Hermione apenas durmió esa noche. No conseguía decidir qué había significado su desliz con Bellatrix. Desde luego atracción física había y también necesidad, llevaba desde el verano sin actividad en esa área... ¿Pero eso había sido todo, un impulso animal como aseguró la mortífaga? Ella siempre había sido perfectamente capaz de controlarse y la primera vez que fallaba era para traicionar a su novio. La distancia era muy dura, desde luego... no obstante, cada vez le pesaba menos su ausencia. Le daba terror plantearse una ruptura: los Weasley eran su familia, la habían cuidado como tal, no podía perderlos... Pero era egoísta darle esperanzas a Ron solo para mantener la sensación de hogar.
-Ya lo decidirás cuando lo veas, de momento céntrate en las clases -acordó consigo misma.
Así lo hizo. En pocos días se reencontraría con su novio e intentaría aclarar sus sentimientos. De momento tenía problemas más acuciantes: el día antes de las vacaciones se celebraba en Hogwarts el baile de Navidad. A Hermione no le hacía especial ilusión. Le recordaba a su etapa escolar, cuando vivió esas cosas con sus amigos y parecía que al final todo terminaría bien. No fue así. Pero los alumnos lo pasaban bien y a sus compañeros les decepcionaría que no acudiera.
Así que la noche en cuestión se alisó el pelo, se maquilló y abrió su armario con resignación. Como no estaba de humor para vestidos, eligió un elegante traje de chaqueta con camisa blanca y tacones. Se ajustaba bien a su figura y le daba un aire de sofisticación y madurez. O eso esperaba. Mientras bajaba al Gran Comedor rezó porque hubiera alcohol: lo necesitaba para asumir todo lo que estaba pasando en su vida.
-¡Herms, estás guapísima! -exclamó una alegre voz a su espalda.
La chica se giró, contempló a su compañera y puso los ojos en blanco.
-¿De verdad veías la necesidad de humillarnos así, Mir? -le reprochó- Aunque supongo que no es culpa tuya, aun con una bolsa de basura seguirías siendo espectacular.
Mirelle llevaba un vestido color champagne con un hombro descubierto, ceñido en la cintura y unas sandalias doradas al estilo diosa griega. Su melena castaña claro lucía un semirecogido y apenas llevaba maquillaje. Zeus hubiese expulsado del Olimpo a todas las deidades para otorgarle a ella el espacio que merecía. La francesa rió y le pasó un brazo por la cintura. Enseguida se les unió Ethan Brown, el sanador al que acudían los alumnos en busca de respaldo psicológico. Alabó la elegancia de ambas pero se centró en Hermione sabiendo que tenía más posibilidades. La joven le permitió tontear durante unos minutos. En cuanto llegaron a la mesa presidencial del Gran Comedor, le dirigió a su amiga un SOS con la mirada.
-Ven, Herms, siéntate conmigo y con Herbert, me está intentando explicar esa cosa muggle que llamáis Internet y no lo entiendo ni un poquito.
-Yo os puedo ilustrar perfectamente sobre lo que es Internet, la red de redes -intervino Brown con suficiencia.
-¡Magnífico! -exclamó la francesa con una amplia sonrisa- Imagina entonces que he preguntado por algo que desconoces y así no me obligas a buscar otra excusa para que dejes de agobiar a Hermione.
Tanto el profesor Herbert como Hermione no pudieron evitar reír. A Ethan no le hizo tanta gracia. Mirelle siempre era dulce y encantadora, incluso cuando mandaba a la mierda a alguien que a todas luces le desagradaba. Agarró a la gryffindor del brazo y la sentó entre ella y el profesor de Estudios Muggles. La sabelotodo miró a Ethan con una expresión de disculpa y por dentro suspiró aliviada. Observó distraída lo guapos y emocionados que se veía a los estudiantes en sus respectivas mesas. Parecía tan lejana la época en que ella fue una de ellos... Luego volvió a comprobar la mesa de profesores: ni un sitio vacío. No obstante, sintió una punzada de decepción. Aunque en los días posteriores a su encuentro la había evitado, tenía la esperanza de ver a Bellatrix antes de las vacaciones. Solo verla, nada más. Pero nunca cenaba con sus compañeros.
-Vendrá luego al baile -murmuró Mirelle-. Me ha costado pero la he convencido. Aunque como no haya whisky me matará...
-¿Quién? -preguntó Hermione fingiendo desconcierto.
Su compañera rió sin poder evitarlo. "Vale, así de evidente soy" pensó la gryffindor sin tener claro cuánto sabía la francesa. Estaba segura que lo del polvo en el bosque lo desconocía, pero su cuelgue por la morena debía ser evidente... Rezó porque solo Mirelle lo notase, era especialmente perceptiva en esos asuntos, y sabía que no diría nada.
-Mira, Herms, le das demasiadas vueltas a las cosas, en tu mundo todo tiene que cuadrar en torno al bien y la justicia, pero... Cuando has sufrido tanto a veces simplemente se trata de adaptarse para sobrevivir. No tengas en cuenta el pasado, si hay algo que alivia tu malestar, disfruta de ello y ya asumirás las consecuencias cuando lleguen. Bella odia trabajar aquí incluso más que tú y...
-¡A mí me gusta trabajar aquí! -la interrumpió Hermione.
-No es que te guste, es que sientes que debes hacerlo y por tanto debe gustarte. Tú querías trabajar en el Ministerio defendiendo a los elfos y si el mundo fuese justo, en eso estarías. Odias que trastoquen tus planes. Claro que aprecias a los alumnos y eres la mejor enseñando. Y estás muy agradecida a Minnie por ayudarte, tienes unos compañeros que te adoran y todo eso. Pero estás lejos de tus amigos y sientes que te has quedado atrás, ¿verdad?
Hermione tuvo que asentir cabizbaja y ligeramente avergonzada.
-Es lo más normal en tu situación. Pero se solucionará, tarde o temprano todo vuelve a su cauce. Après la pluie, le beau temps, ma petite –comentó Mirelle que solía enseñarle expresiones francesas.- Hasta entonces necesitas apoyarte en cualquier cosa que te proporcione la más mínima alegría.
-Gracias, Mir- susurró la chica cogiéndole la mano bajo la mesa-, eres mi mejor amiga aquí.
Realmente lo era. Aparte de McGonagall era la única a la que confesó la realidad de su situación. En cuanto le contó lo de su deuda con Gringotts, después de maldecir a los duendes, le ofreció el dinero sin reservas. Trabajaba de profesora porque se aburría y quería probar cosas, pero Mirelle seguía poseyendo una de las fortunas más grandes de Francia. Y hubiese estado encantada de ayudarla. Pero a Hermione su orgullo y su necesidad de ser autosuficiente le impidieron aceptar. Aún así, agradeció el gesto en lo más profundo de su ser.
-¡Claro que sí! Para lo que necesites, ya lo sabes -aseguró Mirelle-. Siempre tendrás a la versión francesa de... ¿cómo se llama esa tía buena muggle que se parece a mí?
-Angelina Jolie -aclaró Hermione sonriendo-. Leí que están rodando la segunda parte de la peli que fuimos a ver.
La francesa aseguró que irían a verla en cuanto la estrenaran. La gryffindor aceptó mientras desmigaba sin mucho apetito el asado que les habían servido. Seguía pensando en lo que le había revelado. Era evidente que Mirelle sospechaba que ambas sentían debilidad por la misma persona y no parecía molestarle. Así que renunció a la indiferencia que hubiera deseado fingir en favor de su curiosidad:
-Me... me estabas contando que a Bellatrix no le gusta trabajar aquí.
-Lo detesta -aseguró la mayor-, supongo que por motivos parecidos a los tuyos. Tener que volver después de tantos años para ella es un paso atrás gigante. Siente como si no hubiese avanzado nada, ¿sabes?, como si hubiera vuelto a la casilla de salida solo que más mayor y con muchas menos ganas.
-Lo comprendo perfectamente -respondió con sinceridad.
-Además tampoco fue una época especialmente feliz para ella. Tenía mucha presión con los estudios, sus padres insistiendo en casarla, la necesidad de entrar en la secta del tío ese al que se cargó... Y al igual que tú entonces tenía gente a la que apreciaba y ahora están muertos. Vivir aquí se lo recuerda a diario. Se esfuerza en hacerlo bien por el mismo motivo que tú: necesita ser la mejor en todo. Pídele que te lo cuente, aunque sois totalmente opuestas creo que en eso os parecéis.
-No tengo tanta confianza con ella como tú.
-No, claro... Tenéis un pasado que siempre seguirá ahí, pero daos una tregua mientras estéis en aquí. Después ella se irá a vivir su vida de aristócrata y tú en pocos años serás Ministra de Magia.
Hermione asintió agradecida. Era un buen plan, era el plan al que todo parecía llevarla: una relación intensa y afectuosa pero con fecha de caducidad. Luego sería su deber volver a odiarla como dictaban sus valores y principios. Pero de momento, como había dicho Mirelle, tenía que adaptarse para sobrevivir. Continuó la cena intentando distraerse y contagiarse del espíritu festivo. Se agenció una botella de vino de elfos que nunca le había sabido tan bueno. No estaba acostumbrada a beber, hasta hacía dos años nunca lo había hecho. Pero juzgó que era un buen momento para empezar. Por desgracia, cuando se iba a beber el tercer vaso, McGonagall se lo quitó con un accio y mirada severa.
-Enhorabuena, Herms -susurró Mirelle-, McGonagall es oficialmente tu madre.
-Te la regalo -refunfuñó la chica.
Su compañera rió pero declinó la oferta. Terminaron de cenar entre bromas y anécdotas similares. La directora retiró las mesas con un gesto de su varita y junto a Slughorn abrió el baile inicial. Mirelle le ofreció su mano a Herbert y el viejo mago correspondió encantado. Hermione aceptó a Ethan porque pese a su carácter insistente, sabía que respetaría los límites. Enseguida los alumnos más aguerridos se lanzaron a la pista. La sabelotodo lo pasó bien, era bastante parecido a cuando bailó con Krum: no era la pareja que hubiera deseado, pero servía para distraerse. O igual estaba borracha. El vino de elfos tenía una graduación bastante alta. Menos mal que McGonagall la había frenado. "Al final sí que va a ser mi madre..." pensó la chica. Cuando terminó la canción, se separó del chico y se fue a la barra. Se sirvió ponche de frutas para no empeorar la situación. Observó como todos bailaban y parecían disfrutar genuinamente. Ojalá ser parte de ello.
Unos minutos después se enfrentó al mismo problema que los años anteriores. Era la más joven del profesorado y la famosa chica dorada, imponía cuando hacía su trabajo y sus alumnos la respetaban. Pero aún así, les costaba verla como a una profesora más. Cada año varios de los más atrevidos le pedían que bailara con ellos. Si bien Hermione les tenía cariño, no consideraba adecuado intimar tanto. Suponía un cumplido, sin duda, pero quería mantener las distancias como hacían el resto de profesores. Además le parecía injusto: a McGonagall o a Slughorn nadie les pedía un baile... Aún así le daba lástima decepcionarlos. Así que ahí estaba, intentando explicarle a un gryffindor de último curso que mejor bailara con sus compañeras.
-Pero, profesora -empezó el chico con la famosa cabezonería de los gryffindor-, este evento trata de estrechar lazos entre...
-Ya te gustaría a ti estrechar lazos, ochenta y dos -le cortó una voz a sus espaldas-. Largo de aquí.
"Sí, Madame Black" respondió el chico empalideciendo y retirándose al instante. Hermione no pudo evitar sentir un escalofrío de placer al deducir quién había llegado por fin.
