Según la antigua civilización griega, existen muchos tipos de amor: philia, el amor dedicado a compañeros o amigos, del tipo más honesto al ser resultado de objetivos mutuos; storge, nacido de un afecto natural desarrollado entre padres y su progenie, una especie particular que se dedica a cualquier ser al que se le pueda considerar parte de la familia, incluyendo mascotas y amistades largas; ludus representa a la primer etapa del enamoramiento, la que incluye el coqueteo y los juegos seductivos de un amor nuevo, juvenil y tierno; eros—sí, como el Dios Cupido— que representa, primordialmente, a la fuerza erótica e impulsiva, más superficial, física, apasionada en un aspecto amenazante con el riesgo de enloquecer a cualquiera; manía, comprendida como una emoción obsesiva que conoce los límites de la cordura, un desplante entre philia y eros que concluye en efectos extremos tales como dependencia, violencia, celos, una constante necesidad de aceptación y atención; philautia era el amor por uno mismo, que no debe confundirse por el narcisismo, sino por el autoestima; pragma, un amor maduro que se mantiene firme hacia las personas que perduran a nuestro lado, complejo porque no puede existir sin el esfuerzo mutuo, el perdón, paciencia, tolerancia, comprensión y compromiso; el incondicional agape, cuyo único objetivo es el bienestar del ser amado, que puede ser un amor desarrollado hacia cualquier cosa, o hacia quien sea. Habría otros dos, al menos, considerados minúsculos, pero no nos atrevamos a restarles importancia: phileo es una percepción platónica que nos impulsa a querer formar un lazo con otra persona, tal como la amistad; y xenia, una palabra que se remite a la hospitalidad, a la relación de huésped y anfitrión, misma por la que la primera heredera de Hades fue nombrada, para que por medio de esto estuviera dispuesta a ser quien cargara con su alma.

¿Sabían ustedes que por encima de todo esto existe una característica que parece resaltar en las antiguas expresiones griegas de amor? Y quizá no podrían creérmelo, pero el mismo término de "matrimonio por rapto" era una constante, tanto que en Esparta se convertiría en una parte de su tradición nupcial, no necesariamente como un secuestro per se. Se trataba de una puesta en escena, una actuación del novio apareciendo en el hogar de los futuros suegros, para fingir tomar por la fuerza a la novia antes de caminar al altar. Hades no sería el primero, ni el último, al momento de raptar a su esposa, Perséfone. En realidad, Zeus raptó a Hera, como lo hizo con Ío, la princesa Europa, el héroe Ganimedes, o de la forma en que Poseidón emuló estos actos con Pélope, o Teseo y Piritoo intentando llevarse a Perséfone de las manos de Hades para que el segundo se casara con ella—sí, bueno, todos sabemos que eso no les salió bien—, pero incluso Teseo raptó a Helena y Antíope—el muy bastardo acaparador, o Paris a Helena. Aunque todas estas son solo historias paralelas casi irrelevantes cuyo único fin es ilustrativo, no hay forma en que les enliste la infinidad de casos históricos o mitológicos en los que se llevó a cabo un rapto. ¿Ya se imaginan mi punto? Sí, incluso el secuestro era una maldita expresión de amor.

Deméter quería a su hija de vuelta, así que dejó a la humanidad morir. Zeus, después de entregarla a su hermano mayor, hizo lo posible para recuperarla, pero era tarde. Ellos ya eran marido y mujer, habían descubierto el afecto derivado de un posible síndrome de Estocolmo, pero es difícil imaginar que ella no pudiera sentir algo como resultado de su compasión como doncella de las estaciones, de la soledad que vio en él, y de la bondad del Dios que, por más increíble que nos resulte, es una de las deidades olímpicas más altruistas de todas. No terminó atada al inframundo por la fuerza, lo hizo por la única voluntad que requería cuando decidió comer las semillas: la de estar al lado del hombre del que se había enamorado.

Capítulo Veintitrés: Aguas de Leteo

Sus manos se abrían, con los brazos extendidos, para invitarlo a unírsele en cuerpo y alma, de la única forma en que debieron permanecer desde el primer día. Era la gloria en una mirada, mientras se abría como una flor ante él y lo aguardaba. Sería una ofensa al amor aceptar su invitación con ropa que los privara de sentirse de forma natural, así que se desnudó en pocos movimientos, dejando toda prenda y accesorio lejos, porque no quería llevar ni siquiera un irrelevante reloj que contaminara a la pureza de sus actos. Así, subió sus rodillas a la cama, reptó sobre su cuerpo con el objetivo fijado por sus ojos de ónix, y alcanzó la altura de su rostro para hacer una pausa, sintiéndose la presa de las piernas marcadas por mordidas y besos pasionales que se afianzaban a su cadera. Ella lo rodeó de forma afectiva, alzando su rostro pueril, y se admiraron como a obras de arte que les dejaba sin respirar hasta que besarse era inevitable de nuevo, una locura sin fin ni control, un delirio eterno al que caerían constantemente, el mismo del que se abstuvieron con tanto éxito que resultó doloroso ahora que podían sostenerse en correspondida desnudez, para que la fuerza de los brazos de él la estrujara, alzándola un poco para encontrar un mejor sitio sobre la cama, pero las almohadas se corrían junto a las cobijas y sábanas que se perturbaban ante la tempestad de su amor. Y se movían, frotándose como los amores jóvenes que descubrían los misterios de la sexualidad, excepto que conocían las respuestas.

Hazlo —suplicó, ella, en un suspiro contra sus labios. Podía sentirlo despierto, caliente, ansioso y frustrado. Lo reconocía no como un órgano reproductor y ya, sino como aquello que permitía una conexión universal a quienes eran, a quienes fueron y quienes serían eternamente.

No le costó trabajo identificar el camino, porque ella mantenía las puertas del paraíso abiertas para él, y entró como un héroe triunfante lo haría en el inframundo. Irónico, ¿no? Que pensara en su hogar mientras empujaba su cadera contra la de ella, con apenas un poco de fuerza, apartándose de su boca para respirar y dejarla hacerlo. No, no era un sádico, era un buen hombre que deseaba hacerle el amor a la mujer que adoraba, sin que eso le causara el más mínimo de los daños, aunque esta fuera la primera vez que ella participaba en un acto sexual, así que fue de empujar a tirar suavemente en pequeños movimientos que a ella la hicieron jadear, permitiéndole moverse cada vez un poco más profundo en su interior, hasta que pudo encontrarse a sí mismo completamente conectado a su ser. Se detuvo, en ese punto, para depositar besos amorosos en su cuello, mimos que buscaban consuelo a su incomodidad, ayudarla a recuperar su aliento, aun cuando estaba impaciente por continuar.

—¿Estás bien? —murmuró, en su cuello. Era ridículo. Y, aun así, ella se volvió a mirarlo con esfuerzo, porque era bochornoso tener relaciones sexuales por primera vez, incluso cuando fuera él.

—Te amo —respondió, llevando sus manos a sostenerle por las mejillas—. Eres el ser humano más bueno que conozco, Sasuke-kun —soltó, en un hilo de voz, para entonces presionar sus labios con los de él—, pero no pares… quiero sentir todo de ti, quiero que tú sientas todo de mí, y quiero que lo hagas dentro —susurró de forma seductora, enredando sus dedos entre su cabello—, quiero que sientas placer por mí.

—Sakura —suspiró, volviendo a besarla—, podría morir feliz en este momento… deja de darme motivos para seguir viviendo.

Una melódica risita brotó de ambos, que se sostenían entre brazos con gentileza, y él volvió a mover su pelvis hacia ella, poco a poco, para descubrir un ritmo al que pudieran acostumbrarse al notar las transformaciones de su expresión, los cambios en su voz dependiendo de cómo se movía o a dónde llegaba, la flexibilidad que sus piernas alcanzaban en esa posición, el calor y la estrechez de sus entrañar, la firmeza de sus senos, la facilidad con la que su piel se marcaba cuando apretaba los dedos sobre ella, el cómo parecía habituarse a los movimientos que se volvían cada vez más constantes, y la expresión de perdición que adoptó cuando el sexo pareció natural para su cuerpo. Separaba los labios porque no podía respirar por la nariz, su cara estaba completamente roja, un desconocido creería que tenía un entrecejo fruncido de incomodidad, pero ya habían pasado esa etapa. Sus orbes enormes estaban cristalizados, apenas abría los párpados y cuando sus dedos no apretaban con furia la piel de su costado o espalda, lo hacían en su brazo o cualquier parte de la ropa de cama que alcanzara. El volumen de su voz aumentaba si le gustaba, así que él se esforzaba por repetir el último movimiento cuando lo notaba, aunque eso parecía intimidarla: su propia voz. Sin embargo, él se inclinaba a morder su lóbulo, distrayéndola para que siguiera gimiendo con libertad, porque estaba obsesionado con ese sonido.

En cierto punto, su propia satisfacción lo volvió vulnerable. Los ruidos que a ella le parecían tan vergonzosos se volvieron irrelevantes al contemplar la expresión de placer en él, al escucharlo resoplar, jadear, gemir. Hizo un esfuerzo descomunal por mirarlo sin que él se diera cuenta, porque lo descubrió encantador mientras la tomaba por la cadera y aumentaba el ritmo, enloqueciéndose mientras la llevaba a aferrarse a los últimos vestigios de cordura, y a la almohada. Él se había apoyado firmemente en sus rodillas, erguido la espalda, y controlaba los movimientos con todo su cuerpo de forma en que lo descubrió tan atlético. Se dijo a sí misma que era una estúpida por encontrarlo atractivo vistiendo un esmoquin, un reflejo de su ignorancia, porque era un manjar para la vista desnudo, al borde del orgasmo. Y sus pensamientos irrelevantes se vieron interrumpidos cuando un ruidoso gemido se escapó de los labios rosados de Sakura, curveándose la espalda hasta morderse el labio inferior al sentirlo golpear una y otra vez en ese punto tan agradable, como verlo a él compartir el sentimiento. Pero fue la liberación de su voz masculina, la boca abierta, la cabeza hacia atrás, su cuello extendido con las venas prominentes, los dedos clavados en su piel, sus movimientos disminuyendo en fuerza y constancia, lo que la hizo entender que él había alcanzado el clímax junto a ella. Aunque no lo parezca, puede suceder, y él se detuvo poco a poco, hasta relajar el fuerte agarre. Entonces, agitados, les tomó un momento recuperarse, pero lo primero que hicieron fue mirarse el uno al otro para después volver a besarse como los adolescentes que en el fondo eran, abrazándose necesitados el uno del otro, aunque ahora estaban sofocados.

—Espera aquí —señaló, separándose con lentitud, abandonando al fin el acogedor interior, para caminar hasta la mesa auxiliar donde siempre yacía una jarra con agua fresca. Sirvió un vaso y volvió a la cama para dárselo, antes de volver por otro. Sakura se sentó en el lecho, aprovechando para contemplar ese lindo trasero que él tenía, lo que la hizo sonreír.

—Gracias —dijo, luego bebió de su vaso. Él se sorprendió un poco por esa palabra, así que la miró desde el costado—. Eres grandioso.

—… ¿estás bien? —preguntó, dubitativo. Ella pudo descifrar que esa no era su pregunta.

—Fue maravilloso —afirmó, sonriendo, para apartar el agua sobre el buró junto a la cama—. Estoy muy feliz de que lo hiciéramos.

—Estás de broma —soltó, para volver a ella, inclinándose a besarle la frente—. Si quisiera un regalo de cumpleaños, esto sería todo. No pediría nada más por el resto de mi vida —ella se rio bajó, dulce y encantadora.

—Tu obsequio llegará por la mañana —se encogió en su sitio, así que él resopló leve, sonriéndole antes de alcanzar la sábana y meterse bajo esta, con ella.

—Tú eres mi obsequio —contestó, envolviéndola con sus brazos. Ella se acomodó, encontrando el apoyo para su cabeza en el antebrazo de él, justo donde pudiera verlo—. Detengamos el tiempo justo aquí, ¿quieres?

—¿Para ser felices eternamente? —dijo ella, con su sonrisa infantil.

—La eternidad que dure —Sakura asintió a sus palabras.

—Dicen que duele, ¿sabes? —comentó, para subir su mano a acariciarle el cabello al mayor, lo que la llevó a jugar con él—. Creo que son tonterías… es raro, pero no puede doler con quien es correcto, Sasuke-kun —suspiró, mirando las formas extrañas que le podía dar a su cabellera—. Se sintió bien desde el principio, hasta que terminó.

—Me alegro.

—Sé que mañana es tu cumpleaños, pero solo quiero que nos quedemos en esta cama todo el día, ¿qué dices?

—Digo que, si hacemos eso, entonces no hay forma en que te deje en paz —decidió, atrayéndola hacia su pecho—. Digo que, si hacemos eso, no saldremos cuerdos de esta habitación… digo que te haré el amor todo el día.

—Creo que estoy dispuesta a sacrificarme.

[Carta #10]

Supimos, desde el principio, que nos romperíamos el corazón. Supongo que nunca anticipamos que fuera de una forma maravillosa, con detonaciones que festejaran a nuestro amor. No supe darme cuenta de que éramos distintas personas a las que existieron en el inframundo, o a las que se casaron en el monte Mitake. Ni siquiera nos parecemos a esos muchachos equivocados, y de hecho no debiste haberte casado conmigo en primer lugar, porque pudimos haber sido tan grandes que el universo no podría soportarlo. En lugar de eso, sabes bien que perturbamos la naturaleza de nuestro amor, y mientras yo metía la pata tú lo permitiste. No te culpo por mis errores, te culpo por no haber sido la mujer poderosa de la que me enamoré, la que se ocultaba en una cara de timidez y me destrozaba por dentro con facilidad, la que me miraba desde arriba de forma disimulada. De haber actuado con un ápice de lo que realmente eras, nuestro romance habría sido tempestuoso, pero habría existido, no como este acto de tragedia griega que venimos poniendo en escena desde que nacimos, tú como Sakura Haruno y yo como Sasuke Uchiha.

Mi momento favorito, mi lugar favorito, es entre tus brazos. Podría descansar eternamente al respirar sobre tu pecho, podría vivir de esta forma impía, podría alimentarme de tus sueños tiernos y beber el aroma de tu piel. Podría hacerte el amor, desde el amanecer hasta el anochecer, y repetirlo hasta que volviera a salir el sol. Podríamos ser eternos estando así.

Hipnos y Tánatos nos visitaron, mientras dormíamos. No los viste, me parece estabas ocupada tomando el té con Ikelo, Fantaso y Morfeo, donde probablemente ganaban una discusión al primero de ellos. Estoy convencido de que fue lo mejor, los oniros no permitían que notaras la incómoda charla que tuve que mantener con el sueño y la muerte sin violencia. Intentaban explicar que uno de los dos debía venir por esto que estuvimos maltratando y pelearon frente a mí a pesar de que me decían que tomara una decisión, que escogiera a uno sin saber a quién señalaba, pues los malditos mocosos son gemelos idénticos. Me obligaron, en su crueldad, a tomar la decisión más difícil de mi vida, aun cuando sabía la respuesta. He comprendido desde el primer día que nos romperíamos el corazón, así que escogí a Tánatos, aunque él no me lo confirmó. Por supuesto, jamás lo haría, ya que se trataba de un juego para los niños, pero sería una deshonra como el Dios del Inframundo que no pudiera reconocer a uno de mis lacayos, ¿no crees?

Me desperté, consciente de lo que el sueño indicaba. Era una certeza, una elección hecha desde la mañana previa a mi cumpleaños, era lo que planeé al llamar a Deméter. Sin embargo, al verte dormir en la cama que compartimos, no pude hacer más que aferrarme a ti, abrazándote por la espalda, despertándote para volver a declarar mi amor con todo mi cuerpo, y fuiste gloriosamente dócil a mis deseos de media noche, cooperaste con la esperanza de volver a alcanzar las estrellas en el desenfreno, querías la agitación y el placer culminante que te tenía agotada, tanto que no demoraste en volverte a dormir después de lograr la victoria, así que besé tu piel antes de venir a escribir esta carta que parece innecesaria ahora que finalmente pude tenerte. La décima desde que te vi. La última carta para ti.

No confundas mis actos, Kore. Me conoces mejor que nadie, así que debes ser capaz de comprender. Espero algún día puedas perdonarme por lo que todo lo que hice, y por todo lo que haré.

[…]

Estuvieron juntos por más de veinticuatro horas. Se habían encerrado en esa habitación, un templo para resguardar a su amor, con ocasionales excursiones a la cocina en poca ropa que los llevaba a jugar con frutas y crema batida mientras bebían un café. Ninguno de los dos servía para cocinar, pero eso no les detuvo de pedirle al personal que se tomaran el día y comer casi cualquier cosa, besuquearse en el cuarto de la despensa o volver a hacerlo encima del desayunador. Se dijeron a sí mismos que debían llegar a la habitación la próxima vez, aunque terminaron en la tina. La cargó hasta la cama, con sus piernas alrededor de su cadera, y se quedaron bromeando sobre la piel del otro, hasta que volvieron a dormirse para el medio día. Despertaron para ver el atardecer en la sala, aunque las llamadas del clan Uchiha los interrumpieron al disfrutar la compañía admirando las luces de la ciudad apoyados en el ventanal, que cabe resaltar era extremadamente grueso y resistente como para soportar la fuerza de los dos, y luego de rechazar la cena de cumpleaños decidieron concluir con lo que habían empezado sobre la alfombra de la sala. Despertaron en la madrugada, cuando él decidió que caminaran juntos a la habitación, donde volvieron a amarse intensamente con la luz de Selene atravesando por la ventana. Fue dulce, fue hermoso. No parecía haber fin para los actos amatorios, pero cuando despertó en la mañana posterior a su cumpleaños se aseguró de cerrar las cortinas para que la luz del sol no entrara más tarde y quiso darse una ducha solo, para que todo ese alegre cansancio se fuera junto al agua fría y el aroma de ella. No se percató de lo mucho que se tardó ahí, pero sabía que el nivel de agotamiento de Sakura la tenía noqueada por ahora, así que no se preocupó. En lugar de eso, salió y comenzó a vestirse de traje, para el trabajo.

—Usa tu regalo —en su soñoliento despertar, ella lo miró desde la oscuridad, notándole amarrar su corbata. Logró atrapar su atención con su voz, así que él la admiró como un bulto en la cama. Una risita cuasi infantil brotó de sus labios mancillados por besos y mordidas de adoración, y ella se estiró para encender una de las lámparas de cama, sentándose al apoyar su espalda en las almohadas. Dejaba su pecho desnudo, cruel, para que pudiera ver las marcas que dejó en todo su cuerpo como si este fuera un lienzo dedicado de sí para sí.

—Pensé que seguirías dormida —admitió, para tomar su saco y ponérselo, terminando con los accesorios. Llevaba puesto cada uno de sus obsequios, comprendiendo que ella había escogido dos letras S para hacer alusión a su relación. Era encantadoramente engreída—. Ya lo había hecho.

—Me alegra —aseguró, antes de palpar el espacio de la cama a su lado. Él suspiró, pensando en que si lograba atraparlo no podría separarse de nuevo, pero aquello no le detuvo—. Sé que no estabas pensando en irte sin despedirte, Sasuke-kun —soltó, a modo de sutil regaño a pesar de su hermosa sonrisa—. No puedes alejarte de mí sin darme un beso primero.

—Iba a despertarte —afirmó, sentándose al borde de la cama e inclinándose hacia ella, presionó sus labios gentilmente contra los ajenos, y luego se alejó solo un par de centímetros—. Me voy, Sakura.

—Sí —murmuró, para llevar una mano a acariciar la mejilla de él—. Lo sé… pero, no importa, porque donde quiera que vayas sé que me buscarás —era demasiado buena—. Incluso si necesitas irte para ser libre, me encontrarás en cada mujer que se atraviese en tu camino, y está bien si decides amarlas. En tanto yo no esté a tu lado, Sasuke-kun, está bien, porque sé que un día volverás.

—Sakura —susurró, para sostener su mano—. Lo lamento.

—No digas eso o me vas a hacer llorar —bromeó, aunque se le estaba quebrando la voz—. Sé que se suponía que era tu cumpleaños, pero me diste todos estos regalos… aunque, es una lástima, ¿sabes? —no pudo aguantar más, así que dejó que las lágrimas se apoderaran de su ser—. Una vez más, apenas estuvimos la mitad del año juntos.

—Lo sé —respondió, besándole las mejillas húmedas, una antes de la otra—. Es una cuestión de destino, supongo. Ahora, no tienes que preocuparte, porque vas a estar bien. Soy pasajero en tu vida y el amor volverá de una forma u otra.

—Siempre serás tú —replicó, entre lágrimas—. Aun cuando otro hombre me bese, estaré besándote a ti, como tú conmigo. No me pidas que finja lo contrario. Somos lo que somos.

—… tienes razón —la admiró, completamente, y sintió un inmenso dolor en el pecho—, porque estamos atados por corazón y alma, pero eso no significa que sea lo correcto —con cuidado, unió su frente a la de ella, tomando sus manos con las propias—. No podemos estar juntos si no aprendemos a vivir por nuestra cuenta, y durante más tiempo del que puedo recordar he respirado para poder amarte. Llegó el momento de separarnos. Tienes que hacer lo mejor para ti, sin contar conmigo, ¿entiendes? Prométeme que harás lo necesario.

—Lo haré —lloriqueó—. Te sentirás orgulloso de mí.

—Yo ya estoy orgulloso de ti —declaró, para entonces atraerla a sus labios, donde le daría un nuevo ósculo, intenso y profundo que se esforzaba por retratar su añoranza.

Después volvió a besarla, y lo hizo tantas veces, cada vez con mayor ímpetu, como si esperara con ello compensar su separación, pero fallaba estrepitosamente. No importaba cuántos besos se dieran el uno al otro, no importaba si volvían a hacer el amor de forma ininterrumpida durante otro día, un mes o un año, jamás sería suficiente, pues dos personas que se aman no están preparadas para dejarse, incluso cuando se trata de su bienestar. Aquella mañana él se apartó a regañadientes, después de haberlo intentando en repetidas ocasiones, y dejó la décima carta en el sitio donde solía estar el sobre con sus papeles del divorcio. Caminó con todo el esfuerzo del mundo, dejándola en su cama, llorando sin consuelo. Se fue porque era lo necesario, porque solo iban a seguir destruyéndose al continuar juntos, ya que no habían madurado lo suficiente para poder coexistir. Todo terminó, se rompió para repararse, y él desapareció. Se detuvo en el monte Mitake, donde dejó el sobre en manos de su hermano junto a sus instrucciones, y luego se fue pidiéndole que tomara su puesto de forma indefinida, ya que no planeaba comunicarse con nadie más en un largo tiempo. Se quitó el anillo, descubriendo la marca que no desaparecería fácilmente, y se lamentó por darse cuenta de la palidez de su piel. Entonces dejó Japón sin decir su destino.

[Tres Años Después]

Sasuke Uchiha emprendió el viaje más peligroso de su vida, un día después de cumplir los veintisiete años de edad. Tenía varias cuentas internacionales a las cuales acudir cuando le hiciera falta dinero, pero usualmente no cargaba con mucho, y anduvo por Latinoamérica con una mochila al hombro, aprovechando sus habilidades superiores para evadir las amenazas. Hizo lo mismo en África, en su segundo año lejos y, después, fue a Australia unos cuantos meses. Pasó lo restante del año en Europa. Y, no me malentiendan, no es que haya tenido unas vacaciones como "mochilero", en pocas palabras se trató de un viaje de descubrimiento. No necesitaba demostrarse a sí mismo que podía ser un hombre independiente, porque siempre lo fue. Solo tenía que aprender a pensar en sí mismo, aunque resultaba un poco difícil cuando Itachi le llamaba diario para hablar de negocios. Con el tiempo consiguió que sucedieran una vez a la semana y, después, una vez cada quince días, pues su hermano no estaba dispuesto a pasar todo un mes sin saber de él, lo que parecía razonable.

Mientras estaba lejos, tenía la oportunidad de ponerse al día con respecto a los asuntos de su empresa, las novedades por las que pasaba la familia—como el segundo embarazo de Izumi, un descubrimiento reciente— y la salud de todos. No preguntaba su paradero o lo que hacía, solo se aseguraba de que el menor estuviera bien, y después aguardaban quince días más. Y no, él tampoco preguntaba por su exesposa o su familia, pues había decidido que no era de su incumbencia. Llegado el mes de marzo, Mikoto Uchiha irrumpió en el estudio de Itachi para arrebatarle el teléfono y sermonear a su hijo. No importaban más sus conflictos mientras la familia envejecía y él no estaba para ver a uno de sus posibles herederos crecer, a su padre volverse un adulto mayor o a su empresa florecer, todo gracias a su dirección distante. Ya se había ido suficiente tiempo, según decía, pero él se mantuvo obstinado al repetirle que debía darle tiempo. Sin embargo, la mujer volvió a interrumpir cada una de sus llamadas y, llegado mayo, tuvo un nuevo pretexto para él.

—Cumplirás treinta años —la mujer no se esforzó siquiera por suavizar la situación, pero tampoco era que un tema como la edad resultara tan relevante—. Tienes un compromiso, ¿recuerdas? Tú tienes que ofrecer esa fiesta.

—Madre, estoy muy lejos y ocupado para pensar en eso —se quejó, Sasuke—. Un cumpleaños no es importante para mí.

—Lo es para tus socios —espetó—. Es una tradición Uchiha, y lo sabes. La fiesta es un evento social del conocimiento de todos. No podemos dejarla pasar, incluso si eso es un fastidio. Y sabes bien que no podemos celebrarla sin el invitado de honor.

—Lo voy a pensar, ¿de acuerdo?

—Tenemos que enviar invitaciones, así que date prisa.

Mikoto también se había vuelto más gruñona con el tiempo, o quizá fuera el simple hecho de que no le satisfacía pasar tanto tiempo lejos de su hijo. No podía culparla, pues incluso cuando estudiaba fuera volvía al cabo de unos cuantos meses, pero esto era un evento único. Él no daba información y, para una madre, era motivo para preocuparse. Así, en cuanto volvió a hablar con su hermano anunció que volvería, después de tres largos años, la noche de su cumpleaños. Fue así que la tarde del 23 de junio él bajó de un avión. Vestía jeans, una camisa de mangas largas, una chaqueta, botas para excursión, una mochila en la espalda y su cabellera, larga hasta los hombros, sostenida en una coleta en su nuca. Estaba claro que había pasado demasiado tiempo lejos de su hogar, por algo en su rostro que les decía había cambiado de formas en que resultaría inimaginable. Por supuesto, lo primero que su amorosa madre haría al verlo sería abrazarlo con fuerza, para luego convencerlo de dejarse cortar el cabello, aunque él no tenía intenciones de llevar aquello demasiado lejos. No se sentía cómodo con el fleco partido a la mitad que usó durante tanto tiempo y, en lugar de eso, él mismo definió los detalles a pesar de que ahora se parecía sí mismo, menos desaliñado. Encontró extraño verse de esta forma, como si no hubiese sido descuidado por tanto tiempo, pero había algo de agradable en todo eso: usar un traje a la medida, lucir como un hombre de negocios, la comodidad de la mansión en la que creció.

—Te extrañé —la voz de Mikoto lo distrajo, mientras se miraba a sí mismo—. ¿Quieres que te ayude a ponerte las mancuernillas?

—Ya lo hice —contestó. Sin embargo, la mujer podía ver las figuras con forma del emblema de abanico de la familia Uchiha sobre el tocador. No tuvo que adivinar qué es lo que estaba usando, pues los había visto en una ocasión.

—Creciste.

—Eso es imposible —afirmó, para mirarla por el rabillo del ojo—. Pero tú tienes canas. Parece que has estado estresada, mamá.

—Cualquier madre lo estaría si no sabe dónde está su pequeño —decidió, acercándose para mover el cabello de su rostro—. Sigue siendo tan largo… no estoy acostumbrada a ver a mi hijo de esta forma, se siente como si no fueras tú.

—Es lo que sucede cuando los hombres envejecen.

—Maduraste —corrigió—. Siempre te has visto bien de traje, incluso con ese cabello que no sé si podré soportar —rodó los ojos, apartando sus manos al rendirse.

—Itachi tiene el cabello largo desde casi toda la vida.

—Tu hermano aprendió a peinarse —contestó, como una burla, y él apenas pudo sonreírse un poco hacia un lado—. Ya hablaremos de tu nuevo peinado el día de mañana.

—Ah… sobre eso.

—No te atrevas a marcharte inmediatamente —gruñó, la mujer—. Te fuiste por tres años, ni siquiera pude pasar tu último cumpleaños en Japón a tu lado. Lo mínimo que pido es una semana, o no querré volver a saber nada de ti, ¿entiendes?

—… —terca, como una mula. Ella solía ser flexible, pero no podía culparla ahora—. De acuerdo. Será una semana.

—… ¿no has terminado con lo que haces? —preguntó, yendo a sentarse en su cama, mirándolo a través del espejo con evidente duda—. Sé que no me concierne, hijo. Sea lo que sea que haces en el mundo, eres libre y sigues siendo nuestro líder. Sin embargo, si pudiéramos ayudarte…

—Hace meses encontré lo que buscaba —se metió las manos en los bolsillos, volviéndose hacia ella para que pudiera verlo de frente, de pies a cabeza—. Yo ya no estoy en un viaje con misión. Itachi ha hecho un trabajo estupendo, él nació para eso, el único motivo por el que yo soy quien está a la cabeza es que soy Hades —se encogió de hombros, restándole importancia—. Es tan simple como que no hay un motivo para que yo vuelva a Japón.

—Sasuke…

—Viajé con una mujer en África —bajó su mirada al suelo—. Era fuerte, como el concreto, así que me enfrentaba en todo momento. Me enseñó mucho, me sorprendió que fuera una nativa, pero le habían pasado demasiadas cosas en la vida. No me abandonó, ni yo a ella, a pesar de ser VIH positivo, y la asistí en su muerte. Fue una gran amistad que me enseñó la peor y la mejor cara de la nostalgia, pues ella había vuelto a su país a pesar de haber perdido a cada miembro de su familia por la guerra, y seguía ahí, siendo herida cada día de forma distinta.

—Sabes que tu historia no es como la de ella.

—Mi amiga se autodestruyó por amor —respiró profundo—. Pero era feliz, así que yo realmente quise volver a casa después de que ella murió. Solo que no había terminado mi búsqueda, y me aferré a esa idea con todo mi ser. Encontré las respuestas en Australia.

—¿Qué fue lo que encontraste?

—Confrontación —volvió a alzar sus orbes, hacia ella—. Realidad… madre, no deseo que el culto a Hades continúe.

Al escuchar aquello, los ojos de Mikoto se abrieron de par en par. Se quedó en un súbito silencio, pensando en las consecuencias de lo que él pedía. Sin culto, no había motivos o forma de que Hades volviera a materializarse en un nuevo cuerpo, sin importar si ese no era el de Sasuke, y nadie tenía idea de lo que eso podría significar para su entidad como deidad. Consideró enlistarle los riesgos de aquello, pero podía entender por la firme mirada de ónix que eso no era necesario. Él conocía cada una de las posibles conclusiones, pero no estaba preocupado. Lo que diferenciaba a los dioses de los seres humanos era la mortalidad, así que ellos no comprendían la magnitud de la muerte. Sin embargo, algo en él se había vuelto más humano. Una parte de su hijo podía reconocer el temor a morir, pero también el fin de la vida como un evento inevitable. Él era el rey de los muertos, después de todo, y sería absurdo que no lo comprendiera.

—Discutámoslo otro día —pidió, la mujer—. Es un cumpleaños… no quiero hablar de la muerte en tu cumpleaños.

—Me parece adecuado —concordó, para caminar hacia ella y extenderle su mano. Ella siempre usaba un kimono tradicional, elegante, para estos eventos en la mansión. Se veía hermosa, y sabía que su cuñada había hecho una elección similar.

—Ya deben haber llegado algunos invitados, escuché que tu padre y tu hermano los atenderían primero —señaló, esperando a que la siguiera—. ¿Viste a tu sobrino? Ya tiene tres años.

—Es enorme —admiró, con un gesto amable, escoltándola a su lado.

—No para de crecer, es una locura —dijo, alegre—. Pronto tendremos a otro bebé en la casa, si pudieras venir con mayor frecuencia, entonces podrías notar cómo cambian. Esperamos que sea una hermosa niña, solo hemos tenido varones en esta casa desde hace varias generaciones. Una vibra femenina sería increíble.

—Por cierto, madre —interrumpió su pintoresco tema de conversación, llegando al primer piso de la mansión—. ¿Acaso la temática es de flores? Huele como a un jardín aquí —ella se detuvo, en seco, para mirarlo. Un destello de culpa en sus ojos lo hicieron parar en su sitio, por igual.

—Ella insistió —con dos palabras, su corazón se detuvo—. Dijo que hicieron una promesa, así que hace un par de semanas me llamó.

—¿Está aquí? —Mikoto negó con la cabeza.

—Dijo que acordaron que ella se encargaría de planear la fiesta de esta noche —explicó—. Supe que no era una mentira, porque ella no es ese tipo de persona, y me lo pidió de forma en que no pude negarme. Realmente esperaba que no lo notaras, pero estuvo aquí por la mañana.

—¿Qué es lo que estaba haciendo Sakura Haruno en mi casa?

—Querido —ella puso una mano en su hombro, para tranquilizarlo—. Tú te fuiste durante un largo tiempo, pero ella no.

[Continuará…]