Es curioso, cómo pensé que me costaría trabajo escribir esta historia. Después de tantos años en hiatus, creí que sería complicado retomar los personajes, y la trama. Sin embargo, los personajes resurgieron de mis dedos tan fácilmente, de una manera tan familiar, y la trama ha estado albergada en mi cabeza tanto tiempo, que supe casi directamente lo que tenía que hacer. Las palabras surgieron, y me sentí en casa.

Un abrazo y un beso a DeLoreanFlight, que me dejó su hermoso, precioso review. Sé que las cosas están confusas, pero ya se irá viendo la luz al final del tune con este capítulo, o eso espero.


EMBUSTE

Dom llegó en medio de una histeria que intentaba reprimir muy pobremente. Detrás de él, un viejo conocido. Me pregunté si sería correcto sonreír, y de qué manera habría de abordar un saludo. Eames fue el primero en recibirlos esperándolo a varios metros del umbral, saludando a Yusuf solo con un apretón de manos. A Dom, le rodeó el hombro, y comenzó a actualizarlo en todos los acontecimientos mientras entraban a la casa. Yo lo observé todo desde el balcón de nuestra habitación, con un brazo rodeando mi cintura y la mano del otro a medio meter en mi boca, de tan ansiosamente que me mordía las uñas.

—Ya llegaron —susurré, sin mucha preocupación por si los otros dos en la habitación me oían o no.

Me había quedado a solas con Vanessa un momento, para ayudarla a vestirse, mientras Arthur y Eames hacían las llamadas correspondientes. Ahora, nuestro Hombre Clave consolaba a nuestra Extractora, que no lograba formular una sola frase coherente. Platicaban en susurros, como no queriendo que me enterase de lo que hablaban; y yo, mirando hacia afuera, queriendo decirme que no me interesaba.

No tardaron en subir. En cuanto se abrió la puerta, solté un suspiro, y me volví para ver a los que, de última hora, habían atravesado la mitad del mundo para ayudarnos con una emergencia que había salido de ninguna parte.

Solo atravesar la puerta, Vanessa lo reconoció. Y su actitud hacia él, lejos de la hostilidad que le dominaba como normalidad, fue una de calidez.

—Cobb —se puso de pie, y se le lanzó en un abrazo. susurró—. Gracias a Dios, alguien conocido.

Él le sonrió de una manera que sólo podría describirse como incómoda. Desubicado, la alejó de sí con delicadeza, y la invitó a sentarse de nuevo. Yo no me moví de mi posición desde el balcón, a pesar de estar siendo ignorada tan deliberadamente. Qué terrible, qué incómodo. Qué tensión, ser una mera espectadora en un asunto que le correspondía al equipo entero, pero no tenía idea qué hacer, y un temor de que cualquiera de mis acciones pudiese solo arruinar las cosas me obligaba a mantenerme pasiva.

Dom hacía preguntas a Vanesa que yo no alanzaba a comprender enteramente, y para las que no tenía contexto. De hecho, de las preguntas que le hizo ella al despertar a Arthur y de las situaciones de las que hablaba, tampoco tenía contexto; y por mucho que quise preguntar, sólo había atinado a pasar horas y horas alienada, con la mente pensando, y, para ser franca conmigo misma, un tanto aterrada por mi propia reputación. Si Vanessa había sido drogada con la botella de vino que yo la había regalado, y habíamos pasado la noche anterior juntas, sin que yo levantase alarma por su estado desde la mañana, pasando mi día sin mayores contratiempos aparentes, y dejando que todo el mundo en el equipo se enterase hasta cerca del final del día, eso me ponía en posición de sospechoso, gravemente. ¿Cómo convencer al resto de que las cosas o eran así? ¿No era mi silencio y mi tensión un indicador fuerte de mi culpabilidad? Mi respiración era muy delgada, y casi dolía. Habitaba en mi garganta un nudo, y yo no atinaba a nada más que a mirar al resto, procurando enmascarar mi angustia. Llegó el momento en el que no pude mirarlos más, y me di la vuelta, para observar de nuevo al horizonte. Y pensar que solo hace unos días, solo esa misma tarde, los colores de ese paisaje me indicaban cosas tan diferentes. Lo que otrora se me mostrase bello y prometedor, ahora se me pintaba de un ánimo pesimista y me anticipaba un futuro terrible.

Salté, de repente, sintiendo una mano sobre mi hombro.

—Estás haciendo un muy mal trabajo —una voz grave, casi en susurro. Un acento inglés. Cerré los ojos y solté de nuevo aire.

—No sé ni qué pensar, no sé ni qué decir —admití, intentando no hacerse cortar a mi voz.

—Y que lo digas, a mí tampoco me reconoce. Hace años que no veía un caso similar. No al menos uno que no fuese creado por causas naturales.

—Eames... No sé lo que pienses, pero... No fui yo.

En parte, que él fuese el primero en acercárseme después de todo este fiasco, me relajaba. El tío Eames confiaba en mí, o al menos eso me había estado diciendo. Por supuesto, él había sido el primero en señalar la posibilidad de que yo estuviese involucrada, pero como me había aseverado, aquello había sido solo una broma. Y yo necesitaba que me lo recordase, porque conforme habían pasado las horas, las dudas sobre mí misma no hacían pero acumularse.

—Si, bueno... Tenemos que pensar en cómo comprobar eso —me volví hacia él, tan rápido en mi incredulidad que no pude ocultar mi mirada aterrada,

—¿Qué?

—Bueno, una cosa es que yo te crea y otra es el procedimiento para buscar al culpable. Y para eso, tenemos que pasar por la posibilidad de que tú también estés involucrada —al ver mi creciente tensión, me puso las manos sobre los hombros—. Pero no te preocupes, sé que saldrás bien de esta. Sólo será algo rutinario.

—¿El qué?

—Bueno, tendremos que entrar a tu cabeza y revisar tus memorias...

—Con eso no tengo problemas —solté, asintiendo, frenética la cabeza.

Él me dirigió una sonrisa, que intentaba tranquilizarme, y colocó dos palmadas sobre mi cabeza.

—¿Quieres saber lo que creemos que está pasando?

Asentí de nuevo, mirando de reojo por un instante a los otros al interior de la habitación, que seguían en medio de su entrevista.

—Dime.

—Parece que alguien ha borrado las memorias de nuestra Extractora... Y las ha borrado hasta antes de un momento en específico, antes de que nos conociera a nosotros dos. Arthur Y Cobb están intentando averiguar cuál es ese momento, qué se encontraba haciendo, qué es lo que todo implica.

—No sabía que podían borrarse memorias...

—No es... Tan sencillo como borrarlo, más bien diría que se encuentran ocultas. Pero para hacer eso, se necesita un conocimiento extenso de la mente de la persona a la que se le aplica ese procedimiento, un vínculo fuerte del que tomarse por ambos partidos; y, sobre todo, tiene que ser consensual. Va a ser una verdadera molestia deshacer los efectos de lo que sea que le hayan hecho a Vanessa.

Proferí una mueca, y miré a nuestro Falsificador a los ojos.

—La molestia que sea... Es algo que se tiene que resolver. Tenemos demasiadas cosas encima para dejar que la misión falle. Hoy me puse a pensar, en estas horas... Que no sabemos cómo van los otros equipos. Tal vez ellos tienen miembros sin tantos jodidos problemas personales, y con nosotros, es como si nos cayera encima una cosa tras otra... Y eso me hace preguntarme sobre dónde estamos parados.

—Toda la gente involucrada en este mundo tiene sus problemas, Ariadne. No tienes idea. Hay espías y traidores por todos lados, y no me sorprendería que lo que está pasando no fuera más que un intento para frenarnos, justamente porque están tan atorados en su trabajo como nosotros. El mundo de los extractores es más difícil aún de lo que has visto hasta este momento, y lo único que me enfurece es que no lo vimos venir —al decir eso, Eames tensó la mandíbula, con las manos sobre las caderas.

—Entonces... Tal vez cuando sepamos quién fue... Deberíamos hacer lo mismo.

—Ah, eres lista, pequeña.

-o-

Vanessa.

De vuelta al campamento. El guardia de turno nos recibió con un saludo breve para retirarse a su tienda, y comencé a quitarme de encima el equipamiento.

—Bueno, esa fue una excursión interesante —comenté, esperando que alguien comentara una respuesta.

—Más que interesante, fructífera —argumentó Arthur—Tenemos buena información sobre la topografía, y una buena sospecha del lugar en el que se oculta la información. Es solo cuestión de que nuestros imitadores ideen una buena manera de infiltrarse.

Asentí, y estando a punto de comentar algo, se escuchó un estruendo.

Todos en el campamento levantamos la cabeza hacia el lugar del estallido.

—¿Qué es eso? —preguntó uno de los imitadores.

—Hay que investigar —dije por lo bajo. Supe que esa era mi señal, y procuré ocultar un estremecimiento en mi interior. Tomé de nuevo mi arma, y dije en voz alta:

—¿Quién viene conmigo?

—Yo —dijo nuestro Hombre Clave. No.

—No —respondí, más rápido de lo que me hubiese gustado. Él me miró, un poco confundido—. Tú tienes asuntos que arreglar con el arquitecto —argumenté, y antes de que él pudiese refutar, el mismo imitador que había hecho la pregunta, levantó la mano. Asentí en su dirección, y la decisión había sido tomada. Así, tan rápido como no tuve tiempo de pensarlo, pasaron las cosas. Y así, tan raído como no tuve tiempo de terminar de calcular cómo, nos encontrábamos los dos caminando, uno al lado del otro, cautelosamente, sin decir palabra. Casi llegábamos al lago.

—Un la... —dijo, y antes de terminar de soltar la sílaba que faltaba, cayó. Cerré los ojos con fuerza, esperando otro tiro, que no vino. El golpe había sido limpio. Sebastian llevaba silenciador. Quise mirar a mi compañero una última vez, pero su cuerpo ya había desaparecido del sueño. Nuestra primera baja. Mi alma se encontraba en el piso, y yo caminaba sobre ella con mis pesadas botas. Traidora, me dije, y una sensación enfermiza me embargó el estómago.

—Novata —escuché su voz, llamándome de manera burlona—. Veo que has venido a cumplir El Trato.

Bajé mi arma.

—Muéstrate. Quiero ver que no venga nadie más contigo.

—Ah, pequeña fiera. Si yo soy un hombre de palabra, pero de dónde viene tal sospecha.

—Muéstrate —pedí de nuevo, dejando mi arma en el piso.

—¿La información?

Me llevé la mano dentro del uniforme. En uno de los bolsillos interiores, había doblado un papel. Conforme lo iba sacando él salió de las sombras. Sebastian, cuyos ojos eran de un azul más intenso bajo la luz del día, salió de su escondite, apuntándome.

—No tiene sentido que hagas eso —dije, frenándome.

—¿Cómo sé que no sacarás un arma? Traidora una vez, traidora siempre.

Resoplé.

—Si no bajas el arma, no te daré esto. Su contenido solo se manifestará en mi presencia, me temo.

—Vaya, si sabes más trucos de los que creía.

—Apresúrate, que, si sigo retrasándome, vendrán a buscarnos.

—Bien —él por fin hizo caso a mis peticiones, y tiró el arma al suelo. Se acercó, y yo luchaba contra mí misma para mantener una respiración rítmica. No nos despegamos la vista el uno del otro a cada paso, y de repente, dimos de frente. Estábamos tan cerca, que veía mi propio reflejo claramente es sus pupilas. Posó su mano sobre la mía, que mantenía a medias todavía dentro del traje.

—Vamos a ver... —dijo por lo bajo. Tenía una voz aterciopelada. Tragué saliva, y él sonrió con burla. La otra mano, la colocó bajo mi barbilla.

—Es imperativo que te vea cuando todo esto acabe, sea cual sea el resultado. Siendo novata, hay muchas cosas que pudo enseñarte.

—Después de que te dé este papel, no te debo nada —solté, intentando no sonar tan mezquina.

—Tal vez, no, pero me gustaría ver qué tantos trucos más te sabes —con un tono que me revolvió las entrañas. Intenté no comunicarle el odio que había comenzado a sentir hacia él, tan fuertemente.

—Tómalo y vete —le ordené, mirando hacia otro lado. Él fue sacando mi mano, poco a poco, y se acercó junto a mí oído.

—Vanessa —susurró, y antes de alejarse, colocó lentamente un beso sobre mi mejilla. Apreté los labios, pero no reaccioné más allá de eso. Él se alejó lo suficiente para ver el papel, y me miró, esperando a que hiciese mi parte. Con una mirada, los planos del lugar en el que habíamos estado ese día se fueron dibujando. Y palabras. Diálogos que había tenido con mis compañeros esa tarde, teorías y especulaciones.

—Eres extractora —me miró, contrariado.

—Por algún lugar se tiene que comenzar, ¿no?

—Pero eres demasiado joven... Interesante —volvió la vista al papel.

—Me lo gané a pulso. Y contigo, es mejor que te aprendas eso de memoria. Por qué voy a borrarlo.

—No te preocupes —dicho esto, comenzó a romper la hoja, sin mucho interés en ser apresurado—. Yo también me gané me puesto con buenos méritos.

Levanté la barbilla una vez, a modo de aprobación.

—Hasta luego, novata —retrocedió, y se dio la vuelta. Yo levanté hacia él mi mano armada. Podía deshacerme del problema ahí mismo, y no pasaría nada. Pero luego... Al despertar, él lo delataría todo. Y yo sería extraída del sueño por traición, y mi carrera estaría arruinada. No podía permitir que sucediera eso.

Me quedé indecisa, en la misma pose, hasta que se hubo desaparecido de mi vista. Entonces, se escuchó un tiro.

Por un momento, pensé que había despertado. Hasta inspeccioné mi cuerpo, pero comprobé que no había dolor, ni sangre. El sonido de ese tiro no debía ser más que la señal para usar de coartada. Reaccioné inmediatamente, y me eché a correr en dirección al bosque.

Sobra decir que perdimos. Pude haberle dado información falsa, me dije, pude haberle mentido, tendiéndole una trampa. Pero mi miedo fue demasiado como para cometer una traición doble. Lo que resultó de esa situación, sin embargo, fue que, hasta cierto nivel, supe que me había ganado su confianza. Después de la simulación, noté en su mirada la chispa de color que tiene la confidencia, esa que surge en alguien cuando sabes que eres el único en compartirle un secreto, y debía admitir, para mis muy enterrados adentros, que lo disfrutaba.

No lo quise aceptar, pero había aprendido algo ese día. Había aprendido a participar en un juego doble, sin consecuencias mayores. Y la tentación de repetir eso, de volver a experimentar la adrenalina que surgió en mi ante la constante amenaza de ser descubierta, se volvió adictiva. Era fácil seguirlo, a Sebastian. Era fácil escucharle, razonar sus maquinaciones como lógicas. Fue fácil después también, aceptarlo en mi cama. Y como una droga, a pesar de que la cordura volviese a mí para hacerme alejármele cada cuánto ondeando una rota bandera de moralidad, yo volvía a él, y él volvía a mí. Y por mucho tiempo, pensé que estaría condenada a vivir en un constante círculo de comportamiento autodestructivo, hasta el punto en el que dejó de importarme lo jodido que ya se encontraba mi código ético. De las manos se me fue Mal, se me fue Arthur, y cuando ella murió, me fue más fácil culpar de todos mis tropiezos, incluidos mi distanciamiento de ella y del que había sido mi mejor amigo, a su marido, enterrando la culpa que me comía por dentro por no haber intentado ayudarla yo misma, cuando me enteré de su estado mental.

Llevaba más de un año limpia de ese vicio cuando lo vi de nuevo, saliendo del aeropuerto, y quise convencerme de que sería yo la que le pondría la trampa esta vez, de que yo sería la vencedora de esta misión. Cedería a su proposición solo lo necesario, hasta que ya no me hiciera falta, para eso era la droga. Pero quise adelantarme.

Pensé que hacía lo correcto. Pensé que mi ejecución había sido impecable. Eso, hasta que me despertó en la madrugada un pinchazo en la base del cuello, y una mano firme sofocó todo sonido que en instinto quiso salir de mi boca con ese dolor.


Este capítulo salió un poquito más largo, para compensar por la larga espera. Déjame un comentario, para saber quién de mis lectores sigue vivo por ahí. Y si eres de esos que siempre se ha mantenido entre las sombras, te animo a que me mandes un saludito, que quiero conocer a todos lo que han dsfrutado de este laargo viaje.

Besos.