Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


»17


Hinata miró a Jones sin verlo.

—¿Naruto quiere hablar conmigo? —preguntó por segunda vez.

—Sí, señora —contestó el mayordomo apenado. Hinata se levantó insegura de la silla en la que había estado sentada desde que había huido del salón. Debía de llevar horas allí, mirando obnubilada un retrato de la pared. Sus pensamientos eran caóticos. Tan pronto temía por Neji y lo creía víctima de otra de las mentiras del capitán Hyuga como se preguntaba si su padre podía haber cambiado de idea tan de repente cuando era evidente que hacía años que lo tenía todo previsto. Sufría por Naruto, la verdadera víctima de los tejemanejes del capitán, pero también temía que él la creyera artífice de aquello. Entonces la enfurecía pensar que él pudiera juzgarla tan alegremente. Si los últimos meses habían significado algo para él, sabría que ella no tenía nada que ver. Claro que tampoco tenía por qué. Los Hyuga no habían sido precisamente modelo de sinceridad hasta el momento.

¿Y si no le creía? No podría enfrentarse a esa posibilidad.

—¿Te ha dicho algo? —inquirió ella, con la voz temblona de la tensión.

Jones negó con la cabeza.

Hinata asintió en silencio. —Gracias, Jones —murmuró y se dirigió despacio a la puerta.

Le pesaban las piernas, casi no podía moverse. Pero no podía ni quería evitar a su marido, por mucho que lo temiera en aquel momento. Al llegar a la planta baja, se detuvo delante de la puerta de roble cerrada de su despacho y se quedó mirándola mientras reunía el valor necesario. Varios minutos y varias bocanadas de aire después, cogió con fuerza el pomo de bronce y la abrió.

Al ver a Naruto rígido, de espaldas a ella, mirando por la ventana, creyó que iba a desmoronarse. Por la pose, supo que no le creía. Tenía las manos firmemente entrelazadas tras su estrecha cintura y sus piernas bien separadas. Le vino a la cabeza una imagen fugaz de los dibujos que sus primas y ella hacían del audaz capitán al timón de su barco. Naruto no se volvió.

—¿Por qué no me dijiste nada de tu primo? —le preguntó, yendo directamente al grano en un tono frío como el hielo.

Nerviosa, Hinata se llevó la mano a la frente, pero en seguida recobró el ánimo y la bajó.

—Él no quería presentarse hasta que cambiase su situación. Creyó que pensarías mal de nosotros.

—¿De nosotros?. Dijo él

—Creyó que pensarías mal de él por no tener un trabajo decente, y de mí...; creyó que pensarías mal de mí por su culpa.

—Entonces, ¿te pidió que no me hablaras de él?

—Por un tiempo —murmuró Hinata.

Naruto tensó los hombros. —¿Y tú no hacías más que complacerlo? —Aunque su tono de voz era impersonal, casi desenfadada aún no se había vuelto a mirarla.

—N‐no... no me pareció nada malo.

—¿No te pareció mal mentirme?

A ella le dio un vuelco el corazón.

—Yo no he mentido. Simplemente no te lo he contado todo.

Naruto no dijo nada. El silencio creó un abismo enorme entre ellos, y Hinata sintió de pronto la necesidad imperiosa de salvarlo.

—Pensé... pensé que vendría a Konohagakure Park pronto, con un puesto, un puesto respetable. Le daba mucha vergüenza, no sólo por él, sino también por mí. Temía que pensaras que intentaba aprovecharse.

—¿No se te ocurrió que podría pensar que intentaba aprovecharse por rondar la casa a mis espaldas?

La joven titubeó. Él le hablaba en tono frío y seco, y tan distante que era incapaz de decidir si estaba furioso o sólo contrariado.

—Pensé... supongo que pensé... —Se interrumpió. Cielo santo, ¿qué había pensado?

Naruto se volvió despacio. Su semblante no albergaba expresión alguna, salvo sus ojos, encendidos de rabia. Aterrada, ella tragó saliva.

—¿Qué pensaste, Hinata? ¿Qué me sentaría mejor lo que tu primo iba a contarme si tenía un buen puesto de trabajo? ¿Qué olvidaría que me habías mentido? ¿Que aceptaría sin más su explicación sobre la repentina y prodigiosa aparición de un segundo testamento?

Ella cerró los ojos sin darse cuenta. Su peor miedo, el que su esposo la creyera cómplice del engaño de su padre, se apoderó de todo su ser.

—Te juro por mi honor que no sabía nada del testamento. Me dijo que esperaba una noticia importante, pero yo no sabía lo que era. Igual que tú, yo pensaba que el testamento definitivo de mi padre era el que se me había entregado en América.

—¿Me estás diciendo la verdad ahora o descubriré más adelante algún detalle que a ti y a ese primo tuyo les daba vergüenza comentarme?

—¿Tanto te cuesta creer que yo no supiese nada de ese segundo testamento? —se oyó decir.

Al abrir despacio los ojos, lo vio esbozar una sonrisa socarrona.

—No, claro. Parece que te persiguen los testamentos raros. Si tan inocente eres, ¿por qué no me dijiste nada de las cartas ni de su visita?

El tono acusador de Naruto la encendió por dentro. ¿De verdad creía que lo había traicionado de aquella manera? ¿Creía que mentía cuando hacían el amor? ¿Le parecía una farsa el día que habían pasado en la cala? ¿Se lo parecían todos los días de los últimos tres meses?

—No te conté lo de la primera carta porque te habías ido a Brighton —espetó ella—y, como me dejaste bien claro que querías que viviéramos separados, no me pareció necesario aburrirte con la llegada de la segunda. En cuanto a su visita, yo no tenía ni idea de que estaba en Pemberheath y me lo encontré por casualidad. Podía habértelo contado entonces, pero ¡te habías ausentado por segunda vez sin decirme una palabra!.

Naruto entrecerró los ojos peligrosamente. —¿En Pemberheath? ¿Te lo encontraste en Pemberheath? —preguntó, visiblemente asustado, pero no le permitió contestar. —Dejando a un lado el hecho de que te había prohibido que fueses a Pemberheath sin mi consentimiento expreso, debías haberme comentado tu encuentro inmediatamente. Me cuesta creer que puedas ser tan ingenua, Hinata. Un primo lejano no se planta, sin previo aviso, a la puerta del domicilio de una heredera joven y rica sin motivo. O quizá no seas tan ingenua. No pareciste sorprenderte cuando nos disparó.

—¿Cuándo nos disparó? —exclamó Hinata escandalizada. —¿Cómo te atreves a dudar de él? —protestó furiosa. —¡Neji jamás le haría daño a nadie! Dado que no lo conoces, ¡no entiendo cómo puedes juzgarlo tan alegremente!

La risa socarrona de Naruto rebotó en las paredes y le acertó de pleno en la cara.

—¡Oh, qué insensatez por mi parte! ¡Qué bobo soy de pensar mal de tu queridísimo primo porque, nada más conocerlo, me presente un documento falso y me reclame medio millón de libras!

Hinata se volvió de pronto para que Naruto no pudiera ver su dolorosa confusión. Tenía razón; todo aquello era muy raro. Pero ¡Neji no lo había estafado! ¡Quizá fuera un irresponsable, pero no era un ladrón!

—¡No sé qué pensar! —gimió ella. —Me siento tan... tan...

—¿Asustada... de ver que te han cazado?

—¡No! —gritó ella, volviéndose hacia él. —¡Perpleja! ¡Confundida!

—Perpleja y confundida. Eso no alcanza a describir cómo me siento yo con todo esto, querida—se mofó él, rebosando sarcasmo.

Hinata sintió náuseas.

—Naruto. ¡tenía cosas que eran de mi padre y, como papá ya me había mentido una vez, pensé que Neji también era una víctima suya! —le dijo en tono suplicante. ¿Acaso no sabía cuánto lo quería? ¿No sabía que prefería morir a hacerle daño? —Naruto, por favor... —le rogó sin ganas, avergonzada de sonar tan culpable. —No sé cómo explicártelo. Sólo sé que el señor Strait me envió los documentos que yo esperaba, pero, cuando Neji me enseñó los suyos, ¡no me pareció del todo imposible que mi padre me hubiese traicionado por segunda vez! Neji no me mentiría sobre algo así. ¡Esperaba que el capitán le dejara un barco, no mi dote! ¡Estaba tan sorprendido como yo!

Naruto apretó la mandíbula y le lanzó una mirada cáustica. —Me pregunto cómo pensabas asegurarte la dote una vez casada —dijo en tono grave y recriminatorio.

Desesperada, trató de encontrar algo que probara su inocencia, —Te dije una vez que volvería a América si eso era lo que querías, que podías quedarte con el dinero. ¡Estaba decidida a marcharme para que pudieses librarte de mí! ¡Eso demuestra que yo no tuve nada que ver! ¡De no haber sido por aquella estúpida apuesta, me habría ido! ¡Si todo esto fuera un montaje, no me habría ido!

—No te fuiste —le recordó sereno.

Hinata respiró hondo. ¡Dios!, de verdad la creía culpable. Desolada por lo que estaba sucediendo, se acercó a él. Naruto se agarrotó. Miró alrededor, furiosa, en busca de algo, lo que fuera, que demostrase que no mentía. ¿Cómo podía hacerle entender que lo amaba con todo su corazón y que jamás le haría daño? Se dirigió a él y alargó la mano para tocarlo, pero Naruto se apartó.

Aquella reacción la destrozó.

—Yo te amo, Naruto. Te amo más que a mí misma —se oyó susurrar. El tensó los músculos de la mandíbula. —Jamás te haría daño, ¿lo sabes? ¿De verdad crees que todo lo que hemos pasado juntos ha sido una mentira? ¿Qué te he engañado en tu propia casa... en tu cama? —le susurró.

El apretó la mandíbula. Por un momento, a Hinata le pareció que su mirada se suavizaba, pero entonces lo oyó murmurar entre dientes:—Ya no sé qué creer.

A Hinata se le escapó un grito involuntario de angustia y, a trompicones, buscó una silla, rezando para no caerse de rodillas. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos, y se apoderó de ella una vergüenza irracional.

—¡Naruto! —insistió histérica. —¡Por favor, debes creerme! El sólo creía que ella era culpable, y ella estaba desmoronándose delante de él como la enclenque que era. Se obligó a alzar la cabeza y a mirarlo entre las pestañas húmedas. Los distanciaba un gélido abismo; envolvía el rostro de Naruto un aire espectral que ella tomó por rabia. No había nada que hacer.

Con el poco orgullo que fue capaz de reunir, Hinata se irguió.

—No voy a suplicarte, Naruto. Nunca te he fallado, ni una sola vez, y te juro por mi difunto padre que no voy a empezar ahora. Si crees que todo lo que tenemos es una mentira, adelante — dijo sin inmutarse. —Pero yo te amo. Siempre te he querido y, que Dios me ayude, siempre lo haré.

Él no dijo nada. No apartó su fría mirada de ella; después de unos tensos instantes, Hinata bajó la cabeza. Se acabó. Aquel hombre no sentía nada, y ella ya no podía soportarlo ni un segundo más. Abatida, se alejó de él y se encaminó con paso vacilante a la puerta.

—Hinata. —La voz ronca lo delató. Renació la esperanza en su interior y se volvió expectante hacia él. —Ni se te ocurra, bajo ningún concepto, volver a verlo.

Así, con tan pocas palabras, le partió el corazón. Hinata dio media vuelta y salió corriendo a su cuarto. Una vez en él, se tiró boca abajo en la cama y se echó a llorar desconsoladamente.

Neji Hyuga echó un vistazo a su reloj de bolsillo por tercera vez, luego alzó la vista y miró a través de la densa niebla que había empezado a caer sobre los muelles. No vio la figura que se le acercaba por la derecha y retrocedió sobresaltado al detectar de pronto, por el rabillo del ojo, el humo incandescente de un puro encendido.

—Dios, Momochi, me ha asustado —murmuró irritable y, nervioso, se enderezó el corbatín.

Zabuza ignoró el comentario. —¿Qué demonios esperas?

—Le dije que le daría unos días —replicó Neji.

Asqueado, el hombre tiró el puro a los adoquines y lo apagó con el tacón de la bota. Con los brazos en jarras, miró furioso al joven.

—Mira, Hyuga. Desde el momento en que te encontré, he tomado las medidas necesarias para que recuperes la herencia que te corresponde legítimamente. Ideé el plan. Traté con Strait. Te conseguí esos condenados efectos personales para que los usaras. Io estoy haciendo por ti. ¿Qué demonios te pasa? ¡Apenas has movido un dedo y ahora te plantas!

—¡No me planto! —protestó Neji enérgicamente. —No podemos precipitarnos, Momochi. Ya sabe que él sospecha de mí. Tenemos que darle tiempo para que llegue a la conclusión de que el capitán lo estafó.

—Perfecto ¡Y mientras tú le das tiempo, él está peinando Londres en busca de Strait! ¿Tienes idea de lo que eso podría significar? ¡Debes exigírselo!

—¿Exigírselo? ¿Acaso cree que porque se lo exija me lo va a dar? ¡Por favor, debería saber mejor que nadie que las amenazas no lo afectan!

—Han de afectarlo. Tienes los documentos como prueba, y una demanda judicial le supondría un escándalo. No se puede permitir uno ahora, y apuesto lo que sea a que hará lo que tenga que hacer por evitar que su preciosa marquesita sea el blanco de las especulaciones de la aristocracia londinense —señaló con toda naturalidad.

Al oírlo hablar así de Hinata, Neji se irguió y lo miró furioso. —¡No pienso perjudicarla más de lo que ya la he perjudicado, Momochi! —replicó indignado.

Éste le dedicó una sonrisa perversa y se inclinó hasta situar su cara a sólo unos centímetros de la de Neji.

—Entonces, haz lo que te digo. Neji. Mira, el capitán te agravió. Debería haberte dejado algo. Como único pariente varón, ¡merecías heredar todo su patrimonio! ¿Acaso trabajaste como un esclavo tantos años en su barco para que luego se deshiciera de ti como de la basura? ¡No! Pero ¡he tenido que convencerte yo para que luches por lo que te pertenece legítimamente! Ahora lo tiene Uzumaki y él lo sabe. ¿Te vas a acobardar? ¿Vas a dejar que se salga con la suya?

El joven negó con la cabeza poco convencido.

Zabuza se relajó un poco.—Pues deja de perder el tiempo y exige lo que te pertenece. Ya consolarás a tu hermosa primita después.

Neji no respondió y lo miró con una mezcla de aprensión y antipatía. Zabuza tenía razón; merecía su parte de la herencia de Hiashi. Había sido el único pariente varón vivo del anciano, hijo de su primo segundo, y había servido fielmente al capitán durante varios años. A pesar de las discusiones que pudieran haber tenido, merecía algo. Zabuza le había ayudado a entenderlo cuando se habían conocido, de casualidad, en Calais el verano anterior.

Pero él nunca había pretendido hacerle daño a Hinata. Siempre le había tenido mucho cariño a la muchacha, más aún después de ver en qué belleza se había convertido. A Zabuza le daba igual arruinarla, porque sus razones iban más allá de la parte de la fortuna que se le había prometido.

Casi escupía veneno en cuanto le mencionaban a Uzumaki, y Neji temía que se sirviera despiadadamente de su prima para llegar hasta el marqués y arruinarlo.

—Si te parece que no vas a poder con la tarea, Hyuga, devuélveme las cinco mil libras que me debes y si te he visto, no me acuerdo —declaró Zabuza, interrumpiendo sus pensamientos.

El joven entrecerró los ojos. —No tengo cinco mil libras, señor, y lo sabe muy bien.

El hombre sonrió satisfecho. —Entonces más vale que vayas a ver a Uzumaki, ¿no te parece?

Lo primero que hizo Naruto fue trasladar todas sus cosas a un dormitorio lo más lejos posible de aquellos ojos perla que lo perseguían. Lo segundo, evitarla a toda costa, rechazando la única petición de ella de verlo y llevando un horario inusual para no toparse con ella. Lo tercero, beber. Mucho. Pero no lo suficiente para decidir si ella era culpable o inocente.

Naruto esperó tres días, alternando inquieto entre la bebida y las noches en vela. Por la mañana apareció, por fin, Neji Hyuga; Naruto estaba repantigado en un butacón en su despacho, mirando fijamente el montón de vestidos por el que había pagado una fortuna y el estuche de terciopelo donde se guardaban las joyas de amatista que le había regalado a Hinata.

Ella se lo había devuelto todo aquella mañana con una escueta nota en la que decía que todo aquello era suyo.

No lo afligían los vestidos y las joyas, sino el estuche del violín que se encontraba cerca de los vestidos. Le había devuelto el instrumento junto con el resto de los objetos que según ella le pertenecían. Pero aquel violín formaba parte de ella, y le resultaba imposible imaginarla sin él, igual que le resultaba imposible no sentir hondas punzadas de culpa y de furia cuando miraba aquel estuche.

Cuando le anunciaron a Neji Hyuga, la rabia de Naruto dio lugar a una furia contenida. No se levantó del asiento.

—Creí que tardaría menos en salir de debajo de la piedra donde se esconde, señor Hyuga — señaló Naruto con sequedad.

—Sé que todo este asunto lo disgusta, milord, y he querido darle tiempo para que ordenase sus ideas —respondió Neji. muy amable.

—Prescinda de los tópicos conmigo. ¿Qué quiere?

La leve sonrisa socarrona del joven casi paso inadvertida.—Por el bien de los dos, iré al grano. A pesar de lo desagradable que resulta, entenderá mi deseo de recaudar lo que me corresponde legítimamente.

—Eso sí que es ir al grano, sin duda. Pero no se equivoque, Hyuga, yo no tengo nada que le corresponda.

Este entrecerró los ojos y desplazó parte del peso del cuerpo a una sola pierna.

—Lamento contrariarlo, milord, pero el testamento que he traído lo dice claramente. Tiene usted mi herencia y le pido respetuosamente que me la devuelva de una vez.

«Menudo bastardo mentiroso», pensó Naruto indignado.

—No estará intentando sacarme de mala manera una suma considerable, ¿verdad?

—Es una verdadera pena que el capitán Hyuga decidiese proceder así, pero yo no tengo culpa de eso. Tampoco debe culpar a mi prima. Ella no tenía ni idea del cambio.

Naruto esbozó una sonrisa de suficiencia, Hyuga no había tardado en exculpar a Hinata.

—¿Ah, no? —inquirió con sarcasmo. —Me parece a mí que si alguien no estaba al tanto del cambio fue el propio capitán. Seguramente le sorprenderá mucho saber que el capitán dejó dicho que se le abonara una pequeña fortuna a su tía Kuranai tan pronto como la embarcaran para Inglaterra. También le sorprenderá saber que a sus socios y acreedores no se les habría pagado si ella no hubiese venido aquí y se hubiese casado conmigo. E imagino que también lo dejará perplejo saber que jamás se mencionara que ningún primo distante fuese a heredar su fortuna — señaló con una sonrisa desdeñosa.

En los labios de Neji se dibujó la burla.

—Creo que en los documentos que le entregué se estipula claramente que todas esas cosas debían suceder. Lo único que cambia es el beneficiario de la herencia. En el testamento que le he entregado, se menciona a un primo, señor.

—¡Qué oportuno! Aparece usted después de que el patrimonio del capitán se liquidara por el matrimonio —señaló el marqués.

Neji frunció el ceño. Hizo una pausa para sacarse un pequeño pañuelo blanco de la manga y se dio unos toques en las comisuras de los labios antes de responder.

—El momento de mi aparición no tiene nada que ver con la liquidación legítima del patrimonio del capitán, sino con el cambio de parecer del anciano en su lecho de muerte, milord, se lo aseguro.

—Aja —asintió Naruto. —Me pregunto qué haría cambiar de parecer a Hyuga. No le apuntarían a la cabeza con una pistola, ¿verdad?

Neji se cruzó de brazos y miró furioso a Naruto. —¡Me ofende usted, señor! los moribundos cambian de opinión constantemente.

Naruto casi rió.

—Nunca había oído hablar de uno que cambiase de parecer tan drásticamente en su lecho de muerte, Hyuga. Además, qué extraño, tenía entendido por las cartas del señor Strait que, cuando se acercaba su fin, Hyuga insistió bastante en que se liquidase su patrimonio. Según el abogado, el objetivo era que se hiciese antes de su muerte.

Neji parpadeó al oír hablar del señor Strait y, sin darse cuenta, cambió de postura.

—¿Cómo dio con los efectos personales de Hyuga?

Neji miró el montón de vestidos de Hinata. —Me los entregaron con el segundo testamento.

—¿Quién se los entregó? —preguntó Naruto enseguida.

—Un mensajero —mintió Neji.

—¿Y la muñeca?

—La muñeca perteneció a Hinata cuando era pequeña. El capitán albergaba la esperanza de que ella pudiera regalársela a sus hijos —le explicó con paciencia.

Naruto se levantó despacio. Se acercó a su escritorio, apoyó una cadera en la esquina, se cruzó de brazos y miró descaradamente a su interlocutor.

—¿De verdad espera que crea que Hyuga habría forzado este enlace si hubiese tenido intención de dejarle a usted su patrimonio? ¿Qué motivo podría haber tenido yo para casarme con su hija sin una dote?

Neji echó la cabeza hacia atrás con indiferencia.—Su dote, milord, era la cancelación de las deudas sustanciales que usted tenía. ¿Acaso pensaba que, además, iba a compensarlo? —bufó con sarcasmo.

Naruto se irritó, y el incremento constante de su rabia hizo que empezara a latirle una vena del cuello.

—Le diré lo que pienso, Hyuga —señaló con una voz peligrosamente grave. —Creo que usted y su pequeña maquinaron este engaño. Creo que los dos decidieron que se quedarían con las riquezas del capitán Hyuga. Creo que los dos, con la ayuda de un abogado impostor, falsificaron un testamento con el fin de obligarme a soltar el dinero, alimentando la suposición de que, una vez casados, yo no me divorciaría de ella para evitar el escándalo, y ella continuaría viviendo en la abundancia cuando usted presentara su reclamación. Eso, dando por supuesto, claro, que usted no lograra matarme.

Neji, perplejo, apretó mucho los labios

—Usted puede interpretarlo como quiera, Uzumaki, pero sepa que llevaré esto a los tribunales si es necesario. Le sugiero que, antes de despacharme tan alegremente, me devuelva lo que me pertenece. ¡Es más sencillo para todos y suscitará menos chismorreos sobre usted y la marquesa que una larga disputa judicial!

El aristócrata rio impertinente.

—Me subestima mucho, Hyuga. No me asusta lo más mínimo el escándalo, ni me preocupa en absoluto divorciarme de la hija del capitán. Y me quedaré la condenada fortuna del capitán Hyuga por el tiempo que me ha robado y los problemas que me ha ocasionado.

El rostro de Neji se tornó púrpura.—Esto podría arruinarlo —susurró furioso, golpeándose el muslo con los guantes para dar mayor énfasis.

—Lo dudo seriamente —replicó Naruto. —Y yo que usted me lo pensaría dos veces antes de amenazarme, señor. Es usted un charlatán que merece que lo cuelguen y le aseguro que me encargaré de que así sea.

Neji palideció

—Medite lo que le digo, Uzumaki. El testamento no se ha ejecutado totalmente y, si me veo obligado a resolver esto en los tribunales, no se pagará a los acreedores de Hyuga, y eso, amigo mío, caerá sobre su cabeza —le replicó.

—Salga de mi casa —gruñó Naruto.

—¡Es usted un imbécil, Uzumaki! —Dio media vuelta bruscamente y casi chocó con una silla. Se dirigió airado a la puerta y la abrió de golpe, luego se detuvo para mirar por encima del hombro.

—Será la deshonra de su familia. Otra vez.

—Oh, no lo creo —dijo el marqués muy sereno. —Antes me encargaré de que lo cuelguen, se lo aseguro.

Neji frunció los labios; pareció que iba a decir algo más, pero, pensándolo bien, salió garboso de la habitación. Naruto se dirigió despacio a la puerta, la cerró y volvió al montón de vestidos. Se acercó uno azul a la cara e inhaló su aroma, luego lo dejó caer y se dirigió al aparador y a la docena de botellas que allí había.

Neji maldijo en voz baja mientras avanzaba a grandes zancadas por el pasillo. Zabuza era un completo imbécil si pensaba que Uzumaki cedería. Aquel diablo no aceptaría las demandas de nadie, estaba convencido. Cuando se dirigía brioso al vestíbulo, lo sobresaltó la puerta de la biblioteca, que se abría en aquel momento. Hinata apareció en el umbral y se lo quedó mirando obnubilada.

Parecía un espectro, ojerosa, con la mirada apagada. Había perdido su chispa innata. El pelo le caía sin gracia por la espalda, sujeto con un cordel de cuero a la altura de la nuca. Llevaba un vestido marrón, liso, sin forma, y un libro encuadernado en piel abrazado contra el pecho.

—¡Dios mío! —no pudo evitar exclamar.

—Me han prohibido que te vea —dijo inmutable.

Neji miró por encima de su hombro y se metió de prisa en la biblioteca. Hinata no hizo ademán alguno de moverse y tuvo que rodearla para entrar. La biblioteca estaba sumida en una oscuridad agobiante; Neji fue directo a las ventanas, para abrir las dos después de correr las cortinas y subir las persianas. Deslumbrada, ella guiñó los ojos y se volvió para evitar la intensa luz solar que entraba en la habitación.

—Naruto se enfadará si te encuentra aquí —anunció, serena.

—¡Por favor, Hinata, mírate! —exclamó Neji.

Su prima se encogió de hombros y se acercó a un butacón, muy despacio, como si llevase encima un peso enorme. Dejó el libro en la mesa sin ningún cuidado, luego se desplomó en la silla desmadejada, como una muñeca de trapo.

—¿Qué te ha hecho? —le preguntó él muy alarmado.

Hinata no lo miró, ni se movió un solo milímetro. De pronto desesperado, Neji cruzó la estancia de dos zancadas furiosas y la cogió por el codo, enderezándola con una fuerza que lo sorprendió. Ella no emitió ningún sonido; se volvió hacia él con la mirada perdida.

—¿Qué te ha hecho? ¿No te da de comer? —bramó, consternado por tan absoluta apatía.

Hinata bajó la vista.—¿Qué importa?

Neji se inclinó sobre ella, le cogió la barbilla y la obligó a levantar la cabeza para poder mirarla bien a los ojos.

—Importa.

Los ojos de ella brillaron un instante, luego volvieron a apagarse. Conmovido y angustiado por la desolación que vio en ellos, Neji se irguió despacio y se pasó una mano por el pelo. El monstruo de Uzumaki le había partido el alma. Pero aún le dolió más, mucho más, darse cuenta de que todo aquello era obra suya. Se apoderó de él un sentimiento de culpa, que haría cualquier cosa por sofocar.

—¡Maldita sea, no sé qué te ha hecho, pero no puedes seguir así! —Ella no respondió, lo ignoró por completo. Neji respiró hondo. —Jamás te creí una cobarde, Hinata.

Esta se miró el regazo, inmutable.

—No soy una cobarde.

—Pues te comportas como si lo fueras —la interrumpió él. Con los brazos en jarras, la miró con desdén. —Te acusa de delitos horribles que no has cometido, ¿y respondes así?

Ella hizo una mueca y, levantándose de la silla, se dirigió sin fuerzas a los ventanales.

—¿Cómo debo comportarme? ¿Debo fingir que todo es igual que hace cuatro días? —inquirió, dándole la espalda.

—Deberías comportarte como la persona inocente que eres —espetó él.

Hinata se agarrotó.—¿Y qué me propones, que me ponga mis mejores galas y me pasee por la ciudad como si todo fuera normal? —preguntó furiosa.

—Te propongo precisamente eso —contestó su primo enfático, desatando por completo el odio hacia Uzumaki.

Desde la ventana, ella lo miró escéptica por encima del hombro.

—No estás en tu sano juicio —dijo.

La silueta de Hinata recortada por la luz del sol resultaba tan conmovedora como cualquier obra de arte que Neji hubiera visto. Su piel clara, ensombrecida por la luz, resaltaba su tormento, el tormento nacido de un corazón roto, el sentimiento de culpa le dolió como una puñalada profunda.

—¿Te ha pegado? —preguntó en voz baja, furioso.

Hinata soltó una carcajada amarga.—No

—No voy a tolerarlo. ¡No toleraré que te intimide así! —dijo Neji con voz ronca, acercándose a ella. Hinata se esforzaba por contener las lágrimas, y todo su cuerpo temblaba del esfuerzo. Neji le puso la mano en el hombro.

Hinata sollozó y perdió el control. Brotó de su interior un torrente de lágrimas que la hizo desmoronarse. Neji la sujetó y la abrazó, luego, cogiéndola por la nuca, le apoyó la cabeza en su pecho mientras los sollozos sacudían su cuerpo frágil. Ella se aferró desamparada a las solapas de su chaqueta y lloró como si se le hubiese partido el corazón. El la estrechó, protector, en sus brazos, tragando saliva para deshacerse el nudo de angustia que se le había formado en la garganta, hasta que al fin cesó el llanto y ella le soltó las solapas.

—Hinata, pequeña —le susurró. —lo siento mucho. Nunca pretendí hacerte daño, debes creerme.

A ella le cayó una lágrima por la mejilla y tragó saliva.

—Tú no me has hecho daño, Neji. Fue papá. Pero no te preocupes... Me alegra saber con qué clase de hombre me he casado —murmuro sin mucho convencimiento. —Ni una más. No voy a derramar ni una sola lágrima más por él —hipó.

—Bien —declaró su primo tranquilizador.

—No, lo digo en serio. ¡Ni siquiera se ha molestado en creerme! No te conoce, pero da por hecho que eres malo Además, ¡ni te imaginas la rapidez con que decidió que yo le había mentido! Me merezco un poco de consideración, ¿no te parece? —inquirió mirándole el corbatín.

—Por supuesto —coincidió él.

—¡Me ofende! ¡Jamás le he dado ningún motivo para que dude de mí!

—Sé que no, pequeña —confirmó Neji, alentado por la paulatina recuperación del ánimo de su prima.

Hinata se apartó de él de pronto y se limpió la nariz con el dorso de la mano.—¿Por qué voy a tener que quedarme encerrada en esta condenada casa? ¡No he hecho nada malo!

—Si te quedas encerrada en casa, consumiéndote, pensará que tienes algo que esconder —la animó él.

—No tengo nada que ocultar —solto Hinata ceñuda, pero su enfado pronto se transformó en desazón. —Pero ¿qué hago? —inquinó con tristeza.

Neji la condujo a un butacón.

—Tú no has hecho nada malo, independientemente de lo que él crea. A mi juicio, deberías seguir adelante. Déjalo que cargue él con el peso de su desconfianza —le sugirió con seguridad.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a que deberías salir y presentarte en sociedad como te corresponde.

Hinata meditó aquello, aún con el ceño fruncido. —¿Salir? —preguntó titubeante. —No puedo salir sola, ¿no?

—Yo te acompañaré —dijo él, alzando la barbilla.

El solo pensamiento espantó a Hinata, que negó enérgicamente con la cabeza.

—No creo que sea buena idea... N...no... no se me permite verte.

—¡Por Dios, Hinata!, ¿vas a dejar que te controle así? ¿Le vas a permitir que te prohíba relacionarte con tu propia familia? ¿Te dice acaso cuándo puedes comer o dormir? ¿Estás presa aquí? —inquirió Neji.

Ella entrecerró los ojos, que produjeron un fugaz destello.

—¡No, no soy su prisionera! —Se recostó en los cojines y estudio con detenimiento el estampado del brazo del butacón.

Neji miró nervioso a la puerta. Uzumaki lo mataría si lo encontraba allí. Se volvió hacia su prima y se puso en cuclillas junto a su asiento.

—Hinata, tengo que irme antes de que nos descubra. Deidara Green organiza uno de sus infames jolgorios esta noche —le propuso impetuoso. —Te veo en el parque a las ocho en punto. ¿Vendrás?

Ella no levantó la vista del brazo del butacón durante un buen rato, pero, despacio, poco convencida, asintió con la cabeza.

—Iré —murmuró. —Nos vemos allí. No puede tenerme presa... ¡ni el ejército del rey me detendrá! —Con aquella aseveración poco categórica, alzó la vista y sonrió a su primo.

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Continuará...