CAPÍTULO 23 - LAS ROSAS
América
-¡Mer! ¡Te ves perfecta! - exclamó Marlee, asomando la cabeza entre las puertas de mi habitación de seleccionada, que procuraba mantener lo más cerradas posible.
-¡Marlee, los guardias! - la regañó Mary con una sonrisa. Mi amiga entró, cerrando con rapidez y cuidando de no atrapar la vaporosa falda azul de su vestido.
-No nos verán - se encogió de hombros, quitándole importancia - Además, es el rey quien no debe tenerla enfrente hasta que empiece la ceremonia.
El nudo de nervios que ya tenía en el estómago se me subió hasta el pecho, y después a la garganta al mirar el perfecto ramo de rosas blancas que Marlee llevaba entre las manos.
-Aún no es el rey - objeté, inhalando profundo para evitar que el título se me atorase sin poder salir.
-¡Oh, señorita! - exclamó Paige, ignorando mi protesta - ¡Es precioso!
Lo era. Marlee me tendió con cuidado el precioso atado de rosas blancas que llevaba entre los dedos. Me levanté mientras Mary retocaba con cuidado alguno de los miles de detalles que caían por mi espalda, en el borde del velo.
Cielo santo, un velo.
Y una tiara.
-No hay por que asustarse, Mer - me aseguró Marlee, dándome un apretón en las manos en cuanto tomé el ramo.
Quise creerle. Había cometido suficientes errores a lo largo de la Selección, a pesar de estar siendo supervisada, de ser solamente una aprendiz a la que se le permitía muy poco acceso u opinión sobre las cosas verdaderamente importantes. Y de pronto sería la reina, la esposa del hombre que dirigiría a nuestro pueblo hacia un lugar mejor.
No podía cometer más errores.
-¿Lista, Ames? - intervino May. Mi hermanita, ataviada con un hermoso vestido del mismo tono de azul que usaba Marlee, me ofreció la mano para ayudarme a levantarme. Fue entonces cuando la realización cayó sobre mi.
Yo iba a casarme. Con nada más y nada menos que Maxon Schreave. En cuestión de minutos.
-¿América?
-¿Y si se arrepiente? - solté.
Mi mejor amiga puso los ojos en blanco frente a mi, pero sonrió.
-¡América! - protestó mi hermana, conteniendo la risa.
No pude contener una sonrisa, sin saber muy bien si era de nervios o de incredulidad.
-Escúchame muy bien, América Schreave - Marlee colocó ambas manos en mis hombros y no pude evitar el cosquilleo en el estómago al oírla. Schreave. - Vas a salir de aquí en este momento, vamos a bajar junto con los demás, y vas a casarte con ese pobre chico al que has hecho esperar demasiado. Nada va a salir mal - me aseguró - nos encargaremos de ello.
En medio del revuelo de telas, tacones, flores y risas ; de pronto me hallé siendo custodiada hacia las escaleras al final del corredor. Lo primero que agradecí fue haber tenido tanta práctica con los zapatos altos y las faldas ostentosas durante las semanas pasadas. De otro modo, jamás habría logrado sobrevivir el recorrido.
-¿Demasiado? - inquirió una voz masculina a mi lado.
Aspen se hallaba esperándonos junto a la escalera, ataviado con el uniforme de gala destinado a las ocasiones más formales. Lucy, cogida de su brazo, lucía radiante.
-Es un poco abrumador - admití. Aspen sonrió.
-Se ve preciosa, señorita - me halagó Lucy mientras bajábamos.
Traté de controlar mis emociones, recordando de pronto el mismo remolino en el estómago que tuve el día que Maxon estuvo a punto de elegir a Kriss; pero inmediatamente me obligué a no pensar en ello.
Hoy sería diferente. Hoy no habría miedo, ni desilusión, ni pánico, ni pérdida.
El día de hoy quedaría marcado como uno de los mejores en mi vida.
Tras algunos interminables minutos de organización por parte de Sylvia, finalmente logramos colocarnos según el orden que marcaba el protocolo real.
Mis nervios se agolparon en un nudo en la garganta, que sólo se apretó cuando Sylvia se mostró satisfecha y se dirigió a dar las indicaciones del otro lado de las puertas. La música comenzaría en cualquier instante.
-Eh, tranquila Mer - Aspen presionó levemente mi brazo - Luces fantástica.
-No es eso lo que me preocupa - acepté.
-Lo sé, Mer - sonrió - Pero honestamente, tu única preocupación debería ser no tropezarte con ésos - señaló hacia el piso; y entendí que se refería a los zapatos, o al suave encaje que decoraba la orilla de mi vestido y que probablemente no sabía cómo llamar.
-Gracias - exhalé aliviada. No había motivos para pensar que algo saldría mal.
-Por cierto - añadió él, usando un tono exageradamente casual - Quizá debas revisar ese ramo. Puede que Maxon haya logrado ocultar algo entre las rosas.
Mi corazón cayó hasta el suelo y volvió a elevarse de golpe, impulsado de pura emoción. Rápidamente busqué entre los tallos, procurando no estropear la perfección del pequeño atado de flores. Tras un par de segundos, un pequeño rollo del papel que utilizábamos para escribir a casa sobresalió entre el mar de verde.
Lo desenrollé justo en el momento en el que la música comenzaba a sonar. Tras leerlo a toda prisa, lo devolví a su sitio en el momento exacto en el que las puertas se abrían, revelando las hileras infinitas de personas sentadas a cada lado del pasillo.
Y al fondo, Maxon.
Al dar el primer paso, supe que no habría nada que pudiera arruinar aquél día.
