Capitulo 17


Incompetente lo había llamado su padre. Demasiado achacoso para llevar sus asuntos. Una mancha en la noble tradición de su título. Y luego el cabrón se marchó a buscar a un abogado al que pudiera convencer de preparar el pleito y presentarlo al Tribunal de Facultades y Exenciones.

A Naruto no le cabía duda de que Minato tendría una buena oportunidad de obtener Longbridge en fideicomiso, hasta que un heredero cumpliera la mayoría de edad. Eso, suponiendo que Minato no encontrara la manera de impedir eso también.

Cierto que él no tenía gran impaciencia por traer al mundo un hijo al que ni siquiera podría ver, y mucho menos mantener.

¡Maldición! Difícilmente podía estar en desacuerdo con nada de lo que había dicho Minato. Era un tonto imprudente. Desde el instante en que mató a Yūra, había empezado a deslizarse hacia el infierno, y encima llevando con él a una inocente princesa campesina.

Aun en el caso de que ella quisiera liberarse de él, no podría casarse con Menma. En el país no había ni la tradición ni leyes que le permitieran a ella encontrar la verdadera felicidad, después de lo que había hecho él.

Ah, pero la princesa le había demostrado tener una fortaleza que él sinceramente envidiaba. Su inexplicable dedicación a él era exasperante, sí, pero extraordinariamente admirable a la luz de todo.

Esa monstruosidad que había hecho él, arruinarle la vida sin remedio, era sólo el comienzo. Si Minato ganaba el pleito, el escándalo sería mayúsculo. Su imprudencia y su necesidad de vengarse la habían arruinado, y lo más irónico era que Minato ganaría después de todo.

Cuando oyó el crujido de la puerta al abrirse, le hizo un gesto para que entrara, agradecido por una vez de la intrusión. Estaba harto de sí mismo. Oyó su vocecita tímida:

-¿Naruto? Cuando no bajaste a cenar pensé si... pensé que tal vez...

-No he estirado la pata, no me he tumbado sobre la colcha ni he llorado para dormirme -dijo él, sarcástico.

-Ah, bueno, entonces te dejo...

-¿A qué se debe esa repentina reserva, Hinata? Con todo lo que has disfrutado exigiendo mi atención...

Se levantó con cautela y se volvió hacia donde oía la voz.

-No quiero molestarte si estás... ,eh... sabes...

-Ven a sentarte conmigo, por favor. Esta noche estoy deseoso de compañía.

En un gesto insólito, tendió la mano hacia ella, y sonrió al oír su suave inspiración de sorpresa.

Pasó un momento, pasó otro momento, y por fin la oyó caminar por la habitación. Cuando ella le puso la mano en la suya, la llevó a sus labios, en un acto casi inconsciente de penitencia.

Oyó otra suave exclamación ahogada. Le soltó la mano, y luego oyó el frufrú de sus faldas. Se había sentado. A tientas buscó su sillón y se sentó, inseguro.

-Sin duda tienes curiosidad por saber lo que pasó -dijo, impasible.

-Mmm, sí.

-Bueno, Hina, detesto ser yo quien te dé la noticia, pero al parecer la luna se ha convertido en queso.

Ella guardó silencio; él percibió que estaba reteniendo el aliento. Con un suspiro de cansancio se pasó la mano por el pelo. No tenía ningún sentido postergar lo inevitable.

-Minato se propone quitarme Longbridge. Espero que por fin entres en razón y vuelvas a Blackpearl Grange antes que yo pueda hacerte más daño.

-Pero, pero eso es imposible.

-Imposible no, no es fácil tal vez, pero no imposible. Contratará al mejor abogado que pueda pagar para presentar su acusación.

Ella emitió una exclamación de incredulidad.

-¿Su acusación? ¿Qué acusación?

-Acusación de incompetencia, de incapacidad para administrar bien mis posesiones. Es un pleito en bien de futuros herederos. Va a alegar que yo mismo me cegué en un fallido intento de quitarme la vida, que estoy mentalmente incapacitado para ocuparme de mis asuntos. Por lo tanto, mis bienes quedarían en fideicomiso para mi hijo. Y naturalmente alegará que a él le corresponde ser el ejecutor de ese fideicomiso.

Se quedó callado, tuvo la extraña percepción de que ella se había ruborizado, que tenía las mejillas rojas.

-Pero si... no tienes ningún heredero -dijo ella en voz baja.

-Eso es un buen argumento -repuso él sonriendo-. Supongo que en teoría soy capaz, y eso es lo único que importa desde el punto de vista jurídico. No se parará en nada para arrebatarme Longbridge.

Extraño, pero se oía hablar como si estuviera hablando de otra persona, de alguien sólo remotamente conocido. No sentía ninguna emoción, nada, aparte de esa vaga sensación de vacío que siempre sentía cuando se trataba de Minato. En eso al menos, nada había cambiado.

-¿Pero por qué quiere hacer una cosa así? ¿Por qué siente... tanto...?

-¿Que por qué me odia tanto? -Se echó a reír con ironía.

¿Cómo podía explicárselo?-. Es una historia bastante larga, una historia nada apropiada para los oídos de una dama.

-¿Ah, sí? ¡Vamos! -exclamó ella, sorprendiéndolo con su repentina impaciencia-. Sé que me crees una simplona, pero no hay ninguna necesidad de que me trates como a una niña.

Sabía muy bien que lo estaba mirando furiosa, y sonrió.

-No te creó una simplona, Hinata -dijo riendo. En otro tiempo tal vez lo pensó, pero ya no-. Muy lejos de eso, en realidad. Pienso que eres una princesa, una mujer de inmenso valor -dijo en tono solemne-, pero ya te he herido mucho.

Y lo lamentaba, más que cualquier otra cosa que hubiera hecho, y eso era mucho decir para un libertino.

Por el crujido de las faldas se dio cuenta de que ella se movía inquieta en el sillón. Hubo un momento de silencio, y él casi la vio contemplando el fuego del hogar, sus ojos plateados nublados por dolorosa confusión.

-Ya es muy poco lo que puedes decir que me hiera -dijo ella finalmente, y se aclaró la garganta, como para reunir valor-. Sea lo que sea, estoy bien preparada para oírlo. No sé hablar más claro, Naruto. Quiero ayudarte, y haré cualquier cosa que esté en mi poder. No se puede borrar lo que ha ocurrido entre nosotros, pero... -Se le cortó la voz.

Él estuvo a punto de tenderle la mano, pero comprendió que no tenía sentido hacerlo. Cualquier consuelo que tratara de darle sería... demasiado tarde.

-Nada de lo que puedas decir cambiará mi manera de sentir -susurró ella.

¿Por qué? Dios santo, ¿por qué? ¿Qué había hecho él para merecer eso? ¿Qué lógica incomprensible podía perpetuar un sentimiento así? De acuerdo, entonces, no tenía más remedio que decírselo todo; todos los aspectos horribles. Ella tenía que marcharse, por su propio bien, y por lo visto no había otra manera de hacerla entrar en razón que contárselo todo, claro como el día, y esperar que por fin comprendiera.

-No me dejas alternativa -dijo con voz ronca.

-Entonces vale más que lo digas.

Habló, titubeante al principio. Le resultaba difícil decir en voz alta que su padre lo había despreciado desde que nació, y que consideraba una puta a su madre. Pero se obligó a hablar, y le contó cosas de su infancia que jamás había revelado a ningún alma viviente.

Mientras hablaba oía los tenues murmullos de pena que emitía ella al escucharlo, pero continuó sin amilanarse, con la voz cada vez más firme. Salieron de él las palabras; palabras que toda su vida había tenido encerradas en una parte remota de su alma, salieron en avalancha, cayendo unas sobre otras en su prisa por salir.

Habló de los malos tratos, de la adoración de Minato por Menma. Habló de Menma, que de ser un niño entusiasta y cariñoso se convirtió en un joven hosco y débil de carácter, que se escondía tras la promesa de Minato de heredar Rasenrengan Park.

Curiosamente azorado reconoció que había aceptado los retos de Minato, convirtiéndolos en oro, superándolo, fastidiándolo y derrotándolo de todas las maneras que se le ocurrían.

Tampoco se refrenó de hablarle de su afición a los prostíbulos y al juego, de la reputación de temerario que se habían ganado los Libertinos, y de los amigos, que significaban mucho más para él que sus familiares.

En un momento en que guardó silencio para recuperar el aliento y ordenar sus pensamientos, la oyó levantarse del sillón y sintió su aroma cuando pasó por delante de él.

Durante un instante de terror, pensó que se había marchado, asqueada, pero ella volvió y le puso entre los dedos una copa de coñac. Agradecido, lo bebió, sintiendo pasar el ardiente líquido por la garganta. Después, ronco por el coñac, le contó cómo le había dado a Minato el motivo que éste necesitaba para desheredarlo.

Todo salió de su boca a borbotones, cada minuto de ese aciago fin de semana en que mató a Yūra, cada pensamiento, cada momento de terror en ese campo de trigo.

La conmoción que sintió cuando vio la pistola apuntada a su pecho, su espanto, al comprender que había matado a uno de sus mejores amigos, el sentimiento de culpa que no lo abandonaba.

Le contó la escena en que Minato lo desheredó, y cómo la había buscado a ella, en un estado casi de locura por vengarse. Le dijo cuánto lamentaba lo que le había hecho al decirle la verdad de esa manera tan odiosa, y cómo el pesar por haber hecho eso lo llevó a beber hasta quedar en tal estado de inconsciencia que no recordaba qué le ocurrió con esa arma.

Cuando por fin terminó, el martilleo en la cabeza era constante, y el dolor casi insoportable.

Pensó que transcurría una eternidad mientras esperaba que ella hablara.

-Lo entiendo todo menos una cosa -dijo ella al fin-. ¿Por qué ha despreciado a su hijo desde que nació?

Ah, sí, eso era lo único a lo que no se sentía capaz de ponerle voz. Pero ahí estaba todo, toda su vida, expuesta como trocitos de escombros diseminados en el suelo entre ellos, excepto aquello que lo había destrozado todo al principio.

-Porque fui concebido fuera de los lazos legítimos del matrimonio -dijo, y se rió amargamente, casi se ahogó de risa.

-¿Cómo sabes eso? -preguntó ella.

-Porque ninguna otra cosa lo puede explicar. Los insultos que le decía a mi madre, su desprecio por mí, su absoluta adoración por Men. Soy hijo bastardo de mi madre, Hinata, y por eso Minato me odia.

Volvió a reírse, esta vez con desesperación, deseando poder retractarse de todo lo dicho y pisotear la verdad que lo condenaba a él y le daba todo a Menma.

-No soporta reconocer que mi madre le puso los cuernos. Prefiere destrozarme a mí, puesto que soy el único recordatorio de su infidelidad. Y creo que finalmente podría lograrlo. -Hizo una fuerte inspiración, se sentía ahogado-. Por eso debes marcharte, princesa. Este es mi destino, no el tuyo, y no puedo soportar que sufras ningún daño. Este es mi secreto sucio, y tú no tienes por qué pagar las consecuencias.

El silencio que llenó la habitación lo amilanó, notaba dificultad para respirar, sintiendo en los oídos y la cabeza el martilleo de su secreto.

Hizo más inspiraciones, suplicando a Dios en silencio que le permitiera volverla a ver una vez más, verla en ese momento, ver si todavía había luz en sus ojos... o había la repugnancia que él temía.

Sólo se dio cuenta de que ella se había movido cuando sintió su mano en la suya y luego el roce de sus labios en sus dedos.

-No permitiré que te haga más daño -susurró ella. Él gimió en su interior: eran tantas las cosas que ella no podía comprender de ninguna manera, las cosas que pueden hacerse mutuamente un padre y un hijo; su alma tierna no debería conocer jamás la negrura de que son capaces los hombres.

-Lo juro por mi vida, no permitiré que te vuelva a hacer sufrir -dijo ella, tironeándole ligeramente la mano-. Nadie volverá a hacerte daño.

Le dio otro tirón y lo puso de pie.

-Hinata...

-Shhh.

Le puso un dedo en los labios y luego lo alejó lentamente del sillón. Él la siguió sin darse cuenta, inconsciente de todo lo que no fuera su angustiosa necesidad de verla. Sorprendido cuando su pierna chocó con la cama, no tuvo tiempo para reaccionar cuando ella lo empujó y lo tumbó en la cama. Cayó de lado, y Hinata cayó encima de él.

-Te amo, Naruto -susurró y al instante le cubrió la boca con la suya.

«¡Imposible!», gritó su mente, y trató de quitársela de encima, asustado de muerte del significado de esas palabras, y de que se las hubiera dicho en ese momento, después de todo lo que le había contado.

Pero el contacto de sus labios le activó algo en su interior, y de pronto sus esfuerzos por apartarla se convirtieron en un fogoso abrazo. Introdujo los dedos por entre sus rizos, le cogió la cara entre las manos, le palpó el cuello, los ojos y las orejas.

Hinata se montó sobre él; entre ellos sólo había unas pocas y finísimas capas de ropa.

Las manos y el cuerpo de Naruto actuaron frenéticos, febriles, acariciando cada curva, buscando su cálida piel. Hundió la cara en su cuello y deslizó la lengua por el interior de su oreja, aspirando su aroma. Mientras tanto ella trabajaba con igual ardor; le quitó la corbata y bajó rápidamente los dedos desabotonándole el chaleco.

El sintió que su camisa salía de sus pantalones y luego de su cuerpo. Sus delicadas manos estaban en todas partes, acariciándolo, deslizándose por su pecho y luego siguiendo la ruta de su finísimo vello hasta las ingles.

Naruto retuvo el aliento cuando ella le pasó la lengua por una tetilla, mientras con las manos trataba de liberar su miembro excitado de su encierro en los pantalones. Era un acoso, un ataque ciego a todos sus sentidos, y se sintió loco por ella.

Desesperado buscó a tientas los broches de su vestido, le liberó los pechos y gimió de placer al sentirlos hincharse en sus manos. Se sentó, sujetándola firmemente en su regazo, para coger en la boca un suculento pecho, succionando el pezón endurecido.

Con una mano ella le rodeó el miembro rígido haciéndolo arder de deseo, con la otra mano lo empujó hasta dejarlo de espaldas otra vez, y le bañó la cara con besos, le besó los ojos ciegos, la nariz, los labios, y siguió bajando, dejando una estela de besos ardientes por su pecho.

Y luego, ay Dios, continuó hasta detenerse en el ombligo e introdujo la lengua en sus pliegues. Él retuvo el aliento, todas sus fibras ardían con unas llamas que le lamían hasta los recovecos más profundos del alma. Palpaba su cuerpo como jamás había tocado a ninguna mujer, consciente de todos los lugares que tocaban sus manos, del aroma de su pasión y del sonido de su impaciencia.

Cuando ella le tocó la aterciopelada cabeza del pene con la lengua, Naruto se sacudió violentamente.

-Shh -susurró ella y le recorrió todo el miembro con la lengua.

Resollante, él trató de no retorcerse debajo de ella como un animal; pero fue en vano, ella le estaba destruyendo el autodominio, provocándole unas ansias que lo hacían estremecer de expectación.

Ella apartó los labios el tiempo suficiente para pasar a deslizarlos por la suave piel de sus testículos. Naruto se incorporó bruscamente, apoyándose en los codos, pero la mente le quedó en blanco cuando sintió los labios de ella deslizarse por todo su miembro, y otra vez, excitándolo hasta el extremo de la locura.

La excitación era avasalladora, peligrosamente cerca de perder el control, se sentó, a tientas la encontró, la levantó como una muñeca de trapo y la rodeó con su brazos estrechándola fuertemente. Los labios de ella se posaron suavemente en los suyos, y continuó la salvaje seducción introduciéndole la lengua en la boca.

Naruto hurgó entre las faldas hasta subírselas por encima de las caderas y luego le deslizó las manos por entre los muslos. Hinata ahogó un gritito con la boca sobre sus labios, él le sopló un silencioso gemido de placer por la boca al descubrir que estaba mojada de deseo.

Introdujo los dedos en ella y con el pulgar le acarició el centro de placer hasta que ella emitió un gritito y de pronto cambió de posición, levantándose por encima de su duro miembro.

Él la penetró. Una y otra vez embistió con fuerza, enterrándose totalmente, su cara hundida en el valle formado por sus pechos, tratando de cogerlos totalmente dentro de su boca, tal como el cuerpo de ella lo cogía a él. Y así continuó enterrándose en ella, tratando de tocarle el alma.

Con cada embite se iba acercando más a la culminación, y cuando la sintió contraerse alrededor de él, se sintió incapaz de contener por más tiempo la necesidad de liberar su simiente vital en el centro mismo de ella.

Fue Hinata la que gritó primero. Le enterró los dedos en los hombros, estremeciéndose y contrayendo la vagina alrededor de su miembro, y provocándole un intenso orgasmo.

Con un sofocado sollozo de éxtasis, Naruto se liberó en ella con una potente embestida, y luego otra, y otra más, hasta quedar agotado, seco, y absolutamente pasmado por lo que acababa de ocurrir.

Asustado, la cogió en sus brazos y apoyó la cara en su cuello, meciéndola suavemente mientras el fuego de la pasión iba menguando en sus cuerpos. Hinata lo tenía abrazado con igual fuerza, rodeándole la cabeza con los brazos y jadeando en su pelo, los latidos peligrosamente irregulares de su corazón al mismo ritmo que los de él.

Lentamente se dejó caer hacia atrás, atrayéndola con él hasta quedar de espalda en la cama más o menos enterrado cerca del vientre de ella.

-Mi querida princesa -susurró, reverente-. Mi Hina diablesa, ¿qué me has hecho?

Ella no contestó, un sollozo le cerró la garganta y hundió la cara en su cuello. Él sintió el caliente camino de las lágrimas y por fin, por fin, las entendió. Él había estado a punto de llorar también.

Estuvieron así abrazados durante lo que parecieron horas, hasta que por su respiración él comprendió que ella se había dormido. De todos modos, no quiso apartarse, temeroso de perder la magia que acababan de compartir. Se sentía vivo, jamás en su vida había hecho el amor con tanta intensidad ni sentido emociones tan sinceras, como la maravillosa dicha de darle la satisfacción que con tanta desesperación él deseaba y recibía.

Y mientras la tenía estrechamente abrazada, curiosamente, recordó lo que dijo el párroco en el funeral de Yūra.

«Conoce el amor y la vida, y conoce la misericordia.»

Qué burla le parecieron esas palabras entonces, y qué extraordinarias las encontraba en esos momentos. Su percepción debía de ser terriblemente mala, pero en ese momento entendía con nítida claridad.

La princesa de la granja, la mujer con quien se casara en un acto de venganza, le había enseñado qué era la misericordia.

En realidad se la había enseñado incontables veces, perdonándole todo lo que él creía que lo condenaba, aun mientras suplicaba a Dios misericordia, se creía maldecido e indigno de ella. Y todo ese tiempo, sin que él la valorara ni agradeciera, su ordinaria esposa campesina había estado tratando de enseñarle la verdadera misericordia. Pero él había estado condenadamente ciego para verlo.

«Que Dios me perdone.» Había estado ciego desde mucho antes del accidente, ciego a sus muchas cualidades, ciego a su espíritu único y misericordioso, a la vida que ella podía darle, se la mereciera o no. Ella no le había dado la espalda ni una sola vez, ni siquiera cuando él fue tan brutalmente franco.

Había oído toda la horrible historia y contestado enseñándole lo que significaba hacer el amor, guiándolo en una de las experiencias más extraordinarias de su vida, si no la más aterradora.

No tenía idea de lo que significaba sentir así, no tenía idea de lo que vendría después, si al día siguiente esos sentimientos serían igual de intensos, o si sólo se harían más fuertes.

¡Ay, si pudiera verla! Daría su vida por mirar una vez más esos grandes ojos perlas, por ver el hoyuelo de su radiante sonrisa, que veía tan glorioso en su imaginación.

¡Maldición! ¿Por qué no la había mirado más a menudo? ¿Por qué no había memorizado sus rasgos, su maravilloso cuerpo, sus cabellos sedosos?

De pronto se puso de rodillas.


Hinata pensó que estaba soñando, las suaves caricias que sentía le parecían el delicado roce de la brisa en su piel. Adormilada, abrió los ojos y lo vio inclinado sobre ella, de rodillas, con la cara arrugada en un gesto de concentración que parecía bastante feroz a la tenue luz del fuego mortecino del hogar. La estaba acariciando y palpando toda entera, pulgada a pulgada. Pero no sólo acariciando, la estaba examinando. Se movió.

-Quédate quieta, cariño -susurró él-, quieta.

El corazón le revoloteó en el pecho, y fascinada, observó su examen; no le dejaba un trocito de piel sin tocar, dejándole una estela de cálido hormigueo. Lenta y metódicamente él fue siguiendo los contornos de su cuerpo, pasando los dedos por los dedos de los pies, luego las rodillas, la curva delantera de los muslos y luego el vientre y el pecho.

Con reverencia le acarició la piel de los brazos y luego el cuello.

-¿Qué haces? -le preguntó en un susurro, cuando él dobló los dedos alrededor de sus orejas.

-Estoy viéndote -contestó él, trazando una línea por sus labios.

Luego pasó a los ojos y de ahí al cabello. Cuando llegó a la coronilla de la cabeza y metió los dedos por entre los rizos, suspiró anhelante, se tendió a su lado y la besó tiernamente mientras bajaba la mano hasta sus pechos nuevamente.

Le hizo el amor con suma lentitud, tomándose tiempo para acariciarle cada parte de su cuerpo con manos y boca, friccionando y saboreando su piel, y el ardor de su deseo en la entrepierna.

Su lengua estaba en todas partes, en cada recoveco, en todos los lugares que, ella no dudaba, la enviarían directamente al infierno; pero no le importó.

Ese atisbo de cielo valía cada momento de condenación eterna. Su excitación empezó a aumentar cuando él le lamió la sensible piel de la entrepierna. Intentó apartar el cuerpo, debatiéndose, cuando él comenzó a mover la lengua entrando y saliendo una y otra vez de su parte más íntima. Entonces Naruto le cogió las caderas, sujetándola firmemente y hundió la cara en el valle de la entrepierna, atormentándola con dientes y lengua.

Una intensa urgencia reverberaba en toda ella, pero él se tomó otro tiempo más. Levantó el cuerpo y la penetró lentamente, mientras le acariciaba la cara y el cuello con dulces besos.

Tierna y suavemente la excitó con un ritmo seductor, deteniéndose cuando ella estaba al borde del extravío, y luego comenzaba de nuevo toda la extraordinaria experiencia, sin dejar de acariciarla, palparla, verla. Cuando al fin ella le suplicó que tuviera piedad, la lleva a otro pináculo más de satisfacción etérea, susurrando su nombre una y otra vez.

Con un último gemido de placer, él también encontró su liberación. Y Hinata se sintió como si estuviera flotando por encima de ella cuando, estrechándola en sus brazos, él rodó hasta quedar de costado. Sólo cuando oyó la respiración profunda de su sueño, finalmente volvió flotando a la tierra, segura en sus brazos.

Cuando por fin Hinata despertó de un sueño profundo y delicioso, Naruto no estaba en la cama. Lo primero que pensó fue que él la había vuelto a dejar, como hacía siempre.

Pero no, no, se dijo al instante, eso no podía ser, después de esa noche. Se bajó de la cama, se echó encima una sábana y entró a toda prisa en sus aposentos, donde se lavó y vistió rápidamente, tratando de dominar la creciente sensación de urgencia y miedo. Lo ocurrido entre ellos esa noche había sido un sueño, y no podía estar totalmente segura de que no lo había sido. ¿Se había imaginado una efusión de emoción?

¿Se había imaginado cómo él se aferraba a ella? ¿Había visto emociones que en realidad él no sentía? Ciertamente no sería la primera vez que hacía eso. Pero esa noche, esa noche había sido distinta a todas las demás veces anteriores. ¡Él no podía ser tan insensible!

Bajó al vestíbulo, donde encontró al lacayo Hosho en su puesto.

-Buenos días, milady -la saludó él, deteniendo una mirada curiosa en sus cabellos.

Ella se apresuró a pasarse los dedos por los rizos revueltos, metiéndose tímidamente detrás de las orejas todos los que pudo.

-Buenos días, Hosho. ¿Has visto... has visto a lord Uzumaki? -le preguntó, nerviosa.

-Sí, milady -dijo él sonriendo-. Está en su estudio.

En su estudio. ¿Se habría encerrado ahí para no verla? Asintió y tomó la dirección del estudio, caminando pausadamente, cuando Hosho ya no podía verla, echó a correr por el corredor. La puerta del estudio estaba cerrada, naturalmente. Puso la mano en el pomo, pero la retiró al instante. ¿Y si hubiera sido un sueño? ¿Cómo lo soportaría si él se mostraba indiferente con ella esa mañana?

O peor aún, ¿si otra vez empezaba a insistir en que se marchara? ¡Jamás podría dejarlo! Le sería imposible vivir sin sus caricias; su cuerpo aún sentía el calor de esas caricias.

Volvió a poner la mano en el pomo y volvió a retirarla rápidamente, agitando la cabeza, confundida. No, no. Le sería imposible seguir allí si él no sentía lo mismo que sintió ella esa noche. Pero es que lo había visto, lo había sentido, se había entregado a su pasión, y oh. Dios, con qué pasión le había correspondido él.

Sí, pero él se había mostrado apasionado antes. De acuerdo, sí, se había mostrado apasionado antes, pero no con la misma... intensidad.

De todos modos, igual le insistiría en que se marchara de Longbridge por su propio bien. «Al parecer, la luna se ha convertido en queso», le había dicho, arrojándole a la cara su muy elegante negativa a marcharse. ¿Y si le decía que se marchara? Ah, bueno, eso era muy sencillo, pensó, poniendo en blanco los ojos. Se moriría, ahí mismo, sin más.

¡Qué ridícula soy!, pensó. Hizo una respiración profunda, cogió el pomo, lo giró y abrió un poco la puerta. Los nervios la atacaron con sorprendente fuerza, tuvo que obligarse a asomar la cabeza por el espacio entre la puerta y el marco para mirar hacia el escritorio.

Su marido estaba ahí, sí, increíblemente apuesto. Kakashi estaba sentado frente a él, leyendo un periódico semanal, en voz alta. Como hipnotizada, entró, pero se quedó tímidamente junto a la puerta, escuchando.

-El dos por ciento ha molestado la sentencia...

-Manifestado la tendencia -corrigió Naruto pacientemente. Kakashi lo miró y volvió a mirar el periódico, alejándolo un poco.

-Ah. -Se aclaró la garganta-. Manifestado la tendencia a un sentimiento batido...

-Creo que quieres decir crecimiento rápido -dijo Naruto, con una insinuación de sonrisa en los labios.

Kakashi frunció el ceño y se movió nervioso fijando la vista en el texto.

-Crecimiento rápido y brujas caídas.

-Bruscas -dijo Naruto, ensanchando la sonrisa.

-Maldita sea, milord, es que no veo bien las palabras de esta página -exclamó Kakashi, frustrado. Naruto se echó a reír.

-Eso es ver bastante mejor que yo -dijo, y volvió a reírse, sin saber que la sangre abandonaba rápidamente la cara de su mayordomo-. Tal vez lady Uzumaki quiera relevarte -añadió, haciendo un gesto hacia la puerta.

Hinata se quedó con la boca abierta. ¿Cómo lo supo? Como si le hubiera leído el pensamiento. Naruto dijo riendo:

-No veo, pero oigo bastante bien. Hinata, ven por favor y releva a Kakashi. Es patéticamente présbita.

-Por favor, milady -suplicó Kakashi, levantándose de un salto y agitando el periódico hacia ella.

Hinata avanzó indecisa y cogió el periódico.

-Si me perdona, milord -continuó Kakashi-, en realidad yo debería estar... en otra cosa.

Haciendo una rápida inclinación ante ella, como un pajarito, se precipitó hacia la puerta.

Naruto rió con afecto cuando se cerró la puerta.

-Tiene muy buena cabeza para dirigir la casa, pero con la palabra escrita es un inútil. ¿Tal vez tú querrías tener la amabilidad de terminar de leer las noticias financieras?

-No faltaba más.

Se sentó en el borde del sillón que había ocupado Kakashi y empezó a leer.

Mientras la mente le daba vueltas hecha un torbellino, de su boca fueron saliendo palabras sobre valores bursátiles, la quiebra de una naviera y las últimas noticias de París.

De tanto en tanto lo miraba disimuladamente, en busca de algo, de cualquier cosa que le indicara que él no había sentido tan intensamente como ella esa noche, que para él había sido un apareamiento más.

Pero él no le dio ninguna indicación; tenía los ojos fijos frente a él, como si estuviera mirando despreocupadamente uno de los cuadros pintados por ella.

Cuando comenzó a leer las noticias sobre la industria del carbón, él susurró dulcemente:

-Hueles a cielo.

-¿Q-qué?

-El perfume es de rosas. Te pones agua de rosas en el pelo. - Sin apartar los ojos del cuadro, sonrió levemente y preguntó-: ¿Cómo está el tiempo?

Una ancha sonrisa curvó los labios de Hinata, y bajó el periódico a su falda.

-Brilla el sol.

-Ah, oí decir que sigue ahí. ¿Si quisiera salir a dar un paseo por los jardines podría sentirlo a mí alrededor?

A ella le brincó el corazón con renovada esperanza.

-Sentirías cada rayo, creo yo -contestó sonriendo. Naruto le dirigió una encantadora sonrisa juvenil.

-¿Entonces puedo pedirte el inmenso favor de tu compañía? Yo solo no podría absorber todo ese sol.

Ella sintió deseos de llorar. Santo cielo, el deseo de llorar era avasallador. O sea que él había sentido la intensidad de su acto de amor. Había cedido, por fin, había cedido a un sentimiento por ella. Se puso de pie de un salto, sin importarle que el periódico cayera al suelo.

-Nada me gustaría más. ¡Pero espera! -exclamó alegremente-. Tengo una cosa para ti.

Él contestó algo pero ella no lo oyó. Ya iba volando por el corredor hacia el vestíbulo, donde paró en seco delante de Hosho.

-El bastón, Hosho, ¿lo recuerdas? Te lo di hace unas semanas.

-Sí, el bastón -dijo el lacayo con una ancha sonrisa-. Sí que hace un hermoso día para un paseo, milady.

Hinata saltó nerviosa de uno al otro pie.

-Sí, ¿el bastón, Hosho?

-Está aquí -la tranquilizó él.

Hurgó en un paragüero y sacó un hermoso bastón de caoba, con la empuñadura de latón en forma de cabeza de águila. Ella lo había descubierto en sus exploraciones de la casa los primeros días de su estancia ahí, y después del accidente de Naruto lo fue a buscar, con la esperanza de que él aprendiera a usarlo para caminar sin ayuda por todas partes.

Sonriendo, lo cogió de manos de Hosho y echó a correr de vuelta al estudio. Pero no alcanzó a dar muchos pasos.

Naruto venía por el corredor, solo, con tanta facilidad como si tuviera vista, aprovechando los cordones que ella había fijado a la pared. Hinata se mordió el labio para no estallar en sollozos de gratitud.

Naruto volvería a vivir.