Propuesta
— ¿Quie-quieres un café? —preguntó sin saber qué más decir para retenerlo.
Inuyasha asintió dubitativo, y por indicación de ella subió a su habitación, mientras Kagome se quedó en la cocina preparando el café. Cuando ella entró a su cuarto y dejó las tazas sobre su escritorio, donde Inuyasha se encontraba sentado, se sentó en su cama. Ambos se quedaron mirando atentamente enfrentados, ninguno sabía qué decir, porque nuevamente esa atmósfera electrizante los había rodeado y cualquier palabra se sentía fuera de lugar.
— Suerte mañana —dijo Inuyasha para romper el silencio—, puedo pasar a buscarte a la salida, si es que puedes.
— Me encantaría —respondió Kagome casi jadeante, de repente se sentía acalorada, y sofocada.
— Quizá debería irme —murmuró él poniéndose de pie, el ambiente se tornaba denso y difícil de soportar para él, que lo único que deseaba era saltar como una bestia sobre ella—, sé que te levantas temprano.
Cuando se acercó para saludarla, el beso que iba destinado a su mejilla, terminó en sus labios, porque Kagome giró su rostro de improviso en el instante justo. Y solo eso bastó para romper su autocontrol. Pasó una de sus manos por la nuca de ella y acercó su rostro para besarla casi con rudeza. Kagome gimió suavemente ante la intensidad y esa oportunidad fue aprovechada por su lengua para poder ingresar a su boca.
Por unos momentos solo se escucharon sus respiraciones agitadas, mientras sus lenguas recorrían sus bocas y bailaban entre ellas a un ritmo demasiado sensual. Inuyasha no pudo evitarlo y antes de notarlo se encontraba sobre Kagome, ambos recostados sobre su cama. Dejó sus labios, para recorrer lentamente su mandíbula y luego su níveo cuello.
— Inu-ya-sha —gimió Kagome suavemente con sus ojos cerrados, completamente perdida en el placer que sus caricias le generaban.
Escuchar su nombre en ese tono, lo despertó del deseo que lo consumía. Se separó de su cuello y la miró a sus ojos chocolate que ahora lo miraban bien abiertos. El sonrojo en las mejillas de Kagome se extendía hasta la punta de sus oídos, su pecho se elevaba agitado y eso no hacía más que resaltar sus pechos ajustados por aquel ominoso vestido. Inuyasha sentía el deseo recorrerlo violentamente, su aroma no hacía más que enloquecerlo y el pequeño momento de cordura se perdió, cuando Kagome llevó sus delicadas manos hacia el pecho masculino. Un ronco gemido salió de su interior cuando volvió hundirse en el hueco entre su hombro y su rostro, lamió suavemente aquel cuello que concentraba su intoxicante esencia.
Kagome se estremeció al sentir una pequeña mordida en la base de su cuello. La imagen de Inuyasha sobre ella mirándola con la intensidad que solo sus ojos dorados podían transmitir, en conjunto con sus besos y sus caricias, la habían llevado a un lugar que desconocía; venía vislumbrando sensaciones extrañas desde que él le había robado aquel casto beso en el hospital, cada vez que se encontraba lo suficientemente cerca para sentir su masculino perfume, cada vez que la tocaba, hasta el más inocente roce, la estremecía, pero esto era completamente diferente; su pulso se encontraba completamente fuera de control, lo sentía en todo su cuerpo, el calor irradiaba de ella a tan punto que su ropa le incomodaba y la necesidad de presionarse contra Inuyasha era tan grande que dolía, y todas esas sensaciones no paraban de crecer, a cada instante, a cada beso.
Una de las manos de Inuyasha fue recorriendo su cuerpo lentamente desde su rostro, bajando por su cuello y brazo hasta llegar a sus muslos, mientras que la otra mantenía su equilibrio sobre ella. Casi con fiereza levantó el borde de aquel vestido y acarició su suave piel hasta el tope de sus piernas, deteniéndose justo bajo su ropa interior. Mientras su boca había capturado nuevamente los labios de Kagome, ella mantenía sus manos sobre sus pectorales.
Inuyasha llevó su mano hacia el cálido estómago y su boca hacia el cuello, podía sentir el calor que emanaba por sobre el vestido, y con suavidad la posó sobre uno de sus pechos.
— ¡Oh! —exclamó ella, apretando sus ojos cerrados sorprendida por la sensación tan electrizante que la había recorrido, y llevando una de sus manos hacia su boca.
En algún lugar de su mente era consciente de que su familia se encontraba cerca y que no debía de hacer mucho ruido, pero las sensaciones eran tan atronadoras que no podía evitar los ruidos que emanaba, eran incontrolables. Cuando la mano de Inuyasha que estaba sobre su pecho se cerró, estrujándolo placenteramente, sintió como si un pequeño rayo hubiera caído sobre su vientre y tuvo que presionar su propia mano contra sus labios para que el sonoro gemido que había soltado se amortiguara. Elevó suavemente su pecho para presionarse contra el de Inuyasha, en un desesperado intento con satisfacer la apremiante necesidad de cercanía que la recorría.
Inuyasha se había sorprendido con la suavidad de su pecho, necesitaba probarlo; mientras su boca iba bajando lentamente desde su cuello, sobre su pecho y el borde de sus senos, dejando un recorrido de húmedos besos, se detuvo ante el borde del vestido. Quería tomarlo con calma y suavidad, pero le costaba tanto, su coherencia iba y venía, dejándole el lugar a su bestia interior por momentos. Al sentir a Kagome arquearse contra él, la bestia tomó el lugar y llevó aquella mano desde su seno hacia su vientre, por sobre el vestido delineó su pequeña ropa interior y dos de sus dedos bajaron por su monte de venus hacia el centro de sus piernas.
Kagome abrió sus ojos sorprendida e instintivamente presionó sus piernas, al tiempo que la mano que se encontraba posada suavemente sobre el pecho de Inuyasha, cobró vida intentando empujarlo lejos. La electricidad que sintió en su vientre fue tal, que rayó en lo dolorosa y la vergüenza tomó fuerza desde su interior.
— Inuyasha yo… —murmuró ocultando sus ojos bajo su flequillo y girando su rostro hacia un lado—, yo no…
Aquella suave presión que llegó desde su pecho, lo volvió a la realidad nuevamente. Se detuvo para mirarla, y al verla de esa forma, se dio cuenta de lo que estaba haciendo y en donde. Con ternura depositó un beso en la mejilla que ella dejó expuesta y se movió a un lado, para dejarse caer en la cama y mirarla a los ojos.
— Per-perdóname Inuyasha —dijo ella al tenerlo en frente—. Lamento haberte empujado, yo no… yo te… yo…
Inuyasha la besó castamente con suavidad y acarició su mejilla manteniendo sus ojos dorados atentos en los chocolates que temblaban.
— Perdóname tú, me lancé sobre ti como un animal —murmuró con suavidad y esbozó una dulce sonrisa—, es que eres irresistible.
Kagome rió bajito mientras se cubría el rostro con ambas manos. Las palabras de Inuyasha siempre eran tan directas, desde el primer momento que lo conoció, expresaba lo que pensaba sin pelos en la lengua. Ella, sin embargo, siempre se quedaba muda cuando debía hablar, o reaccionaba sobresaltada y nunca llegaba a expresar lo que sentía o pensaba.
— Yo quiero hacerlo… —susurró aún con su rostro cubierto— contigo.
Inuyasha se sorprendió ante sus palabras, puesto que en los momentos intensos ella solía quedarse callada; descubrió su rostro, tomando ambas manos entre las suyas, la miró intensamente, intentando transmitirle que él también y que al mismo tiempo quería respetarla como ella se lo merecía, y esbozó una nueva sonrisa.
— También yo, ya te lo dije una vez, si fuera por mi te besaría toda la vida —respondió solemne—, pero este no es un buen momento.
— ¿Por qué no? —preguntó Kagome, contrariada, mirándolo con sus preciosos ojos chocolate y su ceño levemente fruncido.
— Tú te mereces más, lo mereces todo, quiero que sea perfecto —terminó, mientras comenzaba a incorporarse y la ayudaba a ella a sentarse en la cama.
Cuando ambos estuvieron de pié, Inuyasha la abrazó protectoramente. El calor de su pequeño cuerpo, le resultaba demasiado doloroso en esta instancia. Si quería mantener la compostura debía irse.
— Será mejor que ahora sí me vaya —dijo mientras depositaba un corto beso sobre su cabello renegrido—, nos vemos mañana a la salida del hospital.
— De acuerdo —respondió Kagome, dándole un timido y dulce beso en los labios—, hasta mañana.
— Eres demasiado peligrosa, para tu propio bien —masculló él, con una sonrisa socarrona, mientras tomaba el saco de su traje, que se encontraba sobre la silla del pequeño escritorio, y se encaminaba silenciosamente hacia la salida.
— ¡Bienvenida! —exclamaron al unísono Sango y Ayame al verla entrar al hospital.
— Gracias amigas —respondió Kagome al ser abrazada por ambas al mismo tiempo—, me-van-a aho-gar…
La tres rieron y la acompañaron hacia el consultorio del doctor Sasaki, donde debía reportarse para que le indicara por donde comenzar. En el camino se pusieron al corriente de algunos de los chismes del hospital y de algunos cambios de los que Kagome pudiera no saber de las últimas semanas, pues sus amigas la visitaban seguido en el templo durante los fines de semana, por lo que las tres estaban en sintonía.
— ¿Cómo vas con Kouga? —preguntó Kagome a la joven pelirroja—. ¿Ya se le pasó ese arranque de celos por ese amigo tuyo? Quién hubiera dicho que sería tan territorial…
— Algo —respondió suavemente, encogiéndose de hombros—, le dije que no me gustaba que me anduviera creando problemas por cualquier hombre con el que hable, que lo ame no significa que es mi dueño, no soy un objeto.
— Vaya —exhalaron Sango y Kagome al mismo tiempo.
— ¿Con que lo amas eh? —pinchó Sango mientras la miraba entrecerrando sus ojos.
Ayame se ponía del mismo color de su cabello, mientras tapaba su rostro con ambas manos. Kagome rió divertida mientras llegaban al consultorio del doctor. Había extrañado el hospital y a sus amigas, ni una hora dentro y ya sus amigas se las habían arreglado para alegrarle el día por completo, cosa que pensó que no pasaría, puesto que ese día recién vería a Inuyasha al anochecer.
Sus mejillas se colorearon ante el recuerdo de la noche anterior; si ya de por sí extrañaba su presencia, ahora también extrañaba su calor, y sus besos… y sus caricias. Perdida en sus lujuriosos pensamientos, llevó sus dedos hacia los labios recorriéndolos con una sonrisa pícara.
— Me parece que no soy la única enamorada aquí —dijo Ayame, sacándola de su burbuja apasionada.
— ¿Algo que nos quieras contar? —preguntó Sango, pasando uno de sus brazos sobre los hombros de Kagome.
— No, bueno sí —respondió atolondrada—, pero no ahora.
— ¿Ya te reinstalaste en tu departamento? —preguntó Sango, y al ver el asentimiento de Kagome continuó—. Qué tal si hacemos una pequeña fiesta de bienvenida al hospital, a la ciudad y a todo. Hoy a la salida nos vamos a tu departamento y cenamos juntas. ¿Qué dices?
— Hoy… —comenzó la pelinegra—. Inuyasha viene a buscarme a la salida…
— ¿Qué importa? —rebatió la castaña—. Hace bastante que no lo vemos, podemos invitar a los chicos. Y así ellos tendrán con quién hablar, mientras nosotras nos ponemos al día.
Kagome asintió, le avisaría a Inuyasha en el almuerzo. Si bien quería verlo, aún se sentía avergonzada por lo de anoche y en grupo se sentiría menos pendiente de sus nervios y menos consciente de sí misma. Además, le vendría bien tener opiniones femeninas sobre sus últimos avances con Inuyasha.
El día avanzó con rapidez, a duras penas tuvo tiempo de almorzar, y de hablar unos minutos con Inuyasha para avisarle sobre el cambio de planes. Él parecía receloso al principio, pero aceptó y terminó bromeando alegremente sobre su hermano y Sango que, al igual que ellos, parecían inseparables.
Durante este tiempo, tanto Sango y Miroku, como Ayame y Kouga, se habían acercado muchísimo. Miroku estaba loco por Sango, pero ella lo mantenía a raya porque conocía su reputación desde hacía años, y, aunque en realidad estaba perdida por él a más no poder, no pensaba admitirlo todavía; mientras que Ayame y Kouga se habían conocido gracias a los accidentes varios de Kagome, y a partir de ahí se habían vuelto algo así como amigos, dado que Kouga en un principio parecía dispuesto a seguir con su interés por Kagome, sin embargo, con el paso del tiempo terminó por caer ante la dulzura de Ayame y en poco tiempo ya habían comenzado formalmente a salir, tanta química tenían, que al día de hoy parecían que llevaban juntos media vida. Todo indicaba que a las tres les había llegado el amor casi al mismo tiempo.
Para cuando fue la hora de salir, ya las tres muchachas se habían reunido en la recepción para salir al departamento de la pelinegra, tanto Sango como Ayame tenían la asistencia confirmada de Miroku y Kouga. A Kagome le hubiera gustado poder arreglarse para ver a Inuyasha, porque todo el día en el hospital la tenían con unas fachas que se asemejaban a cuando salió del hospital hacía un tiempo ya. Cuando pusieron un pié en la calle, pudieron ver el convertible de Inuyasha aparcado con dos hombres apoyados sobre este.
— ¡Mi Sanguito preciosa! —exclamó Miroku al verla salir, mientras se despegaba del auto en su dirección.
— ¡Miroku ya deja de andar gritándome esas cosas en la calle! —acusó Sango avergonzada, pero al mismo tiempo sonriendo mientras aceptaba el beso del ojiazul.
Inuyasha se había acercado a Kagome en silencio con una gran sonrisa. Con una intensa mirada pasó sus brazos por la cintura de ella y la rodeó en un cálido y protector abrazo. La mirada de Inuyasha, sus brazos rodeándola y su sonrisa, hicieron que todas las inseguridades que se le habían podido pasar por la cabeza quedaran completamente olvidadas; su calor había llenado todo su pequeño cuerpo con una rapidez asombrosa. Al parecer la intimidad que habían adquirido anoche, era un punto de inflexión para ellos, porque cuando se separó del abrazo, Inuyasha le dio un dulce beso en los labios para completar el saludo.
— Señorita Kagome, no quiero alarmarla, pero tiene un perro pegado a su bello rostro —dijo Miroku, con expresión de falso horror.
— Ya cállate Miroku —gruño Inuyasha, mientras mantenía uno de sus brazos rodeando la cintura de la pelinegra—, perro serás tú.
— Ah mira, un perro que sabe hablar… ¡Qué maravilla! —respondió Miroku, con su típica expresión solemne.
Todos rieron ante el intercambio entre los hermanos, y terminaron de saludarse antes de dirigirse al auto. Kagome se encontraba tan contenta que no cabía en sí, estaba junto a Inuyasha, que solo movía la mano de su rodilla en el auto para mover la palanca de cambios, sus amigos se encontraban atrás hablando animadamente, mientras Miroku hacía algunos chistes sobre las dos bellas mujeres que tenía a su lado, hasta que Sango terminó por darle un pellizco a una de sus manos que había querido tocar sus muslos en forma indebida en público.
Cuando llegaron al edificio, Kouga se encontraba afuera esperándolos; le dio un beso a Ayame que se sonrojó suavemente, y un gran abrazo a Kagome que terminó cuando Inuyasha la tomó por la cintura atrayéndola hacia él.
— Suficiente contacto —gruño mientras apretaba al Kagome contra uno de sus lados—, acércate a tu novia mejor.
— ¡Inuyasha no seas grosero! —reclamó ella, dándole un suave codazo—. Perdón Kouga, pero es bastante territorial.
— Lo comprendo —asintió Kouga, mientras acercaba a Ayame a su lado—, un hombre debe hacer lo que debe hacer.
— ¡Oh por dios! —soltaron las tres mujeres al unísono—. Son dos cavernícolas.
— Ustedes dos, mis queridos amigos, no conocen los modales correctos hacia las damas —dijo Miroku, acercándose a Sango y besando su mejilla—, tengo tanto que enseñarles.
— Tú mejor cállate —soltó Sango con una sonrisa temeraria y una ceja temblorosa, apretando una de las varoniles mejillas—, nadie quiere aprender de tus mañas, mujeriego.
Nuevamente las risas llenaron el círculo de amigos, para luego empezar a subir hacia el departamento de Kagome. Dado que no había podido dormir mucho la noche anterior, ya que aquel intercambio la había dejado con todas las luces prendidas, se levantó temprano para empacar las pocas pertenencias que debía devolver a su hogar en la ciudad. Aprovechó para desayunar con su familia y partió a su casa bien temprano, con tiempo para desarmar el pequeño bolso y cambiarse antes de salir con su uniforme al hospital.
Kagome ya había visitado, en varias oportunidades, su departamento hacía unos días atrás, para limpiarlo y comprar algo de comida indispensable para que cuando llegara el lunes no tuviera que cargar con compras de último minuto. Incluso había aprovechado para hacer un poco de limpieza de cosas que ya no usaba o que ya no la identificaban. La pérdida de memoria la había hecho redescubrirse a sí misma, ahora se encontraba mucho más animada de lo que recordaba, llena de vida, llena de sueños y de ganas de cumplirlos, por lo que muchas de las cosas que se encontraban en su casa no la representaban en su nueva faceta, las sacó y cambió por otros objetos que le dieran un poco más de alegría, agregó cojines con colores, algunos cuadros y adornos que había conseguido en una feria cerca del templo, etcétera. Su casa se encontraba más bonita que nunca, por lo que no había tenido ningún reparo para recibir a sus invitados esa noche.
Al entrar al departamento Inuyasha pudo percibir rápidamente a Kagome, su aroma y su personalidad, en cada rincón podía verla. Era un lugar pequeño pero cómodo, con una cocina funcional y un cuarto bastante amplio. Se sentía igual de cómodo que en la pequeña habitación de ella en el templo, dado que sentía a Kagome, su Kagome, por todos lados.
Sus amigos rápidamente se fueron acomodando en el pequeño cuarto de estar, alrededor de la mesita de café, mientras que Kagome se metió en la cocina para servirles algo de tomar a cada uno. Inuyasha la siguió en silencio.
— Tu casa es igual a ti —dijo mientras se apoyaba sobre la mesada al lado de la pelinegra que se encontraba bajando los vasos de una de las alacenas—, es preciosa.
— Gracias —respondió ella con suavidad, deteniéndose para acariciar la mejilla de Inuyasha con timidez—, te-
— ¡Oigan! —gritaron desde el otro cuarto cortando las palabras de la pelinegra y rompiendo el momento de intimidad— ¡Vengan que vamos a ordenar comida!
Inuyasha gruño molesto hacia los otros y Kagome rió con suavidad, mientras tomaban entre ambos los vasos y se dirigían de vuelta con sus amigos.
Al final, habían terminado cenando pizza con cerveza; cuando terminaron de comer y de charlar de todo un poco, los muchachos se entreveraron en una aburrida y larga conversación sobre autos que parecía tenerlos a los tres con los ojos brillantes, ocasión que las mujeres aprovecharon para meterse en la habitación de Kagome.
— Cuenta entonces lo que te tenía tan distraída por la mañana Kag —comenzó Sango mientras se sentaba en la cama de la pelinegra—. ¿Está todo bien?
Ayame se sentó al lado de Sango, mirándola con atención, mientras que ella se recostó sobre su pequeña cómoda. Hizo un pequeño resumen de su cita de la noche anterior, detallando las partes más importantes y sonrojándose hasta las orejas. Ya era una mujer y sin embargo ahí estaba, sintiéndose una adolescente avergonzada.
— ¡Qué vergüenza! —musitó cubriendo su rostro con ambas manos—. Parezco una niña.
— No es cierto —respondió Ayame, algo ruborizada—, a mi también me da vergüenza hablar de estas cosas.
— Kag esto es genial —dijo Sango, luego de negar con un suspiro ante las palabras de Ayame y a la actitud de Kagome—, ustedes saben que a mi no me da vergüenza en lo absoluto, me parece lo más natural del planeta. Sin embargo, entiendo que a ustedes les pueda dar pudor puesto que son mucho más tímidas. Pero volviendo al tema importante, me parece que Inuyasha se comportó muy bien, dada la situación. No cualquier hombre puede frenarse.
— Eso es cierto —asintió Ayame—, llegados a ese punto… creo que los hombres en general se dejan llevar por sus instintos. ¿Acaso tu querías que continuara?
— ¡Sí! ¡No! —exclamó Kagome cubriendo nuevamente su rostro—. Por un momento pensé que, al haberme cerrado, lo había arruinado, pero las palabras de Inuyasha me hicieron comprender que no era el mejor momento ni el lugar. Pero nunca en mi vida me había sentido de esa manera, eran sensaciones tan… salvajes, no me reconocía. No quería que frenara, pero todo me tomó por sorpresa, no lo pude evitar.
— Es tu primera vez —dijo Sango—, es comprensible que todas esas sensaciones te tomaran por sorpresa, reaccionaste naturalmente apartándolo; el punto es que, de haber estado en un lugar adecuado, no con tu familia en las habitaciones de al lado, él hubiera continuado, despacio y tú te habrías ido soltando de a poco. Todos los nervios son normales.
— Además se nota que Inuyasha está loco por ti —agregó Ayame—, desde que te conoció no parece poder despegarse de tu lado. Ustedes tienen una historia desde muy pequeños, según lo que nos contó tu madre. Aunque no lo recuerdes, parece que él sí y no creo que quiera dejarte ir.
— Él se irá —sentenció Kagome, bajando la mirada—, tarde o temprano.
— ¿Por qué lo dices? —preguntó Ayame, alternando miradas entre Kagome y Sango que se encontraban repentinamente cabizbajas—. ¿Qué me perdí?
— Ambos viven en Inglaterra —respondió Sango, con un tono triste—, me imagino que tú pensaste lo mismo que yo Kag. Disfrutar de cada momento que tengamos a su lado, porque en algún momento se irán.
— Sí, me dí cuenta cuando me contó sobre su familia, sus empresas, su casa, todo —dijo Kagome, sintiendo sus ojos aguarse, pero sacudiendo su rostro para despejar las lágrimas—. Pero me dije a mí misma que no podía deprimirme, ya habrá tiempo para eso cuando sea el momento.
Las tres se incorporaron para abrazarse y reírse ante sus altibajos emocionales.
— ¡Oigan! —gritó Kouga—. ¡Vuelvan que ya terminamos de hablar de autos!
Pasaron hablando y bromeando un rato más, cuando vieron la hora todos comenzaron a levantarse y a tomar sus ropas para empezar a retirarse. Ayame se quedaría con Kouga e Inuyasha llevaría a los tórtolos al hotel de vuelta, dado que Sango se quedaría con Miroku. Cuando se estaban despidiendo y llegó el turno de Inuyasha, la tomó de la cintura y la besó con pasión por un momento, al punto que el resto comenzó a reír y a gritarles que deberían buscarse una habitación.
Para cuando la soltó, Kagome estaba completamente arrebolada y agradecía que Inuyasha aún la sostuviera de la cintura, porque sus piernas parecían un poco gelatinosas en ese momento y dudosamente podrían sostenerla con seguridad.
— Kagome, sé que llevamos algunos meses de conocernos como adultos, y que fuimos bastante lento, porque bueno las circunstancias se dieron así —comenzó Inuyasha, trabando sus ojos dorados en sus chocolates que lo miraban genuinos y puros—, pero ya no quiero esperar más.
— ¿Conocernos como adultos? —repreguntó Kagome, un tanto confundida con la aclaración—.
— Bueno, nos conocemos de niños —aclaró él, arreglando una pequeña porción de renegrido cabezo tras una de sus orejas—, aunque tú todavía no lo recuerdes.
Kagome bajó la vista un poco ante aquel recordatorio de que su memoria no parecía querer volver, y en parte también por aquella acción tan natural y a la vez tan íntima que había hecho Inuyasha al jugar con su cabello. Por un momento olvidó que estaba en frente de sus amigos, que los miraban divertidos, y levantó la mirada hacia esos hermosos y sensuales ojos dorados que en ese instante parecían oro líquido.
— El punto es, que a pesar de todo esto, yo no me quiero separar de ti en ningún momento, así que… —retomó Inuyasha, dejando una pausa al final de su frase y finalizando con una pregunta que los tomó a todos por sorpresa—. ¿Te casarías conmigo?
Continuará…
