Adaptación del libro Bound By Honor de la Serie Born In Blood Mafia Chronicles de la escritora Cora Reilly. Adaptada con los personajes de los juegos del hambre, propiedad de Suzanne Collins.

Esta adaptación está hecha sin fines de lucro.

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DIECIOCHO

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Tomar un baño era una lucha. Tuve que cubrir los vendajes con un adhesivo a prueba de agua, lo que a su vez era una molestia enorme, pero la sensación del agua caliente llevándose la sangre y el sudor valió la pena.

Annie, Prim y Tom se habían ido hace menos de una hora. Padre había insistido en irse. No es que estuvieran mucho más seguros en Chicago. La Bratva también se acercaba a la Organización. Al menos, los tuve conmigo un día más de lo previsto. Me habían mantenido entretenida a medida que permanecía acostada en cama mientras Peeta tenía que encargarse de todo. Como Capo no podía abandonar a sus soldados. Necesitaba mostrarles que tenía un plan de acción.

Ya me sentía mucho mejor. Tal vez ese era el efecto persistente de los analgésicos que había tomado hace dos horas. Salí de la ducha y torpemente me puse las bragas. Podía mover ambos brazos, pero el doctor había dicho que debía usar mi brazo izquierdo lo menos posible. Ponerme el camisón resultó más difícil. Me las había arreglado para deslizar una correa por encima de mi hombro lesionado cuando entré de nuevo en la habitación y encontré a Peeta sentado en la cama. Se levantó inmediatamente.

—¿Terminaste con los negocios? —pregunté.

Asintió. Se acercó a mí y deslizó la segunda correa en su lugar, luego me llevó hacia la cama y me hizo sentar. No habíamos sido capaces de hablar a solas desde nuestra primera conversación y entonces había estado drogada por la morfina.

—Estoy bien —dije de nuevo, porque parecía que necesitaba oírlo. Él no dijo nada durante un largo tiempo antes de que de repente se arrodillara ante mí y presionara su cara contra mi estómago.

—Podría haberte perdido hace dos días.

Me estremecí.

—Pero no lo hiciste.

Miró hacia mí entonces.

—¿Por qué hiciste esto? ¿Por qué recibiste una bala por mí?

—¿De verdad no sabes por qué? —susurré. Él se quedó muy quieto, pero no dijo nada.

—Te amo, Peeta. —Sabía que decirlo en voz alta era un riesgo, pero pensé que iba a morir hace un par de días, así que esto no era nada.

Peeta acercó su cara a la mía y acunó mis mejillas.

—Me amas. —Lo dijo como si le hubiera dicho que el cielo era verde, o que el sol giraba alrededor de la tierra, o que el fuego era frío al tacto. Como si lo que había dicho no tuviera sentido, como si no encajara en su visión del mundo—. No deberías amarme, Katniss. No soy alguien que debe ser amado. La gente me teme, me odia, me respeta, me admira, pero no me ama. Soy un asesino. Soy bueno asesinando. Probablemente mejor que en cualquier otra cosa, y no me arrepiento. Mierda, incluso a veces me gusta. ¿Esa es la clase de hombre que deseas amar?

—No es una cuestión de desear, Peeta. No es como si pudiera optar por dejar de amarte.

Él asintió, como si eso explicara mucho.

—Y odias amarme. Recuerdo que dijiste eso antes.

—No. Ya no. Sé que no eres un buen hombre. Siempre lo he sabido, y no me importa. Sé que debería hacerlo. Sé que debería pasar las noches despierta, odiándome por estar bien con el hecho de que mi marido es el jefe de una de las organizaciones criminales más brutales y mortales del país. Pero no lo hago. ¿En qué me convierte eso? —Hice una pausa, mirando hacia abajo a mis manos, las manos que habían acunado una pistola hace dos días, al dedo que había apretado el gatillo sin vacilar, sin una sacudida o temblor—. Maté a un hombre y no me siento mal. Ni un poco. Lo haría de nuevo. —Miré a Peeta—. ¿En qué me convierte eso, Peeta? Soy una asesina como tú.

—Hiciste lo que tenías que hacer. Él se merecía morir.

—No hay uno de nosotros que no merezca la muerte. Probablemente nos la merecemos más que la mayoría.

—Eres buena, Katniss. Eres inocente. Te obligué a entrar en esto.

—No lo hiciste, Peeta. Nací en este mundo. Elegí quedarme en este mundo. — Las palabras del día de mi boda me vinieron a la mente—. El hecho de nacer en nuestro mundo significa nacer con sangre en tus manos. Con cada aliento que tomamos el pecado está grabado profundamente en nuestra piel.

—No tienes otra opción. No hay manera de escapar de nuestro mundo. Tampoco tenías opción al casarte conmigo. Si hubieras dejado que esa bala me matara, al menos habrías escapado de nuestro matrimonio.

—Hay pocas cosas buenas en nuestro mundo, Peeta, y si encuentras una por lo general te aferras a ella con todas tus fuerzas. Tú eres una de esas buenas cosas en mi vida.

—No soy bueno —dijo Peeta casi con desesperación.

—No eres un buen hombre, no. Pero eres bueno para mí. Me siento segura en tus brazos. No sé por qué, ni siquiera sé por qué te quiero, pero lo hago y eso no va a cambiar.

Peeta cerró los ojos, pareciendo casi resignado.

—El amor es un riesgo en nuestro mundo y una debilidad que un Capo no puede permitirse.

—Lo sé —dije incluso cuando mi garganta se cerró con fuerza.

Los ojos de Peeta se abrieron de golpe, feroz y ardiente por la emoción.

—Pero no me importa, porque amarte es lo único puro en mi vida.

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—¿Me amas?

—Sí, aunque no debería. Si mis enemigos supieran lo mucho que significas para mí, harían cualquier cosa para conseguir poner sus manos sobre ti, para hacerme daño a través de ti, para controlarme mediante amenazas. La Bratva lo intentará de nuevo, y los demás también lo harán. Cuando me convertí en un hombre de la mafia, juré poner en primer lugar a la familia y reforcé ese mismo juramento cuando llegué a ser el Capo dei Capi a pesar de que sabía que estaba mintiendo. Mi primera opción siempre debería ser la familia.

Contuve la respiración, incapaz de pronunciar una palabra. La mirada que me dio casi me rompió en pedazos.

—Pero tú eres mi primera opción, Katniss. Acabaré con el mundo entero si tengo que hacerlo. Mataré, mutilaré y chantajearé. Haré cualquier cosa por ti. Tal vez el amor es un riesgo, pero es un riesgo que estoy dispuesto asumir, y como has dicho, no es una opción. Nunca pensé que lo haría, nunca pensé que podría amar a alguien así, pero me enamoré de ti. Luché contra eso. Es la primera batalla que no me importa perder.

Colgué mis brazos alrededor de él, llorando, y entonces gemí de la punzada en mi hombro. Peeta se retiró.

—Necesitas descansar. Tu cuerpo necesita sanar. —Me hizo acostarme; pero me aferré a sus brazos.

—No quiero descansar. Quiero hacerte el amor.

Peeta pareció afligido.

—Voy a hacerte daño. Tus suturas podrían rasgarse.

Arrastré mis manos sobre su pecho, por su estómago tenso hasta que rocé el bulto en sus calzoncillos.

—Él está de acuerdo conmigo.

—Siempre está, pero no es la voz de la razón, créeme. —Me reí, y luego hice una mueca cuando el dolor se disparó por mi brazo.

Peeta aún se cernía sobre mí, pero negó con la cabeza.

—A eso me refiero.

—Por favor —susurré—. Quiero hacerte el amor. He querido esto por mucho tiempo.

—Siempre he hecho el amor contigo, Katniss.

Tragué fuerte y comencé a acariciar la erección de Peeta través de la tela delgada. Él no se retiró.

—¿No quieres esto?

—Por supuesto que quiero. Casi nos perdimos el uno al otro. No quiero nada más que estar lo más cerca posible de ti.

—Entonces, haz el amor conmigo. Lento y suave.

—Lento y suave —dijo Peeta en voz baja y supe que ya lo tenía. Se movió hasta el borde de la cama y comenzó a masajear mis pies y pantorrillas. Abrí mis piernas más amplio. Mi camisón se alzó, dejando al descubierto mis delgadas bragas blancas a Peeta. Sus ojos viajaron hacia arriba y supe que podía ver lo mucho que quería y necesitaba esto. Peeta gimió contra mi tobillo, y entonces arrastró sus dedos por mi pierna, solamente rozando la piel hasta que acarició mi centro con los dedos. Mi ropa interior se pegó a mi resbaladizo calor—. Haces que lento y suave sea muy duro para mí. Si no estuvieras herida, me enterraría en ti y te haría gritar mi nombre.

—Si no estuviera herida, querría que lo hicieras.

Peeta sacudió su lengua a través de mi tobillo y luego suavemente chupó mi piel en su boca.

—Mía.

Luego cubrió mis pantorrillas y muslos de besos, diciendo la palabra "mía" una y otra vez mientras se abría camino hacia mi centro. Deslizó mis bragas hacia abajo, y entonces se posicionó entre mis piernas y besó mis labios externos.

—Mía —susurró contra mi carne caliente. Me arqueé e inmediatamente me estremecí de dolor.

—Quiero que te relajes por completo. Sin tensar los músculos o el hombro te hará daño —dijo, sus labios rozando contra mí mientras hablaba, dejándome mojada por la excitación.

—Siempre me tenso cuando me vengo —dije en broma—. Y realmente, en serio, tengo muchas ganas de venirme.

—Lo harás, pero sin tensarte.

No le dije que pensaba que eso era imposible. Peeta probablemente podía verlo en mi cara y su expresión decía que aceptaba el desafío.

Debería desafiarlo más a menudo. Cuando empezó a darme placer con toques delicados, besos y lamidas que hicieron que mis dedos se doblaran con necesidad, sentí que mis músculos se relajaron y mi mente derivó a un capullo de felicidad. Mis gemidos tranquilos y el suave sonido de la boca de Peeta trabajando en mis pliegues se mezclaban con el silencio de la habitación. Un nudo se formó lenta y profundamente en mi interior, y cada roce de la lengua de Peeta lo tensó, luego deliciosa y lentamente el nudo aflojó y mi orgasmo fluyó a través de mi cuerpo como la miel, solté un largo suspiro a medida que Peeta mantenía mi orgasmo en marcha por lo que pareció como un sin fin de toques suaves. Lo vi levantarse a través de una neblina que no tenía nada que ver con los analgésicos. Se deslizó fuera de sus calzoncillos mientras yo yacía acostada saciada en la cama. Mi cuerpo estaba zumbando como si cada célula hubiera sido infundida con el dulce placer. Se estiró por encima de mí, su punta en mi entrada. Luego se deslizó dentro de mí muy lentamente, estirándome. Dejé escapar un largo gemido cuando me llenó por completo.

—Mía —dijo en voz baja.

Me quedé mirándolo a los ojos a medida que se retiraba centímetro a centímetro hasta que sólo su punta estaba en mi interior antes de entrar de nuevo una vez más.

—Tuya —susurré.

El camino extendiéndose ante nosotros era uno de oscuridad, una vida de sangre, muerte y peligro, un futuro de siempre cuidarme las espaldas, de saber que todos los días podía ser el último para Peeta, de temer que un día podría tener que verlo recibir una inyección letal. Pero este era mi mundo y Peeta era mi hombre, y recorrería este camino con él hasta el final.

A medida que me hacía el amor, llevé mi mano hasta el tatuaje sobre su corazón, sentí su corazón latiendo contra mi palma. Sonreí.

—Mío.

—Siempre —dijo Peeta.

FIN

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Sí. Así acaba la historia, realmente si te deja con gana de más. Estoy realmente feliz de todos quienes se tomaron el tiempo de leer la adaptación. Estoy pensando en adaptar otro libro, pero bueno, ya lo verán pronto.

Por cierto, para quienes les gustaría leer la serie de Born in Blood, me pueden enviar un mensaje y se con gusto les envio el pdf de los libros.

Bye! Cuídense mucho.