Capítulo 18

— Alice… ya te he dicho que no, Edward tiene planes —dije ya cansada.

Mi amiga enarcó una ceja y me miró con suspicacia.

— ¿Qué tipo de planes? —preguntó clavándome su mirada.

— No me ha dicho… —desvié la mirada para que no viera que mentía… pero ¡ugh!, fallé estrepitosamente.

— Dime que van a hacer Isabella —gruñó.

Y yo me encogí en la silla, cuando Alice utilizaba mi nombre completo era para echarse a temblar.

— No lo sé… —musité rezando el Corán en griego para que no continuara preguntando.

Es que no quería decirle nada, dos semanas después de mi confesión de "estoy preparada" Edward me había prometido que me llevaría a cenar al Fabriccio´s, no sabía si era lo que realmente sospechaba, pero tenía muchos puntos para serlo. Lo que no quería era Alice lo supiese, porque luego querría jugar conmigo durante toda la tarde, me sentía la Barbie crea y maquilla en sus manos, me utilizaba de maniquí y era la peor de mis pesadillas. Juntar a Alice con ropa y cosméticos en una misma habitación era casi un suicidio.

— Yo creí que éramos las mejores amigas —dijo mi "amiga" haciendo un puchero.

— Y lo somos Alie —aseguré sin mirarla directamente para no caer en su trampa.

— Bella, mírame a los ojos y dime que quieres —suplicó con voz llorosa.

Tragué en seco y me arme de valor, alcé la mirada y sus ojos azules estaban brillantes… ¡maldita enana! Qué bien sabía actuar… ¡hasta podía llorar si lo necesitaba! Intenté enfadarme, pero su labio inferior comenzó a temblar ligeramente y yo no pude soportarlo más. Abrí la boca para contestar pero antes de que pudiese emitir cualquier sonido la puerta de mi despacho se abrió y apareció mi salvador… ¡Edward!

— ¡Hola cariño! —dije con demasiada alegría.

Edward se sorprendió ante mi efusividad y Alice puso una mueca de desagrado, sabía que contra Edward no tenía nada que hacer, sus pucheros no causaban casi ningún efecto sobre él.

— Hola chicas —saludó Edward recargándose en mi silla y dándome un ligero beso en los labios.

— Todavía me cuesta creer que estén juntos —susurró Alice casi para sí misma.

— Pues lo estamos —contestó Edward con una enorme sonrisa— y ve acostumbrándote porque será así por mucho tiempo —mientras decía la última frase me dedicó una mirada y una sonrisa, lo hizo que mis mejillas se tiñeran de rojo…

— ¿Estás insinuando lo que creo que estás insinuando? —susurró Alice agarrada a los posa brazos de las silla clavando sus uñas en el tapizado.

Edward la miró sonriendo.

— Si lo que piensas que insinúo es lo que estoy insinuando realmente, sí… lo estoy insinuando —contestó con su voz aterciopelada teñida de diversión.

Alice gritó y comenzó a dar botes sobre la silla mientras se tapaba la boca con ambas manos.

— Tengo que decirle a Rose, y a Jazz… a Emmett mejor no que quizás lo mate… ¡también a mamá! ¡Oh dios mío! ¡Edward te quiero! —gritó de nuevo lanzándose a su brazos.

Después como un resorte se separó de él y lo miró con los ojos extremadamente abiertos.

— ¿Los planes de esta noche son para eso? —preguntó alzando una ceja amenazadoramente hacia su primo.

— No sé de qué me estás hablando —dijo Edward visiblemente confundido.

— ¿A dónde van? —preguntó cruzándose de brazos y entrecerrando los ojos.

— ¿A cenar? —su contestación casi sonó como una pregunta.

Yo me hundí en la silla y me tapé la cara con las manos "Has despertado a bestia" murmuré a lo que él no pudo evitar reír. Alice comenzó a dar vueltas por mi despacho mientras movía los brazos sobre su cabeza y hablaba sobre nuestra falta de información hacia ella, que no la queríamos, que ahora casi no tenía tiempo para buscar el vestido perfecto, que eso era muy desagradable, que tenía que hacerlo delante de toda la familia… y mil cosas más que solo tenían sentido para ella.

— ¿Por qué me has hecho esto? —le pregunté a Edward poniendo un puchero—. Ahora querrá que me pase toda la tarde con ella jugando a vestirme…

— Lo siento… no lo imaginé —se disculpó.

Nos quedamos en silencio viendo como Alice continuaba caminando en círculos y murmurando cosas incoherentes para el resto del mundo menos para ella. Se me escapó un bostezo seguido por un ruido estruendoso en mi estómago.

— Tienes hambre… —aseguró, a lo que yo me sonrojé— y estás cansada… ¿por qué no vas a comer con Alice y te tomas la tarde libre? Llevaros mi coche y después vienes a buscarme al trabajo

— ¡Genial! —gritó Alice—vamos Bella, que casi no tenemos tiempo… —continuó agarrando mi brazo y tirando de él para que me pusiese en pie.

— No es necesario que me tome la tarde libre —protesté.

— Sí que es necesario… —rebatió Edward con cara de preocupación— trabajas demasiado y últimamente siempre tienes cara de sueño, así que ve con el diablo de mi prima. Alice, asegúrate de que duerma una siesta, por favor.

— Lo que el señor diga —refunfuñó—, ahora tenemos una hora menos… no es suficiente, lo mejor… —dejé de escucharla para no volverme loca.

Me puse en pie y besé sus labios con renuencia, dejándole ver que la tarde libre no me agradaba para nada y menos todavía cuando tenía que pasarla en las manos de Alice, él me dedicó una sonrisa torcida y comenzamos a caminar hacia la puerta.

— Alice… ¿Puedo hacer una petición especial? —preguntó Edward cuanto esta abría la puerta para salir.

— Depende… dispara —contestó ella.

— Que Bella se ponga el vestido negro… aquel que se anuda al cuello… ¿recuerdas cuál es? —me preguntó mirándome a los ojos.

Me sonrojé casi al instante… ¿qué si lo recordaba? ¡Estaba por hacerle un altar a ese vestido! Era el que llevaba puesto en aquel ascensor la primera vez que…

— ¿Qué tiene de especial ese vestido? —preguntó Alice— Si ya te lo ha visto puesto no tiene gracia.

— Es el vestido que utilicé en mi entrevista de trabajo —murmuré.

— ¡Oh! —dijo Alice quedándose paralizada mientras una enorme sonrisa se extendía por su rostro… — Lo acompañaremos con ropa interior pequeña… ¿verdad amiga?

Mis mejillas estaban a punto de explotar por la cantidad de sangre que se estaba arremolinando en ella, justamente tenía que recordar esa conversación… maldito duende… maldita enana saltarina… Edward sin entender nada solo nos miraba sonriendo.

— Cuenta con ese vestido primito… y con la ropa interior también —dijo giñándole un ojo.

Gemí mientras me tapaba la cara con las manos y salía de mi despacho escuchando las risas de Edward de fondo.

Después de una suculenta comida que literalmente devoré, Alice y yo fuimos a mi casa, y mientras ella desmontaba por completo mi ropero yo me tiré en la cama y dormí durante un par de horas. Me despertaron unas leves sacudidas en mi hombro.

— Venga Bella, ve a bañarte que se nos hace tarde… —casi gritaba Alice en mi oído.

Me desperecé con desgana y me fui al baño, me quité la ropa y me miré al espejo… tenía unas leves ojeras, algo extraño porque acaba de dormirme y sí… mi aspecto era de cansancio. Pero trabajaba demasiado, me pasaba el día en la oficina y en ocasiones también me llevaba trabajo a casa, quizás debería tomarme las cosas con más calma, no quería que un exceso de trabajo repercutiese en mi salud cuando ahora tenía tantas cosas por las que sentirme feliz.

Me di una ducha rápida, y dos horas después estaba embutida en mi vestido negro de tirantes, con unas mini bragas que Alice compró durante mi siesta. Me miré al espejo y me sorprendí un poco de la imagen que reflejaba, mis ojeras habían desaparecido y mi cara había perdido todo signo de cansancio, mi amiga parecía una hada madrina de la belleza.

Después de llevarla hasta su casa me encaminé a la oficina a buscar a Edward como él me pidió. Subí en el ascensor hasta el piso correspondiente y cuando las puertas se abrieron me encaminé a mi despacho, ya todo el mundo estaba recogiendo sus cosas para irse a sus casas… era viernes, por lo que tocaba un fin de semana de descanso. Me despedí de Ángela con una sonrisa y entré en el despacho de Edward.

Estaba sentado en su mesa hablando por teléfono, me indicó que lo esperase sentada y lo hice en el sofá, mientras él hablaba miré el despacho con detenimiento, estaba decorado en tonos grises y azules, contrastando con el mío en tonos cálidos, pero esa decoración encajaba perfectamente con Edward.

Colgó el teléfono y me hizo una señal para que me acercase a él, que estaba recargado en su mesa con los brazos cruzados y su perfecta sonrisa torcida… mi engreído. Caminé hacia él intentando contonear mis caderas, algo sutil, tampoco quería caerme por culpa de los zapatos que Alice me había obligado a ponerme. Me acerqué a él y unió sus labios con los míos en un apasionado beso que me dejó sin mis necesarias reservas de oxígeno. Me aparté un poco jadeando, dejando descansar mi frente en la suya.

— Estás hermosa —susurró mirándome a los ojos y acariciando mi mejilla.

Mientras me sonrojaba me perdí en sus ojos, y él pareció hacer lo mismo con los míos porque nos quedamos unos minutos en silencio mirándonos fijamente. Desviamos la mirada y sonreímos al mismo tiempo. Suspiró y se puso en pie.

— Vamos… teníamos reserva para… —se detuvo para mirar su reloj— hace diez minutos. Ya llegamos tarde.

Caminamos por el pasillo ya desierto, todos se habían ido a su casa y no había ni un alma en toda la plata, a excepción de nosotros dos. Entramos en el ascensor y antes incluso de que se cerrasen las puertas Edward me enjauló con sus brazos contra una de las paredes.

— Ese vestido en tu cuerpo y un ascensor son una combinación explosiva —susurró en mi oído—, aunque me gustaría más sobre el suelo.

Me estremecí ante sus palabras… y ante su aliento en mi oreja… y ante su perfume que me atontaba… y ante el calor que desprendía su pecho contra el mío… Edward se apartó y comenzó a reírse por mi reacción. Se recargó en la pared a mi lado y me tomó de la mano.

Sin previo aviso el ascensor de detuvo y las luces parpadearon, yo me aferré al brazo de Edward y puse mi mejor cara de enojo.

— ¿Esto es una broma? —pregunté en un susurro.

— Te juro que no tenía nada preparado —se defendió.

— Vamos Edward, abre este maldito ascensor… sabes que tengo claustrofobia.

— Sé cómo solucionar eso… —dijo acercándose a mí peligrosamente mientras sonreía de la lado.

Lo aparté de un empujón y comencé a pasear nerviosamente por el pequeño cubículo.

— ¡Abre la puerta Masen! —le grité.

— Te juro que yo no tengo nada que ver —se defendió.

Gemí frustrada y me senté en el suelo mientras unas pequeñas lágrimas recorrían mis mejillas.

— No puede estar pasando esto de nuevo… no… tiene que ser una broma —murmuraba para mí misma— ¿le has contado a alguien lo que pasó el día que nos conocimos? —le pregunté a Edward.

Él negó con la cabeza y yo suspiré.

— Tenía la esperanza de que fuese cosa de Alice y poder matarla cuando saliésemos de aquí.

Se rió y se sentó a mi lado tomando una de mis manos entre las suyas, recargué la cabeza en su hombro y él besó mi pelo.

— ¿Qué hacemos ahora? —pregunté en un susurro.

— Esperar… no podemos hacer otra cosa.

Una hora después continuábamos igual… encerrados. A mí me parecía una broma de mal gusto, el destino se estaba burlando de mí ¿cierto? Me apetecía cenar con Edward a solas, tener una noche perfecta para que me regalase el anillo que tenía en el bolsillo. Sí había visto como se marcaba la cajita de joyería a través del pantalón.

— Esto es absurdo —dije poniéndome en pie y comenzando a caminar en círculos de nuevo. Se me estaban agarrotando las piernas de estar sentada en el frío suelo.

Edward se puso en pie también y me abrazó, enterré mi cara en su pecho y aspiré su aroma... me tranquilizaba, me hacía sentir que nada malo pasaría mientras estuviese entre sus brazos.

— ¿Sabes qué? —preguntó de repente.

Yo me aparté de él un poco y lo miré a los ojos, estaba radiante y una hermosa sonrisa iluminaba su rostro.

— Quizás esto sea otra señal —dijo sonriendo.

Me alejé un paso de él y me eché a temblar. ¡Malditas señales! Gracias una de ellas nos conocimos, pero por culpa de una de ellas dejó a Tanya justo la noche que iba a darle su anillo de compromiso…

— Es solo un imprevisto —susurré evitando que mi voz no se rompiese por el miedo.

— Tú y tus imprevistos… —murmuró— es una seña en toda regla. Y como la otra vez voy a hacerle caso.

Mis temblores de miedo ya eran casi convulsiones… y de pánico. No me iba a dejar… no podía hacerlo… no ahora que estábamos tan bien… no… ¿cierto? Sin más hincó una de sus rodillas en el suelo y sacó la cajita que había guardada en su bolsillo. La respiración se me cortó y me quedé paralizada.

¿Iba a hacer lo que creía que iba a hacer?

— Isabella Marie Swan… ¿Me haces el honor de ser mi esposa? —preguntó mirándome fijamente y sin perder la sonrisa.

Yo le devolvía la mirada. Sabía que haría eso esa noche, bueno no lo sabía exactamente pero lo esperaba, ahora era cuando yo contestaba un efusivo "sí" o un rotundo "no" pero estaba paralizada, no podía mover ni un solo músculo, ¿eso estaba pasando realmente? Forcé a mis neuronas a ponerse en funcionamiento, obligué a mi cuerpo a ponerse en movimiento. Y solo conseguí parpadear dejando escapar las lágrimas que mis ojos estaban acumulando. A mi mente vino la perfecta declaración de Jacob en La Push, la playa, la arena, el mar, el atardecer y un discurso perfectamente estudiado, que no me causó ningún tipo de reacción. En cambio con Edward… no había escenario perfecto, no había palabras rebuscadas ni discursos preparados, lo que había dicho había salido de su corazón… de su alma. Y mi reacción… sentía que de un momento a otro podía desmayarme de la cantidad de sentimientos que recorrían mi cuerpo en ese momento.

— Sí… —mi cuerpo reaccionó antes que mi mente pronunciando esa sílaba que cambiaría el resto de mi vida.

Las lágrimas continuaban bajando por mis mejillas y la sonrisa de Edward se ensanchó hasta límites casi imposibles. Tomó mi mano izquierda y deslizó el anillo por mi dedo anular… un escalofrío recorrió mi espalda cuando me tocó el frío metal… pero encajó perfectamente… ese era su lugar. Besó el anillo sin dejar de mirarme a los ojos y después se abrazó a mi cintura sin levantarse del suelo. Apoyó su cabeza en mi vientre, donde depositó pequeños besos mientras susurraba varios "gracias" y "te amo" que hacían que más lágrimas continuasen surcando mi rostro.

Me hinqué de rodillas yo también frente a él, rodeando su cuello con mis brazos y besándolo como nunca lo había hecho, como la futura señora Masen… sonreí en mi fuero interno, estaba más cerca de cumplir mi sueño, de estar toda la vida al lado de la persona que más amaba.

Se puso en pie arrastrándome con él, pegando su pecho al mío en un abrazo del que podía jurar que hasta nuestras almas podrían tocarse. Amaba a Edward por encima de todas las cosas, no me arrepentía del precipitado "Sí" que dije sin pensar… ¡estaba feliz! ¡Sería su esposa! Edward comenzó a besar mi cuello mientras sus manos se paseaban por mi espalda, por el hueco que la tela dejaba descubierto, acariciando mi piel y arrancando suspiros de mis labios.

Sus manos bajaron hasta mi cintura y luego hasta mis caderas, donde dibujaron círculos con sus dedos. Cuando quise darme cuenta, sus manos estaba subiendo mi vestido, para segundos después acariciar la piel de mis muslos. Me humedecí al instante, recordando lo que había pasado en un ascensor como ese la primera vez que nos vimos.

Sus manos ahora jugaban con el elástico de mis braguitas mientras sus labios bajaron al nacimiento de mi pecho y ahora se perdían por mi canalillo. Recordé sus besos de aquel día, sus caricias… me estaba excitando solo por los recuerdos, aunque también sus caricias y sus besos de ese momento estaban ayudando. Acarició mi sexo sobre la ya húmeda tela de encaje que me cubría y gimió con fuerza.

— Bella… no sabes lo loco que me vuelves —susurró en mi oído.

Una de sus manos subió hasta mi cuello y desató las citas que ceñían mi vestido, los tirantes se deslizaron por mi piel dejando descubiertos mis pechos, ya que no llevaba sostén. Sus labios tardaron muy poco en hacer contacto con mis pezones, besándolos y succionándolos como si quisiese beber de ellos. Una de sus manos me tenía aferrada del trasero empujándome contra su erección, y la otra acunaba uno de mis pechos entre sus dedos… ¡por dios! Me estaba haciendo perder la cabeza…

— Parecen más grandes —murmuró contra mi piel.

— ¿Qué? —pregunté confundida.

— Tus pechos… parecen más grandes…

— ¡Cállate! —dije atrayendo su cabeza hacia la mía y haciendo chocar nuestros labios.

Lo empujé contra la pared del frente mientras desabrochaba la hebilla de su pantalón y luego su cinturón, metí la mano bajo su ropa interior y agarré su miembro excitado. Edward gimió en mi boca, y la mano que continuaba en mi trasero agarró con fuerza mis braguitas y me las arrancó. Ahogué un grito cuando sus dedos buscaron entre mis pliegues y se enterraron en mí de un solo golpe. Recargué mi cabeza en su hombro totalmente abrumada por el cúmulo de sensaciones.

Edward aprovechó para hacernos girar y colocarme de nuevo contra la pared, alzó una de mis piernas poniéndola a la altura de su cintura, entendí en seguida en mensaje y de un salto rodeé su cintura por completo con mis piernas. Sentí la punta de su miembro en mi sexo, y no tuvo cuidado, simplemente me penetró de un empujón. Grité de placer y clavé las uñas en sus hombros, retorciendo a tela de la camisa que todavía tenía puesta.

Comenzó a embestir contra mi cuerpo, mi cabeza daba vueltas y mi corazón quería salírseme del pecho… ¡madre dios! Y yo quería estar cenando unos minutos atrás… ahora estaba agradecido a cualquier divinidad que estuviese al cargo de mi destino por dejarme encerrada de nuevo en un ascensor con él.

Me acerqué a su cuello y lo mordí con fuerza, gruñó y aumentó la fuerza de sus embestidas, haciéndome gritar su nombre como nunca lo había hecho. Sentía como mis entrañas se retorcían en torno a él, como su miembro invadía mi interior provocando que una oleada de placer azotara mis sentidos y me hiciera perder la conciencia.

Mi orgasmo estaba cerca, y podía deducir por sus gruñidos y gemidos que el suyo también, me dejé llevar, grité su nombre una vez y tuve que cerrar mis ojos con fuerza ante la magnitud de lo estaba sintiendo. Dejé mi peso muerto sobre sus hombros, Edward se deslizó de rodillas contra el suelo conmigo todavía aferrada a su pecho. Jadeamos en busca de aire por lo que me parecieron horas, pero seguro que solo fueron unos minutos. Me aparté un poco de él y sonreí mirando sus ojos, me devolvió la sonrisa y besó mis labios con dulzura.

— Eso ha sido… —dejé la frase incompleta.

— WOW… —la finalizó él.

Minutos después nos acomodamos la ropa y nos volvimos a sentar en el suelo, abrazados, besándonos cada pocos segundos. Admitiendo silenciosamente que los ascensores y las señales formaban parte de nuestra vida… una media hora después el ascensor comenzó a ponerse en marcha, nos pusimos en pie y yo acomodé mi pelo intentando parecer presentable. Las puertas se abrieron dejando ver al hombre de mantenimiento completamente asombrado.

— Lo siento señor Masen, no sabía que había alguien dentro, de haberlo sabido habría apurado un poco más al repararlo —dijo el hombre con la mirada gacha.

— No se preocupe— lo tranquilizó Edward—, no ha pasado nada de gravedad. Que pase buena noche.

Me miró y me dedicó una de sus sonrisas torcidas, que delataba que estaba recordando lo que pasó en ese ascensor minutos atrás.