Capítulo 19: Los mazokus entran a escena
Lina resollaba y corría por el camino de tierra. Su capa ondeaba al ritmo del viento caliente y esa sensación de antes viscosa, axfisiante, seguía en su piel pegada. De fondo, el sonido del tintineo metálico de su fardo acompañaba su lucha interna. Una parte de ella, la Lina antigua, la llamaba "cobarde" y "miserable". La otra tenía demasiado miedo para pensar en adjetivos. Sólo quería huir de ese mal sueño y, por encima de todo, dejar de poner a sus amigos en peligro.
Las imágenes de sus amigos encerrados en cristales le vino a la cabeza. Corrió. Volvió a ver a Amelia y Zelgadis hechos añicos; a un Gourry con la expresión congelada. Siguió corriendo. "Otra vez no." Sus peores temores volvían a acosarla y la brea negra que la impregnaba volvía reales esos ecos del pasado. Volvió a ver el cuerpo de Zel caer sin vida al suelo; el aire abandonar los pulmones de Amelia. Cerró los ojos. "Basta".
Sus pies tropezaron en el camino y cayó a la tierra. Saboreó el sendero en sus labios. Sus pesadillas se agolpaban en su mente y Lina las sentía agitarse, listas para salir en estampida. Se incorporó de nuevo y sus músculos se tensaron al oír un tintineo cercano. Se giró. Ahí estaba de nuevo. Era como si estuviera pegado a ella, como si respondiera a sus movimientos. Otro de sus movimientos agitó su capa y el tintineo volvió a oírse un momento. Ella lanzó una mirada entre sus pliegues y vió al culpable: ese fardo mal atado lleno de monedas y cachivaches.
-Me estoy volviendo loca -murmuró entre dientes.
Oteó el horizonte. Aún era noche cerrada y apenas se veía el camino por el que andaba. El pie izquierdo le palpitaba al caminar después de esa caída, pero ni el dolor ni las pesadillas retuvieron su marcha. Respiraba con fuerza. La hechicera tomó aire y notó el bochorno del verano entrar en sus pulmones. Apretó el paso. Para cuando el primer rayo de sol tocó la tierra ya no había rastro de ella.
...
Jeremías se llevó unas pastas a la boca y las migajillas rodaron por su barba cuadrada. Las galletas eran crujientes, casi fritas. Tenían un aroma a limón delicioso y un toque final a chocolate que hizo sonreír al anciano.
-¿Disfrutas de la fiesta, viejo?
El hombre se volvió. Había una mujer alta a su lado, de finos rasgos y labios apretados. Líneas de mercurio gris le nacían de la cabeza y derramaba por los hombros. Su cara no tenía una sola arruga y sólo su pelo revelaba la edad del cuerpo. Hoy tenía el cabello gris suelto y este le hacía un gracioso contraste con su capa verde oliva, con la gema amarilla de su pecho. Esa mujer era Lasca, la nueva directora del círculo de magos y la anfitriona de la fiesta.
Jeremías sostuvo su mirada y achicó los ojos. Llamar "viejo" al sumo sacerdote era motivo de excomunión en algunos casos, de guerra santa en otros tantos. Esa mujer, sin embargo, lo había dicho con la misma soltura con la que un adolescente llama "colega" o "tronco" a otro en una mala comedia. Al sacerdote esa falta de respeto no le gustó un pelo, pero se cuidó mucho de mostrarse ofendido. En vez de eso sonrió cálidamente.
-Una ceremonia de investidura divina, Lasca. -dijo mientras mordisqueaba otra galleta- He de decir que ha sido toda una sorpresa recibir esta invitación. Eres la primera directora del círculo en... ¿200 años?
-300, en realidad. -respondió ella.
El sumo sacerdote paseó la vista por la habitación. Las bolas de luz iluminaban la estancia desde el techo, dando la impresión de estar llena de pequeños soles. A la izquierda, un cuarteto de cuerda llenaba de música la sala y capas de todos los colores se movían al son de la suave danza. La escena parecía sacada de un pequeño cuento de hadas. Sólo los mercenarios mal vestidos en las puertas y los magos armados que los acompañaban, rompían la ilusión. La rudeza de sus rostros devolvían a Jeremías a la realidad, al caos que era Saillune esos días. Sus ojos danzaron unos momentos más por la sala, buscando algo que no estaba:
-Todo un acontecimiento, sin duda. Pero… no veo a la familia real, ¿llegan tarde?
Lasca lo miró, divertida.
-Oh, no. No están invitados.
Los ojos del sumo sacerdote se abrieron de par en par.
-Pero eso es una falta de etiqueta ¡algo sin precedentes! Se sentirán ofendidos, se lo digo yo.
-Pues que se ofendan -soltó con sorna- para lo que nos están ayudando, poco nos importa. Además, esto es más que una fiesta de investidura.
Lasca se giró, enigmática, en dirección a la puerta de la derecha.
-Sígueme.
El viejo seguía aún sorprendido. Tardó en reaccionar, en dejar el plato y soltar las galletas. Cuando lo hizo pero se apresuró a seguir a la nueva directora.
Dejaron atrás la música y el gentío. Las puertas se cerraron tras ellos y caminaron por el pasillo, sólo el fino violín del cuarteto resonaba en ese punto. Lasca se detuvo en la tercera puerta y bajó el picaporte. Seis figuras esperaban dentro de la sala. El ambiente de dentro era un vívido contraste con lo que acababa de vivir Jeremías en la fiesta. La atmósfera era solemne y la habitación pequeña. Había un deje casi reverencial en ese silencio, tan educado, tan exquisito.
Seis columnas dominaban la estancia y, al fondo, un semicirculo de sillas, una recia mesa blanca, atraían la atención a un asiento magistral que había en el centro. Lasca caminó hasta la silla central con soltura. Se sentó y cruzó las piernas.
-Muy bien. Si ya estamos todos creo que podemos comenzar. Siéntate, por favor, Jeremías.
Las seis figuras de la sala se movieron. Jeremías seguía plantado en la puerta, tratando de armar el puzzle.
-Primero organizas una investidura sin la corona y ahora me sacas de la fiesta a una habitación oscura. ¿Qué mazokus es esto, Lasca?
La aludida abrió un poco los ojos.
-Pensaba que estaba claro, viejo. El círculo sólo escoge a una directora en situaciones de crisis y por eso esto -abrió los brazos, como abarcando la sala- es una reunión de emergencia. Venga, toma asiento.
Jeremías avanzó y las baldosas del suelo repicaron a su paso. Se detuvo frente a la silla un momento, pero nadie se apresuró a apartarla. El sumo sacerdote podía ser toda una eminencia eclesiástica sin embargo, jerga divina y palabrería aparte, un sacerdote era siempre un mago. Hizo un breve mohín con los labios. Al parecer en ese edificio tenía la etiqueta del círculo. Las palabras de Lasca y sus apelativos habían dejado bien claro su posición en esa reunión.
-Y ahora que está todo aclarado -dijo Lasca con una bonita sonrisa.- podemos comenzar.
Murmuró unas palabras y una esfera blanca apareció en el centro de la mesa, iluminando el rostro de los otros seis presentes. Jeremías distinguió algunas de las caras bajo las capuchas: el bigote frondoso de Victor el Violeta, los rizos negros de Carla, la maga escarlata y la barba poblada de Héctor el gris. Los tres restantes ocultaban bien sus caras pero llevaban capas blancas, que los identificaban como sabios del círculo y los anteriores cabecillas del gremio.
Jeremías tensó el gesto mientras observaba a los presentes. Esa pequeña sala, justo al lado de la enorme fiesta, reunía a las ocho personas más importantes del mundo mágico. Algo grande estaba a punto de suceder. La sala entera parecía contener el aliento.
Lasca se levantó del asiento y rompió el silencio.
-Amigos míos, como habéis notado, los tiempos de la magia están cambiando. Esas sucias armas, llenas de polvo y ruido, parecen querer suplantar a los métodos antiguos. El trabajo escasea y, por si fuera poco, ahora nuestras vidas también están en peligro. Por eso los sabios del círculo han decidido recuperar la figura de directora, para salvar a la magia y a los magos.
Un grupo de murmullos de aprobación recorrió la sala mientras la directora se sentaba.
-Lo primero -continuó ella- es nuestra seguridad. Supongo que os habréis enterado de la muerte de ese pobre muchacho.
Algunas miradas bajaron en señal de pesadez y respeto. Otras lo hicieron con miedo. La noticia de la muerte del aprendiz se había extendido tan rápido como esa cochina pólvora. No era novedad que un mago muriera. En el círculo eran comunes las bajas. Los que coqueteaban con magia a menudo se quemaban las cejas en el primer intento y toda la cabellera al segundo. Es más: uno de los motivos por los que los magos llevaban guantes era porque solían perder algún dedo con sus hechizos de hielo. Sin embargo, por muy comunes que fueron los accidentes y las peleas, los altercados y trabajos sucios, los asesinatos no estaban en el menú del día.
La voz de Lasca volvió a oírse, clara, temible:
-He puesto a cinco magos a investigar el asesinato. Tampoco hemos sufrido más bajas, pero seguimos sin encontrar al pistolero que mató a nuestro aprendiz. Sancho jura y perjura que no ha sido él, pero no me fio -chasqueó la lengua- La guardia real también le tiene el ojo echado.
La palabra "real" levantó algunos bufidos en la sala. Jeremías miró a ambos lados:
-Creo que me he vuelto a perder -dijo, confuso- Tenía entendido que Philionel estaba ayudando a los magos, mediando por ellos.
-¿Ayudar? -la poderosa voz de Victor llegó desde el otro lado de la sala- Al príncipe parece no importarle las tradiciones lo más mínimo. No condena públicamente las armas y además quiere que nos adaptemos ¡que convivamos!
Dio un golpe a la mesa con el puño y Jeremías saltó en su asiento.
-No sólo nos quitan los trabajos, nos maldicen, también nos acusan de volar ese maldito edificio. Y ¡ahora! ¡Ahora matan también a los nuestros!
Frases similares empezaron entonces a recorrer la sala.
-¡Antes muerto que convivir con esos polvorientos! -se oyó decir a un sabio.
-Philionel nos ha dejado a nuestra suerte -contestó Carla a su lado- Él es la causa de que tengamos que valernos por nuestra cuenta.
-Estoy de acuerdo -sentenció Lasca.
La sala entera se volvió a su anfitriona. Ella tomó aire de forma calmada y volvió a hablar:
-Por eso necesitamos demostrar que aún somos relevantes, que aún somos poderosos. -hizo una pausa dramática- que hay cosas que podemos hacer y que esos palos de fuego no consiguen.
Hizo un gesto con la mano y uno de los sabios del círculo le tendió un libro. Era pesado y amarillento. Lasca lo abrió y lo giró para mostrarlo a sus invitados.
-Este libro contiene un sin fin de conjuros olvidados. Conjuros más shamanisticos más poderosos que el La tilt, formas de robar el poder a los mazokus y controlar las mentes. Algunos hablan de magia más allá de su uso ofensivo y defensivo, magia que ralentiza el envejecimiento.
El libro fue pasando de forma reverencial entre los presentes. Cuando llegó a Jeremías, este torció el gesto. Las páginas de ese libro no estaban en ningún idioma que él conociera. No eran glifos mágicos, tampoco un idioma de fuera de la barrera.
-El único problema -dijo Lasca adivinando sus preguntas- es que no está escrito en ningún idioma humano. Para rescatar ese conocimiento hacen falta los poderes de un mazoku. Una mazoku en concreto, más antigua que la barrera y los reinos humanos.
Jeremías se alarmó al oír esas palabras pero fue Víctor el que alzó la voz:
-¿Qué estás diciendo, Lasca? ¿Vas a pactar con un mazoku? -ella asintió y su voz tronó de nuevo- ¿Te has vuelto loca, mujer? Hace años que el círculo condena esas prácticas.
No fue el único en la mesa que se escandalizó. Todos parecían sorprendidos. No es que los magos del círculo no pactaran con mazokus y demonios menores, era que, simplemente, no estaba bien visto. Era peligroso, sucio y, al igual que hurgarse la nariz, estaba muy feo hacerlo en público. En la alta sociedad las palabras de Lasca sonaban igual de bien a la frase "tengo ladillas y me acabo de bañar en el ponche". Ésta, sin embargo, parecía más orgullosa que avergonzada.
-El pacto ya está hecho, Victor. Y ha sido de lo más fructífero. Es una mazoku muy sabia y poderosa. No arrugues así el ceño, mientras tenga el apoyo de los sabios y del círculo, estará bajo control.
-¿Por qué lo has hecho Lasca? -dijo Carla. Parecía la más consternada de la sala.
La directora suspiró a modo de respuesta.
-A mi tampoco me hace gracia -añadío- pero había que hacerlo. Como directora haré lo necesario por la seguridad de la magia.
Un silencio pesado se adueñó un momento de la sala. Hector fue el primero en hablar.
-Si lo crees necesario, Lasca, cuenta con mi apoyo. -dijo reticente.- ¿hay algo que pueda hacer?
La directora asintió, agradecida.
-El libro parece estar sellado por algún tipo de ritual antiguo. Por eso es ilegible e inmune a nuestra magia. La mazoku me ha dado una lista de objetos, ¿puedes organizar una partida de búsqueda?
-Saldré mañana mismo -respondió él.
-Para que esto salga bien necesito la colaboración de todos -su dura mirada se fue posando en cada uno de los rostros.- El futuro de la magia y nuestro oficio depende de nosotros ocho, caballeros. Espero que sepan apreciar su importancia.
El discurso pareció calar en los presentes y los magos volvieron la mirada hacia la mujer que dominaba la sala.
-Estas son mis tareas para vosotros: Víctor, necesito que vuelvas a dar clases. Nuestros alumnos andan muy oxidados en magia negra y ofensiva; Jeremías, necesito saber que cuento con tus videntes y con el apoyo de las sacerdotisas; en cuanto a ti, Carla, haz saber a los magos afiliados al círculo la situación en la capital, por favor. Los sabios y yo nos encargaremos del ritual y de mantener a raya a la mazoku.
-¿A todos? -preguntó la mujer morena- ¿Qué hay de esa proscrita?
Lasca arrugó la nariz.
-¿Esa Lina inverse? -hizo un gesto de desdén con la mano- Déjala. Ya tiene lo que se merece.
...
Lina se quitó los guantes y estiró las manos hacia el fuego. La lluvia la había pillado desprevenida y no había tenido más remedio que buscar refugio en una cueva. El agua goteaba por las paredes, por los mechones mojados de su pelo, y salpicaba en el suelo de piedra.
La bruja metió la mano en el fardo y comprobó, asqueada, que todo su interior estaba húmedo. Lanzó una palabrota al aire mientras vaciaba el saco. Las monedas y gemas cayeron con suaves tintineos; la comida húmeda hizo un sonoro plaf al dar contra la roca y, después, cayó la espada brillante de forma pesada.
Tiró a un lado la plasta que había sido su comida y dejó secar el resto. Después se acercó, resignada, al calor del fuego. Sentía que el control se le escapaba en esa aventura y lo odiaba. Odiaba sentirse manejada, controlada. Se había mirado las manos una y otra vez, pero no había hilos o madejas que salieran de ellas. Aún así, era como si ya no fueran suyas. Como si ella ya no las controlara. Cerró las manos y las crispó en puños.
Lina echó otro puñado de ramas al fuego y suspiró. Esa sensación pegajosa seguía en su cuerpo y ahora se mezclaba con negra desesperación, con una súbita rabia. Cogió la espada brillante y la examinó a la luz del fuego. Lo había hecho otras noches pero, por mucho que la mirara, no sacaba nada en claro. Era definitivamente mágica, pero su brillo no se apagaba ni consumía. Era extraña, única, y eso había disparado las alarmas monetarias de Lina. Había un hechizo que… sí, había uno que quizás pudiera ayudar a…
-¡No! -gritó.
Volvió a cerrar los puños. Llevaba todo el día sin usar la magia y no había tenido altercados ni emboscadas. Algo le decía que eso era lo correcto, la manera de salir de ese absurdo bucle, de recuperar su control.
La hechicera recogió su saco con prisas y escurrió su capa en las llamas para apagar la hoguera. Después echó una última mirada y salió de nuevo a la tormenta.
...
-¡Eh! ¡Ikram!
Festoss hizo una bocina con las manos y volvió a llamar.
-¡IKRAM!
-¿Qué?- dijo el mazoku de mala gana.
-Me aburro.
Ikram lanzó un gruñido a modo de respuesta.
-¡Ikraaaaam¡
-¡¿Y a mí qué cojones me cuentas?! -bramó.
Ikram se giró. Festos estaba tumbado en una roca, y se enrollaba el pelo blanco entre los cuernos cobre con aire distraído. Lo miró e hizo un puchero.
-Vamos a jugar con los humanos.
-¿Otra vez? -Respondió este- ¿No tuviste ya suficiente con ese mago y el palito de fuego?
El mazoku de piel grisácea dejó escapar una risita.
-Fue tan divertido. Tendrías que haberme acompañado. La cara de ese aprendiz era sublime ¡mágnifica!
Ikram hizo un par de ajustes en el orbe que manejaba. No parecía contagiarse de la emoción de su amigo.
-Aún no entiendo por qué usaste esa arma humana tan sucia. Podías haberlo matado, literalmente, chasqueando los dedos.
Festos se encogió de hombros.
-Quería ver a qué venía tanto revuelo.
Su amigo se pasó la mano violeta por la barba, jugando con las pequeñas trenzas. Seguía observando con cuidado su orbe y debió ver algo interesante de pronto, porque se echó a reír con ganas.
-Para revuelo el que has montado matando a ese tipo. Mira.
El mazoku se levantó de un salto y corrió a su lado. Miró la bola brillante y soltó una carcajada.
-¡Joder! Esto hay que repetirlo.
Juntos, volvieron su atención a la bola que reflejaba el plano humano. Sus sonrisas se agrandaron al ver los carteles y protestas en el palacio y las aletas de sus narices se ensancharon en respuesta a tanto miedo, tanto caos. De pronto, oyeron a alguien acercarse a sus espaldas. Andaba con pasos ligeros y un bastón de madera marcaba su paso sobre la roca. Toc, toc, toc.
-Sois incorregibles, muchachos. -dijo una voz melosa.
-¡Xellos! -Ikram entornó los ojos nada más verle- ¿Qué tramas?
El nuevo mazoku entró en el círculo de luz que irradiaba la esfera. Su pelo violeta ondeaba a cada paso y en sus labios había una sonrisa traviesa pintada.
-¿Yo? -dijo de forma inocente- Nada de nada. Sólo quería resolver un par de dudas y de paso bajar a jugar con vosotros.
La duda se pintó en los rostros de los dos demonios. Ikram frunció el ceño, mientras que Festoss abrió mucho los ojos, incrédulo. Era extraño que un mazoku de tal posición perdiera el tiempo en juegos. Definitivamente tramaba algo.
-A cambio -añadió- no le contaré a nadie la fiesta que habéis montado en Saillune. Y sin invitar a ningún amigo, que feo. Si, muy feo.
Festoss e Ikram se tensaron. Para ser un pueblo que adora el caos, los demonios podían ser muy estrictos en cuanto a leyes y normativas. Tenían preciosas canciones de iglesia reservadas para aquellos que se iban de juerga sin echar antes el papeleo.
-Está bien -gruñó Festoss- ¿qué es lo que quieres?
La cara de Xellos se iluminó en un momento.
-Es sólo una preguntita de nada -dijo- Decidme: ¿Hhbéis hecho alguna trastada más en el reino de Saillune? ¿Más jueguecitos con los humanos?
Ellos se miraron e Ikram respondió el primero.
-¿En Saillune dices? Sólo eso. ¿Por qué?
Xellos se llevó un dedo a la boca, pensativo. Abrió sus finos labios y, con una sonrisa, dijo:
-Eso es un secreto.
Después se adelantó y dio unos cuantos toquecitos a la esfera.
-Venga, vamos a jugar.
