1er capítulo: LA RIÑA

Edward estaba rabioso, más allá del control. Salió de su despacho hecho una furia, caminó dando grandes zancadas cruzando el corredor y subiendo las escaleras. Si alguno de los criados se cruzaba con él, corría a esconderse para ponerse fuera del alcance de su amo. Nunca lo habían visto así.

Abrió la puerta del dormitorio de Bella, haciendo que por el impulso golpeara contra la pared, y entró como un torbellino. Ella aún estaba vestida, sentada delante de la ventana observando el exterior. Se levantó de un salto cuando lo vio, y tembló sin poder evitarlo.

Edward se dirigió hacia ella, la cogió del brazo y la sacudió.

—¿Qué especie de juego estás jugando, esclava? —la recriminó. Su voz salía como un silbido grave entre los dientes apretados—. ¿Qué piensas conseguir?

Ella no contestó. Se echó para atrás y cerró los ojos con fuerza. Creyó que iba a pegarla, y no de una manera en que a ella le gustara.

—No voy a pegarte, zorra —dijo soltándola de improviso. Bella trastabilló hacia atrás, tropezándose con los bajos de su propio vestido y tuvo que agarrarse a la silla para no caer—. Dame los pagarés —le ordenó, imperioso.

—N… no los tengo, amo —contestó en un susurro. ¿Cómo se había enterado? Maldijo interiormente. Alguien debía haber escuchado la conversación con su padre.

—No mientas —dijo Edward remarcando el espacio entre las dos palabras más de lo necesario.

—Los quemé, amo. Ya no los tengo.

Edward rugió de rabia. ¡Estaba tan furioso! Con ella, consigo mismo, con todo el mundo.

—¿Quién te los dio? —Bella negó con la cabeza. No pensaba delatar a Alice. Ella lo había hecho por su bien, le debía lealtad por su generosidad. Edward rio, y su risa sonó siniestra—. No es necesario. Sé perfectamente quién ha sido, y créeme que Alice se arrepentirá de haberte ayudado.

Bella no dijo nada, pero por la expresión de asombro mezclado con miedo, Edward supo que había dado en el clavo: su suposición había sido certera.

—No te atrevas a hacerle nada —siseó Bella, sacando su carácter—. No lo hagas o…

—¿O qué? —preguntó insolente—. ¿Qué harás si la castigo?

—Eres un hombre odioso, Edward Masen, ¿lo sabías? Te empeñas en parecer malvado, cruel, sin corazón. Me provocas y me empujas esperando que me aparte de ti. ¿Por qué quisiste casarte conmigo, eh? ¡Dímelo, maldita sea! —La respiración de Bella era agitada, y su rostro se estaba poniendo colorado mientras apretaba con fuerza los puños. Edward la miraba con un gesto despectivo en los labios—. Recurriste al chantaje para conseguirlo, ¿para qué? ¿Para una estúpida e infantil venganza?

—¡¿Estúpida e infantil?! —estalló él—. ¡A ti puede parecerte algo pueril, pero tu respuesta a mi invitación corrió de boca en boca! ¡Me costó mi futuro! —Se había acercado tanto a ella que estaban a pocos centímetros de distancia. Edward había levantado el puño hasta su corazón, y allí golpeó con saña, contra su propio pecho, mientras gritaba—. Quería una buena esposa, decente, que me diera hijos. ¡Una familia! Incluso había empezado a buscar la manera de deshacerme de todos mis negocios sucios para que no tuviera que avergonzarse de mí. —No sabía por qué estaba confesando aquello, abriéndole el corazón y haciéndose vulnerable a ella, dándole la oportunidad de hacerle daño—. ¡Pero tú lo estropeaste todo! Después de aquello tuve que renunciar, ¡ninguna familia decente me aceptaría en su seno! Ni siquiera las más desesperadas… —Bella lo miraba y se le iba encogiendo el corazón más y más con cada una de sus palabras. Nunca hubiera podido imaginar que sus palabras dichas sin pensar y con todo el desprecio del mundo, hubiesen hecho tanto daño a un hombre que parecía invulnerable en todos los sentidos—. ¿Y aún te preguntas por qué te elegí a ti? ¡Justicia, Bella! ¡Eso era lo que quería!

—Y ya la tienes, Edward —susurró dando un paso hacia adelante, intentando llegar a su rostro con las manos para acariciarle, pero él se apartó bruscamente. Bella dejó caer las manos a su costado y lo miró, suplicante—. Te amo, Edward

—confesó—. Contigo he descubierto un mundo apasionante, y me he encontrado a mí misma. Yo puedo darte la familia y los hijos que anhelas. Un hogar…

—¡No! —gritó él, y la cogió por la muñeca y tiró de ella hasta tenerla entre sus brazos. Agarró su rostro con una mano y la obligó a mirarlo—. Tú no eres nadie — siseó a pocos milímetros de su boca—. Nadie más que una esclava, ¿entiendes? No eres digna para tener a mi hijo. —El dolor por sus palabras en los ojos de Bella lo golpearon con dureza y lo enfurecieron aún más—. Solo existes para mi placer — murmuró perdiéndose en aquella mirada clara y no pudo resistirlo más.

Su rostro descendió hasta apoderarse de aquella boca jugosa y apetecible y la besó. Sus lenguas se enredaron en un baile provocador. Bella no sabía cómo besar, pero trató la lengua de Edward como había hecho con su polla, rozándola, chupándola, raspándola con sus dientes, y aquello lo excitó de tal manera que no pudo resistirlo. Tiró de su ropa, rompiendo el vestido, tirando los jirones al suelo mientras la empujaba inexorablemente hacia la pared. La quería desnuda, abierta, vulnerable, para poseerla frenéticamente una y otra vez sin detenerse.

La necesitaba. ¡Dios, cómo la necesitaba! Como nunca aceptaría admitir. Aquella mujer que suponía estaba en sus manos, indefensa, poco a poco había conseguido apoderarse de su corazón y su mente hasta ocuparla completamente. Día y noche pensaba en ella. Día y noche se consumía odiándola por haber despertado en él una irracional necesidad. Había momentos en que se sorprendía a sí mismo soñando con el futuro tan anhelado: una familia, hijos, felicidad. Paz. Pero era imposible que ella pudiera darle todo lo que su corazón había ansiado desde el mismo momento en que supo que aquello existía en el mundo. Él, un hombre que se había criado en un orfanato, que había tenido que luchar con uñas y dientes para sobrevivir, que nunca había recibido una caricia desinteresada, o una palabra de cariño que no implicara pagar un alto precio, deseaba fervientemente conseguir aquello que el destino inmisericorde le había negado. Pero con la misma intensidad infantil con que lo ansiaba, su parte adulta lo rechazaba sabiendo que era imposible. El amor era una quimera, una locura, una utopía, algo que enturbiaba el cerebro de los hombres y los convertía en títeres, pero no era más que un espejismo pues lo único que existía realmente era el deseo y la lujuria.

Deseaba a Bella, eso no lo negaba. Desde el mismo momento en que la vio, la deseó. Y cuando ella lo rechazó, el dolor que le produjo en lo más hondo de su corazón, obligándolo a verse a sí mismo como alguien indigno, putrefacto, un parásito que no tenía derecho a aspirar a algo bello en su vida, lo convirtió en el hombre lleno de odio que era ahora mismo.

La empujó contra la puerta y la alzó sosteniéndola por las piernas, obligándola a rodearlo por la cintura. Ella se había agarrado con firmeza en sus hombros y a pesar de todo, estaba devolviéndole el beso con firmeza.

La muy inocente había confesado que lo amaba. Casi se rio allí mismo. La había humillado hasta el límite, obligándola a verse a sí misma como a alguien que no merecía nada excepto ser usada sin compasión, y ella había aceptado cada una de sus iniquidades a cambio de un placer inconmensurable que la había convertido en una devota a su cuerpo. No era amor lo que sentía. Él era su opio, y ella una adicta que necesitaba su dosis diaria para poder sobrevivir.

La penetró con violencia, sin esperar a que ella estuviera preparada. Se dijo a sí mismo que no le importaba hacerla daño. Incluso esperaba que ella luchara contra él. Era lo que había deseado desde el principio, y por eso la había presionado tanto. Pero su rápida rendición lo había sorprendido y decepcionado. No la amaba. No la quería. Solo deseaba hacerle daño.

Empujó con fuerza en su interior. Su coño era delicioso, apretado, resbaladizo, y pulsaba alrededor de su polla como si tuviera allí el corazón. Su cuerpo lo agarró mientras él la acometía con un ritmo constante e implacable que la hacía estremecerse y jadear. La tenía atrapada y ella solo podía recibir las embestidas de su polla en el coño, y de su lengua en la boca.

La levantó un poco más para poder llegar a sus pezones. Se apoderó de uno y lo raspó con los dientes. Ella emitió un leve gritito y le clavó las uñas en los hombros. Si hubiera estado desnudo, le habría dejado marcas. En respuesta, la acometió con más violencia, llenando su útero hasta alcanzar el borde, una y otra vez. Le mordió el pezón y Bella gritó. Quiso hacerle daño, pero por sus jadeos supo que lo estaba disfrutando. La maldijo en silencio.

—Eres una puta —le susurró al oído con un evidente deje de desprecio—. Te gusta que te follen duro, de cualquier manera, que no tengan piedad ni delicadeza. — Su voz, jadeante, sonaba rasposa por el esfuerzo. Su pelvis no había dejado de moverse ni un solo instante—. Cualquier hombre te vale.

—No… —sollozó ella. Eso no era cierto. Antes había disfrutado porque Edward la estaba mirando. No quería a otro hombre. Solo quería hacerlo feliz a él.

—Eres una mentirosa. Disfrutaste con Jacob —la acusó con amargura, y ni siquiera él supo el dolor que aquello le había causado. Esperaba que ella se resistiera, que permaneciera fría e impasible mientras Jake la follaba, pero Bella, su casta esposa, había llegado al orgasmo.

—Porque tú estabas mirando —replicó entre lágrimas—. Solo porque tú estabas mirando —repitió, desconsolada.

—¡Mientes! —gritó mientras llegaba al orgasmo y la llenaba con su semilla. Se apartó de ella con rapidez, dejándola excitada e insatisfecha, permitiendo que cayera al suelo de rodillas al perder el apoyo que significaba el cuerpo de Edward—. Mientes, maldita sea —susurró.

Se llevó la mano al pelo y se lo mesó. Caminó de un lado a otro bajo la atenta mirada de Bella, que lo observaba temerosa. No podía saber qué iba a pasar a continuación. Ella había esperado que su confesión lo calmara, que despertara en él la ternura que sabía guardaba dentro, pero lo único que había escupido su boca habían sido desprecios y reproches. ¿Que ella no era digna de tener a su hijo? Se llevó la mano al vientre, deseando quedarse embarazada. ¿Qué pasaría cuando esto sucediera? Porque era casi una seguridad que en un momento u otro, su útero floreciera y en él arraigara un hijo de Edward.

Había oído que había mujeres que ponían fin a sus embarazos no deseados, pero también sabía que era algo peligroso y con mucho riesgo para la madre. ¿La obligaría a hacer algo así cuando llegara el momento? Esperaba que no porque sabía que, si bien hasta entonces le había podido perdonar todo, arrebatarle a un hijo aun cuando todavía no hubiera nacido, sería algo por lo que lo odiaría de verdad.

—Voy a demostrarte que lo que dices no es cierto. —La voz de Edward la sorprendió. Se había perdido en sus pensamientos, casi olvidando que estaba allí—. Vas a aprenderlo por las malas, maldita puta.

La agarró del brazo y tiró de ella, sacándola a la fuerza del dormitorio. Ella le siguió, pensando que iba a llevarla a la mazmorra otra vez, y que quizá la obligaría a entregarse a otro de sus amigos. Pero no. El camino que tomó llevaba en dirección contraria. En realidad, iban hacia…

—¡No! —gritó, desesperada. ¿Qué pensaba hacer con ella?

—Oh, sí, pequeña putita —se rio él con perversidad—. Ya lo creo que sí — continuó mientras la arrastraba escaleras abajo hacia la zona del casino, que a aquella hora ya estaría llena de clientes—. ¿Sabes cuál es uno de las deliciosas perversiones de mi club? —le preguntó como quién no quiere la cosa—. Las subastas. A mis clientes les encantan. Normalmente, las mujeres que subimos a la tarima son voluntarias, damas bien dispuestas que tienen el rostro tapado para no ser reconocidas y que se excitan con la idea de ser tratadas como putas. En tu caso, tendrás el rostro al descubierto… —Se paró un momento y la miró de arriba abajo, constatando su desnudez—, al igual que el resto del cuerpo. Aullarán de placer cuando les diga quién eres.

—No, por favor —suplicó tirando del brazo para intentar desasirse de la tenaza en que se había convertido su mano—. Esto no, por favor. —Las lágrimas corrían con libertad por su rostro—. Te lo suplico, amo, no me obligues…

—¿Crees que tus súplicas me conmueven? —contestó él, inalterable. Había recuperado el dominio sobre sí mismo, y su voz ya no denotaba ira, ni dolor, ni pasión; solo una frialdad que helaba la sangre. Era como si hubiera matado todos los sentimientos que habían estado expuestos durante un momento, asesinándolos y echándolos al Támesis sin compasión, como si no tuvieran valor.

—Te arrepentirás, Edward. Lo sabes —insistió ella con la voz suplicante.

Él tiró de ella y la empujó contra la pared. Miró su rostro desde la ventaja que le confería su altura, amenazante, y sonrió con sarcasmo.

—Nunca me arrepiento de nada, cariño. Jamás.

Volvió a caminar, arrastrándola. Ella tiraba en dirección contraria, haciendo toda la fuerza que podía, ayudándose con los pies descalzos, que resbalaban sobre la superficie de madera que cubría el pasillo, o tropezaba con las alfombras cuando se encontraba con ellas. Siguió suplicando, sollozando, rezándole a Dios para que su marido tuviera una pizca de compasión, para que su corazón le permitiera una gota de esperanza y se apiadara de ella. Pero fue inútil.

Llegaron a la puerta de servicio que daba al gran salón donde la mayoría de los clientes estaban divirtiéndose, alrededor de la ruleta, o de las diferentes mesas de juego. Charlaban entre ellos, disfrutaban con la emoción de las apuestas, o simplemente se abandonaban a las atenciones de las mujeres ligeras de ropa que por allí paseaban. Los camareros iban de un lado a otro bandeja en mano, repartiendo bebida, llenando vasos vacíos, ofreciendo canapés y otros ligeros manjares para mantenerlos contentos y distraídos mientras iban perdiendo sus fortunas.

Pero el silencio se hizo cuando, poco a poco, todos los allí presentes se dieron cuenta de la presencia de Edward y de la mujer desnuda que, sollozante, estaba atrapada en sus manos y suplicaba. Todos giraron sus cabezas. Las conversaciones, cesaron. Las copas y los vasos quedaron quietos en el aire, en las manos de sus dueños, a medio camino de cumplir con su objetivo.

Edward atravesó el salón arrastrando a Bella con él, dirigiéndose hacia el escenario que había al otro lado y donde a veces, ofrecían espectáculos picantes para sus invitados. Subió por las escaleras laterales mientras ella no dejaba de sollozar.

—Queridos amigos —dijo con su potente voz, alzando una mano para llamar la atención de los presentes como si no la tuviera toda ya—. Muchos de vosotros me habéis pedido conocer a mi esposa. Bien, soy un buen anfitrión —sonrió, solemne—, y las sugerencias de mis amados clientes son órdenes para mí. Así —tiró de Bella para que diera un paso al frente—, es el momento de presentaros a la señora Masen.

Ni se te ocurra —le siseó al oído sin que nadie más lo escuchara— moverte de aquí.

Dio dos pasos a un lado y la señaló con la mano, de la misma manera que un mago señala la maravilla que acaba de sacar de su sombrero de copa.

—Aquí la tenéis —dijo, y su orgullosa voz no tembló ni un ápice a pesar que estaba odiándose con todas sus fuerzas por lo que estaba haciendo—, mi preciosa, abnegada, dulce, sumisa y completamente domada esposa. Una dama tan exquisitamente educada —continuó con sarcasmo— que ha querido venir en persona para agradecer a mis ruidosos amigos todas las muestras de cariño que hemos recibido con ocasión de nuestros esponsales. Pero querida —la recriminó con voz melosa cuando vio que ella, llena de vergüenza, había tapado su pubis con una mano y sus pechos con el otro brazo—, deja que nuestros amigos te vean bien y disfruten de tus encantos.

Bella se mordió el labio con fuerza hasta casi hacerse sangre. No quería, pero sus extremidades obedecieron la orden sinuosa de Edward aun contra su propia voluntad.

—Así me gusta —susurró él con deleite—. Ahora gira sobre ti misma, para que puedan verte bien.

Hizo lo que le decía, temblando, con los brazos caídos a los lados, permitiendo que todos los presentes pudieran verla.

—¡Estupendo! —exclamó él dando una palmada—. Y ahora viene la parte más interesante de toda la noche. —Caminó hacia ella, que ya había dado la vuelta completa y volvía a estar de cara al público, hasta ponerse a sus espaldas. Le puso una mano en la cintura, y con la otra sopesó uno de sus pechos, allí, delante de todo el mundo—. Os aseguro que sus pezones, tan oscuros, son una verdadera delicia. Se fruncen hasta convertirse en guijarros cuando los estimulas adecuadamente. Y sus gritos de placer cuando culmina, son melodía para los oídos de cualquier hombre. — Se quedó callado un rato, ensimismado, acariciando el pezón y viendo cómo este se iba arrugando—. ¿Lo veis? Una verdadera joya… —se burló.

Movió la otra mano hasta su pubis, sintiendo cómo ella temblaba, y rezando para que fuera de ira, rabia y odio, y no de placer. Metió la mano entre sus piernas y se sorprendió: la muy puta estaba mojada, y aquello hizo que su polla pegara un tirón contra sus pantalones. Estaba seguro que si pudiera hablar, lo estaría maldiciendo y gritándole que la tomara allí mismo. Pero no iba a tocarla nunca más.

—Soy un anfitrión generoso —dijo sin dejar de estimularla. Bella emitía pequeños jadeos de placer que estaban descomponiéndolo, y tenía que acabar con aquello ahora mismo—, por eso voy a ofrecer la oportunidad a uno de vosotros, de follarse a mi esposa. Ahora.

Bella se envaró. Su cuerpo se convirtió en una masa rígida como el hierro y abrió los ojos desmesuradamente. No podía creerlo. Hasta aquel momento había pensado que todo sería un farol. Que darían el espectáculo para humillarla y castigarla por su insensatez, pero que después Edward se la llevaría de allí y la volvería a follar como solía hacer. Pero por lo visto estaba equivocada.

Edward se apartó de ella dejándola sola en el escenario, y se puso a un lado. Los murmullos habían crecido y levantó las manos para acallarlos.

—Todos vais a tener la oportunidad, queridos amigos. La mayoría de vosotros ya sabéis cómo funcionan las subastas, así que, Mike, por favor…

Mike subió al escenario para hacer de árbitro en la puja mientras Edward bajaba y se apartaba a un lado, cerca de las sombras, para poder mirarla con tranquilidad. Bella había alzado el rostro, que hasta aquel momento había mantenido cabizbajo, y lo fulminó con la mirada. Lo siguió mirando sin apartar los ojos de él mientras los hombres allí presentes entraban en una frenética lucha de cifras para conseguir meter sus pollas dentro de ella. Edward no parecía arrepentido por todo aquello, ni daba muestras que su conciencia le estuviera dando ninguna clase de remordimiento. La miraba con frialdad y una ligera sonrisa torcida en los labios, disfrutando con el espectáculo.

Aquello la rompió, definitivamente.

Había estado equivocada desde el primer momento. El hombre que ella creía que había dentro de su esposo, no existía en realidad. Todas las muestras de humanidad que había querido ver en él, en realidad habían sido espejismos que la habían abocado a una situación humillante como ninguna otra. Si le permitía seguir con aquello, sería pasada de mano en mano como una puta. ¿Qué le iba a impedir a él volver a subastarla otro día? Nada. Si aceptaba lo que él pretendía, obedecer sumisamente y abrirse de piernas para el ganador de aquel estúpido juego, no tenía ninguna garantía que no volviera a hacerlo, sobre todo teniendo en cuenta las cifras que se estaban alcanzando.

Cinco mil libras. Cinco mil quinientas. Siete mil doscientas. Las cifras la estaban mareando.

—¡BASTA! —gritó, dando un paso hacia adelante. El silencio se hizo en la habitación—. Tú ganas. Me rindo.

—¿Yo gano, querida putita? —Edward dio unos pasos hacia adelante, saliendo de las sombras—. No sé a qué te refieres.

—Te dejo. Abandono. Eso es lo que quisiste desde el primer momento.

—Pero ahora que ya no tengo los pagarés de tu hermano, ya no tiene ninguna gracia, mi querida esclava. Querer tu rendición ya no tiene ninguna razón justificable.

Aquello la golpeó con fuerza y dio dos pasos atrás, trastabillando como si estuviera borracha. ¿No iba a parar aquello?

La sala se había quedado en silencio esperando con expectación el desarrollo de aquel drama que estaba resultando deliciosamente divertido para todos los presentes, hombres vacíos y sin sentimientos que no veían a un ser humano, sino a una mujer desnuda, un trozo de carne para su placer. Pero antes que nadie pudiera retomar la puja, Bella habló con voz clara y firme.

—Eres un cobarde —dijo en un siseo, con los puños apretados a los lados de su cuerpo, alzando la barbilla con dignidad como si fuese una reina y la gente que la miraba, sus súbditos—. Eso es lo que eres. Te cubres con un disfraz de indiferencia, y miras a tu alrededor con altanería y desprecio. Pero no eres más que un niño demasiado asustado para ver de verdad lo que tienes ante tus propias narices. Me amas —lo acusó, y la sonrisa de desprecio murió en los labios de Edward cuando ella continuó—, pero eres tan cobarde que no te atreves a admitirlo. Tienes miedo, porque amar a otra persona significa tener que confiar en que ella no te romperá el corazón, que no te abandonará. Implica exponerse y dejar que sea otra persona la que cuide de él. Amar es depender de la presencia de otro, de sus caricias, sus mimos. Comporta implicarse en la felicidad de otra persona, y que tu propia felicidad dependa de ello.

»Pero es más fácil negarlo todo, ¿verdad? Esconderse detrás de esa fría máscara de indiferencia como si nada te alterara. Pero conmigo no lo has conseguido. Por eso estás tan furioso, por eso estoy yo aquí, ahora. Lo único que quieres es que yo me rinda, que te abandone, que no siga teniendo esperanza en lo que he visto en tus ojos una y otra vez: que me amas, a pesar de gritar que me odias.

»Has ganado. Te lo repito. No quiero seguir luchando por ti. Quizá tenías razón desde el comienzo: no vale la pena. —Dejó que el silencio ocupara todo el salón durante unos instantes. No se oía nada más que las respiraciones de los presentes y algún ligero tintineo de las copas—. No vale la pena luchar por alguien que no quiere dejarse ayudar. ¿Prefieres pensar que no eres digno de ser amado? Muy bien: tú ganas. Me voy. Aceptaré la ayuda que mi padre me ha ofrecido, a no ser que tú prefieras otra opción. Pero no te preocupes, ni te sientas responsable: no necesito tu dinero para sobrevivir. Me iré a cualquier lugar, bien lejos, donde ni siquiera sea posible encontrarnos por casualidad en la calle, y no volverás a saber de mí.

Bajó del escenario sin que nadie la detuviera. Caminó entre los presentes con dignidad, mientras estos iban abriendo un camino para dejarle paso, mirándola con admiración. Nunca nadie se había atrevido a hablarle así a Edward Masen y había vivido para contarlo.