.

Disclaimer: Los personajes de esta historia pertenecen a NaokoTakeuchi, sólo los utilizo porque me gusta perder mi cabeza en historias locas.

.


.

.

Senderos Perdidos

.

.

19º "Liberación."

.

.

Minako

Estaba frente al espejo, en la misma habitación en que vi por última vez a Yaten, de alguna forma se había convertido en mi habitación ahora. Podía haber elegido quedarme en el espacio más grande y lujoso de esta casa, estoy segura de que las habría convencido de darme cualquier cosa por esa necesidad de convencerme de que era parte de esta familia. Pero yo necesitaba aferrarme a lo que sí era seguro en mi vida, y más allá de las palabras, cada acción de Yaten me aseguraba que este amor era de verdad y que podíamos contra cualquier problema.

Quizá llegue el día en que pueda creer totalmente en Ami y Rei, admito que con el tiempo he aprendido a aceptar que Lita se ha portado muy bien conmigo. Y puede que en algún momento sea más abierta a querer a todo el mundo como lo hace Serena. Pero ahora, sólo quería tener la fuerza para hacer lo necesario.

La imagen ante mí, reflejada por completo en el espejo, seguramente era lo que se esperaba de la heredera de esta familia. Seguía con el largo abrigo sobre mí cubriendo que también llevaba la espada, porque quería estar lista para salir al encuentro de Kakyuu. Y porque no deseaba desarmarme, literalmente.

Hubo un tiempo en que también me disfrazaba de quién no era, y ahora era extraño volver a los días en que atacaba personas y les amenazaba para obtener lo que quería. Cuando lo único que yo anhelaba era recuperar a mi hermana, y al final no fue una pelea lo que me la trajo de vuelta, fue el amor que Yaten tenía por mí.

Recordaba haber peleado tanto con él por decidir en manos de quién terminaría la espada, y ahora estaba peleando y entregándola para poder recuperarlo a él. Resultó que al final el tesoro que yo tanto deseaba obtener no era un objeto. Nada de lo que yo creí que sería había resultado así, pero no me quejaba de que la vida me mostrara tantos cambios.

Podía sentir la madrugada en mi cuerpo, el paso de las horas y el frío colándose a través de cada parte de mi ser, pero no tenía sueño, estaba muy despierta y ansiosa porque todo resultase como habíamos planeado. Saldría pronto, solo Taiki y Lita estaban al tanto de mi salida, porque ella me advirtió que las demás no estarían contentas de saber que tomé la espada para regalarla así de fácil.

No me importaba la espada, tampoco parecía importarle a ella, al menos no más que asegurar que todos saliéramos vivos de todo esto. Y eso me daba esperanzas de que pudiera convencerlas de salir de aquí, de realmente vivir una vida que lo valiera.

Sentí de pronto ruido viniendo desde fuera de la puerta, fue leve, pero estaba tan alerta que enseguida sentí mi cuerpo ponerse a la defensiva. Era volver a los tiempos en que cualquier cosa era un ataque, y al parecer no lo había olvidado del todo.

Pero cuando la puerta se abrió me sorprendí enseguida. Allí no estaba alguien que fuese a dañarme, tampoco era a quién esperé ver entrar. Sin embargo, habría dado mi vida entera por este instante, porque que no lo esperara no quería decir que no fuese lo que más deseara.

—Yaten —murmuré incrédula.

¿Era real? Parpadeé algunas veces porque temí que fuera mi cabeza jugándome una mala broma cuando más necesitaba estar concentrada en lo que debía hacer.

Pero pronto logré salir de mi aturdimiento y corrí hacia él, lanzándome a sus brazos, aprisionándolo entre los míos sólo para no tentar a la suerte y permitir que volviera a irse. No entendía qué ocurría, cómo había llegado aquí, pero ya habría tiempo para eso. Ahora lo único que necesitaba era abrazarlo como antes, como siempre.

Y que el resto del mundo desapareciera.

Él no demoró en hacer lo mismo, rodeándome con sus brazos que tanto extrañé, dándome la seguridad que era de verdad, que ahí estaba junto a mí nuevamente. Y que no teníamos la intención de despegarnos ni por un instante.

El tiempo se detuvo, como siempre que estábamos juntos, el calor de su cuerpo era la sensación más apacible que podía experimentar, justo lo que había necesitado. Pero esto no era sobre mí, así que después de un rato perdidos en nuestro mundo, tomé un poco de espacio para mirar su rostro, tocándolo, acariciando su piel y su cabello y queriendo que mis manos se aseguraran que Yaten estaba a salvo.

—¿Estás bien? —pregunté.

Pude notarlo en sus ojos, no era tranquilidad lo que había en ellos. Yo ya había aprendido a leer lo que allí escondía y él no podía mentirme por mucho tiempo, tampoco yo a él. Lo conocía, nos conocíamos tanto que no podía ocultarme si algo estaba mal.

—Estoy aquí, es todo lo que importa —respondió, y el escuchar su voz fue un alivio. Incluso en sus respuestas cortantes y su forma de siempre guardar lo que yo buscaba saber.

—¿Cómo saliste? —quise saber—. Pensé que no había forma de que te dejaran ir.

Frunció el ceño, guardando silencio ante mi pregunta, pero siguió mirándome fijo, tan penetrante, como si me hubiera dejado de ver por años. Aunque si era sincera, sentí que el tiempo que pasó desde que se despidió de mí fue demasiado.

Era tan simple como que ya no quería una vida sin Yaten en ella.

Su mano acunó mi rostro, en una caricia tan suave y necesaria que sentí que iba a llorar de emoción, sin embargo, estaba feliz, de esa felicidad que podía borrar todo lo demás de mi cabeza. Su pulgar dibujó mi boca y no supe qué es lo que él hacía.

—Todo fue por esto —murmuró, sin que yo comprendiera—. Tu sonrisa.

No me había dado cuenta hasta entonces que estaba sonriendo, y que él lo dijera sólo me hizo sonreír aun más. Porque Yaten no solía hacerlo.

Nos hicimos muchas promesas durante todo el tiempo que hemos transitado juntos por este camino, y cada promesa que implicase separarnos la hemos roto. Y el espacio, la distancia que decidimos poner entre nosotros era ahora una promesa más que yo iba a romper sin que me importara mucho.

Tomé su rostro, y le di toda mi sonrisa en un beso, porque de nada servía esta felicidad de que él estuviera de vuelta si no podía compartirla. Él se tambaleó con mi reacción imprudente, pero sé que está acostumbrado a mí.

No pretendía dejarlo en paz, no quería soltarlo ni un centímetro, no quería volver a despegar mi boca de la suya porque temí que nuevamente hubiera que separarse. Lo sostuve tan cerca de mí como fue posible, y no me cansé de volver a probar cada parte de su boca, hasta que ya no hubo aire entre nosotros.

Entonces me di cuenta de que yo no sólo quería a Yaten de vuelta y estaba dispuesta a todo por él, también quería lo que él y yo somos juntos. Fuerza, determinación, y mucha tozudez.

Me separé para poder respirar, pero apenas un poco, aún sintiendo su nariz rozar la mía. Volvió a mi de pronto la realidad y supe que, aunque él estuviera aquí entre mis brazos, el peligro estaba aún fuera de estas paredes, aguardando por nosotros, y eso ya no podía permitirlo.

—Estaba tan asustada de que te lastimaran —admití—. Debo asegurarme de que no vuelvan a molestarte jamás.

Tomé el impulso para separarme, porque tenía que terminar con todo esto de una vez, pero él me detuvo, sosteniendo mi brazo para que le pusiera atención.

—No lo harán —aseguró, y luego cerró sus ojos, tomando aire antes de continuar—. Kakyuu y Zafiro están muertos.

Lo miré por un instante, procesado una información que no esperé. Menos aún cuando habían pasado sólo unas horas desde que ella parecía tener el control de todo. Pero era lo más obvio, la única forma en que Yaten pudiera escapar, era si ya no existía esa familia que lo aprisionó por tanto tiempo.

Entonces lo noté en su mirada nuevamente, entendiendo qué fue lo que vi en sus ojos apenas él apareció de vuelta. Asimilando que lo que Yaten estaba diciéndome no solo era que estaban muertos. Fue el pesar en sus ojos que me hizo entender su razón para estar tan callado. Había sido él.

—Tuve que hacerlo —afirmó, seguramente sabiendo que yo ya había juntado las piezas.

Y entonces me soltó, caminando lejos de mí, sentándose al borde de la cama, exhausto, sosteniendo su rostro entre sus manos.

Intenté comprender qué tan acorralado debió sentirse y temí por él, temí por lo que pudieron hacerle para llevarlo hasta ese límite.

—Está bien Yaten, estabas defendiéndote —le dije, acercándome. Me arrodillé frente a él, intentado que volviera a mirarme.

—Pensé en ti, en el miedo que tenías de convertirte en otra persona si matabas a alguien —me recordó, sobre la conversación que habíamos tenido—. Pero no encontré otra salida, nunca iban a dejarnos en paz, y no podía permitir que te encontraras con ella, no podía permitir que Seiya estuviera en peligro. No pude pensar en no volver a verte.

¿Cómo podía aliviar toda la angustia que él estaba cargando?

Volví a tomar su rostro entre mis manos, obligándolo a verme. ¿Acaso creía que yo iba a juzgarlo por lo que hizo? Sé que Yaten daría todo por Seiya, porque es exactamente lo que había estado haciendo desde que se metió en este lío, todo fue por él. Y no podía reclamar que hiciera cualquier cosa por volver a verme, porque yo también estaba haciéndolo.

—Has vuelto a mi lado, yo estoy aquí para ti, siempre —aseguré—. Hemos tenido que hacer mucho que no creímos jamás hacer. Teníamos que sobrevivir, lo hemos logrado hasta ahora.

—Lo sé, lo sé —murmuró, aún con pesar—. Lo único que quería era terminar con todo y que estuviéramos a salvo.

Quise decirle que así era, el final que estábamos esperando, pero me contuve y mantuve mi boca cerrada. Porque sabía que quedaba aún, y no deseaba alterarlo más así que sonreí, elevándome para sentarme sobre sus piernas y volver a abrazarlo. Sentí que era lo único que podía hacer para borrar todas las recriminaciones que él tenía sobre lo que hizo, envolverlo en mí y recordarle que había aquí mucho esperando por él.

Yaten se aferró a mí con fuerza, y entonces recién lo notó, y yo lo recordé: La espada.

Se apartó, notando que había algo bajo mi abrigo, así que lo abrí para poder tomarla y mostrársela.

Ahí, en medio de nosotros, estaba lo que nos juntó la primera vez, por lo que peleamos tanto tiempo, y lo que yo iba a entregar para volver a reunirnos.

—De verdad ibas a dársela —me dijo sorprendido.

Me encogí de hombros.

—No puedo decir nada a mi favor, el hombre que amo va primero que las reliquias familiares —respondí liviana, no queriendo cargar más problemas sobre él.

Yaten sonrió, fue leve, pero era suficiente para mí por ahora. Me alivió el alma saber que al fin estaba relajándose.

Dejé a un lado la espada, el abrigo, y volví a envolverlo entre mis brazos, no queriendo que nada más molestara en este momento.

Que él me dejara decirle que lo amaba, que pudiera contenerlo en mí, era tan distante a un tiempo atrás en que todo era negación. Mi único deseo era que pudiéramos conservar esta calma, aunque sabía que eso no era posible todavía.

No quería decírselo ahora, pero tampoco podía olvidar que Ace seguía presente, esperando que yo cometiera un error. Cerré mis ojos, sintiendo el aroma del cabello de Yaten, adorando que un detalle tan simple significara tanto.

—Mina —me llamó, haciéndome verlo nuevamente—. No podemos seguir aquí.

Le miré, deseando tan intensamente poder transportarnos al otro lado del planeta, poder abrazarnos en un lugar cálido y seguro donde nadie volviera a saber de nosotros.

—Como cuando ibas a enviarnos lejos apenas me reuniera con Serena —le recordé, queriendo que él también pensara en lo bueno que había hecho.

—¿Aún quieres esa vida?

—Quiero una vida contigo, y sé que la tendremos —aseguré—. Nos iremos de aquí.

Era una promesa, pero era una que sabíamos que íbamos a cumplir. No importaba cuanto nos hayamos involucrado en este mundo, no importaba siquiera que mi sangre me atara supuestamente.

Merecíamos un espacio luminoso, donde ya no existieran lágrimas ni despedidas. Nos habíamos ganado el derecho a ser felices y elegir nuestro propio camino, uno sin tener que arrastrar fantasmas del pasado de otras personas.

Besé sus labios, sellando nuestro acuerdo.

Yaten

Volver aquí no había sido fácil, porque mientras regresaba me lo cuestioné todo, y temí que mi propia cabeza no me dejase en paz sobre las decisiones que tomé. Había matado a dos personas, e incluso sabiendo que eran terribles e iban a dañarnos sin titubear, no podía olvidarlo. No dejaba de preguntarme si esto me cambiaba, si el haber ensuciado mis manos significaba ensuciarme por completo y sin vuelta atrás.

Mucho había yo dicho sobre las medidas drásticas, intentamos, Taiki y yo, hacer entender a Seiya que si era necesario teníamos que matar a los Black, yo estaba decidido a darlo todo. Pero era muy diferente planear, pensar, decidir, decir que lo harás, a realmente hacerlo.

Venían a mi cabeza imágenes de Zafiro y su sorpresa cuando le disparé, el rostro de Kakyuu apagándose cuando también acabé con su vida. Y lo único que deseaba era que no acabara con la mía.

Este era yo, siempre lo había sido, sin poder dejar de darle vueltas a cada acto que realizaba, sin poder dejar de sentirme contaminado por todo lo que había pasado en el último tiempo.

Y, sin embargo, un simple gesto había derribado todos mis enredos mentales. No debería sorprenderme a estas alturas la magia que ella practicaba en mí.

Era el lugar más cálido en el que pude desear estar, entre los brazos de Mina. Y me sentía un idiota porque durante el camino de vuelta había tenido tantas dudas sobre cómo sería regresar, incluso dudando en hacerlo. ¿Qué más podía esperar? Minako siempre iba a ser así, siempre iba a tener algo que decir que iba a ir en contra de lo que yo temía, sólo por hacerme sentir bien y espantar mis demonios.

Quería decirle tanto, preguntar qué ocurriría en adelante para poder cumplir la promesa que acabábamos de hacernos. Quería también saber qué pasó mientras estuve fuera de aquí. Probablemente Taiki tenía una opinión muy fuerte sobre mi salida, y Seiya estaba culpándose por no haberme detenido. Pero por ahora iba a tomar este momento con Mina, ya habría tiempo para resolver. Ya estaba harto de resolver.

—¿Cómo te gustaría que fuese el lugar donde iremos? —le pregunté, deseando alejar nuestras cabezas de aquí.

Ella besó mi cabello, sin apartarme, permitiéndome permanecer en mi seguridad.

—Muchos árboles, para quedarnos allí como cuando estábamos escondidos —recordó, y sonreí pensando en el sol colándose entre el follaje e iluminando sus ojos—. Quizá una playa.

—Suena bien —acepté.

—Y dormiremos juntos por las noches, por si me da frío —agregó entusiasmada.

—Querrás dormir conmigo, aunque haga calor —apunté, porque la conocía, y porque yo tampoco deseaba que fuera de otra forma.

—Sí, supongo que ya es demasiado tarde para quitarme esta costumbre —aceptó—. Podemos tener todo lo que queramos, lo sé.

—Me aseguraré de que así sea —murmuré.

Y lo cierto es que no podía esperar a que esto fueran más que solo palabras soñadoras.

Escuché el golpe en la puerta, alertándonos a ambos antes de ser abierta. Y pude ver mucho antes de lo esperado a alguien más, porque aun queriendo poder conservar este momento solos por más tiempo, lo que yo deseara parecía nunca ser prioridad. Maldita sea mi suerte.

Vi el rostro sorprendido de Lita al encontrarnos allí, que era una opción mucho mejor a que nos encontrara alguien más. Lita suele ser de las que mejor reacciona al vernos juntos.

Cerró la puerta alarmada, acercándose para el interrogatorio de turno.

—¿Cómo es que apareces aquí así de rápido después de lo que hemos tenido que hacer para que Kakyuu te soltara? —quiso saber.

—Déjalo en paz —se adelantó Mina, apartándose de mí para acercarse a ella.

—No lo haré, porque te puso en riesgo, necesito saber en qué condiciones estamos con los Black —insistió.

Vi a Mina respirar profundo, perdiendo toda la ilusión que escuché en su voz hace un instante.

—Lo que necesites saber no me importa, no ahora al menos. Danos tiempo —exigió.

Había algo en Mina que había cambiado, no podía comprenderlo del todo, pero me agradaba. Que Lita se callara no era fácil, y yo sabía que buscaba el bienestar de Minako, pero también que no la conocía como yo, de verdad que no queríamos a nadie por un rato. Necesitábamos, nos urgía un respiro.

Lita caminó nuevamente hacia la puerta, al parecer aceptando dejarnos en paz por ahora. Pero la voz de Mina la detuvo nuevamente.

—Quiero hablar con ellas, es tiempo de dejar todo claro —dijo decidida—. Han dicho ya lo que quieren de mí, lo que esperaban que ocurriese cuando apareciera el resto de familia que habían perdido. Ahora es mi turno, porque sé qué es lo que quiero y deben saberlo.

Sonaba drástico, pero la vi tan segura de sus palabras. Amé poder ver al fin que lo malo que le ha ocurrido no estaba limitándola, y que ella iba a luchar por lo que quería.

—Ya lo sabemos, quieres irte de aquí —respondió.

—Deben dejar de atarme.

—¿Y crees acaso que yo no quiero que dejemos de escondernos? ¿Crees que deseamos estar para siempre alerta de que hay peligro? —admitió, y que tan solo lo mencionara, era una buena señal.

—Ami y Rei parecen no querer entenderlo —alegó Mina—. Es eso lo que ya no puedo seguir aguantando.

Lita asintió, y eso me hizo pensar que quizá no sería tan difícil que las demás entendieran que no podían amarrar a Mina a seguir un legado que ella no deseaba.

—Rei no está aquí, pero cuando aparezca podemos hablar todas, todos—aceptó Lita—. Aunque no importará lo que hayas decidido, lo que quieras hacer, hasta que resolvamos todo lo que nos pone en peligro.

Era una lamentable verdad, pero también me sentí más aliviado saber que había un problema menos para nosotros ahora que los Black no estaban en el camino.

Cuando Lita nos dejó al fin solos, Mina permaneció un instante mirando la puerta, dándome la espalda, pareciendo no haber perdido nada del impulso de imponerse al resto de las Aino.

Entonces al fin se movió, poniendo llave a la habitación para regresar a mi lado, no pudiendo ocultar que la presencia de Lita la había alterado.

—Te ves tan cansado —advirtió—. Debes acostarse y dormir, Yaten, ya ha sido demasiado por hoy.

—¿Y tú no lo harás? —pregunté de vuelta.

Asintió, mientras nos acomodamos bajo las cobijas, y sólo atiné a abrazarla de nuevo, necesitando cada instante de ella conmigo. Era claro que no éramos del todo libres, pero sí quería permitirme ser libre de disfrutar este momento. Libre de dejar que lo que sentíamos simplemente fuera lo que es mientras lo demás permanecía fuera de esta habitación.

Pero ella estaba preocupada, podía verlo.

—¿Qué ocurre? —quise saber.

Me miró, muy de cerca, podía sentir su respiración sobre mi rostro, su mano suave en mi mejilla y sus ojos clavados en los míos.

—Tu me salvaste cuando estaba perdida, y cuando desapareciste temí tanto no volver a verte. Pero también entendí que lo hacías porque era lo correcto —me dijo emocionada.

—Eso ya pasó —le corté, no queriendo que pensáramos en situaciones que nos hicieron daño tiempo atrás.

Sin embargo, ella continuó:

—Necesito que tú también entiendas que la única forma de volver a dormir tranquilos, de permanecer así cada noche, es hacer lo que debo hacer —me dijo—. Prométeme que vas a entenderlo.

Claramente algo no estaba diciéndome, porque sus palabras no sonaban al azar. Y quise preguntarle más, obligarla a decirme qué la hacía hablar así. Pero no podía seguir forzándola. Yo no era el único aquí que necesitaba un momento de tranquilidad.

Solo atiné a besarla, no por callarla como tantas veces lo hice, si no esperando que ya dejara de preocuparse.

Era ya de día cuando despertamos, y aunque fueron solo un par de horas, me había hecho tan bien dormir. Tenía muy claro que este día no sería pura felicidad, y habría preferido evadirlo, pero no quedaba otra.

Cuando entramos al espacio donde la esperaban, todo el mundo fijó sus ojos en mí desgraciadamente, y no tenía ganas de dar explicaciones, que supuse era lo que todos iban a exigir.

Pero fue Seiya el único que realmente reaccionó, sorprendido, angustiado quizá. Enseguida se acercó a mí, tomándome fuerte de los brazos, mirándome fijo.

—¿Estás bien? —preguntó con urgencia.

Yo sólo asentí, porque no quería hablar más de cómo había regresado. Además, esto no era sobre mí, era sobre poder irnos.

Y Mina no perdió el tiempo, ya habíamos perdido demasiado.

—No me tendrán liderando a una familia poderosa para imponerse al resto —habló Mina—. Si realmente quieren una familia, tendrá que ser de otra forma.

—¿A qué te refieres? —quiso saber Ami.

—No quiero seguir aquí, eso ya lo saben. Lo que quiero estar lejos y olvidar, ir a donde pueda tratar de tener una vida de verdad, no esto. Esto no es vivir —explicó.

—¿Y qué hay de nosotras? —preguntó Rei, obviamente siendo siempre un problema en el camino.

Pero hoy parecía que nada podía amedrentar a Minako.

—Vámonos, salgamos todos de aquí, cada uno de los que está en esta habitación —resolvió, sorprendiéndome incluso a mí—. Ya se los he dicho, ya han hecho todas las preguntas existentes, lo único que importa es que podemos tener una vida nueva, si aceptan ir conmigo.

El silencio ante la petición de Mina fue largo. Pero para mí era una vieja historia, esa que intentamos escribir Seiya y yo cuando planeamos enviar a Mina y Serena lejos, y protegerlas de todo lo que significaba esta familia. Era la mejor decisión, era lo que yo también quería hacer. Lo que realmente me sorprendía es que pidiera a Ami, Rei y Lita unirse. Se que son su sangre, pero hasta ahora había entendido que sólo nos iríamos nosotros cuatro.

Supongo que el hecho de ser su familia le hacía imposible dejarlas de lado. Minako tenía un corazón demasiado sensible como para seguir con rencores, por mucho enojo acumulado que tenga.

Miré a mi hermano, y él asintió en mutuo acuerdo, mientras le sostenía con firmeza la mano a su novia. Era obvio lo que nosotros siempre quisimos.

—Es imposible, no puedo dejar sin resolver todo esto —interrumpió Rei de pronto, arruinando lo que podía ser la mejor salida.

—Ya no hay tiempo para charlas ni para intentar convencerlas, es ahora el momento de decidir. ¿Qué puede ser más importante? —alegó Mina.

—Lo que he estado haciendo, y eso ya lo sabes —reclamó Rei molesta, y luego se tornó seria—. Diamante Black no será más un problema para nosotras, no molestará a Serena, no volverá a acercase a nadie de esta familia.

—¿Qué? —exclamó Serena. Después de todo era el hombre que la aterró por mucho tiempo.

—Diamante Black está muerto. Y la única forma de que me saquen de aquí es limpiar nuestro camino —soltó.

—¿Lo mataste? —volvió a preguntar Serena, espantada. Al parecer ella era la única a estas alturas que aún se conmocionaba por la forma que tenían de acabar con los problemas.

—Les dije, siempre supieron que no descansaría hasta desaparecer a todos los que tuvieron que ver con la muerte de nuestros padres —explicó Rei—. No hay vuelta atrás, y él no es el único Black que debe pagar.

Entendí claramente a qué se refería, los únicos de esa familia que quedaban, según ella, era a quienes yo dejé atrás.

Miré a Mina y su rostro tratando de contenerse, podía entender que ella no quería dejarme en evidencia y decirles la verdad sobre lo que hice para estar aquí. Pero si no lo sabían, Rei iba a seguir con una venganza que no iba a dejarnos vivir en paz.

Lo iban a saber tarde o temprano de todas formas.

—Ya pagaron —interrumpí—. Zafiro y Kakyuu también están muertos.

Sería un titular seguro en todos los medios cuando se supiera que la familia Black ya no existía. Tal como debió ser tantos años atrás cuando fueron desapareciendo los Aino.

Minako

Me habría gustado evitar ante todo que Yaten abriera su boca, pero ya se que no hay mucho que pueda hacer para evitar que él salte al precipicio cuando se trata de proteger a quienes quiere, aunque nunca lo admita.

—¿Habrá tenido algo que ver Diamante? —cuestionó Ami, mirando a Rei en busca de respuestas.

Vi una oportunidad de desviar el tema, porque al final no debería importar cómo ocurrió, si no que teníamos menos preocupaciones encima. Pero no logré ser más rápida que él, eligiendo el momento en que más deseé que guardara silencio para convertirse en el hombre más conversador del mundo.

—Fui yo —continuó Yaten, cortando mi fallido intento de ocultarlo—. Nunca me habrían dejado salir, nunca estaría Minako a salvo, ni mi hermano. Los Black están muertos y ya no son un problema, es todo lo que debería interesarles.

Al final había que aceptar que era cierto lo que él decía, y quizá ahora podíamos concentrarnos en hacerlas entender que debíamos irnos.

El impacto parecía no dejar en paz a ninguno de los que estábamos ahí, y el silencio me estaba matando, pero cuando iba a seguir presionándolas, fui interrumpida nuevamente.

—No conozco otra vida que esta —dijo Ami, paseando su mirada por todos los que estábamos en ese lugar—. Pero si la única forma de asegurarme de que estaremos todos a salvo es seguirlos, iré con ustedes a armar esa nueva vida.

Me sorprendió tanto escucharla, pero era lo mejor que pude esperar, y me agradaba que al fin viera que había algo más allá del legado que tanto defendían. Probablemente ella cree que sin su cerebro puesto en todo haremos un caos donde vayamos, pero me alegraba poder convencerla.

Ninguna de ellas es para mí lo que sí es Serena, pero quería hacerle caso a mi hermana y aceptar a estas mujeres que habían estado buscándome, quería dejar de pelear e intentar que fuésemos una familia. Y por primera vez estaba aceptándolas de verdad, aunque tomase todo el tiempo del mundo, al menos podríamos intentarlo.

Y si Ami estaba decidiendo irse, no costaría tanto que Rei también lo hiciera. Lita era un tema aparte porque ya la tenemos de nuestro lado.

—De acuerdo —agregó Rei, para mi sorpresa, que se marchitó enseguida con su condición—. Pero antes de hacerte caso queda un último lugar por visitar.

Ese era otro lío en el que no quería pensar, que desearía con todo mi corazón poder borrar de mi cabeza. Pero si no le hacía frente iba a perseguirme la vida entera, y no quería vivir con fantasmas.

Cerré mis ojos sabiendo que era ahora, no había más evasión posible.

—Ace —respondí simplemente.

Sé que es ya un gran avance que Rei acepte dejar todo atrás, pero también que él es el último de la lista de todos quienes intentaron destruir lo que quedaba de los Aino.

—Me haré cargo, así ustedes preparan nuestra salida —ofreció Rei.

Y era lo ideal, probablemente debía quedarme callada y dejarla terminar sus asuntos sin meterme porque ella siempre ha dicho que quiere vengar a su familia y proteger a quienes quedan. Mientras yo podría dedicarme a hacer mis maletas y planear una vida feliz, pero eso sería engañarme, porque cada parte de mi ser sabía que era yo la que tenía que enfrentarlo.

—Debo ir por él, esto es entre Ace y yo —respondí, tomando mi decisión.

—¡No puedes volver ahí! —exclamó Serena, acercándose con espanto. Tomó mis manos, suplicante—. Ya te ha hecho mucho daño, no puedes arriesgarte así.

Miré a Yaten sin poder evitarlo, y estaba evidentemente enojado, conteniéndose a explotar porque estoy segura de que no quiere decir todo lo que quiere reclamarme, delante de los demás.

Volví a mirar mis manos, siendo sostenidas, e intenté calmarla. Como si se tratase de alguna de mis locuras de infancia a las que ella temía. Tampoco era muy cuerdo ir a meterme donde Ace de todas formas.

—Serena, sólo debes pensar en que al fin podremos buscar un hogar de verdad —dije suave, porque era en lo que ella debía enfocarse.

—Mina por favor, hazlo por mí —suplicó.

—Todo ha sido por ti —admití, ella debía entender que no era posible echarme atrás—. Debo terminar con lo que empecé.

Ella asintió, aunque pude ver la pesadez en su rostro. Quise decirle algo más, pero el fuerte sonido de la puerta cerrándose me alertó, Yaten se había ido de ahí.

—Iré contigo —interrumpió Rei, antes que pudiera moverme e ir por Yaten.

—También yo —agregó Lita—. Puedo ayudar a entrar a ese lugar, y sacarlas.

Asentí, era lo mejor, tampoco pretendía ser la gran heroína e ir sola allí creyendo que podía ganarle después de todas las batallas de las que había salido mal parada.

Tomé la mano de mi hermana para salir de allí, sabiendo que no quedaba nada más que yo pudiera decir ante todos. Ami y Lita estaban de acuerdo con irnos de aquí, Rei había también dicho lo suyo. Taiki probablemente obedecerá lo que ellas decidieron, y de Yaten me encargaré más tarde.

Pero quedaba algo que decirle a la persona que me ha acompañado toda la vida.

Me detuve cuando estuvimos fuera, lejos de los demás, mirando su rostro preocupado. Deseando que nunca más se sintiera así.

—Se que pasamos mucho tiempo sin vernos y que estás espantada aun cuando no sabes todo lo que he vivido —expliqué—. Pero debes confiar en mí.

—Siempre lo haré, pero ese hombre te hizo daño, por mi culpa.

—¡No es tu culpa! —le aclaré—. No sabíamos la razón por la que nos persiguieron, Diamante y Ace nos querían por ser parte de esta familia, y haría todo de nuevo con tal de verte a salvo. Tal como lo hizo también Seiya y Yaten.

—¿Y qué se supone que haré yo?

—Ayudarnos a ser una familia —resolví—. Es lo que siempre quisimos, y estoy segura de que no te costará ser quien nos una, siempre has sido buena uniendo a las personas, y ellas van a necesitar de ti cuando dejen la vida que conocen, aunque no lo admitan.

—No me escucharán jamás como te escucharon hace un rato.

—La única razón por la que les pedí venir con nosotros es porque tu me convenciste de que valía la pena darnos la oportunidad —admití—. Necesito saber que cuando nos vayamos te encargarás.

—Lo haré —aceptó, y pude notar que estaba calmándose.

Sonreí, sabiendo que nadie podía ganarse el corazón de ellas mejor que Serena. Me aparté, teniendo que ocuparme de lo necesario antes de salir, pero ella sostuvo aun mi mano.

—Gracias —me dijo y me envolvió en sus brazos—. Nunca me alcanzará la vida para agradecerte todo lo que has hecho por mi y por estar juntas.

—Siempre estaremos unidas, lo sabes —le recordé—. Te veo pronto.

Miré por última vez a Serena antes de seguir mi camino, porque su sonrisa me alentaba para poder ir con la mayor calma posible a ver a Yaten, que no estaría para nada feliz.

Tomé aire profundamente antes de abrir la puerta, encontrándolo allí de pie. Su mirada fija en lo que había fuera de la ventana de nuestra habitación.

—¿Estás demente? —pronunció al sentirme entrar, y enseguida volteó a mirarme mientras apretaba sus puños.

No podía evitar que él reaccionara así, porque siempre íbamos a querer impedir que el otro se pusiera en peligro. Y podía ir a abrazarlo y calmar su genio, pero también él debía entender.

—No es tu decisión —respondí—. Estás tratando de que yo no haga lo que tu hiciste, deberías saber que con o sin tu aprobación iré de todas formas.

El enojo en su rostro era tan obvio, pero de pronto dejó de contenerse, botando todo el aire en sus pulmones y caminando hacia mí, plantando sus ojos en los míos. Y temí no poder negarle lo que sea que me pidiera.

—Deja que Rei lo haga, es su venganza, no la tuya —alegó—. Ya se ofreció a hacerlo, no necesitas volver allí.

—Él nos ha hecho tanto daño, y no se detendrá jamás. Necesito asegurarme de que esto pare, no quiero volver a vivir con miedo —expliqué.

—Entonces iré contigo —resolvió Yaten. Y eso, de todas las locuras, era la más grande. No iba a permitir jamás que Ace pudiera ser un peligro, no podía arriesgar su vida nuevamente.

—No, ya hiciste tu parte, déjame hacer la mía, no soy una damisela indefensa —me defendí—. Lo prometiste.

Eso al fin le hizo callar, sé que él entiende que tengo la razón, y también que hay mucho más que podríamos pasarnos el día entero discutiendo sobre porqué es o no una buena idea que yo vaya a enfrentar a Ace.

—Se que puedes arreglártelas, pero…

Él miró al suelo, frustrado, y tantas otras emociones que no podíamos permitirnos si estábamos tan cerca de lograr salir de aquí. Tomé su rostro entre mis manos, obligándolo a mirarme.

—Estaré siempre dispuesta a dar mi vida por asegurarme de que estás a salvo, y sé qué harás lo mismo —le dije, sabiendo sus razones—. Pero no te enojes más, ya no vale la pena.

—Me aterra perderte —murmuró.

Sonreí ante sus palabras, porque era tan raro escucharlo hablar sobre sus temores. Pero todo lo que existe entre nosotros y que hace que Yaten confíe así en mí, era lo que yo quería defender también.

Solté su rostro, acercando su cuerpo al mío rápidamente, fundiéndonos en un abrazo. Yo estaba segura, más que nunca, que no volveríamos a separarnos.

—Tenemos mucho que hacer juntos en esta vida, no me lo perdería por nada —le aseguré, me aparté solo lo suficiente para mirar sus ojos e infundirme valor—. Tendré cuidado.

Sus manos acariciando mi cabello fueron un bálsamo, calmante, cálido. Una caricia que yo reconocía tan bien ya, y que quería seguir necesitando nuevamente. Quería lo más simple dentro de toda esta historia que tanto se había complicado. Quería el aroma de su piel cada mañana despertándome y no teniendo prisa de apartarnos, porque tendríamos por delante todo a nuestro favor, y de eso me tenía que encargar ahora.

Acaricié su rostro nuevamente, antes de separarme de él no deseando en realidad estar ni un centímetro aparte, pero ya era tiempo. Tomé nuevamente el abrigo y la espada, acomodándome con la misma firmeza que estuve para ir por él. Ahora iba a ir por nuestro derecho a tener una vida en paz.

Cuando me sentí lista caminé nuevamente hacia la puerta, pero él me detuvo con su voz.

—Minako —dijo, y le miré desde la puerta, atenta a sus palabras—. Te amo.

—Te amo —respondí, sonriendo sin poder evitarlo.

Así de simple, obtuve el último impulso para salir, con el único deseo de volver a disfrutar de todo lo que nos esperaba.

Estaba aterrada, como lo estuve tanto tiempo, pero bajo este techo ahora tenía a Serena, a Yaten, y una promesa de familia que intentaba no olvidar.

Yaten

Verla salir y no correr detrás a detenerla era tan difícil. No quería que se acercara nuevamente a Ace, pero no podía amarrarla aquí, yo sabía que después de todo lo que él le hizo pasar, Mina necesitaba asegurarse de que nunca más arruinara su vida.

De pronto caí en cuenta de que yo había ido tras ella tantas veces, incluso esa vez que arrancó cuando la tenía amarrada, y luego la encontré a medio camino tirada. Nunca había logrado mantenerme quieto cuando ella se alejaba, ni en esos días en que poco me importaba lo que le pasara, o al menos no me daba cuenta.

Ahora que ya todas las cartas están sobre la mesa, ahora que ambos sabemos que queremos irnos de aquí, mantenerme quieto era demasiado pedir. Pero vino a mi cabeza lo que me dijo Lita cuando fue a sacarla de la casa de Ace, cuando me obligó también a permanecer aquí, porque Mina podía elegir sacrificarse nuevamente si yo estaba en peligro. Quizá al final yo era la damisela en peligro.

Supuse que ya no era tiempo de seguir aquí rompiéndome la cabeza, si ella estaba a punto de enfrentarse a quien tanto temía, lo mínimo que podía hacer era encargarme de darle era una nueva vida para cuando regresara.

Sali de allí en busca de Taiki, porque si algo tenía claro es que no quería que nos fuéramos a cualquier lugar, Mina ya me había dado una idea de lo que esperaba y además teníamos los preparativos que hicimos con Seiya alguna vez cuando quisimos que escaparan. Aunque lo importante era que merecíamos finalmente un hogar de verdad.

Pero mientras caminaba buscando a Taiki y su mente útil, vi a Seiya caminando hacia mí, interrumpiendo mi plan.

—Debemos hablar —me dijo enseguida.

—Lo sé, tenemos que apurar nuestra salida de aquí —respondí, siguiendo mi camino.

Pero no era eso a lo que él se refería, ¿porque siempre será que necesita escarbar en todo?

—¿Qué pasó con Kakyuu? —presionó, siguiéndome.

Me detuve para darle la cara y lo miré fijamente por un momento, en silencio, tratando de no perder la paciencia con él, y sinceramente no pretendía seguir hablando de esto ni con Seiya ni con nadie. Finalmente pasé por su lado, siguiendo hacia donde probablemente podía encontrar a Taiki.

—¡Yaten! —me llamó nuevamente—. Todo lo que hiciste es por mi culpa.

Frené mis pasos de nuevo, cansándome de su insistencia, pero él tenía razón en dos cosas, primero que todo en que por su culpa me metí en esa casa, que, por calmar a la supuesta exnovia con el corazón roto, terminé atrapado.

Pero también era cierto que eso fue lo que hice, pasado. Porque toda mi parte de este lío se había acabado, ya nadie estaba detrás de mi cabeza. Y no sé por cuanto tiempo me persiga el haber matado a los Black, pero no quería pensar en eso ahora, se que de alguna forma podré solucionarlo. Aunque sabía que no era lo único que con el tiempo tendría que componer.

Miré a mi hermano, porque si yo tenía que cargar con haber matado a dos personas, era para que él no tuviera que hacerlo también, además supuse que llevar rencores a una nueva vida no era buena idea. Suspiré agotado, prestándole atención por un instante.

—Habla, pero esta será la última vez que toquemos el tema, porque los Black ya no existen en nuestras vidas —le advertí—. Tenemos algo mucho más importante en común ahora.

Él sonrió como idiota, como siempre que se trataba de Serena. Pero enseguida volvió a la seriedad con la que apareció, pareciendo a veces cargar con el mundo encima.

—Espero puedas perdonarme —me dijo.

Si eso era todo, sería más fácil cortar con el tema.

—Ya has pedido perdón más veces de las que puedo recordar —apunté.

—Lo sé, pero no puedo sacarme de la cabeza que yo debí ser el que afrontara más consecuencias.

Porque obviamente él cree que llegar a este momento en que casi todo está resuelto y pretender que podemos cambiar el pasado es útil. Seiya como siempre estaba dándole demasiadas vueltas a lo que nos ha mantenido distantes durante tanto tiempo. Y si no cortaba yo con todo esto, él nunca lo haría.

—Mejor yo que tú. Ya déjalo ir —decidí. No iba a decir más, pero jamás habría permitido que él estuviera en peligro. Y ya que estábamos ambos a salvo, no importaba mirar atrás.

De hecho, lo único que importaba era exactamente lo contrario: mirar hacia adelante, que pudiéramos irnos muy lejos de aquí.

Él asintió y pude ver al fin el relajo en su rostro, la mueca que siempre trae encima cuando está conmigo y la esperanza de que pudiera existir entre nosotros al fin calma. Era mi hermano, no pretendía pasarme la vida peleando con él.

—Entonces podemos volver a ser como siempre fuimos —resolvió aliviado.

—Somos hermanos, estamos amarrados de por vida —respondí, dando una palmada en su espalda—. Vamos con Taiki,

Caminamos unos pasos, y fue todo el silencio breve que obtuve, porque Seiya, incapaz de callarse, siguió con el interrogatorio de turno.

—Oye, ¿estás bien con lo de Mina? —quiso saber.

No, no estaba del todo bien sabiendo que ella se irá a meter a ese lugar, pero había aprendido a confiar en sus decisiones, no me quedaba de otra. Hace ya bastante tiempo que no tenía alternativa que dejar todo de mi en sus manos, muy tarde de mi parte para arrepentirme.

Pero tenía la certeza de que ella iba a cuidarse como cuidó de su hermana, como cuidó de mí.

—Volverá a salvo y debemos tener todo listo para partir —respondí evasivo.

Abrí la puerta de donde Taiki solía encerrarse a resolver el drama que se presentara en el momento, y enseguida nos miró a Seiya y a mi entrar. Detuvo lo que sea que estuviera haciendo y se puso de pie, acercándose a nosotros.

—Imagino que no hay mas sorpresas de las que deba enterarme —inquirió—. Que no hay algo más que hayas hecho cuando escapaste de aquí sin avisarme, sin tener un poco de conciencia de lo que podía pasarte.

—¿Te importa acaso? —respondí molesto de su reto, no tenía derecho.

—Están muy equivocados si creen que no me importa lo que hacen —replicó.

—Porque puede afectarlas a ellas, imagino —le dije, era obvio que Taiki siempre sería la sombra protectora de las Aino.

—Porque, aunque se te olvide, ustedes son mis hermanos —me increpó.

—Fuiste tu quien lo olvidó —reclamé—. No vinimos a hablar de eso, si no del lugar donde iremos.

—Ustedes han hablado ya suficiente de lo que piensan de mí, es mi turno.

Quise mandarlo a la mierda, porque no me importaba nada de lo que él dijera, sólo quería comenzar a trabajar en la salida.

—Yaten —me cortó Seiya—, déjalo hablar. Tiene razón, al menos yo se lo debo por todo lo que me ayudó con Serena.

Me gustaría alegar que yo no le debo nada, pero la verdad es que salvó mi trasero varias veces y también a Mina. Que, aunque odiara admitirlo, quizá era cierto que debía permitirle hablar. Le hice caso a Seiya y asentí, dejándolo soltar lo que sea que pretendía vendernos sobre su versión de la historia, de nuevo.

—Se que, al irnos de aquí, ellas intentan armar una familia. Que cuando dejemos este lugar ya no seré un siervo a cargo de su cuidado, aunque dudo que alguna vez pueda dejar de cuidarlas —explicó—. También saben cómo es que llegué a este lugar.

—Imagino que no vas a aburrirnos con la misma historia nuevamente —interrumpí, no deseando perder el tiempo.

—No, sólo quiero que sepan que no ha sido fácil. Que siempre deseé volver a casa con ustedes, pero una vez dentro de este mundo ya no había salida, y volver era ponerlos en peligro, así que preferí quedarme —narró—. Por más que intenté que siempre estuvieran lejos de todo esto, ustedes mismos se metieron de la peor forma.

—¿Y crees que fue a propósito, por divertirnos? —me defendí.

—Quizá era inevitable que termináramos todos aquí, por más que nuestro padre intentó evitarlo —resolvió Taiki.

Y me enojaba que sacara a nuestro padre, porque no tenía derecho.

—Puede ser que nuestro padre nos enseñó demasiado bien —interrumpió Seiya—. Taiki permaneció por protegernos a nosotros, yo me acerqué por proteger a Serena, y tu por mí y por Minako.

Mucho tiempo atrás tuve el pensamiento de que, si Seiya y yo habíamos terminado cuidando tanto de ellas dos, fue también por la memoria de nuestro padre, de querer evitar que todos sus sacrificios por proteger a esas dos niñas fueran en vano, independiente de lo que sintiéramos.

No sé si será la influencia de Serena que estaba haciendo que Seiya escuchara y aceptara lo que Taiki nos decía, pero tenía un punto importante. Yo quería negarme a aceptar cualquier familiaridad con Taiki, pero también recordé que lo que más quería irme de este lugar para comenzar una nueva vida, sin rencores.

Y de una u otra forma, allí también estaríamos todos, y aunque existe una diferencia abismal a mi relación con Seiya, Taiki también era nuestro hermano.

—No sabes siquiera quienes somos realmente, perdimos demasiados años como para pretender que somos una familia feliz —expuse.

—He visto bastante de ustedes dos en este tiempo para saber cómo son, cada acción que han realizado desde que volvimos a vernos me deja claro quiénes son actualmente —replicó—. Se que ya no son los niños a los que dejé de ver cuando me fui, y es bastante impresionante verlos ahora.

A mi también me impresionaba lo distantes que parecían nuestras antiguas vidas, esas que nunca tendríamos de vuelta.

—Pero si irnos es también una oportunidad para mí, no quiero que sigan odiándome —continuó.

—Yo no te odio —se adelantó Seiya—. Pero debes admitir que jamás te has portado como lo hace un hermano, por mucho que nos ayudes, hay tanto más que nos falta de ti.

Agradecí que Seiya no fuera tan ingenuo como creí, que entendiera que no era tan fácil como ignorar toda nuestra historia juntos, toda la falta de historia con nuestro hermano mayor.

—Supongo que habrá tiempo —resolvió Taiki.

Al parecer había una forma de reencontrarnos, ellos al menos estaban dispuestos a esa oportunidad. Y entonces ambos me miraron, expectantes por lo que pudiera decir.

—Veamos cómo nos va cuando estemos lejos de aquí —acepté, no estaba del todo convencido, pero quería darle el beneficio de la duda—. Primero tenemos que lograr irnos, todos.

Vi a Taiki hacer una mueca algo parecida a una sonrisa, y luego volvió hacia el escritorio donde lo encontramos, buscando algo en el computador que tenía en frente.

—Tengo una idea bastante clara de cómo debemos hacerlo —nos dijo.

—Y nosotros del lugar, donde queríamos irnos hace un tiempo —agregó Seiya, acercándose a ponerse en plan de trabajo.

Era claro que no todo en mi vida era sobre lo que construiría con Minako en nuestro nuevo destino, y era muy pronto para ser optimista sobre esta nueva idea de familia Kou. Seguramente es lo que mi padre habría deseado, ver a sus tres hijos en paz, llevándose bien, perdonándonos.

No quise emocionarme en exceso sobre lo que acabábamos de hablar, pero saber que estábamos los tres al fin haciendo algo juntos y que era porque queríamos lograr que saliera lo mejor posible, me dejaba expectante a lo que podría ser de nosotros. Que quizá Taiki realmente podía volver a ser nuestro hermano. Ser esa persona a la que Seiya y yo admirábamos con tanto respeto cuando éramos niños.

Minako

Ya oscurecía cuando Rei y Lita decidieron que era tiempo de partir a nuestro destino. Habíamos pasado largo rato las tres acordando qué ocurriría al llegar, sabiendo los peligros, teniendo que aprender a confiar a la fuerza la una en la otra, o yo en ellas y ellas en mí.

Pasé tanto tiempo yendo y viniendo de este lugar, intentando burlar a un hombre poderoso y creyendo que estaba haciéndolo de maravilla, sin darme cuenta de que él estaba jugando también conmigo. Venus había sido ingenua por demasiado tiempo y había pagado muy caro el haber creído en él.

Pero no era Venus la que regresaba, era yo de verdad, sabiendo quién era con claridad y lo que quería para mí. No más juegos mentales, no más mentiras, solo un último encuentro para darle un final.

No fue difícil entrar, obviamente, y me deslicé por los pasillos de ese enorme lugar sin que nadie lo notara mientras buscaba mi único objetivo. Avancé atenta, revisando cada espacio que aun recordaba de los días que permanecí aquí, entonces llegué a una de sus salas, deteniéndome ante la imagen frente mis ojos.

Vi el fuego intenso en la chimenea, y él sentado allí, tranquilo y poderoso mientras leía un libro. Viéndolo así, nadie podría imaginar lo aterrador que era, incluso tiempo atrás me habría acurrucado a su lado, buscando un poco de calor y cariño ante la tristeza de no saber dónde estaba Serena. Pero ahora sabía quién era él y de lo que era capaz de hacerme por obtener lo que quería.

Mis manos temblaron sabiendo que nada de lo que vendría sería agradable, que tenía que enfrentar todo lo que viví entre estas paredes, y no dejar que volviera a jugar con mi cabeza.

Y aunque ya no era Venus la que venía por él, no había olvidado nada de lo que aprendí. Él se encargó de que yo entrenara para ser lo más letal posible, con la excusa de que robara lo que él pedía. Probablemente solo quería prepararme para la vida que él planeaba para mí.

Ahora era el momento en que él iba a arrepentirse por todo lo que me hizo.

Cuidé mis pasos hasta llegar justo tras su espalda, sujetando un cuchillo, y tomando el impulso para ponerlo en su cuello antes que él lograra reaccionar.

—Llevo mucho esperando tu regreso —dijo de pronto, sin moverse ni un poco de su cómoda postura, no pareciendo importarle que yo estuviera a punto de cortarle el pescuezo.

Odiaba que su voz sonara a una sentencia, como lo fue la última vez.

Antes de que pudiera yo reaccionar, tomó mi muñeca, alejando el cuchillo para ponerse de pie ante mí, haciéndome frente, mirándome con esos mismos ojos que casi me quitan las ganas de vivir. Mi cuerpo se tensó por completo, alerta y sabiendo que iba a tener que defenderme con cada parte de mi ser.

—No estoy de vuelta —aseguré—. Vine a terminar con todo esto.

Él me examinó de pies a cabeza con su mirada, y supongo que le llamó la atención verme tan diferente a la desesperación que me envolvía la última vez que nos vimos.

—Ahora más que nunca perteneces a mi lado, tu y yo somos una fuerza imparable al estar juntos.

—Lo sabías, siempre supiste quién era yo en realidad —le corté—. Me alejaste de mi hermana porque querías usarme.

Sonrió, entendiendo que al fin se acabarían las mentiras.

—No es tu hermana, es sólo un eslabón perdido de una familia que te pertenece —explicó, confirmándome lo que temí—. Y tu me perteneces a mí.

—Si vas a hablar con la verdad hazlo ahora, no tendrás otra oportunidad —afirmé.

Caminó nuevamente hacia el fuego, dejando a un lado el libro, tomando esos tiempos que me enfurecían porque no quería seguir aquí. Y no iba a dejarlo hacer esto a su manera nuevamente, yo ya no era su títere.

—Diamante y yo sospechábamos que una de ustedes no era tan simple, y si estás aquí reclamando sobre quién eres, es que tengo razón —apuntó—. Y qué suerte la mía de que fueras tú y no ella, no sólo por tu posición, si no por todo lo que significas para mí.

—Estás loco.

—Siempre he estado loco por ti, nunca te mentí, te quiero conmigo porque ahora no hay nadie que pueda detenernos —expresó, demasiado entusiasmado, tan seguro de sus palabras como siempre.

—Todo fue tu idea, Diamante nunca intentó llevarse a Serena, todo lo hiciste para atraerme a ti —resolví, era lo obvio, pero quería que él lo admitiera.

—Hice lo necesario por tenerte, pero inevitablemente te sentiste atraída hacia mí. Cada vez que intentabas seducirme no era sólo por querer mi ayuda, disfrutaste cada instante que compartimos, por eso no puedes apartarte de mí —relató—. No puedes negarlo.

—Cometí todos los errores posibles contigo, ya no más —respondí—. Se acabó la charla.

Me acerqué a él nuevamente, dispuesta a acabarlo, pero él, en vez de retroceder y defenderse, se acercó más a mí, buscando atacarme, tomándome con fuerza de los brazos para mantenerme quieta. No pude evitar pensar en los días en que me amarraba en esa habitación, días en que creí no poder soportarlo.

—Si no quieres seguir hablando es porque extrañas algo más de mí —murmuró en mi oído, rozando sus labios en mi cuello, haciéndome sentir que ya no sólo eran mis manos las que temblaban.

Aunque me sacudí inquieta intentando liberarme, temí por un instante haber perdido mi ventaja. Pero no me permití caer esta vez, antes de que pudiera seguir tocándome, di una patada certera entre sus piernas, mandándolo al suelo mientras se quejaba de dolor.

Tomé la distancia suficiente y metí la mano a uno de los bolsillos, encontrando la pequeña joya con la que él intentó atarme. La lancé a sus pies, sintiendo que dejaba al fin de quemarme el mantenerla conmigo.

No la había guardado a propósito, simplemente se fue conmigo el día que escapé, pero cuando tuve la seguridad que debía volver a enfrentarlo, quise devolvérselo, y no tener cerca ningún recuerdo de lo que alguna vez existió entre nosotros, ni lo que consentí ni lo que fue a la fuerza.

—Así que esto era —me dijo, aún en el suelo, tomando en anillo en su mano y sonriendo—. Tu excusa para volver a mí es nuestro compromiso.

—No, es que entiendas que todo lo que quisiste arrancar de mí me pertenece, y no pretendo dártelo —solté molesta.

La sonrisa de Saijo sólo murió cuando nuevamente busqué lo que escondía en mi abrigo, pero esto no era una pequeña joya, era la única arma que importaba, que fue la que inició todo entre Ace y yo, y ahora iba a terminarlo.

Tomé firme la espada que por tanto tiempo él quiso que le entregara, porque, tal como le había dicho, me pertenecía.

—Mi hermana, mi libertad, mis ganas de vivir, Yaten —enumeré—. Ya no podrás arrebatármelos jamás. Y tampoco podrás tener esta espada.

Me inquietó su expresión al verla, tan similar a cuando Kakyuu descubrió que la tenía. ¿Qué tanto podía obsesionarse una persona con el poder para perderse en un objeto que simboliza tanto? No creo que jamás pueda deslumbrarme un objeto, no al menos como lo hace una persona.

—Esperaba que los Black se hicieran cargo de tu aventura con esa basura, que tu supuesta hermana desapareciera del mapa, que nadie se interpusiera entre nosotros —explicó.

—Kakyuu y tu siempre lo supieron, jugaron con nosotros para poder llegar a esta espada —aseguré—. Lástima para ti que terminarás muerto, igual que ahora lo está ella.

—Yo sólo jugué mis cartas para controlar todo a tu alrededor, amor mío —explicó, volviendo a posar sus ojos en mí y recuperando su sonrisa engreída—. Y mira qué bien ha resultado, estás aquí con la espada, y si dices que ella está muerta, es un problema menos del que preocuparme. Por mí que todos a nuestro alrededor mueran y nos dejen en paz.

—Tu único problema soy yo —le advertí.

Me acerqué a él, amenazándolo con la espada, no permitiendo que se incorporara. Lo tenía justo donde quería, en el suelo e indefenso para poder actuar y acabar con todo, faltaba un último movimiento y se terminaba.

Fue apenas un instante en que ambos nos movimos, yo en dirección a él y él intentando alejarse sin éxito cuando la punta de la espada atravesó su hombro.

Saijo gritó, más fuerte de lo que alguna vez escuché, y no pude evitar recordar el grito de dolor de Yaten esa mañana cuando le disparó. Esto era su karma por todo el daño que había hecho, y aunque no logré dirigir la estocada certera donde yo quería, él estaba ahora herido.

Sostuvo su hombro sangrando, su respiración agitada y su cuerpo descontrolado por más que intentaba mantenerse firme mientras yo seguía de pie ante él.

—Minako Tsukino era una chica coqueta e inocente que vino a pedirme ayuda. Venus una delincuente que hacía mi trabajo sucio y se acostaba conmigo —murmuró con esfuerzo. Miró su hombro y luego a mí—. Minako Aino es una asesina, supongo que realmente perteneces a tu familia.

Estaba equivocado, yo no era una asesina. Tampoco lo era el resto de esta familia que había encontrado, ¿o sí? Rei quería venganza y había matado gente en el camino, pero Ami y Lita…

Había escuchado historias sobre todo este mundo opulento y escondido. Las traiciones, la sed de poder, había escuchado de todos quienes se confabularon para hacer desaparecer a los Aino, y sospechaba que ellos tampoco habían tenido un historial demasiado limpio precisamente.

Y ahí estábamos las cinco que quedábamos, y yo les había pedido buscar una vida nueva juntas porque no pertenecía a toda esta oscuridad. Sin embargo, estaba la espada a centímetros de Saijo, apuntándolo esta vez sin escapatoria, y una vez que lo hiciera él tendría razón sobre mí, y no quería darle en el gusto.

Lo miré allí tan indefenso, doliéndome sin poder evitarlo. Él me había dañado en lo más profundo, y aún ahora sus palabras resonaban en mi cabeza. Era obvio que intentaba manipularme para que no lo matara, pero era algo que con o sin él, yo me cuestionaba.

Mi silencio inmóvil y su respiración agitada fueron cortados por dos disparos, sacándome violentamente de mis dudas cuando lo vi caer de espaldas.

Intenté salir de mi asombro lo más rápido posible, y miré hacia atrás enseguida, notando a Rei todavía apuntándole y a Lita un poco más atrás.

—¿Qué hiciste? —pregunté impactada, se suponía que yo tenía que hacerlo, ellas sólo estarían cubriéndome.

—Acabar con esto, y evitar que mates a alguien, es quizá de lo que debía protegerte —resolvió.

Nos miramos por un instante, sabiendo que no necesitaba explicarme mucho más, de alguna forma nos habíamos entendido, y aunque no pronuncié alguna palabra, estaba agradecida de que quitara de mí este peso.

Me devolví, caminando hacia Saijo, sabiendo que ya estaba condenado, y me arrodillé ante él, sin siquiera tocarlo, apenas acercándome para que pudiera escucharme.

—Nunca más atormentarás mi vida —le aseguré—. Adiós.

No logró responderme, no lo intentó siquiera, sólo permaneció con sus ojos fijos en los míos mientras la respiración se le iba. Y vi apagarse ante mí al hombre poderoso que creyó tenerme en sus manos, costándome creer que después de tanto tiempo, ya no corría peligro.

No pasó mucho tiempo más, y cuando fue evidente que estaba muerto me puse de pie, alejándome con Rei y Lita, negándome a volver a mirar atrás. Porque aquí se cerraba todo lo malo que había pasado y estaba tomando la decisión que una vez atravesara la puerta para irme, todo lo que aquí pasó quedaría en el pasado y no iba a permitir que volviera a atormentarme.

Así como habíamos entrado sin que nadie lo notase, no fue tampoco difícil escabullirnos fuera, y nos apuramos en alejarnos lo máximo posible de este lugar que no volvería a pisar en la vida. Pero no presté demasiada atención al camino de vuelta, ni a nada más hasta que llegamos a la entrada de donde la familia Aino se había escondido en el último tiempo, también yo.

Ellas iban a informar que ya estaba hecho, y que estábamos listos para avanzar hacia lo que yo más quería, aunque también en ese instante lo que más quería era ir con una persona en especial.

Caminamos las tres por el pasillo, y levanté la vista, encontrándome con su mirada. Él estaba ahí, esperándome.

Me detuve, dejando que Lita y Rei siguieran su camino sin que prestaran demasiada atención a nosotros, ya era obvio todo lo que había entre Yaten y yo, y me alegraba que mi nueva familia actuara de la forma más natural ante nosotros, lo que verían mucho en lo que viene desde ahora.

Nos miramos un momento, apenas a unos pasos el uno del otro, Yaten estaba preocupado, podía notarlo con facilidad. Así que sonreí, cuando mi corazón al fin se calmó, sabiendo que ya no existían más malas noticias.

—¿Estás listo? —pregunté ilusionada.

—¿Para qué? —quiso saber, confundido aún.

—Ya nadie nos perseguirá, nadie intentará apartarnos, ya no hay más líos —expliqué—. Y si los hay, lo resolveremos juntos.

—No respondiste para qué debería estar listo —insistió.

—¿Qué acaso no es obvio? —apunté, acercándome, tomando su rostro entre mis manos sin poder ocultar la alegría que me invadía—. Yo ya estoy lista para nuestra nueva vida.

Los músculos de su rostro se relajaron, al fin regalándome una de esas sonrisas a las que tanto me había acostumbrado, y que quería ver cada día.

—Supongo que, si no tuve como escapar de ti en todo este tiempo, no podrás escapar de mí tampoco —bromeó—. Está todo listo para partir.

Lo besé sin urgencia, por sentí que al fin teníamos el tiempo a nuestro favor, el tiempo para los besos, para sus manos acariciando mi cabello y yo aferrándome a su cuello. El sabor de un beso que era tranquilidad, felicidad, y la promesa de al fin poder vivir realmente. Al fin éramos libres de simplemente ser él y yo, con todos los demás acompañándonos en el nuevo camino, y me entusiasmaba pensar en todas las posibilidades que eso significaba.

—¿Puedo decirle ahora a Serena que sí eres mi novio? —pregunté por mosquearlo, apartándome apenas de sus labios.

—Tu y yo somos mucho más que eso —respondió simplemente.

Me lancé a sus brazos, envolviéndolo tanto como él lo hizo conmigo. Era la emoción compartida de que ahora teníamos un camino despejado, claro, y podríamos caminar de la mano en la dirección que quisiéramos.


.

.

.

¡Hola!

¿Ven que cuando retomo ya no vuelvo a desaparecer por siglos? He notado eso sí que, lamentablemente, el haber estado tanto tiempo ausente me hizo perder a muchas personas, supongo que son las consecuencias.

Este es técnicamente el último capítulo de Senderos Perdidos, pero queda aún el epílogo que espero subir muy pronto. Así que de a poco estoy a punto de despedirme de esta historia.

Y si andan aún por aquí acompañándome, o de pronto se unieron recién a esta historia, ojalá se tomen el tiempo de dejarme sus comentarios, que siempre son la felicidad de saber que hay personas que disfrutar leer lo que yo disfruté (y demoré) tanto escribir.

Dato curioso: una de las cosas que más me demoro en decidir, son los títulos. Siempre es lo que hago cuando ya el capítulo está completo. Y pensé en un montón de palabras para este, y cuando elegí finalmente este, me di cuenta de que coincide con el disco de Christina Aguilera que sacó hace dos años, y que amo. Así que, aunque no tenga que ver una cosa con la otra, aprovecho de recomendarlo.

¡Abrazos!

Katabrecteri.