No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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Kate envió pan, queso, vino bien aguado y confitura de higo y fresas silvestres. El pan estaba recién cocido, y la confitura era tan dulce que Isabella se comió todo y rebañó el plato.

Plegada sobre la mesa encontró una muda de lino suave y una buena túnica castaña de lana. El agua para lavarse llegó en una jofaina cargada por una monja vestida con una ropa similar a la de la mesa.

Era una mujer de semblante severo, con un ojo que relucía como el de un águila. A pesar de una telaraña de arrugas, su cara tenía el mismo perfil amenazador de ave rapaz que dominaba los monumentos del pasado esparcidos por la ciudad. Miró con severidad y disgusto las ropas de seda y satén de Isabella.

—Me llamo Irina —dijo—, y a pesar de mi nombre, nací y me crié en Roma. Soy la cocinera, y has sido asignada a la cocina. Lávate y vístete, ya voy con retraso en mi trabajo. Espero que vengas pronto. Por favor, date prisa.

La monja salió furtivamente de la celda. Isabella se dio prisa.

Recibió un delantal de la hermana Irina, que le encargó que pusiese una pieza de carne al fuego en un hueco junto a la puerta.

Ella había pasado la mayor parte de su vida encerrada bajo llave o en interminables peregrinaciones con su madre. Sus comidas habían procedido de tabernas del camino y hosterías religiosas. Sabía muy poco de cocina.

La carne empezó a chamuscarse. A la primera señal de olor a quemado, Irina llegó como un rayo. Dirigió una mirada asesina a Isabella y subió el espetón seis muescas en su soporte.

—¿Es que no sabes hacer nada? —preguntó en tono harto.

Isabella protestó con suma mansedumbre:

—Pero tan alto no se asará.

—Quieres decir que no se quemará —repuso Irina—. La carne debe cocinarse despacio, el humo caliente sella el exterior, y el interior se cuece en sus propios jugos. Y no vuelvas a cuestionarme. Soy —dijo grandilocuente—la mejor cocinera de Roma. Quizá la mejor del mundo entero. He estudiado las artes culinarias francas, las pocas y toscas, pero deliciosas, innovaciones sajonas y la magistral tradición de nuestro propio Apicitis. Necesito hierbas. ¡Ahora! Quiero salvia, albahaca, tomillo y romero para rellenar el asado de cerdo de la cena. ¡Ve a por ello! —Irina dio unas palmadas—. Deprisa, no hay tiempo que perder. Este es el mejor momento del día para coger las hierbas, cuando el rocío se ha secado y aún no han perdido su sabor por el sol.

Isabella no tenía idea de cuánto era suficiente. Había conseguido desarraigar una planta de salvia y otra de albahaca, y estaba amenazando seriamente un arbusto de romero cuando Irina llegó junto a ella como un halcón abatiéndose.

Esa vez el estallido de ira hizo que Isabella retrocediese varios pasos, aferrando las infortunadas plantas. Su cara debió de reflejar sus sentimientos, pues la hermana Irina se interrumpió a media frase, contemplándola con interés.

—¿Qué, no hay lágrimas? Normalmente están llorando a estas alturas, o rojas de furia. No me miran con irritación —dijo mirando el rostro de Isabella— e incluso desdén, quizá. Veo que tienes algo de espíritu.

Isabella estaba furiosa. Podía sentir el rubor ardiendo en sus mejillas, pero consultó a la loba y vio que la criatura se estaba divirtiendo. Las imágenes que surgían en la mente de su oscura compañera eran las de un pájaro fingiendo astutamente tener un ala rota para alejar del nido a un depredador, o un sapo hinchándose y despidiendo mal olor, haciendo que le saliesen verrugas por todo el cuerpo e intentando convencer al propietario de un par de mandíbulas con largos dientes de que era un adversario feroz e indigesto. En suma, un engaño.

—Puedo ver —dijo Irina— que eres una completa neófita y necesitas instrucción.

En unos momentos, la monja volvió a poner las plantas en su sitio, apisonando la tierra alrededor de sus raíces.

—¿Crees que crecerán de nuevo? —preguntó Isabella ansiosamente.

—Bah... quién sabe... Supongo que sí—dijo Irina sacudiendo la mano—. No están muy lejos de sus parientes silvestres que florecen al aire libre en la Campania o en las colinas junto al mar. Y si no lo hacen, tengo muchas más.

Realmente las tenía, creciendo en arriates flanqueados por ladrillos entre pulcros caminos de piedras. Cada tipo de maravilla culinaria estaba confinada en su propio cubículo especial. Las plantas parecían presentarse al sol de la mañana, e Isabella pudo ver por los ocasionales parches calvos de tierra que ninguna mala hierba osaba alzar la cabeza en aquel ordenado lugar.

Irina echó una mirada a la carne que se asaba despacio en el fuego cerca de la puerta de la cocina, y guió a Isabella a un tosco asiento bajo un árbol cerca de un muro, donde las dos podrían sentarse y disfrutar la belleza y las delicadas fragancias del jardín.

—Mira —dijo la monja, haciendo un gesto hacia la cocina y el jardín tras ella—. Mira mi reino. Soy su dueña, la señora absoluta de todo lo que veo. Y si te dejas instruir por mí, tú también tendrás algún día tu propio reino, aunque sólo sea un jardín tapiado.

Dos árboles guardaban el árbol más pequeño, inclinándose sobre el enrejado de hierro. Isabella alargó una mano curiosa hacia una de las hojas.

—Adelante, niña —dijo Irina—. Coge una y disfruta de su fragancia.

Isabella lo hizo.

—Laurel.

Recordó a la loba la noche en que pareció inexorablemente atraída hacia el fantasmal templo sobre el mar.

—Sí —confirmó Irina, sacando a Isabella de sus recuerdos—. El arbusto que nos da coronas para nuestros conquistadores y sabrosos estofados.

Isabella se rió.

—¿Y qué es lo que prefieres?

—Los estofados, por supuesto. Pero no por la razón que piensas. No porque sea cocinera.

—¿Por qué, entonces?

—Porque los conquistadores vienen y van, pero el estofado perdura para siempre.

—Nada de eso —dijo Isabella—. Desaparece en la próxima comida.

—Al contrario. El mismo gran César adoraba el sabor de la carne cocinada con champiñones y vino, y dentro de mil años hombres y mujeres peregrinarán a lugares donde puedan comer alimentos preparados de la misma forma. No, querida, es el conquistador quien es efímero y el estofado lo que es eterno. Por eso Cristo, en Su sabiduría, hizo de su más grande sacramento una sencilla comida, porque la necesidad no es sólo de alimentos, sino que la buena comida une a toda la humanidad. Los hombres se sientan juntos tres veces al día para compartir la riqueza de la tierra y los frutos de su trabajo. El papa puede comer en vajilla de plata con los cardenales a su lado, y el campesino se sienta sobre una piedra con un pedazo de pan y un jarro de vino vulgar en compañía de unos amigos, pero ambos dan gracias a Dios por la misma cosa. Y ¿quién sabe? —dijo con un brillo en los ojos—. Quizá el campesino disfrute más de su pan y su vino que el papa de todos sus platos. Por eso dicen que el apetito es la mejor salsa. En cualquier caso, Kate me ha escogido como tu instructora en la más grande y antigua de las artes.

Isabella contempló pensativa un macizo de eneldo. Las cabezas estaban casi maduras y listas para desprender sus semillas duras y marrones.

—No estoy segura de cuánto tiempo tendré para aprender todo lo que puedes enseñarme. Voy a casarme pronto.

—Sí, eso he oído. Con algún rico señor montañés. Seguro que es un rufián borracho que se acuesta sin quitarse las botas.

Isabella suspiró profundamente, pero después se encontró sonriendo, y con una abierta carcajada más tarde.

—¿Tú también?

—Así que Kate te contó su historia, ¿eh?

—Sí, anoche cuando volvimos del palacio.

—Espero que te diera la versión corta —murmuró Irina—. A veces lo embellece describiendo cómo se puso pálido primero, después gris, y azul, y por fin... ¡negro! — exclamó, alzando las manos—. Cómo se cogió la garganta. —Se llevó dramáticamente las manos al cuello—. Cómo arqueó la espalda... —Arqueó la suya.

—¡Oh, basta! —gritó Isabella. Se estaba aferrando los costados, y las lágrimas corrían por sus mejillas—. No es divertido. ¡El pobre hombre murió!

—Y tanto que lo hizo —dijo Irina, recuperando la compostura—. Que Dios tenga piedad de su alma. Aunque si sólo la mitad de las cosas que Kate dice de él son ciertas, dudo que la tenga. —Dio unos golpecitos a Isabella en la rodilla—. No te preocupes, querida. ¿Qué puedes esperar cuando vienes a un grupo de mujeres que se han retirado del mundo? Nosotras... la mayoría tenemos nuestras razones. Además, ¿no piensas que es bueno estar preparado para lo peor? En este mundo, nuestras esperanzas de lo mejor suelen quedar defraudadas.

Irina sonrió con amabilidad a Isabella. Pero la joven miraba tristemente más allá de ella, observando un reloj de sol que se alzaba entre un macizo de caléndulas en el centro del jardín. Cada flor era un pequeño sol, un patio de juegos para las abejas que se ajetreaban entre los capullos recién abierto mientras el reloj proyectaba su larga sombra matinal sobre la piedra.

Esperar lo mejor, pensó Isabella. ¿Qué era lo mejor que ella podía esperar? ¿Alguien tan brutal y peligroso como para que ella pudiese encontrarle en la oscuridad con la conciencia limpia? Si es que su conciencia podía estar limpia después de tal pecado.

Pero Irina tomó su mano.

—Oh, vamos, no dejes que mi especulación ociosa estropee una mañana tan brillante como esta. Además, si es como yo he dicho, seguro que podrás desarmarle con tu belleza y tu gracia. Y en cuanto a la cocina, supongo que, si es rico lo que necesitas es aprender a manejar al cocinero. Puedo enseñarte cómo hacer eso en una palabra.

—¿En una palabra?

—Sí—dijo Irina—, y esa palabra es lisonja. Prueba la comida del hombre, y si te parece a medias competente, ponla por las nubes. Pues si cocinar es la mayor y más antigua de las artes, es también la más ignorada, y la alabanza es más rara que el oro y más preciosa que los rubíes, incluso para sus practicantes más humildes. Adúlale y usará todas sus habilidades para complaceros a ti y a tu esposo. Acerca de esa otra cosa a la que los hombres son tan aficionados, presta mucha atención a Esme y sigue fielmente sus instrucciones, y serás recompensada con la profunda devoción de tu marido. Al fin y al cabo, un patán como él debe de estar encantado de casarse con una mujer de la casa real. Y si quiere conservar su piel de una pieza, te tratará bien. Puedes señalarle suavemente, oh, muy suavemente, que si no lo hace, el rey franco podría tomarlo como un insulto personal. Estoy segura de que no querrá eso.

La sonrisa de Irina era absolutamente dulce e ingenua. Isabella se volvió y la miró con aprensión por un momento.

—¿Esme? ¿Cómo sabes de Esme?

—Vamos, querida... todos sabemos de Esme. No tengas miedo. Esme no es una conexión que pueda dañar tu reputación. Tiene muchas amistades entre las mujeres de esta ciudad. Tanto entre las poderosas como entre las humildes y débiles. Es muy apreciada, a veces creo que incluso en lugares que ella ignora.

—El papa le ha prohibido que me visite.

—Eso he oído —dijo Irina, sacando unas grandes tijeras de su bolsillo—. Cómo habla Kate. —Puso las tijeras en la mano de Isabella—. Ahora, ve a por esas hierbas que te he pedido y tómate tu tiempo. Conoce a mis amigas, las cosas bonitas e inofensivas que crecen aquí. Porque conociéndolas y sabiendo cómo usarlas puedes convertir una sencilla pitanza de campesino en algo que encantaría a príncipes y reyes. Y no temas cortar nada, pues nada nocivo ni maligno crece en mi jardín.

Isabella tomó las tijeras y salió. Las hierbas y flores de Irina encantaron a Isabella y la loba. La sombra en el reloj de sol era mucho más corta cuando volvió a la cocina y encontró a Irina trabajando con la masa de pan. Isabella puso las hierbas en un bloque de picar y volvió su atención a una tarea en la que se sentía plena de confianza: fregar ollas y cacerolas.

La cocina estaba bien ventilada y era agradable. Se afanó con los cacharros mientras Irina terminaba de moldear el pan en hogazas, se ponía a cortar las hierbas con un cuchillo curvo de dos mangos y daba comienzo a la instrucción de Isabella en las artes culinarias.

—Albahaca —dijo, llevándose un poco a la nariz—. Y también canela y clavo. Espero que notaras la diferencia.

—Lo hice —contestó Isabella—. Lo siento si he cogido demasiado, espero que no haya que tirarlo.

—No te preocupes. La canela y el clavo servirán para condimentar con especias las manzanas asadas del almuerzo —explicó Irina, despojando las hojas de otro tallo—. Salvia. Una elección interesante, querida. Tomillo de tallo largo. Un poco de ruda... Ah, al menos sabes algo. Un ligero toque amargo corrige la dulzura de una salsa de vino. Romero, indispensable en la cocina. Añadiré un toque de ajo y miga de pan y tendremos nuestro relleno. Esta tarde podrás probarlo y ver si has elegido mal.

Isabella se sintió alarmada.

—¿Vas a confiar en lo que he elegido?

—No completamente —dijo Irina manejando el cuchillo con lo que Isabella reconoció como un experto movimiento de vaivén—. Pero como ya te he dicho, cocinar es un arte, e incluso un principiante debe permitirse algo de experimentación si pretende alcanzar todo su potencial. Y cuando hayas terminado con las ollas, querida, puedes fregar un poco el suelo.

—Gracias —murmuró Isabella.

Fregó mientras Irina disertaba sobre cada miembro del reino animal del que Isabella hubiese oído hablar alguna vez y varios que los más conservadores francos ni siquiera consideraban comida, como caracoles y aves canoras. Cuando acabó con ellos, pasó a la descripción de formas de vida menos animadas, empezando por frutas y nueces y llegando hasta la humilde col. Allí se detuvo, pero no para respirar, sino para informar a Isabella de que era el momento de rastrillar el horno de pan.

—Yo misma encendí el fuego al amanecer, ahora sólo habrá cenizas y las piedras estarán calientes y listas para llevar la masa a su dorada plenitud —dijo dándole cubo y un rastrillo de largo mango—. Ahora, ten cuidado. La puerta está caliente y las piedras, también. No te pongas demasiado cerca. Yo abriré la puerta para ti.

Irina sujetaba la puerta del horno e Isabella rastrillaba como una loca, intentando meter las brasas en el cubo antes de que las piedras del horno se enfriasen, cuando Kate entró en la cocina.

—¿Qué estás haciendo, Irina?

—Estamos trabajando, ¿qué te parece que hacemos? Me dijiste que le enseñase a cocinar.

—A cocinar, sí—gritó Kate horrorizada—. No que la convirtieses en un marmitón. Es una dama real. Quería decir que le dejases recoger unas hierbas, quizá pelar un nabo o dos.

Irina cerró de golpe la puerta del horno. Isabella tuvo el tiempo justo de sacar el rastrillo para que no lo partiese en dos.

—¿Qué? ¿Te opones a que le enseñe que la cocina es trabajo? —Irina se señaló con orgullo—. Yo... yo, la hija de una de las primeras familias de Roma, no tengo reparos en ensuciarme las manos al servicio de nuestra comunidad. ¿Por qué debería tenerlos ella?

Kate extendió las manos.

—Irina, la gente habla...

—Bien lo sé —fue la torva respuesta.

—No importa. No importa. Sé que no me falta culpa, pero ¿qué pasaría si su pariente real se enterase de que ha estado limpiando hornos? ¿Y qué más le has mandado hacer esta mañana?

—Recogió unas hierbas. —Kate asintió con aprobación—. Limpió las ollas y fregó el suelo.

—¡Fregó el suelo! —gimió Kate.

Primero se llevó las manos al pecho; después, a la frente. Cogió a Isabella del brazo y la sacó de la cocina, sin darle tiempo apenas a soltar el cubo y el rastrillo. Cruzaron el corredor, Kate tirando de Isabella y murmurando:

—¿Qué pensará Su Santidad?

—Yo no... —empezó a decir Isabella, pero Kate le hizo callar.

—¿Qué pensará el rey?

—Por favor...

—¿Qué —casi gritó Kate— pensará Esme?

Giraron al final del corredor y subieron por la escalera. Isabella se cogió al poste de la baranda, enroscó el brazo alrededor e hizo que se detuviesen.

—¿Eh, qué? —dijo Kate.

—Por favor, Kate —imploró Isabella—. Por favor, deja que me limpie la ceniza de las manos y la cara.

—¿Manos y cara? —preguntó la abadesa como si hubiera olvidado temporalmente el significado de las dos palabras—. Oh, sí. Definitivamente, manos y cara. Definitivamente.

—Gracias. Y yo no me preocuparía demasiado por mis parientes reales. No conozco a ninguno de ellos.

—¿No lo entiendes? Que los conozcas o no carece de importancia. Van a conocerte, y eso es lo que importa. Ven, veremos si le gustas a la hermana Renata. Enseña una habilidad más elegante: el bordado.

—Oh, vaya —dijo Isabella.

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Isabella no le gustó nada a la hermana Renata.

La monja lo dejó claro desde el principio, obviamente acostumbrada a enseñar a las hijas más jóvenes y diestras de los pobres, consideraba a una noble ya crecida un completo estorbo. Echó a Isabella una mirada ligeramente coronada de hielo y no perdió tiempo evaluando sus habilidades de costura. Por lo que a Renata se refería, no existían. Coser, remendar y poner parches eran las actividades propias de una hija de la nobleza arruinada que quería mantenerse decentemente vestida, las habilidades con hilo de oro y plata requeridas para su trabajo siempre habían estado más allá de los medios de Isabella.

Así que fue relegada a bordar una sencilla cruz en el extremo de un mantel de altar de lino. Isabella se mostró sumisa, pero estaba a disgusto. Prefería fregar el suelo de la cocina en compañía de Irina. Ella, por lo menos, trataba a Isabella como una alumna voluntariosa y, en ciertos aspectos, una igual, mientras que la hermana Renata pretendía, con cierto éxito, que ella no existía. Así que Isabella se sentó en silencio a la mesa con el resto, su cabeza inclinada sobre la cruz, y aguantó.

No tardó en descubrir que había mucho que aguantar.

La hermana Renata le anunció, como si hubiese hecho un importante descubrimiento, que las manos ociosas y las mentes ociosas eran herramientas del diablo, y que no permitía ninguna conversación entre sus alumnas. En lugar de charlar entre ellas, escuchaban lecturas destinadas a su enseñanza y entretenimiento.

La lectura del día, le dijo a Isabella, consistía en una descripción de las persecuciones de Diocleciano. Al principio, Isabella escuchó sólo a medias. Pero entonces se sintió atraída por la misma vulgaridad de las personas de las que estaba oyendo hablar. No eran ni mucho menos como los magníficos y a menudo trágicos personajes que encontraba en las historias que leía, sino los humildes, quienes nunca sonaban mucho en la gran marcha de los asuntos humanos.

Eran criados, esclavos, artesanos, pequeños tenderos, y el ocasional sacerdote o prelado pobre... figuras oscuras que se movían calladamente entre su rebaño, predicando valor con su ejemplo. Y su único pecado era que habían tenido la desgracia de cruzarse en el camino de un imperio tan hinchado de presunción que no podía encontrar más digno objeto de culto que él mismo, un ego personificado por la diosa, Roma. No rendir culto a ese santuario de poder desnudo era, para el gobierno imperial, un terrible crimen merecedor de los más crueles castigos. Las muertes eran horribles y estaban descritas con meticuloso detalle.

Mientras las historias se sucedían, la imaginación de Isabella empezó a dar vida a sus actores. Cuando se hablaba de hombres, Isabella veía a Carlisle, un hombre dispuesto a sacrificarse antes que cometer un acto que consideraba malvado, o a Tony, que aun perdido en la negrura de su enfermedad, había encontrado valor para ser amable con ella cuando se encontraron por primera vez. Cuando las mujeres eran sometidas a tortura y ejecutadas, veía a Esme, orgullosa y despiadada, pero también amable y valerosa, o a su madre, llevando su corazón roto a un Dios al que pensaba que había fallado y cuyo amor no creía merecer. Pero los niños eran lo peor, pues le hacían pensar en Alice, en el orgullo sajón de la pequeña y su atrevida inocencia. La historia de una madre que luchó con su hijo, y tomando la pequeña mano en la suya le obligó a celebrar el sacrificio que salvaría su vida, le desgarró el corazón.

Ella haría ofrendas de incienso a mil dioses antes que ver morir a Alice. La adhesión a los principios era buena, y Isabella podía entenderlo. Pero el amor de una madre, tan profundamente arraigado en el tejido de la vida, era una fuerza que podía trascender incluso el poder de la ley y el estado, y anular los principios.

Mientras la aguja de Isabella iba y venía volando a través de la tela, ella empezó a sentirse deprimida al principio, y después agobiada por la inevitabilidad de las historias. No había pensado que hubiese tantas imaginativas y crueles formas de arrebatar la vida a los seres humanos. La tozuda resistencia de los Cristianos debió de sacar a veces lo peor de sus verdugos.

Isabella empezó a sentir que, si escuchaba otra historia de personas marcadas con hierros al rojo, azotadas, asadas vivas o desolladas, se levantaría de un salto, tiraría el mantel a la hermana Renata, y saldría de la habitación. Pero se presentó una solución a su problema.

Durante una alegre descripción de cómo se derramaba plomo fundido en las heridas abiertas de alguien, se despistó y se hirió en la palma de la mano con la aguja. El corte no era profundo, pero dolía y sangraba copiosamente. Isabella dejó caer la aguja y la tela en su regazo y se cogió la muñeca. La sangre corrió entre sus dedos y goteó sobre el lino. La monja se puso histérica. Lo hacía con gran determinación y habilidad.

La Abadesa Kate llegó, mimando, consolando y aplicando paños fríos hierbas aromáticas... no a la todavía sangrante Isabella, sino a la hermana Renata. Al poco rato, Isabella se encontró de vuelta en la cocina con la hermana Irina. La religiosa le lavó el corte de la mano con vino.

—No es nada, un simple rasguño. Se curará en unos días. Dime, querida, ¿qué lo provocó? ¿La paciente Griselda, los sufrimientos de la Santa Iglesia bajo el Emperador Nerón, o la persecución de Diocleciano?

—Diocleciano.

—Ah, bien —dijo Irina—. Te has ahorrado lo peor.

—No puedo imaginar nada peor.

—Yo sí: la paciente Griselda. Encuentro los padecimientos de esa digna mujer aburridos e irritantes. La hermana Chloe, una mujer bastante sabia a la que aún no conoces, me dijo que la historia fue escrita como una lección de moral para muchachas jóvenes, de forma que aprendiesen a respetar y obedecer a sus maridos. Pero yo creo que Renata las hace leer como inducción a la virtud y nuevas vocaciones. Con dosis semanales de la paciente Griselda, incluso las menos impresionables de sus alumnas acaban, si no odiando a los hombres, sí al menos con una desconfianza y miedo a todo el género firmemente arraigados. Renata considera que así es más fácil para ellas abandonar los deleites más mundanos y — agregó santurronamente— "fijar su mirada en el amante eterno".

Irina desmintió al momento la piedad de su declaración riéndose ruidosamente.

—No es divertido —dijo Isabella, todavía afectada por la historia y con lágrimas en sus ojos—. Fue terrible, y todo lo que quería esa pobre gente era vivir en paz y practicar su religión... no sé cómo puedes reírte.

Irina se serenó y extendió una mano dura y callosa para tocar la mejilla de Isabella.

—Oh, querida, qué joven eres. A veces olvido mis años y la distancia que me separa de niños como tú. Me río porque el tiempo me ha dado un pertinaz vicio llamado perspectiva. Los muertos están muertos, y nada que podamos hacer les ayudará. Además, uno espera que hayan olvidado los pesares del polvo en la eterna beatitud. Y porque sé que muchas de las personas de Dios salvaron sus vidas, y sin duda las de sus familias, cometiendo apostasía, lo que me hace sentir mejor. No debería, pero lo hace.

Irina le dio unos suaves golpecitos en la mejilla, dirigiéndole una sonrisa tan contagiosa que Isabella se encontró devolviéndosela con alegría.

—Mucho mejor así—dijo Irina. Se apartó un poco y limpió el corte de Isabella con la tela empapada de vino—. Mira, ha dejado de sangrar.

Isabella sacudió la cabeza.

—No entiendo cómo puede escuchar día tras día todos esos horrores, y alterarse tanto por un poco de sangre.

—Dime, ¿sangraste sobre la pieza que estabas bordando?

—Sí.

—Eso fue lo que le alteró. Hubiese preferido que te cortases la garganta y te desangrases en el suelo a que estropeases su trabajo. Además, para ella no son horrores.

—¿No? —preguntó Isabella—. ¿Cómo pueden no serlo?

—Son sólo palabras para ella, querida. Renata no tiene imaginación y tú sí. Ahora, ven y ayúdame a poner la mesa para la comida de la tarde.

Irina llevó a Isabella al refectorio. Era una gran sala de techo bajo y vigas de roble. No tenía ventanas, pero daba a un porche con soportes de madera sobre un pequeño jardín de rosas tardías. Los rosales estaban dispuestos en círculo en torno a una fuente cuya agua caía en cascada sobre piedras musgosas.

Isabella caminó inmediatamente hacia el porche y contempló con anhelo el jardín iluminado por el sol.

—Qué bonitas son las rosas —dijo—. No sabía que pudieran florecer tan tarde.

—Por eso ellos se llaman "rosas de la doble primavera". Era el jardín favorito de la Abadesa Maggie. Cuando vino aquí para fundar su convento trajo algunas exquisitas flores blancas de su fría tierra del norte. Todos dijeron que morirían en nuestro cálido clima del sur, pero no lo hicieron; florecieron e hicieron el amor con las variedades nativas, y ahora tenemos varias como nunca se han visto. La gente viene de toda Roma para cortar ramas y empezar sus propios jardines.

—¿Hicieron el amor?

—Es una expresión tan buena como cualquiera —dijo Irina—. Aunque las flores lo hacen con toda inocencia, ayudadas por las abejas. Pero ven, pongamos la mesa. Es casi la hora de hacer sonar la campana de la cena.

El refectorio tenía una larga mesa de madera con bancos a los lados. Había un gran aparador contra la pared opuesta al jardín, con platos, tazas cucharas y fuentes. La mesa era muy sencilla, largas tablas pulidas hasta hacer que brillasen.

Isabella dio un respingo al ver un atril al extremo:

—Oh, no.

—No te asustes —rió Irina— La Abadesa Kate escoge las lecturas en las comidas, y no le gusta oír nada que perturbe su digestión. Le gusta un poco de Boecio o algunos salmos, los más alegres. Y de vez en cuando, una historia sobre los padres orientales, felices ascetas que viven en el desierto, alimentados por el maná del cielo. Ahora pon catorce servicios, con un plato, un cuenco, una cuchara, una taza y una servilleta para cada uno.

Cuando Isabella terminó, Irina inspeccionó su trabajo y lo declaró satisfactorio. Entre las dos, llevaron la comida al refectorio. Irina hizo sonar la campanilla y las monjas llegaron rápidamente. Para alivio de Isabella, no hubo ninguna lectura.

Al terminar, Isabella quedó convencida de que Irina no exageraba al declararse la mejor cocinera del mundo. El primer plato era una espesa sopa de lentejas condimentada con hierbas y jamón. El segundo, carne asada en una salsa hecha cuidadosamente con su propia grasa combinada con castañas, setas y vino. El postre, manzanas a la miel, ligeramente sazonadas con canela y clavo y cubiertas de crema. Isabella comió hasta que no pudo más. Después se levantó y ayudó a Irina a recoger la mesa.

Las monjas salieron despacio de la sala para dormir la siesta en sus habitaciones, dejando solas a Kate, Irina y Isabella.

—Bien, ¿cómo estaba? —preguntó la cocinera, impaciente.

—Incomparable, como siempre —respondió Kate.

Habló como si rindiese el habitual tributo a una comida extraordinaria, pero Isabella vio que parecía angustiada y preocupada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Irina.

—Nada —se apresuró a decir la abadesa—. Sólo estaba preguntándome qué hacer con la muchacha.

—Fácil, envíasela a Chloe. Puede pasar una tarde tranquila con ella.

—No lo sé —dijo Kate insegura—. Chloe es como una mariposa. Sus cuentas nunca cuadran, sus cartas sólo salen cuando paso meses insistiendo y...

—Y todas sus alumnas la adoran.

—Sí —repuso Kate—, porque llena sus cabezas de sueños.

—No veo nada malo en unos pocos sueños, Kate —dijo Irina mirando a Isabella—, sobre todo a su edad. Mejor sueños, que pesadillas.

—Oh, de acuerdo. Supongo que ahora mismo es el mejor lugar para ella. Explícale lo de la hermana Chloe y envíala al scriptorium. Cuando hayas terminado, vuelve aquí. Tengo algo importante que discutir contigo.

—Muy bien. Isabella, ven a la cocina. Prepararé una bandeja para Chloe.

Isabella siguió a Irina y esperó mientras la cocinera cortaba el asado.

—Cuando entres —dijo Irina mientras ponía las rodajas en una fuente de plata—, verás que Chloe lleva un grueso velo sobre la parte inferior de su cara.

Isabella estaba echando crema sobre las manzanas.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque no tiene nariz.

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Bueno, creo que este será el último cap por hoy.

No olviden dejar sus comentarios.