Capítulo XIX
Mil años
Los días transcurrieron.
El sosiego resurgía poco a poco en el alma de Sakura. La albarda de aflicción, como la abundancia de algarabía, era una cosa violenta, pero efímera. La pelirosa había sufrido tanto, que ya no le restaba nada más que el estupor.
A pesar de lo acontecido la expectativa regresó a ella, en unión a la seguridad. La guerra había llegado a su fin y todo a su alrededor parecía una ensoñación.
Tras largos meses de viaje, resolvió que era momento de regresar a casa, al lugar donde pertenecía. Sentía alejarse de ella, las terribles imágenes que durante tanto tiempo aparecían en sus sueños. Todos aquellos espantosos episodios, la traición de Sasuke, la muerte de Neji, se iban borrando de su imaginación.
Postrada en el borde de la cama, dirigió el miramiento esmeralda a la mesa donde reposaba su espada. Gastada, se puso de pie y paso de largo el objeto al salir de la habitación.
Un pinchazo de culpa la golpeó en el pecho. Si bien, no todas las experiencias durante su ausencia fueron malas, prefería no pasar mucho tiempo inmerso en los recuerdos.
Descendió por la escalera, acariciando con la punta de los dedos la balaustrada de madera desgastada Sus pasos sonaban amortiguados gracias a la sucia alfombra que revestía los peldaños.
Cuando llegó a la planta baja, se precipitó hacia los jardines. Una brisa cálida y el aroma de distintas flores la envolvieron; los rayos del sol acariciaban plácidamente su piel, mientras el viento jugueteaba con los mechones de su corto cabello.
Su casa era un poderoso calmante, la parsimonia que fluía a través de los poros de la piedra y las plantas era tan acogedora que adormecía el alma enferma. A medida que cerraban las heridas internas, volvía a florecer.
Tomó asiento al borde de una de las fuentes, prestando atención al sonido que emitía el agua al fluir por su cauce. Y mientras tomaba un poco de aire fresco, se percató de todas las cosas que había perdido a lo largo de su vida, evocando en la memoria la efigie de Sasuke.
Después de una serie de traqueteadas imperiosas provocaron que todo se derrumbara en ella, a expresión de algo en lo que encontró en pie su alma, un sentimiento genuino y longevo: su amor por Sasuke.
La emoción verdeaba en su corazón destrozado. Sin duda, pensaba en el soldado con amargura. Una es más, la vida se las apañaba para mantenerlos alejados, tal como debió ser desde el inicio. Sabía que después de su reunión con él en el campamento, los soldados de la guardia real lo confinaron en un calabozo por órdenes del consejo. Aun no se establecía una fecha para su juicio y eventual condena, sin embargo, los cargos por los cuales lo acusaban le acreditarían un pase directo a la horca.
Sus pensamientos se vieron interrumpidos al escuchar un suave andar aproximarse hacia ella. Al levantar la mirada, aun envuelta en la telaraña de recuerdos, Sakura contempló a su padre; Kizashi se dirigía a la fuente con paso lento y firme, sostenía el peso de su cuerpo con ayuda de un bastón, y lucia con energía renovada. De inmediato, la pelirosa abandonó su asiento para acercar una silla y auxiliarlo a recorrer los escasos metros que le faltaban.
Tomó su mano, arrugada como la piel de los pergaminos, suave en contraste a las de ella, mismas que estaban ásperas y callosas gracias a la espada.
Sakura tenía la sensación de que habían pasado mil años desde día que salió de casa y se sumergió en la escurad del bosque para iniciar su escape hacia el Norte.
Solo ahí, observando a su padre, se percató del tiempo transcurrido y que nunca recuperaría. Kizashi estaba enfermo, su condición empeoraba con el transcurrir de los días.
No obstante, aquella hermosa mañana de invierno, abandonaba su habitación para disfrutar de los cálidos rayos del sol y la compañía de su única hija, tal como solían hacerlo meses atrás.
—Es un bello día— dijo al mismo tiempo que lanzaba un suspiro—. Sería una lástima desperdiciarlo estando recluido en la habitación.
—Madre va a asesinarnos a ambos si se entera— espetó ella, ayudándolo a tomar asiento—.A ti por desobedecer sus órdenes, y a mí por ser tu cómplice.
—No sería la primera vez que hacemos esto, ¿cierto?
Sakura esbozó una sonrisa nostálgica.
—Es agradable estar de vuelta— masculló Sakura, estrujando con delicadeza la mano de Kizashi.
— ¿Podrías cantar algo para mí, pequeña?— solicitó, manteniendo la mirada fija en las copas danzantes de los árboles, disfrutando del paisaje que durante muchos meses se vio corrompido por la muerte y destrucción.
Extrañada, asintió.
Si bien, no tenía la mejor voz, recordaba que cuando era adolescente adoraba cantar. Sabía de memoria un sinfín de sonetos, canticos que relataban las historias de valientes guerreros y hermosas princesas. Se preguntaba si en algún futuro, alguien recorrería los pueblos divulgando la historia de su viaje, o tal vez, se desvanecería de la memoria sin pena ni gloria.
En voz baja, comenzó a recitar la tonada que hablaba de la triste relación entre un príncipe y una joven noble. Recordaba las veces en las que el Reino sangró por culpa del amor, Minato Namikaze renunció a la corona por el amor que sentía por Kushina, inclusive, ella misma renunció a la felicidad por Sasuke.
No era nada diferente a la protagonista, quien sobrevivió a la tragedia y pasó el resto de sus días recluida en los salones vacíos del palacio, evocando los fantasmas de aquellos a quienes una vez amo y perdió.
Cuando finalizó la canción, elevó los fanales esmeraldas hacia la faz de su padre; Kizashi tenía una mueca de absoluta calma, sus ojos cerrados y una ligera sonrisa en sus labios.
— ¿Padre?— llamó, trémula. Delicadamente colocó una mano sobre su hombro y lo sacudió, sin obtener respuesta—. Papá, vamos, te ayudare a llegar a tus aposentos— masculló, obteniendo como réplica un profundo y desgarrador silencio.
—Papá, por favor, no me hagas esto— suplicó; lágrimas resbalando por sus mejillas, al tiempo que sus delgados dedos se aferraban al ropaje de su pecho—. Por favor, por favor, despierta— susurró entre sollozos.
El llanto afloró, y pronto los gritos desgarradores de la pelirosa resonaron en los rincones de la casa.
Kizashi había muerto, y con esto, la maldición de la espada se cumplía: los tres males estaban hechos.
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Los rayos del sol comenzaban a filtrarse por la ventana, iluminando tenuemente la habitación.
Sakura se removió entre las mantas, inquieta. Había pasado casi toda la noche en vela, intentando sosegar sus pensamientos. Tres meses transcurrieron desde la conclusión de la guerra; la tarde anterior, recibió un decreto real, solicitando su presencia en la reunión del consejo, puesto que se debatiría el destino de Uchiha Sasuke.
No pudo evitar pensar en el azabache, en realidad, pasaba la mayor parte del tiempo evocándolo en el pensamiento, y solo descansaba cuando las necesidades de la casa eran más grandes que las de su corazón.
Después de la muerte de su padre, la pelirosa se percató que las deudas eran más grandes de lo que imaginaba, los Haruno estaban en la ruina, sin ninguna pieza o moneda de oro en sus arcas. Kizashi había despilfarrado la mitad de la fortuna en negocios fallidos, poniendo en riesgo la estabilidad económica de su esposa e hija. Era la principal razón por la cual concertaron un compromiso entre ella y Neji; el sobrino de Hizashi, adquiriría la mitad de la fortuna de su familia, y el resto cuando el patriarca fallecerá. Su padre imaginaba que los Hyuga los ayudarían a saldar los adeudos acumulados a lo largo de cinco años, viéndose en la necesidad de ofrecer la mano de Sakura en garantía. La situación era ventajosa para todas las partes involucradas, excepto para la única cierva de la estirpe Haruno.
Adormilada, se levantó de la cama, sintiendo como un escalofrió le recorría la espalda al situar ambos pies en el gélido suelo. Talló los ojos para disipar las lagañas, y humedeció su rostro con un poco de agua fría mezclada con esencia de jazmín y lavanda.
Desguarnecida de lujos, Sakura se vio obligada a vender las propiedades que le restaban para pagar las deudas; se disculpó con la servidumbre y les otorgó el pago apropiado, y con el dinero restante, adquirió una diminuta casa ubicada en el bullicioso centro de la ciudad. Poco tiempo después, consiguió trabajo con un comerciante, lo auxiliaba a llevar las cuentas del negocio, sabía leer y escribir a la perfección y poseía un vasto conocimiento en la administración, gracias a su padre.
Si bien, aquello no costeaba la vida de lujos y comodidades con las que creció, era suficiente para llevar pan a la mesa y solventar otros gastos de mayor relevancia.
Aquellos pensamientos rondaban por su mente mientras buscaba el atuendo apropiado para presentarse en la corte. Ya no contaba con atavíos de seda, bordados con hilo de oro ni con joyas preciosas, había vendido todos los objetos de valor disponibles, cambiando sus ostentosas indumentarias en ajuares austeros.
Contempló de reojo la espada enfundada, ocultó en lo más profundo del baúl, lejos de la vista de los mortales. Se había prometido a si misma jamás desenvainarla, había pagado el precio.
Apresurada, extrajo un vestido que ella misma confeccionó; se trataba de una pieza con cintura alta y suelta, la falda fluía hermosa, tenía bordados en el escote, asi como en el área de los brazos. Para agregar un toque final, decoró su cuello con el collar que Neji le había obsequiado antes de morir, era una pieza exquisita de joyería, y la única que conservó.
Atisbó su reflejo en el espejo durante algunos segundos, analizando su aspecto. Ya no era una niña. En el pasado quedaba la Sakura que irradiaba algarabía, la de cabello largo y pies descalzos, que portaba coronas de flores y lindos vestidos de algodón. Ahora, era un recuerdo que poco a poco iba desvaneciéndose. Se sentía irreconocible.
Lanzó un suspiro, largo y pausado. Determinada a presentarse en el juicio, abandonó la habitación. En la planta baja encontró a su madre postrada cerca del fuego, zurciendo sus propias medias, lanzaba trémulas quejas. No estaba habituada a ese estilo de vida, durante toda su existencia, Mebuki estuvo rodeada de opulencia, provenía de una familia acomodada, las historias decían que eran descendientes directos de un antiguo rey. No obstante, su madre era el último vestigio viviente, sin derecho a reclamar la fortuna o tierras que una vez pertenecieron a su padre.
— ¿Saldrás?— preguntó la mujer al percatarse de su presencia, clavando la mirada inquisitiva en su rostro.
—El Gran Consejo se reunirá hoy— respondió—, solicitaron mi presencia en el juicio.
—Deberías dejar de perder el tiempo— dijo, mordaz, retornando la mirada a la tela desgarrada—, el consejo no va a compensarte por tus acciones insensatas.
Sakura contuvo las ganas de poner los ojos en blanco. Si bien, la relación con su madre siempre fue especial, durante los últimos meses Mebuki se había encargado de recordarle cada día como sus deshacerlas decisiones las llevaron a la ruina. No todo era su culpa, lo sabía, asi como estaba consciente que la amargura dentro del corazón de aquella dama la obligaba a decir cosas que no deseaba.
—Por supuesto que no, madre— coincidió ella—, las arcas del reino están vacías.
—Con mayor razón, querida— profirió, lanzado con desdén el vestido—. A estas alturas, lo único UE podríamos esperar es que algún comerciante acaudalado pusiera los ojos en ti. Eres hermosa, no pasaras desapercibida, sin embargo, entregaste todo por ese criminal— agregó, refiriéndose a Sasuke—. Que decepción se llevaría en la noche de bodas al darse cuenta que no eres una doncella.
Sakura la miró, taladrándole la nuca con una mirada de energúmeno desasosiego. Sopesó la posible respuesta en silencio al tiempo que se detenía cerca de la puerta de entrada. Tomó una honda bocanada de aire, sin saber precisar como sacó las palabras, dijo:
—Lo lamento.
Mebuki recayó en una atropellada afonía, tomando consciencia de sus palabras.
—Rezare para que encuentres el sentido y cambies de parecer.
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Sakura sintió todas las miradas clavadas en ella cuando pasó a caballo: miradas asustadas, tristes, algunas de odio y otras de admiración. Nadie se atrevió a decirle nada ni trató de cerrarle el paso. Su magnífica intervención en la batalla le valió el respeto de la gente. Sin embargo, aquello la incomodaba. Las personas creían que era una enviada de los dioses para rescatarlos de la miseria, ella pensaba que las expectativas de estos seres divinos la sobrepasaban.
Se apeó del alazán y entregó las riendas a uno de los guardias para que lo llevaran a las caballerizas. El sitio donde se llevaría a cabo el juicio se situaba lejos del palacio. Era un edificio formado por cuatro torres de cristal y paredes de mármol.
Uno a uno, subió los inmaculados peldaños; sus piernas habían adquirido la sostenibilidad de dos masas gelatinosas. Tenía el alma en vilo y un montón de nudos prietos en el estomagó. Le costaba respirar con normalidad, sentía como su martilleante corazón golpeaba su caja torácica y el palpitar retumbaba detrás de sus oídos, como un tambor de guerra.
Contemplaría a Sasuke después de varios meses de espera. Tanto ella como Naruto, procuraron abogar a su favor, prolongando la inminente condena que los ancianos tenían en mente. Le aterraba imaginar que las demás personas que componían el consejo se mostraran de acuerdo con ellos.
La reputación magullada de los Uchiha al verse envueltos en la última guerra, provocaba desazón en las personas. La gente del pueblo clamaba justicia, y si bien Obito la recibió gracias a la espada de Sasuke, ninguno de ellos lucia conforme con la decisión, acrecentando las posibilidades de desatar una revuelta.
Cruzó el enorme Arco de la Expiación hasta llegar a la gran sala de suelo marmolado. Sobre su cabeza se alzaba una cúpula de oro y cristal, proyectando el reflejo de los rayos del sol como un colorido caleidoscopio por las paredes y el piso del lugar. En el centro yacían esparcidos los asientos correspondientes para los miembros del Gran Consejo.
Apenada por su demora, reanudó el paso hasta situarse a un costado de Naruto, quien la recibió con una cálida y gran sonrisa.
Pocos segundos después, arribó Kakashi, custodiado por su selecto sequito de guardias reales. Al verlo ingresar a la sala todos se pusieron de pie en señal de respeto. Los ancianos se resguardaron el derecho a hacerlo; despreciaban al peliblanco tanto como detestaban a los Uchiha.
—Estamos congregados aquí hoy, bajo la vista de los dioses, para deliberar el destino de Uchiha Sasuke— Kakashi carraspeó para aclararse la garganta—, a quien se le acusa de traicionar al reino e involucrarse en facciones que ponen en riesgo la integridad de la corona.
Sakura estrujó con discreción la falda de su vestido. Estaba nerviosa, jodidamente histérica.
—La corona solicita que cada uno de los aquí presentes exprese los motivos por los cuales Uchiha Sasuke debería o no ser ejecutado— dijo el peliblanco con un toque de desinterés.
—Con todo respeto, su majestad, sugiero que dejemos de aplazar lo inevitable y le otorguemos su merecido castigo al traidor. La prevaricación corre por la sangre de los Uchiha, Obito fue una clara muestra ello— espetó uno de los grandes señores, a quien la pelirosa logró identificar como Lord Musashi.
El barullo de aprobación resonó en la sala. Los ancianos se mostraban de acuerdo con lo expuesto por Musashi, quien con una sonrisa pletórica en los labios, retomó asiento.
—Silencio en la sala— comandó el rey.
—Por si lo han olvidado, los Uchiha ayudaron a fundar este reino— rebatió otra dama en la sala.
—Y Madara Uchiha se aprovechó de la ingenuidad de Hashirama y forjó un reclamo al trono, desatando una sangrienta guerra— respondió Takeda Shingei.
Los murmullos agitados renacieron. Sakura resopló, ahogando un chillido. La oportunidad de salvar a Sasuke se le iba entre las manos como granos de arena.
—Uchiha Sasuke no merece el perdón, y su casa debería permanecer en exilio. Corten su cabeza y clávenla en una pica para que sirva de advertencia— señaló Lord Hideoshi.
—Si se detiene un momento a contemplar tras los muros de la ciudad, encontrara a más de un millar de hombres que le explicara porque es conveniente mantener a Uchiha Sasuke con vida— dijo Naruto con vehemencia.
—Ustedes pueden olvidar y perdonar fácil, pero nosotros no. Uchiha Sasuke es un traidor, mostró su apoyo a un tirano, al igual que los miembros de su casa— respondió Mushashi.
—Y gracias a Sasuke logramos librarnos de ese tirano y acabar con su régimen de terror— señaló Sakura cuando logró sacar la voz.
De nueva cuenta, Kakashi se vio obligado a frenar el barullo e imponer un orden. La decisión estaba dividida; si condenaba a Sasuke a muerte posiblemente desataría otra guerra, pero si lo dejaba en libertad, los grandes señores removerían su apoyo del consejo, situándolo en una situación más complicada de la que ya atravesaba.
—El reino ya ha sufrido demasiado, sangre inocente se derramó a costa de las ambiciones de hombres poderosos durante siglos. Es mi labor como regente y protector del reino tomar una decisión— habló, adusto.
—No te corresponde decidir por encima de los demás, cualquier veredicto debe pasar por nosotros. — dijo Koharu Utatane.
—Soy el rey, el consejo existe con el propósito de ayudar al monarca a gobernar el reino y asegurarse que todas las decisiones se realicen con el mejor interés para la nación y sus habitantes— espetó Kakashi, clavando la gélida mirada en ambos ancianos, sonando tan impersonal como era posible—, y me temo que en eso, han fallado.
Sakura se removió inquieta en su asiento. Deseaba, con todas sus fuerzas, que Sasuke librara la condena de muerte, aunque no saliera completamente indemne de sus crímenes.
—Es por eso que condenó a Uchiha Sasuke al exilio— rumores sorprendidos reverbaron en el tribunal—.No tendrá derecho a poseer tierras ni títulos, tampoco podrá desposar a una mujer o tener hijos.
Todo a su alrededor daba vueltas. Sintió como una mano gélida le oprimía el corazón. No era la sentencia que buscaba para Sasuke, pero al menos tendría la certeza de que se encontraba con vida.
Las entrañas se le removieron, y poco a poco, comenzó a retomar consciencia. Tenía el estómago lleno de bilis, podría jurar que si no lograba sosegarse terminaría por vomitar en la sala de juicios.
—No tan rápido, Kakashi— llamó Koharu; si las miradas fuesen dagas, el peliblanco yacería tendido en suelo sobre un charco de sangre. El desprecio de la anciana era evidente. Durante todos esos años, tanto ella como su hermano, se las habían apañado para influir en las decisiones políticas de los antiguos reyes. A Sakura le sorprendía como es que ambos continuaban ejerciendo el poder desde las sombras, y llegó a la conclusión de que los secretos conferían cierto dominio sobre los implicados—. Como miembros del Consejo Supremo, hemos decidido realizar una elección para elegir al próximo rey o reina. Tus acciones como soberano nos llevaron a librar la más cruel y sangrienta guerra que hemos contemplado hasta ahora.
Kakashi asintió e hizo una señal. Descendió del estrado y tomo asiento en uno de los bancos dispuesto para los testigos.
—La condición de los aliados para mantener el trato fue que se coronara a Haruno Sakura como reina— recordó el peliblanco, posando la oscura mirada en la pelirosa.
Sakura levantó la vista para enfrentarse a la sala; un mar de caras pálidas y muecas desencajadas. Asustada, atisbó a Naruto, quien no terminaba de comprender la situación. Necesitaba ayuda.
Si bien, cuando se reunió con los líderes de los otros reinos acordó que todos saldrían ganando de la situación, no tomó en serio la sugerencia que uno de los consejeros lanzó al aire. Detestaba la idea de cargar con las responsabilidades del reino sobre sus hombros, no era digna ni apropiada, aun cuando sus aliados consideraban que era la persona adecuada para dirigir el Reino del Fuego hacia una era de paz y progreso.
—De pie, niña— solicitó Homura Mitokado.
Tragó un poco de saliva. Las piernas le temblaban y trastabilló con la falda de su vestido cuando dio un paso al frente. Afortunadamente, Naruto estaba ahí para sostenerla.
Con paso lento y la mirada al frente, Sakura reunió toda la dignidad que tuvo. Sintió las miradas de todos clavadas en ella mientras se situaba en el centro, aguardando el turno para ser juzgada.
—Asi que…tu eres la chica que salvo al reino de la miseria— espetó Koharu, estudiándola de pies a cabeza.
—Si— respondió, tan firme como el temblor en su voz y el calor en el pecho se lo permitían.
—Los reyes que una vez fueron nuestros enemigos solicitan que seas tú quien se postre en el trono, ¿Qué es lo que tienes que decir al respecto?— indagó Homura.
Ella permaneció en silencio durante algunos segundos.
—Creo que sería un error— admitió.
Los ancianos la contemplaron con curiosidad. Cualquier persona en su posición, aceptaría el puesto de ipso facto.
— ¿Por qué motivo?
—La incompetencia no debe premiarse con la lealtad ciega— desvió la mirada al suelo y esbozó una sonrisa irónica—. No provengo de una gran casa. Fui criada para convertirme en la esposa de un señor poderoso, mientras contempla a mi hermano prepararse para asumir el puesto de mi padre.
—Y formaste un ejército formidable, lograste lo que muchos reyes buscamos durante años— dijo Naruto, mirándola con curiosidad—.Tu lealtad esta con el pueblo, el mismo que sufre bajo los déspotas y prospera bajo gobernantes justos. El pueblo no tiene mejor oportunidad que contigo.
Sakura no respondió. Sopesaba los pros y los contras de las respuestas; si elegía convertirse en reina, las nuevas obligaciones que traían la corona y el trono consigo acapararían la mayor parte de su tiempo. Las arcas estaban vacías, los almacenes desolados. Pronto llegaría el invierno, muchas personas padecerían hambre. A esto se le sumaba la presión del consejo; en cuanto se postrara en la silla del poder, los ancianos demandarían un heredero. Habían pasado muchos años desde que el poder se transmitía por línea directa, sin embargo, considerando la opinión que todos tenían sobre ella, sería apropiado que la heroína engendrara a un príncipe o princesa UE preservara su legado. Pero lo que calaba hondo en su corazón era que una vez más perdería su libertad.
Oteó sus manos por un instante o dos. Escuchaba atenta los murmullos detrás de ella, y lanzó un suspiro, fuerte y pausado. Clavó los fanales esmeraldas en los rostros arrugados de los ancianos, y con tono determinante dijo:
—Lo lamento, pero no— el rugido fue ensordecedor. Hizo falta que los guardias intervinieran dando golpes contra el suelo con el asta de la sala para imponer silencio—. No quiero ser reina.
— ¿Estas segura de lo que dices?— interpeló Homura, escéptico.
—Lo estoy— declaró con voz retumbante.
Koharu le lanzó una mirada fría y airada. Su rostro estaba tan pálido como el mismo mármol que revestía las paredes del salón.
Sin nada más que agregar, dio media vuelta y regresó a su asiento. Tenía la certeza de que si contemplaba atrás estaba perdida.
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Luego de pasar algunas horas deliberando quien tomaría el trono, el consejo en conjunto con los nobles, acordaron la permanecía de Kakashi como rey. Hasta el momento, la única opción viable había rechazado la oferta al igual que los demás señores.
El chirrido de las viejas bisagras atrajo la mirada del peliblanco hacia ella.
—Imagine que te habrías marchado a casa yo— dijo, esbozando una cálida sonrisa.
Sobre el escritorio se apreciaban pergaminos viejos y cera derretida, el libro de cuentas se encontraba abierto, expuesto a la vista de Sakura. Los meses de encierro solo propició a la acumulación del trabajo; había muchas cartas por responder, demasiados pergaminos por enviar y un sinfín de personas con las cuales tratar.
La luz invernal ardía débilmente tras las cortinas de la ventana. Sakura se dispuso a reposar su cuerpo sobre una de las sillas encofinadas, manteniendo la mirada fija en el rey.
—Estaba a punto de hacerlo cuando dos guardias lo impidieron— dijo con sarcasmo, arrancando una pequeña sonrisa de aquellos finos labios.
Lo cierto era que no tenía idea del por qué Kakashi deseaba hablar con ella. Quizás tocarían el tema del rechazo de la corona o la condena de Sasuke, pero no deseaba charlar al respecto. La oleada de emociones la tenía agotada, roída, solo deseaba llegar a casa y meterse bajo las cobijas, sin embargo, sería una fortuna si conseguía hacerlo.
—Me gustaría haber conseguido una sentencia más justa para Sasuke. — Dejó la pluma a un lado con gesto sereno.
El frio se hacía sentir por la habitación, a pesar de que las ventanas permanecían cerradas la mayor parte del tiempo.
Sakura se removió en su asiento, inquieta. Esperaba conseguir un minuto a solas con Sasuke antes de su partida. El último encuentro dejó un sabor amargo en su boca. A pesar de la historia que compartían, el pelinegro no merecía marcharse pensando que ella lo detestaba.
—No voy a justificar lo que paso. No lo intentare— declaró, sombría. Entendía que el azabache merecía un castigo por sus actos.
—Por supuesto que no— Kakashi estudió el hermoso rostro de la pelirosa sin permitir que sus ojos parpadearan—.Sé que lo amas— hizo una pausa, meditando sus palabras—. En ocasiones, el amor es más poderoso que la razón. Hiciste lo que debías, Sakura.
El deber era un juego peligroso, inestable y truculento hasta para el hombre más honorable. Sasuke los había traicionado en orden para salvar a su padre, puesto que consideraba era lo correcto. No iba a culparlo, de hallarse en la misma posición, quizás hubiese actuado igual. Pero no necesitaba pensar mucho en el pelinegro, cuando sus propios actos la llevaron a engañar al hombre que la ama.
— ¿De verdad lo hice?— cuestionó, situando sus ojos verdes sobre las manos que reposaban en su regazo.
—Tendrás que preguntarlo de nuevo dentro de unos años— contestó Kakashi con un suspiro.
Ambos guardaron silencio.
De uno de los cajones, el rey tomó un pequeño saco de tela y lo colocó sobre el escritorio. Consternada, la pelirosa elevó la mirada, el gesto melindroso se vio sustituido por uno de completo estupor.
—Intentare entregarte la parte restante dentro de algunos días, por el momento, esto debe bastar para saldar unas cuantas deudas.
La pelirosa lo tuvo en claro cuando el peliblanco le tendió la diminuta bolsa con monedas. La estudió por fuera un par de minutos, intercalando la mirada una y otra vez entre el rostro de Kakashi y el saco de tela. No se atrevió a abrirlo.
—No debes tratarme como una obra de caridad— dijo, haciéndose eco la ofensa que el ofrecimiento había causado en ella.
—No es una obra de caridad— aclaró Kakashi—. La misión que le encomendé a Sasuke antes de marcharse a la guerra se cumplió. Las reliquias están a salvo. Este es el pago por su trabajo.
El palpitar de su corazón no daba tregua a sus pensamientos. Enmudecida y con manos temblorosas, tomó el saco, colocándolo sobre su regazo. Había olvidado por completo el tema de las reliquias, el motivo por el cual la guerra inició y ella se vio obligada a escapar.
—También…— masculló Kakashi, inseguro de cómo proceder—.Me gustaría que formaras parte del consejo, como Administradora.
La pelirosa lo contempló durante un momento, considerando si era realmente apropiado inmiscuirse en los asuntos del reino. Lanzó un largo y pausado suspiro. Desconocía el rumbo que su vida tomaría después de eso, se sentía perdida, magullada.
—Gracias por la oferta— dijo, hilvanando una cálida sonrisa—, pero no puedo aceptarla— concluyó a la par que mordía su labio inferior—.Es momento de regresar a casa.
Sin nada más que añadir, se puso de pie y abandonó la sala, ofuscada por la ola de emociones y sentimientos que la abrumaban.
Era incapaz de soportarlo un minuto más, el dolor oprimía su alma.
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Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Se pasó las horas tumbado en el suelo cubierto de paja, en la oscuridad, contemplando el techo, acompañado de sus fantasmas. Vio a Sakura sonreír y danzar en el campo de flores, atisbó su cuerpo desnudo, y la forma en la que temblaba a su tacto. Vio a su padre morir decapitado. Vio la sonrisa astuta de Shisui, y vio a Itachi, ambos como niños, jugando con espadas de madera mientras pretendían ser honrosos caballeros de la Guardia Real.
Cuando las primeras luces del alba ingresaron por las rendijas de la pared, intentó ponerse de pie; estaba rígido y dolorido. Llevaba confinado algunos meses en esa celda. Su madre acudía a visitarlo de vez en cuando, la mayor parte del tiempo envuelta en lágrimas y echa un manojo de nervios. Detestaba verlo en ese estado, harapiento, irreconocible.
Su imagen actual distaba mucho de ser la del guerrero del pasado; bajó de peso, tenía el cabello largo y el rostro sucio. Portaba la ropa que portaba bajo la armadura; unos simples pantaloncillos de algodón, camisa de lino y botas a juego. Había perdido el brazo en la batalla contra Obito, afortunadamente, la manga ocultaba la usencia del mismo, sin embargo, el dolor siempre está ahí, palpitante la mayor parte del tiempo y como un latigazo que se extendía desde el hombro hasta el cuello. Estaba claro que nunca más portaría una espada, inclusive, debía considerarse afortunado si salía con vida de esa celda.
Uno de los guardias le llevo el desayuno; empanadas, manzanas y un cuerno de cerveza ligera. Sentía nauseas de solo pensar en comida; tenía el estómago atiborrado de bilis, por lo que solo se limitó a degustar una manzana.
Se removió rígidamente en el piso de piedra. Entre un parpadeo y el siguiente reconocía las ansias de ver a Sakura. Necesitaba hablar con ella antes de la condena, disculparse una vez más por herir sus sentimientos. Ella no merecía eso.
De su garganta salió un inaudible gruñido, preguntándose cómo es que todo había salido tan mal. Sus pensamientos, deambulaban en torno a una sola persona y discurrían tan lenta y tortuosamente como los brebajes utilizados por los médicos para curar las heridas. Nada sería como antes, se encargó de dejarlo en claro la noche en que ella acudió a verlo después de la batalla.
Sus pensamientos se interrumpieron al escuchar la reja abrirse. En un acto reflejo, se removió en el suelo, afianzando la mano a la pared para auxiliarse a ponerse de pie. Sus fanales ónix se clavaron en Sakura.
La pelirosa agradeció al guardia los miramientos. Sintió como una mano helada le oprimía el corazón. Era él quien la traicionó a final de cuentas.
Desde el rincón de la celda, la avizoró con lastimoso detenimiento; la melena larga había desaparecido, portaba un exquisito vestido rojo con escote redondo, ajustado cómodamente alrededor de su estrecha cintura, los puños de las mangas acampanadas alcanzaban sus nudillos; no utilizaba la vestimenta de una dama noble, pero enfatizaba su belleza natural. Debajo de las turbulentas pestañas se encontraba el brillo jade de su mirada traslucida; tan diáfana como para permitir que sus emociones fluyeran atravesó de ellos, tan oscura para ocultar las más pérfidas intenciones.
Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se contemplaron que por un instante imaginó se trataría de una cruel proyección hilvanada por su mente.
— ¿Sakura?— preguntó con voz titubeante y ronca. El escozor en la garganta dificultaba pronunciar palabra—. ¿En verdad eres tú?
Un frio estrangulador lo sacudió de pies a cabeza. Ella procuraba mantener la distancia entre ambos, sabía que estaba evitándolo, pero eso no le importaba. Nunca se consideró a sí mismo un hombre devoto, mucho menos creyente, sin embargo, la aparición de la pelirosa era una señal divina.
—Necesitaba verte— dijo con nerviosismo al mismo tiempo que llevaba un mechón de cabello detrás de su oreja y clavaba la mirada lemanita en su faz.
—De haber sabido que vendrías, habría intentado acicalarme un poco— bromeó. Su corazón dio un vuelco al notar como la comisura de sus labios se levantaba hasta formar una pequeña sonrisa.
—No debes preocuparte por eso…luces bien.
Sasuke asintió en silencio. No sabía que otra cosa decir. Se sentía como un extraño a lado de ella, suizas porque a esas alturas lo era ni siquiera el mismo lograba reconocerse.
—Escuche sobre la muerte de tu padre— masculló, inseguro, buscando un ínfimo atisbo de calidez en los ojos verdes de Sakura—. Lo lamento— se disculpó, sonando realmente afectado.
—No…— sacudió la cabeza, realizando un esfuerzo sobrehumano para contener el llanto—.No tienes por que lamentarlo— espetó, parpadeando en unas cuantas ocasiones para disipar las lágrimas acumuladas.
Estiró la mano para tocarla, aunque finalmente no lo hizo. Sus dedos temblaban ligeramente, tal vez por el frio de la celda o por el trote de emociones que galopaba en su corazón.
—También supe lo de la muerte de Hyuga— señaló—.No conocía muy bien a Neji, pero de algo estoy seguro, si él hubiese escogido como morir habría sido en tus brazos.
Sakura carraspeó un poco.
—El…me amaba, y yo no puede amarlo de vuelta, no de la forma en que él lo deseaba— insegura, dio dos pasos al frente, acortando la distancia que los separaba—. No de la forma en que te amo— aseguró; labios trémulos y mirada cristalina.
Instintivamente, rodeó su cintura con el brazo, apegándola a su cuerpo. Debía aprovechar cada segundo que estuviera a su lado. Ella, en respuesta, acarició su faz con la punta de sus dedos, apartando los mechones de cabello que caían por encima de sus ojos. Sin pensarlo un instante más, posó sus labios sobre los de Sakura, degustando el dulce sabor y la calidez que emanaba de su boca; respondió al instante, desesperada, como si fuese una especie de antídoto contra cualquier veneno.
La chica, colocó ambas manos sobre su pecho y lanzó un gemido quedo al notar como sus dedos se clavaban en la carne de su cintura.
Sin embargo, algo en el interior de Sasuke lo hizo percatarse del mal que estaba causando, y sin preguntárselo, retrocedió, percatándose del doloroso desconcierto en la mirada de su amada.
Lejos de detenerse a emitir explicaciones, Sakura lo comprendió. Aquello era más doloroso de lo que había vislumbrado, verla ahí, de pie, con los ojos cristalinos y el alma herida.
—Lo lamento— susurró.
—Lo sé— respondió ella.
Una afonía abrumadora se instaló entre los dos, confiriéndoles el tiempo suficiente para alcanzar la realización de sus actos y, de una vez por todas, poner un punto final a la historia de amor que habían dejado inconclusa.
—Kakashi vino ayer a anunciar mi condena— espetó con un suspiro. De repente, sentía las piernas trémulas, incapaz de mantenerse de pie. Tomó asiento en la gradilla disponible en la celda, seguido de la pelirosa—. No es lo que habría imaginado para mi vida, pero supongo que es mejor que la muerte.
—Ojala todo hubiese sido de otra forma— dijo ella, tomando su mano—. ¿Puedes perdonarme?
—Konohagakure es libre gracias a ti— estrió su mano, contemplándola directamente a los ojos—. Habrías sido una reina magnifica.
Las lágrimas descendieron por las mejillas de Sakura al mismo tiempo que sonreía.
—Por supuesto que no— profirió, rodando los ojos—. Ambos sabemos que soy terrible en la política.
—Lo dice la mujer que apareció en el campo de batalla con un enorme ejército a sus espaldas.
Ella rió. Encontrarse de esa forma los hacia olvidar el fatídico destino que aguardaba por ambos.
—Quizás tenga un don— admitió, encogiéndose de hombros—. Pero ahora solo quiero hacer las paces conmigo misma, encontrar la calma después de la tormenta.
— ¿Qué es lo que harás, Sakura?— indagó, curioso. Temía que en el camino, ella lo olvidara. No obstante seria egoísta de su parte obligarla a jurarle fidelidad eterna cuando se había encargado de condenarla, traicionarla y herirla. Esperaba que dentro de unos años la vida le otorgara la felicidad que merecía.
— ¿La verdad?, no tengo ni puta idea— admitió. Sasuke sonrió—. ¿Hacia dónde te dirigirás?— preguntó, sosteniendo su mirada.
—Aun no lo sé— confesó, encogiéndose de hombros. Desconocía que rumbo tomaría cuando pusiera un pie fuera de la celda, sin lugar a dudas, seria a un sitio lejano, donde sus pecados no lo persiguieran y, pudiese pasar el resto de sus días en soledad, rumiando sobre todas las decisiones que tomó a lo largo de su existencia—. Quizás al Norte a las montañas, o tal vez al Oeste a la costa.
Como pudo, contuvo el estremecimiento de dolor que la realidad le provocaba.
Antes de que Sakura fuese capaz de formular una respuesta, el guardia apareció, anunciando el momento de la partida de Sakura.
Renuente, la pelirosa se puso de pie. Sostuvo la puerta unos cuantos segundos y viró de nuevo, en dirección a él. En un abrir y cerrar de ojos, envolvió sus brazos alrededor de su cuello, en lo que posiblemente sería un último abrazo.
Sasuke se permitió disfrutar del calor de su cuerpo; cerró los ojos e inhalo el dulce aroma que emanaba de su cabello, hundiendo el rostro en su cuello.
—Mi señora— llamó el guardia, apenado por interrumpir el momento.
Ella se apartó, no sin antes depositar un casto beso sobre su mejilla.
— ¿Te veré mañana?— cuestionó Sasuke, expectante a la respuesta de Sakura.
—Ahí estaré— aseguró ella.
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Se reunieron poco antes de que los rayos del alba se asomaran. La entrada trasera ubicada a la periferia del palacio era poco concurrida en esos tiempos. Kakashi consideraba apropiado que Sasuke abandonara Konohagakure de esa forma, para no causar revuelo. El consejo estaba molesto con su decisión y también la gente, si alguno de ellos tenía atisbo del azabache no dudarían en impartirle un castigo por su propia cuenta.
El pelinegro no lloró en ningún momento ni mostró un gesto de arrepentimiento o aflicción. Su ínfima sonrisa era un poco trémula al despedirse de su hermano. Cuando llegó el momento de la separación, Mikoto rompió en un mar de llanto y Sasuke tuvo que consolarla.
Sakura contemplaba la despedida unos metros más adelante. Tenía el alma en vilo y el corazón estrujado, mas no lo demostró. Se prometió a sí misma no derramar ni una lágrima, al menos no ahora.
Al apartarse de su renuente madre, el azabache se dirigió hacia ellos. Aunque aún lucia desmejorado, llevaba una muda de ropa nueva y el cabello ligeramente corto. Bajo su capa se apreciaba el cinturón de la espada, aun cuando no llevara una consigo, era mejor estar prevenido. Los caminos resguardaban un sinfín de peligros, y eso la abrumaba.
—Entregarte al consejo comenzaría una guerra, y dejarte en libertad también— dijo Kakashi—. Tu contribución en la batalla fue un argumento poderoso para mantenerte con vida.
Sasuke asintió en silencio. Era posible apreciar el arrepentimiento trazado en su efímera faz. No estaba de acuerdo con eso, pero tal como lo había dicho era mejor que morir decapitado.
—Gracias— espetó, realizando una ligera reverencia.
Al plantarse frente a Naruto, el rubio no reparó en muestras de afecto y lo envolvió en un cálido y fraternal abrazo, el cual, entre dientes fue correspondido.
—Puedes venir a verme ¿sabes?, a Uzushiogakure.
—No puedo hacerlo— concluyó Sasuke.
— ¿Crees que nos obligaran a encarcelarte?— bromeó el chico de mirada cerúlea, estrujando su hombro con cariño.
—Por supuesto que no— espetó el azabache—.Un largo viaje me espera.
Sakura sentía como su corazón palpitaba con fuerza; tenía un nudo en la garganta y las entrañas revueltas. Sabía que en cuanto Sasuke cruzara el umbral de la gran puerta no volvería a verlo jamás. Este era el fin, todo el dolor y la algarabía se reducían a una despedida.
Rodeó su cuello con ambos brazos. Titubeante, el pelinegro correspondió, llevando una mano hasta su cintura a la par que cerraba los ojos al hundirse en la calidez de su cuerpo.
—Prométeme que te mantendrás a salvo— susurró en su oído.
—Lo prometo— asintió. Al separarse se mantuvo de pie cerca de ella y mirándola a los ojos acunó su mejilla en un gesto de absoluta devoción, disipando el rastro húmedo de las lágrimas con el pulgar. Depositó un beso sobre su frente, largo y efímero, aun cuando lo único que deseaba era degustar sus labios por última ocasión—.Se feliz, Sakura— masculló. Más que una sugerencia era una orden.
—Cuídate, Sasuke— dijo, hilvanando una sonrisa triste.
Sin nada que lo detuviera, el pelinegro monto su caballo y espoleo hacia la salida, precipitándose hacia la espesura del bosque en un viaje sin retorno.
Al cabo de unos minutos, tanto Kakashi como los Uchiha se habían marchado, dejándola a solas con Naruto. A pesar de que las lágrimas continuaban descendiendo por su rostro de manera autómata, Sakura no estaba preparada para regresar a casa y enfrentar la realidad.
—Naruto, ¿podemos hablar?— preguntó, insegura.
— ¿Quieres dar un paseo?— cuestionó en respuesta, ofreciéndole el brazo para comenzar la larga caminata de regreso al centro de la ciudad.
— ¿Vas a marcharte?— hacia un día precioso. Los rayos del sol aparecían detrás de las montañas, tiñendo el firmamento de colores pasteles bajo las nubes aborregadas. La primavera se acercaba, los cerezos florecían. Era asombroso como la naturaleza confería a la vida un tinte de algarabía.
—Si— respondió, contemplándola de reojo.
— ¿Por cuánto tiempo?— indagó con voz tan baja como era posible; un ardiente fulgor le inflamaba el pecho, sofocándola.
—Por siempre— dijo él, categóricamente—. Mi misión aquí ha terminado, es momento de volver a casa y enfrentar mis obligaciones.
Como futuro heredero, Naruto había pasado la mayor parte de su vida huyendo de las inminentes responsabilidades que traía consigo un reino. Su madre, por supuesto, nunca aprobó su comportamiento, pero se mostró indulgente, emitiendo un ultimátum en su última visita.
— ¿Qué harás tú, Sakura?— preguntó él; sus ojos cerúleos contemplándola de soslayo con una curiosidad distante.
La pelirosa se estremeció de pies a cabeza cuando una gélida brisa matutina se filtró bajo la capa. Se había hecho esa pregunta desde el final de la guerra, y hasta ahora, aun no encontraba respuesta. Se sentía perdida, sola y abrumada.
—No hay lugar lo suficientemente lejano para marcharme. He perdido las partes mortales de mi vida. Lo eche a perder todo.
Naruto frenó en el paso, obligándola a emularlo. Dubitativo, entrelazó la mano izquierda con la de ella y con la otra, acarició su mejilla, llevando un mechón de cabello detrás de su oreja. Tenía los ojos hinchados por el llanto, la punta de la nariz y las mejillas sonrojadas. Detestaba verla en ese estado, no había nada que pudiese hacer para despojarla del dolor.
—No importa que tan lejos te encuentres de tus sueños, aun puedes cumplirlos, Sakura.
Sakura hilvanó una sonrisa; era mentira. Sus sueños murieron poco antes de la batalla, cuando Sasuke se marchó, cuando Neji y su padre murieron. Todo lo que alguna vez imaginó no era más que un amargo recuerdo.
—Esos sueños se han ido— intentó articular en medio del llanto.
El rubio exhaló con fuerza; una mueca de tormento se proyectó en su rostro. Clavó la mirada en el suelo, y cuando posó sus ojos cerúleos sobre las lemanitas de ella, en un susurro estrangulado, preguntó:
— ¿Me acompañas?
Sakura tembló, conmovida por la genuina muestra de preocupación y afecto. Las intenciones de Naruto siempre fueron buenas. Desde que eran niños recordaba todas las locuras que realizaba el rubio solo para verla sonreír. Era el último rayo de luz en su vida.
Afloró el llanto, permitiendo que la agonía fluyera por sus lágrimas cristalinas, esperando que, cual tempestuosa corriente, arrastrara sus penas.
—A mi alrededor hay un gran velo que solo trae dolor— masculló, acunando el rostro de su amigo en señal de disculpa—. No permitiré que sufras— valentonada, depositó un largo beso sobre su mejilla como un gesto de agradecimiento, no solo por lo que hacía ahora, sino por acompañarla durante toda su vida—. Eres el hombre más bondadoso que he conocido.
Antes de darle tiempo para responder, Sakura se alejó.
Secó las lágrimas con la manga de su vestido y dirigió el paso hacia el sendero de piedras, sin detenerse a mirar atrás.
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No abandonó la habitación cuando se puso el sol: tampoco cuando amaneció. Se quedó dormida cerca de la ventana, y despertó cuando las luces del amanecer comenzaron a filtrarse entre las cortinas.
Se negó a probar bocado durante tres días, sometiéndose a sí misma a un tortuoso confinamiento en la oscuridad de sus aposentos, rodeada de recuerdos y penas.
Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Al exterior, la lluvia caía, aun asi tenía perspectivas más alegres que las suyas. Caminó hasta la chimenea y atizó el fuego, la única luz que iluminaba tenuemente la habitación provenía de ahí.
Se sirvió una copa de vino y la llevo al asiento que había junto la ventana, contemplando como los rastros de la lluvia resbalaban por el cristal.
Necesitaba imponer un orden, no podía permitir que su vida se desmoronara, aun cuando todo en su interior parecía estar en ruinas.
Degustó la copa de vino en silencio, absorta en sus propios pensamientos. Su madre debía estar preocupada, escuchaba su andar fuera de la habitación y argumentaba que había perdido el juicio por completo. Quizás en lo último tenía razón.
Con las piernas temblorosas, caminó hasta el baúl donde resguardaba a sus fantasmas. Rebuscó, en el fondo, la carta escrita por Sasuke; estrujada y la tinta corrida por las lágrimas. Utilizó toda su fuerza de voluntad en ciernes para ponerse de pie; lo hizo con la ayuda de uno de los pilares del dosel de la cama, caminando hasta colapsarse frente la chimenea.
Deseó llorar, pero estaba seca. Los ojos le ardían por todo el llanto derramado en los últimos días. Tragó el nudo en su garganta al leer por décima ocasión las palabras perfectamente plasmadas en la carta. Contempló como el calor transmutaba de las brasas, de naranja vibrante a uno apagado, sintiéndose fascinada por la danza del fuego.
Aquello pareció sacarla de su trance. Resuelta a cortar de tajo el tormento, lanzó el pedazo de papel al fuego, atisbando como las tenues llamaradas lo consumían hasta convertirlo en cenizas.
Cuando regresó a su asiento, abrió la ventana; una violenta ráfaga de viento ingreso en la habitación. El rostro se le humedeció. Quizás estaba perdiendo la cabeza ni siquiera ella misma era capaz de asimilarlo, pero podía jurar que era un acto liberador.
Se mantuvo ahí, inmóvil, degustando la forma en que las gotas humedecían su piel cálida. Al abrir los ojos, clavó la mirada en el cielo. La pálida luna alcanzaba a contemplarse detrás de los nubarrones grises.
—Seré libre de ti, Sasuke— masculló, esperando que el viento arrastrara sus palabras y las llevara hasta el azabache.
Continuara
N/A: Y con esto llegamos al penúltimo capítulo de la historia. Para ser sincera con ustedes, nunca pensé que llegaría a este punto, comencé a escribir este fic hace tres años, y debo admitir que fue todo un reto para mí hacerlo. Necesitaba tiempo para desarrollarlo, aunque me tomo más de lo esperado, todos los elementos que contiene la historia, la narrativa, merecía su debida atención.
Pasé por algunos problemas, tenía la mitad de la historia perfectamente planeada, qué y cómo iba a suceder cada cosa en el capítulo, los diálogos, la ambientación, hasta que me plantee el final. Debo admitir que lo cambie alrededor de diez veces, porque ninguna conclusión terminaba de convencerme, sin embargo, hasta ahora, estoy satisfecha con el trabajo que hice y solo me queda agradecerles su constante apoyo a lo largo de estos años.
No quiero ahondar más en el tema de la historia porque terminaría haciéndoles un spoiler, pero les aseguro que al final de todo este melodrama hay una pizca de felicidad.
Sobre el próximo capítulo, es algo asi como una especie de epilogo, pero no como tal, asi que será algo corto a diferencia de los demás apartados que conforman el fic.
Sin nada más que añadir, espero que esto haya sido de su agrado. Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren, ¡cuídense y cuiden a todos los que los rodean en estos tiempos difíciles!
Espero leerlos pronto.
Hasta la próxima
Shekb ma Shieraki anni
