Unión
Habían pasado algunos meses desde la gran batalla que se libró en el santuario. La reconstrucción de los recintos no había sido tarea fácil, había momentos en los que el patriarca Pólux sentía que iba a desfallecer por el sin número de labores que tenía a su cargo. Pero contaba con el apoyo incondicional de cada uno de los sobrevivientes. Todos estaban dispuestos a elevar aquel lugar a su antigua gloria. Cada caballero, aprendiz, soldado, vestal, maestro y curandero puso su respectivo granito de arena para que así fuera. La ausencia de Athena era palpable, pero, los habitantes del santuario lo veían como una oportunidad para sorprenderla al momento de su regreso.
Como ya era costumbre, la diosa de la sabiduría y la guerra había emprendido un viaje hacia aquella colina en la cual se disponía a leer los designios de las estrellas. En esta ocasión, estaba siendo acompañada por el caballero del cuarto templo zodiacal. Durante el tiempo que había transcurrido desde la fatídica batalla, el joven guerrero había desarrollado una relación casi simbiótica con la entidad que ahora habitaba dentro de su cuerpo. Athena se sentía realmente sorprendida y algo desconcertada ante la naturalidad en la que ambos seres se comunicaban. Cualquiera que viera al muchacho sin conocer el trasfondo de la situación, seguramente pensaría que era un pobre demente hablando consigo mismo.
-Entonces ¿Eres un tipo de arma? Pensé que solamente eras... bueno, ni siquiera tengo idea de lo que eres.-Decía Rasmi con algo de confusión.
-De hecho, puedo convertirme en cualquier arma que tú puedas imaginar. Puedes hacer la prueba si así lo deseas, soy capaz de existir en el plano material y no solamente en el espiritual. Eres mi recipiente, pero también puedes hacer que mi poder se manifieste en la forma de un arma.-Explicó el ente oscuro con su profunda voz.
-Mis caballeros no utilizan armas, lo tienen prohibido. Claro, esto puede cambiar dependiendo de la gravedad de la situación a la que nos estemos enfrentando.-Pronunció Athena, intentando desviar la atención del muchacho sobre el tema. Pero al parecer, había tenido el efecto contrario.
-¿Los caballeros han utilizado armas en alguna guerra pasada?-Preguntó el chico.
-Lamentablemente sí... pero eso fue hace muchos siglos atrás. Ha sido una de las guerras santas más sangrientas de toda la historia. Perdimos mucho en esa ocasión, pero logramos prevalecer.-Respondió la diosa con algo de pesar en su voz.
A pesar de que habían pasado varias eras desde que esa guerra se suscitó, la deidad todavía tenía amargos recuerdos de ello. Muy en su interior, le pesaba cada una de las vidas que se perdieron por la causa. En cada una de sus encarnaciones, había tenido que librar crueles batallas con tal de proteger a su tesoro más amado: la humanidad. Era una tarea realmente pesada la que debía llevar sobre sus hombros, pero se sentía feliz al saber que había muchos otros dispuestos a llevar esa carga junto con ella y uno de ellos, la acompañaba en ese instante.
El silencio reinó durante el resto del viaje, tanto la diosa, como su caballero y aquel ente oscuro se mantuvieron en silencio. Comenzaba a anochecer cuando por fin llegaron a su destino. Rasmi veía con asombro la belleza natural que rodeaba el sitio. Parecía una visión sacada de algún cuento de hadas, era irreal encontrarse en ese sitio. Pero después de todo lo que sus ojos habían visto, no le quedaba más que creer en lo que tenía frente a él. Se adentraron en una cueva, siguiendo un camino iluminado por antorchas. Algunos guardias que custodiaban el sitio se arrodillaron al estar ante la presencia de la diosa.
Athena le pidió que la acompañara a un sitio que ella misma no visitaba desde hacía años. Él aceptó con algo de incertidumbre, incluso el ser que habitaba en su interior parecía estremecerse al sentir de lo que se trataba aquello. Los guardias abrieron una pesada puerta de madera que los dirigía hacia una cámara con una luz blanca al fondo de ella. Se adentraron en el lugar y frente a ellos se encontraba una gran copa de plata, totalmente resplandeciente y llena de agua cristalina. Ambos se acercaron a ella, la diosa acarició la orilla del recipiente con sus dedos.
-Esta es la armadura de plata de la copa. Al vertir agua sobre ella se puede ver el futuro.-Explicó Athena.
Ella lo invitó a asomarse y así fue como los dos posaron su vista en el mismo lugar. Algunas ondulaciones se hicieron presentes en el agua y algunas imágenes comenzaron a ser mostradas. Reconocieron el santuario rápidamente, lucía un tanto diferente al que conocían. Vieron a caballeros que no pudieron reconocer, lo cual les indicaba que se trataba de un futuro lejano seguramente. Rápidas visiones aparecían, una tras otra, sin dar tiempo a siquiera analizarlas con detenimiento. Pero hubo una que dejó a ambos con mucha incertidumbre.
En el agua, pudieron ver la vida de una joven mujer de piel canela, ojos verdes y cabello azulado. Al parecer, había entrenado toda su vida para convertirse en una guerrera. Portaba una armadura que Rasmi no supo reconocer, pero Athena sí. En aquella visión, la chica tenía los ojos vendados y era obvio que habían sufrido un gran daño debido a la cicatriz que sobresalía de la tela. En su mano derecha, empuñaba una enorme espada negra como la noche y en su mano izquierda sostenía una balanza dorada. Athena no daba crédito a lo que veían sus ojos, esa imagen era idéntica a la representación de la justicia: la mujer ciega con la espada y la balanza.
La chica encomendó el cuidado del artefacto dorado a uno de los guerreros que la acompañaba. La espada comenzó a resplandecer con fuerzas y ella se lanzó en contra de su oponente. Se enfrentaba a un ejército de criaturas de armaduras rojas que Athena pronto reconocería como soldados del batallón del miedo de Ares, dios de la guerra. De entre ellos, surgió nada más y nada menos que Medusa. Al parecer, la chica se había cegado por voluntad propia para poder enfrentarse a la gorgona. Estuvo a punto de ser derrivada, pero un enorme muro de hielo la protegió del ataque. Era un joven caballero de cabellos rubios y ojos azules como el mar. Portaba la armadura dorada de Acuario.
-Una espada no es útil si su portador la usa con inseguridad. ¡Tienes que usarme sin miedo! ¡No soy un juguete!-Exclamó una voz que rápidamente fue reconocida como la voz de Apofis.
La imagen se hizo más borrosa hasta que desapareció por fin. Athena lucía pálida y casi tropieza por lo aturdida que se sentía luego de lo que experimentó. Rasmi la sostuvo con gentileza y ambos salieron de la habitación. Ella no quería confiar ciegamente en la visión que la armadura de la copa le había presentado, necesitaba una confirmación de las estrellas. En la cima de la colina, Rasmi vio un cielo como nunca antes en su vida. Las constelaciones se distinguían de manera hermosa en el manto nocturno. Athena observó detenidamente y entonces lo vio. El planeta Marte, representante de Ares en el firmamento, brillaba con especial intensidad. Pero a su vez, el corazón de la constelación del escorpión parecía competir con ese brillo. La estrella roja, Antares, se hacía presente en el cielo nocturno.
-Otra guerra santa, una muy sangrienta y aterradora ¿verdad?-Dijo Rasmi.
-Pero esta vez, tenemos un arma poderosa de nuestro lado.-Respondió Athena.
-En realidad no seré la única arma involucrada en esa guerra. Hay otra espada allá afuera, esperando ser encontrada y empuñada por el guerrero indicado.-Comentó Apofis, haciéndose presente como una sombra frente a ellos.
-¿Quién es ese guerrero?-Preguntó Rasmi con algo de ingenuidad.
-Aún no nace, pero si no sigue el camino correcto, será capaz de aniquilar todo por lo que Athena ha luchado durante siglos.-Agregó la entidad antes de permanecer dormida nuevamente dentro de su portador.
Con más preguntas que respuestas, ambos volvieron al santuario, prometiendo omitir el tema por cuestiones de seguridad. Athena derramó algunas lágrimas de gratitud y sorpresa al encontrarse con un santuario totalmente restaurado, lleno de vida, justo como lo había sido antes de la guerra. Algunos de los chicos que habían formado parte del ejército de Seth, ahora entrenaban en el coliseo, con la intención de portar alguna armadura en el futuro. La naturaleza se hacía presente por medio de los frondozos y florecientes árboles que estaban distribuidos por todo el lugar.
-Es realmente hermoso, no tengo palabras para describirlo.-Exclamó Athena mientras limpiaba sus lágrimas.
-Bienvenida a casa, amada diosa.-Dijo Pólux mientras ofrecía su mano a la deidad a la que servía.
Ella tomó su mano sin dudarlo y ambos comenzaron su recorrido por el santuario. Rasmi sintió que sería imprudente seguirla acompañando en dicha travesía, así que tomó el camino opuesto. Apofis parecía dormir nuevamente, sentía su presencia, pero no con la misma intensidad de cuando estaba despierto. Mientras caminaba por las cabañas de los caballeros de plata, vio a sus amigos Echo y Kenji empacar sus cosas. Aquello llamó su atención y decidió acercarse a saludar. ¿Qué podía perder? Habían pasado meses desde que vio a sus amigos por última vez, había algunas cosas con las que seguramente tendría que ponerse al día.
-¿De viaje?-Cuestionó Rasmi mientras se acercaba a sus amigos.
-Mudanza.-Respondieron ambos al unísono.
La charla se extendió y se volvió emocionante en poco tiempo. Rasmi se sentía realmente complacido al saber que sus amigos habían sido nombrados como sucesores de sus respectivos maestros. Kenji se mudaría al primer templo y Echo por su parte, sería el guardían de la casa de Libra. Ambos habían trabajado arduamente y habían logrado forjar sus caminos hasta ese importante acontecimiento. Luego de un par de abrazos y apretones de manos, Rasmi decidió que era momento de dejar que sus nuevos compañeros continuaran con sus deberes. Se despidió de ellos y siguió su camino en dirección al viejo coliseo.
Al llegar allí, fue testigo de una imagen que hacía mucho tiempo no veía: Giovanna yacía sentada bajo el enorme y viejo árbol frente al coliseo; tenía una pequeña libreta entre sus manos y parecía escribir. Su rojizo cabello se mecía con el viento y algunas hojas parecían haber quedado atoradas en él. Ella desvió su atención del cuaderno y sus miradas se encontraron. El pequeño lápiz que sostenía entre sus dedos cayó al suelo y por un momento, el tiempo pareció detenerse para ambos. Ella había perdido la consciencia luego de la batalla y al despertar, él había partido con rumbo desconocido. Él se acercó lentamente, sentándose a su lado con total naturalidad.
-¿Sigues escribiendo cosas secretas que no puedo leer?-Dijo él, haciendo la finta de acercarse a ver sus notas.
-Es un diario, se supone que todo lo que está aquí es secreto.-Dijo ella con indignación fingida. -Creo que los secretos terminaron por arruinar todas las posibilidades que existían entre nosotros.-Esta vez, su voz sonó un tanto seria.
-Yo creo que ambos fuimos víctimas de las circunstancias.-Se acercó un poco más a ella y posó una mano sobre su hombro. -Fuimos manipulados por Seth y creímos que sería fácil lidiar con ello por cuenta propia. Intentamos salvar al mundo sin ayuda y casi causamos un desastre.-Expresó él.
-Viéndolo desde esa perspectiva, ambos fuimos unos idiotas.-Giovanna se echó a reír luego de pronunciar esas palabras.
Ambos rieron, justo como cuando eran unos niños y se sentaban cada uno en lados contrarios de aquel enorme árbol, con la intención de evitar algún inconveniente con el veneno en la sangre de Giovanna. Pero, ni siquiera ese hecho fue capaz de separarlos y evitar que muchos sentimientos surgieran entre ellos. Dichos sentimientos parecían haber sido enterrados y olvidados, pero en ese instante, renacían y el viejo cerezo era testigo de ello. Vieron juntos el atardecer, mientras sus manos se entrelazaban casi por inercia. Conversaron como de costumbre, como si nunca se hubieran separado.
-Creo luego quisiera ir a saludar a mis padres y a mi hermano.-Pronunció él mientras depositaba un pequeño beso en la mano de su amada.
-Olvidé mencionarlo, ellos no están aquí desde hace una semana y desconozco cuánto tiempo tarden en volver.-Dijo Giovanna con algo de pena en su voz. -Natassia llevó a Alec a Siberia y Sahir partió a Egipto junto con Altair. Al parecer, los entrenarán para que sean sus sucesores.-Mencionó ella.
-¡Oh! Entonces esperaré a que ellos vuelvan, quiero que toda la familia esté reunida, así será más especial.-Dijo él con un leve sonrojo.
-¿Qué será especial?-Preguntó ella mientras se ponía de pie al mismo tiempo que él. -Dijimos que no habría más secretos entre nosotros...
No pudo finalizar la oración, su reclamo fue acallado con un beso sorpesivo. Fueron unos cuantos segundos que parecieron eternos y mágicos para ella. Pero todo lo que tiene un inicio debe terminar. Él se alejó lentamente de ella y ambos estuvieron observándose en silencio por unos minutos.
-Te prometo que será el último secreto.-
-Está bien, supongo que puedo soportar uno más si es por una buena causa.-
Los días y los meses transcurrieron en paz y calma para todos los habitantes del santuario. Las cosas por fin volvían a la normalidad y Athena estaba agradecida por ello, aunque no podía evitar sentirse inquieta por las visiones que tuvo en Star Hill. Apofis no se había manifestado nuevamente desde ese día y aunque no quisiera admitirlo, Rasmi se sentía agradecido por ello. De alguna manera, sentía que esa presencia invadía su intimidad y le impedía estar tranquilo por completo. Ya tendría tiempo para acostumbrarse. Ese día había sido marcado en el calendario como un día especial: dos caballeros de plata serían ascendidos al rango dorado.
Para Natassia y Sahir, aquel momento signficaba desprenderse de aquellas armaduras que los habían acompañado durante gran parte de sus vidas. Pero también, significaba que otra etapa estaba por comenzar. Se sentía extraño liberarse de ese peso, pero por fin tendrían un merecido descanso luego de años librando batallas y sirviendo al frente de las tropas. Tiempo atrás cuando se vieron por primera vez, jamás habrían imaginado que sus destinos terminarían por unirse de la manera en la que lo hicieron. Allí estaban, juntos frente a la multitud y a la expectativa de lo que sucedería.
La primera armadura en ser entregada fue la del escorpión. Altair lucía nerviosa, pero fue calmada rápidamente por el cálido cosmos de su maestro. Luego, fue el turno de Alec. Su madre lo vio con orgullo y eso lo llenó de seguridad y alegría. Ambas armaduras salieron de su caja y cubrieron a sus nuevos portadores. Los maestros derramaron algunas lágrimas de felicidad al ver lo mucho que sus estudiantes habían crecido. Habían librado cruentas batallas de las cuales salieron vencedores gracias a su fuerza de voluntad y sobre todo, al gran equipo que hacían juntos. Aunque no lo admitieran, en aquellos chicos veían el reflejo de lo que ellos fueron a esa edad.
La multitud comenzó a dispersarse y todos comenzaron a volver a sus lugares. Por primera vez en años, los viejos amigos se reunían nuevamente. Giovanna asumió que era para felicitar a sus nuevos compañeros, pero cambió de opinión al ver a su tío Renzo y a su esposa Marion, la ex portadora de la armadura de Piscis. Se acercaron a ellos para saludar y ella no pudo evitar sentirse confundida por el hecho. Incluso Athena se había hecho presente frente al viejo coliseo, algunas dríades la acompañaban, portaban bellas guirnaldas y coronas de flores.
-Hay una pregunta que he querido hacerte desde hace ya un tiempo, pero siempre tuve miedo de que tu respuesta fuera un no.-Rasmi se había acercado a ella y tomó su mano. Ella pudo sentir como temblaba, el nerviosismo era evidente.
-Tal vez hubiera dado un "no" por miedo, pero ahora... no hay nada que me detenga o me domine. Ahora soy libre para tomar las decisiones que desee.-Ella apretó su mano y lo encaró. -Siempre has sido tú quien ha luchado con más fuerza, siempre has sido tú quien intentó acercarse. Quiero ser yo quien de el primer paso esta vez, si tú me lo permites.-Dijo ella.
Él se sonrojó y asintió con un movimiento de su cabeza. Los presentes se encontraban expectantes, incluso Athena parecía ansiosa por lo que sucedería. Giovanna hizo surgir un hermoso botón de granada y a medida que este florecía sobre su mano, algo surgía de su interior. Al haber florecido por completo, se pudieron divisar dos bellas sortijas de madera y resina. Todos se sorprendieron ante lo que veían, aunque para Rasmi y Giovanna, en ese momento existían solamente ellos dos. Era su momento después de todo.
-Sabes lo que siento por ti, lo sabes ¿verdad? No me importaría enfrentarme a todo nuevamente con tal de ver tu sonrisa nuevamente. ¿Deseas unir nuestras vidas?-Preguntó ella con la voz temblorosa.
-No puedo esperar para ello.-Respondió él. Ambos se fuidieron en un fuerte abrazo, parecía que nunca iban a separarse. Pero Alec, ahora caballero de Acuario, intervino para que los tortolitos volvieran al mundo real.
-Sabía que esa sería tu respuesta, por eso es que conseguí un poco de ayuda para que sucediera lo más pronto posible.-Dijo Athena ante la mirada atónita de la joven pareja. -Digamos que, las estrellas dijeron algunas cosas mas la noche que fuimos a Star Hill.-Afirmó la diosa mientras guiñaba un ojo.
El rumor corrió como pólvora por todo el santuario, en poco tiempo, todos se apersonaron en el viejo coliseo. Las dríades hicieron entrega de un hermoso lazo de flores que uniría a la pareja durante la ceremonia. Después de todo, una boda no era algo que sucediera a menudo en el mundo de los caballeros o de las dríades. Sahir y Natassia vieron con nostalgia como aquel niño que habían críado como su hijo, se había convertido en un hombre y había decidido compartir su vida con alguien más. De la misma manera Renzo y Marion se sentían inmensamente felices al ver que su pequeña Gio por fin había logrado encontrar el camino hacia su propia libertad y felicidad.
A pesar de que su madre no estaba presente físicamente, Giovanna sentía su compañía a través de su tío y su maestra. Nunca imaginó que después de todo, por fin sería libre para amar a quien su corazón había decidido amar. La misma diosa de la sabiduría y la guerra efectuó la ceremonia con ayuda de Pólux. Nadie quiso oponerse ante la unión que se estaba llevando a cabo ante todos. Aquel pacto fue sellado con un tierno beso que resumía todo el camino que ambos habían tenido que recorrer hasta ese momento. Algunos no pudieron contener las lágrimas de emoción. Vistiendo sus armaduras doradas, los dos se juraron amor por la eternidad.
-Se habían tardado mucho, pero ¡felicidades por lograrlo!-Pronunció Apofis, quien había despertado para perturbar un poco a su portador.
Así fue como, luego de un arduo camino a través de una guerra que parecía interminable, el amor y la justicia lograron triunfar. Todos en el santuario se regocijaron y compartieron el mismo sentimiento. Parecía que la tan merecida paz por fin había llegado para ellos. Athena temía al designio de las estrellas, pero estaba dispuesta a disfrutar de la felicidad por lo menos durante esos instantes. De la misma manera, sus caballeros se abrieron ante la posibilidad de experimentar esa dicha junto con ella. Sabía muy dentro de su corazón, que la alegría y la tranquilidad no eran eternas, por eso debían ser aprovechadas mientras duraran. Después de todo, de eso se trata la vida, de vivir cada momento con plenitud, incluso si el futuro es incierto; incluso si hay una guerra que se aproxima.
FIN
Hi, this is Vega! Me fui por meses, han sido tiempos muy locos, pero estoy bien por fin. Estuve pasando por un proceso de recuperación un tanto delicado luego de que me detectaran una enfermedad. Gracias a las personas que se preocuparon por mí y me enviaron sus mensajes. Este es el final de esta historia. Como habrán notado, hay un guiño a una historia futura, pero no estoy segura de si la seguiré escribiendo o lo hará alguien más. Estuve en conversaciones con una personita especial que se hará cargo en caso de que mi proceso de recuperación se alargue y yo no pueda seguir escribiendo. Gracias por su apoyo, siempre los llevaré en su corazón. ¡Que la fuerza nos acompañe siempre!
