La reina de tus caprichos

Agitada, pensé en volverme a vestir rápidamente, antes de que salieras de la ducha, pero sabía que seguramente no me daría tiempo y se haría más que evidente que te había visto en plena acción ¿Qué podía hacer? Tomé toda mi ropa y me metí con ella debajo las sábanas de mi litera, pretendiendo no haber salido de mi anterior letargo, luego ya vería cómo me levantaba… Seguramente volverías a salir y entonces podría ducharme sin problemas. Además, ahora, aunque quisiera acabar con tu enfado, no sabría si sería capaz de ligar dos pensamientos coherentes para discutir contigo y era posible que aún lo empeorara todo.

Ya, protegida bajo las sábanas, escuché abrirse la puerta del aseo. Inmediatamente la imagen de tu desnudo e imponente cuerpo apoyado contra la pared, humedecido, erguido y gigante en contraste con el mío, invadió mis pensamientos. Aquella cama parecía un auténtico horno, y mis muslos un río de aguas bravas, deseosas de mecerte entre ellas.

Intentaba respirar con tranquilidad, para no delatar mi propia excitación. Sabía que, a veces, cuando llegabas demasiado tarde de las empresas Andrew, como para encontrarme despierta, te las ingeniabas para venir a verme un momento en mis sueños. En ocasiones me despertaba y podíamos hablar brevemente de nuestro día, y en otras, apenas alcanzaba a notar como acariciabas mi rostro, depositando algún cálido beso en él, y salías sigiloso para evitar perturbarme. Y aunque sabía que seguías enojado conmigo, temía que te permitieras aún la licencia, y más después de ver tu propio consuelo bajo el agua pronunciando mi nombre.

Deduje por los sonidos que te estabas vistiendo, pensé que era una lástima no disponer de un espejo ¡Dios! ¿Qué me estabas haciendo? ¿Por qué no podía evitar aquella clase de pensamientos? No podía dejar de sentirme cuál gata en celo con ganas de salir de mi escondrijo y saltar encima de tuyo a devorarte entero. Si seguíamos así, aquel viaje iba a convertirse definitivamente en un infierno. Tenía que encontrar la forma de hacer las paces contigo, ni que tan solo fuera por preservar la poca cordura que restaba en mi cerebro.

Sabía o quería creer, que tú me seguías queriendo. Por fuerza, un amor como el nuestro no podía perderse en tan poco tiempo. Además, acababa de ver la prueba de que realmente me seguías deseando y pensando en mí. Entonces ¿Por qué eras tan tozudo? Yo te quería y tú lo sabías, y tú me querías…¿Qué problema había? No me había dado cuenta de que me había empezado a enojar por lo ridículo de toda la situación, y en mi exasperación meditativa, exhalé un profundo y enojoso resoplido.

- ¿Candy? ¿Estás despierta? –Genial, me acababa de delatar… no si al final, acabaría por hacer más teatro que el propio Terry. Solo gruñí, no sabía qué decir, y por si fuera poco, seguía totalmente desnuda… ¿Cómo iba a explicarte que me desnudaba completamente y guardaba las ropas debajo las sábanas…? "No, es que añoro a mi osito de peluche"… si ni siquiera tenía osos en el dormitorio de la mansión. No tenía sentido, no te lo ibas a creer- ¿Candy?... quizás esté soñando –Oí que susurrabas para mi alivio.

Después parecías tomar unos papeles y apartar la silla para sentarte en ella… Ya decía yo que eso sería tener demasiada suerte ¿Te habrías puesto la camisa? No me había parecido escuchar sonido alguno que le correspondiera. Genial, otra imagen para torturarme en mi presidio; tú sentado, revisando los papeles, descamisado, frente a la tenue luz del escritorio, y con barba de dos días. Podía recordar perfectamente la suavidad de los rubios rizos de tu pecho, las atenuadas líneas dejadas por la zarpa del león, que en cierto modo me hacían sentir como si estuvieras marcado como mío, pues eran el testimonio imborrable de lo que estabas dispuesto a arriesgar por mí, y tu aroma, ese delicioso aroma a hombre que siempre me envolvía cuando me abrazabas.

No pude más, me incorporé, manteniéndome cubierta por la sábana y te chillé – ¡Eres un testarudo! ¡Claro que estoy despierta! ¡Y te he visto!

Continuará…