Gracias por estar ahí. Este es EL capítulo revelador.


¡Feliz Cumpleaños Saga y Kanon! Gracias por salvarme siempre a lo largo de mi vida.


Beyond the horizon of the place we lived when we were young
In a world of magnets and miracles
Our thoughts strayed constantly and without boundary
The ringing of the division bell had begun

Along the Long Road and on down the Causeway
Do they still meet there by the Cut

There was a ragged band that followed in our footsteps
Running before times took our dreams away
Leaving the myriad small creatures trying to tie us to the ground
To a life consumed by slow decay

The grass was greener
The light was brighter
When friends surrounded
The nights of wonder

High Hopes — Pink Floyd


A punto de ser despojado de su vida, le fue imposible no recordar que alguna vez tuvo sueños. Que amó. Que fue feliz. Recordó los ojos de la mujer de la cual se enamoró, evocó su aroma y sonrisa. Tan bella. Y sobre todo, fue ella quien le regaló lo más preciado en su vida; su hijo. Sin embargo, todo fue en vano, tarde le llegaron los recuerdos, porque al hombre—tristemente—sólo le restaba entregar un maltrecho y sin vida cuerpo.

—Perdóname Shura.

Palabras arrojadas al viento, con la amargura de quien baja los brazos. La tristeza bajo su propia derrota y el conocimiento de la que deja sobre tierra. Escucha a su verdugo decir algo a lo que no prestó atención; su arma se dispara, estallándole la cabeza.

Jamás pudo recordar bien, cuándo es que había comenzado con el vicio, ¿fue antes de conocerla? ¿Después? Vagamente recordaba nombres; Oneiros, Ikelos. Algún que otro más.

Cid García, había sido un prometedor economista, aficionado a la esgrima. Fue gracias a la disciplina deportiva, que conoció a su mujer. Mine era una valenciana, como él, de una familia acomodada. Admirada tanto por su fuerte carácter, como por su innegable belleza, su piel blanca y sus largos y oscuros cabellos, con unos ojos cafés, que solían brillar como rubíes. Mine era codiciada por todos. Cid se había enamorado casi al instante de verla, por meses buscó conocerla, entablando una estrecha amistad, que por suerte para el enamorado joven, dio frutos de amor. Cuando le propuso salir, la muchacha no lo dudó y es que Cid tenía todo lo que ella anhelaba en un hombre. Inteligente, dedicado y cariñoso. No le importó que él no tuviera una posición en la sociedad, porque estaba segura que su novio, llegaría lejos, era astuto, tan así, que su ingenio, lo llevó a formar parte de una gran empresa, que comenzaba a radicarse en Grecia. Fue una decisión difícil para los dos, pero cuando Mine supo que Shura venía en camino, no dudó en seguir a su hombre comenzando una nueva vida en Atenas. Los primeros años en las míticas tierras, fueron de ensueño para la joven pareja.

Pero lo que Mine, no sabía, es que su esposo ya había comenzado a tomarle el gusto a los bares y el alcohol. Cid, solía decirse que inhalaba una o dos líneas, cuando se sentía contento, y que nada de malo había en ello. Pero la vida no lo trataría muy bien. La empresa comenzó a demandar más y más de él, teniendo que sacrificar las horas en familia para quedarse en juntas y reuniones, que lo estresaban a tal punto de cambiar su humor, volviéndolo amargado y sombrío.

Cid llegaba a su casa, se daba una ducha y dormía, ignorando a su mujer y al pequeño Shura que contaba con cinco años. Su humor empeoraba, teniendo largas discusiones por las desatenciones que le daba a su familia. Mine le recriminaba que no pasaba tiempo con ellos y Cid, enloquecía diciendo que gracias a que él se esforzaba trabajando, vivían con todos los lujos que tenían, incluso varias veces, estuvo a punto de golpearla, pero haciendo acopio de toda su paciencia, optaba por azotar la puerta y largarse a algún bar. Las drogas comenzaron a ser su motor a tierra, puesto que increíblemente se relajaba a tal punto, que llegaba a su casa, abrazaba a su esposa y le pedía perdón por su comportamiento, tomaba a Shura y le regalaba toda clase de juguetes y "compensaciones" por sus desatenciones. Es por eso que el español comenzó a consumir día y noche, pensando que era la solución para apartar sus frustraciones laborales y mantener a su familia contenta. La realidad que se formaba en su mente, distaba mucho de lo que en verdad ocurría.

Mine comenzó a enloquecer de odio y su carácter fuerte y determinado terminó por flaquear, formando de ella, una mujer sumisa y resentida. Tan así que sus frustraciones las descargaba con Shura, quien a sus diez años se vio entre medio de una familia desintegrada y odiada, porque su madre parecía odiarlo a él y a su padre, entonces Shura, la odió a ella.

La hostilidad llegó a tal punto que la cachetada que debería haber recibido Cid, la recibió Shura, los insultos también, el odio y decepción, Cid detuvo los golpes, y ella dijo que se marcharía… comenzando con una crisis nerviosa que le valió una temporada larga en un hospital psiquiátrico. Sus padres llegaron a Grecia para llevársela con ellos y puesto que nunca habían aceptado la relación, ni a su nieto, los abandonaron a su suerte. Cid, deprimido, terminó de hundirse, mientras se culpaba por el estado en que había terminado su mujer, pero Shura no perdonó ese abandono, y la odió. Hasta el día de hoy.

Es increíble. Sus ojos oscilan entre la olvidada felicidad y el resentimiento acumulado por años; frente a él se encuentra su madre, la mujer que pensó jamás volvería a ver. En su corazón se anidan los sentimientos que chorrean por sus ojos, ese rencor, el dolor y la maldita e infinita felicidad al verla. Quiere gritarle, incluso desea golpearla, buscando culparla por la muerte de su padre. Si ella no los hubiera abandonado, si hubiera luchado por sacar a su padre de donde estaba, él jamás se habría acercado a ese mundo y no estaría al borde de la muerte y con su padre; muerto.

Shura la observa, frunce el ceño y su mirada se carga de odio, se incendia en llamas de dolores pasados y muy presentes.

— ¿Qué haces aquí? Lárgate.

—No lo haré, no ésta vez—dice la mujer al borde del llanto nuevamente.

—Es tarde para buscar redención, es tarde, porque la persona que más amo en este mundo, ha muerto—nunca se dio cuenta de las lágrimas que surcan su rostro—mi papá murió por tu culpa y por mi culpa, no pude ayudarlo y él…

—Hijo…

— ¡No me llames así! ¡No tienes ningún derecho de llamarme así, cuando lo único que hiciste fue abandonarme! Me dejaste solo con papá y era un maldito pendejo—grita, largando lo que por años estuvo atorado en su pecho— ¡No sabía qué hacer! Y lo único que hice fue lastimarlo y hundirlo más, porque no fui lo suficientemente fuerte para poder ayudarlo, no fui lo suficientemente fuerte para salir por mí mismo… dejé que papá se matara y me matara con él… y el maldito me dejó acá, solo, no me llevo con él, ¡mi papá se fue!—brama a todo pulmón, conmocionando a la mujer, quien tiene los ojos tan abiertos como su boca y las lágrimas mojan las sabanas de la cama—Mi papá murió por mi culpa…

La mujer lo abraza con todas su fuerzas, Shura forcejea en un comienzo pero pierde la batalla prendiéndose de ella, como cuando era pequeño, se hunde en ese abrazo tratando de regresar la imagen cálida que tenía de ella. Derrotado, Shura deja de ser el joven prepotente y serio, deja de ser el joven maduro para convertirse en el niño que habían obligado a madurar.

—Mamá, mamá ¡no me dejes solo! ¡No me dejes solo otra vez!—Mine toma su rostro y riega de besos a su pequeño.

—Jamás, me escuchas, jamás volveré a fallarte y te ayudaré entregando mi vida si así es necesario, para que te cures y vuelvas a ser mi niño, mi dulce Shura.

—No me abandones mamá…

Se abrazan. Shura no volverá a estar solo nuevamente y por primera vez en mucho tiempo, siente que puede ver esa pequeña la luz de esperanza al final del camino.

Mine se lo llevará a España, donde comenzarán de cero. La mujer velará toda su vida para expiar los pecados que cometió al abandonarlo. Llevará también el cuerpo de su esposo, para que descansara al fin en paz, cerca de ellos, como familia, una vez más.

Kardia ha escuchado con atención, todo lo que su pareja dijo con muecas claras de aprehensión. No le reprocha nada, ya que ver en la mirada de Dégel tal consternación e incertidumbre, le es suficiente como para darse cuenta, que el francés se halla apenado, por no haber actuado con rapidez.

—Debiste decírmelo antes.

—Lo sé, pero, pude haberme equivocado ¿no? Es decir, mi vista no es muy buena que digamos, ¿y si realmente no era uno de los gemelos?

— ¿Y si lo era? Dégel, lo que viste puede ayudar a encontrar a Aioros y en todo caso, también a Saga.

—Iré a la policía, espero que mi silencio no haya perjudicado la vida de los niños, me siento un completo inepto… pero tuve miedo.

—No pienses más en eso, pero…

Dégel, se visite de prisa y toma las llaves de su auto, la lluvia apenas ha disminuido pero eso no importa ya, cuando vidas inocentes se encuentran en riesgo. Observa a Kardia que parece querer decir algo o callar, le dedica una última mirada antes de abandonar la habitación.

Kardia queda pensando unos momentos, piensa que es mejor hablar con Aspros, la sola idea de que alguno de sus hijos estuviera involucrado en el secuestro, es escalofriante.

Toma su teléfono y marca el número de Aspros, luego de unos momentos lo escucha atender.

—Aspros, disculpa que llame a estas horas, pero necesito hablar contigo, es urgente… es grave…—No obtiene respuesta alguna— ¿Aspros? Soy Kardia… ¿Hola?—el insistente silencio le pone los pelos de punta—Aspros ¿me escuchas? Si estás ahí, debes saber que tus hijos… Dégel vio a uno de tus hijos…

Ya no hubo silencio, porque el tono de marcado comienza a sonar, dando por entendido que el griego ha cortado la comunicación.

— ¿Qué carajo?—Kardia observa por la ventana, la lluvia vuelve a ser intensa—Esto no me gusta nada…

Dégel llega a la delegación que está a unas cuadras de la casa de Kardia. Titubea un poco al ingresar, puesto que siente que traiciona no sólo a Aspros, sino, también, a Sísifo.

—Buenas noches, ¿en qué puedo ayudarlo?—dice un oficial detrás de un mostrador.

—Mi nombre es Dégel Lefebvre, soy dueño de la Biblioteca Nacional—calla un momento, el oficial lo observa interesado—vengo porque el día que sucedió el secuestro de Aioros Sfakianakis, presencié algo que puede ayudar a esclarecer la desaparición…

El oficial se incorpora de su asiento observándolo con el semblante serio.

—Acompáñeme…

—Su hijo se repondrá, la herida no tocó ningún órgano vital, sigue negándose a hablar, ninguno de los dos. Saga no recuerda lo que ocurrió y Kanon dice no recordar tampoco, creo que quiere proteger a su hermano.

—Los niños nunca se comportaron agresivos entre sí, son muy unidos y se defienden mutuamente… no puedo creer lo que ocurrió.

—Tengo un diagnóstico, es algo apresurado e increíblemente raro, dada su edad, pero mucho me temo no es nada agradable…

Algo en él se quiebra. Desde que lo conociera, desde que se le incrustara tan profundo en su corazón, jamás fue capaz de verlo llorar y el sentimiento es mayor porque no sabe a qué se deben, si acaso sus lágrimas fueron provocadas por él. Milo se impulsa por ese amor, abrazando a Camus, preocupado y sobrepasado por la situación, comienza a llorar también sintiendo como propio su dolor. Lo acuna en sus brazos, sentados en el suelo, al borde de la cama.

—Calma Camus, ¿Por qué lloras?—le acaricia el rostro, y el francés rehuye de ese contacto.

Incluso Milo se ha dado cuenta de ese gesto esquivo y de su postura tensa, incluso incómoda que Camus mantiene entre sus brazos, no lo observa y mueve su rostro apenas sentir los dedos del griego.

El francés se separa del abrazo, moviéndose a un lado, manteniendo una distancia entre ellos pero es que no se siente capaz de recibir sus caricias, de merecerlas. No después de lo que hizo y de lo que comienza a sentir por Aioria.

Respira hondo y limpia su rostro, elevando la mirada hacia el peli índigo. Milo se remueve ansioso. Sus ojos se pasean por los angulosos rasgos de su… no puede calificarlo como novio y no tiene la valentía para llamarlo ex.

Ve sus labios, finos y sonrosados, dulces y perfectos, una sensación le recorre el cuerpo abrigando un calor que crece con sus ansias de besarlo, de tenerlo e impulsado por ese deseo se acerca y sopesa las reacciones de Camus pero el deseo puede más cuando se abalanza contra el cuerpo del otro cayendo ambos, él encima del francés.

Se observan con temor, con dudas pero sin dudas la pasión sigue allí y Camus lo sabe bien, porque ese joven que tiene encima todavía y muy latente, despierta un sinfín de emociones intensas, abrumadoras.

Su sólo contacto lo estremece, su aliento lo calcina y su hombría empieza a despertar feroz ante el griego… su griego.

Milo lo besa, tantea la tensión de su amante y Camus no tarda ni quiere pretender resistirse, se abraza a él y corresponde el beso ansioso. Un beso tan extraño como extrañado. Se prenden del otro con fuerza, incapaces de acallar lo que gritan sus pasiones, Milo lo ama con locura, pero Camus sufre de una angustia doble… siente que está traicionando tanto a Milo como a Aioria, traicionándolos al no ser completamente sincero con ambos.

¿Qué pensará Milo, si le contara? No lo perdonaría. Lo repudiará y lo dejará y Camus, no está seguro de querer dejarlo ir.

Se siente un perverso y jodido manipulador.

La mano de Milo se cuela por su remera, acariciándole el vientre y el pecho, pellizcando sus pezones, arrancando traicioneros jadeos de su garganta, un jadeo que grita el nombre de Milo. Y llora el nombre de Aioria.

Así como había jadeado el nombre de Aioria y llorado el nombre de Milo.

Sucio.

—Te amo y no quiero perderte—un puñal—perdóname por no cuidarte, por no valorar lo que eres—su pecho se contrae—pensaste que había fallado en mi promesa, pero juro por el amor que te tengo, juro por mi vida, que yo dejé los vicios Camus…

Llora con intensidad, su cuerpo es despojado de sus atavíos, su alma es desnudada y quemada nuevamente, ya no queda nada de aquel joven reservado y casto, del adusto y sobrio.

—Te dije que dejaría todo por ti… no me dejes Camus…

—No puedo…—susurra casi inaudible.

Milo desciende sus labios y sus manos por su cuerpo, coloca su lengua de fuego en su sexo. Se derrite cual dulce en su boca, gime con desespero y entrega su amor nuevamente, lo entrega porque él está para dar, para dar y no sabe ya si recibirá… pero lo dará todo. Todo.

¡Todo!

—Te amo…

—No lo digas…

La boca acoge su sexo, succiona desenfrenado y Camus se pierde en el olvido de todo lo que fue para ser

Grita e inunda su boca con su angustia, se la cede toda a Milo, toda su angustia tibia y espesa se pierde por la garganta… ya forma parte de él ahora.

— ¿Por qué lloras Camus?—Milo le acaricia la mejilla recostándose a su lado, toma la mano el francés y la coloca en su miembro, cierra sus dedos y presiona la mano para que lo estimulara—No quiero que llores, dime porqué lo haces…

Milo cierra sus ojos y se abandona al placer de la fina y suave mano del francés. Camus detiene su mano y se sienta a horcajadas sobre Milo, descendiendo sobre el enhiesto miembro, jadea cuando lo siente entero en su interior y comienza con el vaivén desesperado, casi endemoniado.

Milo sujeta sus caderas y jadea con furia ante semejante placer, se muerde los labios hasta hacerlos sangrar prácticamente, se mueve buscando sus caderas, Camus gime y llora, y lo observa enfermizamente desolado, aquello es una locura de placeres primitivos. La próstata fue asaltada y Camus con sólo ese placer se derrama nuevamente, apretando con fuerzas sus paredes, Milo gruñe, presiona con furia sus dientes para luego gritar desaforadamente, mientras un brutal orgasmo lo toma presa. Por un momento todo es oscuridad y placer, le toma un buen rato recobrar algo de conciencia.

— ¡Dioses!—Milo sonríe.

Dicha sonrisa se borra cuando sus ojos se posan en la cruda mirada de Camus.

—Me acosté con Aioria…

Su puñal fue el certero.

—No quiero jugar a eso Saga… es peligroso y a mamá no le gusta.

—Mi amigo dice que eres un cobarde y que si no lo haces, no me junte más contigo.

—Y tu amigo es el cobarde porque no quiere aparecer, no es justo que sólo tú lo puedas ver—se enoja el pequeño.

—A él no le caes bien, porque dice que si estoy contigo no puedo jugar con él, pero si tú haces eso estaremos los tres juntos.

—No lo haré—dice terco.

—Entonces yo lo haré—Kanon alcanza a abrir grande sus ojos, antes de que un dolor agudo le perforara el pecho…

—No… Saga, no… ¡No!—Kanon se incorpora de la cama, empapado en sudor, su madre duerme aun, producto de un té sedante que le han dado. Cuando pudo enfocar la vista, ve a su padre a un lado de la cama con el rostro desencajado— ¡No puede ser!—grita aterrado.

—Kanon…—Aspros traga saliva—debemos darnos prisa.

El joven no dice más nada, y sigue a su padre, ambos se suben al auto, con el corazón tratando de salírseles por la boca.

Maneja con rapidez, el tiempo ya es escaso y no tienen más que perder, cuando el auto se estaciona frente a la residencia de Sísifo, Aspros palidece al sentir las sirenas de la policía, cerca. Baja de prisa del auto tocando con insistencia el timbre. Sasha abre la puerta de la casa, alarmada por ver a Aspros y Kanon empapados, en el pórtico de su casa.

— ¿Aspros? ¿Qué sucede?—Fue Sísifo quien habla, bajando las escaleras.

—Sísifo, debes venir conmigo—el castaño arquea una ceja inquieto, Aioria baja las escaleras con él; —se dónde están…

Sísifo abre sus ojos sorprendido y preocupado por el semblante descompuesto del otro griego. Kanon y Aioria cruzan fugaces miradas, el castaño siente que desfallece al verlo.

— ¡Qué esperan Sísifo! ¡Sí saben en dónde están, deben ir de inmediato por favor!—exclama Sasha.

—Aspros, ¿cómo es que…?

—No lo sé, pero para ser sinceros, espero que no se encuentren allí…

Sísifo pudo ver el atroz desasosiego en el rostro de su amigo y sin decir una palabra más, se dirige a la puerta para salir rumbo a encontrar a su hijo.

— ¡Yo iré con ustedes!—grita Aioria con determinación.

Su padre asiente y los cuatro se suben al auto, marchando a toda prisa. La policía llega en ese momento pero ya es tarde, el auto empieza a desaparecer de su vista.

— ¡Deténganse!—Grita el oficial— ¡Ustedes sigan a ese auto!

Cuatro patrullas, emprenden la persecución, mientras que dos se estacionan frente a la casa con Sasha descolocada. Dos más van rumbo a la casa de Aspros.

Milo ríe al tiempo que se sujeta el pecho sintiendo que si no lo hace se romperá en pedazos. En cambio, Camus alza una ceja contrariado por tal reacción, quizá no fue la esperada y es por eso que frunce el ceño evidentemente molesto.

—Así que es cierto después de todo.

— ¡No! Espera, no somos amantes. Sucedió por primera vez hace dos días—le interrumpe antes de que tomara las cosas por otro rumbo.

—Y hace tres que nos separamos—espeta mordaz.

Cierra sus ojos, internamente cuenta hasta diez. De ser otra persona, de ser él, el de antes, lo habría molido a golpes. Le hubiera destrozado el orgullo y comido su dignidad, pero frente suyo se encuentra Camus.

Su Camus, a quien tanto ama.

—No lo planeamos, sólo…

Y Milo tuvo que reír nuevamente, lo más soez que puede, callando la explicación del francés.

—Nunca se planea. Sólo ocurre, solo es un desliz del momento, ¿no? un momento de locura y luego ¿Qué? ¡Ah! ¡Sí! El arrepentimiento—grita irónico—el doloroso y sucio arrepentimiento—vuelve a reír; —dime ¿lo hace mejor que yo?

Se le acerca.

—Por favor Milo… tú no entiendes y yo ya no soporto.

Y otra vez la histérica risa del griego lo acalla.

— ¿No lo soportas? ¿A mí no me soportas? ¿Cómo es eso?, dejas que cualquiera te toque, ¿y a mí no me soportas?

—No digas eso…

—Camus—Milo trata de mantenerse sereno, pero su voz le traiciona tornándose turbia— ¿Con quién quieres estar? ¿A quién vas a elegir?

Camus abre sus ojos sorprendido por aquellas preguntas, Milo se arrodilla a su lado y le toma la mano, sus ojos están húmedos y enrojecidos con un dolor desbordante que se le pega irremediablemente. Pero no puede responder, porque realmente no sabe.

— ¿No te das cuenta, Camus? Si no puedes decidirte ahora, después de haber hecho el amor, de tenerme aquí contigo rogándote que no me dejes…—su voz se agudiza temblando ante el inminente llanto—si no lo puedes decir… es porque no es a mí a quien tú eliges, Camus, no es a mí a quien amas.

Milo sonríe al momento de derramar las primeras lágrimas.

—No es a mí… ¡ya no! Y por tu bondad, por el cariño que me tienes, no puedes decirlo y te acostaste conmigo por compasión ¡Por Dios Camus! ¡Por compasión! Te conozco, sé perfectamente que no te acostarías con alguien si no despertara algo en ti, no te entregarías a una persona porque si, eres hielo ante desconocidos y fuego ante tus amantes…

—Basta…

—No te entregarías a tener sexo con alguien Camus… porque eres un ser sublime hecho para amar, y si no amas, si no deseas, no te entregas… Deseas a Aioria, y mucho me temo que no quieres ser sincero contigo, porque también lo amas…Esperaste una puerta, una hendidura, por donde escapar…

—Basta Milo, yo te amo a ti ¡Maldita sea!—Milo abre sus ojos sorprendidos ante las maldiciones del francés—¡Te amo a ti, pero no sé qué siento por Aioria! Me duele ser sincero, a éste punto, me duele lo que hice… pero no me arrepiento ¿Cómo llamas a eso? ¡Fallé a la promesa que te hice! Y tú… tú… Milo, no deberías estar aquí, no deberías mírame así, no lo merezco ¿Por qué no me golpeas? ¡¿Por qué mierda no lo haces?!

Estáticos, ninguno emite más palabras al tiempo que la puerta de la habitación, suena nuevamente.

— ¿Chicos?—Es Kardia.

Camus termina de colocarse su ropa y abre la puerta, el semblante que trae el mayor, los pone en alerta, fruncen el ceño. Kardia prefiere evitar mencionar el hecho de que, ha escuchado su discusión.

— ¿Qué sucede papá?

—Hay algo importante que deben escuchar—el griego toma aire antes de proseguir—al parecer, los secuestros no fueron planeados por ese Radamanthys, ni por Valentine…

Milo y Camus se sorprenden al tiempo que cruzan miradas de preocupación.

Escucha el susurrar de su pecho entreabriendo sus labios para dejar escapar un agudo jadeo mezcla de vahos incendiados desde su interior. Un calor conocido y anhelado. Un calor agradable y completamente satisfactorio que abriga a su cuerpo y lo transporta lejos—muy lejos—allí donde siempre se reúne con él. Allí donde es amado y ama en reciprocidad. Su boca se llena de saliva, la cual pasa con algo de dificultad por su garganta, siente a su pecho humedecerse pero no es frío, puesto que sea lo que sea que lo humedece, deja llagas a su paso. Quema su cuerpo, abrasado por un placer inconfundible que azuza sus sentidos.

Gime. Gime con fuerza, pensando que pronto lo onírico desaparecerá y su lugar volverá a ser el infierno. Ausente, sujeta aquello que lo quema, abraza eso que emana un cálido y reconfortante sonido, tan conocido como amado. Susurra algo entre dientes, entre sueños y nubes lisérgicas.

Jadea, el calor se escapa por su boca, mientras el fuego se mece sobre él y se deja consumir.

Jadea.

—Saga…—susurra.

Evoca el rostro precioso del menor y las lágrimas acuden a él como recordatorio del dolor que acarrea desde ese día en que lo vio por última vez. Y es ahí cuando la magia se rompe. Cuando el dulce aroma nocturno de su piel, el azul oceánico de sus cabellos y ojos dejan de emanar esa cálida presencia. Aioros escucha una risa, mientras, su cadera es golpeada con fuerza, con los muslos del sujeto que ríe y gime con furia mientras se hunde sobre su sexo.

El griego abre sus ojos y ahoga un grito impactado, por saberse en esa situación.

— ¿Qué sucede? ¿No te gusta acaso?—exclama soez.

Pero Aioros no reacciona, no puede hacer nada ante la vista del sujeto sentado a horcajadas sobre él, moviéndose desenfrenadamente mientras él sólo se deja hacer.

Su cuerpo se encuentra completamente paralizado, intenta mover sus manos pero estas nuevamente están sujetas con mordazas. La saliva se acumula espesa y las lágrimas ya casi secas, se escurren de sus vacuos ojos.

— ¿Qué…? ¿Qué me…hiciste?—arrastra las palabras, comprobando que su lengua también esta adormecida.

—Sólo te adormecí un poco mientras terminó aquí—dice entre gemidos grotescos.

Aioros sufre, porque no entiende cómo puede estar excitado con algo así. No entiende como su miembro reacciona e incluso goza del interior del sujeto. Cierra sus ojos mortificado, esperando que acabase pronto, dibuja en su mente el sereno rostro de Saga, dibuja en su mente su habitación, la sonrisa austera que disfraza la felicidad de Saga… dibuja en su mente felicidad.

Se siente por demás sucio, cuando gime con intensidad al acabar juntos.

—Ahora es momento de la decisión final, Aioros.

El joven vuelve a abrir sus ojos, al tiempo que la punta de un arma se coloca entre sus ojos.

— ¡Aspros ten cuidado!—brama Sísifo al ver el volantazo que da su amigo para evitar un pozo con lodo.

La carretera es un infierno, los rayos se acentúan en el medio de los campos y la lluvia les hace imposible ver más allá de cinco metros. Aspros conduce a una velocidad alarmante, Kanon atrás no pronuncia palabra. Aioria lo observa de reojo, el semblante de Kanon parece el de alguien que acaba de ver un muerto.

Minutos eternos después pueden ver lo que parece un auto a un costado del camino, enterrado ente las altas siembras. No mucho más allá está la entrada de una estancia. Aspros orilla su vehículo y voltea su cabeza sintiendo las sirenas, que aunque un poco lejanas, les avisan que la policía no les ha perdido pisada y viene en camino.

Aspros observa a Sísifo y desciende del auto sin decir nada. Kanon palidece aún más al comprobar que el vehículo es el de Valentine, baja seguido de Aioria y los cuatro corren por los caminos encharcados, a lo lejos se ve una estancia, que apenas si mantiene la luz de una habitación encendida. Del otro lado, las sirenas se han apagado, al parecer, la policía ha decidido despistarlos.

— ¿Qué harás?—dice Aioros en un hilo de voz. Por algún momento, cree haber escuchado las sirenas de una patrulla, pero debido al sonido estruendoso de la tormenta, no sabe si sólo ha sido su imaginación.

—Es fácil, muere Saga…—pronuncia apuntando el cañón sobre el cuerpo del gemelo—o mueres tú…

La penetrante risa retumba cual si fueran los rayos que caen en los campos y Aioros siente por primera vez en todo su cautiverio, que morirá sin poder ayudar a Saga…

La policía irrumpe en la casa de Argyropoulos. Asmita, es sujetada por su criada, mientras llora, al tiempo que policías armados dan vuelta la casa y la habitación de Saga, en busca de pruebas, que lo incriminen.

«Unidad 56…unidad 57… diríjanse por la carretera ocho, hacia el oeste…»

Se escucha el intercomunicador de un oficial.

—Debemos irnos.

Los policías dejan a una casa y a Asmita, completamente desordenada.

—Ruta ocho…—Asmita casi se desmaya, sabe hacia dónde se dirigen.

El corazón parece desbordarlo, se acelera con cada paso sigiloso que da, puede sentir incluso, como el golpeteo de su órgano retumba en sus oídos y hace eco en toda la estancia. El frío en aquella zona es insoportable, no recuerda haber sentido tanto frío en su vida, pero bien sabe, que este es acentuado por los nervios y las emociones que padece. Está asustado, Aspros Argyropoulos se encuentra aterrado y ese dolor no lo deja avanzar con facilidad.

—Aspros, ¿Qué es éste lugar?—pregunta en un susurro el castaño mayor.

—Es mi estancia, una de las más grandes y la favorita de mi familia…

Kanon toma la mano de Aioria y lo observa con aprehensión. El menor de ojos verdes siente escalofríos al contacto.

—Mantente cerca, al parecer hay gente en la casa—le dice.

La policía ha tomado el camino por los campos que rodean a la estancia, una decena de uniformados y armados, corren rumbo a la única luz que se distingue aparte de los rayos en el cielo. Llegan a la puerta trasera, aglomerándose a los costados. El oficial al mando comprueba que la puerta está abierta, hace una seña y los demás lo siguen por detrás.

Aspros y compañía han llegado también, el griego mayor busca la puerta que da a la cocina, que queda a un lateral ya que posee una llave para poder abrirla e intentando hacer el menor ruido posible, fuerza la puerta para que los demás lo siguieran. Sus corazones estallan en sus pechos, por la adrenalina que fluye sin control.

Escuchan pasos, permanecen estáticos, pero sus respiraciones se hacen tan pesadas que pareciese asemejarse a las centellas en el cielo. Un olor espantoso comienza a invadir sus fosas nasales, los cuatro se llevan la mano a la nariz, mientras avanzan, todo parece indicar que el secuestrador se halla allí, con sus hijos.

Sísifo se pregunta una y otra vez, cómo había hecho Aspros para dar con la conclusión de que estaban ahí y porqué el malnacido del secuestrador, había optado por ese lugar para mantener prisioneros a su hijo y a Saga. A medida que avanzan el olor se hace más intenso y el murmullo de voces, más audibles.

En sus corazones saben que deben prepararse para lo peor…

Los oficiales avanzan, siguiendo el rastro de luz al final del pasillo, ellos también comienzan a sentir con intensidad el olor, que saben bien, pertenecía a carne en descomposición. Por lo que apresuran sus pasos.

Nadie está realmente preparado para la escena que vivirán…

—No me obligues a esto, no puedes obligarme—Aioros ya no llora, porque simplemente las lágrimas ya no salen.

—Aioros, ya me aburrí de todo esto. Está en tus manos ponerle fin a la pesadilla—dice ignorando la cantidad de gente que se acerca a la habitación—Quien dispare primero, será el que quede libre…

Desata la mano derecha de Aioros, para colocar un arma en ella. Aioros observa el arma y después a su novio, quien apunta a su pecho.

—Despídete Aioros—sonríe.

La cerúlea mirada de Saga atraviesa el corazón del castaño, quien se prepara para su fin. Él sería incapaz de hacer algo así. Y con todas sus fuerzas quiere creer que el temblor en las manos de Saga le dicen lo mismo, que el gemelo no lo hará. Que aún hay algo del muchachito que ama en ese cuerpo.

— ¡Alto!

El ruido inconfundible del disparo llega a los oídos de Aspros y compañía, quienes sin vacilar corren hasta la sala de la estancia.

La escena se sucede en cámara lenta ante los ojos de Aioros. Saga gira su cuerpo en el último momento, antes de que la bala alcanzara su cabeza, pero eso no impide que aquel pedazo de mortal metálico, se incrustara en su espalda. El dolor y el estallido interno fue feroz, Aioros grita llevándose las manos a su cabeza, mientras el cuerpo de Saga cae sobre él, empapándolo de sangre.

Aspros fue el primero en entrar a la sala, seguido por Sísifo que se congela en el lugar y Kanon y Aioria llevan sus manos a sus rostros desencajados.

— ¡Saga! ¡SAGA! ¡SAGA!—grita a todo pulmón Aioros desesperado.

Mueve con cuidado el cuerpo del gemelo, mientras la sangre se escurre por la herida. Aioros recuesta sobre el piso el cuerpo inerte de Saga, acaricia los cabellos con desesperación, mientras lo llama entre llantos, para que se quedara con él. La imagen es extremadamente violenta.

Aioros y Saga se hallan completamente desnudos. A un lado de ellos, está el cuerpo sin vida de un hombre, siendo de cena para gusanos y moscas…


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