Capítulo 20

Harry Potter es propiedad de J.K. Rowling

Clapham Common

Hermione se esforzaba mucho más que antes para mantener sus altas calificaciones, bebía tónicos para no dormirse durante las clases, se apresuraba a completar sus ensayos en los ratos libres entre lección y lección, a veces incluso los escribía en el comedor. Aunque debiera estar más relajada que en años anteriores se le veía llena de tareas y responsabilidades, a pesar de ello caminaba por los pasillos como si estuviera en el jardín de las delicias. Su juventud le permitía soportar el desvelo y las continuas escapadas de la torre de prefectos.

Se encontraba con Snape varios días a la semana, pasada la medianoche, cuando las rondas de profesores habían terminado. Esperaba con ansia a que las manecillas avanzaran y apareciera el patronus de cierva frente a su ventanal o llegara la hora de echarse la poción de invisibilidad sobre la coronilla e iniciar su viaje hacia el despacho del profesor de DCAO.

En ocasiones sólo charlaban un rato y tomaban té, Snape había intentado enseñarle a fumar, pero Granger apenas aspiró un par de veces antes de rechazar la idea por completo. A veces sólo le ayudaba a Severus a revisar los ensayos de sus alumnos u se quedaba en su sillón leyendo un libro. También hubo noches en que se besaban durante horas en el alfeizar de la ventana de la habitación de prefectos.

A Granger no le importaba el insomnio, ni el cansancio y al parecer a Snape tampoco. Normalmente era un muchacho pálido y algo taciturno, pero desde que pasaba el tiempo con Hermione su cara parecía tener más color y menos aquél aire de decadencia que evocaba en un principio.

Aquella semana sus reuniones se habían visto interrumpidas, Hermione estaba en exámenes, apenas le restaba tiempo para dormir un par de horas, sólo había visto a Severus en el comedor y en clases. No solían toparse en los pasillo y menos a solas, pero aquella tarde Granger salía de la biblioteca rumbo al gran comedor, era la hora de la cena. Distinguió una figura familiar sentada de espaldas al pasillo con un pequeño libro de apuntes entre las manos, leyendo, como si buscara alguna fecha o nombre. Hermione anduvo sigilosa hacia Snape, quería sorprenderlo y procuró que sus pisadas no hicieran ruido, pero poco antes de llegar al muchacho éste se volvió con una sonrisa burlesca y la ceja levantada.

—Eres silenciosa Granger pero dejas una estela de perfume.

Hermione gruñó antes de tomar asiento junto al joven. Ambos miraron a los lados cerciorándose de que no hubiera nadie en los alrededores. Sus ojos se encontraron con un mutuo entendimiento, Hermione se agitó de nuevo reafirmándose que estaban a solas y arrojó a los brazos del muchacho con júbilo. Snape internó su mano derecha entre la suave y espesa melena de Jean, con el brazo libre rodeó sus hombros, apretándose contra ella. Hermione dibujo los labios del hombre con su dedo índice, como si fuera ella quien los recreara en ése mismo momento. Prince entreabrió la boca y Granger se adelantó para besarlo, la punta de su lengua exploró el interior de esa humeda concavidad. Hermione exhaló en el pómulo del hombre, como en un trance.

Se abrazaron con desespero, olvidándose del sitio en el que estaban. Los dedos de la prefecta se deslizaron acariciando el cuello de Prince y el muchacho la apretaba contra sí como si deseara meterla entre sus costillas. En un punto Granger rompió el beso con los ojos agrandados, llenos de alarma.

—No. Espera, nos pueden ver. —le dijo, deteniéndolo por los hombros. Snape alzó las cejas contrariado y un poco confuso. Parecía luchar con la idea de llevársela de allí y fugarse a algún rincón remoto del colegio pero se sentó con propiedad como si Hermione y él sólo mantuvieran una charla formal de conocidos.

— ¿Irás a Hogsmeade el fin de semana? —le preguntó, mirándola de soslayo.

—Ginny tiene planeado que vayamos a visitar a Harry a la academia. —dijo con entusiasmo pero Snape no le devolvió la sonrisa, se había cruzado de piernas y brazos, parecía pensativo.

—Yo iré a Londres, me marcho desde el viernes por la tarde.

— ¿A Londres?

Snape la observó directamente durante unos segundos, parecía querer leerla y Granger entendió lo que ocurría.

—Tú… ¿quieres que vaya contigo?

El comenzó a jugar distraídamente con un pequeño cuchillo que guardaba en los bolsillos, por si se topaba con alguna planta particular que pudiera serle útil. Habló con una extraña indiferencia.

—Pensé que… podríamos estar a solas, pero entiendo que ves a Potter aún con menos frecuencia que a mí y me imagino que Weasley insistiría de todos modos.

Hermione sonrió con cierta burla y le quitó el cuchillo de entre las manos, probó la punta con la yema de su dedo índice del que corrió un hilillo de sangre.

—No deberías jugar con él, es realmente afilado.

—Yo no me hice sangre. —la riñó el hombre mientras doblaba la herramienta para meterla de vuelta en uno de sus bolsillos.

Hermione se limpiaba el dedo con el borde de su túnica, pero de su yema aún brotaba un poco del líquido oscuro. Prince alargó su mano hacia la de Granger y la obligó a levantar el brazo hacia él para poder ver la pequeña herida, era un corte muy fino, casi imperceptible.

—No es nada. —dijo ella, riendo nerviosamente—sólo necesitaré una bandita.

Jean no pudo sino estremecerse cuando notó que el hombre metía la punta de su índice entre sus labios y succionaba la herida con delicadeza. Hermione sentía su yema contra los dientes del muchacho. Miró la cara de Prince como si estuviera visitando un idílico pasado. Tal vez no tenía un rostro armonioso, pero era un semblante que disfrutaba observar. Snape era un hombre grande pero de apariencia frágil, en contraste con el profesor que ella conociera, quien pareció durante mucho tiempo una especie de ser inhumano e inalcanzable. Lo cierto es que había testificado de su mortalidad y ahora ése recuerdo la atormentaba ¿Acaso ella podría haber hecho algo para salvarlo?

Se reprochaba que, al estar segura de que Snape había muerto, sólo había sentido alivio y ahora… se sonrojaba como una amapola frente a él. Se preguntó si tenía derecho a desearlo.

Prince notó como la cara de la muchacha se había ensombrecido por lo que soltó su mano de inmediato.

— ¿Te incomodé?

Hermione negó con la cabeza y acercó su mano al rostro del joven, le acarició la mejilla con un gesto nostálgico. Snape parpadeó confuso por la triste amabilidad de Granger.

—Quiero ir a Londres contigo, inventaré algo, cualquier cosa, quizás sea la única vez en que podamos estar allá juntos.

—Lo dices de un modo…

—Iré contigo. —apuró la prefecta y después de dar un vistazo a su alrededor se despidió del maestro besándole un párpado castamente para desaparecer en el corredor como quien huye.

Prince se quedó sentado en la banquita, pensando en lo extraña que ésta chica era y lo singular que le resultaba ser tocado con tanto afecto. Se preguntó si el corazón de un cínico como él podría hundirse una segunda vez. Se encogió de hombros ante esta perspectiva y sacó un cigarro de su bolsillo para fumarlo allí.

II

Hermione salió de la estación de Clapham Common, estaba aún un poco aturdida por el ajetreado viaje en el metro de Londres, la vida en una ciudad muggle era mucho más complicada y concurrida que la rutina en el castillo. Se internó en el parque, también de nombre Clapham Common y se dirigió a la rotonda que Prince le había indicado antes, no tardó mucho en divisarlo. Snape caminaba despacio a los alrededores del templete donde una pequeña orquesta tocaba un tema instrumental. Había grupos de gente sentados en el césped, quienes se encontraban de pie seguían la cadencia con los talones como si les faltara poco para arrojarse a bailar el vals. Prince parecía ajeno a todo esto y andaba por un camino de piedra con las manos en los bolsillos, inquieto. Granger no recordaba haberlo visto nervioso más que un par de veces y le enterneció pensar que estaba esperándola con ansias como un adolescente en su primera cita. No pudo dejar de notar que su saco y su camisa probablemente eran una importación de los años ochenta, ya no se conseguía ropa así, simplemente porque había dejado de usarse y Prince, por algún motivo, decidió ignorar lo lejos que estaba de su año de procedencia.

Ella también estaba nerviosa, se había puesto una simple blusa azul que sin embargo le recordaba al color del vestido que había usado durante el Yule Ball, una noche en que por primera vez sintió que era una chica realmente bonita.

Prince ladeó la cabeza para buscar un cigarro en el bolsillo de su saco y entonces sus ojos captaron a la muchacha que caminaba hacia él.

Hermione sonrió, echando su espesa melena hacia atrás, en un ademán de instintiva coquetería. Snape se enderezó. Tenía la quijada rígida y sus pupilas se movían rápidamente observando a la mujer con una expresión de arrobo. La sonrisa de la prefecta se amplió mientras ella apretaba el paso, casi echándose a correr hacia el muchacho. Incluso unos segundos parecían demasiado antes de alcanzarlo.

Él dejo caer un cigarro en el suelo y se adelantó hacia la prefecta, a la expectativa, dudando un poco. Hermione parecía tan feliz que le costaba creer que él fuera el motivo de su alegría.

No pudo pensarlo mucho más porque en unos instantes Granger había saltado a sus brazos, riendo, como aquella vez en el tres escobas. El sonido de su risa era como la luz de una bengala. Prince la estrechó a ella y a su melena descontrolada. Cuando se vieron las caras Severus apenas pudo mantenerle la mirada unos instantes. Ella jaló las solapas de su saco.

—El clásico estilo de los ochentas ¿eh? Incluso tiene hombreras, me encanta.

Snape se preguntó si estaba siendo condescendiente, pero Granger alzó los ojos hacia él con efusividad y el mestizo se reprochó por haber desconfiado de ella. La prefecta nunca le había mentido.

— ¿Te das cuenta de que nadie aquí nos reconocerá? Podemos hacer lo que queramos.

Le dejó ver sus dientes brillantes y bien alineados. Snape estúpidamente recordó que sus padres eran dentistas. Le sudaban las manos y se sentía torpe.

Una nueva canción iniciaba, el cielo estaba púrpura y las últimas luces del día se extinguían al par que las farolas del parque se iban encendiendo. El viento le echaba el viento a la cara a Hermione, como un remolino de hojas de otoño. Snape le apartó el pelo de la cara con sus manos.

—Quedémonos aquí un rato, pequeña medusa.

Hermione no pudo molestarse, Prince había hablado en un tono tan sereno e impropio de él.

En la explanada que rodeaba al templete había algunas parejas bailando un vals. Ambos magos se quedaron allí de pie, sólo contemplando.

La prefecta se aventuró a sujetar la mano de Snape y él apretó su agarre con fuerza. El hombre tenía los ojos abiertos y fijos en la orquesta y en las parejas que bailaban.

— ¿En qué piensas? —le preguntó Hermione. Snape separó los labios pero no pudo hablar, entornó los ojos hacia Granger y le dio una de sus sonrisas pequeñas e inofensivas.

—Quiero recordar esto.

La prefecta se apretó contra el costado del maestro y se quedó abrazada a él, hasta que la canción se terminó.

Caminaron alrededor del parque durante mucho rato y se detuvieron en las banquitas del kiosco para comer. La noche se abría como una promesa.

Estuvieron en el parque hasta que la orquesta comenzó a levantar sus instrumentos y la gente se dispersó. No querían separarse aún, qué sentido tendría que cada uno viajara por su lado para alojarse en algún hospicio solitario de la ciudad, por lo que ambos subieron al tren con dirección al mismo sitio.

Se miraban nerviosamente uno a otro de manera discreta mientras el metro avanzaba a través de los túneles subterráneos. Ninguno de los dos se atrevía a preguntar al otro si es que dormirían juntos. Granger contemplaba el rostro de Snape reflejado en el vidrio del metro, se encontraba al igual que ella, en un estado de alerta, con los ojos más abiertos de lo normal y un brillo de esperanzada incertidumbre. Él la descubrió espiándolo y ambos se miraron fijamente en el reflejo durante unos segundos hasta que Granger fingió que alguien la empujaba para poder apartar la vista de Severus. Estaba tan ávida por enredarlo entre sus brazos que temía perderse a sí misma por un rato.

En una calle cercana a la estación encontraron un hotel de dos plantas llamado Holly House, no era lujoso pero parecía decente y discreto. Entraron en silencio, sin mirarse y esperaron junto al escritorio de la recepción. Atendía una mujer joven y embarazada que los observó con toda naturalidad y sonrió antes de saludarles. Hermione suspiró mientras se acercaba a la espalda de Severus y tomaba su mano.

—Pide una habitación para los dos. —murmuró, alzando la vista hacia Prince. El muchacho no pudo disimular su estupefacción y resopló por la nariz. Sin quererlo se volvió hacia la mujer con una extraña sonrisa de incredulidad.

La recepcionista les entregó unas llaves marcadas con el número quince, sin disimular una risilla socarrona. Granger se prendió del brazo de Snape y subieron las escaleras con torpeza. Desde las ventanas del pasillo entraba la brisa fresca de los últimos días de Julio.

Ambos se detuvieron frente a la puerta de su habitación, aún sujetos de la mano. Severus abrió peleando un poco con la cerradura antes de que esta cediera. La pieza estaba a oscuras y la mano de Granger tanteó en la pared para hallar el apagador. Nunca había visto a Severus bajo la luz de una bombilla eléctrica y vestido de muggle. Sonrió frente a su imagen con una ternura que le apretaba el corazón.

— ¿Qué pasa? —preguntó él, con un timbre intranquilo.

—Nada. Es que todo es tan extraño, que estemos los dos aquí y… es sólo, que te quiero. —murmuró mientras dejaba su bolsito en una silla. La respiración de Snape se volvió superficial sin que él consiguiera regresar a la serenidad. Apretó la mandíbula y los puños, tratando de calmarse. Le era tan difícil poder corresponder a las palabras cariñosas, incluso cuando deseaba hacerlo.

Granger se acercó a la ventana para abrirla y observar la avenida alumbrada por farolas azules, llena del movimiento de un ir y venir de autobuses y coches a pesar de ser ya casi medianoche.

—Extrañaba el ruido londinense, es reconfortante a veces.

Snape se acercó para mirar por la ventana junto a Hermione y la abrazó por la espalda, apoyando la cabeza en ella y apretándola como si temiera perderla en unos instantes. La prefecta le acarició el antebrazo y las manos, trazando pequeños círculos con sus pulgares.

Se fueron anudando en un abrazo cada vez más ceñido, en el que sus manos se tocaban para luego viajar en la penumbra y volver a encontrarse. Hermione se deshizo del agarre del hombre para encararlo con esos enormes ojos. Era tan amable y firme que a Snape le pareció imposible no entregarse a ella, no podía permitirse ser cobarde en éste preciso instante cuando más tenía por ganar.

La haló hacia él y la prefecta estampó sus labios contra los suyos, sus lenguas se alcanzaron en el umbral apretado que formaban sus bocas. Los dedos de Granger se deslizaban a través de la mandíbula del joven hasta su prominente manzana de adán, con un tacto liviano y efervescente. Jean besó el cuello blanco y delgado del mestizo con esmero. El hombre se dejó hacer, sujetándola por los hombros para acercarla más, si fuera posible. No deseaba alterarse aún, pero se curvó hacia la muchacha sin pretenderlo, con la respiración profunda y el corazón desesperado. Agitándose por el deleite cada vez que ella avanzaba húmedamente hacia su oreja.

La prefecta le resultaba en realidad como una pequeña medusa que se había lanzado hacia él sin importarle que ambos acabaran en el piso, donde continuaron su batalla. Granger estaba tan nerviosa y feliz que al querer sacarle la camisa terminó arrancando un par de botones, buscó la mirada de Prince con desconcierto y un poco de vergüenza. El muchacho se incorporó a medias, deslizándose las prendas con una sonrisa sarcástica.

— ¿Has oído hablar del funcionamiento de los ojales, mi querida prefecta?

— ¿Te ríes de mí, tonto? —le riñó Jean, afectuosamente. Lo contempló con curiosidad, era un muchacho muy delgado y blanco como la luz. Él empequeñeció ante la mirada femenina, pensando que Granger podría encontrarlo poco atractivo, pero tras sonreírle Hermione se deshizo también de su blusa y se encogió de hombros, con timidez. Se contemplaron con expectación durante unos segundos antes de que los dedos del hombre se adelantaran suavemente a los hombros de Granger y las manos de la prefecta cerraran el agarre sobre la espalda de Prince. Así, apretados uno contra otro comenzaron a explorarse en una lucha lenta y tersa.

Se quitaron el resto de la ropa entre desatinados forcejeos, como si no pudieran detenerse a liberar las presillas y cierres y debieran seguir enredados entre sus pantalones. En algún momento Jean se rió de la situación cuando él se peleaba con su cinto. Pero el rubor sustituyó a su sonrisa cuando el estómago tenso del muchacho estuvo contra su ombligo y pudo sentir su cuerpo suave y cálido cubriéndola enteramente.

—Deberías verte, estás completamente roja… como una drácena.

La mano del muchacho le acarició la mejilla con afecto y Granger volvió a reír, mientras lo sujetaba de la nuca para poder besarlo. Labios y manos se deslizaban de un punto a otro. Los dedos de Jean escalaron despacio por la columna del mestizo, lo acarició con lento regocijo, palpando la forma de sus costillas y la contextura de su piel. Él la besaba en los pechos y la clavícula, friccionándose contra ella como un gato. La prefecta cerró los ojos apretando al joven con brazos y piernas, sujetándole el pelo con fuerza. Él seguía vigorosa, incansable, apresuradamente. Granger se sostuvo de una pata del buró, mientras su mano derecha rozaba los labios del hombre, que se entreabrieron para lamer las puntas de sus dedos de un modo voluptuoso, tras ello le sonrió con un descaro casi infantil. Sus caderas se acoplaron uniendo sus sexos. Estaban arrebatados de la razón y del paso del tiempo, sumidos por completo en el paraíso de los sentidos.

En la cúspide del encuentro Granger abrió los ojos para observar al hombre debajo suyo, que con los párpados cerrados y la boca abierta empujaba vigorosamente. Él dedicaba su fuerza a sostener el éxtasis que nacía de los dos y sus cejas se contraían de concentración y placer. Jean se dejó arrasar por las sensaciones y sus manos amasaron, arañaron toda la piel que pudieron alcanzar.

"No, quieta, espera…" Le murmuraba él con la voz ronca, buscando alargar los minutos, acariciando con las palmas el vientre y caderas de la mujer, como a una venus de barro.

El ardua pugna continuó, entre respiraciones rápidas y suspiros, hasta que ambos hechos un nudo contraído y palpitante, se rindieron el uno sobre el otro, encima del piso de madera.

—Tal vez debimos subir a la cama. —murmuró la prefecta, cuando sintió a Prince relajarse completamente bajo ella, sin importarle la dureza del suelo. Como respuesta sólo tuvo una risa tenue que sopló entre su cabello. Apenas pasaron unos minutos antes de que ambos se quedaran dormidos.

III

Despertaron bruscamente por el ruido de una aspiradora del otro lado del pasillo. Prince casi había olvidado el ruido de esas máquinas y tardó unos segundos en identificar de qué se trataba. Hermione miró su cara de susto con una sonrisa burlesca.

—Es extraño que una aspiradora pueda amedrentar a un mago como tú.

Snape se volvió hacia ella con la ceja levantada. La muchacha estaba sólo cubierta por una sábana y él, se encontró con la propia desnudez. Odio percatarse de que había enrojecido frente a Granger, mientras se procuraba algo con lo qué cubrirse.

Ella se sonrió, con las mejillas coloreadas, sin dejar de mirarlo de reojo.

—Está bien, te vi anoche. No tienes qué ocultarte.

—Lo mismo en tu caso y sin embargo estás envuelta en ésa sábana de pies a cabeza.

La muchacha se puso de pie de repente, enredada en la sábana, incluso cubriéndose la coronilla y caminó hacia el baño con pasos torpes.

—Debemos alistarnos, quiero mostrarte las maravillas del mundo moderno. —le dijo volviéndose un poco hacia el muchacho y deshaciéndose de la sábana permitiendo que él la mirara contra la luz de la mañana. Aunque su gesto fue atrevido, ella parecía incluso pudorosa, estaba obsequiándole un poco de su intimidad.

El hombre se quedó quieto observándola unos segundos, con los ojos llenos de su belleza. Tragó saliva y se sintió humilde frente a ella.

—Qui… quieres que ¿quieres que paseemos por Londres?

La prefecta sonrió al escucharlo tartamudear. Él la encontraba hermosa y eso la hizo feliz.

—Sí. Anda, se nos hará tarde.

Le dijo antes de desaparecer tras la puerta del baño.