Disclaimer: Nada me pertenece; hago esto solo por diversión. La historia le pertenece a M.N Téllez y los personajes son de Mizuki e Igarashi.


CAPITULO VIII

Dejó el lecho la afligida Candy continuando su llanto. En tan inmenso dolor no tenía más consuelo que apretar contra su pecho aquel corazón, regalo del más fino y cariñoso amante. Hubiera pasado así todo el día; pero el temor de que la vieran de aquel modo los del castillo, la hizo acercarse al espejo para componer su semblante. ¡Qué sorpresa!, el espejo había sufrido un cambio, las manchas habían desaparecido, el cristal estaba limpio, terso y brillante; y en lugar de la marca de la sierpe, se veía una cifra qué Candy cree reconocer. ¡Ella la ha visto!, sí… ¿En dónde?... ¡Oh! es la cifra que tenía aquella bellísima concha que el Príncipe le regaló, que ella guardaba en su castillo de la Falda, y en la que fue recogida la sangre bienhechora que en hora feliz había borrado su antigua marca. Esta cifra a la que Candy llamaba «la cifra misteriosa», derramó en su corazón dulcísimo consuelo. Besóla con ternura, y fijando su vista en el cristal no vio los monstruos que la espantaban ni tampoco vio por entonces su propio rostro; mas en lugar de todo esto dio retratarse en el espejo un jardín que al instante reconoció. ¡Era aquel en el cual, ayudada por el Príncipe en tiempo venturoso, había plantado tan hermosos y variados árboles que producían tan Bellas flores y tan sabrosos frutos! Un profundo suspiro se escapó de sus labios y sus ojos quedaron fijos en aquel espejo. Vio debajo de un árbol a un hombre que tenía recostado en sus brazos a un joven desmayado. Al punto conoció al caballero que procuraba aliviar al moribundo. ¡Era Albert! No podía conocer al joven, pues el accidente que padecía le había cubierto de mortal palidez y descompuesto todas sus hermosas y varoniles facciones; pero al mirar con más atención echó de ver que tenía en las manos un corazón de oro abierto. Entonces cayó en cuenta de quién era el moribundo; pudo leer en el corazón las funestas palabras que ella había tenido la crueldad de escribir. Todo lo comprendió. ¡Ella, ella, ingrata, daba la muerte a quién debía la vida! A esta desgarradora idea sintió despedazarse su corazón de dolor. Rompió a llorar, y mojaba su espejo con sus lágrimas. Por fin exclamó sin poder contenerse: «—Anthony mío, dulcísimo Anthony mío, ¿es posible que la que tú tanto has amado así haya traspasado tu corazón? ¿Has muerto, gloria mía? ¡Oh, si pudiera devolverte la vida con mis lágrimas! Yo he sido infiel, te he cubierto de humillación y vergüenza delante de tus enemigos. Pero, Dueño mío, yo lo juro, sí, lo juro; si desmerecido la dicha de ser tu esposa, jamás, no, jamás lo seré de tu enemigo; no quiero que nadie se glorie de poseer un corazón sobre el cual tú sólo tienes derecho y que a ti sólo ha debido pertenecer». Continuaba llorando y la imagen iba desvaneciéndose poco a poco. Cuando falto del todo, ella dejando el espejo se arrojó al suelo, golpeó su rostro, arrancó sus cabellos, arrojó lejos de sí las joyas con que acostumbraba a adornarse. «—No quiero adornos —dijo—, no los quiero. Yo llevaré perpetuo luto, es lo que me conviene; yo soy viuda, viuda soy: mi esposo ha muerto».

Se alzó del suelo y recorrió el aposento a grandes pasos; al fin le faltaron las fuerzas, cayó desplomada en un sillón y quedó abismada en su dolor… Al cabo de algún rato oyó a lo lejos a Eliza que venía, según su costumbre, cantando una canción. Por la primera vez sintió pesar al escuchar aquella voz. «—¡No puedo, no quiero verla!», exclamó; y levantándose presurosa abrió la puerta y echó a huir en dirección contraria. Corrió sin parar por los parajes más solos del castillo, porque no quería ser vista de nadie, hasta que llegó a un patio abandonado y solitario a donde no había ido nunca, pues no frecuentaba más que los salones de bailes y de banquetes.

Por fin estaba sola y a dónde, según esperaba, nadie la seguiría. Este patio estaba entero abandono; la hierba crecía y solo era interrumpido el silencio que allí reinaba por uno que otro pajarillo que al pasar volando hacía escuchar sus gorjeos.

Candy se dejó caer y quedó inmóvil. ¡Cuántos pensamientos le ocurrieron a cual más tristes! ¡Tan infeliz ella que podía ser tan dichosa! Había desechado la aventura con que gratuitamente se le había brindado. Ese patio inculto, abandonado de su dueño, le daba idea de ella misma. Sentóse sobre la hierba y se abandonó a sus reflexiones: estaba sola y la soledad no le era espantosa, por el contrario, experimentaba una especie de tranquilidad, de reposo, un cierto bienestar que en vano había buscado en medio de sus tumultuosos placeres.

De repente llamó su atención un objeto blanco que se movía entre la hierba, miro con cuidado y percibió una corza blanca como la nieve, que se divertía saltando de una a otra parte. Al mirarla Candy sonrío con infantil candor como si olvidara por un momento todos sus pesares; hízole seña para que se acercarse, y el manso animalito obedeció al instante y se estregaba contra ella; brincaba y saltaba haciéndole mil caricias y como pidiendo que se las correspondiera. Candy pasó su mano por la blanca y suave piel del agasajador animal, y estuvo largo rato divirtiéndose con acariciarla y con sus juegos, sus brincos, y sus halagos.

Cuando fue necesario se adornó moderadamente y se presentó en los salones, procurando ocultar su mudanza, temerosa de que descubriesen su ya tan amado retiro.

Por momentos esperaban los del castillo al Príncipe de las Negras Sombras; tanto como los otros lo deseaban más lo tenía Candy, así es que vio con gusto pasar aquel día sin que llegase aquel a quien aborrecía ahora más que nunca.

Al día siguiente apenas se hubo levantado, acudió a mirar a su espejo. Después de haber contemplado algunos momentos la cifra misteriosa que le causaba tan dulces impresiones, fijó su vista en el cristal: la visión amada no tardó en aparecer. Vio pintarse en el campo del espejo el conocido jardín. El bizarro Príncipe apareció también; pero en su rostro se pintaba tal amargura, que hizo estremecer el corazón de la que lo contemplaba. Se paseaba agitado por el jardín, alzaba al cielo sus humedecidos ojos, luego se sentaba bajo un árbol en tal abandono, que parecía iba a desfallecer. Su fiel compañero, Albert, no tardó en venir a ponerse a su lado, y cómo entonces el afligido Príncipe arrojándose en sus brazos dio libre curso a su copioso llanto.

Candy le acompañaba con el suyo. «—¡Ah! —decía—, Señor mío, que no podéis oírme: yo os he agraviado, sí, os he agraviado; pero ¡ah! ¡cómo este recuerdo despedaza mi corazón! Albert, ¡ah, fiel amigo de mi agraviado Dueño!, ven en mi auxilio, arráncame manos de mis enemigos y condúceme a su presencia, no para ser su esposa, pues tal dicha he desmerecido; sino para satisfacerle con mi tormento, para que sacie en mí su justa venganza, para que no se glorien sus enemigos de poseer una cosa que le pertenece».

Enseguida vio en el espejo qué Albert estrechaba y besaba la mano del Príncipe y enjugaba respetuosamente sus lágrimas y el sudor de su frente. Candy cubrió el espejo con sus lágrimas y repetía mil besos sus juramentos de no verificar nunca su detestable enlace con Neil, ya que por su dicha aún se hallaba tiempo de renunciarle. No era ya el temor de aquella férrea, inquebrantable puerta, ni aquella corona incandescente lo que le inspiraba semejante resolución. Pero, ¿cómo podía sufrir que aquella en quien el incomparable Príncipe de las Luces se había dignado poner sus ojos, viniera a ser esposa de su adversario? La visión se fue desvaneciendo poco a poco y Candy, que había desahogado su dolor a torrentes de lágrimas, sintió dulce alivio angustiado corazón.

Tan pronto como pudo volvió al solitario patio esperando la vista de la víspera, y no quedo engañada, pues a poco entró la misteriosa y agraciada corcita. Al estarla acariciando Candy le vio un collar que adornaba su blanco cuello. «Quizá —pensó la joven—, aquí estará el nombre del dueño de este gracioso animalito». ¡Pero cuál fue su sorpresa al mirar el collar de la corza la cifra misteriosa! Abrazó muy cariñosamente al pequeño animalito y le decía llorando: «—¿A quién perteneces, gracioso animalito? Dime, ¿le has visto? ¿Se acuerda alguna vez la más ingrata criatura? ¿No ha muerto de dolor?» La pequeña corza, como si entendiera, daba saltos y brincos agasajándola, con esto le cobró más afición.

Transcurrieron algunos días durante los cuales Candy no faltó en acudir muy de mañana a mirar su espejo, en el cual gozaba de la dulce presencia del Príncipe, quién se dejaba ver en diferentes actitudes, pero siempre triste. Ella derramaba copiosas lágrimas que cada día iban siendo más dulces, después de haber llorado, experimentaba indecible alivio en su corazón. Enseguida bajaba al patio de la corza y se entretenía como una niña jugando con su graciosa compañera. A hora oportuna se presentaba en los salones, donde se portaba con tan discreta cautela, que jamás los del castillo pudieron ver en ella ni la menor señal que pudiera hacerles sospechar su mudanza.

Todos los cortesanos estaban inquietos por la tardanza de Neil y no sabían a qué atribuirla; sólo Candy se regocijaba y comenzaba a concebir esperanzas de no verle más a su lado. «—¿Estará prisionero? —decía, y a esta idea su mente se exaltó y su corazón latió de gloria—. Sí, ¡que triunfe! —decía a solas—, que triunfe mi glorioso vencedor, que haga sentir a los rebeldes el peso de su indignación y que obligue a sus enemigos a lamer la tierra. ¡Que triunfe!, que los despoja de todas sus posesiones; que llegue hasta los últimos confines, que yo misma sea conducida a su presencia. Señor, le diré, yo soy la culpable y desgraciada Candy; no tengo vuestro anillo, llevo la marca de vuestro enemigo, vuestra indignación es justa; pero, excelso Príncipe, el nombre de aquella bondad que os hizo poner los ojos en esta miserable; el nombre de aquel amor que me mostrasteis cuando fui un día agradable a vuestros ojos; en nombre de aquella preciosa sangre con que borrasteis mi antigua marca, os ruego escuchéis mi petición. Descargar sobre mí el peso de vuestra ira; castigadme como gustéis; mandadme atormentar en vuestra presencia, pero no me arrojéis lejos de Vos».

Aquellos tumultuosos placeres en que había buscado antes el olvido sino el remedio de sus penas, habían venido a hacer para ella un doloroso suplicio que sufría con prudente paciencia esperando con ansia que llegara la hora de retirarse a su aposento, donde entregada Elroy al sueño, ella lograba encontrarse sola y se entregaba a sus pensamientos.

Una noche el sueño había huido de sus ojos, y su amargura se dejaba sentir con más vehemencia. Una luz desconocida le representaba con grande claridad lo deplorable de su situación, lo incierto, lo terrible de su porvenir; pero, sobre todo, crecía su dolor considerando los tormentos que despedazaban el corazón de su noble amante. «—¿Qué hará ahora —decía—, el amado bien de mis amores? ¿Velará inquieto? ¿Verterá doloroso llanto? ¡Si pudiera hablarle! ¡Si pudiera comunicarme con él! ¡Ay de mí! —añadió—: ¡Él lo había previsto! ¡Él me había dado un medio de comunicación!, y yo… ¡ay de mí!... ¡Yo he abusado tan indignamente de él!» Y sin embargo, continuó tomando su corazón de oro, que ya no apartaba un momento de su cuello. «—¡Si me atreviese yo a escribirle! ¡Es el Príncipe tan generoso, tan bueno! Le escribiré, sí —dijo—, y abriendo el punto su corazón se presentaron a sus ojos medio borrados los últimos caracteres que había escrito. «—Yo he firmado. ¡Ay de mí! —exclamó casi llorando y bañando con sus lágrimas el abierto corazón—. ¿Qué delirio, qué funesto delirio, qué miserable orgullo me arrastró a escribir estas palabras? ¿Era para esto, amado bien de mi vida, para lo que con tanta ternura colgasteis a mi cuello esta cadena? ¡Oh, días de mi perdida felicidad!»

Candy continuaba llorando; mas repentinamente sintió un impulso, un vehemente deseo de escribir al Príncipe. Limpió su corazón que estaba mojado con sus lágrimas, y advirtió con gozo que los ofensivos caracteres se habían borrado del todo y la lámina del corazón estaba limpia e inmaculada. Entonces tomando su punzón escribió: «Excelso Príncipe de las Luces…» Y no osó poner otras palabras. Cerró el corazón y espero un rato. ¡Inútil esperanza! El corazón no se movió. «—Lo merezco —dijo Candy—. ¡Cuántas veces yo fui sorda a sus dulces reclamaciones, y sin embargo, yo continuaré llamando a sus puertas!... ¿Qué sé yo…? Quizá algún día su clemencia me abrirá». Pasó llorando el resto de la noche, y a la mañana siguiente acudió a su espejo anhelando gozar de su acostumbrada visión, pero por más que estuvo esperando no se dejó ver. Rompió a llorar de nuevo, y cuando del todo hubo perdido la esperanza, afligida bajó al patio de la corza, sí sentóse sobre la hierba y estuvo esperando largo espacio de tiempo sin que se dejará ver la deseada compañera.

Entonces sí que Candy se creyó del todo abandonada. ¿Cómo podría vivir en adelante si le faltaban todos los objetos que hacían soportable su penosa situación? ¿Qué sería de ella si aquel gracioso animalito no apareciese más? Le parecía haber hallado en la corza una dulce amiga con quien compartía sus penas; no podía resolverse a vivir sin su amada compañera; se sintió poseída de profunda tristeza, y como estaba fatigada y había pasado en vela la noche anterior, se adormeció de tedio, reclinó su abatida cabeza sobre la hierba y quedó rendida a un profundo sueño. Entonces le pareció que descansaba sobre una alfombra de blando y oloroso césped y que su cabeza se apoyaba en el tronco de un Árbol de los Perfumes; las aves se posaban sobre sus ramas y la arrullaban con su canto melodioso. Enseguida se dejó escuchar una voz muy dulce, muy melodiosa que cantaba. Era una voz sonora, argentina, insinuante, que con cada acento hacía vibrar las fibras del corazón de Candy. De cada una de sus notas se desprendían raudales de armonía, que eran para ella raudales de consuelo, experimentaba al oír aquel canto una sensación desconocida, un indecible bienestar del que jamás había tenido idea. Después de haber gozado por algún tiempo de una deliciosa música, pudo percibir la letra que decía:

No temas, busca a tu Amante,

Extraviada tortolita,

Mas si encontrarle deseas

Sube al monte de la Mirra.

Esta canción se repitió varias veces, y Candy gozaba de su indecible dulzura y sentía al escucharla como si renaciera en su corazón la esperanza. De repente sintió que la tiraban de la ropa y despertó por fin a fuerza de halagos de la festiva e inocente corcita. Al mirarla creyó que recobraba su perdida felicidad; le refirió, como si pudiera entenderla, su delicioso sueño y le preguntó quién cantaba. Ensayó a repetir ella misma la canción que había oído y acertó a hacerlo, lo que la causó no poco regocijo. Pasó así largo rato entretenida con la corcita, y a la hora acostumbrada la dejó para que no fuera descubierta.

En adelante el espejo se mostró con mucha variedad: unas veces representaba y otras no la encantadora visión. Candy se acostumbró a carecer resignada de este consuelo y a esperar con paciencia su vuelta. No había tormentos de que no se juzgara merecedora. Por otra parte, el recuerdo de la canción que había oído la llenaba de tanto consuelo, que endulzaba todas sus amarguras; no cesaba de repetirla y la cantaba cuando se hallaba sola. Escribía también en su corazón de oro, pero sin recibir respuesta alguna, todos cuantos pensamientos ocurrían a su mente, todos cuántos afectos hacían latir su corazón. «Excelso Príncipe —escribía una vez—, yo os he ofendido y soy muy infeliz, pero no siento tanto mi desgracia como vuestro dolor». En otra ocasión: «Príncipe mío, yo os he ofendido, yo no merezco ser vuestra esposa, pero recibidme como una de vuestras esclavas». En otra: «Castigadme como gustéis, mandadme atormentar en vuestra presencia, pero no me arrojéis lejos de Vos». De esta manera exhalaba suspiros desahogando sus afectos sin inquietarse, ni desalentarse por no recibir contestación. «—Yo esperaré —decía ella—, contra toda esperanza. ¿Quién sabe si algún día rendida su generosidad a mis instancias me contestará: pobre Candy, yo te perdono, ven a mí, yo te admito para que seas la esclava de mis esclavas? ¡Oh, qué día será este para mí! A la verdad, aquel otro en que fue borrada mi antigua marca no me será ni más precioso ni más grato».

Pasaban los días y el Príncipe de las Negras Sombras no llegaba, ya no sabía qué pensar.

Una mañana Candy se durmió más de lo acostumbrado; tarde salió de su lecho, tarde acudió a su espejo, tarde concluyó su adorno, y por consiguiente, tarde bajó al patio de la corza. Como ya era pasada la hora en que acostumbraba venir, dijo Candy: «—¡Ah!, yo he tardado y ya no veré a mi graciosa compañera. ¡He sido infiel! Con todos soy infiel. ¿Qué bien puedo esperar?» El ruido que hizo la corcita al entrar interrumpió tan tristes reflexiones. Traía ahora una pequeña cesta dentro de la cuál venían tres panes blanquísimos colocados con exquisito cuidado. «—¿Qué quiere decir esto? —exclamó Candy—, ¿quién se ocupa de mí?» Abrazó al animalito y recogió el pan. La corza, como lo acostumbraba, se puso a juguetear, y entre sus brincos y retozos se le desprendió el collar que adornaba su cuello y cayó un papel que la joven recogió; leyó lo escrito y creció su admiración al ver que decía: «Quien está conmigo no tiene que temer ni los peligros de la muerte, y yo le protejo». «—¿Quién eres tú?, ¿quién eres tú?», dijo ella volviendo a poner el collar en el cuello de la corcita.

En ese instante llegó a sus oídos un gran ruido que hacían los soldados y demás sirvientes dando gritos de alegría. Candy comprendió al instante que el Príncipe de las Negras Sombras llegaba a su palacio. Tembló, corrió por todo el patio buscando en su angustia una salida, y por último, dijo a la corcita: «—Huye, huye, querida compañera de mi soledad, huye, no quiero que seas vista». Al decir esto se dirigió precipitadamente a su aposento temiendo que fuera descubierto su retiro. Un momento después se presentó Eliza, que al verla dijo: «—¿Pero en que piensas, Candy? ¿Cómo es que no te has adornado? El Príncipe de las Negras Sombras acaba de llegar y desea verte». Candy contestó solamente con noble serenidad: «—Estoy dispuesta para ponerme en su presencia». Y al decir esto apretó contra su pecho el corazón de oro y llamó en su auxilio a su generoso bienhechor.

El Príncipe de las Negras Sombras había sido detenido a su vuelta por uno de los valientes generales de las Luces, que indignado por los agravios de su Señor, salió como un león a disputarle el paso. Neil había sufrido una derrota y a duras penas había podido escapar por medio de la fuga. Lleno de cólera y sediento de venganza llegó a su castillo. Rechinaba los dientes, su torva mirada aun a los mismos suyos causaba terror, y juró, vomitando imprecaciones, dar el último golpe a su rival verificando al punto su enlace con Candy. La hizo llamar previniendo que se le ocultase su desastre, y sentado en su trono la recibió con una orgullosa mirada y le dijo: «—A la verdad, Candy, me has complacido con haberme alcanzado tan completo triunfo; he visto la merecida respuesta que has dado a los importunos reclamos de mi rival; pero al mismo tiempo he llegado a saber que tienes un medio secreto de comunicación con él, y exijo que me lo entregues». Candy, que no sabía cómo decir al de las Negras Sombras que había renunciado a ser suya, se alegró de hallar un medio de romper y contestó: «—Príncipe, el corazón que llevo conmigo he prometido que jamás se separaría de mí y estoy resuelta a cumplirlo. —Candy —dijo Neil procurando ocultar su cólera—; eso no puede ser; estaba bien cuando eras la prometida esposa de mi rival; pero ahora que tan brillantemente has desechado sus pretensiones, no lo debes cumplir. Entrégame, pues, ese corazón». La joven respondió con firmeza «—Quiero conservarle, lo he resuelto y lo cumpliré». El Príncipe, furioso, gritó: «—Yo tengo derecho sobre ti, puesto que has prometido ser mi esposa. ¿Qué tienes, pues, que alegar para eludir mis órdenes?» Candy llamó en su auxilio a todo su valor y respondió: «—Pues bien, Príncipe, declaro que no tenéis ningún derecho sobre mí, y pues por dicha mía no se ha efectuado el matrimonio, no se efectuará nunca, ¿lo oís? ¡Nunca! —Tú estás loca, Candy —gritó furiosamente arrebatado el de las Negras Sombras—; tú estás loca, y como tal serás encerrada en este instante». Y en efecto, la joven fue llevada a su aposento; pero entonces no tenía miedo, al contrario, se sentía fuerte, animosa, capaz de despreciar los tormentos; no había tenido mejor día después de aquel día fatal en que abandonó el castillo de la Falda. «Mi desconocido bienhechor —pensaba—, estará satisfecho», y este pensamiento le hacía cobrar mayor esfuerzo. Pero Elroy, infeliz, estaba pálida, abatida; no veía más que la prisión y los sufrimientos. Candy se acercó a ella para animarla, recordándole sus sueños, los espantosos sueños que tanta impresión le habían hecho. Eliza entró poco después y dijo a su amiga: «—Ahora sí que, cómo dice el Príncipe, tú has perdido el juicio. ¿En qué piensas? ¿No has firmado espontáneamente? ¿Qué tienes que decir ahora? Vuelve en ti. ¿Crees tú acaso que el severo Rey de las Luces llegue a consentir en que seas la esposa del Príncipe su Hijo, aun cuando éste, lo que no es posible, quisiera unirse a ti? Serás por tu volubilidad objeto de escarnio para ambos reinos, y yo no puedo comprender ni creo que tú persistas, a menos que… el Príncipe de las Luces… ¡Oh, sí! Si es así me pongo de tu parte… cuenta conmigo». Candy contestó solamente: «—Eliza, he resuelto no ser la esposa del Príncipe de las Negras Sombras en ningún tiempo y por ningún motivo». Eliza salió en extremo despechada. Sirvieron a Candy abundante y apetitosa comida, pero ella resolvió no comer, y sobre todo no probar el vino que le había sido tan fatal en otras veces. Elroy se sentó a la mesa y comió, aunque poco, pues el temor le había quitado el apetito; rogaba a Candy que comiera, pero lo rehusó con tanta firmeza ésta, que Elroy desistió. Candy, cuando nadie la observaba tomó, derramando lágrimas de gozo y reconocimiento, un pan de los que tan oportuna y misteriosamente había recibido. Era de delicioso y exquisito sabor, y quedó satisfecha y fortalecida. Pasaron de esta manera otros dos días. Eliza entraba a cada instante, encontrando siempre nuevos argumentos para convencer a su amiga e inventando artificios para que le descubriera el secreto, si acaso lo tenía, pero Candy permaneció siempre firme y reservada constantemente.

Al tercer día el Príncipe la mandó llevar; al recorrer un corredor que tenía que atravesar, sintió Candy pasos como de muchos soldados que la acompañaban a uno y otro lado. «Decididamente alguien me protege», pensó ella; y animada con esta idea llegó a donde estaba el Príncipe de las Negras Sombras, que con fingida afabilidad y dulzura le dijo: «—Hermosa niña, vas a comprender el exceso del amor que te profeso; y al pronunciar la palabra amor, una sarcástica sonrisa asomó en sus labios; no quiero que se te prive de tu libertad; guarda, si así lo quieres, ese corazón, puesto que tienes tanto empeño en ello. ¿Estás satisfecha? Ya no tienes ahora nada que oponer, todo está dispuesto y hoy mismo serás mi esposa». Candy entonces le contestó con un tono en que se conocía que su resolución estaba tomada: «—Príncipe, conozco todos tus artificios y estoy decidida; jamás seré tu esposa, y todas las veces que fuere preguntada, esta será mi constante respuesta». Al oír esto el de las Negras Sombras y a una señal suya, se abrió una puerta y apareció la sierpe con sus furibundos ojos ardientes y terribles, dejando ver al abrir sus bocas, sus encendidas fauces. Candy se creyó perdida y Elroy exclamó: «—¡Candy, hija mía, cede, cede!» La joven le dijo en voz baja: «—¿Y mi sueño? ¿Te has olvidado de él?» Elroy calló, y la sierpe avanzaba lentamente gozándose en los tormentos de su víctima con más crueldad que el tigre se los desiertos. Candy pálida e inmóvil la esperaba. Mucho le aterrorizaba aquel espantable y feroz monstruo amenazante; pero todo era para ella menos espantoso y terrible que el título de Princesa esposa del Príncipe de las Negras Sombras. La sierpe se levantó haciendo la figura más espantosa que imaginarse pueda, para arrojarse sobre la joven; pero una flecha arrojada por una mano invisible pasó por encima de todos como un rayo y fue a herir a la sierpe, que huyó bramando.

Candy fue llevada a una estrecha prisión, donde le sirvieron una apetitosa comida que no fue tocada; no había recibido la joven ningún socorro; pero ahora estaba firmemente resuelta a no exponerse a perder el juicio y a faltar a lo que tenía determinado.

Al tercer día del hambre se hizo sentir. Candy se hallaba en extremo débil, creía que su última hora había llegado, no podía detenerse en pie, su cabeza se turbó y se quedó como dormida. Después de un rato soñó que entraba en su prisión una joven hermosa en traje de pastora que tenía en su pecho la cifra misteriosa, la cual se acercó a su lecho y saludándola con el afectuoso nombre de hermana, le dio a comer un pan de delicado sabor, y desapareció. Al despertar Candy se sintió no sólo sustentada, sino alegre, fuerte y animosa, capaz de arrostrar los tormentos que el tirano pudiera amenazarla.

Pasaron cuatro días sin que hubiera mudanza en la suerte de la prisionera. El quinto vino Sarah y le dijo: «—Viendo el Príncipe de las Negras Sombras que la dulzura y la suavidad no han hecho mella en tu duro corazón, prepárate a sufrir más inconcebibles tormentos. —A todo estoy dispuesta», contestó Candy con serenidad. Sarah salió y la prisionera volvió a quedar sola, sin consejo. ¡Albert! Al recordarle, sus ojos se llenaron de lágrimas. A la verdad hasta ahora había sido auxiliada; pero no sabía por quién. «—¡Muéstrate! —exclamó—, ¡muéstrate, benéfico y desconocido protector!» Al instante vio que se acercaba a la reja de su prisión la corza, su antigua compañera, que metió con trabajo su hociquillo por entre las rejas y soltó un papel que en él llevaba. Candy le tomó y vio que decía: «Huye de ese castillo». «—¡Huir! —exclamó Candy—, ¡bien lo deseo! Pero, ¿cómo?» Mas, ¡oh sorpresa!, la reja cayó por sí misma y la joven se apresuró a salir con su nodriza, admirando el prodigio y confiando en el poder y la bondad de su bienhechor. Siguieron a la corza que corría ligera por el patio y salió prontamente por la abertura por donde había entrado. Candy probó a seguirla; pero la abertura era tan estrecha, que por más esfuerzos que hicieron así ella como su compañera, no pudieron conseguirlo. Elroy se llenó de sobresalto temiendo ser descubiertas al amanecer el día; pero Candy tranquilizándose dijo: «—Quién ha arribado las rejas de nuestra cárcel habrá sabido proveernos de algún medio de evasión, y ya lo encontraremos». Diciendo esto se puso a recorrer el muro tocando con las manos, y no tardó en encontrar una escala de cuerda que pendía de lo alto de la muralla. ¡Ella que tanto había tenido subir por una escala, acompañada, sostenida por el Príncipe de las Luces y por Albert, ahora no titubeó; hizo subir a Elroy y subió tras ella. En llegando a lo alto de la muralla recogieron la escala y la descolgaron por la parte de afuera. Bajó Candy y enseguida Elroy, y en pisando el suelo se abrazaron y se felicitaron la una a la otra; en fin, se hallaron libres. ¡Libres fuera de aquel malhadado castillo!


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