la balanceó sobre el barreño. Ambos reían disfrutando del juego hasta que, en uno de los balanceos, hizo como si fuera a dejarla caer en el agua, entonces Hinata chilló agarrándose a su cuello con fuerza.
—¡Naruto, ni se te ocurra! Jamás te perdonaré —exclamó.
—Pero, cielo, parecías tan interesada en mi baño que pensé que te gustaría uno —bromeó.
—Bájame —ordenó—. Por favor —insistió en tono más dulce.
—Ah, al fin ha salido la verdad. Es que parece que tienes una predilección especial por frotar la espalda de los hombres, ¿no es así?—inquirió con un brillo especial en los ojos.
La depositó suavemente en el suelo y sonrió al ver cómo se volvía para examinar su vestido mojado.
—¡Oh Naruto, eres imposible! —se quejó—. ¡Mira cómo me has puesto!
Naruto se echó a reír y la estrechó de nuevo entre sus húmedos brazos.
Ambos compartieron la alegría del momento. Los brazos de él la estrecharon por encima de su abultado vientre, presionando su suave busto. Él posó una mano sobre el vientre de su esposa.
—No te lo niego, cielo, pero ¿tienes que seguir estando tan irritada por mi fechoría? —bromeó—. De eso hace ya ocho meses.
—¡Me refiero al vestido! —lo corrigió ella, indignada—. Me has mojado y ahora tendré que cambiarme. Ahora sé bueno y desabróchame el vestido. No me gustaría tener que pedirle a Yuka que me ayudase otra vez.
—¿Otra vez?
—Da igual —se apresuró a responder Hinata—. Desabróchalo por favor.
Naruto obedeció y regresó a la bañera antes de que ella se volviera, sujetándose el vestido.
—Gracias —le dijo con una sonrisa. Se inclinó y depositó un beso en su mejilla, luego rodeó la bañera y se marchó.
El lugar donde Hinata había depositado sus labios le ardía. Naruto se estiró en la bañera sin conseguir relajarse ni disfrutar de la calidez del agua.
De pronto un movimiento captó su atención. Sé volvió ligeramente y vio a la joven quitándose el vestido reflejada en el espejo del armario. Súbitamente sintió el impulso de pedirle que compartiera la habitación con él, que compartiera el lecho con él esa noche y le permitiera abrazarla, no apasionadamente, sino con amor y delicadeza, tal como lo haría un esposo con su mujer a punto de dar a luz.
Pero la prudencia le hizo desistir de hacerlo. Se había mostrado dulce y atenta, aunque sin dar muestras de desear compartir su cama.
¡Parecía tan feliz y contenta con aquel arreglo!
Más tarde, pensó. Cuando no tuviera ninguna excusa, cuando no pudiera utilizar la maternidad como pretexto. Entonces se acercaría a ella y ese lecho soportaría el peso de ambos cuerpos.
Cerró los ojos pensando en su regreso a casa. No le gustaba separarse de ella, pero regresar... era totalmente distinto. Se relajó y apoyó la cabeza en el borde de la bañera. El agua caliente estaba empezando a calmar el dolor de su cuerpo fatigado cuando oyó un golpe en la puerta. Ésta se entreabrió y apareció el rostro sonriente de Menma.
—¿Estás decente, querido hermano? —preguntó, aunque ya había entrado.
—Bastante más que tú —refunfuñó Naruto, airado por la interrupción—. Ahora cierra la puerta, y si puede ser, desde fuera.
Imperturbable, Menma entró y empujó la puerta con el pie para que se cerrara de un portazo.
—Desde luego, querido Naruto —respondió imitando a un mimo—. He acudido hasta ti simplemente para traerte unos pasatiempos, y — añadió en voz alta y hacia la otra estancia— para rescatar a mi cuñada de tu extraordinario mal genio.
Se oyó una risilla en la sala de estar contigua y Menma, celebrando su propia gracia, depositó una botella de coñac y una caja de puros en un estante junto a la bañera.
Naruto le hizo un gesto de agradecimiento. Tomó un trago de coñac y cogió un puro.
—Creo que dejaré que te quedes por aquí. Parece que aún hay alguna esperanza contigo, después de todo.
Hinata entró en la habitación para preparar la ropa limpia de su esposo, y no prestó excesiva atención a la conversación de los dos hombres hasta que Naruto empezó a relatar la historia de la familia Yamanaka.
Entonces se acercó a la bañera y se colocó detrás de él para escuchar el relato. Naruto le tomó inconscientemente la mano y se la acarició con la mejilla mientras hablaba con Menma. El movimiento no pasó inadvertido y éste se sorprendió ante el intercambio de atenciones entre su hermano y su cuñada.
Al finalizar, Hinata se dio cuenta de lo poco que conocía a su marido.
Estaba conmovida por la triste situación de los Yamanaka e incluso extrañamente orgullosa de su compasión por ellos. Sus ojos estaban húmedos cuando levantó el rostro y se encontró con la mirada fija de Menma.
Éste le sonrió y volvió a escuchar a Naruto.
—Bueno, de todos modos llegarán en el paquebote de la semana que viene —concluyó.
Menma cogió uno de los puros que había traído y mientras lo encendía comentó:
—Tendremos que buscarles una casa.
—Hay muchas en el molino —respondió Naruto—. Pueden quedarse en esa casa enorme que el señor Hoshigaki utilizaba como oficina—. Menma soltó un suspiro.
—Creía que tu intención era que se quedaran —dijo en tono de mofa—. Echarán un vistazo a esa casa y pondrán rumbo de vuelta al norte. Hoshigaki era una maldita rata de cloaca, hablando con toda franqueza, y ese lugar es peor que una pocilga. Usaba a sus esclavas en esas camas y esas pobres almas se cubrían de bichos. No es adecuado ni para un cerdo y tú quieres meter a los Yamanaka ahí. Se te revolvería el estómago si vieras la porquería que hay.
—La he visto —dijo Naruto con una sonrisa—. Por eso mañana iremos a limpiarla.
—Tendría que haber cerrado la boca —refunfuñó Menma. Naruto se echó a reír.
—Si algún día llega ese momento, tendré que ir a buscar al reverendo—se burló.
Haciendo caso omiso de la broma, Hinata exigió con voz firme:
—Yo también iré. No me fío de ninguno de los dos para adecentar una casa.—Los miró y al ver que dudaban se apresuró a añadir en un tono más suave.— Intentaré no ponerme en el camino de nadie y no ser un problema.
Los ojos de los hombres se posaron en el voluminoso vientre de la dama y la duda en sus miradas contradijo su consentimiento.
El grupo se detuvo frente a la casa deteriorada y cubierta de vegetación.
Descendieron del carro y se quedaron mirándola con aprensión. Karui resopló.
—¡Uf! No me extraña que ese hombre la vendiera. En mi vida he visto una casa tan destartalada. Seguro que los cerdos andaban sueltos por aquí.
Menma se echó a reír mientras se sacaba la chaqueta y la dejaba en el carruaje.
—Parece que han hecho nuestro trabajo ¿eh, Karui? Naruto dejó su abrigo junto al de su hermano y musitó con una sonrisa compungida:
—Bueno, vamos a trabajar. No hay necesidad de perder más tiempo.
Dejó a dos chicos barriendo el patio y entró en la casa para ver qué se necesitaba. Karui y Hinata lo siguieron haciendo sus propios cálculos.
Ante el espectáculo que encontraron, Hinata arrugó la nariz de asco, pues había comida podrida esparcida por todo el suelo y sobre los muebles. Una gruesa capa de suciedad cubría el suelo y el hedor impregnaba todo el lugar.
—Creo que estabas en lo cierto, Karui —observó Naruto—.Los cerdos han andado aquí.
Los criados sacaron al exterior todos y cada uno de los objetos movibles para proceder a una limpieza exhaustiva. Menma se dirigió a las otras estancias en busca de muebles que pudieran ser útiles.
Karui dio instrucciones a las mujeres que inmediatamente se pusieron a limpiar la casa de arriba abajo. Kotetsu y Izumo, se encargaron del suelo y de pintar la casa. Naruto dejó a las mujeres trabajando y se marchó con Killer B a comprobar las instalaciones exteriores, que encontraron en muy mal estado. Nadie se quedó mano sobre mano.
En medio de actividad, se olvidaron de Hinata, que se encontró sola, sin ninguna tarea asignada. Se ató un pañuelo a la cabeza, se arremangó y se dispuso a limpiar la chimenea del salón con un cepillo de mango largo.
Estaba sentada en ella, absorta en su labor, cuando de pronto una voz procedente de atrás la sobresaltó.
—¡Señorita Hinata! —exclamó Karui —. ¡Dios santo, señora! ¡Eso le hará daño al bebé! —Se puso al lado de su ama y agarrándola del brazo la ayudó a levantarse—. Se supone que usted no debe trabajar, señorita. Usted sólo vino para aconsejar. Si el señorito Naruto la descubre le dará un ataque. Deje que esas chicas hagan el trabajo; ellas no están embarazadas. ¡Usted, simplemente, siéntese y relájese!
Hinata echó un vistazo a la habitación vacía y se echó a reír.
—¿Y dónde se supone que debo sentarme, Karui? Han sacado todas las sillas.
—Bueno, le encontraremos una y se pondrá cómoda —respondió la criada.
Al cabo de poco rato ya estaba sentada en una mecedora frente a las ventanas sucias, con un libro en las manos. Karui salió a toda prisa dejándola sola una vez más. Hinata intentó leer bajo la luz tenue que se filtraba por las cortinas mugrientas y, al no poder concentrarse se humedeció la yema de un dedo y la pasó por el cristal dejando una marca.
Dejó el libro y se levantó decidida a limpiar las ventanas. Arrancó las cortinas cochambrosas y, equipada con cubo y trapo, se subió a una silla que trajo del exterior y empezó a fregar los cristales.
Estaba empleada en esta tarea, cuando Naruto la sorprendió encaramada a la silla. Sin perder el tiempo con palabras, se precipitó hacia ella y la tomó en sus brazos, sobresaltándola tanto que la joven gritó alarmada.
—Pero ¿qué crees que estás haciendo? —inquirió, enojado.
—¡Oh, Naruto, qué susto me has dado! —exclamó Hinata. Él la dejó en el suelo.
—Si vuelvo a verte subida a una silla tendrás motivos para asustarte. No has venido a trabajar —la reprendió—. Te hemos traído aquí para que nos hicieras compañía.
Hinata sacudió la cabeza, exasperada.
—Pero Naruto, yo...
—No se hable más, Hinata —la interrumpió—. Siéntate y cuida de mi hijo.
Hinata dejó escapar un suspiro y se sentó de nuevo en la mecedora, resignada.
—Compañía, ¡ja! Todos trabajando y yo aquí, sentada sin hacer nada. Naruto apartó un mechón de su rostro y la besó en la frente.
—Eres mucho más importante que toda esta maldita casa. Hinata volvió a coger el libro y empezó a balancearse.
—Ya me tratas como si fuera una anciana—. Naruto se echó a reír.
—Eso nunca, amor mío. Sólo cuando yo sea un hombre muy viejo.
La dejó leyendo, pero la joven no tardó mucho en levantarse de nuevo y deambular por la casa. Subió las escaleras y pasó por una habitación en la que las chicas estaban fregando, y por otra en la que dos hombres empapelaban las paredes.
Luego bajó y se dirigió a la cocina. Se estremeció al ver la suciedad y la mugre que había, pues la estancia todavía no había sido aseada. Encontró una escoba y empezó a barrer la porquería.
Tosió varias veces y se asfixió con el polvo que había levantado. De vez en cuando echaba un vistazo hacia la puerta, alerta al menor ruido, pero su vigilancia fue en vano; la criada llegó sin anunciarse.
—¡Señorita Hinata! —exclamó Karui. La muchacha dio un respingo dejando caer la escoba al suelo. Luego, con los brazos a la espalda, miró a Karui, avergonzada. La criada bloqueó la entrada con los brazos en jarras y la boca apretada.
—¡No es bueno para usted respirar tanto polvo! ¡Sí no se está quieta va a tener el bebé en esta habitación mugrienta! —la regañó—. Voy a buscar al señorito Naruto ahora mismo. Él hará que se siente. —Se volvió y salió de la cocina.
Hinata se quedó mascullando algo acerca de que esos sustos de muerte eran más perjudiciales para la salud de una persona que todo el polvo del mundo. Bajó la cabeza y con el pie rascó un poco de suciedad. De pronto llegaron los dos y se la quedaron mirando en silencio con el ceño fruncido.
—Señora —dijo Naruto—, es usted la mujer más obstinada que he conocido nunca. Está claro que tendremos que buscarle una tarea ligera para mantenerla ocupada.
Se quedó sin saber qué encomendarle hasta que Menma lo llamó desde el patio trasero. Los tres salieron y vieron a varios chicos dejando en el suelo unos toneles enormes. Menma sacó las tapas para mostrarles que estaban repletos de una extraña variedad de platos, cacharros, teteras y otros utensilios.
—Me imagino que la señora Hoshigaki envió todo esto para los esclavos— supuso Menma—. Estaban almacenados arriba, en el molino, así que estoy seguro de que el señor Hoshigaki ni siquiera dejó que esos pobres les echaran un vistazo.
—¿Estaba casado el señor Hoshigaki? —preguntó Hinata, recordando las palabras de Menma del día anterior. Naruto asintió.
—Con una mujer muy agradable, por lo que he oído. Pero parece que no debe de enterarse de lo que hace su marido. Todo el mundo en Konohagakure sabe qué clase de hombre es.
—¡Basura blanca, eso es lo que es! —gruñó Karui. Regresó a la casa murmurando para sí—: A ese hombre lo tendrían que haber colgado hace tiempo.
Naruto examinó los objetos que contenían los toneles y echó un vistazo a su esposa creyendo que por fin había encontrado la tarea perfecta para ella.
—Bueno, ratoncito inquieto, quizá dejes de molestar con esto. Separa lo que esté en mejor estado y apártalo para los Yamanaka. No estaría bien devolvérselo a la señora Hoshigaki y dejar que se diera cuenta de cómo es su marido.
Mientras la ayudaba a descender por las desvencijadas escaleras Hinata le sonrió con alegría y un poco de coquetería, haciendo que el corazón de Naruto se enterneciera. Al observar cómo su esposa fisgaba en los toneles, no pudo concentrarse en lo que le estaba diciendo su hermano.
Decidió volverse de espaldas a ella y prestarle toda la atención a Menma quien, al mirar por encima de su hermano y ver a su cuñada, dejó la frase a medias y sonrió. Naruto se volvió y se encontró a Hinata con la cabeza dentro de uno de los toneles, intentando sacar una enorme tetera del fondo.
—¡Maldita sea! —gritó.
Hinata soltó la tetera y se irguió, apartándose el cabello de los ojos. Tenía el pañuelo torcido y la barbilla manchada de grasa. Menma se echó a reír, conmovido por la escena, mientras Naruto sacudía la cabeza exasperado.
—Menma, haz que tus hombres desembalen todas estas cosas y las lleven al porche —ordenó.
Cogió un plato de uno de los toneles y lo sostuvo en alto para que la joven pudiera verse reflejada—. Y usted, señora Cara Sucia, no levantará nada que sea más pesado que esto. ¿Lo ha entendido?
Hinata asintió enérgicamente al tiempo que intentaba limpiarse la cara con el delantal.
Naruto soltó un suspiro.
—Así estás empeorando las cosas. —Agarró un extremo del delantal y le limpió la grasa de la barbilla con suavidad—. Ahora sé buena —le rogó halagüeñamente—, o tendré que mandarte a casa para que no te metas en más líos.
—Sí, señor —murmuró dócilmente ante la mirada tierna de su esposo.
Ahora que Hinata estaba ocupada en algo, todos irían un poco relajados. Naruto y Killer B pasaron el resto de la mañana vaciando, limpiando y reparando el pozo.
Menma continuó su exploración por las cabañas y encontró una selección de muebles bastante aceptable, que acabó por abarrotar el patio delantero. Justo antes del almuerzo, Karui declaró que la planta superior estaba limpia y apta para ser habitada.
La fachada resplandecía con su nueva capa de pintura blanca. Se tomaron un descanso e improvisaron una comida alegre y divertida con el contenido de los cestos que traían en el carro.
Cuando hubieron acabado, se relajaron, tendidos en el suelo bajo el sol o en la sombra, según las preferencias de cada uno. Hinata estaba sentada junto a Naruto sobre un almohadón que le habían colocado bajo un enorme pino, y Menma, apoyado contra un arcón viejo, los observaba con expresión divertida.
—Estaba empezando a preguntarme si teníais aversión a compartir uno de esos almohadones —bromeó—. Aunque no me puedo imaginar cómo Hinata estaría ahora en este estado si no lo hubierais hecho. Claro que con una sola noche habría sido suficiente, ¿no?
Hinata intercambió una mirada con su marido en silencio. Éste se encogió de hombros respondiendo a la pregunta que formulaban los ojos de su esposa, luego se quedó contemplando a su hermano con el entrecejo fruncido. Pero Menma esbozó una sonrisa y cerró los ojos.
La tarde transcurrió tan ajetreada como la mañana. Lograron adecentar la planta baja de la casa, a pesar de haber creído que era una tarea casi imposible de realizar. El olor a jabón de pino invadía las habitaciones y todo brillaba, impecable.
