Max

Tengo hambre.

Gruñó el estómago de Max. Se lo refregó entre sueños y rodó sobre el incómodo colchón donde se encontraba acostada. Despegándose los labios pastosos, volvió a dejar caer la mano sobre él.

Y yo tengo sueño, así que ¡shh!

Lo retó su cerebro. El estómago, enojado por la falta de atención, soltó otro largo gruñido.

Dije… que… tengo… ¡HAMBRE!

Le pegó una patada desde adentro, haciéndole fruncir el entrecejo por la aguda puntada que sintió en el centro del estómago.

—Duele… —masculló entredormida. Una sensación de languidez comenzaba a expandirse por toda la zona abdominal, molestándole—. Panqueques…

¡Ah, sí! ¡Panqueques suena bien! ¡Despierta de una buena vez así vamos por unos!

Exclamó su estómago, pegándole otra penetrante patada. Esta vez fue Max la que gruñó.

—Mierda… No molestes. —balbuceó, virándose hacia el frente con torpeza. Empezó a estirarse perezosamente mientras intentaba despegar los párpados.

Lo primero que vio al entreabrir los ojos fue un sucio techo que ahora se había convertido en su pasajero refugio. Lo miró con atención, identificándolo.

—Chloe... —recordó a quién le pertenecía, sonriendo con nostalgia—. Hay que hacer algo con esas goteras, amiga. —dijo con la voz raposa, detallando cómo del techo escurrían pequeñas gotas de agua por la insistente llovizna que, por lo que veía, no iba a parar hasta convertirse en la pronta tormenta.

Una cayó en su frente. Se la refregó con unos dormidos ojos y giró el rostro. Los abrió de par en par al chocar con otros mirándola de cerca fijamente.

Unos transparentes y con una pizca de esmeralda.

Le mantuvo la mirada a la curiosa cierva que estaba parada a su lado con el cuello inclinado.

—Veo que tus costumbres no han cambiado, siempre me miras dormir. ¿Tienes un fetiche o qué? —Max le sonrió—. Buen día, Bambi.

La cierva continuó observándola en silencio y de pronto soltó un bramido tan fuerte que Max se sentó de golpe por el susto que le dio.

—¡¿P-Por qué?! —exclamó, frotándose el tímpano. Bambi se limitó a bramar más bajito y refregar la cabeza contra su brazo—. Qué forma de saludar… ¿Quieres matarme de un infarto o qué? —Bufó, sacudiéndose el cabello, y volvió a estampar la espalda contra el colchón—. Ah… Todavía no me quiero levantar, pero tengo hambre. Me duele la panza… Siento que no como hace años. —Se quejó, acariciándose el estómago en círculos.

La cierva miró con detenimiento su acción y puso una pata en el colchón. Dos; cuatro. Se acostó encima de ella. Max levantó la cabeza y la contempló intrigada. Podía sentir un agradable calorcito calentándole el cuerpo, más no su peso.

—Qué raro… —murmuró, llevando la mano a su largo hocico. La cierva lo acercó y apoyó con tranquilidad el mentón en su palma—. Antes no sentía casi nada al tocarte o al estar cerca de ti, pero ahora siento… algo más. No mucho, pero puedo sentir tu calor. Incluso… —Con los dedos rascó su peludito mentón. La cierva lo levantó emanando un agudo bramido inmerso de bienestar. Max arqueó una confusa ceja. En la punta de los dedos sentía como si estuviese traspasando una delgada telaraña. Le hacía cosquillas en las yemas— ¿Por qué será? ¿Quizás por haber estado contigo en ese mundo de recuerdos?

La cierva abrió los párpados, que se habían cerrado por las amenas caricias, y comenzó a lamerle la palma. Max sonrió de lado.

—Bueno… No importa. Es lindo sentirte, aunque sea en esta forma —dijo, sentándose otra vez. Llevó las dos manos a su peluda cabeza y la refregó juguetonamente, despeinándola. En efecto, su tacto afectaba al animal—. Nunca estamos realmente solos… dicen. ¿Estuviste cuidándome mientras dormía?

La cierva se incorporó en respuesta y llevó el hocico a su rostro. Max palideció cuando vio cómo abría la boca y sacaba la lengua, lista para acicalarle toda la cara.

Y tal vez algo más.

—¡Espera, espera, espera! ¡Nada de besitos en la boca! —Puso la mano en su trompa— ¡Es raro!, ¡y pegajoso! —exclamó, haciéndola retroceder el hocico—. Puedes lamerme lo que quieras menos eso. Ah, no. Espera. Sonó raro, ¡muy raro! —Sacudió las manos, nerviosa—. S-Solo no me lamas la cara y… Ya sabes…, lo otro. ¡Agh! ¡Qué estoy diciendo! —Se frotó el rostro— ¡Bueno, me entendiste!

La cierva se quedó observándola con un brillito expectante en los ojos. Max le devolvió la mirada, inquieta, y desvió el semblante.

—No me mires así, me haces sentir mal. Pareces un cachorro… —La espió de reojo y se enterneció en demasía por su carita inclinada y esas grandes orejas que se movían al escuchar su voz. Volvió a suspirar—. De acuerdo… Solo uno. ¡Aquí! —remarcó, señalándose la mejilla.

La cierva, al recibir su permiso, no dudó en inclinarse hacia adelante con la lengua afuera y lanzarse a su rostro.

—¡E-Espera! —Max se fue hacia atrás siendo atacada por rápidas lamidas que, aunque no sentía húmedas, sí le parecían asfixiantes— ¡Esa no es mi puta mejilla! ¡Dime que no hiciste esto cuando estaba dormida!

En efecto, lo hizo. Y mucho. Además de acompañarla en su sueño, durmiendo acurrucada a su lado para darle calor en esa noche lluviosa, no se privó de acicalarle toda la cara y regalarle tiernos besitos en la boca que, recalcamos, Max no tomaría tan a pecho si esa cierva en realidad no fuera Rachel. Muy a pecho, a todo esto.

Cuando el animal consideraba a su compañera suficientemente acicalada -y con compañera me refiero a parte de su manada- volvía a dormir con la consciencia limpia. La vida de un ciervo, ya saben. Sin embargo, al notar que Max se revolvía incómoda en sueños se levantó para ver qué le ocurría, encontrándose solo con que su compañera tenía hambre. Como toda buena cierva hembra sobreprotectora, pensó en cazar algo para ella, pero luego recordó que era incapaz de traerle nada más que pasto o raíces de plantas, pues, es herbívora. Se preguntó si a la carnívora Maxine le gustaría un pastito bien fresquito tanto como a ella, y cuando estaba a punto de tratar de conseguírselo -tratar porque en realidad solo lo traspasaría con sus dientes-, Max despertó. O, mejor dicho, su estómago despertó primero. La cierva llegó a la conclusión de que al no poder llevarle comida lo único que podía darle era cariño. Mucho cariño y contención para sobrellevar su situación actual y, valga la redundancia, el hambre.

—¡Te dije que pares! —exclamó la heroína, corriendo el rostro para salvar sus labios de esa pegajosa lengua— ¡Rachel, puta madre!

Y he aquí la corta historia de una cierva enamorada.

—¡¿Qué pasa con ese narrador?! ¡¿En qué puta dimensión zoofílica estoy ahora?!

Oh, oh. Max traspasó la cuarta pared. Lo que faltaba. Me descubrió. Disculpen, descuido de la autora. Volvemos en breve.

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.

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Max se secó la cara con una irritada expresión mientras la cierva, complacida por haberla bañado, daba media vuelta y se retiraba en paz hacia las afueras.

—Eso… Vete tranquila mientras yo trato superar OTRO trauma importante que me dejaste, para variar —masculló, apoyando los pies en el piso. Se puso de pie rascándose la nuca y dio un rápido vistazo al lugar que la acobijaba—. Me pregunto si Chloe habrá guardado comida acá… Aunque no me confiaría si encuentro algo. Conociéndola, podría tener meses. Y crías.

Se dirigió hacia una esquina donde había un espejo agrietado colgado en la pared. Bajó la mirada y, oh, sorpresa, encontró algo. Arqueando una ceja, corrió unas cajas y ¡bingo! unas brillantes botellas verdes aparecieron.

Rodó los ojos.

—Cerveza, por supuesto. Es lo único que podría tener aquí. —Agarró una con desconfianza y removió el líquido—. Aún tiene espuma… Poca, pero tiene. Eso significa que no hace mucho Chloe las dejó acá. Pero… —Pasó la vista a la entrada del refugio. Un tenue resplandor del sol se reflejaba en la puerta de chapa—… Chloe está muerta. ¿Cuándo las dejó?, ¿cómo murió? Seguro fue a manos de Nathan, pero desconozco toda la historia. —Estrechó los ojos con una pesada sensación en el centro de pecho y negó con la cabeza—. No importa. No voy a estar aquí mucho tiempo. Lo único que importa es regresar al pasado para salvarla.

Dejó la botella en su lugar y le dio la espalda. Adelantó un paso y allí quedó, dubitativa. Tenía sed. Desde que se levantó sentía la boca asquerosamente pastosa. Un gusto metálico molestaba al paladar. Debía beber algo, ¡lo que fuere! Además, ni que una cervecita hiciera tan mal. Es más, su cerebro la necesitaba para relajarse.

Giró el rostro y miró la botella humedeciéndose los labios.

—Bueno… Supongo que unos traguitos no me vendrán mal.

La agarró de nuevo, sabiendo bien que beber con un hueco en el estómago podía llevar a la devolución de todo. Todo.

—Pero no hay nada que devolver.

Porque no había nada en su estómago. Ja, ¡touché! Bien pensado. Oh, excepto por la parte de la resaca eterna.

Comenzó a recorrer con los ojos el lugar mientras destapaba la botella con un destapador que encontró sobre una mesa bastante maltratada. Paredes abolladas; grafitis, basura en el suelo, un sillón jubilado, Cd's tirados, papeles con mamarrachos… Hm, ciertamente era la habitación de Chloe versión 2. La estética del vertedero jamás mutaba.

—Está igual que en mi presente. Como pensé, no cambiaron mucho las cosas —mencionó, dándole un buen trago a la cerveza (en demasía amarga) y pateando papeles inservibles en el suelo. Parpadeó cuando de entre esos papeles le pareció reconocer una letra conocida. Su letra— ¿Qué? —Se agachó y lo llevó frente a sus ojos. El papel tenía un buen tiempo. Se encontraba arrugado de un modo que parecía hecho apropósito y marcas de pisadas lo tapizaban—. Esto es… —Bajó la vista hasta el borde del papel—. La marca de mi diario.

Tragó saliva y volvió a su letra con las palpitaciones acelerando. Empezó a leer.

"Quizás hay una forma de salvar a Chloe. Las pistas de su muerte me han traído a este basurero. Encontré muchas fotos de ella y de una tal Rachel Amber, por lo que sé, desaparecida. También encontré cartas de esa chica dirigidas a Chloe. No contaba mucho, la verdad. Solo caóticas cosas de su vida. En varias insistía con un viaje que parecía que ambas querían hacer. Y además (esto me pareció algo exagerado y de muy mal gusto) la amenazaba de que si seguía sin activar tarde o temprano se iría sin ella. Las cartas siempre terminaban en "xoxoxo" y con un infaltable "Te quiero siempre" y su firma: R. Cd's con el nombre "Rachel", escrito claramente por Chloe, también abundaban. ¿Chloe le hacía Cd's de música? Conmigo nunca tuvo ese detalle. No es correcto sentirme así, pero estoy un poco celosa… Parece que eran muy buenas amigas y venían aquí seguido. Supongo que mi amiga utilizaba este lugar como su ¿refugio? Algo así era. Cuando me enteré de lo sucedido y fui a hablar con Joyce, me contó que no estaban en su mejor momento como familia. Al parecer Chloe odiaba a su padrastro, David, y se escapaba seguido de casa. Averigüé y el tipo resultó ser el jefe de seguridad de la escuela. Me mira mal. Temo que me haya estado siguiendo…"

Max amplió los ojos, impresionada.

—No puede ser… —Se aclaró la garganta, nerviosa—. "Si David descubre todas las movidas que estoy haciendo se convertirá en un problema, es más, voy a tirar este papel a la mierda por las dudas. No he rebobinado tanto como para preocuparme, pero de todas formas debería cuidarme hasta solucionar todo esto. Sé que si muevo las piezas correctas y encuentro al asesino de Chloe lograré dar con la verdad y traerla de vuelta."

Max bajó la carta con los ojos bien abiertos.

—¡Esto es…! ¡Agh! —Se aferró la cabeza cuando de pronto un agudo latigazo le azotó el cerebro, enfriándolo de golpe— ¡Carajo! —Se cubrió la nariz al sentir como una gran cantidad sangre comenzaba a escapar. Tanto, que apenas podía respirar. El sabor metálico aumentó, ahora también en su garganta.

De igual forma siguió leyendo. Tenía que hacerlo. Allí estaba escrita la verdad de esa línea temporal.

Respirando agitada y con la sangre derramándose sobre la carta en espesas gotas, leía y leía la historia de ese diferente presente. El dolor de cabeza se agudizaba cada vez que cambiaba de renglón. Y mientras continuaba leyendo sus pupilas se ampliaban progresivamente; las letras comenzaban a distorsionarse, a sacudirse como si quisieran escapar del papel. Alejó el papel, asustada. Imágenes iban apareciendo en su mente. Imágenes tan reales de ese presente que juraba sentir las escenas en carne propia.

Las estaba sintiendo.

Todo. Lo estaba viendo todo. Las imágenes pasaban por su mente a una velocidad tan rápida que pensó que la harían estallar. Su cerebro no estaba preparado para guardar tantos recuerdos de un tirón. Ninguno lo está. Eso conlleva un proceso neuronal muy riguroso que no estaba ocurriendo, por ende…

—¡AGH! —Se derrumbó en el suelo, tapándose los oídos. Sangre escapaba de los orificios. Ardor sentía en el interior. Un ardor tan fuerte que le quemaba.

La cierva, que se encontraba tratando de arrancar un pastito en las afueras, al escuchar sus gritos se alertó. Volvió corriendo al refugio y se detuvo al ver a Max retorciéndose en el suelo y arrancándose los pelos. Bramó, asustada por ella.

—¡N-Nathan! —gritó Max, frunciendo los dedos contra el suelo cuando la atacó un recuerdo violento. Un Nathan desaforado y en plena crisis le golpeaba la cabeza y la raptaba de la escuela clavándole un furioso sedante en el cuello— ¡N-No!

Luego cartas. Hojas del diario volaban por su mente, contándole toda la historia desde que llegó a Arcadia Bay, transformándola en imágenes.

Todo era casi igual a cómo lo imaginó. Nathan y Jefferson habían hecho de las suyas, pero las cosas se desviaron mucho más rápido comparado a su presente original. Chloe fue asesinada por Nathan en un intento de éste de encubrir la verdad de lo sucedido con la desaparición de Rachel y su fallecido profesor, quién, para su impresión, fue asesinado por el mismo Nathan en un ataque de locura que a Max no le resultó tan lejano. Chloe parecía tener información que lo podía dejar expuesto, razón por la que fue asesinada. La causa de Rachel seguía igual, un accidente. Por otro lado, sus propias pertenencias; la cámara, el diario y todo lo demás fue destruido por Nathan porque eran evidencias puras que Max fue hallando en su búsqueda de descubrir lo que le ocurrió a su amiga. No obstante, lo que más le sorprendió fue quién logró salvarla a ella misma del cuarto oscuro, al cual llegó al ser secuestrada por Nathan.

—¿D-David?

El insoportable padrastro de Chloe parecía haber seguido los pasos de Max sigilosamente, sospechando de ella tras la muerte de Chloe por el simple hecho de que Max apenas llegó a Arcadia Bay empezó una rigurosa tarea de investigación que llamó su atención. Pero, por seguirla, justamente se encontró al verdadero culpable dentro del cuarto oscuro: Nathan.

Max se dio la vuelta retorciéndose de dolor y plantó unos grandes ojos en el techo. Se aferró el pecho, sofocada. Los recuerdos continuaban pasando por su cerebro, pero el aire no pasaba por los pulmones. Empezó a temblar. Su cuerpo convulsionaba al tiempo que los ojos rodaban hacia atrás, volviéndose blancos. La cierva se puso a su lado. Meneaba el hocico de un lado a otro sin saber qué hacer, desesperada. Bramó más fuerte que antes y trató de mover el rostro de Max con la cabeza.

Max parpadeó al escuchar su jadeante respiración.

—R-Rachel… —Deslizó las pupilas hacia el costado y levantó una temblorosa mano. Los recuerdos estaban terminando y su cuerpo muy lentamente calmándose. Pero no podía ignorar las secuelas que aquel dolor estaba dejando en su cerebro. Más y más secuelas que, si continuaba así, terminarían en su muerte—. E-Estoy… bien. —musitó, acariciando con el dorso su peludo rostro. La cierva declinó los párpados, preocupada al ver sus vacíos ojos, y le lamió la mano. Max sonrió con debilidad—. E-En serio, estoy bien. Fue un… pequeño… corto circuito. —Soltó una frágil risita que en absoluto tranquilizó a su compañera.

"Te lo advertí"

Quiso decirle Rachel, pero no podía. No con esa forma espiritual. Lo único que podía hacer era velar por ella y acompañarla, tal como le dijo antes, hasta el final.

Max giró el cuerpo, quedando boca abajo, y con mucho esfuerzo colocó las rodillas en el suelo. Se tapó la nariz, que había cesado el goteo, pero que quedó notablemente sensible. El agridulce sabor que tenía en la garganta le ardía. Tosió, desgarrándosela, y en un acto de desesperación por la picazón insoportable que sentía, agarró la cerveza y le dio el trago más largo de su vida. La cierva siguió con los ojos como el contenido disminuía sucesivamente hasta quedar la botella vacía.

Oh, oh.

Pensó.

Maxine no se lleva muy bien con el alcohol. Ah… Niña tonta.

La cierva soltó un pesado suspiro por la nariz. Suspiro que llamó la atención de Max. Bajó la botella, revelando unos ausentes ojos, y la señaló tambaleante. Ya no sabía si por la cerveza o por el dolor que le dejó el viaje que tuvo. Un punto a favor: al menos su garganta estaba mejor.

—¿Acabas de suspirar? ¿Una cierva suspiró?

La cierva ladeó el rostro, indiferente.

—¡Tan patética soy que hasta un ciervo me suspira! —exclamó con una ebria tonada. La cierva volvió a soltar otro bufido— ¡Deja de suspirar, estúpida! ¡No te dejaré lamerme más!

Rachel rió por dentro.

Como si eso pudiera detenerme…

—Ugh… —Max se refregó la cabeza y como pudo se puso de pie. Tosió otra vez. Le silbaba el pecho de lo mal que quedaron sus pulmones. En ellos aún descansaba un molesto pinchazo.

Sus rodillas se doblaron entre sí antes de derrumbarse de espaldas contra el colchón. Allí quedó. Completamente destruida. Sí, otra vez. No lo vio venir. Lo que menos pensó fue hallar una carta que escribió ella misma y terminar inmersa de recuerdos.

Se tapó los ojos con el brazo.

—Lo vi.

La cierva se acercó, curiosa.

—Lo vi todo. Todo lo que pasó en éste presente. Todo lo que pasó… con Chloe —dijo, destapándose. Miró los ojos de la cierva, quien, entristecida, atinó a declinar el hocico. Actitud suficiente para que Max la descifrara—… Así que tú ya sabías todo. ¿No podías mostrármelo o algo así? Me hubiera ahorrado ese mal viaje.

¿Por qué mostrarle algo tan doloroso? ¿Con qué sentido? ¿Para qué? Preguntas rondaban por el alma de Rachel.

—Bien, da igual. No te necesito, Bambi. Ya sé toda la verdad, y también sé que en este presente aún figuras desaparecida. El cuerpo de Chloe lo encontraron escondido en el cuarto oscuro, pero el tuyo es otro tema. A nadie se le ocurrió venir a buscarte a este maldito basurero. —Esbozó una sarcástica sonrisa—. Tu cuerpo seguirá aquí por un tiempo. Ten paciencia, voy a solucionar todo esto. Lo juro.

La cierva bajó sus largas pestañas y se limitó a sentarse a su lado. Max la observó con una seria expresión mezclada con un fuerte cansancio y cerró los ojos. Los párpados le pesaban horrores. Ese viaje la llevó al límite de nuevo, deshaciendo la poca energía que logró recuperar al dormir.

—Pero… ahora mismo estoy… —Su rostro se desplomó de costado—… muy… cansada… p-para…

La cierva inclinó el hocico hacia ella y refregó la cara contra su mejilla. Max esbozó una débil sonrisa, ya en sueños, y con la última pizca de energía levantó la mano y acarició su cabeza.

—Después… jugaré contigo.

Su mano se derrumbó, atravesándola.

La cierva permaneció quieta a su lado. Moviendo la colita sobre el suelo, pasó la vista a su mano. Colgaba del colchón, pálida. Parecía muerta.

De verdad… qué estúpida eres.

Pensó Rachel, apartando los pasos. Giró el cuello y miró la entrada.

Sigues sin comer. Así no vas a parar de desmayarte.

Comenzó a caminar hacia las afueras.

¿Dónde dejé mi pastito?

A pesar de conservar sus recuerdos humanos, no podía evitar pensar como un ciervo, pues, esa era su nueva naturaleza. Y césped era lo único que conocía como comida para alimentar a su compañera. Iba a hacer lo posible para lograr arrancarlo. Sí, aunque fuera un mero espíritu. Si ella podía comerlo, Max también.

Detestó no haber reencarnado en un animal carnívoro. Tal vez así le hubiera sido más útil, cazando para ella.

-/-

Max removió la cabeza, incómoda, y abrió los ojos.

Ah… De nuevo éste techo. Es como si estuviera en un videojuego. Volví al principio por perder.

En efecto. Tres vidas; una perdida. Le quedan dos.

Soy una mierda en los juegos.

Se sentó en el colchón emitiendo un perezoso quejido y bajó las pupilas. Sonrió. Un tierno círculo peludo estaba orillado al costado de su cintura, brindándole calorcito.

Al menos tengo una compañera en este maldito juego.

Arqueó una burlona ceja, tratando de descifrar dónde empezaba y dónde terminaba su cuerpo. La cierva estaba tan enrollada que le costaba interpretarlo, hasta que halló sus graciosas orejas.

—Gracias por quedarte conmigo —musitó en una de ellas. Bambi abrió los ojos e irguió el cuello de un tirón, sobresaltándola— ¡D-Deja de reaccionar así! ¡De verdad vas a infartarme!

La cierva la miró, feliz, y no se privó de darle una cálida bienvenida llenándola de besitos por toda la cara. Max se dejó lamer esta vez. Entendía su felicidad. O quizás ya se había resignado a ser babeada por ella.

Apostaba más a la segunda opción.

—Estoy bien, estoy bien —dijo, acariciando su cabeza—. Solo necesitaba dormir un poco.

¿Un poco?

Pensó la cierva, señalando con el hocico las afueras. Max siguió con los ojos su acción.

—Mierda… Está atardeciendo. ¿Cuánto dormí? —Se preguntó, incorporándose— ¡Agh…! —Se rascó la parte de atrás de la cabeza, adolorida. El golpe con el que despertó en ese presente seguía ardiéndole—. Debería darme unos puntos, pero no es conveniente que salga de aquí. Me escapé del cuarto oscuro en esta línea temporal. Nathan debe estar buscándome como loco, y ahora que lo pienso… —Hizo una pausa, preocupada—… no tardará mucho en buscar en este lugar. Debería ir a otro refugio, pero… —Pasó la vista a las afueras. A la tumba de Rachel—. No voy a abandonar tu cuerpo.

Lo único que puedo hacer es acelerar las cosas antes de que Nathan me encuentre.

La cierva caminó a su lado mientras Max se acercaba a la puerta para observar el rosado atardecer que teñía el cielo. Se perdió en aquella mezcla de cálidos colores. Las nubes se habían vuelto rosadas debido a la tenue llovizna combinada con el resplandor del sol. Se movían despacio sobre el cielo, trazando líneas y dejando un rastro anaranjado en el camino.

—Qué hermoso…

La cierva elevó el hocico y contempló sus ojos. Aunque Max parecía estar disfrutando del paisaje, sus ojos no expresaban nada. Fríos, casi desconocidos. Perdidos. Así permanecían desde que ambas volvieron de aquel misterioso mundo de recuerdos que le mostró. No le gustaban esos ojos. Esos no eran los transparentes ojos que amaba; honestos, llenos de vida y bondad. Nada de eso habitaba en ellos ahora. Solo soledad e indiferencia. Era como si hubiera dejado su luz interna en ese mundo.

Max bajó la mirada al sentirse observaba y le sonrió. Su sonrisa igual. Era perfecta, como siempre, pero había perdido calidez. No transmitía nada. Una sonrisa vacía. Robótica.

—Ve a jugar, Bambi. —Señaló las afueras—. Yo veré si puedo conseguir algo de comida. No puedo ir a los dormitorios de la academia, si Nathan me encuentra será mi fin. Así que solo me queda recurrir a algún almacén cercano.

La cierva contempló las afueras con desinterés y volvió a su rostro. Negó con el hocico; Max arqueó una ceja.

—¿Qué?, ¿quieres venir conmigo? ¿Tienes ganas de pasear?

Asintió con energía. Max suavizó la sonrisa y rascó una de sus grandes orejas. Bambi bramó gustosamente.

—Supongo que no serás la única invisible. Tengo que hacer lo posible para que nadie me vea —le dijo, pasando una determinada mirada al frente—. Mi existencia en este presente es pasajera, por eso espero que no me juzgues por lo que haré. No tengo plata, pero me muero de hambre, así que… Como sea, de todas formas volveré al pasado y este pequeño desliz nunca habrá sucedido ¿verdad? —Adelantó un paso—. Con tal de sobrevivir haré lo que sea necesario.

La cierva comenzó a seguir sus pasos, que la llevaban fuera del vertedero. Ella no era nadie para juzgar, pensó. Y sí, se imaginaba lo que iba a hacer Max. No es como si Rachel nunca lo hubiera hecho.

Robar.

Siempre hay una primera vez. No te vas de esta vida sin robar nada. Alguna estupidez, al menos. Caramelos, un chocolate… Un vino, ja. Ya saben, algo pequeño. Típica travesura de chiquillos. Pero, el robo podía ser grande también: un corazón, por ejemplo.

Max no era consciente, pero en realidad este no sería su primer robo. El primero fue a Rachel. Descaradamente le robó el corazón.

Luego de caminar lo que sintió como largos kilómetros, Max se detuvo frente a un viejo y decrépito almacén que se encontraba en una esquina desértica. Desértica porque aquella zona un poco lejos del vertedero no se destacaba por ser muy verde, sino más bien… marrón. Pocas casas yacían ahí. Era definitivamente la zona más abandonada de Arcadia Bay.

Examinó el almacén con desconfianza.

—Parece salido de una película de terror… —musitó, bajándose la capucha que se había puesto—. Es muy pequeño. Nunca vine por aquí —agregó, divisando a través de la ventana a un anciano detrás de la caja registradora. Arqueó las cejas, apenada—. De verdad, de verdad, ¡de verdad no quiero hacer esto!

Su estómago gruñó cuando elevó la voz, dándole una patada de realidad. Max se encogió de hombros y se tapó el rostro con la mano.

—Ah… Qué mierda. Robar comida o dejar que Nathan me mate… Tampoco puedo ir a lo de Joyce, la pondría en peligro. A cualquiera pondría en peligro en este momento. Y si no como nada no podré activar mis poderes. Todo mal.

La cierva la observó, curiosa por su debate, y le dio un empujoncito en la espalda con la cabeza. Max miró hacia atrás y le sonrió con agradecimiento.

—Es tan típico de ti incitarme a hacer algo incorrecto. —Suspiró—. Ok, ok… ¡De acuerdo! —Se dio ánimos, tomando aire, y detalló el interior de la tienda. El único que se encontraba era el anciano—. Solo tengo que entrar, hacer que estoy buscando algo, agarrar algo, e irme como si nada. No creo que haya cámaras. Este lugar se cae a pedazos.

Caminó hacia la puerta. Un cartel que recitaba "Vuelvo en cinco minutos" estaba pegado en ella. Sin embargo, el anciano se encontraba adentro.

Quizás se olvidó de quitarlo…

Le pareció extraño, pero no más extraño que ella misma planteándose robar.

Respiró hondo otra vez y con la mano temblando empujó la puerta. Una campanita colgada encima de ésta tintineó. Max tragó saliva, nerviosa, cuando el anciano posó la vista en ella con un dejo de sorpresa.

—B-Buenas tardes —lo saludó Max— ¿Está abierto?

El anciano tardó en reaccionar, lo cual la incomodó más de lo que ya estaba.

—Qué milagro que alguien venga a visitarme a la otra punta de Arcadia Bay —dijo finalmente con una sincera alegría, apoyando los brazos en el mostrador. Su voz sonaba rasposa, típica de un viejo, y su cabello y cejas desteñidas le brindaban un aire de ternura. Todo un abuelito muy abrazable. Bueno, en realidad no tan abuelo. Le daba al menos unos setenta años. Unos muy bien llevados, pues, parecía de menos y con un comportamiento juvenil—. Casi nadie viene por aquí, en especial con este clima. Sí que está loco últimamente… —prosiguió, dándole el paso con la mano—. Elije tranquila lo que quieras.

Max asintió con una rígida sonrisa y apresuró los pasos a las pequeñas góndolas que yacían en hileras. La cierva la siguió en silencio, espiando al anciano con recelo. Apenas entró a la tienda sintió una energía extraña que se le hizo conocida. Max también lo miró de reojo.

Mierda. Tiene un aura a Samuel, y es tan amable. ¡Esto no podría ser más difícil! ¿Por qué no me podía tocar la típica cajera mala onda? Así no me sentiría tan culpable.

Se paró frente a las heladeras y un apetitoso sándwich de jamón y queso llamó su atención. Se refregó el estómago, tentada, e intercaló los ojos en el techo lo más disimulada que pudo. Lo examinó de punta a punta con los nervios pinchándole el pecho.

Nada de cámaras. ¿Es mi momento?

Miró a la cierva, quien movió las orejas en una afirmación. Max podía ver en sus brillantes ojos lo que quería decirle.

No es para tanto, es solo un sándwich. No estás matando a nadie. Vamos, róbalo. ¡Róbalo!

—Me cago en ti, maldito espíritu maligno. —masculló Max, abriendo la heladera con sigilo. Echó un vistazo sobre su hombro, perseguida. El hombre se encontraba dándole la espalda y viendo la televisión. Una pequeña tele colgada en la pared que, para sumar a la culpa que sentía, estaba pasando un cómico programa que hacía reír al dulce anciano. La tele era antigua, seguramente de los noventa. Negrita, ancha y con una calidad que apenas rozaba la normal.

Se mordió el labio al borde de las lágrimas y en un arrebato escondió el sándwich adentro de su chaqueta. La cierva enderezó el cuello con orgullo al verla. Su aprendiz cumplió su cometido, y más rápido de lo que creyó. Feliz con ello, se dio media vuelta, señalándole la salida a Max. Era tiempo de escapar.

Max reforzó el agarre dentro de su chaqueta. Con el corazón inquieto y la culpa en aumento, empezó a regresar los pasos cabizbaja. El hombre de la tienda dejó de mirar la tele y la siguió con unos apacibles ojos.

—¿No encontraste nada de tu agrado, pequeña?

Max se detuvo y lo observó con el rostro tan tenso que cualquiera pensaría que estaba cometiendo una fechoría.

—Y-Yo… Perdón, no. —Se limitó a responder, desviando la mirada. El hombre esbozó una suave sonrisa.

—No es tan fácil como parece ¿verdad? —inquirió él.

—¿Disculpe?

—Encontrar algo que realmente nos guste.

Max le mantuvo la mirada, impactada por sus palabras. Algo en ellas sonaba mágico. Él sonaba mágico. Hipnótico. Y como si de un fuerte magnetismo se tratara, acercó los pasos al mostrador.

—Sí…

—Y cuando finalmente lo encuentras…

—No lo quieres soltar. —Max terminó su frase, declinando el rostro. El hombre emitió una satisfecha risita.

—Así es. Pero a veces es bueno soltar. El cambio beneficia.

Max volvió a mirarlo con pesadumbre.

—Yo… nunca fui buena soltando.

—¿Quién lo es, pequeña? No es fácil —respondió, volteando el rostro hacia la ventana. Sus vidriosos ojos celestes se perdieron en las afueras—. Yo soy pésimo soltando. Éste lugar, por ejemplo. Era de mi esposa. Y aunque no viene casi nadie, no puedo soltarlo. Ella amaba este lugar y por eso sigo cuidándolo.

La heroína, que para nada se consideraba heroína en ese momento, se acercó más debido a aquella historia que comenzaba a interesarle. La cierva le bramó para avisarle que se estaba desviando un poquito del plan, pero nada consiguió.

—¿Nunca pensó…? Bueno, cambiar de camino. —preguntó Max. El anciano volvió los ojos a ella y le sonrió. Nostalgia escapaba de esa sonrisa.

—Lo hice, muchas veces. Pero… simplemente no pude. Mi tiempo se detuvo cuando ella partió. Quedé atrapado aquí.

Max lo observó con pesar. Mientras tanto, la cierva, intrigada por ese inoportuno encuentro, dio la vuelta el mostrador y se detuvo al lado del hombre. Sus pupilas se ensancharon al verlo en su totalidad.

—Lo siento mucho. —murmuró Max. El anciano se sorprendió.

—¡Oh, no! No hace falta la pena, mi niña. Yo soy feliz atascado aquí.

—¿Qué…?

—Es el camino que elegí. Continuar por ella hasta que algún día nos reunamos de nuevo.

Max entreabrió los labios, conmocionada.

Continuar… por ella.

—Así que ni se te ocurra volver a sentir pena por este viejo, ¿de acuerdo? Aún tengo un poco de orgullo.

Max delineó una tenue sonrisa.

—Lo entiendo. Entiendo todo lo que siente. Yo también elegí permanecer en vez de cambiar.

El anciano hizo una preocupada mueca.

—Pero niña, tú eres muy pequeña para tomar ese tipo de decisiones. A tu edad lo único que debes hacer es avanzar.

—Lo sé, eso hago.

—Pero dijiste que…

—Avanzo hacia el pasado.

El hombre pestañeó, confundido.

—¿Lo normal no sería…?

—Avanzar hacia el futuro, sí. Pero… —Max titubeó unos segundos—. Pero si usted podría arreglar el pasado, si pudiera rebobinar todo para hacer las cosas bien, ¿lo haría?

Esas palabras paralizaron por unos momentos al anciano. En sus impresionados ojos parecía estar reproduciéndose una película de recuerdos. Dolorosos recuerdos en blanco y negro.

Max lo miraba expectante y apretando los puños. La cierva, quieta al lado del anciano. Ensimismada, lo observaba con el hocico en alto.

—Eso… ¿no tendría consecuencias? —dijo al fin el anciano.

Max abrió los ojos de par en par. Su pecho se estrujó, encerrando un incorrecto sentimiento.

—¡Como esas películas que hablan sobre viajes en el tiempo! Cómo se llamaba esa… Fue muy famosa. ¡Ah! ¿Volver al futuro te es conocida?, ¿o es muy ochentosa para ti? Solía mirarla con mi nieto. Me hiciste recordarla.

—… La vi.

Respondió, pero ya no lo escuchaba. Dejó de interesarle.

—¡Sabes apreciar el buen cine, pequeña! Bueno, si mi memoria no me falla, en esa película cada acción tenía una consecuencia, ¿no es cierto?

—Sí.

Su mente se nubló.

—Por eso, no sé si sería conveniente cambiar el pasado. Además, mi generación solo suele pensar en el futuro, y diría que exageradamente. Así que jamás me planteé el volver atrás.

A Max no le importaban sus excusas. Nada que dijera le aportaría, solo le enojaría más.

—… Ya veo.

—Dicen que todo ocurre por algo. Lo que sucedió en el pasado, debe quedar en el pasado.

—¡No!

El hombre se sorprendió por la firmeza en su voz, que poseía una pizca de furia. Max lo observó arrugando la frente y con los ojos oscurecidos por el pesado sentimiento que ahora la agobiaba.

Pensé que era igual que yo, pero… no lo es. Nadie lo es. Estoy sola.

—Señor —empezó a decir Max, llevando la mano a su chaqueta. La cierva se alarmó cuando sacó el sándwich escondido y se lo mostró—. Estoy robando esto.

De nuevo sola.

El anciano se quedó contemplándola con los ojos ensanchados. Sin embargo, para el disgusto de Max, no tardó en relajar los párpados y sonreírle.

—Está bien. ¿Tienes hambre, no?

El labio inferior de Max se despegó. Estrechó los ojos a punto de llorar y estrelló el sándwich en el mostrador.

—¡Dije que lo estoy robando!

Si la cierva pudiera llevar una pata su frente, lo haría. Estaba indignada. El robo fue un fiasco. De alguna manera se lo esperaba. Estábamos hablando de su querida, honesta y quizás algo oscurita Maxine.

—Y yo dije que está bien, pequeña.

—¡No está bien!

—¿Tienes hambre o no?

—¡Sí!

—Entonces, come. —El anciano señaló el sándwich, apacible. Max sofocó un lloriqueo y volteó el rostro con la nariz enrojecida. Mucha culpa traspasaba su pecho en ese instante, no solo la del robo, pero… no podía sentirla en su totalidad. Era un espejismo. Quedaba atascada en su pecho sin llegar al corazón. Quería que llegara a él. Deseaba con todas sus fuerzas que llegara para así poder sentirla en su totalidad y liberar el dolor encerrado. Pero… de nuevo, no podía. Una pared se interponía entre su corazón y el dolor.

—Nunca robé en mi vida, lo juro. Esto lo hice por…

—Eso se nota. No fuiste muy cuidadosa.

—¿Huh? —Regresó los ojos a él— ¿Se dio cuenta?

—¿Cómo no hacerlo si te comportaste tan sospechosamente? Me pareció extraño.

Max apegó los hombros al cuello, ruborizada.

—Es usted muy observador…

—Porque eso es lo único que puedo hacer, observar, más no intervenir. Se convirtió en mi pasatiempo.

Max lo admiró, confundida.

—Perdóneme, de verdad no quería…

—Me pareció gracioso que resultaras tan honesta —dijo, llevando las manos al sándwich. Se detuvo antes de tomarlo, entrecerrando los párpados. Max examinó aquella acción, extrañada. El anciano sonrió con cierta tristeza e hizo un ademán con la mano para que lo tomara—. Si fueras una profesional me hubiera defendido, pero… lo único que veo es a una niña muy triste.

—¿Triste? —repitió, agarrando el sándwich por su insistencia.

Pero… no puedo sentir nada.

Pensó Max, declinando los ojos.

Sí, la presión en el pecho no desaparece, pero no llega a ser lo suficientemente triste. Incluso aunque llore, yo… ¡no puedo entender ese sentimiento!

Se tapó el rostro, apretando las muelas.

—Lo siento, pero yo no puedo… entender la tristeza ahora mismo.

¿Qué pasa conmigo? Es como si fuera…

—Una máquina.

Max levantó el rostro al escucharlo. El hombre le sonrió con dulzura.

—A veces la realidad es tan cruda que para sobrevivir nos volvemos una máquina. Encerramos los sentimientos y seguimos adelante solo por instinto. Eso veo en tu rostro, niña. Y sé bien lo que es ese estado. Ese piloto automático… Si me permites aconsejarte, te recomiendo que trates de salir de él lo antes posible, de lo contrario te domará. Te volverás tan fría como un hielo. Y eso, créeme, en algún momento te destruirá. Y no solo a ti, a la gente que te quiere también.

Max tragó pesado. Entendía su mensaje. Algo no andaba bien con ella, lo sabía. Desde que volvió de aquel mundo de los sueños algo definitivamente no andaba bien en su ser. Se sentía incómoda consigo misma, como si se estuviera ahogando constantemente. Como si un finito hilo, hogar de su cordura, se fuera a cortar en cualquier instante. Sin embargo, la tijera nunca era lo suficientemente afilada para cortarlo, dejándola siempre pendiendo de él. Le costaba respirar. Pero solo su cuerpo sufría; su mente se mantenía lúcida y automática, haciendo caso omiso a las advertencias del cuerpo, quién sabiamente la golpeaba por dentro para que despertase. Aunque se encontrara notablemente descarrilada, no podía expresarlo. Aunque quisiera gritar, no tenía la energía para lograrlo. Y aunque quisiera llorar, las lágrimas se habían secado. El shock por el que pasó la mantenía detenida en el mismo lugar. En el mismo momento, con el mismo rostro descompuesto mirándola y con la misma determinación naciendo en su interior. Una tan fuerte que, pensando que era lo más conveniente, congeló a su mente y emociones sin su permiso con tal de llevar a cabo su misión.

Estaba detenida en el tiempo.

Insensible, sin sentimientos profundos, seguía adelante. Contrario a cuando llegó a ese diferente presente, que explotó en una tormenta de emociones, ahora se había pasado al otro lado, no sintiendo ninguna en profundidad, tal como si la explosión las hubiera aniquilado para siempre. Quitando la sensación de vacío constante, el mayor problema era qué tipo de decisiones tomaría en ese estado tan frívolo.

Max reforzó el agarre en el sándwich y elevó los ojos hacia el anciano.

¿Este encuentro tampoco es una coincidencia?

—¿De verdad me lo regala? A pesar de lo que hice…

—Ibas a hacer —corrigió, riendo—. No lo hiciste, por eso te lo ganaste. Tomaste una buena decisión.

—Quiere decir… ¿Una decisión correcta?

—No. Creo que "lo correcto" es relativo, por ende, la decisión también.

Max desvió la mirada, pensativa. Si no existía "lo correcto" ¿eso le daba el derecho de tomar la decisión que quisiese?, ¿incluso una egoísta?

—Come tranquila, pequeña. Debes alimentarte para seguir viva. ¡Oh! Y hablando de eso, —Señaló las heladeras—, agarra otro sándwich. Con uno no es suficiente. Y deberías beber algo también, estás muy pálida.

—¡No! ¡Con esto ya es suficiente! ¡No quiero abusar de su amabilidad! —exclamó Max. El hombre sacudió la cabeza.

—Pequeña, te dije que no viene casi nadie por aquí. Me alegra poder servirle a alguien finalmente. Vamos, hazle caso a este viejo y ve.

—Pero...

—Nada de peros. Ve.

Max se rascó la nuca extremadamente avergonzada y, contra su voluntad, fue hasta las heladeras para agarrar otro sándwich y un agua mineral. No podía creer que aún existiera gente tan buena en el mundo. Por un momento había perdido la esperanza.

—Muchas gracias, en serio. De verdad me ha salvado la vida. —Max le sonrió con pena mientras regresaba los pasos. En el camino miró a través de la ventana. El sol se ocultaba—. Me gustaría quedarme charlando, pero ya es tarde. Debo irme, señor.

El hombre asintió y levantó la mano en un saludo. Max empezó a caminar hacia la puerta apretando los sándwiches contra el pecho con un dejo de soledad. La cierva la espió de soslayo y regresó sus abstraídos ojos al anciano. Los descendió por sus piernas. Solo eso había, piernas, más no pies. Levantó el hocico para mirarlo a la cara y se sobresaltó cuando el anciano le clavó una penetrante mirada.

—¿Tú eres su guía? —preguntó en voz baja. El pelaje de la cierva se erizó—. Ya veo… Eres de las especiales. No estás atada al mundo terrenal como yo. Eres libre.

La cierva se fue hacia atrás a la defensiva y le mostró los dientes. El hombre rió por lo bajo sin perder la calma.

—Y veo que aún eres una novata. Parece que tu compañera es muy especial también. Ser capaz de verme y hablarme… Lástima que tiene una gran carga en sus espaldas.

La cierva relajó el cuerpo cuando el anciano acercó la mano y acarició su cabeza. Sus energías se fusionaron, brindándole una inmediata sensación de tranquilidad.

—Cuídala bien, ¿de acuerdo? Es tu deber.

El anciano abandonó su cabeza conservando una amable sonrisa. La cierva comenzó a alejarse sin apartar los ojos de él y siguió los pasos de Max, quién llegó hasta la puerta y la abrió, pero allí permaneció. Con la cabeza gacha y un aura de tristeza rodeándola.

—¿Cómo hago…? —empezó a decir en un murmullo que llamó la atención del anciano.

—¿Cómo qué, pequeña?

—¿Cómo hago para… despertar? Para volver a la normalidad.

El hombre contempló su espalda encogida. En ella podía imaginarse la intensa historia que estaba cargando. Mucho, mucho dolor había en esa niña.

Le sonrió.

—Una buena golpiza puede ayudar —contestó. Max parpadeó y lo observó—. Cuando la mente no despierta, a veces ayuda despertar primero al cuerpo.

—Pero... ¿golpiza? ¿No es un poco exagerado?

—Suena un poco violento, sí. Supongo que solo se aplica a los hombres. —se burló. Max elevó una traviesa comisura.

—¿Piensa que las mujeres no podemos ser violentas? Le sorprendería. Conozco a una MUY violenta… y linda.

El hombre se echó a reír.

—¡Lo sé, lo sé! ¡Estaba tomándote el pelo! Disculpa, esta época feminista me confunde a veces. Aún me estoy adaptando. —Levantó las manos en son de paz. Max sonrió de lado—. Dime, pequeña, ¿por qué sigues adelante?

La heroína ensanchó los ojos. Esa pregunta le removió las entrañas.

—¿Cuál es la razón de tu lucha?

Mi lucha... Ya veo.

Max giró el rostro, perdiéndolo de vista, y esbozó una nostálgica sonrisa.

—En abril conocí a una chica que cambió totalmente mi mundo —empezó a decir con los ojos plantados en la puerta—. Es violenta, pervertida y muy insensible. Hace siempre lo que quiere sin pensar en los sentimientos de los demás. Se caga en todo y pasa por alto todas las normas. Te obliga a quererla a la fuerza y no tiene problema de decir unas palabras que a mí me costaron tanto pronunciar. —Bajó el rostro a la cierva, que la miraba atentamente, y le sonrió—. "Te amo". Las dice sin remordimiento, sin entender lo mucho que me duele escucharla y… más no poder oírla en este momento. Es mi opuesto.

La cierva se apegó a su pierna con una apenada carita. Max rió en un murmullo.

—Y es una sociópata, no hay duda —dijo, mirándola con las cejas cómicamente alzadas. La cierva se despegó de su pierna y gruñó ofendida—. Una mierda de persona que lentamente empezó a crecer. Sí…, es una verdadera mierda. Pero es mi mierda. —Su voz se suavizó, al igual que los ojos de la cierva. El anciano, por su lado, la escuchaba paciente—. Por dentro no es mala, es increíblemente devota y fuerte. Con un luz interna que la hace brillar a donde sea que vaya, que incluso hace que brillen los demás. Me hizo brillar a mí. —Miró al anciano—. Quiero que crezca más, que cumpla sus sueños y sea feliz. Por eso debo mantenerme firme y cumplir la promesa que le hice. Esa es la razón por la que sigo.

El anciano apoyó el mentón en la palma con una sonrisita picarona.

—En resumen, estás enamorada.

—Sí, lo estoy.

En medio de sus hermosas palabras, la cierva estaba desesperada. Desesperada de amor. Se refregaba contra sus piernas con fuerza para así poder transmitirle toda la felicidad que sus palabras le causaron. Realmente odió no poder estrujarla entre sus brazos hasta asfixiarla.

El anciano pasó los ojos al animal y contuvo una carcajada. Comprendió, entonces, quién era ese espíritu.

—¡Ah, el amor! Qué cosas podemos llegar a hacer por amor…

—Todo. —contestó Max con sinceridad. El hombre asintió.

—Entonces, ahí tienes tu respuesta, pequeña. Solo ella podrá despertarte. Tu chica —dijo, pasando disimuladamente la vista a la cierva, quien parpadeó en medio de las piernas de Max—. Será su tarea más importante.

Max observó al anciano con unos perdidos ojos.

¿Mi despertar depende de una cierva? Ja, estoy jodida.

Sonrió de soslayo y levantó los sándwiches.

—De nuevo, gracias por esto. Si puedo se lo pagaré en un futuro.

—Pensé que no creías en el futuro.

—Sí… —contestó, saliendo por la puerta—. Pero sí creo en el presente. Es todo lo que tenemos.

—Bien dicho, pequeña. Valóralo.

Max asintió y comenzó a cerrar la puerta a sus espaldas.

—Ah, por cierto. —Volvió el rostro para verlo— ¿Cuál es su nombre? No puedo irme sin saberlo luego de lo mucho que me ayudó.

El anciano negó con la cabeza manteniendo una impasible expresión.

—No es conveniente que lo sepas, quedarás encadenada a mí. Los nombres son más importantes de lo que crees. Nos definen y crean vínculos. Tampoco debo saber tu nombre, no me lo digas.

—Um… ¿Qué?

—Y aunque me gustaría tener un poco más de tu compañía, no seré egoísta. No voy a encadenarte. —Su sonrisa se transformó en una guasona—. Por hoy te dejaré ir, pero te recomiendo que no vuelvas por aquí. Podría tentarme y dejarte encerrada la próxima vez. Como te dije, a mí tampoco me es fácil soltar. Ese es el pecado que me mantiene aquí.

Max lo observó aturdida y algo asustada por su "broma". De pronto le recorrió un escalofrío. Hacía frío, mucho frío en ese almacén. ¿Cómo no lo notó antes? Tenía las manos heladas y el pecho cerrado por la pesadez que había en el ambiente. Y al anciano… empezaba a costarle verlo. Su imagen se difuminaba por momentos. Se refregó los ojos, pensando que debía ser el cansancio.

—Sigue tu camino, pequeña. Y mucha suerte con tu misión.

Confundida, atinó a asentir con la cabeza y hacerle caso. Un misterioso instinto le decía que no le hablara más. La cierva retomó los pasos con ella, observando al anciano curiosamente. Él levantó la mano y la saludó esbozando una inocente sonrisa.

Max cerró la puerta y empezó a caminar hacia la calle inquieta por sus últimas palabras. Llevada por ellas, giró el rostro para ver al anciano una última vez y se sorprendió al no encontrarlo.

—¿A dónde fue? —preguntó, deteniéndose en seco. El mostrador estaba vacío. La cierva bramó, llamando su atención, y caminó delante de ella para que la siguiera—. Qué raro…

Max despegó los pies del piso aún mirando la tienda y la siguió. Mientras cruzaban la calle para tomar el camino que llevaba al vertedero, un chico pasó corriendo frente a Max. La heroína lo siguió con la visión. El chico entró a la tienda y antes de cerrar la puerta giró el cartel que decía "Vuelvo en cinco minutos", revelando el otro lado: Bienvenido.

—¿Si estaba cerrado por qué me dejó entrar? —Se preguntó Max, alzando una ceja— ¿Ese será su nieto? Bien…, no importa. —Dejó caer los hombros, restándole importancia, y continuó el camino hacia el vertedero mientras abría el paquete de uno de los sándwiches. No podía esperar a llegar, su estómago pedía a gritos comida.

La cierva marchaba a sus espaldas, pensativa.

Ese hombre… era igual que yo. Otra clase de espíritu, pero espíritu al fin.

Pensó, levantando el rostro hacia Max.

Ahora Max no solo puede verme a mí, sino también a los demás. Me pregunto cuándo se dará cuenta. Mientras más en contacto esté con nosotros, más nos verá y sentirá.

Aceleró los pasos en un saltito y se puso a su lado. Max le sonrió desde lo alto, dándole un buen bocado al sándwich. Se lo ofreció en una broma.

Ese poder espiritual… no es algo que yo le di. Es nato. Es su verdadero poder.

—Ah… Me siento mucho mejor —mencionó Max aliviada, terminando el sándwich. Pasó la vista a la cierva, que se encontraba extrañamente ida. Le dio ternura su carita pensativa—. Hey, Bambi.

La cierva la miró. "Bambi" se había convertido en su nuevo nombre, a pesar de que era nombre de macho. No le molestaba. Además, era su culpa ser llamada así. Rachel fue la que apodó al ciervo en primer lugar.

—¿Una carrera? —Max le mostró los dientes, traviesa, y de pronto se echó a correr. Bambi se desorientó por su inesperada actitud, pero, como buen animal joven, no tardó en ponerse juguetona y empezar a perseguirla— ¡Mientras antes lleguemos mejor!

Sus patas corrían rápidamente, su aliento se escapaba. Max parecía estar contenta, pero sabía que solo estaba haciendo un importante esfuerzo por mostrarse así. Tampoco estaba completamente triste, si lo estuviera lo sentiría. Pero sí estaba determinada a volver atrás. A regresar al pasado. Y ahora más que nunca.

Que nos siga viendo… solo le dará problemas.

.

.

.

—Bueno, no está tan mal —Max puso una mano en su cadera y detalló la pared del refugio. Con uno de los tantos marcadores de Chloe que había allí dibujó una larga línea recta en la pared—. Espero que Chloe no se enoje por esto. Ah… Cierto, ya no puede enojarse. —Rió por lo bajo, sacudiendo la cabeza. La cierva, acostada muy cómodamente sobre el suelo, levantó el cuello por ese chiste de mal gusto—. De acuerdo… ¿Dónde me quedé?

Se acercó a la pared y la analizó con detenimiento.

—Oh, sí. En el puto principio.

Apenas llegó al vertedero guardó el sándwich de repuesto en caso de necesitarlo luego y se puso a trabajar. A pensar y pensar algún plan para volver al pasado sin la necesidad de que sus acciones rozaran el suicidio, lo cual veía poco probable, pues, no tenía herramienta alguna para volver y sus poderes parecían estar al límite. Y llevando su cuerpo al límite. La última vez que los utilizó estuvo a punto de morir, y en efecto lo hubiera hecho si no hubiese sido trasladada a ese nuevo presente. Se salvó por los pelos.

—Aquí. —Señaló un punto que dibujó en medio de la línea. Debajo del punto escribió "Presente: línea original"—. Aquí empezó todo, cuando salvé la vida de Chloe por primera vez. Ese fue el primer gran cambio que hice. Pero no retrocedí esa vez, salté en el tiempo. Ahora que lo pienso… no he vuelto a saltar así. Traté pero no pude hacerlo. Sería ideal en este momento. —Estrechó los ojos, pensándolo mejor—. No, es arriesgado. No puedo controlar a dónde saltaré. Esa vez volví a terminar en la clase de Jefferson sin siquiera saber cómo. El lugar de aterrizaje no es seguro, y debo ir a un lugar puntual.

Destapó la tapa del marcador con los dientes y del punto del presente sacó una flecha y la dirigió hacia el inicio de la línea. Sobre la línea dibujó otro punto y escribió "Pasado: línea original."

—Aquí es a donde viajé sin estar en la fotografía. Por hacer eso modifiqué el pasado hasta deformarlo en algunos aspectos, creando una paradoja, como el hecho de que Jefferson recordara la muerte de mi otro yo y… —Alzó una ceja—… Bueno, enamorarme de Rachel también suena bastante a una paradoja.

La nombrada gruñó a sus espaldas, haciéndola reír.

—¡Estoy bromeando! —le dijo. La cierva ladeó el rostro, orgullosa—. No se te puede decir nada… —Max volvió la vista a la línea—. Entonces, mi meta es volver al pasado. Pero esta vez no estaría viajando desde mi línea original, sino desde otro presente. En el que estoy varada ahora. La pregunta es… ¿terminaré en el mismo pasado que antes?, ¿o terminaré en el pasado de ésta línea temporal? Si caí en un presente modificado, significa que el pasado fue modificado también, abriéndose otra línea paralela. Y no conservo ninguna fotografía del pasado al que fui como para regresar a ese específico. Si voy al pasado de esta línea nueva no es seguro que Rachel y Chloe estén vivas, y no puedo perder energía averiguándolo. En mis condiciones, es posible que solo tenga una chance de viajar. Debo elegir bien cómo hacerlo. —Se refregó el mentón sin quitar los ojos de la línea que dibujó—. Hm… Qué difícil. Aunque pudiese viajar otra vez sin estar en la fotografía, las fotos de aquí no pertenecen al pasado al que yo fui. Definitivamente terminaría en otro diferente.

Max se dio la vuelta y empezó a caminar por el escaso lugar con los ojos bien abiertos y una expresión concentrada. Su mente trabajaba incesablemente, tal como la de un científico loco a punto de crear su obra maestra.

Otra opción. Tenía que haber otra opción para viajar. La única factible no existía: las fotos que se tomó en el pasado. Solo ese era el camino directo para evitar que se perdiera en otras dimensiones.

—Mierda. —Se rascó la cabeza, mordiéndose el labio—. Tiene que haber otra manera. Si pude viajar al pasado sin estar en la foto, tengo que poder hacer otras cosas. Con el paso del tiempo aprendí a manejar mis poderes y fui descubriendo más habilidades. Si tan solo pudiera… descubrir algo más.

Cayó de culo en el colchón, tapándose la frente.

—Piensa… Vamos, piensa.

La cierva arrastró el cuello hacia atrás por el piso, perezosa, y la miró de cabeza. Estaba acostada sobre él como si de un gato haragán se tratase. Bramó bajito, solo para molestar. Max ni levantó la vista. La tenía plantada en el suelo con una endurecida mueca.

—Una forma… Algo.

Las largas pestañas del animal bailaron cuando Max se rascó de nuevo la parte trasera de la cabeza aspirando el aire entre dientes. El tajo le seguía doliendo. La cierva, preocupada, se incorporó y comenzó a caminar hacia ella. Levantó su mentón con el hocico; Max parpadeó y le sonrió.

—Estoy bien, no te preocupes. Cuando vuelva esta herida no existirá más —le dijo convencida. La cierva torció el rostro de un modo que le pareció demasiado dulce y rodeó su cuerpo, subiendo al colchón. Max sintió un escalofrío cuando se acomodó detrás de su espalda y empezó a lamerle la cabeza, justo en la lastimadura—. D-De verdad, estoy bien.

La cierva poco caso le hizo. Max se fue hacia adelante al percibir escasamente cómo apoyaba las patas delanteras en sus hombros y continuaba lamiéndola con más ganas. Miró detrás de su hombro, curiosa, y sonrió al verla tan compenetrada en su misión.

—Te odio, eres una ternura… Tú ganas. —Se resignó, llevando una mano hacia atrás. Le acarició el lomo mientras volvía a tapar sus ojos con la mano libre. La oscuridad le ayudaba a pensar, pero el agudo dolor de cabeza que sentía constantemente no—. Si pudiera viajar sin necesitar fotografías… todo sería más fácil.

Bostezó. Le estaba agarrando sueño otra vez. En su lamentable estado no le extrañó. Su cuerpo no se encontraba en las mejores condiciones debido a todos los viajes por los que pasó. Como pensó, las consecuencias de exprimir su poder en el pasado continuaban pasándole factura. ¡Pero! más le echaba la culpa a la cálida energía de la cierva envolviéndola. La tranquilizaba lo suficiente como para inducirla al sueño, pues, ahora se estaba dedicando a refregar la cabeza contra la suya en suaves caricias, como si supiera que eso la llevaría directo a los brazos de Morfeo.

—Hm… Me dormiré si sigues haciendo eso. —Se destapó la frente y halló una oscuridad similar a cuando se encontraba a ciegas—. Ya es de noche. No se ve casi nada. —dijo, levantándose. Caminó hacia la puerta del refugio. Corrió la chapa y detalló el cielo. La llovizna no cesaba y los truenos que vio anoche volvían a aparecer. A lo lejos, tranquilos.

Por ahora.

Max achinó los ojos, somnolienta, y le dio la espalda a la noche.

—Creo que por hoy voy a descansar. No puedo planear una estrategia con tanto sueño —dijo, volviendo los pasos al colchón donde, con la colita bailando, la cierva ya la esperaba acostada. Max torció la boca en una picarona sonrisa cuando se puso panza arriba cual cachorro. De ciervo no tenía nada. Era una chiste— ¿Quieres mimos? —Se agachó y empezó a hacerle cosquillas— ¿Quiéeen tiene la pancita blaanca? —inquirió juguetonamente. La cierva se retorció de un lado a otro, haciéndola reír—. Ni se te ocurra volver a abusar de mí mientras duermo ¿bien? Quiero despertar con la cara seca.

Se agachó más para acostarse, pero un sonido, que le pareció un rugido a lejos, la dejó suspendida en el aire. Llevó las pupilas hacia atrás con lentitud.

Un rugido que, mientras más se acercaba resonaba con más fuerza, tomando otro color. No era un rugido, era un motor.

¿Un auto? ¿A esta hora?

Su corazón se aceleró de repente, al igual que el motor. Cada vez lo escuchaba más cerca.

—No me digas… —Volvió rápido los pasos a la entrada con Bambi siguiéndola apresurada, y se escondió detrás de la pared. Asomó la cabeza y sus ojos se agrandaron al ver un auto conocido estacionando en las afueras— ¡Mierda!, ¡Nathan! —Se apegó lo más que pudo a la pared y espió de reojo como un Nathan bastante alterado salía del auto y cerraba la puerta con brusquedad—. El muy hijo de puta esperó hasta la noche para buscar acá. —Tragó pesado, nerviosa—. Tengo que moverme.

La cierva se colocó a su lado con el pelaje erizado, dispuesta a atacarlo. Max le hizo una señal de silencio y asomó medio cuerpo por la entrada. El auto estaba a unos metros, Nathan recién merodeando por el lugar. Todavía podía escapar. ¡Debía poder! Pero apenas se veía. Solo la luz de la luna y los truenos de fondo iluminaban el vertedero a medias, y, ahora, la linterna que Nathan prendió. Confirmado, él estaba buscándola.

Max respiró hondo, preparándose para la maratón, y en cuanto Nathan le dio la espalda y alumbró dentro de un auto abandonado para ver si estaba escondida allí, salió despedida hacia el lado contrario seguida por la cierva.

—¡Mierda! —Nathan pateó la puerta del veterano auto mientras Max se escondía detrás de un gran cartel abandonado—. Esa zorra se las va a ver conmigo —masculló, girando los pasos en dirección al refugio de Chloe. De su chaqueta sacó un arma y con la punta en alto entró— ¡Vamos, Max! ¡Tenemos una charla pendiente!

Max lo escuchó gritar en un eco, para luego oír cómo revolvía todo el lugar con furia. No habiéndola encontrado, Nathan salió estirando los brazos a los costados.

—¡Sé que estás aquí! ¡Sal a jugar!

La heroína se mordió el borde del labio, asustada. Nathan se acercaba sigiloso a dónde se encontraba escondida. Alumbró con la linterna una vieja computadora tirada; luego el cartel. Max se agachó justo a tiempo con el corazón acelerado.

¡Tengo que esconderme hasta que se vaya!

Nathan chasqueó la lengua impaciente y más loco de lo que Max recordaba, y disparó al cartel. El aire de la heroína se perdió por unos instantes. Con una gota de sudor resbalándose por la sien, deslizó las pupilas hacia el costado. La bala traspasó el cartel a escasos centímetros de su rostro. A ella no la tocó, pero a la cierva sí logró atravesarla. Max la observó paralizada en el lugar. Por supuesto, no le había hecho nada. Sin embargo, no pudo evitar pensar caóticamente que si tuviera un cuerpo físico Rachel hubiera muerto una vez más.

Frunció los dedos contra la tierra, enojándose.

Incluso aquí éste hijo de puta se atreve a dañarla.

Pensó, girando lentamente el cuerpo. Comenzó arrastrarse por el suelo para esconderse detrás de una demacrada camioneta que le parecía un mejor refugio. Se detuvo en la punta del cartel y observó la sombra de Nathan. Ahora lo veía menos debido a unas inoportunas nubes que cubrían la luz de la luna. Pero sí lo escuchaba.

—¡Max! —Nathan disparó de nuevo, esta vez a un auto enfrente del cartel— ¡Sal de una puta vez, perra! ¡¿Piensas que puedes seguir burlándote de mí?!

Max aprovechó la oscuridad y de un salto se escondió detrás de la camioneta.

—¡Agh! —Un pequeño quejido se le escapó cuando con el caño de escape, oxidado y filoso, se cortó la pierna. La cierva estacionó a su lado, preocupada. La herida no era menor. Su piel se había abierto en dos, dejando al descubierto la carne y una pronta hemorragia—. Mierda…

Nathan volteó el cuerpo de un tirón y apuntó la linterna a la camioneta con unos cínicos ojos. La escuchó. O, al menos, escuchó algo que no llegó a descifrar.

—¿Maaax? ¿Cuánto tiempo más me harás perder? Tengo asuntos que atender ¿sabes? —empezó a decir, yendo hasta la camioneta. Empezó a rodearla de una pausada forma que a Max le pareció aterrorizante. Veía su sombra arrastrándose por el piso—. Ahora soy un hombre de negocios, como sabrás. Debo tomar el lugar del señor Jefferson antes de que sea tarde.

Max se aferró la pierna ensangrentada y como pudo gateó hacia el lado contrario del vehículo.

Un lugar, algo… ¡Lo que sea!

Se estaba desesperando. El mismo pánico que la atacaba al estar en el cuarto oscuro, la estaba atacando ahora con la misma intensidad. No había una gota de saliva en su garganta.

Llegó hasta la delantera de la camioneta con Nathan examinando la trasera e, ignorando el dolor que sentía, corrió agachada hasta otro auto que se encontraba enfrente. La cierva la siguió a los saltitos y se puso delante de ella, protectora.

—¡Puta madre, Max! —Nathan disparó, pinchando una llanta de la camioneta— ¡No te estoy pidiendo mucho! ¡Solo quiero jugar un rato!

Dios mío, está más loco que nunca. ¿Qué mierda le pasó?

Pensó la heroína, tapando la cortadura en su pierna con la mano. Sangraba mucho. La cierva la observaba con impotencia. Odiaba no poder hacer nada más que seguirla.

Tengo que encontrar un mejor lugar.

—Si no sales, seguiré disparando hasta terminar de romperte la puta cabeza. —La voz de Nathan se oyó cercana. Muy cercana. No había tiempo, debía cambiar de lugar.

Apoyó las manos en el capot del auto y se agarró con fuerza para levantarse. Distinguió la espalda de Nathan, quién alumbraba otro auto enfrente. Con la ayuda de esa tenue luz, Max divisó aquel viejo autobús que se encontraba un poco más alejado. Recordaba esa zona. Allí había más chatarra donde esconderse y el bosque no estaba lejos. Llegar a él sería ideal. Podría esconderse mejor entre la oscuridad de los árboles.

Tengo que ir para allá, pero….

Plegó los dedos en la pierna, preocupada.

Está ardiendo mucho… Se va a infectar.

Su rostro empezaba a palidecer. Sudaba frío. No había tiempo que perder.

Rompió un pedazo de su playera y rodeó la herida con la tela, dejándola bien apretada. No podía dejar ningún rastro de sangre, Nathan la encontraría.

Muy lentamente comenzó a caminar agachada, escondiéndose detrás de cada chatarra que aparecía. Sin embargo, al no poder ver bien, le era imposible no llevarse puesta alguna y llamar la atención de Nathan.

—¡Allí estás! —Nathan disparó otra vez y Max se congeló. La bala se estrelló al lado de su pie derecho. Respiró hondo con el aire entrecortado. La cierva, a su lado, chocó los colmillos cansada de no poder hacer nada y la contempló con el pelaje absolutamente erizado. Max le mantuvo la mirada desconcertada por la fiereza que había en sus ojos. Y antes de dar otro paso, la cierva lo dio.

Salió corriendo hacia Nathan.

—¡Espe-! —Se tapó la boca, mordiéndose la lengua.

La cierva se detuvo frente a Nathan, quién ni la notó, y mostrándole los dientes tomó carrera y lo embistió. Solo consiguió atravesarlo, para su creciente frustración y la angustia de Max.

Rachel…

Arqueó las cejas, conmocionada por su protección, y cerró los ojos con la mano tiritando en la pierna.

Tengo que vivir. ¡Voy a sobrevivir a ese loco de mierda porque tengo que salvarte!

Gritó en sus pensamientos, despegando los pies del suelo. Corrió lo más rápido que pudo en dirección al bus, tratando de esquivar las chatarras en el suelo. Nathan pasó la vista a ella al oír rápidas pisadas. Distinguía una sombra moviéndose con torpeza.

—Max… —la llamó con una iracunda voz, caminando hacia el bus—. No puedes escapar, no de nuevo. Ese viejo de mierda ya no está para protegerte. Me encargué de él.

Max sofocó un quejido.

David… Mierda, ¡mierda!

Continuó corriendo aguantando el dolor en la pierna, pero no impidiendo que se volviera torpe.

—¡Agh! —Tropezó con un desarmado maniquí, cayendo duramente al suelo. La cierva, al verla, salió despedida del lado de Nathan y corrió hacia ella. Max frunció los dedos contra el piso, tratando de levantarse, y agarró algo sin querer. Parpadeó, llevándolo frente a sus ojos. Era pesado, largo y… — ¿Un bate?

Un arma.

Corrigió su mente.

Eso era, un arma en caso de emergencia.

Se aferró a él como si su vida dependiera de ello y comenzó a reincorporarse. Los pasos de Nathan se acercaban y Max aún no estaba ni cerca del bosque, pero al menos sí del autobús.

Salió corriendo de nuevo con la cierva a su costado. Max la contempló de soslayo, agitada, recibiendo la misma mirada. La cierva tenía la lengua afuera de lo fatigada que se encontraba por la maratón que se estaban mandando.

—¡Deja de correr de una puta vez! —Nathan comenzó a correr también, disparando a lo loco a cualquier dirección— ¡No puedes escapar, Max! ¡Te escucho!

Una bala pasó rozando su mejilla, haciéndola detenerse en seco justo en el autobús. Las nubes se estaban disipando, iluminando de a poco el vertedero. En cualquier momento Nathan la vería con claridad.

Mierda.

Divisó el bosque a lo lejos y luego el autobús. El bosque, el autobús. ¡El bosque, el autobús!

¡No hay tiempo!

Subió los destruidos escalones del bus y corrió hasta el fondo de él. Basura; cigarrillos, botellas rotas y más basura lo abundaba, además de un olor tan rancio que le dio nauseas. Ratas muertas por doquier eran las causantes.

Se tapó la nariz con las lágrimas escapando por el potente olor y se escondió detrás de un asiento. Allí permaneció, agachada y aferrada con fuerza al bate, tratando de respirar lo más silenciosa posible. El pecho le pesaba horrores por los nervios y su psiquis comenzaba a perder el rumbo. La cierva se quedó en el pasillo del bus vigilando. Sus orejas estaban absolutamente erguidas, oyendo cada sonido.

Max asomó la cabeza para verla y ensanchó los ojos cuando la cierva le bramó con una alarmante expresión, avisándole que Nathan se estaba acercando.

Me descubrió.

Reforzó el agarre en el bate al verlo subir los escalones del bus.

—Maaaax, ya puedes salir. Sé que estás aquí... Te vi entrar.

¿Tengo que matarlo?

Pensó Max, agachándose lo más que podía para que no la viese. Su mente se estaba nublando, llenándose solo de defensivas estrategias. El corazón le latía tan rápido que dolía.

—¿Sabes? Me resulta extraño que decidieras esconderte aquí. Este lugar me trae recuerdos… —empezó a decir Nathan, avanzando por el autobús lentamente, revisando cada asiento con el arma en alto—. Hay alguien muy querido para mí en este basurero.

Max abrió los ojos de un iracundo modo. Sus músculos se tensaron por la inmediata furia que sintió.

Rachel…

—Lamentablemente hubo un accidente y ahora solo puedo venir a verla aquí. ¿Quieres unírtele? Prometo venir a visitarte también.

Este Nathan… es un verdadero demonio. No está arrepentido para nada de lo que hizo.

Max frunció las cejas con el enojo en aumento y la mente vaciándose, dejándole espacio solo a la ira y a los malditos recuerdos de ese chico asesinando a sus personas más queridas. Estos azotaron a su desequilibrada mente sin piedad, destruyéndola, no dando lugar al razonamiento. Ya no tenía las herramientas para realizar ese trabajo.

La cierva, al percibir su pesada energía, giró el cuello hacia ella. Lo único que halló en los ojos de Max fue frialdad y un brillo furioso. Un cambio aparentemente repentino que, según su visión, no era tan repentino como parecía. Esa frialdad no era de ahora. Esa furia menos, llevaba un tiempo encerrada.

Max bajó las pupilas al bate y lo observó penetrantemente.

Sí, tengo que matarlo.

Puso una mano en el suelo, dispuesta a levantarse y sorprenderlo de un batazo en la cabeza cuando se acercara.

Seguirá persiguiéndome si no lo hago. Tengo que hacerlo.

La oscuridad que tanto tiempo contuvo debido a las terribles situaciones por las que pasó finalmente se estaba apropiando de ella. Oscuridad que casi hizo llorar a la cierva. Leía en sus ojos lo que quería hacer y en absoluto estaba de acuerdo. Una cosa era no tener otra opción más que asesinar a Jefferson para detener todas sus atrocidades, y otra era matar por matar. Lo que Max pensaba hacer. Ni siquiera se le pasaba por la mente noquearlo para escapar, sino directamente asesinarlo.

Max, no… Tú no eres así. ¡No voy a dejar que seas así!

Se acercó a ella dispuesta a detenerla y bramó frente a su rostro. Max no se inmutó. La miró con una seria expresión que le pareció irreconocible. Nada. Nada había en su rostro más que odio y rencor.

—Muévete.

Su voz sonó tan filosa cuando susurró que la cierva sintió escalofríos. Furiosa por su actitud, bajó la cabeza en una amenaza. Max dibujó una torcida sonrisa.

¿Por qué quieres detenerme? Ese hijo de puta te asesinó una y otra y otra puta vez.

—No molestes.

La cierva esta vez sintió dolor por sus tajantes palabras. Max se estaba perdiendo, realmente perdiendo en un oscuro laberinto. Si seguía así jamás encontraría la salida.

Solo yo puedo despertarla, dijo el anciano. Pero… ¿cómo hacerlo? Max no es Max ahora mismo. Está cegada por la venganza.

Max pasó una depredadora mirada al pasillo cuando Nathan pateó una botella con desinterés.

—Sé que estás ahí. Me queda una bala, y es solo para ti. —Se detuvo un asiento adelante de ella. Max agarró con fuerza el bate, preparándose. La cierva abrió la boca, desesperada.

¡No lo hagas! ¡Tú no eres una asesina!

—Veo tu sombra, Max. —Nathan recargó el arma—. Estás muerta.

Max comenzó a reincorporarse de a poco, rogando ser más rápida que él. Nathan empezó a apretar el gatillo, pero se detuvo en seco cuando algo definitivamente lo perturbó. Algo que Max también escuchó en un eco. Otro motor acercándose a gran velocidad. Mucha velocidad.

¿Y ahora qué?

Un auto estacionó a las derrapadas en el vertedero. Nathan volteó el cuerpo, nervioso, y corrió hacia la puerta del bus para ver quién era. Ser descubierto asesinando no formaba parte de sus planes, y por quién estaba a punto de serlo menos.

—¿El auto de mi padre? —inquirió con la mandíbula desencajada. Por un momento, por un escaso momento Nathan olvidó su misión. Su padre y Jefferson eran los únicos que podían perturbarlo a ese nivel— ¿Qué hace aquí?, ¿me descubrió? Imposible.

Perturbación que Max iba a aprovechar a como diera lugar. Ese milagro debía ser una señal.

Es ahora o nunca.

Empezó a levantarse con sigilo y caminó con el bate en alto hacia Nathan, quién le daba la espalda aún con una petrificada expresión. Debía hacerlo. Su futuro estaba en juego, volver al pasado más. Nadie debía intervenir.

Pero, aún había alguien. Un espíritu que velaba por su seguridad pero que Max, al estar guiada por el odio, no era capaz de apreciar en ese instante.

La cierva, exasperada, se interpuso para que no llegara hasta Nathan y la miró en un ruego. Max la observó desde lo alto con unos opacados ojos y movió la cabeza en una señal de que no estorbara. La cierva se achicó en el lugar, entristecida. Era su culpa. Por su culpa Max había dejado de brillar. Por su culpa iba a perderse para siempre cometiendo el peor error de su vida.

¿Qué puedo hacer…?

Max adelantó dos pasos, traspasándola, y levantó el bate hasta dejarlo sobre su cabeza, dispuesta a estamparlo sobre la de Nathan.

La cierva giró el cuerpo y bramó desesperada.

¡Qué puedo hacer para despertarte!

Continuará.