Volvía a estar en la mansión. La mansión de hacía ocho años.
A diferencia de cómo ocurrió en la realidad, no llegó allí cuando el fuego ya había acabado con el que fue su hogar; sino que lo hizo antes.
Estaba solo. Sin su hermana al lado, suplicándole que se marcharan antes de que llegaran las personas que habían asesinado a su familia.
Todo ello le demostró a Derek que estaba soñando.
Un sueño que siempre era igual.
Cuando se encontró frente a la mansión Hale, las llamas se elevaban en mitad de la noche, iluminándolo todo con un tono naranja y rojo similar al que veía cuando encendían la chimenea los días de mucho frío.
Pero a diferencia de aquella bucólica imagen, lo que ahora presenciaba un Derek de quince años era aterrador. Porque en lugar de oír el crepitar de la madera, lo que oía eran los gritos desgarradores de su madre, de sus hermanas, suplicando por sus vidas. Porque alguien las sacara de allí.
Y como cada vez que tenía aquella pesadilla, el Derek de quince años se convertía entonces en un hombre que observaba aquella tragedia, completamente paralizado.
La primera vez que lo soñó… La primera vez que se concedió un minuto de descanso después de días huyendo, Derek trató de moverse en el sueño. Pensando que le habían concedido la posibilidad de salvar a su familia, intentó correr hacia la casa para abrir las ventanas y puertas, y ofrecerles un escape a sus seres queridos.
Pero aquella primera vez, y muchas que siguieron después, no era realmente consciente de que estaba soñando. Y que en aquel sueño, aquella pesadilla, lo único que podía hacer era mirar. Mirar y oír el dolor de su familia, los llantos desgarradores de sus sobrinos, de apenas un año de edad, mientras el olor a ceniza iba inundándolo todo.
Durante años, la pesadilla permaneció igual. Sólo cambiaba el aspecto del Derek que observaba la tragedia, y que siempre era el mismo del Derek del mundo real. Aunque con el tiempo, debido a la constante presencia de esas imágenes en sus sueños (el único sueño que era capaz de recordar) también empezó a cambiar el modo de reaccionar de Derek en el sueño. Si al principio siempre trataba de moverse y hacer algo: intentar salvarles, o incluso huir por no tener que seguir viendo aquello… más adelante simplemente se limitó a mirar. Y sabiendo que no había nada que pudiera hacer, comprendiendo que aquello no era sino un autocastigo por haber sido el responsable de esas muertes, Derek aceptaba el castigo.
Y por ello, cada vez que se encontraba frente a la mansión Hale ardiendo, oyendo los gritos de su madre, Derek sabía que estaba soñando. Y que no despertaría hasta que el techo de la casa no hubiera caído a causa de las llamas, y los gritos de su familia hubieran cesado de golpe.
Y cada vez que aquello ocurría. Cada mísera vez que debía enfrentarse a esa pesadilla, lo hacía en silencio. Tan sólo dejando escapar lágrimas de rabia, suplicando a su cabeza que por favor despertara de una vez, porque ya no lo soportaba más.
Algunas veces, en los días en los que se sentía especialmente culpable por sus errores (lo que era la mayoría de las veces), el sueño no terminaba con el derrumbe del techo. Porque justo después, cuando Derek ya estaba contando los segundos para despertar con un grito en los labios, aparecía alguien más.
Alguien llamado Kate Argent. Que se acercaba a él con esa seguridad y chulería tan propia de ella y, sabiendo que él no podía moverse (no dejaba de ser la pesadilla de Derek, y en ella él siempre estaba paralizado), se pegaba a él. Acariciaba entonces su pecho, su pelo, sus mejillas. Lo hacía casi con ternura pero una sonrisa demente siempre pegada a los labios, y empezaba a hablar.
Le contaba lo que Derek siempre se decía a sí mismo: Que había sido gracias a él. Que su familia había muerto porque no era capaz de tener los pantalones subidos. Que ellos habían sufrido para que él pasara un buen rato. Que nunca más volvería a verles…
Y mientras Kate hablaba y hablaba, el hombre sólo podía suplicar que por favor acabara aquello. Que entendía su error. Que jamás se lo perdonaría y sabía que merecía sufrir por ello... Pero que por favor terminara ya ese suplicio.
Esta vez, sin embargo, cuando vio de nuevo que el techo de la mansión caía pero no despertaba enseguida, no fue Kate la que apareció. Por unos instantes no apareció nadie, y Derek se encontró solo frente a la mansión, preguntándose por qué no había despertado todavía. Los gritos ya habían cesado, y no tenía sentido que siguiera atrapado en aquella pesadilla cuando no había nadie ni nada dispuesto a seguir castigándole.
Y entonces le vio.
Se acercó a él con esa sonrisa que adoraba y los ojos brillando a causa del fulgor de las llamas.
Fuer verle allí, en aquel lugar tan lleno de dolor, y Derek sintió que no podía respirar.
Por favor. Por favor, tú no.
La súplica de Derek ni siquiera pudo salir de sus labios.
Stiles. El Stiles de su pesadilla, se acercó a él en silencio. Era la primera vez que aparecía en ella, y sin embargo se comportaba como si supiera perfectamente lo que tenía que hacer. Lo que tenía que decir.
Y Derek no quería escucharle. Porque se conocía demasiado bien. Y sabía que las palabras que dijera serían las suyas.
Pero oírlas de labios de otros era mucho peor.
Sobre todo si ahora iba a oírlas del único que sabía que jamás lo diría. Del único que creía firmemente que él no fue el culpable.
Pero ese era el Stiles de verdad. El que le abrazaba con fuerza las pocas veces en que estuvo a su lado cuando Derek tuvo la pesadilla y se despertó gritando. El que le repetía una y otra vez que no era real. Que lo que había visto no era real, y que él no tenía la culpa. Que eso era algo que tampoco pensaba su familia, y que por supuesto era algo que él jamás pensaría. Porque él jamás se habría enamorado de un asesino.
Pero ahora no estaba frente al Stiles de verdad.
Por el contrario, estaba frente a un Stiles que conocía sus puntos débiles y que, a diferencia del de verdad, sabía muy bien cómo utilizarlos y no tendría reparos en hacerlo.
Nada más llegar a su lado, lo primero que hizo Stiles fue limpiarle las mejillas, mojadas por las lágrimas.
- No llores, cielo – susurró el chico. Y al oír su voz, tan dulce como la que tenía cada vez que trataba de calmarle, Derek sintió que todo su cuerpo se estremecía – Sabías que tarde o temprano iba a ocurrir. No tiene sentido que ahora te pongas en plan sensiblero, con esa carita de cachorro – pese a que Stiles hablaba con inusitada ternura, cada palabra que salía de sus labios era como ser apuñalado por él una y otra vez – Desde el principio sabías que arruinarías mi vida, simplemente porque te fijaste en mí. Porque te caí en gracia y pensaste, iluso, que te merecías otra oportunidad. ¿Verdad? – esperó a que Derek dijera algo, pero él ni siquiera pudo asentir. Sólo podía notar cómo el corazón se le aceleraba y las lágrimas empapaban su cara – Y mira lo que ha pasado – acarició su mejilla con un leve roce de la mano, y Derek luchó por moverse y sentirla el mayor tiempo posible – Has destrozado mi vida. Por tu culpa estoy atrapado en una manada que sólo me quiere porque soy la mascota del último Hale.
Lo siento. Lo siento muchísimo.
- Mi padre tenía razón – continuó Stiles con la misma voz calmada – No debería haberme fiado de ti. Cuando apareciste, debí haber corrido en la otra dirección lo más rápido que pude. Esa habría sido la única manera de salvarme – sonrió – Sobre todo cuando me dijiste que me querías – soltó entonces una carcajada que, pese a ser menos espeluznante de como era la de Kate, logró que se le pusiera la piel de gallina – Seguro que te costó mucho decirlo, ¿verdad? – no esperó a que Derek respondiera, sabiendo que jamás lo haría – Apuesto a que estuviste horas enteras pensando en cómo hacerlo… Y apuesto a que lo hiciste justo aquí, donde mataste a tu familia, en un absurdo intento porque ellos te dieran su consentimiento – volvió a reír, y Derek sintió que se le rompía el corazón un poco más – Derek, Derek… ¿Cómo iban a hacerlo? Estaban muertos – sonrió del mismo modo en que lo hacía Kate – Y aunque no lo estuvieran… ¿Realmente crees que les gustaría verte feliz después de lo que hiciste? ¿Tan estúpidos crees que son?
No eres real. Esto no es real.
Derek sabía que no era real. Que Stiles jamás diría aquello, ni siquiera bajo el control de Helena. Que aquella crueldad no formaba parte de su ser. Sabía que aquello sólo era su absurdo sentido de culpa y su deseo de ser castigado por ello.
Pero ya no quería más.
No podía más.
Siguió repitiendo que no era real, como si fuera un mantra, en un absurdo intento porque al menos de ese modo no pudiera oír la voz de Stiles. Un Stiles que seguía hablando, recordándole cada uno de sus errores. Cada una de las veces que le puso en peligro desde que le conoció. Le recordó que ahora, por su culpa, se había convertido en un monstruo.
No eres tú. Tú no eres Stiles.
En un momento dado, no supo muy bien cuándo, la voz de Stiles desapareció. Derek pensó que era porque había despertado. Pero seguía estando en el bosque, y lo que quedaba de su antiguo hogar seguía ardiendo.
Entonces vio que Stiles tenía algo en la mano. Que por eso se había callado. Porque se había cansado de hablar y era hora de volver a la tortura física.
Sin decir nada, Stiles pegó la porra electrizada a su pecho, y dejó que miles de voltios recorrieran su cuerpo.
Derek despertó gritando.
Tardó en recuperarse de la descarga eléctrica, y un poco más en descubrir que ya no estaba soñando… Pero que seguía atrapado en una pesadilla.
Sentía calambres en los brazos a causa de la postura, y su garganta estaba tan seca que ni siquiera podía tragar. El dolor del acónito recorriendo su cuerpo seguía presente. Como un zumbido constante que, aunque fuera ahora menos intenso, no llegaba a desparecer del todo.
Con un esfuerzo sobre humano, consiguió abrir los párpados para encontrarse con Helena Lickson frente a él.
Le estaba sonriendo.
Era exactamente la misma sonrisa que Stiles tenía en su pesadilla.
- Cómo estás, Derek - preguntó la mujer, en tono casual - ¿Cómodo? – esperó a que el hombre dijera algo, y se limito a sonreír de nuevo cuando éste no se dignó en responder – Espero que no te importe que estemos a solas esta vez… Pensé que Stiles se merecía un descanso después de tanto esfuerzo.
Derek cerró los ojos ante la mención del chico, y se obligó a dejarlos así. Sabía que el único deseo de la mujer era verle sufrir, utilizando la traición de Stiles (pese a que en el fondo no fuera traición porque no dependía de él), y no pensaba darle ese gusto.
- Veo que sigues con esa cara de amargado – continuó ella – La verdad. No entiendo cómo has podido crear una manada tan grande… Quién demonios querría tener un Alfa tan borde como tú.
- Al menos yo no obligo a matar – dijo sin poder frenar su lengua. Pero era superior a sus fuerzas… Por mucho que no quisiera hablar con ella, y por muy fácil que en teoría fuera no hablar (no dejaba de ser Derek Hale), no iba a permitir que se quedara con la última palabra.
- Cierto – reconoció ella – Tú eres más de dejar que las personas con las que te acuestas maten a los demás.
Derek no pudo evitarlo.
Abrió los ojos y miró a Helena con una mezcla de incredulidad y odio.
No podía ser.
- Es así ¿no? – siguió ella, viendo la reacción del hombre – Y ha sido dos de dos – abrió mucho los ojos, en gesto de asombro - He de reconocer que tienes muy buen ojo a la hora de elegir a tus compañeros… Todos son unos asesinos.
- Stiles no es un asesino. Tú le obligaste a hacerlo.
- Créete lo que quieras, cielo – puso cara de pena – Aunque es cierto que al lado de Kate, es todo un santo… Qué demonios, al lado de Kate yo soy una santa.
Los ojos del hombre se abrieron de par en par.
No podía ser.
Cómo demonios lo sabía.
- ¿Sorprendido? – Preguntó ella ante el silencio de Derek – ¿Acaso crees que he estado todo este tiempo tocándome las narices, esperando una especie de conjunción de planetas para venir aquí? – por supuesto, Derek no respondió – ¿Qué clase de Lickson crees que soy? ¿Alguien como tú, que actúa siempre sin pensar? No, claro que no.
Helena se paseó por delante del hombre, como si no tuviera ninguna prisa, y finalmente se apoyó en la pared que había a su lado. Junto a los controles de las descargas.
- Verás. Cuando mi Alfa me contó la historia de mis antepasados y la derrota tan humillante que sufrieron en Beacon Hills de manos de unos Omegas y un grupo de apestosos humanos, no podía creer que no se hubieran vengado de ellos.
- No todos viven de la venganza.
- Cierto – admitió - Pero reconocerás que aquella era una mancha muy fea en el historial de mi familia… Y si quería que recuperáramos parte del prestigio de épocas pasadas, que lamentablemente no hemos vuelto a ver, tenía que solucionar aquel pequeño detalle – la Alfa sacó una de sus garras y, acercándola al brazo de Derek, acarició su piel lo suficientemente fuerte como para que un reguero de sangre marcara su brazo. Y aunque esperaba que Derek no gritara, le dio rabia que ni siquiera protestara – Pero imagina mi sorpresa cuando descubrí que la familia Hale había sido asesinada en un trágico incendio, y que sólo sobrevivieron tres personas… Bueno, realmente dos, porque el pobre tito Peter sólo era una lechuga por aquel entonces, ¿verdad?
Derek no se molestó ni en mirarla con odio. Sabía que era una causa perdida.
- Así que empecé a buscar a los supervivientes. Y, tiempo después, cuando descubrí que había un nuevo Alfa en Beacon Hills, y que casualmente era uno de los hermanos fugitivos, decidí hacer una visita de cortesía.
- Quién te lo dijo.
- ¿Lo de Katie y tú haciendo cochinadas? – sonrió – Fue Gerard. Le encontré cuando él acababa de escapar de Beacon Hills, más muerto que vivo… Bueno, para ser sinceros, fue él quien me encontró a mí – alzó una ceja – El pobre estaba un tanto desilusionado porque los únicos familiares que les quedaban vivos se hubieran convertido en unos amantes de los animales, y pensó que a mí no me importaría hacer el trabajo… Ya sabes, los enemigos de mis enemigos y todo eso.
- Tiene sentido – se atrevió incluso a sonreír con desprecio – Todos los gusanos acaban juntándose.
Helena sonrió y accionó la corriente eléctrica, dejando que los voltios recorrieran el cuerpo de Derek.
- No estás en condiciones de insultar, cielo – susurró cuando el Alfa había dejado de gritar – Sobre todo cuando, recordemos, tú tampoco has sido un santo que digamos – se alejó de la máquina y, acercándose al otro brazo de Derek, le marcó con sus garras. Y esta vez sí que consiguió que escapara un leve gemido de los labios secos del hombre. Satisfecha, Helena siguió hablando – El caso es que aquel vegestorio me confesó, muy orgulloso, lo que su querida hija había hecho – se echó a reír - ¿Te lo puedes creer? Estaba orgulloso de que su hija fuera una zorra dispuesta a acostarse con un niño, sólo para acabar con unos cuantos lobos – hizo un gesto de asombro – Y luego nos llaman animales a nosotros.
- Dónde está él.
- ¿Gerard? Oh, tranquilo. Me encargué de él. Después de darle las gracias por la información, le arranqué el corazón… Era más simbólico que otra cosa, pero estuvo bien. Sobre todo para terminar de convencer a mi manada que iba en serio cuando decía que me iba a vengar de los Hale de una vez por todas.
- Estás enferma.
La descarga duró más esta vez, logrando que Derek estuviera a punto de perder el conocimiento. Pero Helena no se lo iba a poner tan fácil, y paró antes de que el Alfa se desmayara.
- Odio que me interrumpan – dijo con una voz mucho más dura de la empleada hasta ahora, pero enseguida recuperó el tono conversacional del principio – El caso es que, una vez decidido que era ahora o nunca, hice lo que tenía que hacer: Maté a mi Alfa cuando comprendí que ella no iba a ayudarme, reuní a mi manada, y me vine aquí.
- ¿Mataste a tu Alfa? – preguntó con estupor.
- También era mi madre – explicó extrañada, como si no entendiera a qué venía tanta sorpresa – Y no dejaba de seguir la tradición, así que…
- Dios mío – Derek no daba crédito a sus oídos - ¿Cómo habéis podido sobrevivir tanto tiempo si os matáis entre vosotros?
- Porque no nos mezclamos, cariño – le acarició la mejilla en un gesto de ternura, y Derek luchó por alejar la cara – Jamás permitiríamos que sucia sangre humana se mezclara con la nuestra. Y la verdad es que soy muy selectiva a la hora de coger prestados nuevos Betas… Al menos deben ser de tercera generación.
- ¿Qué pasa? – musitó el hombre, mirándola a los ojos con desdén - ¿No encuentras a nadie que quiera darte una camada? – torció el labio en una fea sonrisa – En el fondo lo entiendo… Hay que estar muy loco y desesperado para querer estar tan cerca de ti.
La rabia de Helena ante el comentario de Derek vino, de nuevo, en forma de descarga. Y esta vez no paró hasta que el Alfa no perdió el conocimiento a causa del dolor. Pero cuando ya no pudo escuchar los gritos porque se había desmayado, le dio varios zarpazos en la cara hasta que despertó otra vez, soltado un quejido de dolor.
- Si tanto te interesa mi vida sexual, querido Derek, te diré que no me faltan pretendientes. Pero de momento no quiero estropear mi figura cargando cachorros que, algún día, me arrancarán las tripas para ocupar mi puesto.
El Alfa sintió que iba a vomitar.
Lo triste era que aquella sensación no se debía tanto al dolor de las descargas y los arañazos, sino a lo que aquella mujer seguía contándole. Y a estas alturas Derek ya sabía que era una psicópata y una mezquina… Pero nunca pensó que llegara a esos extremos. Que la locura estuviera tan afianzada en aquella familia.
Comprendía perfectamente por qué sus antepasados decidieron ayudar a los vecinos de Beacon Hills aun cuando sabían que eran superiores a ellos: Porque no podían permitir que aquellas bestias siguieran existiendo.
Derek Hale se alegró más que nunca de haber decidido hacer caso a su manada. De no aventurarse él sólo para rescatar a Stiles, desesperado por sacarle de allí y por acabar con ella. Sabía que si lo hubiera hecho, como Helena creía que estaba pasando, habría acabado muerto y ella sería libre para seguir sembrando el terror.
Y aunque a estas alturas no estaba seguro de que él sobreviviera al enfrentamiento (estaba demasiado débil para curarse, y no dejaba de recibir descargas y perder sangre), le quedaba la esperanza de que su manada siguiera adelante sin él. En un mundo libre de aquella lunática.
Pero para ello, debía aguantar hasta que los demás llegaran.
- ¿A qué estás esperando? – preguntó entonces el Alfa, viendo que la mujer se había quedado muda de repente - ¿Ya se ha acabado la charla?
- ¿Yo? ¿Qué te hace pensar que estoy esperando algo?
- No sé… Tal vez tus ganas de matarme – trató de mostrar toda la rabia posible - Por qué demonios no lo haces ya.
- Porque es mucho más divertido así, Derek. ¿Por qué crees? ¿Por qué habría de acabar con el entretenimiento, arrancándote la cabeza, cuando puedo ir desgastándote poco a poco?
Derek aguantó la mirada de odio que le ofreció a Helena, sabiendo que ella se regodearía en su reacción y seguiría hablando… Justo lo que quería que hiciera.
- Además. Estoy llevando a cabo una especie de experimento, ¿sabes? Quiero averiguar cuál de los Hale es más difícil de matar – la expresión de asombro de Derek no fue fingida en este caso – Oh, ¿no te lo había dicho? No eres el primer Hale que cae en mi tela de araña – torció el cuello - Aunque sí el más guapo, he de decir.
- Peter…
- Él fue quien me habló de Stiles, ¿sabes? Quien me puso al día en cuanto a tus puntos débiles… E imagina mi sorpresa cuando me dijo que el temido Derek Hale, el más duro de todos los Alfas de Beacon Hills y que acabó con parte de la familia Argent, se convertía en todo un cachorrito cuando estaba cerca de un simple y patético humano – Derek se removió en el sitio, luchando por liberarse de las cadenas. Y aunque supiera que era absurdo siquiera intentarlo, y que sólo conseguiría darle más satisfacción a su captora, no podía evitarlo. No cuando describía a Stiles de aquella manera tan burda, simple y alejada de la realidad - Por supuesto, al principio no me lo creí. Era ridículo – rió – Pero luego empezó a darme detalles muy jugosos sobre la relación que teníais, e incluso me dio la idea de convertir al pequeño Stiles si quería tocarte realmente las pelotas.
- Mientes – gruñó con los dientes apretados.
- ¿Por qué habría de hacerlo?
- Peter puede ser muchas cosas. Pero nunca será un traidor.
- O tal vez sólo tuve que apretar las tuercas correctas para que la adoración que sentía por su querido sobrino se transformara en odio – entornó levemente los ojos - En concreto, sólo tuve que mencionar una tuerca llamada Kate.
Derek sintió que le fallaba la respiración, y que el dolor en el pecho se hacía más intenso.
Y ella lo notó en el acto.
- Imagina mi sorpresa cuando descubrí que él no sabía nada. Que nunca llegó a saber que si estuvo seis años en coma y toda su familia fue asesinada, fue por el calentón de un crío estúpido que tenía ganas de pasar un buen rato con una chica guapa – miró con fingida pena al hombre - En el fondo tienes que agradecer que le matara. Porque si no, te aseguro que ahora mismo tendrías a un tío muy cabreado y con ganas de descuartizarte.
- Peter es muy difícil de matar – atacó Derek con los dientes apretados – Lo digo por experiencia.
- Oh, es verdad. Me lo comentó también. Algo de volver de la tumba… Por eso fui especialmente cuidadosa para que no volviera, y le arranqué la piel con mis garras antes de sacarle el corazón mientras latía… Tendrías que haber oído sus aullidos.
El Alfa sintió que los ojos se le empañaban a causa de las lágrimas que luchaban por salir, y se obligó a no permitirlo. Porque por mucho que supiera que ella no estaba mintiendo, no podía dejar que viera su dolor de un modo tan directo.
Y pese a que Peter fue quien mató a Laura y quien convirtió su vida en una autentica pesadilla desde que volvió a Beacon Hills, sabía que en el fondo no podía culparle. Que si había acabado convirtiéndose en un psicópata, sólo era porque otros psicópatas le hicieron daño antes.
Y mientas Derek trató de sobrellevar todo ese dolor por medio de la rabia, la culpa y la soledad, Peter prefirió hacerlo convirtiéndose en un lobo más que en un hombre, y donde la moralidad ya no tenía cabida.
Por eso nunca pudo culparle. Nunca pudo echarle en cara lo que había hecho. Porque en el fondo, nunca dependió de él.
- Pero no te preocupes – continuó Helena entonces, satisfecha por la expresión de desolación que había dejado en el rostro de su cautivo - Contigo no seré tan… gore. Creo que no serviría de mucho y me costaría demasiado… Además. Está claro que las palabras no son tu fuerte – se pegó entonces a él y, colocando una garra bajo la barbilla de Derek, le obligó a que le mirara a los ojos - Pero ver cómo es tu compañero quien te va a torturar, durante días, hasta que le ordene que te mate… Eso es otra cosa – sonrió - Y te aseguro que voy a disfrutar muchísimo con cada segundo, y con cada carita que pongas de "mátame, por favor" – hizo una pausa entonces – Sobre todo cuando, a tu lado, cuelgue a los otros miembros de tu preciada manada.
El corazón de Derek se paró durante una milésima de segundo. Y aunque en su cara no se apreció la reacción por el último comentario de Helena, el mal ya estaba hecho.
- Por favor – Helena dejó los ojos en blanco – Deja ya de subestimarme, ¿quieres?
- No sé de qué estás hablando.
Helena respondió con un arañazo que marcó la cara de Derek, dejando cuatro surcos que, afortunadamente, no llegaron a tocar sus ojos.
No satisfecha con la herida, agarró la garganta del hombre y apretó para que no pasara el aire.
- He. Dicho. Que. Dejes. De. Subestimarme – dijo con una voz llena de rabia, y unos ojos rojos tan intensos que parecían sangre.
La mujer soltó el agarre de la garganta cuando los ojos de Derek comenzaron a llenarse de lágrimas y estaba a punto de desmayarse.
El hombre comenzó a toser, tratando de llenar sus pulmones de oxígeno, mientras Helena volvió a colocarse junto a los mandos de la máquina de descargas.
- Pero mientras esperamos a que tus Betas terminen de llegar, convencidos de que van a llevar a cabo el acto heroico del día, ¿qué te parece si gritas un poco más para mí? Nunca me voy a cansar de oírte.
No esperó a que Derek respondiera.
Giró la rueda hasta la máxima potencia, viendo con satisfacción como la luz del sótano parpadeaba.
