❝advertencia ¡!❞ ࿐ ࿔*:・゚
❏ Capítulo LARGUÍSIMO y lleno de drama y algunas escenas de violencia. Lamento de antemano si no es lo que esperaban, pero es que las exageraciones son aire para mí.
❏ IMPORTANTE leer la nota final. De eso dependerá el final.
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Las grisáceas nubes y la gélida brisa salada le erizaban la piel a El Búho. Tantos años de navegación no habían sido en vano; había aprendido a diferenciar una catastrófica tormenta a unas intimidantes pero inofensivas nubes. Lamentablemente, no corrían con la suficiente suerte como para que su caso fuese la segunda opción.
—¿Está todo en orden? —preguntó Mina con preocupación, observando como el viejo alfa fruncía el semblante expresando la misma emoción—. ¿Qué lo aflige tanto?
—El cielo está de luto —respondió Yelena, captando la atención de todos los presentes. Hasta ese punto, ella había permanecido en silencio—. Carga con una gran pérdida —señaló con su dedo índice las oscuras nubes—. Los viejos solían decir que cuando se tiñe así, es porque la desgracia ha caído sobre algún reino. Supersticiones de ancianos anticuados —regresó su mano hacia su rodilla.
Las facciones de Historia se tensaron. Tenía un inexplicable sabor amargo entre labios, pero no podía averiguar de qué se trataba. Confundida, agachó la cabeza intentando distraerse de sus dolorosos pensamientos. Fue entonces cuando sintió el lazo maternal desvanecerse, y sollozó internamente porque comprendía lo que aquello significaba: pérdida.
—Aunque los encontremos, nos será imposible regresar —comentó Krueger, desazonado. Miró a su acompañante con un ligero toque de tristeza—. La probabilidad de llegar ilesos es nula. Tendremos que idear una solución.
—No entiendo lo que está sucediendo —declaró Carolina, colocando sus impacientes manos sobre su regazo.
Historia se mantenía indiferente ante la situación. A ella no le importaba lo que sucediera con ellos, a decir verdad. Lo único que quería era encontrarse con aquella pecosa mujer, ese era todo su objetivo.
—No tienes que hacerlo —contestó la alfa, aún con su mirada clavada en el cielo.
—Parece que la Diosa Ymir nos ha abandonado una vez —comentó sarcásticamente Búho, aunque su voz se oía innegablemente abrumada—. La suerte no está de nuestro lado, no tardará mucho para que comience a llover y aún nos encontramos demasiado lejos de la costa.
—Será un golpe de suerte que regresemos vivos —añadió Yelena, aumentando la tensión entre las omegas, quienes claramente temían por su vida.
—Les doy mi palabra, señoritas —habló el viejo alfa con determinación—. Llegarán sanas y a salvo.
—No deberías comprometerte con palabras dichas al viento —contrarrestó la alfa rubia—. No quiero que lleves ese pesar en tu consciencia.
Y una vez que las palabras de Yelena fueron dichas, la lluvia se desató, no sin antes haber anunciado con estruendosos sonidos su llegada.
Las numerosas gotas caían fuertemente, golpeaban el agua sin clemencia y, como era de esperarse, no tardó mucho para que las cosas en el mar comenzaran a ponerse violentas.
Las olas empezaron a juntarse, hacerse más grandes y trayendo consigo un verdadero caos; el humilde bote en el que viajaban no soportaría mucho más. El agua entraba y salía de éste, y por puro milagro, no se habían volcado o hundido.
—¿Saben nadar? —preguntó el pescador, a lo que ambas omegas negaron con la cabeza—. Muy bien, sujétense de mí o de Yelena —gritó, aunque con los sonidos del océano apenas y se escuchaba su voz.
Ambas omegas hicieron lo pedido sin cuestionarlo. Historia se refugió con la alfa mujer, mientras que la azabache fue en busca de Búho.
No tardó mucho para que el bote fuera volcado y los cuatro presentes cayeran al agua. Inmediatamente flotaron, con las omegas en sus espaldas. Se acercaron lo más que pudieron para comunicarse entre sí.
—Costa —pronunció Krueger, haciéndole entender a la alfa rubia que irían en esa dirección. Claramente era difícil hablar sin que el agua se entrometiera en sus fosas nasales o boca, por lo que trató de ser lo más breve y específico posible—; Sur.
Sin previo aviso, el pescador se sumergió en las desastrosas olas, hecho que asustó a la pelinegra puesto que no había tomado el aire suficiente como para contener la respiración. Por el otro lado, Yelena seguía al pie de la letra los actos de su líder, acompañándolo hacia la costa.
—Sujétate —ordenó la alfa, y como respuesta, la omega soltó un fuerte "sí".
Afortunadamente no se encontraban lo suficiente lejos como para preocuparse, sin embargo, la situación tampoco era la más óptima; las omegas tenían que aguantar prolongados periodos debajo del mar, a lo cual obviamente no estaban acostumbradas y les costaba trabajo mantener la respiración, por lo que, inevitablemente, el agua salada terminaba adentrándose a su sistema. Los alfas eran conscientes de ello y trataban de salir a la superficie cada minuto, pero esto sólo atorpecía sus esfuerzos.
El cielo relampageaba e iluminaba ese tormentoso momento en el que creyeron que sus vidas peligrarían, haciéndolo más tormentoso de lo que ya era.
La alfa mujer se dirigió a toda velocidad a la superficie en cuanto sintió que la omega dejaba de aferrarse a ella. En cualquier situación, lo hubiera dejado pasar por alto y se hubiera excusado con que no se percató del momento en el que la soltó, sin embargo, en esta ocasión no podía darse ese lujo; se trataba de la futura reina, la heredera de la que Reiner tanto les había hablado, quien sucedería la paz en el reino de Uri. Tenía que poner la vida de ella por encima de la suya, por más que esto le disgustara.
Buscó rápidamente con la mirada a la rubia, encontrándola a unos cuantos metros de ella mientras salpicaba a su alrededor y se movía con brusquedad en vagos intentos por no hundirse. Podía notar la desesperación y el deseo de vivir que fluían a través de ella, los cuales únicamente fueron apaciguados cuando la alfa jaló la muñeca de la omega y la arrastró consigo.
Estaban más cerca, pero eso sólo empeoraba la situación. En la costa había rocas, y con la velocidad y fuerza con la que las olas azotaban, seguramente terminarían estrellándose en las filosas piedras y muriendo al instante.
Krueger analizaba la situación lo más rápido que podía. Estaban demasiado lejos de la bahía como para acercarse, así que cambiar el rumbo no era una opción. Si continuaban nadando, en el peor de los escenarios, morirían por lo anterior descrito. Entonces, ¿qué debían hacer?
—¡Aquí! —exclamó Yelena, señalando una cueva debajo de una enorme superficie rocosa. Sin lugar a dudas, era la mejor escapatoria que tenían, aunque aún corrían el riesgo de chocar contra las piedras que obstruían el fácil acceso. Tendrían que probar suerte sí o sí.
Búho siguió a su acompañante, y nuevamente, los cuatro se sumergieron en el agua. Yelena los guiaba; apoyaba ambos brazos al frente para evitar cualquier golpe, ya que por obvias razones no podía ver lo que tenía enfrente. Una vez que sintió que el nivel del agua descendió, se levantó, agarrándose a una roca. Todo estaba oscuro. Sonrió con satisfacción al darse cuenta de que había logrado ingresar a la cueva.
Se giró esperándose encontrar con el pescador, sin embargo, no había rastro de él ni de la omega. Esto la alarmó increíblemente, así que sin dudarlo más se adentró más a la cueva para deshacerse de Historia y socorrer a su líder.
—Quédate aquí —ordenó, dejando a la omega encima de una piedra. No parecía que hubiese tierra firme, puesto que por más que caminaban no lograba encontrar suelo y sus pies únicamente pisaban arena—. Volveré...
Antes de que terminara la oración, un estruendoso y horripilante grito fue emitido por la alfa. Inmediatamente subió a una roca, mientras se retorcía y gritaba de dolor.
—¡¿Qué te sucede?! —preguntó Historia, terriblemente confundida. No lograba entender qué había lastimado tanto y repentinamente a la rubia.
Yelena no respondió. En su lugar, se mordió el labio para acallar su agonía. Trató de ponerse de pie y cumplir su objetivo, puesto que no abandonaría al viejo, pero al instante cayó de nuevo, incapaz de poder apoyar su pie izquierdo. La omega lo notó y se percató de la ausencia de sus zapatos; seguramente se los quitó en algún momento para moverse con mayor facilidad.
—¡Yelena! —exclamó Krueger, con Mina entre sus brazos. Al parecer ellos también habían tenido un incidente—. ¡¿Qué pasó?!
—¡No avances! —advirtió la alfa entre sus dolorosos sonidos—. ¡Algo se enterró en mi pie! —explicó brevemente entre gemidos y sollozos por el mortal suplicio por el cual atravesaba.
El viejo alfa ignoró las palabras de su subordinada y se acercó de todas maneras. Dejó a la criada en los brazos de la rubia y tomó a Yelena en su lugar. Se adentró a la cueva, cargando a la alfa como anteriormente había hecho con la pelinegra.
—Ustedes quédense ahí —pidió el pescador, luego desapareció en la oscuridad de la rocosa cueva.
El agua ahí dentro era tranquila, puesto que las rocas de la entrada servían como barrera para romper la intensidad de las olas.
Historia miró preocupada a su amiga. Estaba fría, pero era normal. Aún así, hizo su mejor esfuerzo por tratar de recordar lo que Frieda le había enseñado a escondidas sobre primeros auxilios, aunque no estaba muy segura de que eso fuera lo que la criada necesitaba.
Su pulso estaba débil y parecía estar inconsciente. ¿Acaso... Se había ahogado? No, Eren no la hubiera dejado ahí si ese fuera el caso, ¿verdad? Aunque, claramente preferiría salvar a su camarada antes que a una desconocida... No, no podía ser eso. Yelena la había ayudado a ella cuando estaba a punto de ahogarse, fácilmente podría haberla dejado morir pero no lo hizo. Era porque ambos alfas tienen un buen corazón, ¿no es así?
Antes de que pudiera continuar atormentándose, la azabache giró su cabeza para escupir y toser una cantidad considerable de agua.
Para ese punto, Krueger ya había regresado, sin la mujer. Aunque sabían que aún estaba ahí porque se escuchaban sus gritos por toda la cueva. Estaba sufriendo demasiado.
—Pasaremos la noche aquí, por lo menos hasta que se calme un poco o hallemos la manera de salir —explicó el pescador, tomando a ambas omegas de las manos—. Síganme y tengan mucho cuidado por donde pisan.
Historia no supo si fue un golpe de suerte o qué, pero ambas omegas llegaron hasta donde se encontraba la alfa, las dos en perfectas condiciones. Lo único que alumbraba el fúnebre interior eran los destellos de los rayos. La mujer más alta yacía recostada sobre una roca, aún maldiciendo al aire y retorciéndose por las violentas punzadas que aún sentía en su pie, pese a que éstas ya habían sido retiradas y lavadas por el mismísimo Búho.
El frío por el cual todos los presentes atravesaban era brutal. La rubia de ojos azules se llevó ambos brazos al pecho mientras frotaba sus bíceps con sus manos en vagos intentos por conciliar algo de calor. La criada se percató de eso, e inmediatamente pasó su brazo alrededor de su ama, atrayéndola en un abrazo.
—Por el momento, no cuento con lo necesario para atender tus heridas, tampoco con la suficiente luz como para observar lo profundas que son —habló el viejo alfa, acercándose a su subordinada—. Pero, a juzgar por mis conocimientos empíricos y el leve tacto que tuve ante lo que parecían ser las púas de un erizo, no creo que hayan estado profundamente clavadas, retiraste el pie a tiempo. Por lo poco que puedo ver y por el color que toma el lugar de la herida, creo que pisaste un erizo de fuego —su voz sonaba levemente afligida—. No son mortales, pero sí venenosos. No tengo los suficientes materiales como para crear un antídoto, y salir en busca de ayuda no me parece una buena idea. Tendrás que ser una mujer valiente y aguardar hasta mañana, esperemos que las cosas se calmen y que haya sido suficiente lo poco que hice por ti.
La alfa sonrió, aún moviéndose incómodamente.
—Estás en decadencia —dijo, sosteniendo bruscamente el hombro de su líder. No lo había hecho a propósito, era sólo que con ese insoportable dolor no era capaz de controlar sus movimientos—. Lamento... No ser capaz de protegerte —gritó nuevamente por la constante tortura que la herida aún transmitía.
El pescador suavizó su mirada, mostrando una leve sonrisa en su rostro.
—Preocúpate por ti misma —le recordó el mayor—. Seré viejo, pero aún resisto. No te angusties, no será fácil deshacerse de mí.
La rubia sonrió, luego cayó al suelo mientras continuaba retorciéndose. Había comenzado a tener espasmos, Krueger lo sabía perfectamente porque ya había tratado anteriormente esa clase de situaciones. Conocía como la palma de su mano a la fauna marina, y lo peligrosa que ésta era. Sin embargo, jamás se había encontrado en una situación tan crítica como en la que estaban metidos ahora. No quería perder a su estimada subordinada, pero tampoco podía hacer algo por ella en ese preciso momento. Siempre fue escéptico en cuanto a religión se trataba, pero ahora mismo necesitaba desesperadamente algo en qué apoyarse, por lo cual, rezó a medias cualquier oración que recordaba, pidiendo por la salud de su compañera.
Si bien los erizos de fuego no eran mortales, eso no reducía su dolor en cuanto a un ataque se tratase.
La tormenta no pasaría pronto y ellos no podían quedarse ahí más de un día. Reiner y Bertolt aguardaban por la presencia de Annie y Zeke, debían cumplir su objetivo y encontrarlos lo más rápido posible. Además, tampoco podían poner en riesgo la integridad de Historia, por lo que esperar en esa cueva expuestos a que otro animal o bicho saliese y los mordiera o picara claramente era algo que debían evitar a toda costa. Y como si eso fuera poco, Yelena necesitaba tratarse antes de que el veneno se expandiera y construyera su sufrimiento en un completo martirio.
—Cuiden de ella —más que una petición, sonó como una orden por parte del líder, a lo que las omegas asintieron con la cabeza mientras rodeaban a la desahuciada alfa.
Los cuatro estaban empapados y tiritando de frío, pero dada la situación, la alfa era quien lo pasaba peor. Ambas omegas se acurrucaron con ella, cada una al lado, mientras buscaban conseguir algo de calor para sus helados cuerpos. Un mero instinto de supervivencia.
—¿A dónde va? —inquirió la criada, sonaba asustada. Y él comprendía, incluso él estaba aterrado de adentrarse a aquel abismo y no poder regresar, pero tenía que hallar la forma de salir de ese lugar, no podía darse por vencido—. ¿Qué planea hacer?
—Si no regreso cuando amanezca, váyanse sin mí —respondió el hombre, ignorando las preguntas de la azabache—. Por favor, cuiden bien de Yelena, incluso cuando yo ya no esté.
—Viejo...—susurró la alfa, luego soltó otro estruendoso grito que le erizó la piel a las omegas.
Búho continuó hacia adelante con cautela, con su mano izquierda apoyada en las rocosas paredes mientras mantenía su mano derecha al frente, con tal de no golpearse con lo que sea que tuviese enfrente, si es que lo tenía. Caminó en silencio durante unos diez minutos, hasta que finalmente le pareció escuchar el sonido de las múltiples gotas desvanecerse en el sólido suelo de tierra. Su audición no fallaba, tampoco era una mala jugada como un delirio; como si de un milagro se tratase, logró ver por el reflejo de un relámpago la salida de la cueva. No era muy amplia, pero uno por uno podrían salir sin ninguna dificultad. Dibujó una victoriosa sonrisa mientras sus ojos se llenaban de esperanza; finalmente, la suerte les sonreía.
Regresó por donde había venido, completamente emocionado por su triunfante descubrimiento. Inmediatamente en cuanto se topó con las tres mujeres, les informó de dicha hazaña y las invitó a que lo siguieran, no sin antes subir a Yelena en su espalda para llevársela cargando. Ella era unos cuantos centímetros más alta que él, y por ende, al viejo pescador le resultó cansado cargar con alguien que poseía casi su mismo peso, pero aún así no se dio por vencido. Eso y la combinación del previo agotamiento físico que tuvo entre las olas seguramente lo dejarían lo suficientemente molido como para dormir un día entero. ¡Pero no importaba! Haber sido de los guerreros más fuertes no era solamente un legado; un límite para él no existía.
Las dos muchachas siguieron al líder en la oscuridad. Mina tomaba fuertemente la mano de la heredera, quien iba por delante de ella.
No tuvieron complicaciones en encontrar la salida, y el recorrido hasta ese punto había sido silencioso (a excepción por los repetidos quejidos de la alfa). Búho les indicó que salieran, y así lo hicieron. Una vez que todos estuvieron fuera miraron con detenimiento su nueva condición; estaban varados en un lugar desconocido. Krueger jamás había vagado por esos lares y su acompañante tampoco, por otra parte, Historia jamás salía sola del castillo y no tenía idea de cómo llegar a ninguna parte, y Mina únicamente conocía el lado sur de Paradis. Catastrófico, como había sido desde un inicio.
—A algún sitio tendremos que llegar —insistió el pescador, tan optimista como sólo un líder podía serlo. Incitaba a las omegas a que continuaran con su trayecto, pese a no tener idea de hacia dónde dirigirse.
—Sí, pero no cuando estamos prófugos e intentamos pasar desapercibidos —contrarrestó Carolina, con obvia razón.
—A ese paso no lograremos nada —acertó Búho. No podían permanecer ocultos ahí por siempre—. Debemos arriesgarnos si deseamos ganar algo.
—Pero...—Mina estaba a punto de espetar.
—No, él está en lo correcto —coincidió Historia, hablando al fin—. Nuestras vidas han estado en constante peligro —le recordó a la azabache—. No nos queda más que continuar.
Caminaron en fila india, adentrándose cada vez más al frondoso bosque que los recibía y resguardaba de la torrencial lluvia. Debajo de aquellos inmensos árboles apenas y lograban colarse algunas gotas, aunque la gélida ventisca continuaba soplando y los lloviznaba de vez en cuando. Lo único que iluminaba su sendero eran la proyección de los continuos relámpagos.
La vegetación era abundante; las plantas crecían sin frenar y los arbustos eran enormes. En el suelo, las raíces de los enormes árboles desbordaban la tierra, por lo cual no era de extrañarse que alguna de las omegas se tropezara y cayera de vez en cuando. Al pescador cada vez se le dificultaba más avanzar; sentía que su compañera se volvía más pesada y sus brazos se cansaban al igual que sus piernas.
Lo único que los mantenía de pie era su voluntad por cumplir su misión, puesto que dadas las infernales circunstancias y el estado de los presentes, los cuatro ya hubieran hallado un sitio para descansar y pasar la noche hasta que la tormenta pasara. Pero no podían darse ese lujo, tenían que apurarse ya que el tiempo no los esperaría.
Hacía frío, estaba demasiado oscuro y habían pasado más de doce horas sin comer. Los estómagos de los tres conscientes gruñían y dolían de una manera caótica, ciertamente los desconcentraba descomunalmente.
Las mujeres veían al suelo, intentando enfocarse en el lugar en el que pisaban para evitar resbalarse. Historia casi se desplomaba; su frágil cuerpo no estaba acostumbrado a jornadas tan extensas de trabajo físico. Sus extremidades dolían y sentía que el agotamiento mental también incrementaba, y juntándolo con lo anterior mencionado, no era de extrañarse que se tambaleara y su andar se hiciera cada vez más lento. La criada se percató, y ante esto, tomó a la rubia del brazo, pasándolo por sus propios hombros para ayudarla a caminar.
Su recorrido se extendió a veinte minutos más. Estaban cerca de una aldea, mas no de la capital. No aún. La capital quedaba del otro lado.
—Necesito atender a Yelena. Si no lo hago, su estado actual empeorará y entonces su vida podría peligrar —justificó Búho.
—Pero ellos sabrán que estamos aquí —objetó Mina. Tenía un punto a su favor, no podían exponerse de esa manera.
—No puedo abandonarla —insistió el pescador, con ojos suplicantes que no iban dirigidos a la criada.
Historia abrió un poco más los ojos. Se quedó estática durante varios segundos. Entendía la situación; Krueger le estaba pidiendo permiso sin decírselo directamente.
La rubia asintió levemente con la cabeza, y como respuesta, el alfa soltó un suspiro aliviado y murmuró un genuino "gracias".
Se acercaron a la aldea, pero antes de que cualquiera de ellos pudiera dar cualquier señal de auxilio, se percataron de que ahí no habitaba nadie. O al menos ya no más.
Las casas estaban desoladas al igual que los establos carentes de animales. Pero esa no era la única peculiaridad; había pequeños destrozos que proporcionaban una idea de lo que había ocurrido.
Los tres conscientes avanzaron y se adentraron sin cautela ni pudor a la primera casa que encontraron con la puerta rota. Las omegas se dejaron caer al suelo, exhaustas y desahuciadas. Búho dejó con delicadeza a Yelena junto a ellas, luego prosiguió a hurgar entre las gavetas del primer mueble que visualizó con la intención de hallar algunas velas. Una vez que las encontró, tras buscar en tres muebles diferentes, prosiguió a buscar con desesperación pedernales. Salió de la casa sin las velas, y cuando regresó, traía consigo dos pedernales. Los frotó y logró que salieran chispas que posteriormente encendieron las velas. Cuando finalmente tuvieron iluminación, el pescador se dirigió hacia un estante donde descansaban los vasos de vidrio. Tomó uno y lo colocó sobre la vela para que ésta no se apagara por el viento.
—¿Pero qué pasó aquí...? —preguntó Mina una vez que logró recuperar las fuerzas para hablar.
—Está ocurriendo lo que en algún momento debía pasar. Se avecinan cosas violentas —explicó vagamente el mayor, acercando su fuente de luz hacia el pie de su compañera para poder diagnosticar qué tan grave se encontraba.
—¿Qué? No lo entiendo —replicó Carolina.
—Debo buscar hierbas —dijo el líder después de observar la herida. Afortunadamente, no parecía ser profunda—. Regresaré pronto.
El alfa salió por unos minutos que parecieron una eternidad. Cuando regresó, trajo consigo las dichosas hierbas y prosiguió a fabricar el mejor remedio que podía. Durante su ausencia, las omegas hurgaron sin descaro entre la ropa de los aldeanos hasta que finalmente encontraron algo de su talla y se lo pusieron. Tenían que hacerlo o de lo contrario aumentarían sus probabilidades de contraer un resfriado, lo cual significaría un paso directo hacia la muerte.
Luego de eso, nadie habló y no tardó mucho para que los tres cayeran profundamente dormidos en respuesta a todo el esfuerzo y agotamiento que había producido aquel día.
El clima del día siguiente no mejoró. En realidad, no lo haría durante varios días. Las lluvias en aquel entonces solían ser prolongadas y desastrosas, y esta vez no sería la excepción. Después de todo, ya era la época en la que aquellos sucesos ocurrían.
Después de que Búho cazó lo mejor que pudo encontrar y lo haya repartido en porciones más o menos equitativas para que se lo comieran crudo, continuaron con su viaje. Yelena había despertado pero aún no lograba recuperar ni la mitad de las fuerzas que inicialmente poseía, por lo que el líder optó por continuar cargándola. Fue así durante un par de horas, hasta que finalmente la alfa se negó a darle más molestias.
No se percataron cuando comenzó a anochecer, puesto que con lo nublado que se encontraba el cielo la luz siempre había escaseado. Hacía un buen rato que la vela se había apagado y ahora se encontraban cerca de la capital, más no lo suficiente como para festejar. Habían pasado al menos unas cinco civilizaciones más y no se habían encontrado con ningún nativo, lo cual no le extrañó a Krueger pero a Mina sí. Algo realmente andaba mal.
Yelena, sorprendentemente, fue la primera en caer sobre sus rodillas. Su cuerpo aún seguía aturdido bajo los efectos del disuelto veneno, y con cada paso que daba sentía que la herida palpitaba y el punzante e infernal dolor regresaba. El pescador lo sabía, así que decidió parar también. Historia se dejó caer al suelo, y Mina sólo extendió los brazos como si quisiera detenerla; mas no lo hizo. Ninguno de ellos se encontraba en sus cinco sentidos, en especial la mujer alfa.
Momentáneamente el líder se giró velozmente y sujetó fuertemente el brazo del sujeto que planeaba apuñalarlo por detrás, quien había salido detrás del grueso tronco del árbol en el que el pescador estaba apoyado. Esto impactó a las tres mujeres, quienes instintivamente miraron a su alrededor en busca de más.
—Es un beta, por eso no lo percibimos —informó Yelena con lentitud. Rápidamente se incorporó y dirigió su puño hacia el rostro del tipo, pero éste lo esquivó. No era capaz de moverse con mayor rapidez.
—Yo me haré cargo —indicó el alfa masculino. Se apartó antes de que el sujeto realizara la siguiente acción. Era bastante habilidoso, debía reconocerlo.
Ambos empezaron a luchar entre ellos. Aquel tipo se deslizaba de un lado a otro con demasiada facilidad, y lamentablemente Eren estaba lo suficientemente exhausto como para colocarse a su nivel, así que lo mejor que podía hacer era limitarse a esquivar sus ataques y desviar su atención para que las mujeres pudieran huir, hecho que hicieron a medias puesto que Yelena se negó firmemente en abandonarlo. Mina e Historia se fueron no muy convencidas de que fuese lo correcto. El beta las quiso perseguir, pero inmediatamente Krueger y su compañera se interpusieron.
—A él lo conozco —comentó la azabache mientras ambas corrían con cautela entre las raíces de los grandes árboles—. Lo he visto con el Señor Kenny en algunas ocasiones.
Antes de que la rubia pudiese responder, el desgarrador grito de dolor la paralizó por completo. Giró su cabeza lentamente hacia atrás, encontrándose con una sanguinaria escena que desearía jamás haber presenciado; una de las manos del pescador se había desprendido de su cuerpo.
El tipo corrió hacia ellas y nadie lo detuvo. La mujer alfa yacía tirada en el suelo y a duras penas podía mantenerse en pie, mientras que Búho se retorcía de dolor por su bruta amputación.
Estaban perdidas. Indefensas.
—¡Váyase! —gritó Mina, frunciendo el ceño con enojo por primera vez. Se posicionó delante de ella, dándole la espalda—. ¡Váyase ahora!
—Pero...
—Le juré que la protegería con mi vida, ¿no es así? —volteó solamente para sonreírle amablemente mientras cerraba los ojos. Historia abrió los ojos con desmesura al escucharla pronunciar dichas palabras—. Y dígale a mis hermanos que siempre los amaré y cuidaré —amplió su sonrisa—. Oh vamos, no me mire así —abrió los ojos, dedicándole una mirada llena de ternura—, a usted también la cuidaré por siempre.
La omega permaneció estática, como si todo su ser se hubiera detenido en ese preciso momento. Una ráfaga torrencial de miedo y frustración recorrían su cuerpo, sentimientos que nunca antes había experimentado en su privilegiada vida.
—¡¿Qué espera?! ¡Hágalo ya! —la azabache empujó a la rubia bruscamente, y sin mirarla comenzó a avanzar hacia el tipo que se movía con agilidad y cada vez se acercaba más—. Señorita, ¡viva por todos nosotros!
Lágrimas cayeron del rostro de Historia. Se sintió culpable por dejarlos ahí, pero, ¿realmente tenía otra opción? Después de todo, aquellos sacrificios que hicieron fueron únicamente con la finalidad de mantenerla a salvo. Y si era verdad lo que Mina decía, el sujeto venía por ella y sólo Ymir sabe qué planes tendría su padre para ella. Si se dejaba capturar, todo habría sido en vano. No podía permitírselo.
La rubia corrió lo más rápido que su voluntad le permitió. No le importó el cansancio, no ahora que todo peligraba. Escuchó sonidos infernales que garantizaban un profundo dolor, pero aún así no volteó. Siguió corriendo hasta que resbaló con una raíz y cayó al suelo, de frente. Trató de incorporarse, pero antes de que pudiera hacerlo, notó que ya era demasiado tarde; el beta la había alcanzado y se mostraba erguido delante de ella.
Un aroma peculiar la distrajo durante un segundo. Un profundo sentimiento de calidez inundó su corazón pese a toda la espontánea locura por la cual atravesaba. Demasiadas cosas habían pasado en tan poco tiempo que su cerebro apenas podía procesar lo que ocurría. Deseaba que fuese un mal sueño y nada más que eso; anhelaba despertar en cualquier momento y encontrarse con el cariñoso tacto de Uri acariciando sus cabellos, con la gentil sonrisa de Frieda o con los expresivos orbes azules de su gemelo. Sólo... Deseaba que nada de lo que estaba viviendo fuera real.
Alzó la cabeza con lentitud, encontrándose con su verdugo. Cerró los ojos durante unos segundos, aceptando su cruel destino mientras sus lágrimas no paraban de fluir.
—Les fallé —pensó Historia, defraudada de sí misma—. Todo fue en vano. ¡Maldición! ¡El abuelo tenía razón sobre mí, no soy más que un estorbo! —se maldijo mentalmente, completamente abatida y cegada por las impotentes emociones que emergían dentro de sus entrañas—. ¡Si tan sólo hubiese sido más inteligente nada de esto habría pasado!
Repentinamente, sintió un extraño líquido salpicarle el rostro. Era sangre.
Abrió los ojos, hallando a su salvadora. Aquella mirada llena de temor, pero al mismo tiempo de determinación. ¿Cómo era eso posible?
El tipo cayó al suelo, con la espada clavada en su pecho, directamente al corazón. Ataques limpios y perfectos, dirigidos únicamente a puntos vitales. Técnicas de Kenny, sin lugar a dudas.
—Ymir...—musitó la rubia.
—Llegué a tiempo —sonrió débilmente la castaña, suavizando sus facciones—. Me prometí jamás volver a hacerlo, ¿sabes? —miró con lástima al tipo, pues era su ex camarada, Duran—. Pero, si tu vida está en riesgo, creo que podría hacer una excepción.
Historia sonrió débilmente, al igual que la castaña había hecho. No podía gozar enteramente su gloriosa aparición por todo lo que previamente había sucedido, sin embargo, eso no impidió que una gran parte de ella se sintiera consolada con su sola presencia. Y se aferró a ella, como si fuera lo único que le quedaba, sabiendo que deseaba quedarse en sus brazos por siempre.
˚₊· ͟͟͞͞➳ ❝ ɴᴏᴛᴀ ᴅᴇ ᴀᴜᴛᴏʀᴀ ❞
El día en el que yo deje de escribir tanto drama, dejaré de ser yo.
No me extenderé porque este capítulo ya es largo de por sí, así que seré directa y honesta; me gusta matar personajes de manera que se sacrifiquen por otros. Planeaba hacerlo con otros cuantos (uno de ellos, principal) pero luego se me ablandó el corazón y recordé que me enoja mucho leer fanfics trágicos, así que, dejaré esta importante decisión en sus manos: ¿final feliz y de color de rosa o el final que en un inicio tenía planeado?
(Y vaya, yo planificando mis obras, qué milagro). Y por si se lo preguntan, no, aún no se acaba, faltan como nueve capítulos más, o quién sabe, a lo mejor lo dejo en 25.
