—Estoy contento de que Darko haya entrado aquí y no hubiera un anuncio de Descubrimiento de Cuerpo...

Sergei estaba aliviado. No volvería a ver la cafetería en la que siempre comía del mismo modo.

—¿Cómo fue lo que pasó ahí, hombre? No supe del todo el asunto de la carne.

José era curioso en ese aspecto. Supo que la carne era un "cuerpo", pero también había visto las otras partes restantes de Eliza por el instituto.

—Jerzain y yo habíamos madrugado. Fuimos los primeros en entrar y... ahí estaba, la carne. Simplemente estaba ahí.

—¿Y qué hiciste? ¿Qué fue lo primero que vino a tu mente?

Sergei tomó un momento para responder. La pregunta era interesante.

—¡Me dió hambre! Creía que era un regalo de parte de alguno de nosotros... y joder, olía delicioso... y...

La sonrisa en el ruso pronto desapareció.

Esa mirada tierna y alegre cambió a una devastada.

—La carne sabía muy bien... no sé si has probado el cerdo, pero cuando lo preparan bien... carne de cerdo tan suave y tan deliciosa...

Se sentía culpable al describir lo mucho que le había gustado en ese instante.

—Pero cuando la alarma sonó y Kimiko estaba ahí, parada... yo tenía todavía un trozo en la boca...

—Perdona por ser tan entrometido... te hice recordar...

—No pasa nada. En un interrogatorio me hubieran preguntado lo mismo... por cierto ¿Qué opinas de toda ésta situación? Nosotros no hemos hablado mucho ahora que lo veo.

Sergei quería conocer más a su compañero.

—Me parece una locura. Espero poder salir de aquí y... continuar con mi vida.

José tocaba el collar con una cruz que tenía en el cuello.

—No recuerdo mucho de mi pasado tampoco. Sólo algunas cosas como lo que dije hace poco a Kimiko... de ahí en fuera sabrá Dios lo que hice y lo que no.

—Me gustaría pedirte la revancha en Inmortal Combat, pero tendrá que esperar. Oye José... ¿Qué conocimientos tienes como Guardabosques?

Era inteligente empezar a desarrollar ese tipo de conversaciones para conocerse mucho mejor.

—Verás, los Guardabosques somos designados en algunos puntos, en especial torres de comunicación o cabañas.

Él comenzó a describir su día a día.

—Tuve que atender los llamados de jóvenes que se perdieron y sintonizaban la frecuencia de radio, llamar a los paramédicos y bomberos cuando las cosas salían mal... también amaba dar excursiones.

—¿Para qué llamabas a los paramédicos? ¿Qué casos viste?

—¡De todo! Desde los jóvenes que comieron hongos hasta los que caían y se fracturaban contra las piedras. También ayudé a los policías... ¿Sabes? A guiarlos y encontrar... cadáveres en los alrededores...

—Lamento oír eso... no sabía que también tenías experiencias así.

—Las tuve... fue una locura.

—¿Qué más aprendiste de tu trabajo?

—Algunas tácticas de supervivencia. Por cierto, tengo conocimientos amplios de botánica. Conozco algunas de las plantas más venenosas que nadie debería comer... eso le ha salvado la vida a muchos. Puede que te enseñe algo... considerando que tendremos un invernadero y no sabemos qué haya ahí...

—En ese caso... vamos José. Sería ideal que nosotros empecemos a investigar ése sitio. ¿Quieres acompañarme?

—¡Claro que sí, amiguito! Vamos.

El dúo salió de la cafetería y caminó por los pasillos del instituto. Llegaron a la biblioteca y giraron en dirección a las escaleras que conducían a un tercer piso, ésta vez ya no habían barrotes que impidieran el paso.

Al llegar habían más pasillos con salones vacíos y solamente tres habitaciones tenían una luz verde: En una puerta grande marrón al final de uno de los pasillos había un cartel que decía "invernadero".

Al ingresar efectivamente había una gran habitación de una extensión enorme. Habían plantas de distintos tipos con sus respectivas descripciones.

La mayoría estaban en macetas o plantadas en el suelo. Se asumía que hubo alguna instrucción para que las plantas y la tierra pudieran coexistir en interiores.

En el techo habían papeles de cristal que daban una muy buena vista al cielo. Era imposible subir y ver qué había del otro lado, en los alrededores, pues el invernadero carecía de ventanas.

—Apuesto a que María estaría feliz de estar aquí...

José estaba fascinado con el olor del sitio y la vista agradable con flores de distintos colores.

—Mira, hasta hay cultivos... el sitio está muy bien trabajado.

Sergei tomaba unos tomates con su mano y los apretaba.

—Eso me causa conflicto. Todo está tan limpio y no hay señal alguna de abandono... me es algo extraño.

—Es extraño que el instituto no tenga más alumnos. ¿Por qué somos los únicos aquí? ¿Por qué no hay polvo, no hay suciedad, no hay nada que nos dé una pista de lo que ocurrió?

—Además... mira los cultivos. Parece que estaban trabajando muy bien con ellos... ¿Es probable que en los demás pisos hayan supervivientes? Que estén luchando como nosotros...

José dudaba de la realidad. Habían muchas preguntas en ese instante.

—Podría ser probable... aunque no entiendo muchas cosas de éste lugar, como que cada noche la comida se reabastece, todo se limpia cuando no estamos ahí... ¿Viste la cafetería y la bodega? No había rastros de los cuerpos ni tampoco de la sangre o...

—También me es raro, Sergei... oh, mira.

José vió algo interesante en la parte trasera del invernadero. Eran flores de distintos colores, hubo una que llamó su atención.

—No se te ocurra tocar ésta planta. Es la más venenosa que hay aquí.

El mexicano señalaba una planta con pétalos rosas.

—¿Ah? ¿Qué es?

Le era extraño que José se dirigiera ahí tan preocupado. Ninguna de las plantas tenía un sello que diera información de lo que se cultivaba.

—Esa es la Nerium Oleander... Adelfa. La planta tiene venenos en toda su estructura. No me sorprendería que éstas otras plantas y hongos tengan la misma naturaleza.

—¿De verdad? Espero que seas el único que sepa ésto... sabiendo que aquí hay venenos potenciales.

—¡Vamos a deshacernos de ellas!

Cuando José iba a aplastar las plantas, Monoduck lo detuvo.

—¡Dañar el invernadero puede acarrear grandes consecuencias! ¡Será penalizado como vandalismo y serán ejecutados los agresores!

—Vámonos, Sergei...

José ignoró la advertencia del director y lo dejaron con la explicación sin terminar.

No iban a dejar que el director les arruinara su día.

—No deberíamos decirle a los demás de esas flores...

José estaba preocupado.

—Por algo se encuentran ahí... no es natural que en un invernadero específicamente esté la planta más venenosa de todas.

—Tranquilo, José. Le estás dando muchas vueltas al asunto.

—Prométeme que no le dirás a nada de esas flores. Nadie debe saber ésto, nadie.

—Vale, vale. ¿Por qué no vamos a las piscinas? Sirve que hacemos una pequeña "investigación".

—Bien... puede que me esté exaltando. Es que con los asesinatos...

—Estoy seguro que no habrán más asesinatos. Puedes estar tranquilo en que todo estará bien.

—De acuerdo...

Los colegas fijaron su atención en la zona del mapa del MonoDroid que decía "Piscinas".


—No puedo esperar para salir de aquí.

Juana hablaba con Ajax y Asajú en la biblioteca.

—Sabes que para eso tienes que matar. Es algo que no puedes permitirte.

El hombre griego, Ajax, desistió.

—¿Y que me atrapen y terminar como Dalilah? Qué horror, no...

—No entiendo ese motivo de ustedes.

El africano no comprendía el actuar de los fallecidos.

—Los dioses les han regalado la vida, y ustedes prefieren tomar la ajena a pesar de que ustedes no están en peligro.

El Guerrero Definitivo veía incoherente la situación.

—Pero tú has matado... ¿No?

—¡Por sobrevivir! Maté porque alguien decidió iniciar un duelo a muerte, porque mi contrincante tuvo la oportunidad de pelear... yo jamás aceptaría tomar una vida sin honor. En la muerte debe haber dignidad, y eso es algo que respeto en quienes coexisten conmigo.

—Es muy lindo lo que dices, Guerrero... ¿Por qué siempre permaneces tan aislado si parece que tienes cosas por contar?

El joven moreno lucía feliz por la fijación.

Había una sonrisa que trataba de ocultar desviando la mirada.

—No todos están listos para escuchar lo que tengo que decir. No todos entenderían mi punto de vista... mis motivos ni mis creencias.

—Bueno, pues ya que estamos aquí... cuéntanos una historia. Algo que hacían en tu tribu.

Él muy contento comenzó a pensar en un evento peculiar.

Hablaba de las danzas en medio de la noche. De cómo cocinaban deliciosa comida en el abrasador fuego de unas fogatas. Esos cánticos que tanto amaba resonaban, incluso pegaba en la mesa de madera tratando de imitar los tambores.

—Yo era el líder de la tribu. Las comunidades cercanas nos traían distintos tributos como pago para protegerlos de ataques de invasores. Tenía a mi lado un gran ejército de hombres que seguían estrictas órdenes. Eventualmente tuve que irme...

—¿Por qué te fuiste? Parecía que tenías una vida excelente ahí.

—Era un líder muy joven. Los ancianos consideraron que debía tomar otras riendas. Ingresé a un instituto gracias al apoyo gubernamental. Ellos sabían de mis hazañas de joven y, cuando me vieron luchar en peleas clandestinas llegaron a la conclusión de que era alguien especial.

—¿Luchabas...? ¿Cómo era eso?

—Habían rumores de torneos clandestinos en Angola. Decidí meterme para ganar dinero extra para mis estudios tanto como para sobornar a algunos profesores.

—¿Pero eso no te daría el título del Luchador Definitivo? Considerando que tenías una buena condición física y... peleabas...

—Estás errada, Juana.

Le parecía cómico lo que ella decía.

—Yo podía matarlos si quería, de hecho lo hice con algunos porque sólo uno de los dos podía salir vivo de ahí. Nadie puede ponerme una mano encima, nadie.

—Eso te hace un hombre peculiar... ¿Y qué hay de tí, Ajax?

Hernández también quería saber algo del joven Colonomos.

—Fuí criado en el seno de una familia humilde. Desde pequeño tuve un amor profundo por la poesía, la literatura y las bellas artes. Llegué a cuestionarme muchas cosas, llegué a interpretar tantas cosas que llegué a la conclusión de que yo tenía una misión para el mundo.

—¿Cómo fue que te diste cuenta de tu talento?

Asajú preguntó.

—Estaba en el techo de mi hogar cuando por simple curiosidad ví el cielo en la noche. Las estrellas decían algo, pero no podía comprenderlas. El movimiento de las nubes, el cómo la luna brillaba... fue ahí que empecé un profundo interés por éste arte, superstición, ciencia, llámala como gustes.

—¿Acaso podías saber hechos que nadie sabía con solo ver al cielo? ¡Ja!

—Aunque lo dudes, Juana. Cuando algo malo estaba por ocurrir, las estrellas me lo decían, y ocurría. También desarrollé ésta creencia de que los acontecimientos de los astros están fuertemente ligadas a los acontecimientos terrenales, es un conecte espiritual.

—Eso me da miedo... por eso prefiero no saber nada.

Hernández tuvo un escalofrío.

Cuando el grupo se retiró de la biblioteca, vieron a José y Sergei bajar las escaleras del tercer piso.

—¿Qué hacen aquí, chicos?

Preguntó la argentina.

—Regresamos de las piscinas y el invernadero. La sala de computación está cerrada.

—¿Y qué encontraron?

Asajú quería saber los hallazgos por adelantado.

—Hay una vista preciosa del cielo. Como todavía es de noche podemos verlo.

—¿Cielo? ¡Quizá pueda serles de utilidad!

El hombre de piel bronceada subió muy emocionado hasta el dichoso invernadero donde creía que por fin haría utilidad de sus habilidades.

Pero cuando ingresó y con total esperanza postró su rostro a la oscuridad...

—No...

Él cayó de rodillas.

Esa ausencia de estrellas, de una luna, de nubes... la oscuridad completa.

Eso lo destrozó.

Se talló los ojos pensando que quizá era una alucinación o no vió bien.

Pero se dió cuenta que no había nada.

—¿Qué viste, Ajax?

Juana se mostró curiosa. Había entrado junto con los tres compañeros.

—¿Ajax?

Sergei se preocupó cuando lo vió llorando en el suelo.

—Chicos... ha ocurrido algo terrible.