Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


18| UNA ULTIMA NOCHE


—Papá parece muy entusiasmado con Hinata.

Obligándose a apartar la vista de donde se encontraba la condesa, sentada en un banco junto al duque de Senju, que le leía poemas de un libro que había tomado prestado de la biblioteca, Naruto sonrió a lady Amaru.

—Puedo entenderlo.

Ella le dio un golpecito a la pelota de croquet y lo miró por encima del hombro.

—¿Porque también a ti te tiene fascinado?

—¿Tan obvios son mis afectos?

Lady Amaru asintió con la cabeza. Era una muchacha encantadora y él no tenía la más remota idea de por qué no le atraía más.

—Te garantizo que lady Hinata no está en absoluto interesada en mí.

—Tal vez no le interese casarse contigo, pero yo te aseguro que sí le interesas.

—Ese interés se esfumará tan pronto como se encuentre segura bajo la custodia de otro hombre, de modo que no temas que invada el territorio de tu padre si su interés por lady Hinata va más allá de la lectura de poesía.

—Sé que no se debe hablar mal de los muertos, pero mi padre no le tenía mucho aprecio al viejo Uzumaki.

—Dudo que alguien apreciara realmente al viejo conde.

—¿Te gusta ser conde?

—No especialmente, aunque me ofrece la posibilidad de conocerte.

Aquellas palabras le repugnaron en el mismo instante en que las pronunció. Sonaban tan poco sinceras. La carcajada de lady Amaru lo envolvió como el tintineo de las campanillas en Navidad.

—Se te está contagiando el coqueteo típico de la aristocracia —dijo ella sonriente.

—Pues procura no animarme mucho. Mi comentario me ha parecido de lo más ridículo.

—Porque eres hombre. Seguro que cualquier dama se sentiría halagada con tus atenciones.

—Te agradezco que pienses así.

—Posiblemente no sea asunto mío pero ¿por qué no está Hinata más interesada en ti?

—Porque necesito un heredero y ella cree que es estéril.

Lady Amaru se ruborizó y Naruto maldijo entre dientes. La muchacha apenas tenía diecinueve años, y muy poco mundo. Probablemente pensaba que los niños venían de París.

—Disculpa...

—No, no —lo interrumpió levantando una mano—. Soy perfectamente consciente de la importancia de tener descendencia. Papá ya tiene resuelto ese problema. Es una pena que haya que tener en cuenta esos detalles, pero así son las cosas, ¿verdad?

—Yo busco algo más que eso en una esposa.

—Entonces tu esposa será muy afortunada.

Lo miró furtivamente y él casi creyó ver esperanza en su mirada.

—Este juego no se me da muy bien —replicó Naruto sosteniendo el mazo en alto—. Quizá te apetezca más dar un paseo por los jardines.

—Me encantaría —respondió ella con una espléndida sonrisa.

Quizá, si se alejaba lo suficiente, pudiera olvidarse de la existencia de Hinata.

Hinata vio a Naruto y lady Amaru caminar del brazo hacia los complejos jardines acuáticos que su difunto marido había ordenado crear a sus jardineros por puro capricho. Había estanques plagados de enormes peces de vistosas escamas doradas. En algunos puntos, el agua caía por las piedras a modo de pequeñas cascadas. El follaje era exuberante, la vegetación espesa, y la condesa sabía perfectamente que en aquel lugar un caballero podía robar uno o dos besos sin que nadie lo viera.

—Ha perdido interés por la poesía, milady.

—No, no, excelencia —dijo Hinata devolviendo su atención al duque—. Sólo admiraba... —tragó saliva para poder continuar—... la buena pareja que hacen su hija y lord Uzumaki.

—Yo estaba pensando lo mismo. Como ambos son jóvenes, quizá deberíamos acompañarlos en su paseo.

Nunca se había sentido tan vieja como en aquel momento.

—Lord Uzumaki jamás se aprovecharía de una invitada.

—Un hombre joven no siempre es dueño de su voluntad. Vamos. —Se puso en pie y le tendió la mano—. Asegurémonos de que no hacen ninguna tontería.

No podía negarse a la petición de un duque. Al menos ése fue el razonamiento que empleó para convencerse de que su conducta no respondía a un profundo deseo de cerciorarse de que Naruto no besaba a la encantadora lady Amaru.

Posó la mano en el brazo del duque y se dejó escoltar por él hasta los jardines acuáticos. Aunque creía haber sido una anfitriona ejemplar y haber atendido correctamente a todos sus invitados, sabía que era obvio quién despertaba verdaderamente su interés. El duque y ella habían pasado bastante tiempo juntos.

Estaba convencida de que cuando él volviera a su finca, dejaría atrás a la mujer que pronto se convertiría en su esposa.

Se había superado a sí misma.

Naruto no pudo disimular su asombro. De algún modo, Hinata había logrado llevar hasta allí una orquesta completa. Montones de flores adornaban el salón de baile forrado de espejos. Los candelabros iluminaban la estancia. Todos iban vestidos con la misma sofisticación que si estuvieran en Londres.

Como es lógico, quería bailar con ella, y Hinata le había reservado un baile en su carné casi al final de la velada. La espera era un tormento, como lo era verla dar vueltas por toda la pista con distintas parejas.

Aquélla era su noche, no cabía duda: estaba resplandeciente. Le llovían los cumplidos, y los merecía. Todos y cada uno de ellos.

Los invitados no tenían más que elogios para ella: todos se habían divertido, las comidas habían sido perfectas y los entretenimientos muy agradables.

Estaba casi seguro de que la decepción que ella pudiera sentir porque él no hubiera encontrado ninguna candidata a esposa válida entre las mujeres que le había presentado, quedaría eclipsada por la alegría de haber logrado llamar la atención del duque de Senju.

Quería que fuera feliz, lo deseaba de verdad. Pero, maldita sea, quería que fuera feliz con él.

Se hizo a un lado para verla bailar con Sasuke. Estaba preciosa con aquel vestido de un verde muy claro que resplandecía a la luz de los candelabros.

—Uzumaki.

—Duque —respondió volviéndose.

—Me preguntaba si podríamos charlar un momento... en privado.

—Dentro de un par de piezas me toca bailar con Hinata. No quisiera perdérmelo. —Sabía que no tendría que haber dicho eso, que debía haber fingido que todo aquello le daba igual.

—Será sólo un momento, y es de ella de quien quiero hablarle.

—¿Le parece que vayamos a mi biblioteca?

—Perfecto... allí hay un mueble bar.

Así era, y en cuanto se hubieron refugiado allí con la puerta cerrada, Naruto le sirvió al duque un generoso vaso de whisky y él se puso otro. Le dio su copa al duque y él se situó de pie junto a la chimenea. Sabía que estaba siendo un anfitrión descortés, pero tenía la sensación de que no le iba a gustar lo que el hombre quería decirle.

El duque se aclaró la garganta varias veces, dio un sorbo, volvió a carraspear. Naruto se dio cuenta de que el pobre estaba nervioso, y le dio pena.

—¿Quiere sentarse, excelencia?

—Sí, gracias. —Se sentó en una de las sillas que había junto a la chimenea y Naruto en la otra.

El duque dejó escapar un largo suspiro.

—Ya soy demasiado viejo para esto. Aun así, debo hacerlo. Te considero un hombre inteligente, Uzumaki, por lo que supongo que habrás observado que le he prestado toda mi atención a lady Hinata desde que llegamos.

—Sí, lo he observado, excelencia.

—Espléndido. Entonces no te sorprenderá saber que quiero casarme con ella. No lo sorprendía en absoluto. Sin embargo, se sintió como si el duque hubiera cogido el atizador, lo hubiera calentado al fuego y se lo hubiera clavado en el corazón. Se levantó para volver al lugar que había ocupado originalmente, junto a la chimenea, y contemplando las llamas, evitó la mirada del duque. No se le daban bien los juegos de la aristocracia, pero por Hinata, debía ocultar sus sentimientos.

—¿Se lo ha pedido? —le preguntó con tranquilidad.

—Ciertamente. Esta tarde en el jardín. A ella parece agradarle la idea, pero como tú eres su «pariente» más próximo, he creído oportuno contar también con tu permiso.

Naruto se volvió hacia el duque, porque lo que iba a decirle esta vez era sincero.

—Si lo que ella desea es casarse con usted, cuenta con mi permiso y mi bendición.

El duque se puso de pie con un aspecto de pronto mucho más joven.

—Espléndido. Ciertamente espléndido. Le parecerá extraño que un hombre de mi edad y posición se haya puesto tan nervioso por algo así.

—Agradezco que así haya sido. Demuestra que Hinata realmente le importa. Mi predecesor no le dejó nada. Ella era demasiado joven e ingenua cuando se casó con él y no tenía a nadie que se ocupara de su bienestar. Convendría que acordáramos una dote aceptable para que no tenga que lamentar su matrimonio.

—Pediré a mis abogados de Londres que se pongan inmediatamente en contacto con los suyos. No habrá problema, porque también yo deseo que Hinata esté bien cubierta. Ya no soy tan joven y no quisiera dejarla en la indigencia.

—Entonces estamos de acuerdo en que su bienestar y su felicidad son lo primero.

—Sin la menor duda.

—Así pues, les deseo lo mejor —concluyó Naruto alzando su vaso en un brindis.

Vestida sólo con el camisón, Hinata entró en la biblioteca y experimentó una mezcla de alivio e indignación al ver a Naruto allí, desparramado en una silla ante la chimenea. Ignoraba cuándo había abandonado el salón de baile, pero no había estado para su baile, con las ganas que ella tenía de bailar con él. Tampoco había estado cuando los invitados se habían retirado a sus habitaciones.

Pero el duque sí. Había bailado con ella una y otra vez, aunque no fuera lo más adecuado, y había estado de excelente humor.

—Por fin te encuentro. Te he buscado por todas partes.

Él la miró y entrecerró los ojos, como si no supiera muy bien quién era.

—¿Ah, sí?

Arrastraba las palabras y estaba a punto de derramar por la alfombra las últimas gotas del vaso que llevaba en la mano. Ella se lo arrebató y lo dejó en una mesa cercana.

—Estás borracho.

—Un poco. El alcohol ayuda a olvidar las penas —añadió negando con la cabeza—. O al menos eso dicen. A mí no me funciona. Sírveme un poco más, cariño.

A Hinata se le encogió el corazón al oír aquella palabra.

—Pensé que vendrías a verme esta noche —dijo, arrodillada ante él—. A mi dormitorio. Te he estado esperando.

Él extendió el brazo y le acarició la cara, como caminando de puntillas con los dedos de la mano.

— El duque Senju y yo hemos tenido una charla de conde a duque esta noche. Por lo visto, desea que seas su esposa. Me ha pedido mi bendición.

—¿Se la has dado?

—¿Cómo iba a negarme cuando lo único que quiero es verte feliz?

Los ojos de la condesa se llenaron de lágrimas y el pecho empezó a dolerle mientras apoyaba la cabeza en las rodillas de Naruto. Aquel momento debería haber sido el más feliz de su existencia pero, al tiempo que él le acariciaba el pelo, pensó que jamás se había sentido tan desgraciada. Imaginaba lo mucho que debía de haberle costado bendecir su unión con otro hombre.

Levantó la mirada e inmediatamente deseó no haberlo hecho, no haber visto las lágrimas en los ojos de Naruto.

—Seré feliz con él —le aseguró.

Él le concedió una triste sonrisa mientras le acariciaba la comisura del labio, donde se le amontonaban las lágrimas.

—Parece un buen hombre. Yo no te habría encontrado uno mejor.

Salvo él mismo, pero aquello era imposible. Cuando el duque le había preguntado en el jardín si quería casarse con él, ella no había dudado en responder con un sí rotundo; no porque realmente quisiera casarse con un duque, sino porque debía cerciorarse de que Naruto no contara con ella. Él debía casarse con quien pudiera darle descendencia.

Ambos se habían relajado mucho con el acuerdo. Habrían encontrado excusas constantes para posponer lo inevitable. Él les veía defectos a todas las mujeres, y ella había empezado a sospechar que lo hacía con la esperanza de que, por algún milagro, su simiente prendiera en ella. Pero Hinata sabía que si, con todo lo que había vertido ya en su interior, aún no había prendido, jamás lo haría.

Había perdido la esperanza de darle un hijo, y mucho menos un heredero. Su vientre estaba tan vacío como un día lo había estado su corazón. Él le había llenado el corazón, y su amor había prendido allí. Para ella, aquello era un milagro: que a pesar de sus imperfecciones y sus defectos él hubiera llegado a quererla.

—Concédeme una noche más, Naruto.

—Una más —susurró él— pero no esta noche. He bebido demasiado. Quiero una última noche contigo que pueda recordar.

Ella apoyó la mejilla en su regazo y volvió la cabeza para contemplar el fuego mientras él le posaba la mano en el pelo. Hinata pensó en todos los relatos que él le había leído. Muy pocos tenían un final feliz: casi todos eran agridulces o tristes.

Pero al menos con él había conocido la felicidad. Sólo por un tiempo, aunque el suficiente para soportar el resto de su existencia.

Aquella mañana, tan pronto como se marcharon todos los invitados, Naruto le pidió a Hinata que aquella noche se vistiera como si fueran a un baile de gala organizado por la realeza, y ella había invertido casi toda la tarde en ello. Basó todas sus decisiones en lo que pensaba que a él le agradaría más. Nunca antes se había arreglado para agradar a un hombre, pero eso era lo que estaba haciendo.

Eligió un vestido color marfil de larga cola suelta rematado en unas diminutas rosas rojas. El discreto escote apenas revelaba la clavícula, aunque de forma seductora, algo que Hinata completó poniéndose unas gotas de perfume entre los pechos. Coronaba su peinado un penacho de plumas de garza real y una rosa roja. Llevaba unos pendientes muy finos y una gargantilla sencilla. Contempló la posibilidad de prescindir de los guantes, pero como no sabía lo que Naruto tenía en mente, tampoco podía descartar la posibilidad de que realmente la llevara a un baile de gala.

No obstante, esperaba que se tratara de una velada íntima para ellos dos. Una última noche juntos que, como él mismo había dicho, pudieran recordar.

Aunque empezaba a preguntarse si algún día terminaría de arreglarse. Frannie estaba inusualmente torpe aquella noche y había tenido que hacerle el recogido varias veces hasta lograr por fin que se mantuviera en su sitio. Hinata había estado a punto de perder la paciencia, pero se había mordido la lengua porque no quería que nada estropeara aquella velada y Frannie siempre era muy hábil arreglándola. Confiaba en que no estuviera incubando algo.

—Está preciosa, milady —dijo mientras le ajustaba la cola del vestido.

—Gracias, Frannie.

—El conde estará encantado.

No podía admitir abiertamente que era lo que esperaba. ¿Qué iba a pensar de ella su criada cuando sin duda ya había corrido el rumor de que se casaría con un duque? Aun con todo, confiaba en que al conde le complaciera.

Mientras salía de su dormitorio, le costaba creer la ilusión con que esperaba aquella velada. Naruto y ella habían hecho muchas cosas juntos, pero nunca con aquella expectativa: que lo que iban a hacer lo hacían el uno para el otro y sólo para ellos.

Hinata bajó la magnífica escalera de mármol más satisfecha de lo que era capaz de demostrar. Por lo visto, también él se había esmerado en vestirse como si fueran a un baile de gala. Llevaba un frac negro sobre un chaleco color burdeos y una camisa blanca. El corbatín, de color plata, conjuntaba de maravilla. Mientras lo observaba allí de pie, sonriente, Hinata supo sin lugar a dudas que era el hombre más guapo que había conocido nunca, y el conde más elegante. En aquel momento, le pareció que podía haber pasado por rey.

Cuando estuvo cerca, él le tendió la mano enguantada y ella le entregó la suya.

—Estás preciosa —le dijo dulcemente—. Y por esta noche eres mía.

—¿Adónde vamos? —inquirió ella, sorprendida ante su propia falta de aliento. El conde tenía esa facultad: la de robarle el aliento y devolvérselo de inmediato.

Naruto le besó la mano y, aun a través del guante, ella pudo sentir el calor de sus labios en los dedos mientras él la miraba intensamente.

—No muy lejos —prometió.

Naruto hizo que se cogiera de su brazo, y ella se sintió como una parra en busca de sustento.

—¿Se te subiría a la cabeza si te dijera que eres muy guapo? —le preguntó ella.

La sonrisa de Naruto se intensificó y lo hizo más atractivo de lo que Hinata creía posible.

—Entonces hacemos buena pareja.

«No tan buena», pensó ella de pronto, porque aquella noche no era más que una farsa. En el fondo, ninguno de los dos tenía lo que el otro necesitaba. Pero Hinata no quería pensar en eso, y menos en aquel momento, mientras él se esforzaba por ofrecerle algo especial dado que ella no podía entregarse a él para siempre.

La escoltó por el largo y ancho pasillo. Un lacayo alerta a la entrada del salón de baile les abrió la puerta.

—¿Vamos al salón de baile? —preguntó ella mirándolo.

—Te he dicho que te vistieras para ir a un baile.

La condujo al interior y fue como si lo viera por primera vez. Al iluminarlo sólo con velas estratégicamente colocadas para arrojar luces y sombras por toda la estancia, Narutohabía logrado crear intimidad en un lugar diseñado para rebosar inmensidad y opulencia. Hasta las paredes forradas de espejos parecían haberse encogido.

De pronto, empezó a sonar música. Hinata escudriñó las sombras.

—¿Es eso una orquesta?

—Sí. Esta noche quiero bailar contigo como nunca he podido hacerlo antes: demostrándote que te adoro. Hoy no quiero que haya límites entre nosotros, ni falsas apariencias; ni quiero fingir que no eres la mujer a la que quiero tener en mis brazos.

—Naruto, no podemos comportarnos con tanto descaro aquí. ¿Qué pensarán los sirvientes?

—No son estúpidos, Hinata. Sospecho que ya lo saben. Esta noche es nuestra y sólo nuestra.

La condujo a una mesa, pequeña y redonda, del jardín, supuso ella, aunque no podía asegurarlo, porque la cubría un mantel blanco. Unas orquídeas adornaban el centro, allí puestas sin jarrón, sin tallo, con una vela de llama vacilante en medio de ellas. Un lacayo le retiró la silla para que se sentara. Después, Naruto se sentó a su lado, no en el otro extremo de una mesa larguísima ni a una distancia prudencial, sino junto a ella, para poder cogerle la mano, lo que le hizo preguntarse a Hinata cómo demonios esperaba que comiera.

Como si le hubiera leído el pensamiento, Naruto le soltó la mano y empezó a quitarse los guantes.

—¿Nos preparamos para comer?

Hinata se quitó los guantes a su vez y los colocó en el borde de la mesa.

—Tengo una idea —espetó él, inclinándose hacia ella—. Seamos descarados esta noche y no volvamos a ponernos los guantes. Bailemos con las manos desnudas.

Consciente de lo cálidas que eran las manos de Naruto, Hinata asintió con la cabeza a aquella idea tan escandalosa. ¿Quién iba a verlos? ¿Quién iba a saberlo? Sería su secreto.

La comida y el vino se sirvieron como en las cenas que habían ofrecido a sus invitados.

—¿Cómo has preparado todo esto? —preguntó ella absolutamente maravillada.

—Me ha ayudado Lillian. Ha aprendido algunos de tus trucos.

—No puedo creer que hayas podido mantenerlo en secreto. Ni siquiera he visto llegar a la orquesta.

—Frannie me ha ayudado en eso —aclaró con una sonrisa.

—¿Frannie? Pero ¿qué demonios...? —se interrumpió al recordar lo que le había costado a su criada peinarla aquella noche. Hinata entrecerró los ojos—.¿Cómo te ha ayudado?

—Le he pedido que te mantuviera ocupada durante tres horas mientras yo lo preparaba todo.

—Por eso no atinaba a hacerme el recogido.

—Que o pienso deshacer más tarde —dijo, convirtiendo su sonrisa en una especie de promesa.

Y ella esperaba ese momento con una impaciencia difícil de soportar. Resultaba asombroso que después de pasar tantas noches en sus brazos aún la ilusionara tanto pasar una más. No quería recordar que sería la última, pero sí quería recordarla siempre.

Apenas hablaron mientras comían, ni se dieron prisa en terminar. Se limitaron a mirarse, a degustar el vino y a disfrutar del faisán. Hinata recordó que, en una ocasión, él le había dicho que buscaba una mujer con la que pudiera disfrutar del silencio. Entonces no había entendido a qué se refería, pero ahora sí: no hacía falta decir nada para que todo se entendiera.

Cuando terminaron de servirles la cena y les retiraron todos los platos, él tomó una orquídea e inclinándose hacia Hinata, se la introdujo por el corpiño, entre los pechos, una broma que la hizo reír y a él sonreír. Después se puso en pie y la ayudó a levantarse.

—¿Me concede el honor de este baile? —preguntó el conde.

—El honor es mío, milord.

La condujo a la pista en penumbra. La orquesta, que había estado tocando piezas tranquilas mientras cenaban, empezó a interpretar un vals, y ella se dio cuenta de que Naruto no había dejado nada al azar aquella noche. Todo era mágico. Hacía unos meses, él ni siquiera estaba a gusto en Londres y ahora era capaz de organizar la noche más romántica de su vida.

Su mano desnuda descansaba en la de él, y se preguntó a quién se le había podido ocurrir la necesidad de llevar guantes. El calor de su tacto resultaba embriagador. Bailaron más juntos de lo que habría sido decente... en caso de encontrarse en un salón lleno de invitados. Pero como estaban solos, bailaron cuanto quisieron.

Con elegancia, Naruto la paseó por toda la estancia sin tener que preocuparse de no tropezar con otros. Aquel salón, aquella noche, aquel vals, eran suyos, suyos y de nadie más. No se movieron mucho durante la siguiente pieza y en la que la siguió hicieron poco más que permanecer de pie a la luz de las velas, mirándose a los ojos. Entonces él la estrechó entre sus brazos, agachó la cabeza y la besó. Un beso prometedor, un beso que terminaría en el adiós.

Hinata no quería que todo aquello concluyera en eso, pero apartó el pensamiento porque nunca volverían a tener una noche como aquélla y no quería aguarla. Las cosas no podían terminar de otra forma, pero hasta que eso ocurriera, ella era suya y él suyo.

Naruto le pasó un brazo bajo las rodillas, la cogió en brazos y la apretó contra su pecho. La música continuó sonando y los lentos compases los siguieron por todo el salón, como incitándoles a que se quedaran, pero aquel beso había provocado en Hinata el deseo contrario.

El lacayo abrió la puerta y Naruto la atravesó con ella en brazos. Ya no habría secretos en aquella casa, pensó Hinata mientras él recorría el pasillo y subía la escalera que conducía a su ala del edificio. Y había dejado de importarle. Que lo supieran los criados. Que lo supiera toda Inglaterra.

Aquella noche estaba donde quería estar. El que no pudiera quedarse allí, era algo de lo que se preocuparía en otro momento.

Un lacayo abrió la puerta del dormitorio de Naruto y la cerró en cuanto entraron. Los recibieron unas velas encendidas, el aroma de orquídeas y una cama abierta. A Hinata se le encogió el corazón al ver que Naruto se había ocupado hasta de los más pequeños detalles.

Todo por ella. Todo por ella. Siempre le había gustado que la agasajaran, pero aquello era demasiado, demasiado de él y no lo suficiente de ella. Ésa era su última noche, de los dos. Una noche que ambos debían recordar. No quería que él recordara todo lo que le había dado y tuviera la sensación de que ella no le había correspondido.

La depositó en el suelo sin decir una palabra, sin que fuera necesario. Se desnudaron el uno al otro; él estuvo desnudo y preparado mucho antes de terminar de quitarle a ella toda la ropa. Llevaba muchas capas, muchas más prendas que él, pero por fin se las quitó todas y no quedó nada entre ellos. Naruto cumplió su promesa y le deshizo el recogido, dejando libre y suelta su larga melena.

Ella se alojó entre sus brazos como si aquél fuera su sitio natural, y lo besó antes de que pudiera hacerlo él. Oyó un gemido sofocado y sintió la vibración de su pecho contra el de ella. Sus dedos le recorrieron la nuca y se perdieron entre su pelo mientras él la abrazaba con fuerza.

Naruto ladeó la cabeza para poder besarla mejor, y la hizo retroceder hasta la cama. Pero ella no quería meterse en ella aún. Ofreció resistencia y él se detuvo. Le besuqueó la barbilla.

—¿Qué haces? —inquirió él.

—Hoy soy yo quien tiene planes —contestó Hinata con una voz seductora que apenas parecía la suya.

Le recorrió el cuello con los labios y bajó sus manos hasta los hombros. Él le puso suavemente las manos en la espalda.

—¿Qué planes?

—Algo que jamás creo que me propusieras por miedo a que no me gustara

—respondió, deslizándose por su cuerpo hasta quedar de rodillas delante de él. Levantó la vista para mirarlo y pudo ver el anhelo, el deseo, la pasión que ardía en sus ojos.

Hinata recogió con sus labios la humedad de Naruto. Él experimentó un espasmo y le agarró la cabeza con las manos, buscando sujeción en su cuero cabelludo.

—Te quiero —susurró ella.

Naruto oyó resonar aquellas palabras por todo su ser, y vio cómo, con la más dulce de las sonrisas, ella lo satisfacía. Echó la cabeza hacia atrás mientras su cuerpo se tensaba y el placer se apoderaba de él. Había planeado cada instante de la noche, pero no había previsto aquello. No supo si fueron las palabras de Hinata o sus acciones lo que lo llevó a ponerse de rodillas, pero de pronto se encontró allí, abrazándola, intentando ponerse en pie y llevarla hasta la cama. La besó apasionadamente. No poder estar dentro de ella empezaba a parecerle un tormento. Deslizó la mano entre sus cuerpos, entre los muslos de ella, y descubrió que sin duda estaba preparada para recibirlo: caliente, húmeda y dispuesta. Se introdujo en su interior y ella levantó las caderas para que pudiera adentrarse más.

Siempre era así. El desarrollo de los acontecimientos se desencadenaba de manera natural. Sencillamente, sucedía. Caricias, besos... Él le veía el rostro a la luz de las velas, y el asombro de su gesto siempre lo sorprendía, como si la maravillara constantemente, fueran cuales fuesen las sensaciones que despertara en ella. A él le ocurría lo mismo. Con Hinata todo era mejor. El placer era mayor, más intenso, como si sus terminaciones nerviosas fueran especialmente sensibles al tacto de ella.

Se apoderaba de él como ninguna otra mujer lo había hecho jamás. Naruto se deleitaba en aquel dominio, se revolcaba en él y deseaba que no cesara jamás... pero eso era imposible. No podía escalar otra montaña si nunca descendía de la primera. Pensó que jamás se cansaría de alcanzar nuevas alturas con ella abrazada, mientras su cuerpo se agitaba al ritmo del suyo, se tensaba, se contraía...

Hinata jadeaba, chillaba, gritaba su nombre, lo abrazaba con fuerza. El placer alcanzó su cénit y lo desató por completo; entre espasmos, descargó su cálida simiente en el interior de ella, y entonces la vio pegada a él, sacudida por una cascada de temblores.

Con la respiración entrecortada, se apartó un poco y la miró.

—¿Estás bien? —preguntó.

Una espléndida sonrisa le invadió el rostro mientras asentía con la cabeza y levantaba los brazos para acariciarle la cara.

—Por un momento he pensado que no iba a vivir para contarlo.

—A mí me ha pasado lo mismo —confesó él.

Ella rió, y los músculos que lo sostenían en su interior se contrajeron y le transmitieron su latido.

—¿Cómo se te ha ocurrido hacer lo de antes? —le preguntó, cuando remitieron las risas.

—No sé —contestó ella negando levemente con la cabeza—. Quería que supieras lo especial que eres para mí. Jamás tendré con otro lo que tengo contigo.

Él le besó la frente, la nariz, la barbilla.

—No soy tan egoísta como para no desear que tengas esto con otro.

Pero mientras lo decía supo que él tampoco tendría jamás con otra mujer lo que tenía con Hinata.

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Continuará...