Extraña encrucijada

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Capítulo 20

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Hasta un determinado momento, su mente se había concentrado en su hermano y en Son. No sabía quién la había golpeado más. Probablemente Son. Ese hombre era alguien bastante alegre y amable, pero a la hora de entrenar era otra persona. Se notaba que las artes marciales era lo que más amaba. Con Vegeta sucedía lo mismo, pero Kagome había descubierto que dentro de aquella rudeza y disciplina con la que la había entrenado, también había cierta indulgencia. Siempre se había mostrado estricto. No toleraba que algo no saliera bien, y, aun así, la verdad era que su hermano había sido bastante amable con ella, para ser él, claro. Sus golpes habían sido suaves en comparación con su verdadera fuerza. Tal vez porque no podía evitarlo. Tal vez porque ella era su hermana pequeña. ¿No debería ser al revés? ¿No debió ser más duro con ella y no solo en apariencia? ¿No pensó que ella tal vez iba a depender de ese entrenamiento? ¿Qué de acuerdo con su habilidad en combate ella se definiría entre la vida y la muerte? No podía culparlo. Era impensado que ella algún día se enfrentaría a alguien como Hisoka. Quizás las cosas hubieran sido diferentes si Kagome le hubiera explicado las circunstancias en la que se encontraba. No. Lo que él hubiera hecho sería ir a buscar a Hisoka y matarlo con sus propias manos. Sí. Vegeta era muy impulsivo. Jamás le hubiera perdonado lo que le había hecho a su hermana. Seguramente no hubiera escuchado motivos. Vegeta no veía razones. Se dejaba llevar por la ira completamente. No se hubiera detenido a razonar que la culpa completa no la tenía ese ser. Ella era su debilidad. La hermana indefensa. La niña pura. La niña manipulable. No, Vegeta. Ese individuo ya no es una niña, ni es un ser inocente. Tu amor por mí no puede seguir cegándote. ¿Algún día te darás cuenta? Tal vez, y yo estaré observándote desde algún lugar, lista, preparada para enfrentar tu decepción hacia mí. Hitomi, Zelgadis, madre, Sota, padre… Freecs…

lo siento.

La razón por la cual las heridas eran simplemente eso era porque Son la había acostumbrado a resistir. Ese hombre pegaba duro. Fueron apenas dos escasos meses en que la había entrenado, pero el resultado no había sido malo. Solo que no había sido suficiente contra aquel monstruo.

Se escuchó un alarido. Kagome ahogó otro. Ahora sí dolía. Dolía como en aquella ocasión, como en las pesadillas, como si el daño fuera infligido en ella. La carne de él era su carne. Lo único que podía hacer ahora era estar sentada en aquella mesa, inmóvil, frente a él, mirándolo a los ojos con una profundidad jamás establecida. Ese sería el último momento en que lo vería. Lo demás no importaba. Solo en ese momento. Paciencia. Paciencia. Pronto acabará. Tenía que acabar. El cuchillo atravesado en la mano sobre la mesa sería solo un mal recuerdo en unos años. Ella también lo sería.

Freecs.

Y el profesor de Literatura también estaba inmóvil, casi impertérrito del otro lado de la mesa, mirándola con la misma profundidad que ella lo hacía. Eran tres individuos y la sangre fluyendo en el cuerpo de dos de ellos, petrificados por la droga. El tercero estaba entre medio de ellos, afilaba dos cuchillos uno contra otro con una sonrisa imperturbable que se reflejaba sobre el acero de vez en cuando. Un sonido particularmente estridente llamó la atención de Kagome, aunque también podía haber sido aquella macabra conexión que recién se daba cuenta que tenía con el psiquiatra.

—Juguemos un poco.

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Kagome, Bura, Rina, Killúa, Goten y Sango salieron del cine riendo. Eran difíciles las veces en las que los seis lograban ponerse de acuerdo para ver una película. Rina y Kagome eran fanáticas del terror, Sango del romance, Goten de las películas de acción, pero a todos les encantaba las películas de comedia, y, afortunadamente esa semana se estrenaba una con un actor muy famoso que era difícil que alguien no terminara riendo a carcajadas. Incluso Rina y Killúa, que eran los más estrictos en cuando a películas, habían dicho que era realmente buena. Era feriado, y lo bueno del feriado es que todos podían salir. Juntos. O sea que Goten no trabajaba ese día, y como eran vacaciones no tenía que preocuparse de estudiar o hacer otras obligaciones.

—¿Qué tal esa de allí? —sugirió Sango, apuntando con el dedo a una mesa grande donde podrían caber los seis.

—Sí, esa está bien —convino Killúa.

Los demás también estuvieron de acuerdo y se sentaron. Estaban dentro de un centro comercial y querían beber algo fresco. Allí adentro era fresco, pero la sed se sentía y las palomitas de maíz dulces se habían acabado mucho después que las bebidas. El calor era infernal esos días pese a que se suponía que era otoño.

—No estaba muy convencido al principio, pero la película fue muy buena, creo que me reiré un par de días más con solo recordar las escenas —le dijo Goten a Rina a la vez que se aguantaba la risa.

—No fue idea mía.

—¿Ah no?

—Creí que tú habías sugerido ver esa película —dijo Killúa.

—Fue idea de Kagome —reveló.

—¿Ah sí? —dijo Killúa alzando una ceja.

Rina lo miró. La primera vez que Kagome la había llamado para sugerir la salida ella había quedado igual. Fue muy de repente, pese a que ya habían salido otras veces. Ella lucía extraña, es decir, más extraña de lo usual. Killúa sintió la mirada de Rina y ambos entendieron lo que sentía el otro.

—Eso no es común —habló Bura—. Creo que desde principios del año pasado que tú no sugieres una salida, Kagome.

—Yo solo sugerí la película, no la salida.

—Es lo mismo —dijo Rina.

—Vi el tráiler hace un par de semanas y pensé que sería divertido ir a verla. Con amigos siempre es mejor. —Sonrió.

Tenía sentido lo que decía. Rina y Killúa no lo pensarían tan extraño si la Kagome de hace un año estuviera hablando. Sin embargo, el semblante de Kagome parecía tener un trasfondo insondable. El repentino bienestar de la joven era muy particular. Kagome estaba muy animada, dispuesta a hacer muchas cosas con sus amigos, como si quisiera recuperar el tiempo en el cual ella se había apartado de ellos, cuando estaba con Hisoka. No. Era algo más. ¿Pero qué? Rina necesitaba saber. Había algo pesado que se le había instalado.

Unos minutos después seis bebidas frescas estaban sobre la mesa. Siguieron hablando de la película, pero Rina solo miraba a Kagome como si intentara resolver un enigma. Killúa lo sabía. La conocía como a nadie. Ella estaba preocupada. Y él estaba igual.

—Killúa, ¿cómo has estado? —preguntó Kagome. Luego tomó un sorbo de su jugo de ciruelas.

El aludido entornó los ojos. Sabía qué era lo que ella en verdad quería. Siempre comenzaba igual, y él siempre le seguía la corriente.

—Bien, ya sabes, entrenando y yendo a varios lugares con mi hermano. —Vio cómo a ella le brillaban los ojos.

—¿Ah sí? ¿Qué lugares?

—No hemos salido del país si eso piensas. Hacemos caminatas, y sobre todo vamos a pescar. A mí no me gusta mucho, pero a Gon le encanta. Parece que eso lo relaja mucho, se pasa horas pescando mientras yo…

Mientras él hablaba, él quedó sorprendido al ver que una sonrisa cálida se dibujaba en el rostro de Kagome. No recordaba que ella sonriera de esa forma muchas veces. Realmente lo había dejado muy desconcertado. ¿Era porque estaba hablando de su hermano? Por supuesto que era por eso. Ella siempre le preguntaba por él cada vez que lo veía. No directamente, pero siempre quería saber cómo estaba él.

—Él está bien. Y no sé si te lo dijo, pero él no dejará Shikon no Tama.

Y la sonrisa desapareció. ¿Qué significaba eso? Pero el cambio repentino de expresiones no duró mucho. Kagome finalmente pareció encontrar un semblante un poco más neutro para mostrar. Pero ¿acaso no debería estar feliz de que su hermano no se fuera? No lograba entenderla. Sonreía de una forma especial cuando él hablaba de su hermano, ¿pero no estaba feliz de que se quedara en Shikon no Tama?

—Ya veo —solo dijo, y volvió a sonreír. Killúa no podía entender las reacciones de Kagome—. Es bueno que haga lo que a él le parezca.

Ya no importa. Ya no importa si cualquier lugar se vuelve seguro para él.

Rina estaba igual que Killúa. Los demás se veían desconcertados, pero se sintieron un poco ajenos a lo que estaba pasando con aquella conversación.

—Pues a mí me alegra que Freecs no se vaya. No estoy segura de acostumbrarme a un nuevo profesor de Literatura —acotó Bura, a quien no le gustaba quedar fuera de las conversaciones que sucedían delante de ella.

—Por cierto, últimamente no veo mucho a Son contigo, Bura. ¿Acaso renunció? —preguntó Rina.

—No —repuso Bura—. Es que mi madre consideró que puedo tenerlo a un poco de distancia ahora que puedo defenderme sola. Pero siempre está cerca. Y cuando estoy sola siempre me escolta.

—¿Eso quiere decir que está aquí? —Se asombró Sango.

—En teoría sí, pero sospecho que debe estar dentro de algún bar comiendo algo. Mi madre le dio una tarjeta de crédito para que siempre que tuviera hambre y no estuviera en la Corporación pudiera comprarse algo.

—Esperemos que no se coma todo el bar —bromeó Kagome.

Una gotita de sudor apareció en la sien de Bura. Gokú realmente era capaz de consumir toda la comida de un bar entero él solo.

—Díganme, chicas —habló Goten dirigiéndose a Kagome y Bura—, ¿cómo se siente ser entrenadas por un genio de las artes marciales como Son? —preguntó entusiasmado—. De verdad las envidió mucho. Son es muy conocido entre los practicantes de todo tipo de artes marciales.

Bura y Kagome sintieron un terrible escalofrío. Para Goten era algo grandioso, pero la verdad es que Son, luego de las primeras semanas, era bastante estricto y no tenía piedad con ellas. Y Kagome sabía que con ella lo era aún más. Luego de que habían peleado la primera vez y ella perdió el control de sus instintos, él le había dicho que no la iba a entrenar más. No obstante, cuando Kagome le reveló que quería proteger a alguien, él pareció comprender algo esencial, y cambió de opinión. Kagome se había vuelto mucho más fuerte que Bura, y Son lo había revelado abiertamente, cosa que para Bura fue un golpe duro a su orgullo, y desde ese entonces la princesa de la Corporación Cápsula se había propuesto a superar a Kagome. Sin embargo, sin importar lo que hiciera, Kagome siempre terminaba superándola en resistencia, fuerza y habilidad. Y eso era lo que hacía que Son fuera más duro con ella, debía adaptarse a los avances de Kagome. Bura también avanzaba, pero su proceso era más lento. Y es que Kagome tenía mucha más motivación. Cada vez que ella peleaba con Son lo hacía en serio. Se olvidaba del mundo y lo atacaba como si él quisiera matarla, y como si ella quisiera matarlo. Ante eso Bura se dio cuenta de que en Kagome había algo que la hacía actuar así, tan fieramente, algo que Bura no tenía, y que, por alguna razón, agradecía.

—Es… despiadado… —declaró Kagome.

Bura la miró estupefacta. Sabía que Gokú era despiadado, pero ella no se quedaba atrás, cada vez que se enfrentaban, Bura se sentía perturbada, pues veía en Kagome algo felino y peligroso. En una ocasión Gokú les había pedido que lo atacaran ambas, y así fue, pero Bura no podía explicar el enorme esfuerzo que le había costado seguir los movimientos de Kagome y sincronizarse con ella para que pudieran atacar a Gokú sin darle oportunidad de que las derribara demasiado pronto. Al final él había logrado vencerlas sin demasiado esfuerzo como era de esperarse. No obstante, el monstruoso avance de Kagome no dejaba de sorprender tanto a Bura como al propio Gokú que no paraba de decirlo con infinita sinceridad y transparencia, sin darse cuenta de que Bura se ponía celosa, pero los halagos también eran para ella. Y la verdad es que él tenía razón. Kagome se había vuelto muy fuerte.

—Eso mismo —constató Bura.

—Vaya, me encantaría que un día me diera una clase —dijo con los ojos brillantes.

Bura entendió el mensaje.

—Ven un día a mi casa y pídele que te enseñe algunos movimientos.

—¿Tú crees que acepte?

—Sí, si lo obligo.

A todos les apareció una gotita de sudor en la sien. Cuando terminó su bebida, Kagome se dirigió al sanitario. Rina la acompañó.

—Se nota que te estás divirtiendo —comentó Rina mientras se lavaba las manos frente al espejo.

—Es que es agradable estar con todos —repuso Kagome a la vez que se secaba las manos con unos pañuelos de papel.

Aquí vamos.

—Dime, Kagome, ¿por qué parece que esta es la última vez que vas a estar con nosotros?

El sonido del papel se detuvo de súbito. Todo lo que se escuchaba era el sonido del agua caer. Rina no se atrevía a verla por el reflejo del espejo. Kagome mantenía la mirada en las manos mojadas.

—No planeo que así sea.

—Pero es una posibilidad —prosiguió. Y finalmente la miró a los ojos—. ¿Qué es lo que vas a hacer, Kagome?

—Voy a ir en busca de alivio. —Solo dijo.

Rina la miró confundida.

—¿Tiene algo que ver con Mashchwitz?

No hubo respuesta.

—¿Puedo decirte algo, Rina?

—Sí.

—Por favor, ten cuidado con Metallium.

A Rina no se le demudó el rostro.

—Así que te diste cuenta.

—¿Lo sabías?

—¿Luzco como alguien que no?

Kagome rió divertida.

—Fue tonto de mi parte pensarlo.

—No me di cuenta de inmediato, pero Metallium me ha estado observando desde el primer día que puse un pie en Shikon no Tama.

—¿Hace tanto? —Se sorprendió Kagome.

—Sí.

—¿En algún momento se te ha acercado o hablado…? —se atrevió a preguntar—. Es decir, para algo que no tuviera nada que ver con las clases.

—No. Creo que Metallium es simplemente un observador, pero —Hizo una pequeña pausa—, siento que él me conoce desde mucho antes… de algún otro lugar…

A Kagome le empezó a doler la cabeza de repente. Hizo una mueca de dolor y llevó una mano a la frente.

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes, a veces me pasa, pero dura solo unos segundos.

—Tal vez deberías ir al médico.

—Estoy bien.

Lo que menos quería era que alguien siguiera hurgando en su cabeza. Una imagen de Rina y Metallium le vino a la mente. Ella no pudo evitar sorprenderse.

—¿Estás segura de que estás bien? —insistió Rina.

—Sí. —De inmediato recuperó la compostura—. De todas formas, ten cuidado con él.

—Aunque se me acercara, jamás me enredaría con él. —Se dio cuenta tarde de lo que había dicho—. Es decir…

—Lo sé. Tú no eres una imbécil como yo. —Sonrió. De ninguna manera se sintió ofendida. Rina solo había dicho la verdad.

—De todas formas, Metallium es un observador. ¿Te has dado cuenta de que tiene algo así como un aura parecida a la de Mashchwitz? Pero es diferente… No creo que se atreva a hacer algo malo, por decirlo de alguna manera, a menos que le afecte directamente.

Kagome se había dado cuenta que Metallium tenía algo similar a Hisoka, pero no entendió del todo lo que Rina quiso decir.

—¿A qué te refieres?

—Siento que él está donde hay entretenimiento. Y creo que en Shikon no Tama hay mucho de eso. Pero solo observa… disfruta de lo que ve o siente…

—Hablas como si supiera todo lo que pasa en Shikon no Tama.

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Un abrazo inesperado y dos llamadas la mantuvieron alejada del objetivo. No, no, no. Ahora no. Tal vez hubiera sido mejor no hacerlo. Vegeta había quedado demasiado confundido con aquel abrazo, pero pese a que la acción también le había afectado a ella más de lo esperado, no se arrepintió. El plan era finalmente liberar a Freecs, pero tal vez debía darlo todo y más para lograrlo, y simplemente no podía decirles a sus hermanos lo mucho que los quería, aunque dos de ellos estaban lejos. Con el abrazo, algo en Vegeta se había derretido. Kagome lo vio claramente. Él le hizo mil preguntas. La escrutó hasta el cansancio, pero el semblante de la menor había sido tan desconcertantemente imperturbable que en Vegeta se activó una alarma de alerta. Ella no dijo nada. Solo lo abrazó y algo en él se resignó al silencio y al contacto afectivo que por años había evitado. No pudo hacer nada. La abrazó con tanta fuerza que cuando Kagome se apartó de ella casi no la dejaba ir. Tuvo que aparecer Sota e interrumpirlos para que la hermana finalmente se liberara. Y luego lo abrazó a él. Fuerte. Fuerte. Fuerte. Muy fuerte. El más pequeño no entendió mucho, pero devolvió el abrazo gustoso. Alegre. No tenía idea. Y así era mejor. Vegeta se había sentido impotente.

Siento no haberte visto hoy, madre.

—¿Puedo ofrecerte una taza de té?

Ella sonrió fríamente.

—Rojo.

—Como siempre.

Kagome lo veía desde el sillón rojo. Preparaba el té. Tantas veces lo había visto hacer la misma acción que debía parecerle algo normal. Pero no lo era. Nunca debió serlo. Un par de minutos después. Él puso la taza de porcelana sobre la mesa y la miró con la sonrisa sempiterna. Ella seguía en el sillón rojo. Supo que esta vez el té no lo bebería en el sillón como las demás veces. ¿Qué había cambiado?

Que ellos ya no estaban juntos.

Se puso de pie y caminó unos pasos hasta llegar a la mesa y sentarse nuevamente. Hisoka se sentó en la otra punta de la mesa. Frente a ella. Puso otra taza de té en la mesa para él. Se miraron otro instante en silencio. Ella finalmente tomó la taza y la llevó cerca de la boca y la nariz. Olió la infusión. Volvió a ponerla sobre la mesa.

—¿Hay algo malo con el té?

—Limón.

—Creí que te gustaba el limón.

—Antes no le ponías limón.

—Antes de saber que te gustaban los limones.

—El aroma del limón es delicioso. No es fuerte, pero es discreto.

Él clavó la mirada sobre la de Kagome.

—Nunca necesité del aroma del limón. Tú siempre lo hiciste muy fácil —declaró. Esta vez con un toque de cinismo en la voz. Y él bebió el primer sorbo de su té—. Era simplemente una atención hacia ti.

—Oh, ¿una atención a cambio de un experimento? Qué considerado —dijo con sarcasmo y una intensa frialdad. Pero aún después de confirmarlo, Kagome mantuvo el semblante imperturbable y seco.

—Parece que ahora no sería posible seguir con el experimento.

—¿Acaso esta visita no lo es?

Hisoka rió divertido. Kagome odiaba amar esa risa.

—Dime, Kagome, ¿sabes que a ti no te gustan los limones realmente?

Ella no contestó.

—¿Recuerdas que siempre pedías el helado de limón de una heladería en específico?

Siguió en silencio.

—Eso era porque en ese lugar el helado de limón no era exactamente agrio como en las demás heladerías. Era agridulce. A ti no te gusta lo agrio. Te gusta lo agridulce. ¿Sabías que los gustos van de acuerdo con ciertas personalidades?

—Sí. Lo mismo aplica con las preferencias de las profesiones. ¿Sabes qué personalidades son atraídas por la medicina?

—Hablando más específicamente, por los cirujanos.

—O psiquiatras.

—Ambos.

—Y tú eres ambos.

—Lo soy.

—Eres un psicópata.

Pero eso era algo que Kagome ya sabía desde hace tiempo. De igual forma, fue placentero para Hisoka que finalmente ella lo dijera. Que lo admitiera para sí misma. Que se había enamorado de un psicópata. Sostuvieron la mirada mucho tiempo, pero esta vez Kagome fue quien cedió. Bajó la mirada hacia la humeante infusión rojiza y tomó la taza dispuesta a tomar el primer sorbo.

—¿Qué se siente amar a alguien así? —preguntó él de repente.

Kagome perdió el semblante imperturbable. Quedó petrificada, pero lo volvió a mirar al psiquiatra a los ojos. De pronto lo vio inmenso. Sus dedos temblaron. La porcelana cayó. Hisoka se apresuró a ir a la heladera. Tomó una bolsa de hielo y fue hacia Kagome para poner el hielo con una mano sobre las partes mojadas del cuerpo de la joven. Se inclinó hacia ella. Con la otra mano intentaba secar el líquido caliente con un pañuelo blanco.

¿Qué estaba haciendo él?

¿Qué estaba haciendo ella?

Es hora. Ahora. ¿Qué pasa? Es la reacción. Esa reacción. Tan repentina. Su reacción. Su reacción. Su reacción. ¡Su maldita reacción! Ella dudó. Podía sentir el cuchillo bajo su manga. Era el momento perfecto. Ella tenía el brazo extendido por encima de la espalda de Hisoka, de manera que él no lo estaba viendo. Él estaba concentrado en el hielo y las quemaduras. No. La voluntad de usar el cuchillo la sentía tan lejana ahora. Recuerda por qué lo haces.

Freecs.

Y ella vio la sonrisa en su mente: amable, radiante, cristalina.

El cuchillo salió con un rápido movimiento. Pero fue como si Hisoka tuviera ojos en la nuca. Con la mano con la que sostenía el pañuelo, detuvo la muñeca de Kagome como por acto de reflejo, con una rapidez que ella no pudo siquiera concebir. El cuchillo quedó en el aire, todavía sostenido por extremidad paralizada. La fuerza de Kagome contra la de Hisoka era inútil. Y él seguía sosteniendo la bolsa de hielo en la parte del cuerpo donde había caído la infusión. Hisoka ignoró lo que había pasado y el hecho de que Kagome intentaba liberarse de su agarre para clavarle el cuchillo. Él simplemente siguió con su labor. Le subió la blusa y verificó la piel. Nada grave. Ella dejó de hacer fuerza y él finalmente la liberó. Se alejó un poco y la miró con burla.

—Al fin has decidido a matarme.

Ella se había tardado más de lo que el psiquiatra había estimado. Cometer asesinato. Superar la barrera de lo inmoral por alivio propio. La culpa era más grande. Entonces aplacaría un asesinato indirecto con otro directo. Increíble cómo funcionaba la psique. Oblígame a morir u oblígame a matarte, Kagome. Oblígame. Por la expresión de Hisoka, Kagome supo que ese momento también había sido predicho por él. Y mientras a él le bullía la sangre de éxtasis, a ella le bullía la sangre de furia. Apretó el mango del cuchillo y se lanzó hacia él. Sin embargo, Hisoka parecía esquivar el cuchillo con presteza. Se sentía una idiota. Trató de calmarse y pronto volvió a ser la misma. Dejó que su cuerpo se dejara llevar por la habilidad que había adquirido en las últimas semanas. Ahora hacía movimientos más dignos de la discípula de Son Gokú. Hisoka sonrió. Kagome de verdad estaba dispuesta a matarlo y eso lo maravillaba cada vez más. Ella rompió el patrón de ataque con el cuchillo e incorporó patadas y puñetazos. Atacaba con la misma ferocidad con la que lo había hecho en las prácticas. No. Más. Se perdió en sus instintos. Hisoka empezó a tomarla en serio, pero aún seguía siendo inalcanzable lograr hacerle daño. ¿Cómo era posible? Hisoka nunca le había dicho a Kagome que tenía habilidades de pelea, pero ella lo había intuido porque sabía que debía estar preparada para todo. No obstante, nunca esperó que fuera tan bueno. Hisoka movía su cuerpo de una manera que ella no podía entender. No eran artes marciales lo que estaba aplicando, o al menos era algo diferente a lo que su hermano y Son le habían enseñado, pero eran movimientos habilidosos. Eran movimientos más sofisticados. Nada fue suficiente. Hisoka logró quitarle el cuchillo y de hacerle una herida superficial en el brazo. Una advertencia. Él era demasiado bueno. Le puso la hoja contra el cuello y ella entendió que debía quedarse quieta. Kagome volvió a tener el semblante frío y calmado.

—No estuvo mal —dijo él—. Fue un intento extraordinario.

—Lo aposté todo a ese cuchillo.

—No amerites tu habilidad al cuchillo. No sabía que eras tan buena —Sus ojos parecieron incrustarse en su alma. Profundo. Profundo. Y entonces dijo—: Oh, el privilegiado genio de las artes marciales Son Gokú.

Algo frío abrazó sus entrañas. Pero no lo hizo notar en su expresión. Y, sin embargo, él estaba metido tan adentro de ella que lo sabía.

—No creo que lo hayas apostado todo a ese ataque.

Más profundo.

Más.

—Oh, era el plan A. Te has vuelto muy calculadora.

—Soy lo que has creado.

—Te escucho. ¿Cuál es el plan B?

—Mi vida por la de Freecs.

Él se quedó en silencio por un momento. Luego lanzó una risa sardónica. Ella siguió impertérrita. Él sabía que estaba hablando en serio.

—No estás en posición de negociar tu vida —dijo a la vez que el filo comenzaba a cortar levemente la carne—, porque ya es mía. Y aún si así fuera, ¿por qué piensas que tiene el mismo valor que la de Freecs?

Otro silencio.

—Porque me amas.

Los dos se quedaron callados, mirándose.

—¿Es un trato?

Él sonrió.

Y con un movimiento, agitó el cuchillo contra ella.

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—Ya van dos días —declaró Rina Inverse—. Su hermano y su madre están desesperados. Killúa, creo que Mashchwitz está involucrado.

—Yo también.

—Killúa, Kagome estuvo actuando muy extraño antes de desaparecer. Creo que iba a hacer una locura. Creo que iba a hacer algo peligroso, y también creo que sabría que esto pasaría.

—¿A que te refieres?

—No puedo explicarlo bien, pero la otra vez… siento que se estaba despidiendo de nosotros.

A Killúa lo atenazó un escalofrío voraz.

—¿Crees que…?

—No lo sé. Solo sé que tu hermano es el único que podría hacer algo si no es muy tarde.

—Ya está hecho.

—¿Qué?

—Es una larga historia, pero Van sabe todo lo que pasó con Mashchwitz y Kagome por Hitomi. Se lo confesó a mi hermano hace algunos días. Nunca le había dicho nada porque Hitomi lo consideró peligroso. Gon estaba muy inquieto cuando se enteró de la desaparición de Kagome hace un rato. No aguantó más y llamó a Van.

—¿Entonces?

—Le pidió la dirección de Mashchwitz.

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Le ardió la cicatriz de la cabeza cuando lo vio. Frente a frente. Hubo un retroceso. Los dos sillones rojos. El té rojo. El bisturí. La sangre. El juego. La manipulación. La enfermedad. Los mismos ojos. La misma sonrisa. Hisoka Morow, el que había jugado con su mente. Hisoka Morow, el que lo había enfermado hasta casi matarlo. Hisoka Morow, el lo había curado. Hisoka Morow, el monstruo. Un antes y un después. El mismo lugar. Casi el mismo ser.

—¿Dónde está?

—¿Quieres verla?

Freecs lo miró peligrosamente. A Hisoka le fascinaba esa mirada.

—¿Qué estarías dispuesto a hacer para verla?

—¿Dónde está? —repitió él con una voz profundamente mordaz y gélida.

Hisoka sonrió complacido por la reacción del visitante. Llevó una mano hacia atrás de su espalda y sacó un cuchillo de carnicero de algún lugar. Solo un poco más. Freecs se mantenía quieto. Sintió que tenía que esperar, que debía ser paciente, que debía dejar que algo sucediera antes de poder verla.

Hisoka hizo dos movimientos veloces con el cuchillo y Freecs cayó inconsciente.

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Y la vio.

Él estaba medio atontado, y sentado en la mesa con las dos manos abiertas sobre la superficie de madera, las palmas hacia abajo. Pero la veía. Del otro lado de la mesa frente a él. Derecha, serena, quieta, lastimada, mirándolo, sentada de la misma manera que él. Freecs quiso ir hacia ella, pero pronto advirtió que no podía mover su cuerpo. Tenía todo el cuerpo paralizado y una herida poco profunda que sangraba en el antebrazo. Seguramente el monstruo se la había hecho antes de dejarlo inconsciente. No lo recordaba bien porque Hisoka había sido demasiado rápido para poder verlo. Pero lo infería. Hisoka seguramente le había cortado el brazo y luego le había golpeado con el mango del cuchillo para dejarlo inconsciente. Tal vez en el estómago. Pero no sentía vestigios de dolor allí. Tal vez ya se le había pasado, o tal vez lo había golpeado en la nuca. Le dolía esa zona. Hisoka estaba a un lado, observándolo. Era un espectáculo para él, y Freecs lo sabía. Se olvidó de él un momento y escrutó a Kagome. Tenía varias gotas de sangre saliéndole de diferentes cortes en ambos brazos, las manos y el cuello, y una herida en el costado superior derecho de su frente, pero eran superficiales, algunas casi como raspones. Él se imaginó a Hisoka arrastrando la punta del cuchillo sobre la carne de Kagome intentando resistirse a clavárselo, tratando de calmar el enorme deseo de cercenarla o torturarla con heridas que demandaran plétoras de sangre. Freecs se dio cuenta que Hisoka estaba esperando algo. Se estaba reservando el placer de cortarla para un placer aún mayor.

Y Kagome tenía la mirada puesta en Freecs. Él en la de ella. Lo miraba profundamente, y de sus ojos destilaba algo triste, herido, corrompido, pero que decía que trataba de salvar el último vestigio de pureza que le quedaba en el alma. Había una pequeña catarata roja que caía desde el corte de su frente y se deslizaba por su ojo derecho hasta el fin de su mejilla. Aquella imagen estremeció y al mismo tiempo conmovió a Freecs, y por primera vez en toda su vida, sintió un miedo diferente, un miedo álgido, luctuoso y visceral.

Quería salvarla.

Por un momento, ella recordó a su familia: a Sota, a su madre, a Vegeta, a Zelgadis, a Hitomi, a su padre. Freecs. Y sin que pudiera notarlo, Hisoka se puso al lado de él y le clavó el cuchillo en la mano, atravesándola hasta quedar incrustado no solo en la carne —entre los huesos metacarpianos—, sino en la madera de la mesa. Un efluvio rojo salió de la terrible herida. Kagome escuchó el alarido de Freecs, y sintió su dolor como si fuera propio. Quiso ir con él, pero la parálisis de su cuerpo no se lo permitió.

Paciencia. Paciencia. Pronto acabará.

Un estridente sonido llamó la atención de Kagome y dirigió la mirada hacia Hisoka. Él había tomado otros dos cuchillos de carnicero de algún lugar y los estaba afilando el uno contra el otro, con una sonrisa. No. No. No. Era a ella a quien debía matar. Ella. Solo ella.

Hisoka.

Basta.

Clavó la mirada en la del psiquiatra. No era la misma que le había dedicado a Freecs. Era penetrante e intensa, pero no era la misma. Le decía que terminara con aquello. Y él lo entendió perfectamente.

—Juguemos un poco.

Jugar. Solo eso. Un juego.

Dejó de afilar los cuchillos y se puso detrás de Kagome.

Freecs temió lo peor.

—No… —balbuceó Freecs.

Hisoka dejó un cuchillo sobre la mesa y con la mano libre recogió el cabello de Kagome con suavidad y lo puso a un lado del hombro derecho.

Tenías que hacer que él lo viera. Siempre se trató de él. Cumple con el trato. Cúmplelo.

Hisoka tomó de vuelta el cuchillo sobre la mesa y puso la afilada hoja contra el lado izquierdo del cuello de Kagome. Freecs intentaba desesperadamente poder moverse, pero apenas consiguió mover los dedos de las manos.

¡Muévete!

—N-No… —volvió a balbucir.

Hisoka miraba a Freecs, regodeándose.

Solo un poco más.

Kagome solo se concentró en Freecs. Otra vez. Su corazón latía con fuerza, y una lágrima cayó del ojo libre de escarlata.

Hisoka se inclinó y acercó la boca a la oreja izquierda de Kagome.

—Es hora —susurró el psicópata.

El filo del cuchillo derramó las primeras gotas carmesís. Kagome supo que Hisoka temblaba de impaciencia y excitación.

Sin embargo…

—Te dije que te haría daño.

—¿Piensas que entregándome tu vida me estás haciendo daño?

—No te la estoy entregando a ti… se la estoy entregando a él.

Una breve pausa.

—Mientes.

Y ella abrió los ojos de par en par a la vez que el corazón le dio un vuelco brusco. El cuchillo finalmente se arrastró sobre la carne y una plétora roja emergió. Luego Hisoka apartó el cuchillo y empujó de la silla el cuerpo convulso de la joven. La observó unos instantes retorcerse de dolor en el suelo, lo más que aquel cuerpo drogado le permitió.

Agitó el cuchillo ensangrentado para deshacerse del líquido. Un poco de sangre había salpicado sobre su rostro y camisa blanca. Sacó su lengua y lamió la parte que había caído cerca de la comisura de sus labios. Volvió a sonreír otra vez. No le molestaba mantener el resto del carmín impregnado en él un poco más. Miró a Freecs. Él solo miraba a Kagome, hundido en las profundidades de un estupor enfermizo. Hisoka volvió a mirar a Kagome. Permaneció así más de lo que hubiera querido. La vida en ella se estaba drenando rápidamente.

Y solo miraba a Freecs en los últimos instantes.

Vive. Vive. Vive. Tienes que vivir.

Freecs.

Hisoka miró nuevamente a Freecs.

Por último, ella miró al psicópata desde el suelo: monstruoso, aterrador…

Hermoso.

Y él jamás cesó la sonrisa. Se acercó al de ojos vacuos dando pasos escalofriantes. Alzó el brazo derecho listo para embestir.

—Vamos a abrirte una vez más.

Sonido estridente.

Hisoka abrió los ojos sobremanera con un brillo trastornado rebosando de las pupilas. Lo que tanto había esperado. Lo que tanto había deseado desde hace diez años.

La fruta madura.

Más sangre salpicó. El dolor era algo que estaba en un lejano segundo plano. Apenas imperceptible. De la mano antes atravesada ahora comenzó a chorrear más sangre. Gon Freecs había logrado bloquear el ataque de Hisoka Morow, usando el mismo cuchillo que había estado clavado en su mano y en la mesa. Hisoka estaba extasiado, hambriento por ver más sangre fluir. Miró a Freecs maravillado por la hazaña lograda. La droga que le había puesto en el cuerpo mediante el primer corte en el brazo que le había hecho era potente. No obstante, supo desde el momento en que lo vio mover los dedos que pronto podría mover el resto de su cuerpo. Y, aun así, todavía seguía siendo increíble que Freecs ahora pudiera moverse como si no tuviera la droga corriendo por sus venas, como si no tuviera la herida en su mano, como si estuviera en su mejor forma. Y acababa de repeler el ataque de Hisoka con una precisión asombrosa. Los cinco sentidos de Freecs ahora estaban en su máximo potencial. Sus ojos se habían afilado.

—Tenías que llegar a esto para conseguir lo que querías —dijo Freecs con una voz que podría helarle la sangre a cualquiera.

Hisoka pasó el pulgar izquierdo sobre su rostro y lo impregnó de sangre. Luego lo llevó hacia su boca y lo lamió.

Pareció saborearlo.

—Supe desde el primer momento en que vi cómo la mirabas que ella sería el catalizador perfecto para sacar tu verdadero potencial.

Freecs enfureció y arremetió contra él con una repentina descarga de fuerza a través del cuchillo. Hizo retroceder a Hisoka unos cuantos pasos hasta que él logró equilibrar la fuerza y plantarse. Permanecieron quietos unos instantes. El psicópata se dio cuenta que la sangre de la mano apuñalada de Freecs había cesado. Recordó algunos experimentos que había hecho con él hace diez años. Todavía seguía siendo fascinante poder observarlo.

Hisoka había planeado ese momento desde hace mucho tiempo. Desde hace diez años. Pero cuando él lo había visto en Shikon no Tama por primera vez luego de tanto tiempo, supo que algo había cambiado. La esencia de Freecs nunca podría cambiar, la bestia estaba allí, latente y dormida, pero la consciencia de Freecs la había domado y la había enterrado en lo más recóndito de su ser. Entonces debía pensar en algo para hacerla resurgir y ver con sus propios ojos qué tanto había evolucionado, allí, en el cautiverio de la inconsciencia. Hisoka primero pensó en su madre, Mitosan, o en su hermano, Killúa. Sin embargo, luego se dio cuenta de que él tenía sentimientos por Kagome Higurashi, alguien a quien Hisoka había tenido en la mira desde hacía tiempo atrás porque le resultaba algo interesante. Al darse cuenta de que ella era especial para Freecs, se propuso a conquistarla y a jugar un poco con ella. Pensó que iba a ser similar a lo que pasó con Kikyo Mori: por un momento Kagome lo aburrió y sorprendentemente lo hizo sentir tan incómodo que no estuvo dispuesto a seguir con ella, pero se llevó una grata y maravillosa sorpresa al descubrir más en ella.

Mucho más.

No puedo perder más tiempo.

Hisoka devolvió el ataque e hizo retroceder a Freecs. Los cuchillos se habían separado. El psiquiatra actuó rápido para ir hacia la puerta y destrozarla de una patada. Eso pudo haber sorprendido a cualquiera. Hisoka Morow no parecía humano. Pero Freecs lo tenía muy presente. Desde aquel momento en que recordó el pasado. ¿Y qué era el ser humano? Sea lo que fuere, él no podía serlo: inteligencia muy superior, falta de empatía, gran fuerza, gran destreza, calculador, todo eso tenía. Y más. Monstruo. Un monstruo de alguna otra dimensión que se apoderó de la semilla de una madre humana en su útero para usarlo como puerta a ese mundo humano. Solo eso podía imaginar Freecs. Un ser superior y retorcido que solo era motivado por lo más raro y peculiar de ese mundo mortal. Jugar. Buscar entretenimiento. Esa era su vida. Su único propósito. Lo único que lo hacía sentir vivo.

Sin importar el daño que dejara en su camino.

Freecs no demudó la expresión. Cuando vio a Hisoka hacer la brutalidad de derribar la puerta y huir a una velocidad sorprendente de su propia casa, él no se quedó atrás. También actuó rápido y fue tras él. Hisoka no esperaba menos. Diez años tuvo que esperar para ese momento.

Ven a mí, Gon Freecs.

Llegaron al bosque cercano. En alguna parte había un parque abandonado. Cosa extraña eso de construirlo en un lugar así, pero Freecs recordaba que antes solían ir personas. Incluido él. Su madre Mitosan lo llevaba allí cuando se habían mudado de Isla Ballena. Quedaba algo lejos de su casa, pero a Freecs le gustaba porque el bosque le recordaba a su antiguo hogar. Recordó que huía allí cuando los primeros síntomas de su enfermedad se hicieron presentes. Sonámbulo llegaba a ese lugar en las noches, cuando se suponía que todos debían estar dormidos. También recordó que Mitosan lo buscaba en ese lugar con el rostro cubierto de lágrimas. Luego de varios días de alucinaciones, dolores, pérdida de la noción del tiempo y del espacio y de caminar dormido en las noches frías, ella había dado con Hisoka en su búsqueda de ayuda. Uno de los mejores psiquiatras que acababa de recibirse. Ahora lo recordaba bien. Se decía que Hisoka elegía a sus pacientes. Pero no necesitó que Mitosan le rogara para atenderlo. En cuanto lo vio le brillaron los ojos. Freecs se había dado cuenta, pero en ese momento no entendió por qué. Ahora lo sabía. Él lo conocía desde antes. Una casualidad escalofriante.

Hisoka se detuvo allí en aquel parque dentro del bosque: listo para lo que venía. Freecs arremetió contra él con el cuchillo nuevamente. Hisoka lo recibió con un solo cuchillo. Sin demasiado esfuerzo. La perturbadora impavidez de Freecs le hizo saber al asesino que apenas estaban comenzando.

Cuánta razón tenía.

Hisoka apenas pudo ver el movimiento. El cuchillo fue solo una distracción. Freecs usó la velocidad y la abrumadora fuerza de la mano libre para atacar al psicópata. Alcanzó el estómago de Morow, le clavó los dedos y le arrancó un pedazo de carne. El lacerado quedó impresionado. Ahora en aquella zona del cuerpo se podía contemplar una gloriosa masa de carne viva desgarrada.

Increíble.

Y el monstruo se perdió en aquella imagen roja y cuantiosa. La sangre empezó a caer maravillosamente. Freecs simplemente era extraordinario. Los ojos de Hisoka se expandieron una vez más, cegado por el éxtasis corrosivo.

Más. Más. Más. Dame más.

Freecs arrojó la carne y se preparó para el siguiente ataque. Hisoka usó el cuchillo y la mano libre y le hizo un gran tajo en el pecho. Se separaron un momento. Pese a las heridas que ambos tenían, parecían no sentir dolor. Freecs seguía estoico. Dispuesto a todo para acabar con Hisoka. Solo eso importaba. Se lanzó hacia él otra vez. Hisoka esquivó el cuchillo de Freecs varias veces, esta vez tenía cuidado de la mano libre y el resto de su cuerpo.

Hisoka siempre había sido un ser sorprendente. Nunca nadie pudo explicar aquella genialidad con la que había nacido. Siempre había sido alguien que aprendía todo lo que se proponía con una facilidad nunca vista. De esa forma se había hecho cirujano, psiquiatra y profesor. De esa forma había aprendido varios idiomas. De esa forma había aprendido muchas técnicas de pelea y había creado su propio estilo. Lastimarlo, el poder hacerlo, era algo que nadie pudo lograr antes. El dolor también le era irrelevante, pero en esa ocasión lo hacía sentir vivo.

Porque era Freecs quien se lo provocaba.

Freecs levantó una pierna al mismo tiempo que Hisoka. Ambos se estaban adaptando. Ambos aprendían. Ambos leían los movimientos del otro. Las dos extremidades chocaron. La sangre seguía chorreando entre más movimientos había. Freecs dio un salto y en el aire le dio una patada en el estómago. Justo en la herida sanguinolenta. Hisoka finalmente salió disparado a la vez que daba un quejido. Aterrizó contra el tronco de un árbol. El impacto en su espalda lo hizo escupir sangre además de la que seguía saliendo de su estómago.

Pero nunca dejó de sonreír.

—Maravilloso.

Freecs se acercó lentamente hacia él, dispuesto a terminar con todo.

—¿Qué se siente convertirse en un asesino, Freecs? —preguntó regodeándose.

El aludido no dijo nada. Terminó de pie frente a él. Freecs lucía imponente, y el psiquiatra podía ver a través de la vacuidad de aquellos ojos café dorados. Había una furia silenciosa, cáustica, mordaz, cautelosamente canalizada en cada ataque que lanzaba.

—Lo lamento no te dejaré matarme.

Y de súbito, se levantó como si estuviera incólume, y concentrando la fuerza en la palma de la mano derecha abierta y firme, golpeó el pecho de Freecs, lo que lo hizo volar por los aires al menos unos dos metros hacia atrás. La mano de Hisoka quedó impregnada de la sangre dado que lo había golpeado en la zona de la herida. Olió el escarlata y una nueva oleada de éxtasis lo invadió. Freecs pareció un poco aturdido y esa fue la oportunidad perfecta para que Hisoka recuperara uno de los cuchillos que había caído de sus manos con el anterior ataque de Freecs. Freecs se puso de pie para volver a atacar, pero para cuando sucedió el psicópata le clavó el cuchillo en el estómago hasta el fondo. Freecs abrió los ojos de par en par. Lanzó un grito ahogado. Morow amplió la sonrisa y arrastró el cuchillo unos centímetros hacia el costado izquierdo, destripándolo. Freecs cayó. La sangre se volvió un charco rápidamente bajo el cuerpo postrado. Y, pese al agudo dolor que empezaba a afectarle la motricidad, Freecs todavía quería ponerse de pie para matar a Hisoka. El psiquiatra rió. Aunque no debía hacerlo. La pérdida de sangre del estómago desgarrado le estaba pasando factura. Comenzaba a marearse.

—Estoy satisfecho, Freecs. Ya hemos jugado demasiado.

Él vio cómo Freecs seguía intentando levantarse. La furia en él crecía. Definitivamente ese hombre iba más allá del ser humano. Uno normal ya habría muerto, pero él seguía vivo y con la suficiente voluntad como para todavía desear matarlo. Fascinante. Después de todo, ninguno de los dos podía ser catalogado como humano.

Hisoka buscó con la mirada el otro cuchillo y cuando lo encontró lo tomó y también tomó el que se hallaba incrustado en las entrañas de Freecs. Con los dos objetos en mano, comenzó a hacer malabares con los cuchillos mientras meditaba el siguiente paso. Y finalmente se detuvo. Miró a Freecs. Él estaba logrando levantarse de a poco. Ponía una mano contra el gran corte para que nada se saliera de adentro, pero era inevitable que la sangre siguiera chorreando.

—Parece que tendré que ser un poco más severo para, al fin, terminar con esto.

Del bolsillo, Morow sacó una jeringa y un pequeño frasco que contenía un líquido amarillo. Introdujo la aguja hueca en la cánula y procedió a absorber el líquido del frasco. Luego, se inclinó hacia Freecs y le clavó la aguja bruscamente. Expulsó la droga en su cuello. Unos segundos después, Freecs se encontraba completamente inmóvil otra vez. Era la misma droga que Hisoka había usado con él antes. También la que había usado en Kagome. Pero era una dosis más grande. Pese al estado en el que estaba, él seguía siendo demasiado impresionante. Su cuerpo era demasiado resistente. Hisoka no lo subestimaba.

—¿Sabes lo que eres, Freecs?

Era evidente que él intentaba moverse. Los ojos se lo decían. La expresión crispada se lo decía. Quería que sus manos rodearan el cuello del psiquiatra y estrangularlo hasta la muerte. Pero esta vez fue imposible.

—Eres como yo —prosiguió Hisoka. Y tomó una de las manos de Freecs y la hizo quedar abierta contra el suelo. Luego clavó de una fuerte estocada uno de los cuchillos en la mano que no había sido dañada. De nuevo, el objeto atravesó el metacarpo y la carne y llegó hasta el suelo—. No eres como los demás. —Fue hacia la otra mano. La contempló unos instantes. Increíblemente, la sangre ya se estaba coagulando como si fuera una herida común. Incrustó el otro cuchillo nuevamente en esa mano, pero no en la herida que ya tenía. Le hizo una nueva—. La diferencia está en que tú decidiste enterrar lo que eres para pertenecer a esta sociedad.

—N-No… No s-soy…

Hisoka tomó nuevamente uno de los cuchillos incrustados.

—Lo eres.

Puso el objeto sobre el cuello de Freecs.

—Eres un monstruo.

Y cortó la carne.

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N/A: Recuerdo lo intenso que fue escribir esto. Amo el gore, no puedo evitarlo XD Espero que les haya gustado.

Anna Bradbury.

PD: Maky, ¿estás viva? XD