Capítulo 27

Nieve

—18, 19, 20… Dios, no puedo más, se acabó por hoy.

—No deberías forzar tanto el primer día—Henry no dudó en acercarse a Quinn, que exhausta se retiraba de la máquina de tortura con la que había estado fortaleciendo sus piernas. —Debes ir poco a poco. Te prepararé un plan específico para ti, ¿te parece bien?

Eran las 9 de la mañana de aquel jueves y ya llevaba casi una hora en el gimnasio, y a pesar de que no tenía que acudir a los ensayos hasta las 11, Quinn decidió que aquel primer día de entrenamiento ya había terminado.

—Me parece perfecto. Ya tuve suficiente por hoy, y mis piernas también—respondía sonriente.

—Ya he visto. La verdad es que estoy sorprendido, no esperaba que tuvieses tanto aguante en el primer día. Se ve que no es la primera vez que haces deporte.

—Suelo salir a correr, aunque he estado unos meses olvidándome a consciencia—bromeó—Espero recuperar la forma pronto.

—Me comprometo a que así sea.

—Perfecto, ya me dijo Rachel que eras bueno con las actrices de Broadway.

—Sí, procuro ser bueno con ellas, y no darles demasiada guerra—respondía sonriente—Vamos, no te quedes ahí parada y cámbiate cuanto antes. No quiero que Rachel venga a recriminarme porque una de sus amigas se pille un resfriado el primer día.

—Tienes razón, me da más miedo ella que la torturadora de cuádriceps—musitó, y el chico le regaló una sonrisa aún más amplia.

Le gustaba Henry.

El monitor que se iba a encargar de prepararla físicamente para el musical era el mismo que lo había hecho con Rachel. Su forma de ser, al menos lo que había conocido en aquel día, le llamó bastante la atención.

Educado, parecía ser un chico responsable y divertido además de guapo. Además, fue el único que no le cuestionó por su acento británico, algo que habían hecho prácticamente todos desde que regresó a Nueva York.

180 centímetros de músculos perfectamente torneados. Pelo castaño, ojos claros y una sonrisa que podía hacer enloquecer a cualquiera. Henry no era su prototipo de chico, a pesar de ser realmente atractivo, pero le resultaba complicado ignorar sus cualidades. Y eso que no era el único que lucía espectacular en el gimnasio.

Fue dirigiéndose hacia los vestuarios cuando lo vio, y no pudo evitar detenerse para observarlo por algunos minutos.

Estaba en una estancia anexa a la zona donde ella había realizado los entrenamientos, en una sala de boxeo.

Pudo distinguir a tres chicos entrenando, y Matt era uno de ellos.

Golpeaba con fuerza uno de los sacos de arena que colgaban del techo y conseguía llamar la atención de Quinn, que no pudo evitar dejar de mirarlo.

Ya lo había visto semidesnudo en el teatro, pero en aquel instante Matt parecía completamente distinto. Nada tenía que ver el chico cuidadoso y gentil que conocía del teatro, con aquel que golpeaba sin piedad el saco, forzando al máximo cada músculo de su cuerpo.

Fue tanto su descaro observándolo que Matt la descubrió, y no dudó en invitarla a acercarse.

No tardó en reaccionar, a pesar de llamar la atención de los demás chicos.

—¿Aún sigues aquí? —le preguntó Matt con casi sin respiración.

—Ya he acabado. Iba directa hacia los vestuarios, pero te he visto y me he quedado sorprendida al verte. No sabía que fueses boxeador. —Le dijo y Matt río.

—No lo soy, solo un entrenamiento más. Necesito descargar toda la adrenalina posible, y este es el mejor método—respondía sin perder la sonrisa—Deberías probar, no te haces una idea de lo bien que sienta.

—¿Yo? ¿Golpeando un saco de arena?

—¿Por qué no? Te he visto arrastrar a Broke por todo el escenario—bromeó—Estoy convencido de que puedes con esto y más. Y, además, es anti estrés.

—Eso tal vez si me venga bien.

—Ven, mira—le pidió que se colocara a su lado, y señaló hacia los ventanales que quedaban frente a él y que daban a la concurrida calle—Estás viendo como llueve o la gente que pasa por la calle y mientras, zas—dio un golpe sobre el saco—sacas todo el estrés a base de puñetazos.

—Suena un poco violento. Yo para distraerme soy más de contar zapatos.

—Pero no se trata de distraerse, sino de sacar la rabia, de desfogarse. Mejor ser violento aquí, con un saco de arena, que en la calle. ¿No crees?

—Bueno, en eso si tienes razón.

—¿Quieres probar?

—Tal vez el próximo día…

—¿El próximo día? No, ven, vamos a probar ahora—le dijo tomándola de la mano para que lo siguiera hacia unas banquetas.

—¿Ahora?

—Sí, déjame que te cubra las manos.

—¿Cubrirme las manos? —preguntaba al ver como el chico cogía un par de vendas que permanecían sobre una de las bancas y se acercaba de nuevo a ella. —¿Me vas a vendar las manos?

—Claro. No pensarás que puedes golpear así, sin nada, ¿no?

—¿Me subestimas? —cuestionó permitiéndole que comenzara su tarea. Matt no dudó en vendar sus manos de forma estratégica, y con una delicadeza que volvía a sorprenderla.

Era increíble el contraste.

Frente a ella tenía a un chico en el que podía percibir a simple vista todos y cada uno de los músculos que forman el cuerpo humano, algunos incluso desconocidos para ella. Era robusto, realmente fuerte, pero sus gestos le regalaban una dulzura casi indescriptible.

—¿Te subestimo? —le dijo divertido, mientras centraba su mirada en las manos.

—Sí, piensas que no voy a poder darle un par de golpes sin estas vendas ¿Tan débil crees que soy?

—Yo también las llevo, y no me considero débil—le respondió—Es para evitar que te lesiones. Cuando golpeas, tienes que procurar que todos los huesos de tus manos sigan en su lugar, no esparcidos por el suelo.

—Oh, ok. Me subestimas.

—Que no, te juro que no. Lo hago por tu bien, y porque no quiero que me culpen de que una de las protagonistas pierda sus manos en una lucha absurda con un saco de arena.

—Ok. Ya si, demasiado sarcasmo por hoy—le recriminó—Te voy a demostrar que no soy tan delicada como crees.

—¡Listo! —Exclamó ignorando el reto que le había lanzado—Vamos, aquel es tu saco.

—¿Aquel? ¿Y por qué no donde has estado golpeando tú?

—Porque ese es más blando, Quinn.

—No te puedo creer ¿Vuelves a subestimarme? ¿Por qué un saco más blando? ¿Acaso una chica no puede golpear tu saco?

—Ok… Ok. Si lo que quieres es golpear mi saco, adelante… Todo tuyo. —Le dijo dirigiéndose a su lugar—No me pierdo este momento por nada en el mundo—le sonrió divertido.

—Muy bien. ¿Algún consejo?

—Sí, procura golpear con esta zona—le dijo colocándole la mano en posición—pulgares siempre pegados a la mano, pero nunca entre los dedos ¿Ok? Ah… Y siempre dos golpes, ¿eres diestra?

—Ajam

—Pues golpeas con el puño derecho, y rematas con el izquierdo.

—Ok. Supongo que tiene sentido, doy más fuerte con la derecha, ¿verdad?

—Eh si, y además repartes el dolor—bromeó.

—Estás muy gracioso hoy, ¿no? —volvía a repetir preparándose frente al saco.

—Estoy tentándote para que te imagines mi cara en el saco, y la golpees fuerte—volvía a sonreír. —Vamos, yo sujeto desde aquí.

—Está bien, pero ten cuidado, no quiero que te hagas daño con el golpe.

—Correré ese riesgo—murmuro con media sonrisa traviesa—adelante.

Adelante, pensó Quinn, que tras unos segundos preparándose, tomó una bocanada de aire y lanzaba una última mirada hacia el chico que seguía sonriéndole burlón.

Le molestaba que la subestimaran. Aquello solo se trataba de golpear y aunque no era un ejemplo de fuerza, un par de puñetazos tampoco eran gran cosa.

Rápido, conciso y certero.

Así fue el primer golpe que lanzó Quinn con su puño derecho, y el último antes de sufrir el tremendo dolor que le produjo el impacto. No pudo evitar abrir la boca y sujetar su mano con la otra mientras se giraba y se lamentaba, no solo por el daño que acababa hacerse, sino por lo patética que se sintió.

—¡Mierda!—exclamó.

—¿Te has hecho daño? —Matt se apresuraba en soltar el saco y tomó su mano para observarla.

—Dios… ¿Eso tiene piedras? —señaló el saco que ni siquiera se tambaleaba.

—No, pero como tú eres dura y no quieres utilizar uno más blando—respondía volviendo a observar la mano—¿Estás bien?

—Eh…sí, sí—se apartó un poco—Dios, ¿cómo puedes golpear eso?

—Practica, Quinn. Es práctica.

—Ya, práctica y esos bíceps que tienes. Dios, como me duele—se quejó de nuevo, y el chico no pudo evitar reír ante la situación—Ok. Vamos a probar en el blando.

—¿Quieres repetir?

—Por supuesto ¿Piensas que me voy a echar atrás por algo así? —dejó un leve golpe sobre el brazo del chico.

—Ok—respondía soltándole la mano—¿Vamos?

—Vamos.

—¡Voy!

A escasos cinco minutos del gimnasio, era Rachel quien abría la puerta y permitía el paso de Kate en el interior.

—Hola, siento haber llegado tarde, pero es que me entretuve unos minutos y…

—No pasa nada, hasta las 11 no tengo que ir al teatro, pero quería salir un rato a correr antes.

—Vale… ¿Dónde está Em?

—En el salón, viendo dibujos animados.

—¿A esta hora? —le preguntó extrañada

—No sabes la mañana que lleva. No ha parado quieta un segundo, y está un poco caprichosa con el chocolate. No dejes que te convenza.

—Ok, seré dura—respondía—Oye, llevas las zapatillas que te regaló Quinn—le dijo lanzando una mirada hacia su vestimenta.

—Sí. Ya es hora de que las estrene.

—Genial, te quedan muy bien con esas mallas—le dijo lanzando una mirada hacia la entrada del salón, donde Emily ya aparecía tras escucharla—Por cierto, hablando de Quinn, retiro todo lo que dije de ella y su posible homosexualidad—tomando a la pequeña en brazos para regalarle un achuchón.

Rachel guardo silencio esperando a que continuase, pero Kate parecía prestarle más atención a su hija.

—¿Por qué dices eso? —le cuestionó confusa— ¿Qué te ha hecho cambiar de opinión?

—Porque la acabo de ver, de hecho, me he retrasado por su culpa—regresó a ella para descubrir como esperaba impaciente una explicación más certera—He pasado por el gimnasio de Henry y estaba con un chico guapísimo boxeando.

—¿Qué? ¿Boxeando? ¿Qué dices Kate? —dibujó una sonrisa—¿Quinn boxeando? Imposible. Te habrás confundido.

—Créeme, reconozco a Quinn a leguas—respondía ayudando a Emily a sentarse junto a ella en el sofá—Los vi desde los ventanales que dan a la calle.

—¿Segura?

—Rachel, venía del laboratorio y vi al chico, lógicamente me detuve porque estaba buenísimo, y sin camiseta. Y de pronto, apareció ella, que, por cierto, lo miraba con una cara que madre mía, y supongo que lo conocerá, porque comenzaron a hablar y después la llevó a boxear, bueno, mejor dicho, a flirtear. Menudas miradas se estaban echando. Ha habido un momento en el que me he tenido que esconder, porque pensaba que me había visto. Pero creo que no, supongo que, con semejante chico a su lado, no se ha fijado en nada más.

—¿Flirtear? —susurró descompuesta—Vamos, Kate. No saques conclusiones estúpidas. Seguro que era Henry, y ya sabemos cómo es ese chico.

—No, claro que no. Era otro chico. Igual es alguno de los chicos del musical.

—¿Matt? —volvía a susurrar.

—¿Matt? ¿Ese no es el protagonista?

—Sí… ¿Era él?

—Pues no lo sé, no estoy segura. No recuerdo haber visto a ese tal Matt sin camiseta y con esos músculos—le respondió—Desde luego, no me habría olvidado de él. Dios de mi vida…

—Kate—la interrumpió— Tienes a mi hija en brazos, ¿puedes dejar de babear al menos? —espetó molesta—podrías ser un poco más madura.

—Bueno, perdona, pero de veras te digo que estoy pensando en apuntarme a ese gimnasio después de lo que he visto hoy.

—Ok… Pues apúntate y a ver si consigues un novio ya, porque veo que andas un poco descontrolada—Le recriminó molesta. Pero no solo por los comentarios que estaba dejando caer con su pequeña al lado, sino por la situación que le estaba explicando.

Otra vez Matt, otra vez ese chico alrededor de Quinn, y para colmo en una situación como aquella. Otra vez el ataque de celos, y el lamento por no querer sentirse así, menos aún por ella.

—Uh, veo que estás de mal humor—le dijo Kate tras ver como dejaba un beso a su hija, y se giraba hacia la puerta sin siquiera mirarla a ella.

—No estoy de mal humor—mintió— No quiero perder más tiempo—añadió mientras preparaba el teléfono para escuchar música durante su rutina—Cariño, vuelvo enseguida—le dijo a Emily, que ya empezaba a llamar la atención de Kate—Y tú, ni se te ocurra darle chocolate—insistió antes de abandonar su casa.

¿Tanto le iba a afectar que Quinn estuviese en el gimnasio con Matt? Pensó tratando de comprender su estado mientras descendía en el ascensor, siendo consciente de cómo le había afectado algo que ni siquiera era seguro. Kate tenía tendencia a exagerar y ver cosas donde no las había, y probablemente Matt y Quinn, si es que realmente eran ellos los que estaban en el gimnasio, solo estuviesen hablando mientras entrenaban. No veía a Quinn capaz de jugar con los sentimientos del chico, sobre todo sabiendo la situación comprometida que, durante un par de semanas, tuvo pendiente de un hilo todos los ensayos.

No podía permitírselo. No podía dejar que cada vez que Quinn compartiese su espacio vital con alguien que no fuera ella, los celos la atacaran de aquella manera. No podía ni quería sentirse así, sin embargo, sus actos no reflejaban lo que su mente le pedía que hiciera.

A Rachel la bastó poner un pie en la calle para tomar el teléfono, y comenzar a llamarla. Así, sin más. Y lo hizo porque en el fondo, muy en el fondo, también necesitaba tener algo con lo que excusarse, para no aceptar de una vez lo que le estaba sucediendo con ella.

Dos veces tuvo que llamarla, y a la tercera vez, el malestar que había sentido al recibir la noticia de Kate, se convirtió en rabia. Quinn no solo no le aceptó esa tercera llamada, sino que decidió rechazarla cuando apenas llevaba dos tonos.

Le había colgado, y automáticamente su mente solo repitió en bucle un pensamiento que la llevó a perder parte de la razón. Quinn había colgado su llamada solo porque estaba con Matt en el gimnasio, y no quería que la interrumpiesen.

No tenía ni idea de que a escasos 200 metros de allí, la historia era completamente opuesta

—¿No vas a aceptar la llamada? —le preguntó Matt mientras abandonaban el gimnasio.

—Es una alarma—se excusó. Y lo hizo a consciencia. Sabía que era Rachel, pero aceptarla con Matt a su lado, sería ponerla en un compromiso. Solo necesitaba despedirse del chico para poder responderle como deseaba, y era lo que estaba a punto de hacer en ese instante.

—¿Una alarma?

—Sí, para no distraerme demasiado en el gimnasio—volvía a mentirle— Tengo que hacer un par de cosas antes de ir al ensayo.

—Oh, pues entonces no te entretengo más. —Le dijo cuando se detenían justo en el cruce donde sus caminos se separaban—Espero que no estés muy cansada, con Broke no lo vas a tener tan fácil como conmigo.

—Ni me lo recuerdes—se lamentó. —Será mejor que me marche ya. Te veo luego, ¿ok?

Una sonrisa.

Matt se despidió de Quinn con una sonrisa, la misma que había estado regalándole todo el tiempo, y a la que ya empezaba a acostumbrarse.

Las cosas habían vuelto a la normalidad con él y eso le ayudaba a mostrarse con naturalidad, no solo a ella, sino también a él. Y eso le agradaba, y lograba incluso que pasar más tiempo con él fuese algo que no quería evitar, como había estado haciendo durante todo ese tiempo. Sin embargo, Quinn ya tenía sus prioridades en la ciudad, y atender a Rachel era probablemente una de las más importantes.

Apenas esperó a que Matt recorriese varios metros hacia su dirección, cuando ella sacó su teléfono móvil, y emprendió su trayecto dispuesta a descubrir el motivo por el que la había llamado con tanta insistencia. Sobre todo, porque esa misma mañana sabían que iban a encontrarse en el teatro. Lo que no esperó nunca fue obtener la respuesta que obtuvo tras devolverle la primera de las llamadas.

Rachel la rechazó cuando apenas llevaba tres tonos. Tuvo que volver a repetir la operación una segunda vez hasta que, por fin, pudo escuchar su voz.

—¿Sí?

—¿Rachel?

—Quinn.

—Hola

—Hola

—¿Me has llamado? —la interrogo cuando ya enfilaba su camino hacia la glorieta

—Sí.

—¿Qué sucede?

—Nada Quinn, ya nada—espetó molesta.

—¿Como que ya nada? ¿Pasa algo Rachel? —cuestionó preocupada por su tono.

—No, no pasa nada.

—No entiendo, ¿no me vas a decir para qué me has llamado? — Insistió, y justo en ese instante, la casualidad hizo que Quinn alzara la mirada al frente y la descubriera allí, a unos 100 metros, junto a una de las entradas del parque. No dudó en apresurar sus pasos hacia ella. —Me has llamado tres veces.

—Quinn, lo siento, pero tengo que colgar—volvía a mostrarse fría.

—Espera, no cuelgues. ¿No me vas a decir de verdad para qué me has…?

—Estoy en una reunión—soltó y la rubia detuvo sus pasos sin dejar de mirarla—Lo siento Quinn, ya hablamos otro día.

No pudo volver a preguntarle porque Rachel cortó la llamada y eso la dejó aún más confusa. Y lo hizo, su instinto la llevó a volver a marcar su número de teléfono mientras la observaba realizar un breve calentamiento, y emprendía de nuevo el trayecto hacia ella.

—Quinn, no puedo hablar ahora mismo ¿Ok? —escuchó tras el auricular—No seas intensa.

—¿Intensa? —cuestionó alzando la voz y sorprendiendo a la morena, que palideció al descubrirla tras ella—¿Intensa, Rachel?

—¿Qué haces ahí? —cuestionó completamente sorprendida.

—Soy yo la que tiene que preguntar, no responder—se mostró seria—¿Qué diablos haces? ¿Por qué me mientes? —le preguntó y el silencio fue su respuesta—¿Qué pasa, Rachel? ¿No me vas a responder?

—No tengo nada que responder—masculló con orgullo—Y ahora si me disculpas, tengo que marcharme.

—No ¡tú no vas a ningún lado! —exclamó interponiéndose en su camino—¿Para qué me llamas si ahora me vas a colgar y a mentir?

—Eres tú la primera que me has colgado la llamada—espetó—¿Tan ocupada estabas que no podías atenderme?

—No, no estaba en el mejor lugar para atender tu llamada, por eso te la he devuelto en cuanto he podido.

—Ya, claro, ocupada.

—¿Qué diablos te pasa, Rachel?

—No me pasa nada ¿Ok? Solo, solo te estaba llamando para saber si ibas a salir a correr, nada más.

—¿Y por qué te pones así? ¿Por qué me acabas de mentir diciéndome que estabas en una reunión?

—Porque no quería molestarte, ni interrumpir tu cita con tu amigo—respondía esquivándola, y comenzando a caminar por la acera.

—¿Qué? ¿Qué dices de cita con un amigo? —Volvía a interrumpir su huida.

—¿No estabas con Matt? —preguntó sin mirarla.

—Pues sí, saliendo del gimnasio. Por eso mismo no te acepté la llamada.

—Claro… Porque estabas ocupada. —Masculló, y Quinn se bloqueaba por la confusión que sentía.

Ella lo sabía. Rachel sabía que había perdido cualquier sentido de cordura que le quedase. Sabía que se estaba comportando como una estúpida, dejando que los dichosos celos se adueñaran de su actitud. Ya pesar de ello y sabiendo que le hacía mal, no quiso evitarlo. En ese instante, el malestar superaba a su conciencia.

—No, no acepté porque pensé que él no tenía por qué saber que Rachel Berry me llamaba directamente a mí—esgrimió reaccionando—Se supone que no somos amigas para ellos ¿O ya sí? —Rachel se detuvo, pero volvió a guardar silencio. Se había quedado sin excusas. —Dime Rachel—volvía a colocarse delante de ella—¿Puedo decirles ya que somos amigas? Porque te juro que no entiendo nada. Solo sé que hace menos de cinco minutos estaba hablando con Matt mientras salíamos del gimnasio, y ahora me encuentro con toda esta situación. Como amigas que somos, agradecería que me explicases cual es el problema.

—Ese es el problema—murmuró sin poder contenerse—que somos amigas.

—¿Qué? ¿Cómo que el problema es que somos amigas?

—Quédate con él, seguro que es mucho mejor amigo que yo, y vais juntos al gimnasio, salís a cenar hamburguesas, que se yo, seguro que con él te lo vas a pasar mucho mejor que conmigo…

—Espera, espera—la interrumpió sin dar crédito a lo que estaba escuchando— ¿Todo esto es por Matt? ¿Me estás montando una escena de celos porque voy con él al gimnasio o salgo a cenar? Rachel… Te juro que ahora mismo no entiendo nada, y me estoy poniendo nerviosa. Vas a conseguir que me enfade y créeme, no es lo que más deseo.

—¡Enfádate, vamos! Ignórame y trátame como me merezco—le replicaba entre dientes, mientras volvía a emprender su camino hacia el parque—¡Y no! ¡No es una escena de celos! No soy tan melodramática como crees—esgrimió cuando Quinn volvía a reaccionar, pero esa vez no se interpuso en su camino, sino que sujetó su brazo y la obligó a detenerse. —¿Qué haces? —balbuceó, y la voz entre cortada de la morena le hizo presagiar lo peor.

—¿Qué está pasando, Rachel?

—Nada, Quinn—respondía con varias lágrimas asomando por sus ojos—Necesito, necesito marcharme.

—No, no, ni hablar. No te vas hasta que no me digas qué demonios he hecho para que me trates así, ahora. — Sentenció, y la voz sonó tan alta que varios transeúntes lanzaron algunas miradas llenas de curiosidad—¿Qué ha cambiado de ayer a hoy? —añadió soltando su brazo, tras ser consciente de la escena que estaban provocando.

—No me hagas esto, Quinn—murmuró sin poder mirarla a los ojos—Déjame, por favor.

Se rindió. Quinn no pudo más que rendirse sin llegar a entender qué estaba sucediendo, ni por qué Rachel la trataba de aquella manera. Y se rindió porque la poca paciencia que le quedaba, se esfumó de repente y ni siquiera sus lágrimas surtieron efecto en ella.

—Ok, perfecto Rachel, ya está. Si es lo que quieres, aquí se acaba todo—esgrimió con dureza—Estoy cansada.

Fue lo último que dijo antes de alejarse de ella, y recobrar su camino hacia su apartamento. No mintió. Estaba realmente cansada de lidiar con aquellos dramas que aparecían de la nada con ella, sin explicación alguna, como si nada de lo que hubieran vivido días antes, tuviese sentido. Y no solo cansada, en ese instante también estaba furiosa, tanto que ni siquiera le dolía alejarse de ella, pero sabiendo que el dolor llegaría cuando pasaran las horas, y fuera consciente de la situación.

No iba a ceder esta vez, no podía. Ni siquiera por lo que sentía.

Rachel hacia exactamente lo mismo en dirección opuesta. Fueron varias las veces que estuvo a punto de girarse y correr tras ella, pero no lo hizo.

Lo que sentía por ella era real, pero no estaba dispuesta a arruinar su vida con algo así. La vida de Quinn, porque para ella sería todo lo contrario.

Quinn había demostrado que no tenía interés alguno en las chicas, por mucho que ella quisiera creerlo, por mucho que lo deseara. Era su amiga y solo alejarse de ella parecía ser la receta perfecta para dejar de sentir como sentía.

Por ella misma, por Quinn, por su bien.

Y cayó.

Aquella lágrima que había estado asomando en sus ojos, terminó cayendo por su mejilla en el mismo instante en el que comenzaba a correr hacia ninguna parte, con la angustia adueñándose de su pecho, y los primeros copos de nieve vistiendo la ciudad.