17
Al ver el vestido todavía tirado de cualquier manera en el suelo de la habitación, Candy se dijo que, quizá después de todo, había servido a su propósito. Aunque no había provocado exactamente la reacción que ella esperaba, sí que había provocado una reacción. Y mientras transcurría la noche, había detectado un sutil deshielo en Albert. Era la primera vez que su conversación había sido relajada y, en ocasiones, incluso había bromeado. No era menos impresionante que antes, pero no se mostraba tan lejano. Lo había pasado bien con Albert y con su hermana.
Sin embargo, la historia de la bandera del Hada la había devuelto de golpe a la realidad. De creer el relato del historiador, sabía dónde estaba guardaba la bandera: en una caja cerrada con llave, en un lugar secreto protegido por Albert. Ahora lo único que tenía que hacer era conseguir que Albert le dijera dónde estaba la caja, recuperarla, encontrar la entrada secreta y marcharse. Así de sencillo.
Se rió de sí misma. Aquel hombre tenía la intención de enviarla a casa al cabo de once meses, ¿e iba a confiarle los secretos más preciosos del clan? No era probable. Pero tenía que intentarlo. La otra opción era regresar con los suyos y enfrentarse a la derrota y a la destrucción de su clan a manos de los Mackenzie. En otras palabras, no tenía ninguna opción.
No se atrevía a pensar en lo que Albert haría si la descubría. ¿Cómo trataría a una traidora? ¿La matarían? ¿La mutilarían? ¿La encerrarían? No lo creía. Incluso al principio, cuando se mostraba tan lejano y frío, no había percibido crueldad en su carácter, y ahora menos. No parecía del tipo de persona que disfrutaba de la violencia contra las mujeres. De hecho, mostraba su cariño por su hermana abiertamente, algo que la mayoría de los hombres, en su posición, se resistirían a hacer por miedo a que los creyeran débiles. ¿Podría perdonarla? Se rió sarcástica. La gente de las Highlands no perdonaba; la palabra perdón no formaba parte de su vocabulario. No, era un hombre orgulloso y lo que ella tenía intención de hacer sería un golpe a su orgullo. Nunca la perdonaría.
El desesperado vacío que sentía en el corazón al pensar en traicionar a Albert iba en contra de su sentido del deber y de su responsabilidad. Cobardemente, quería huir de allí y volver a la corte como si nada hubiera pasado. Por desgracia, en cualquier caso, el resultado sería el mismo. Nunca volvería a verlo.
Candy dudaba que pudiera mirarse al espejo cuando todo hubiera terminado, pero pensar en la destrucción que su fracaso traería a su propio clan era igualmente desagradable. Debía seguir adelante con su plan.
Tenía que acercarse más a él para hacer que cambiara de opinión. Lograr que olvidara que ella era una MacDonald. Esa noche pensaba esperarlo despierta, aunque tuviera que esperar horas y horas. Quizá estuviera en la cama con otra mujer, pero no dejaría que eso la detuviera. Sabía que no era completamente indiferente a Albert.
Tampoco él le era indiferente a ella. Esa noche había quedado muy claro. Su reacción a sus caricias le había hecho sentir algo más que una punzada de temor. Incluso por el mero hecho de estar sentada a su lado, se despertaban todos sus sentidos. Cuando él sonreía, ella recordaba la sensación de sus labios en los suyos, y cuando sus ojos se detenían en sus pechos, recordaba el roce de su dedo y el íntimo anhelo que sintió en su interior. No, no podía decirse que fuera indiferente a él. Pero no podía dejar que la atracción que sentía le impidiera hacer lo que debía.
Era preciso que analizara su plan de acción metódicamente. Si iba a buscar, de verdad, la bandera del Hada, parecía lógico empezar por Albert. Un talismán debe ser algo accesible para ser útil en una emergencia. Tendría que buscar las zonas que Albert frecuentaba, pero que fueran lo bastante privadas para no correr el riesgo de que alguien descubriera la bandera por casualidad. El escondrijo más probable parecía estar en sus aposentos. Después de todo, se encontraban en la torre del Hada.
Candy, echada en la cama, miraba el techo, observaba las sombras temblorosas producidas por la luz de las velas, y esperaba. No paraba de dar vueltas, tratando de ponerse cómoda. Cuando todos sus intentos resultaron inútiles, apartó el cobertor, se levantó y fue hacia la ventana. Pero ni siquiera el suave resplandor de la luna ni la tranquilidad de la brillante noche estrellada podían calmar su extraña inquietud.
¿Qué lo retenía? Como si no se lo imaginara. Catriona. Notó una sensación de náusea, de mareo, como un nudo en el vientre. Lo reconocía, lo que ella se proponía era mucho peor, pero ¿por qué le parecía que él la traicionaba?
Frustrada y furiosa, Candy se puso rápidamente las zapatillas y la bata. Si se quedaba allí toda la noche, sin nada que hacer, se volvería loca pensando y pensando. Tenía que relajarse. Lo que necesitaba era un buen libro. Algo que apartara sus pensamientos de Dunvegan, de Albert y del terrible aprieto en que se encontraba. Él le había ofrecido el uso de su biblioteca; ojalá hubiera pensado en preguntarle dónde estaba, pero no debería ser demasiado difícil de encontrar.
Candy frunció el ceño al mirar la ropa que llevaba. Era otra de las compras de su tío. La fina seda marfil hacía poco para ocultar que estaba prácticamente desnuda. Pese al modesto night trail que llevaba para dormir, la bata se pegaba a ella en sus partes más íntimas, como si no llevara nada debajo. Tiró de los lados de la bata, ajustándolos más al pecho, en un intento por cubrirse un poco más, pero solo consiguió exacerbar el problema.
Candy atravesó de puntillas la habitación y vaciló un momento; le resonaba en los oídos la advertencia que le había hecho Albert de que no se exhibiera. Si la pillaba con aquel conjunto, sería muy embarazoso. Pero no podía quedarse esperando toda la noche, sin nada que hacer, y echaba mucho de menos su lectura nocturna de cada día, que se había convertido en un ritual agradable en Edimburgo. Además, se dijo, el ruido había disminuido considerablemente en la última hora. Seguro que todos menos Albert estaban ya en la cama. Pero ¿y si la pillaba?
No le gustaría verla dando vueltas por allí con su ropa de dormir. Una chispa de inquietud se encendió en su interior. Ese día lo había llevado casi al límite con aquel vestido, pero quizá no lo bastante. ¿Qué pasaría si lo empujaba más? Era lo que ella quería, ¿no? Para cumplir sus planes. La asaltó el recuerdo de los ardientes besos en su cuello y de su dedo rozándole el pezón, haciéndola dudar de sus teorías. Sintió un estremecimiento de temor y expectación. Parecía que tenía una tendencia hasta entonces desconocida a cortejar el peligro.
Fue decidida hacía la puerta y luego se detuvo y, apoyando las manos en las tablas de madera, escuchó con la oreja pegada a la puerta para estar segura de que no había nadie. Al no oír nada, la abrió con cuidado.
Salió de la habitación y empezó su búsqueda de la biblioteca. Como todavía no había explorado la torre del Hada, no sabía por dónde empezar. Las habitaciones de Albert ocupaban el tercer piso, y sabía que Anthony y Pauna tenían las suyas en el segundo, así que decidió empezar por abajo e ir subiendo. Manteniéndose entre las sombras, Candy sintió un cosquilleo de excitación. La piel le hormigueaba. Su cuerpo estaba maravillosamente vivo y sensible. Sonrió traviesa. Hacía ya bastante tiempo que no se embarcaba en una aventura nocturna.
Aquel deambular en plena noche por los oscuros pasillos le recordó cuando, de niña, seguía a escondidas a sus hermanos. Ni su padre ni su tío lo sabían cuando le pidieron su colaboración, pero era una excelente espía. Había tenido mucha práctica. Ni siquiera Pony estaba enterada de las muchas veces que se había escapado del castillo de Strome para seguir a sus hermanos en sus incursiones nocturnas o cuando acudían a sus citas ilícitas con sus conquistas de la semana. Al principio la habían pillado un par de veces, y se había ganado un trasero dolorido durante unos días, pero pronto llegó a ser mucho más hábil en su juego.
Cuando se hizo mayor y comprendió el peligro que corría, llevaba su arco como protección. En la última salida, antes de marcharse a Edimburgo, había seguido a sus hermanos, que habían «tomado prestado» ganado de los Mackenzie de Kintail, pero habían sido atrapados en el acto por un puñado de hombres del clan Mackenzie. Su hermano más joven, Ian, se había visto forzado a salir del núcleo protector de los hombres del clan MacDonald en lucha, y Candy vio con horror cómo un guerrero Mackenzie levantaba el arco y apuntaba directo al corazón de Ian. Sin pensarlo, disparó su propia flecha desde el lugar donde se ocultaba entre los árboles. Como siempre, su puntería fue certera y la flecha alcanzó al guerrero Mackenzie directamente entre los ojos. Había vomitado allí mismo. El sonido de la flecha hundiéndose en la carne y el hueso era algo que nunca olvidaría.
Ian se había quedado tan sorprendido que no se había dado la vuelta para ver quién lo había salvado de la muerte. Solo más tarde, cuando comprendió que ninguno de sus hermanos ni compañeros del clan se había dado cuenta del peligro en que se hallaba, se le ocurrió que allí había habido alguien más.
Quizá sospechó quién era, pero nunca dijo nada. No obstante, después de aquella noche, Candy notó un cambio en la actitud de su hermano hacia ella. A partir de aquel día le dio ciertas pruebas de respeto.
Candy había quedado muy conmocionada por el incidente. Cuando seguía a sus hermanos en sus aventuras, solo deseaba que la incluyeran en ellas; nunca había pensado en tener que matar a nadie. En aquel momento maduró de golpe; aquella experiencia le enseñó que sus juegos de niña tenían consecuencias muy de adulto. Se prometió dejar en paz a sus hermanos, pero al mismo tiempo no podía resistirse a sentir un poquito de orgullo porque su flecha había salvado a Ian, aunque él no lo supiera.
Dejó la escalera para recorrer los corredores medio iluminados del nivel inferior, abriendo puertas silenciosamente, no encontrando nada y encaminándose a la conocida sala que había a la entrada a la torre.
Era un espacio encantador, tan bonito como cualquiera de las habitaciones privadas de la reina. A lo largo de las paredes había antorchas sujetas en soportes de hierro, todavía no apagadas para la noche. De las paredes, recubiertas con una gruesa capa de yeso y pintadas de un intenso color dorado, colgaban tapicerías de dibujos intrincados, probablemente de origen flamenco por su gran belleza. Reconoció muchas de las escenas como representaciones de famosas canciones. Escenas de grandes batallas. Escenas de grandes amores. Esteras tejidas con juncos cubrían el suelo y eran cubiertas a su vez por bellas alfombras llenas de colorido, sin duda traídas de Tierra Santa cientos de años atrás, por algún antepasado que fue a las cruzadas. Sillas delicadamente talladas, tapizadas con cojines de rico terciopelo verde, formaban una pequeña zona para sentarse alrededor del fuego. Candy avanzó hacia allí con la intención de calentarse antes de proseguir su búsqueda en los niveles superiores.
Tardó un momento en darse cuenta de que ya no estaba sola.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
La voz de Albert restalló como un látigo en la silenciosa noche. Pese al fuego, se le puso la carne de gallina. Por su tono, Candy supo que algo iba mal. Muy mal. Se volvió con cuidado y contempló parpadeando su rígida postura y su mandíbula tensa e inflexible. Las llamas de las antorchas proyectaban sombras a través de su cara de facciones duras y atractivas. Se le hizo un nudo en el pecho. Parecía un extraño. El guerrero implacable que una vez había temido que fuera. En su interior sonaron campanas de alarma.
Lo miró, buscando que la tranquilizara. Su sonrisa indecisa, su intento de saludo vacilaron y se desvanecieron. Los ojos de Albert eran duros como zafiros, y se le heló la sangre en las venas. El aura de seguridad y tranquilidad a la que, sin darse cuenta, se había acostumbrado desapareció. La apariencia sólida y firme se había esfumado, sustituida por una penetrante furia que le llegaba hasta los huesos. Una furia que, a diferencia de otras veces, no tenía nada que ver con el deseo. Ni siquiera miraba la ropa que lleva... o que no llevaba.
Se le cayó el alma a los pies. Dios santo, ¿había descubierto sus planes?
