Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la historia.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor.
Hay OOC
16| Mi Vida por Ella
Estaba furioso.
Hinata tenía la sensación de estar frente a un animal salvaje; cualquier movimiento brusco podía provocar un ataque.
Tratando de no manifestar su consternación, ella se comportó como si no sucediera nada, y se preparó como de costumbre para acostarse. En general, sus rituales femeninos parecían fascinarlo, relajarlo incluso. Tal vez esa noche consiguieran tener el mismo efecto.
Se quitó las joyas, y se puso un camisón y una bata de seda roja; a continuación, se aplicó crema hidratante en las manos y las piernas.
Frente al tocador, cogió el cepillo mirando a Naruto a través del espejo. Normalmente, él se sentaba en la cama y contemplaba embelesado cómo se peinaba; como si estuviera esperando que le llegara el turno de hacer lo mismo con sus dedos.
Ahora estaba sentado también en el lecho, pero el rostro se le veía desencajado. Fuera, el tiempo parecía ajustarse a la tormenta que se desataba en el interior del vampiro. El viento golpeaba la mansión, y los relámpagos cruzaban el cielo. Aunque todavía no había empezado a llover, no tardaría en hacerlo. El otoño se estaba convirtiendo en invierno de un modo muy propio de la zona; con inundaciones nocturnas, como si tratara de derrotar a los árboles y que éstos rindieran sus hojas.
—¿Qué debo hacer, Hinata? —Se pasó la mano por la cara con gesto agotado. —¿A quién tengo que matar para que te quedes conmigo? Dime qué hacer y considéralo hecho.
Ella se volvió hacia él.
—Otra vez no, Naruto. Creía que ya te lo había dejado claro la mañana después de la fiesta.
—¿Cómo podría olvidar tus «condiciones»? —Replicó el vampiro, casi escupiendo la última palabra. —¡Dime tu secreto, maldita sea! ¿Hiciste algún pacto con el diablo? ¿Por qué no quieres casarte conmigo?
Se levantó y se acercó a ella. Con los hombros echados hacia atrás, tenía el aspecto del oficial que había sido en otra vida.
—Tal vez estés embarazada de mi hijo. ¿Qué pasará si me niego a dejarte ir?
—¿Dejarme ir? —preguntó despacio. —Ya he pasado antes por todo eso.
—¡No te atrevas a compararme con él! —Naruto la levantó de la silla, y después la sujetó con cuidado por la nuca. —Existe una gran diferencia entre retener a una mujer que quiere quedarse y a otra que no.
—¿Y tú crees que yo quiero quedarme?
—Sí. Conmigo. Quieres que yo haga todo lo necesario para que nunca tengamos que separarnos.
Ella se apartó, incapaz de negárselo.
—Así que ahora voy a decirte cómo serán las cosas entre nosotros. —Con el brazo, tiró todo lo que había encima del tocador para poder sentarla encima. —Tú... eres... mía. Nada cambiará eso.
Parecía estar al límite de su control, y Hinata sintió cómo su propio cuerpo respondía a la ferocidad que emanaba del de él.
—En cuerpo y alma... toda mía. —Jadeaba. —Y tan pronto como haya matado al demonio que estoy persiguiendo, te casarás conmigo.
—¿Qué tiene que ver Kakuzu con todo esto?
—Ya sabes que llevo su marca en mi cuerpo. —Deslizó las caderas entre las piernas de ella, haciendo que el camisón se le subiera. —Y que no se me curará hasta que él esté muerto. Pero hay algo más. Si no puedo derrotarle, mi sueño más ansiado y mi peor pesadilla se harán realidad. Cuando esa noche apareciste en la fiesta en carne y hueso... mi sueño se hizo realidad.
—¿S... sí?
El asintió levemente con la cabeza. —Mi pesadilla es que vuelves a morir.
—¿Por eso has estado buscándole sin descanso? ¿Por ella?
—Y seguiré haciéndolo. Pero después, Hinata, te juro que, tan pronto como me libre de esta marca... en ese preciso instante serás mucho más que mi Novia... serás mi esposa.
De nuevo un hombre le estaba exigiendo que se casara con él con la locura reflejada en los ojos. Pero esta vez había una gran diferencia: Naruto jamás le haría daño. El preferiría morir antes que lastimarla.
Y Hinata lo quería con la misma intensidad.
Sabía que sus ojos también brillaban enloquecidos de lo mucho que lo amaba.
—Naruto... —Tenía tantas ganas de contárselo todo. De confesarle su amor, y decirle que era una egoísta y una codiciosa que lo quería para ella y que no soportaba la idea de dejarle... aunque al final terminara haciéndole daño. —No puede ser...
Interrumpiendo sus palabras con un beso, él gimió contra sus labios y le quitó la bata con ambas manos. A continuación, sacó la cajita que se había guardado en el bolsillo de la chaqueta y cogió el anillo, deslizándoselo en el dedo correspondiente.
—Esto representa que me perteneces —susurró. —Quítatelo ahora mismo si de verdad no quieres casarte conmigo.
El anillo era como fuego sobre su piel, y le encajaba a la perfección. Quitárselo era tan imposible como dejar de respirar.
—Te quiero, Hinata. Para siempre. —Justo antes de que volviera a besarla, añadió: —Quiéreme tú también.
El beso se fue haciendo más intenso y Naruto le levantó el camisón hasta la cintura; cuando le acarició sensualmente el sexo, Hinata respondió como si le hubiera prendido fuego y se humedeció al instante. Con las manos, le recorrió ansiosa el cuerpo.
Le desabrochó los pantalones, liberando la rígida erección, y la punta de su miembro le rozó la entrepierna.
Naruto la empujó despacio hacia el espejo para que se apoyara en él y Hinata levantó las piernas y descansó los talones en el tocador, tan a punto como podía estarlo. Con un gemido, Naruto le pasó los brazos por debajo de las rodillas, y luego se inclinó hacia adelante.
Atrapándola, envolviéndola, se hundió en su cuerpo poseyéndola.
—Noto cómo te alejas de mí. —Con una larga y profunda caricia, murmuró: —No lo hagas...
Observó la expresión de la joven, la emoción que había en sus ojos. «Me está diciendo adiós.» Incluso mientras estaba dentro de ella, Hinata se estaba despidiendo. «Y ni siquiera sé por qué.»
Con todo lo que sentía bullendo en su interior, Naruto la poseyó, se hundió entre sus piernas. Su erección vibraba en el sexo de Hinata y se esforzó por no llegar al final; quería que aquello durara para siempre.
«Se está alejando de mí...» Naruto jamás iba a permitir que se fuera. Jamás.
«Tómala... hazla completamente tuya.» Debía derribar la última barrera que existía entre los dos. Necesitaba morderla, marcarla, como un animal. En realidad era el monstruo que todos creían.
¡No! Tenía que luchar... tenía que dominar su instinto.
Sintió que los colmillos se le alargaban, y al tiempo que movía las caderas, se dio cuenta de que se estaba inclinando hacia el pálido cuello de Hinata, atraído por el pulso que allí latía. «Poséela por completo.» La lamió para prepararla.
«Estoy perdido...»
Atravesó aquella piel tan suave, la más dulce que nunca habían probado sus ansiosos colmillos. ¿Hinata estaba gimiendo? Naruto podía sentir las vibraciones del agradable sonido.
Abrió los ojos para contemplar la primera vez que bebía de ella, porque, que Dios la ayudara, Naruto sabía que volvería a hacerlo.
Gimió extasiado mientras la rica sangre de la joven se deslizaba por su lengua y su garganta, como seda y vino. El calor corría por sus venas. El calor de Hinata. Su esencia.
—Detente —dijo ella en una voz muy baja, comparada con el delicioso latido de su corazón, que retumbaba en los oídos del vampiro.
«No. Quiero más.» Bebió con pasión.
—Me vas a hacer daño —susurró ella.
«Tengo que seguir...»
—Naruto...
Con una fuerza de voluntad que no sabía que poseía, el vampiro dejó de beber, pero siguió con los colmillos hundidos en su piel. Gimió cuando lo sacudió un orgasmo indescriptible y se vació en su interior.
«Conectados. Marcada. Mía...»
Apartó la boca del cuello de la joven y se quedó observándola. Tenía las mejillas sonrosadas. No le había hecho daño.
La había mordido, había bebido su sangre y había sentido que así era como tenía que ser. La había oído gemir. Hinata había sentido placer con el mordisco.
«No le he hecho daño...»
Ella se echó a llorar. Con el labio inferior temblándole y los ojos brillantes, susurró:—¿Cómo has podido, Naruto? —Levantó la mano para darle una bofetada.
Nunca la había visto tan enfadada.
.
.
.
«¿Qué me pasa?» Volvía a estar en el pantano. Una vez más. Las criaturas de la noche que había a su alrededor permanecían en silencio, conscientes de que él significaba una amenaza.
—¿Por qué no puedo hacer lo correcto? —le gritó a la luna.
No le había hecho daño a Hinata físicamente, pero ella se había echado a llorar desconsolada.
—¡No tienes ni idea de lo que has hecho! —le gritó, deteniendo la mano con la que iba a abofetearlo.
Cerró el puño antes de apartarla, sin darle aquella bofetada que tanto se merecía. Y mientras lo miraba, Naruto vio que aquella expresión a la que tanto se había acostumbrado había desaparecido. Ya no lo contemplaba con orgullo, ni con deseo.
Lo miraba como si se sintiera traicionada.
Naruto llevaba ya una hora paseando arriba y abajo por su sendero particular del pantano. Apenas se había dado cuenta de que el cielo se había abierto y estaba diluviando. Al salir de la habitación, había oído que Hinata seguía llorando con desesperación. Llorando por culpa de él.
Ese llanto lo había dejado con un vacío en el pecho, y su recién estrenado corazón le dolía con cada latido. Dios, ¿acaso la muerte sería peor que lo que estaba sintiendo en esos momentos?
Lo único que le daba algo de esperanza era que ella no se había quitado el anillo. Ambos se habían quedado mirándolo y, de repente, sus miradas se encontraron. Naruto estaba convencido de que se lo tiraría a la cara.
Pero ella no rechazó ese símbolo de su unión. Aún no.
Oyó un ruido a su espalda. Al principio creyó que Hinata lo habría seguido bajo la lluvia, y se dio la vuelta para decirle: «Te amo. A partir de ahora lo haré mejor. No volveré a hacerte daño...».
Ocho guerreros le dieron la bienvenida con las espadas en alto, y Kakuzu era uno de ellos. No había muchos machos tan altos como para que Naruto tuviera que levantar la cabeza para mirarlos a los ojos, pero ése era uno de ellos.
Maldición, ¿cómo podía haber sido tan descuidado? Antes sus sentidos nunca le habían fallado. El demonio podría haberle cortado la cabeza y él ni se habría enterado.
—¿Vas a tele-transportarte, Uzumaki? —Preguntó Kakuzu, levantando la voz por encima de la lluvia. —¿O te quedarás para luchar?
—¿Estás listo para morir?
«Una última batalla.» Tal vez lo mejor sería que fuera derrotado, porque cuando Hinata lo abandonara, los recuerdos volverían a asaltarlo, así que de todos modos ya estaba perdido. Pero si ganaba... Ella no se había quitado el anillo. Si ganaba no permitiría que lo dejase.
«Que el destino decida mi futuro.»
Eran ocho contra uno, y él no iba armado. Pero Naruto luchaba por Hinata, porque se había hecho el propósito de que si mataba a Kakuzu y se quitaba de encima su marca, entonces ella se convertiría en su esposa.
Las cosas eran así de sencillas. «Mato a ocho tipos y me quedo con Hinata para siempre.»
Extendió los colmillos. Se pasó la lengua por uno; en su sangre corriendo la adrenalina. Algunos obstáculos se interponían entre él y lo que quería. Sonrió a los demonios. No tenían ni idea de con quién se habían topado. «Eliminar los obstáculos.»
Se abalanzó sobre el que tenía más cerca. En un abrir y cerrar de ojos, levantó la mano y la cabeza del demonio se separó de su cuello. La sangre salió a borbotones. En la mente del vampiro, esos seres eran los que lo mantenían alejado de Hinata. Sintió una oleada de furia. Aquellos demonios significaban una amenaza para ella.
Naruto fue a por el siguiente, y, cogiéndolo por los cuernos, le giró la cabeza hasta romperle una vértebra. Luego hundió los dedos en la dura piel del demonio y lo degolló con las manos.
Habían osado llevar la muerte al hogar que compartía con Hinata...
Una rabia sin par lo sacudió. Y pronto sucumbió a la locura e hizo lo que se le daba mejor.
Hinata estaba frente al espejo, y al mirar los dos puntos rojizos que tenía en el cuello volvió a estremecerse. El mordisco de Naruto, que tanto placer le había dado, también señalaba su perdición. Ella jamás había estado tan conectada a otra persona, y, con su gesto, él la había traicionado.
Pero ahora lo único que sentía eran remordimientos. Enfadarse con Naruto era como si se hubiera enfadado con un perro de caza por perseguir a su presa.
Él era un vampiro, y la había mordido. Hinata sabía que no había sido una decisión premeditada. Al terminar, lo vio confuso, incluso enfadado consigo mismo.
—Se supone que tengo que protegerte de hombres como yo —le había dicho.
Desvió la mirada hacia el precioso anillo que Naruto le había dado, pero no fue capaz de quitárselo. Le había dicho que lo hiciera si realmente no quería casarse con él. Pero sí quería.
Naruto deseaba dejar claro que, de algún modo, ella y su futuro le pertenecían. Y Hinata sentía la misma necesidad respecto a él.
Pero había tenido ya el presentimiento de que ella pronto se iría. No sabía adónde, sólo sabía que se iba a quedar sin Naruto.
«Oh, ¿a quién estaba tratando de engañar?» ¿Irse? Hinata no iba a irse de viaje. Lo que iba a hacer era morir. Y tenía miedo.
Se apartó del espejo y esperó a que él regresara. Seguramente había vuelto a ir al pantano. Ojalá estuviese ya de vuelta; el viento había empezado a soplar y la lluvia golpeaba las ventanas.
De repente, un grito desgarrador irrumpió en la noche.
—¡Naruto! —Oh, Dios, ¿habría tratado de hacerse daño? Ella había sido tan dura...
Tan pronto como oyó su grito, Hinata se puso en pie y, echándose la bata por encima, salió fuera. Internándose en la oscuridad, corrió bajo la lluvia siguiendo los gritos que provenían del jardín.
Se detuvo en seco al ver en el suelo tres cuerpos mutilados. Otros cinco, todos enormes y furiosos, rodeaban a Naruto. Éste tenía los labios abiertos, mostrando su furia. ¿Les había hecho señas para que se le acercaran más?
Estalló un relámpago y Hinata pudo ver los tatuajes de la Kapsliga en las espaldas desnudas de los combatientes.
Peleaban contra Naruto por turnos. Cada vez que uno avanzaba hacia él, el círculo se estrechaba para que Naruto tuviera menos espacio para maniobrar. ¿Por qué no se teletransportaba lejos de allí?
Cuando la espada de un demonio se hundió en el brazo de Naruto, éste gritó de rabia, y con el otro brazo le dio un puñetazo a su agresor. Este cayó al suelo inconsciente y él se apoderó de su arma en el aire.
Blandió la espada con el brazo que tenía ileso y decapitó al villano.
«Ahora tiene una arma.»
Hinata se quedó fascinada con la dureza del rostro de Naruto, con la ferocidad de su expresión. Tenía los ojos inyectados en sangre, y ella supo que iba a matarlos a todos. Verla allí sólo lo distraería. A pesar de que iba en contra de todos sus instintos que le gritaban que se quedara a ayudarlo, la joven empezó a retroceder...
Naruto la vio en el preciso instante en que ella sentía la respiración de alguien detrás; un brazo la sujetó por el cuello.
Kakuzu tenía a Hinata.
Naruto se dispuso a tele-transportarse hasta donde estaban, pero el demonio la sujetó con más fuerza.
—No lo hagas... A no ser que quieras ver morir a tu frágil humana.
«No puedo alcanzarla, no puedo alcanzarla.»
La joven tenía los ojos abiertos como platos bajo la lluvia; estaba aterrorizada.
«¡Todo esto es culpa mía!»
Se la veía muy pequeña comparada con el inmenso demonio. Con sólo flexionar el brazo, Kakuzu podía romperle el cuello. Estaría muerta en cuestión de segundos.
—Afloja un poco la maldita presa, demonio. La estás asfixiando.
—Qué mala suerte que te haya tocado una Novia mortal. Se mueren como si nada.
El pánico más absoluto que hubiese sentido jamás se instaló en el interior de Naruto.
—Aguanta, Hinata. —Y dirigiéndose a Kakuzu, dijo: —Suéltala si quieres seguir con vida.
—No lo creo, vampiro. —Dos de los matones de Kakuzu sujetaron al vampiro por los brazos y éste no tuvo más remedio que permitírselo. —Ya sabes lo que quiero. No la dejaré ir, no hasta que consiga lo que he venido a buscar.
El demonio no la soltaría hasta que Naruto estuviera muerto. A través del diluvio estudió la zona en busca de alternativas, de algo que le sirviera para matar. No encontró nada.
No se le ocurría ningún modo de arrebatarle el poder al demonio.
Hinata estaba sacudiendo la cabeza, tratando de hablar.
—Transpórtate... —gimió.
«Es tan vulnerable...»
—Te juro que la liberaré de la maldición y la dejaré ir —dijo Kakuzu. —Lo único que tienes que darme a cambio es tu cabeza.
«Recompensas y obstáculos.» Recompensa: salvar la vida de Hinata. Si Kakuzu lo había jurado se vería forzado a cumplir su palabra y dejarla en libertad.
¿El obstáculo? No había ninguno. «Lo único que yo siempre he querido es vivir», le había dicho ella. Y por culpa del pasado de Naruto estaba a punto de perder la posibilidad de hacerlo.
Si podía dar su vida a cambio de la de ella, lo haría orgulloso.
—¡Naruto... no! —Gritó Hinata, parpadeando bajo la lluvia. —Espera... yo me... —El demonio le apretó más la garganta para que no pudiera respirar.
—¡Detente! —gritó Naruto cuando vio que ella hundía las uñas en el brazo de Kakuzu, desesperada por respirar, desesperada por vivir. —Hazlo, demonio. Córtame la cabeza, pero antes júrame que ni tú ni tus hombres le haréis daño. Jamás.
—Lo juro por la Tradición —contestó Kakuzu con solemnidad.
Hinata estaba llorando, luchando... desesperada por respirar y decirle la verdad.
En medio de la tumultuosa tormenta, Naruto se irguió en toda su estatura, dispuesto a morir. Verla sufrir de ese modo hacía que estuviera angustiado, impaciente por recibir la estocada final.
Pero sería para nada.
Hinata había visto la intensidad de los ojos de Naruto. Ahora por fin comprendía que esa fiera emoción era... amor. Sus ojos brillaban repletos de él. Y supo que su vampiro quería que ella supiera lo que sentía.
Pero empezaba a nublársele la vista, y cada vez estaba más mareada. Una neblina parecía rodear a todo el mundo, entorpeciéndole la visión.
Sin soltarla, Kakuzu avanzó hacia Naruto.
—No —farfulló Hinata, al ver que el demonio colocaba el arma en el cuello de Naruto. Cogió aire.
—Me... voy a morir igual. ¡Vete de aquí!
El frunció el ceño sin entender nada; Kakuzu levantó la espada.
Continuará...
