Capítulo 24

Tu peor pesadilla

Los labios ascendían vertiginosamente por su barriga y volvían a descender hasta anclarse en aquella zona que la enloquecía, donde con sutileza y una sensualidad inaudita, rozaba con su lengua y dejaba un rastro húmedo y cálido que provocaba que su cadera se impulsara por inercia, y su cintura se alzase sobre el colchón. Justo diez centímetros por debajo de su barriga, a un par de dedos o de besos, y a escasas caricias de la locura, de la perdición total de su mente, su cuerpo y su alma. Ahí se detenía Quinn. y volvía a empezar una nueva aventura.

Rachel trataba de acostumbrarse a esa sensación de ver a la rubia regalándole todo tipo de caricias, besos y mordiscos en aquella zona, de hecho, lo había intentado hacer durante toda la noche, pero era difícil de asimilar para ella que una chica como Quinn estuviese completamente entregada a ella.

Los ojos llenos de deseo que se perdían por su cuerpo hasta detenerse justo en los suyos, buscaban una aprobación que no iba a llegar de su voz, pero sí con un gesto de placer provocado por sus labios, que daba vía libre para que hiciera lo que quisiera hacer, una vez más.

No sabía cuántas veces había llegado a ese punto de excitación por culpa de Quinn, que volvía a tomar su cuerpo, a regalarle con sus labios algo que jamás había sentido, a aferrarse a sus piernas y evitar que los movimientos le dificultasen el camino deseado. Volvía a hacer de Rachel lo que quería, y ésta se dejaba completamente entregada, como lo había estado durante toda la noche.

—Siento que no tengo voz —susurró la morena tras caer vencida de nuevo por culpa del placer, y obligar a Quinn a que ascendiera hasta quedar frente a ella.

—No tienes nada que decir —susurró la rubia—. Me basta ver tu mirada para saber que todo va bien.

—Eres buena observadora —musitó acomodándose a su lado.

—¿Lo dudabas?

—No, yo ya no tengo dudas de nada que venga de ti.

—Me alegro que así sea —sonrió dejándole un pequeño beso en la nariz—. ¿No tienes hambre?

—Un poco. Creo que va siendo hora de abandonar esta cama y recuperar la rutina. ¿No crees?

—¿Por qué? Podemos permitirnos el lujo de pasar el día entero aquí —le dijo traviesa—. Puedo hacerte el desayuno, aunque ya va siendo hora de comer — sonrió pícara.

—Suena tentador, pero yo no me puedo permitir ese lujo. Al menos hoy —aclaró la morena —. Tengo que regresar a casa.

—¿Qué vas a hacer luego?

—Estudiar mucho. La semana que viene tengo algunas pruebas, y voy fatal.

—Vaya, estaba pensando que quizás podríamos cenar juntas —susurró Quinn dejando uno de sus dulces y a la vez sugerentes besos en el cuello de Rachel.

—Podemos cenar —musitó tratando de contener el escalofrío que aquello le provocaba—. Estudiaré por la tarde, y nos vemos para cenar. ¿Te apetece?

—Me encanta la idea —respondió con media sonrisa dibujando su rostro.

Media sonrisa a la que ya se había acostumbrado Rachel tras la noche entre sus brazos, y aquel maravilloso despertar. Habían sido tantas las que se regalaron mientras se descubrían la una a la otra, que ya creía no ser capaz de sobrevivir sin presenciarla, sin recibirla justo antes de un beso o una caricia.

Nunca pensó ni imaginó que pudiese despertar desnuda junto a una mujer, y desear que aquello ocurriese todas las mañanas, como había sucedido aquel sábado que hacía ya algunas horas había dado la bienvenida al sol.

Ni rastro del pudor, la timidez o la inseguridad que había estado arrastrando durante toda su vida.

Hacer el amor con Quinn, permanecer entre sus brazos y dar rienda suelta a su imaginación y el deseo, la había llevado a aquel estado de tranquilidad y paz absoluta con ella misma. Se había desprendido de ese caparazón que la había obligado a llevar faldas hasta las rodillas, por sentir que sus piernas eran demasiado largas para su estatura. De llevar jerséis de cuello alto, porque su pecho no destacaba como el de las otras chicas. A marcar pronunciadamente sus pómulos con rubor para evitar que los demás centrasen sus miradas en su prominente nariz. Aquella noche había descubierto que sus piernas eran perfectas entrelazadas con las de Quinn, y que su pecho era suficiente para regalarle todo tipo de sensaciones con un simple roce de sus labios. Que su nariz competía por recibir la mayor cantidad de besos contra sus mejillas, y que su cuerpo desnudo podía ser tan sensual, que incluso una mujer como Quinn, terminaba perdiendo la cabeza y lograba excitarse con tan solo mirarla.

Todo eso había descubierto de sí misma durante aquella noche, además de disfrutar como nunca llegó a imaginar.

Y el despertar no fue menos enriquecedor.

No le importaba estar despeinada o que no quedase nada de maquillaje en su rostro. El simple hecho de ver como Quinn dormía a su lado en completa tranquilidad y despertaba con la intención de continuar enloqueciéndola, era motivo suficiente para seguir allí, a su lado, tratando de alargar aquel sueño que se había hecho real.

—Perfecto entonces esta noche cenamos juntas —sonrió Rachel tomándose la libertad de regalarle un pequeño beso—, pero lo hacemos en mi apartamento. ¿De acuerdo?

—¿Lo hacemos? —repitió traviesa.

—Sí, lo… Oh dios, la cena, me refiero a la cena —recapacitó tras percatarse de que había vuelto a dejar una de sus ya tan típicas inocentes frases a las que podías darle un doble sentido.

—¿Y Marley? —cuestionó sonriente tras ver como Rachel se excusaba rápidamente.

—Este fin de semana fue a visitar a sus padres —le explicó tratando de recuperar la calma—, así que estoy completamente sola.

—Ok. Pues entonces, esta noche tú me invitas a cenar —añadió divertida.

—Trato hecho —volvió a besarla—. Quinn, ¿puedo utilizar tu baño?

—No tienes que preguntar —sonrió divertida—, estás en tu casa.

—Yo siempre pregunto —se excusó—. Mis padres siempre me enseñaron a pedir permiso para todo cuando estaba en una casa que no era la mía. Lo cierto es que más que educarme, consiguieron crear en mí una manía bastante odiosa. No me siento en una silla a menos que lo indiquen mínimo tres veces —explicó mientras trataba de salir de la cama sin que su cuerpo desnudo quedase a plena vista para Quinn. Algo complicado ya que solo las protegía una fina sábana.

—Puedes coger mi albornoz —indicó la rubia tras ver el debate interno que mantenía Rachel.

—Cogeré mi ropa —se decidió a salir a toda prisa, provocando una sonrisa más amplia en Quinn, que no perdió detalle de los movimientos que llevó a cabo para evitar estar desnuda por mucho tiempo.

—Ahora vuelvo —se excusó cubriéndose con el vestido.

—Ok. Aquí te espero —susurró—. Eh, Rachel —la detuvo antes de que se adentrara en el baño que quedaba justo en uno de los extremos de la habitación.

—Dime.

—¿Estás bien? —cuestionó esperando que entendiese el significado de aquella pregunta. Y por supuesto lo hizo.

Rachel sonrió justo cuando se encontraba bajo el quicio de la puerta.

—Bien no, — respondió— increíble.

Satisfacción.

Ese era el gesto que mostró y el orgullo que sintió Quinn tras recibir aquella respuesta de Rachel, segundos antes de adentrarse en el baño y dejarla a solas en su habitación.

Recordar todo lo que había sucedido durante la noche, conseguía hacerle sonreír como nunca lo había hecho, o quizás sí, pero ya no recordaba cómo era sentir aquella sensación de tranquilad absoluta, de saber que todo iba a salir bien, y por primera vez en su vida, todo parecía ir sobre ruedas con alguien que realmente merecía la pena.

Pero como siempre había sucedido, lejos de sus pensamientos y deseo, algo la devolvía a la realidad sin previo aviso. Una realidad que no quería volver a vivir.

Fue el sonido de su teléfono el que la sacó de su embelesamiento mientras recordaba como Rachel había perdido por completo la timidez entre sus brazos.

Se escuchaba desde el salón, donde acertó a dejarlo encendido en una de las tantas veces que tuvo que acceder a la cocina, en busca del agua que saciara la sed que les había provocado el torrente de besos de aquella noche.

Quinn salió de la cama y se adueñó de su albornoz para cubrirse mientras accedía al salón, donde el teléfono seguía sonando, cada vez más fuerte.

El número oculto le extrañó lo suficiente para dudar si aceptar o no la llamada, pero saber que su hermana seguía enferma después de su periplo por San Francisco, no le dejaba opción alguna.

Aceptó la llamada deseando no recibir alguna noticia preocupante de su familia. Sin embargo, la sorpresa llegaría de otra manera.

—¿Sí?

—¿Quinn? ¿Eres tú?

—¿Santana? —murmuró bajando el tono de voz.

—Por fin, anoche te estuve llamando, pero tu teléfono no daba señal.

—¿Qué diablos haces llamándome? —cuestionó asegurándose de que Rachel seguía en el interior del baño— No quiero hablar contigo. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?

—Lo sé, y créeme que no te estaría llamando si no fuese por algo urgente. Anoche pasó algo, y tengo que hablar contigo.

—¿Qué? No, ni hablar. No quiero hablar contigo, no quiero saber nada más de ti. ¿Tan difícil es de entender?

—Escúchame, Quinn —insistió la latina—. Tengo que hablar contigo, es urgente. Una chica del coro me contó algo acerca de… Bueno, de la chica ésta que te invitó a mi fiesta —pausó la explicación.

—¿Qué? —balbuceó confundida— ¿Rachel?

—Sí, esa escúchame. Sé que no me quieres ver, sé que no quieres hablar conmigo y llevo tiempo respetando tu decisión. Tú lo sabes —añadió—. Pero esto es urgente. No, no quiero que te hagan daño, y me temo que lo van a hacer.

—¿Daño? ¿De qué estás hablando?

—¿Estás en tu apartamento?

—Eh sí.

—Bien, yo estoy a punto de llegar a la residencia, me paso por ahí y te explico. ¿De acuerdo?

—No, no, Santana, no quiero verte.

—Por favor, Quinn —insistió— Me lo vas a agradecer, créeme.

—Escúchame, no puedo recibirte ahora, estoy recién levantada y… —se detuvo tras escuchar la puerta del baño abrirse— no puedo —susurró.

—En diez minutos estaré ahí —sentenció—. Me da igual lo que me digas, no me voy a quedar tranquila hasta que sepas la verdad de esa chica. ¿De acuerdo?

No respondió.

Quinn no dijo nada más porque no tuvo más remedio que colgar la llamada ante la inminente llegada de Rachel, que ya salía de la habitación y la buscaba completamente vestida.

—Hey. ¿Estás aquí? — sonrió con dulzura— Creí que me ibas a esperar en la cama.

—Eh si, bueno tuve, tuve que atender el teléfono —se excusó sin poder evitar mostrar la confusión en su rostro.

—¿Estás bien? —se interesó al notar el nerviosismo de la rubia.

—Sí, todo bien —dijo tratando de desviar la mirada—. He, he pensado que voy a ir a comer con mis padres, y con Mel —añadió—. Está, está enferma aún y me apetece verla.

—Es una buena idea —respondió confusa—, pero… ¿Cenamos juntas o te quedas con ellos?

—No, no, claro que cenamos juntas — aclaró inquieta—. Eh… Tú te marchas ya. ¿No es cierto?

Si no fuera porque acababan de pasar la noche juntas, y por las muestras de cariño que había recibido, Rachel pensaría que Quinn estaba echándola de su casa con la excusa de tener que ir a visitar a sus padres. Y aunque llegó a creerlo dado el nerviosismo que mostraba la rubia, trató de no darle importancia alguna, y asentir a aquella pregunta— Ok entonces nos vemos esta noche —trató de sonreír mientras se acercaba con algo de dudas a ella.

—Claro, puedes venir a la hora que te apetezca. Dudo que vaya a salir de casa —le informó tras recuperar su bolso que permanecía sobre una mesa del pequeño hall de entrada —Quinn, ¿estás bien de veras? —volvió a interesarse. La sensación de creer que tenía que marcharse comenzaba a ponerla nerviosa.

—Mejor que nunca —respondió con algo más de tranquilidad—, pero creo que necesito una ducha. Esta noche me han dejado exhausta —bromeó tratando de evitar que la morena se marchase de su casa con aquel gesto de desconcierto que ya ocupaba todo su rostro.

Sonrió levemente, casi con temor por ser consciente de que algo sucedía, y Quinn no quería o podía contárselo. Pero trató de no darle importancia.

—Cuídate —balbuceó acercándose hasta Quinn, que ya permanecía junto a la puerta de salida, protegiéndose con el albornoz y tratando de controlar la rebeldía de su pelo.

—Avísame cuando llegues. ¿De acuerdo?

—Claro —sonrió con dificultad—. Ciao, Quinn— se despidió segundos antes de acercarse a sus labios y dejarle un beso que no sabía cómo los anteriores.

Estaba lleno de intranquilidad por parte de la rubia, de incomodidad y por supuesto Rachel se percató en todo momento. Aquella despedida había sido tan rápida, que no llegaba a asimilarla. Hacía apenas cinco minutos seguía enredada entre sus piernas, y ahora veía como Quinn cerraba la puerta tras ella y ni siquiera la observaba marcharse. Sin embargo, trató de ignorarlo, y tras aquel gesto decidió abandonar su apartamento siendo consciente de haber vivido uno de los momentos más especiales de toda su vida junto a ella.

Podría estar preocupada, podría darle miles de vueltas a su cabeza cavilando acerca de lo que le habría podido suceder a Quinn en aquel breve periodo de tiempo que permaneció en el baño, y que la había llevado a mostrarse así de nerviosa. Pero recordar lo que había vivido durante toda la noche era mucho mejor para su estado anímico.

No tenía dudas de que Quinn lo había pasado igual de bien que ella, por lo que la inseguridad de creer que no había estado a la altura, ni siquiera rondó por su mente.

Tampoco podía dejar de pensar en cómo se había portado con ella. La dulzura con la que la había llevado a vivir una de las mejores experiencias que había tenido. La calidez de su cuerpo, sus besos, su preocupación y esmero por conseguir que todo fuese perfecto, y nada pudiese romper esa magia, le hacían confiar plenamente en Quinn y en sus sentimientos.

Nunca antes se había sentido tan segura respecto al sexo, y Quinn lo había logrado en una sola noche.

Esa sensación de placer, esa sensación de bienestar que ahora sentía mientras abandonaba la residencia, era lo único que realmente le merecía la pena. Ni siquiera el hecho de saber que aún seguía mintiéndole, iba a romper esa calma. Pero sí había alguien dispuesta a hacerlo por ella.

Apenas ponía un pie en el exterior del jardín trasero de la residencia, y tomaba la decisión de regresar caminando a su hogar, cuando descubrió la silueta de alguien conocido, justo enfrente de ella, a unos cien metros de distancia.

Y no fue la única en darse cuenta de quién era.

Santana había detenido sus pasos tras ver salir a Rachel del acceso trasero de su propia residencia, y la miraba completamente confundida.

Pasaron varios segundos hasta que volvió a reaccionar, y recuperó el trayecto que la llevaba hacia el mismo lugar por el que se situaba Rachel. Y la morena esperó impaciente aquel encuentro que no iba a poder evitar dada las circunstancias.

Una mirada de desagrado fue el saludo de Santana nada más llegar a su altura. Una mirada que se fijaba sobre su vestimenta, para luego desviarse hacia su rostro y atemorizarla como solía hacerlo cuando parecía no tener un buen día.

—¿Qué haces aquí? —cuestionó con dureza.

—Eh nada, vine, vine a hablar con Quinn —se excusó—. Quería saber por qué se marchó anoche, nada más.

—Ya —balbuceó incrédula—. ¿Y está bien? —se interesó con desgana.

—Eh sí, pero, pero me temo que no voy a poder hacer nada más para que entre en el coro. Quinn no está por la labor.

—No te preocupes —la interrumpió—. Tú has cumplido con lo que te pedimos. Aunque Quinn apenas estuvo en la fiesta, no puedo exigirte más.

—Eso, eso significa que vais a dejarla en paz, ¿verdad?

—Claro. Ya casi tengo convencida a Jane para que se olvide de ella. Así que no te preocupes, ya veremos que hacemos contigo y tu candidatura al coro.

—No es necesario, creo que voy a retirarme. No, no estoy segura de querer entrar — trató de sonar tranquila, pero lo cierto es que sentía como un nudo se agarraba en su estómago y empezaba a dolerle. Todo por culpa de la inseguridad y el malestar que aquella chica creaba en ella cuando se mostraba con tanta frialdad.

—Bueno, eso ya es decisión tuya —añadió—. Por cierto, ¿qué pasó con Weston? Me dijeron que estabas con él anoche.

—Eh sí, estuve hablando con él —respondió tratando de no hablar más de la cuenta.

Después de lo sucedido la noche anterior y los consejos que le había dado Quinn acerca de ella, y de cómo solían actuar en la fraternidad, lo único que quería era que se olvidasen por completo de ella, y no provocar más conflictos que pudiesen perjudicar a Quinn.

—¿Nada más? —se interesó— Algunas chicas decían que te habían visto con él de una forma más íntima. ¿Estáis juntos?

—No, nada que ver —respondió rápidamente—. Brody y yo solo somos amigos.

—¿Amigos?

—Sí, amigos —sonrió por primera vez mientras empezaba moverse inquieta. Necesitaba apartarse de allí antes de que aquella chica lograse sacarle algún tipo de información que no quería dar—. Oye, me tengo que marchar. Se me hace tarde —se excusó.

—Ok. Pero… ¿cómo es eso de que solo sois amigos? —insistió aun viendo como Rachel ya comenzaba su peculiar huida— Creí que te gustaba ese chico.

—No, no me gusta —respondió sin perderla de vista—. Mis gustos son un poco diferentes —matizó tratando de sonar divertida, pero lo cierto es que Santana no lo tomó de aquella forma.

Apenas vio como Rachel se apartaba de ella y emprendía el mismo trayecto que minutos antes ella misma había tomado para llegar hasta allí, y no dudó en adentrarse en el interior de los jardines de su propia residencia, mientras recuperaba el teléfono móvil de su bolso y se disponía a hacer una llamada.

Una llamada que iba a pagar toda su frustración tras lo que acababa de vivir y sospechar.

—¿Hola? —se escuchó tras el auricular— ¿Quién es?

—Tu peor pesadilla — respondió Santana.

—¿Santana? ¿Eres tú?

—Sí, soy yo —dijo enfurecida.

—¿Qué…qué ocurre? ¿Por qué me llamas ahora?

—Te pedí que hicieras algo, solo una cosa ,y no lo has hecho. Lo siento, pero hasta aquí llegó mi paciencia.

—¿Qué? Un momento, un momento. Yo hice lo que me pediste, y ella nos vio.

—Te dije que la enamoraras, que la conquistaras y no has hecho más que el imbécil. Lo siento, pero eso no es lo que yo te pedí a cambio de mi silencio.

—Santana, no puedes hacerme esto. Yo he hecho todo lo que he podido, pero Rachel no es como las demás. Ella, ella busca otras cosas y…

—No me interesan tus excusas —interrumpió la latina tras acceder al interior de la residencia, y dirigir sus pasos hacia su objetivo—. Solo te he llamado para que sepas que estás fuera.

—¿Qué? No, no por favor, Santana. No me hagas esto.

—Prepárate Weston, por fin vas a lograr lo que has deseado siempre. Estar en boca de todos.

No hubo réplica por parte del chico, porque Santana no se lo permitió al cortar la llamada y apagar el teléfono antes de volver a dejarlo en su bolso.

Había llegado a su objetivo, al punto inicial de toda su estructurada y genial idea, aunque algunos detalles no hubiesen salido como planeaba.

Era ahora o nunca, pensó segundos antes de golpear la puerta con los nudillos de su mano derecha. Y apenas tardó unos segundos en recibir la respuesta deseada a aquellos golpes.

La puerta se abría con algo de dificultad, y una desconcertada Quinn la recibía aún en albornoz, con el pulso acelerado y la sensación de saber que algo iba a ir mal.

—Santana —susurró casi sin voz.

—Buenos días —se mostró dulce—, preciosa.