§17§

Shikamaru regresó de Inglaterra con las manos vacías. Lleno de gran frustración y azoramiento, informó a su jefe:

— Otsutsuki ya ha enviado soldados hacia Inglaterra. Les seguimos el rastro desde las Lowlands, nos enteramos de cuántos eran y de que algunos de ellos regresaban de la fortaleza del barón de Hyuga.

—¿Cuántos eran?

—Veintiséis soldados, todos bien armados.

—¿Iba Hanabi con ellos?

—No.

—¿Estás seguro?

—Los vimos partir, Naruto. Sí, estoy seguro.

—¿Qué has hecho con ellos?

—¿Tú qué crees?

Naruto hizo un gesto afirmativo.

—¿Cuántos de los nuestros participaron en esa batalla?

—Éramos once.

—Una lucha justa, entonces. ¿Algún hombre resultó herido?

—Donovan sufrió un profundo corte en el muslo; ésa fue la herida más grave. Los demás sufrieron algunos rasguños sin importancia. A decir verdad, me parece que habríamos curado bien a Donovan si no fuera por...

—¿Si no fuera por qué?

—Aquí es donde las cosas adquirieron un extraño cariz —dijo Shikamaru—. Los soldados del barón observaron la lucha desde el castillo, y yo acababa de decidir que entraría a la fortaleza para buscar a Hanabi, cuando bajó el puente levadizo y salió una procesión de soldados. Al frente de ellos iba la madre de tu esposa.

Shikamaru hizo una pausa para sonreír y prosiguió:

—Su gaélico es peor que el de Hinata —dijo—. Sus soldados iban armados, por supuesto, pero enseguida me di cuenta de que sólo se proponían proteger a su señora. Ya entiendo de quién ha heredado el coraje tu esposa. Su madre desmontó, quiso saber quién estaba al mando, pero antes de que pudiera presentarme, vio a Donovan y corrió hacia él. No hace falta que te diga que él no quería que nadie le tocara. Pero ella no hizo caso, y le limpió la herida y la suturó.

—¿Y tú qué hacías mientras tanto?

—Responder a las preguntas que ella hacía sobre tu esposa. Yo suponía que estaría preocupada por lady Hinata, pero insistió en que no era así en absoluto. Me explicó que si su hija hubiera sentido que se encontraba en serias dificultades, habría enviado su medallón a alguno de sus hermanos o hermanas. Como no lo hizo así, su madre sabía que Hinata se encontraba bien. Sin embargo, estaba preocupada por ti y te envió un mensaje.

—¿Cuál es el mensaje?

—Que la trates bien o deberás responder ante la familia. Todos se enteraron de cómo terminó la escolta de lady Hinata, por supuesto, y me aseguró que su marido no tenía ni idea de la clase de monstruo que era Otsutsuki. Ah, esto te encantará. Tienes su eterna gratitud por haber rescatado a su hija.

Naruto sacudió la cabeza. ¿La gratitud de un inglés? ¿Qué rayos se suponía que haría con eso?

—¿Y qué hay de Hanabi?

—Ha desaparecido. Su madre estaba preocupada hasta que aparecieron los soldados de Otsutsuki. No enviaron una avanzadilla para advertir de su llegada, según me explicó; registraron cada rincón del castillo buscándola. La madre cree que alguien acudió en su auxilio. Dice que cree saber quién es el salvador.

—¿Quién es?

—Tú.

—¿No se preguntó entonces por qué estabas tú allí, en lugar de estar yo?

—Parece que no. .

—¿Qué le diré a mi esposa, Shikamaru? No puedo continuar manteniéndola en la ignorancia respecto de su hermana. Tarde o temprano acabará enterándose. Los chismes corren como el viento en las Highlands.

—Quizá tengas razón en eso. De hecho, parece que alguien se enteró de lo que ocurría y llegó hasta Hanabi antes que tú. Dudo que haya sido alguno de sus hermanos. No permitiría que su madre se preocupara de esa manera. Se lo diría, ¿no te parece?

—Supongo que sí. Sólo hay un hombre capaz de meterse en tantas dificultades en beneficio de Hinata.

—¿Quién?

—Mi hermano. Esto lleva su sello, ¿no crees?

—Él odia Inglaterra.

—Pero adora a mi esposa —dijo Naruto—. Debo hablar con él antes de decir nada a Hinata. Con la ayuda de Dios, es posible que Jiraiya tenga a Hanabi escondida en algún sitio. ¿Tienes algo más que contarme?

Shikamaru se encogió de hombros.

—La madre de milady envía regalos para su hija y ,además...

—¿Y además qué? —urgió Naruto, intrigado por su vacilación.

—Me besó en la mejilla. No quise apartarme. Es la madre de milady, después de todo, pero yo… Eso no tiene ninguna gracia, Naruto. Es terrible. Me dijo que el beso era para su hija y que esperaba que yo... se lo diera.

—¿Quiere que beses a mi esposa? — Naruto ya no se reía.

—Sí.

—No lo harás.

—No, claro que no.

Ahí terminó la conversación. Los dos guerreros marcharon hacia la frontera sur, allí donde había tenido lugar el último ataque.

Inari llegó una hora después. Gritando a su jefe, desmontó y se acercó corriendo.

—¡Su esposa está bien, señor! —exclamó—. ¡Pero ha habido algunos problemas!

Naruto permaneció impasible hasta que Inari le hubo relatado todo lo ocurrido. El soldado también repitió cada palabra de las pronunciadas por Hinata. Cuando hubo terminado, Naruto temblaba de cólera.

—¿Dónde está mi esposa ahora?

—Con los Kincaid. Lee está con ella. Dejó a Kiba a cargo del castillo.

—¿ Hinata está bien?

—Sí.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente.

Naruto trató de vencer su miedo para poder serenarse.

—¿Y Anko? —preguntó, con un tono mortalmente tranquilo; al menos en apariencia, estaba calmado.

— Lee espera que se lleve el cuerpo de su hijo al norte para enterrarlo.

—¿ Hinata está...?

—Está bien —volvió a asegurar Inari—. Yo no le mentiría. Necesitaba unos puntos de sutura; estaba muy afectada, pero sobrevivirá. Las mujeres quisieron ir con ella. Kiba tuvo que convencerlas para que se quedaran en la fortaleza.

Naruto necesitó apelar a toda su fuerza interior para no lanzar un rugido de angustia.

Debería haber estado con ella.

Debería haberse enterado de lo que pasaba. El mal nacido. Se había atrevido a tocarla.

—Señor, ¿qué quiere que haga? —preguntó Inari.

Naruto hizo un esfuerzo para pensar en los problemas más inmediatos. Inari tuvo que repetir la pregunta para que él contestara.

Naruto llamó a Gai, el mayor de los soldados que guardaban la frontera, y lo dejó al mando.

—Traslada esta misma noche a los que aún quedan del clan de Sarutobi. Tan pronto hayas terminado, todos los Namikaze volverán a casa. Inari te ayudará.

—¿Y usted, señor?—preguntó el soldado.

—Voy con mi esposa. Shikamaru, ponte al mando de la custodia de mi casa hasta que yo regrese.

Shikamaru se quedó al Iado de Naruto mientras el otro soldado corría a cumplir las instrucciones de su jefe.

Naruto llamó repentinamente a Inari.

—¿Ella dijo a mi esposa que atendiera los deseos de su hijo?

Rugió. No esperó la respuesta; tomó las riendas de su caballo, montó de un salto y partió a galope tendido.

Shikamaru fue tras él. Protegería a su señor hasta el punto en que se separaran para ir cada uno a su destino.

Naruto tomó la senda más rápida, acortando camino a lo largo de la frontera y, cuando estuvo bastante lejos de sus soldados, gritó como si se tratara de un animal herido.

Anko.

No podía siquiera pronunciar su nombre sin desear desenvainar su espada. Jamás podría volver a llamarse Namikaze, jamás volvería a usar el tartán que había deshonrado, y jamás podría volver a acercarse a ninguno de ellos.

Shikamaru esperaba que su jefe se dirigiera hacia el este; en aquel momento estaban paralelos a la fortaleza, por lo tanto le sorprendió ver que se detenía.

—¡Naruto! —gritó, mientras se acercaba a él—. Tendrás que olvidar tu rabia, al menos hasta que hayas visto a tu esposa. Sé que sientes que la has abandonado, pero ella comprenderá que no tenías otra alternativa. Ella te ama —agregó con un gesto afirmativo—. Deja ya de mirar al suelo y mírame.

—Allí abajo —le indicó Naruto.

Para complacer a su jefe, Shikamaru dirigió la vista adonde éste le pidió, luego silbó por lo bajo.

—Son huellas frescas —comentó.

—Cuatro caballos... no, cinco —corrigió Naruto—. Van al paso, en fila. ¿Quiénes pueden ser?

—Según lo que dijo Inari, ¿cuántos volvían con Menma? — interrumpió Shikamaru.

—Tres —respondió Naruto. Luego, se irguió de un salto—. La madre del bastardo debe de ir camino de su casa. Es una pena; me hubiera gustado hablar con ella.

—Acabarías matándola —dijo Shikamaru.

Naruto negó con la cabeza.

—No, con su muerte no tendría bastante. Quiero que sufra tantos años como los que estuvo ausente.

—Si se dirigen a celebrar el funeral de Menma, ¿por qué van en sentido contrario? Porque marchan al revés.

—No lo sé.

—Las huellas son bastante frescas; podríamos alcanzarlos en poco tiempo. Entonces sabríamos adónde se dirigen, ¿verdad?

Naruto asintió con un gesto.

—Seguiremos sus huellas, pero sólo unos minutos. Necesito ver a Hinata.

—Sí, lo sé. En tu lugar, yo comenzaría a practicar —dijo Shikamaru, cuando ya estuvieron al galope.

—¿A practicar qué? —gritó Naruto.

—A decirle que la amas.

Naruto espoleó su caballo para que tomara la delantera y buscó un atajo que, a través del bosque, le permitiera llegar a una colina desde donde ver a Anko. Cuando salió de entre los árboles, desmontó deprisa, corrió hasta la cima y pudo ver al pequeño grupo que marchaba más abajo.

Shikamaru lo alcanzó poco después.

Más abajo se extendía un largo y estrecho valle. Por allí avanzaba lentamente el cortejo fúnebre; el cuerpo de Menma iba envuelto, atravesado sobre el lomo del último caballo.

Naruto centró toda su atención en un movimiento entre los árboles. Algo se había movido allí, estaba seguro. Esperó y, pocos minutos después, cuando llegaron al borde del llano, una figura salió del escondite en el que había estado oculta.

Tanto él como Shikamaru reconocieron de inmediato a Otsutsuki. Atónitos y enfurecidos, vieron a Anko que desmontaba y corría a abrazar a su aliado.

Ahora sabían quién era el traidor.

.

El resto del trayecto hasta la casa de Kincaid se hizo a galope tendido; cuando Naruto llegó al patio de armas, desmontó de un salto y corrió hacia el interior del castillo.

Subió la escalera en cuatro zancadas, impaciente por llegar a la galería y comprobar que Hinata se pondría bien. Lee hacía guardia en la puerta de su habitación. Naruto pasó frente a él como una exhalación, abrió la puerta de golpe y se precipitó en el interior.

Sabía que se estaba portando como un loco, pero no podía evitarlo. Necesitaba decirle a Hinata lo mucho que lamentaba no haber estado junto a ella para protegerla. Si no recibía su perdón, no sabía si podría seguir viviendo.

Llegó hasta el centro de la habitación antes de verla allí, junto a la ventana, en compañía de Tsunade. Y entonces se detuvo en seco.

Nadie lo había preparado para lo que vio.

Su adorable y pequeña esposa había sido golpeada tan brutalmente que él no entendía cómo había podido sobrevivir. Parecía como si hubiera sido acorralada por una bestia salvaje. Su rostro estaba cubierto de oscuros cardenales, tenía un brazo vendado desde el hombro hasta los dedos y había marcas de arañazos en todos los lugares visibles de su cuerpo.

Pero había sobrevivido.

Naruto tuvo que decirse dos veces esas palabras para poder calmarse lo suficiente y por fin hablar con ella.

No estaba muerta. Si hubiera muerto no estaría de pie.

—No, no estoy muerta —dijo Hinata.

Sólo entonces Naruto se dio cuenta de que había pensado en voz alta.

Mientras salía, Tsunade susurró al pasar:

—No estará despierta mucho rato. Le he dado la pócima para que duerma, pero se está resistiendo. Me parece que cree que primero debe pedirte perdón. Trata de que se acueste.

Naruto se acercó más a Hinata para poder sujetarla, en el caso de que se cayera. No quería asustarla. Sabía que tenía un aspecto horrible: llevaba la cara y los brazos cubiertos con las pinturas de guerra y una ardiente furia que no era capaz de ocultar brillaba en su mirada.

Deseaba que Hinata fuera hacia él, aunque no imaginaba que ella tuviera una razón para querer hacerlo. Mientras él había estado ocupándose de defender un inservible trozo de tierra, ella se había quedado indefensa frente a un depredador.

—¿Quieres que me quite la pintura de guerra? Sé que no te gusta —dijo, con la voz ronca por la emoción.

—No tiene importancia.

—¿No tiene importancia?

—Tengo algo que decirte, Naruto.

—Primero, métete en la cama.

— Tsunade me ha dado algo para que duerma. Me dijo que no me despertaré hasta mañana.

—Lo sé —respondió él.

—Si me meto en la cama...

—No te preocupes.

Ella no se movió.

— Menma se cayó por la ventana.

—Sí, lo sé, mi amor.

—Yo no le empujé. Tampoco quise apuñalarlo. Él cayó sobre el puñal; si él no hubiera apretado mi muñeca contra el suelo, eso no habría sucedido. Yo intentaba herir su mano para que la quitara de mi boca, para poder gritar y pedir ayuda. Por favor, créeme. No quería matarlo. Sólo quería quitármelo de encima.

—Lamento mucho no haber estado allí para protegerte.

—¿Qué habrías hecho?

—Lo habría arrojado por la ventana.

Confundida por lo que acababa de oír, ella sacudió la cabeza.

El movimiento la aturdió.

—Quiero decirte algo más antes de quedarme dormida. Traté de honrar y respetar a tu madre, pero ya no puedo más. No está bien que me interponga entre tu familia y tú. Ella forma parte de tu pasado, y sé que es muy importante para ti. Ella jamás irá a verte mientras yo esté en tu casa. Me odiará cuando se entere que su hijo ha muerto. Lee iba a esconder el cadáver. Tu madre me dijo que hiciera todo lo que Menma quisiera, pero no le hice caso, y no lo lamento. Fue un error por su parte suponer que alguna vez me sometería al deseo de su hijo.

—Sí, fue un error. Déjame llevarte a la cama.

Ella continuó como si no le hubiera oído:

—Jamás me perdonará. Tampoco me importa. Ella no me gusta. Tú debes decidir cuál de las dos es más importante para ti. Sé que no está bien que te pida algo semejante, pero...

— Hinata...

—¡No, déjame que te lo explique! —gritó ella—. Ya sé que estás enfadado, y yo...

Estaba luchando por continuar despierta; la poción que le había dado Tsunade estaba surtiendo efecto, y ella no podía concentrarse en lo que decía.

En cuanto su cabeza cayó hacia delante, la alzó con cuidado, y la acercó a él. Se había quedado dormida.

Naruto la besó en la frente. Permaneció inmóvil durante más de una hora, satisfecho y feliz de sentir nuevamente el calor del cuerpo de Hinata.

Tsunade regresó a la habitación para quedarse con ella. La confusión que vio en los ojos de Naruto le dieron ganas de echarse a llorar por él.

—Necesita descansar, Naruto. Déjala.

Él no se movió. Tsunade necesitó mucho tiempo para convencerlo de que su esposa se pondría bien.

Naruto seguía reacio a dejarla.

—No estará sola —aseguró Tsunade—. Acabamos de recibir noticias de tu casa; el padre Yamato está en camino. Vamos, Naruto; no es por la extremaunción. Hinata se está recuperando. Es amigo suyo. Viene para hacerle compañía.

—Me avisarás si ella me necesita o se siente mal.

—Sí, por supuesto que sí.

El fuego que ardía en su interior crepitaba furiosamente; Naruto se dio cuenta de que si no abandonaba la habitación rápidamente, perdería el dominio de sí mismo.

Tsunade lo acompañó hasta la puerta.

—¿Adónde vas ahora?

—A terminar esta historia.

—¿Qué debo decir a Hinata?

Él sacudió la cabeza. No quería preocupar a su esposa. Sabía que si le decía que él había ido a buscar a Otsutsuki, ella se preocuparía por su seguridad. Sin embargo, tampoco quería mentirle.

Lo mejor era decir la verdad.

—Voy a ver a mi madrastra.

En cuanto abandonó el salón, su fingida compostura se esfumó. Había desaparecido el esposo amante y ahora daba paso al guerrero salvaje.

Desenvainó la espada y la entregó a Lee, luego bajó la escalera. Sus zancadas eran largas, resueltas; su expresión, fría, mortalmente decidida.

Jiraiya oyó a su hermano mientras se acercaba a la estancia y se puso tenso, anticipando lo que ocurriría a continuación.

Naruto entró como una tromba en el salón y, sin decir una sola palabra, arrancó de la pared la espada de su padre.

No fue necesaria ninguna orden. Shikamaru y Lee ya estaban junto a su jefe.

Jiraiya no titubeó. Con mirada asesina, tomó su propia espada y siguió a su hermano.

Finalmente, Minato Namikaze conseguiría que se hiciera justicia.

.

.

No tuvieron clemencia.. La batalla por cercar el castillo de Otsutsuki fue dura y larga; las espadas cruzaron el aire una y otra vez mientras avanzaban superando metódicamente las defensas de su enemigo, por todos los flancos a la vez. Desde el sur avanzaron las fuerzas de Jiraiya, formando un semicírculo, en tanto Naruto y sus aliados llegaron desde el norte, en un arco impenetrable que se unió a las fuerzas de Jiraiya para completar el círculo.

El enemigo no consiguió romper el cerco formado por los que buscaban venganza. La sorpresa inicial fue total hasta que llegó el ataque, Otsutsuki no se dio cuenta de que su traición había sido descubierta.

Había ordenado a los clanes del norte que atacaran la fortaleza de Naruto en un par de días, al amanecer, pero como la estúpida vieja había decidido buscar refugio en su casa antes de lo previsto, su cálculo del tiempo había quedado desbaratado.

Otsutsuki no se enfrentó a la lucha, sino que se escondió tras las puertas cerradas, en su guarida. Rodeado ahora por todas partes, encerrado como en un sepulcro, el cobarde se apresuraba, frenético, a recoger todo su oro para llevárselo consigo a través de los pasadizos secretos.

Como una rata, con sus afilados dientes delanteros sobresaliendo, sus diminutos ojos acechando aun lado y otro, se deslizó furtivamente por el vestíbulo para coger otro saco y llenarlo de tesoros, mientras Anko gritaba, persiguiéndole.

—¡Acepta el desafío y lucha! —urgió ella a Otsutsuki—. Todo lo que necesitas es matar a Naruto y a Jiraiya; si lo haces, sus hombres se dispersarán.

—¡Calla ya, vieja! —gritó él—. ¡O te atravesaré el vientre con mi espada! La lujuria de tu hijo ha traído a Naruto hasta aquí.

—Él no sabe que traje aquí a mi hijo. Cree que fui al norte.

—Entonces, ¿por que ataca?

—¿Ya has olvidado tus ataques en tierras de Sarutobi? —exclamó ella—. ¡Resiste y pelea!

—¿Por qué continúas preocupándote? Tu precioso hijo ahora está muerto —se burló él—. Un muerto no puede convertirse en jefe de los Namikaze. Lo has perdido todo.

Para entonces, los portones de la muralla estaban siendo derribados. El ruido terrible que llegó al salón aterrorizó a Otsutsuki tanto como el fuego que comenzaba a propagarse. Un denso humo negro se colaba por debajo de la puerta y empezaba a invadir la estancia..

—¡Ayúdame a llenar esos sacos! —gritó—. ¡Deprisa, que muy pronto estarán dentro!

Un fuerte estrépito anunció que la barricada había cedido.

Venían a por él. Oyó el ruido de las botas golpeando contra el suelo de piedra, cada vez más cerca, más cerca, más cerca...

Sus manos temblaban tanto que dejó caer el último saco.

Miró el oro que ya no podría recoger, desparramado por el suelo, y lanzó un gemido. Desenvainó la espada y corrió hacia la vía de escape que había preparado.

Anko le cortó el paso.

—¡No seas imbécil! —exclamó—. Ni Jiraiya ni Naruto saben que los hombres de Orochimaru se han unido a mi clan. Dentro de dos días estarán aquí, acortando camino entre las montañas, y atacarán la fortaleza de los Namikaze. Todavía es posible que conserves tu parte si te quedas y luchas. ¡Mata a Naruto ahora o te juro que te seguirá allí donde vayas!

Al otro lado de la puerta había cuatro hombres que escuchaban las súplicas desesperadas de Anko.

Jiraiya estaba entre ellos; al conocer su plan supo que el hombre al que había considerado su aliado, el bastardo de Orochimaru, conspiraba contra él.

Naruto llegó hasta la puerta. Jiraiya lo apartó de ella y cargó con el hombro contra el obstáculo. El cerrojo cedió en el primer intento y saltó hecho pedazos en el segundo. Jiraiya dio un paso atrás, esperó que Naruto desenfundara la ensangrentada espada de su padre, y luego puso una mano sobre su poderoso hombro.

—Ten con él y los demás la misma compasión que ellos tuvieron con tu padre.

Shikamaru y Lee, con sus armas preparadas, cubrirían a su jefe cuando entrara en el salón. Jiraiya cubriría sus espaldas y sus soldados entrarían inmediatamente.

—¡Quítate de mi camino! —gritó Otsutsuki a Anko.

Ella no se apartó. Otsutsuki pensaba que aún podía escapar.

Dio un paso atrás, alzó su brazo y atravesó el cuerpo de Anko con su espada, en el preciso instante en que Naruto entraba en la habitación.

El espeluznante alarido que lanzó su madrastra no impresionó a Naruto; en cambio observó desapasionadamente cómo Otsutsuki sacaba su espada del cuerpo de ella. Anko gimió antes de caer al suelo.

Otsutsuki aún no había advertido que Naruto estaba en la habitación. Empujó con el pie el cuerpo de Anko para apartarlo de su camino, mientras buscaba frenéticamente el panel que ocultaba el pasadizo secreto.

—¿Ya te marchas? —preguntó Naruto.

Otsutsuki se volvió como movido por un resorte.

—No puedes atacarme, Namikaze. No tienes derecho alguno. Kincaid se enterará de esto.

—¡Yo estoy también en esto, grandísimo imbécil! —bramó Jiraiya, iracundo.

El rostro de Otsutsuki palideció. Parecía estar viendo a la mismísima Muerte acercándose a él.

—Yo no estaba allí. No tengo nada que ver con la muerte de tu padre, Namikaze . Aún era muy niño, como tú. Sí, sólo un niño.

—Tenías más de veinte años —exclamó Jiraiya —. ¡Ya lo creo que estabas allí; llevabas el tartán de los Uchiha , bastardo! ¡ Minato Namikaze era mi amigo!

Dio a Naruto un ligero empujón en la espalda.

—Esta cobarde negativa es demasiado para mí.. Acaba tú con él.

—¡Yo te mataré primero! —alardeó Otsutsuki . Se inclinó hacia delante y lanzó su espada contra Naruto . Podría haberle herido, si éste no hubiera desviado el golpe con la espada de su padre.

—¡Ayúdame, Naruto ! —gritó Anko , retorciéndose en su agonía.

Naruto prefirió ignorarla.

Otsutsuki dio un salto hacia el pasadizo secreto. Mientras se volvía, oyó el silbido que hacía la espada cortando el aire y se inclinó hacia la derecha. Naruto había previsto esa reacción. La espada de Minato Namikaze atravesó el cuello de Otsutsuki y, llevada por el impulso, se clavó en la pared. Otsutsuki se vio lanzado hacia atrás y cayó contra la puerta del pasadizo. Ésta se balanceó de un lado a otro.

Ahora, sólo se oía el crujido del panel y el gorgoteo de la sangre que brotaba del cuello de Otsutsuki .

—¡Por favor, hijo mío, ayúdame! —volvió a rogar Anko —. ¡Ten piedad de tu madre!

Ninguno de los guerreros le hizo caso. Lee preguntó a Naruto si quería que recuperara la espada de su padre pero su jefe negó con la cabeza.

—Está donde mi padre quería que estuviese. Déjala ahí.

—¡Naruto! —gritó Anko —. Por favor... por favor...

Sin dirigir la vista hacia atrás una sola vez, Naruto salió del salón, mientras los gritos de su madrastra se escuchaban cada vez con menor intensidad.

Continuará ...