Buenas!

Casi pensé que no llegaba a publicar, pero aquí estoy.

Cristine: Gracias.

Witching: Ahora lo vas a saber

Sakura: Bueno, Severus era amigo de Lilly, había probabilidades de que también lo fuera de Christopher.

Uh, cuando se entere Severus, arde Troya.

Wolf: El Riddikulus es con K, pero ya sabes, soy Sile Dedazos Locos.

Fue la emoción del momento, supongo. Me alegro que no se haya visto forzado, porque suelo ser un asco en romance.

La aventura de Harry estuvo bien narrada, pero porque lo copié directamente del libro, porque pasaba mas o menos lo mismo, solo que con Christopher en la conversación y la pelea de Fred y George sobre darle el mapa a Harry.

Si, así pasa en el libro. En la película Harry se mete solo a las Tres Escobas a escuchar la conversación.

Hasta la próxima!

Capítulo diecinueve

Larson

Christopher se levantó muy temprano al día siguiente, incluso antes de que saliera el sol. Se preparó un café y se lo tomó en su oficina, intentando calmar su ansiedad. Larson iba a morir esa misma noche o al menos eso había pensado antes de hablar con Remus sobre su pasado.

Abrió su armario de pociones y seleccionó algunas. Las necesitaba por si algo salía mal. Ya había metido la última en el bolsillo de su abrigo color camello cuando tocaron a la puerta.

—Remus, hola —dijo, ya invitándolo a pasar.

—¿Ya te ibas? —preguntó, ya entrando a la oficina.

—Si, pero no iba a irme sin dejarte a Loki.

—¿Dónde está?

—Probablemente se escondió para que no me vaya… ¡Loki! ¡Solo me voy un par de días, no seas así!

Silencio.

—Gato malcriado —murmuró Christopher—. ¡Si no vienes ahora, te dejaré solo!

Se escuchó un maullido y Loki salió por debajo del armario, agitando un poco la cola, molesto.

—Me parece raro que no hayas llamado a tu hermano para cuidarlo —comentó Remus

—Severus se va a quejar de que cuidar del gato lo va a distraer para sus pociones, que tiene cosas que hacer y cosas por el estilo. Preferí ahorrarme el discurso —explicó Christopher, ya alzando a Loki.

Remus se rio.

—Me lo imagino perfectamente.

Christopher se acercó un poco y besó a Remus en los labios de manera fugaz.

—Cuida bien de Loki —le dijo, pasándole al gato. Luego le pasó la canasta de dormir, junto con algunos juguetes.

—Lo haré, no te preocupes. Diviértete con tus amigos.

—Lo haré.

Remus se retiró y Christopher lanzó un suspiro. Divertirse. Ojalá estuviera yendo a la casa de Jerry por diversión.

Christopher tomó la mochila que había armado la noche anterior con su ropa y otros artículos necesarios y tomó los polvos flú que estaban encima de la chimenea con disgusto. De ser por él, hubiese viajado en el Expreso de Hogwarts y de ahí tomado el Autobús Noctambulo, pero tenía que llegar temprano, así que se metió a la chimenea y gritó la dirección de su amigo Jerry antes de arrojar el polvo.

Como siempre que viajaba, sintió que iba a descomponerse. Sentía como si lo zamarrearan de un lado a otro durante unos segundos que se le hicieron eternos hasta que finalmente aterrizó.

Se encontró dentro de una sala de estar acogedora, de paredes pintadas de azul, con música clásica sonando de fondo. Jerry ya estaba allí, sentado en un sillón de dos cuerpos color café, mientras tomaba una taza de té. Todavía llevaba puesto el pijama de color bordó

—Anna te matará si llegas a vomitar sobre la alfombra —dijo Jerry, en tono casual.

—Descuida —Christopher se aferró al respaldo del sillón, esperando a que las nauseas se le pasaran

—¿Desayunaste? —le preguntó Jerry.

—Si, ya desayuné, por desgracia para mi pobre estómago. ¿Y Anna?

—Salió a comprar.

Jerry dejó su taza sobre la mesa ratona y se giró para verlo. Su expresión era seria

—Anna se irá esta noche a San Mungo porque tiene guardia. Es hoy o nunca, Chris.

Christopher asintió lentamente con la cabeza y se sentó a su lado.

—Si, lo sé. ¿Algún plan?

—Estuve siguiéndolo por semanas. El infeliz va todas las noches a un bar de la zona a beber algo. Podríamos enfrentarlo en el bar, pero serían demasiados testigos y tú no puedes usar magia, sería muy sospechoso y no queremos aurores metidos en lo posible.

—Sería lo peor que puede pasar.

—Otra opción sería esperarlo en su casa. El tipo volverá ebrio y será más fácil de reducir.

—Lo segundo me parece mejor —opinó Christopher.

—En mi habitación tengo guardada una capa invisible que Anna me compró hace unos meses, nos sería de mucha ayuda.

Christopher metió la mano en el bolsillo y sacó un pequeño frasco.

—Traje algunas pociones conmigo, nunca se sabe cuando las vamos a necesitar.

Jerry sonrió en señal de satisfacción

—Perfecto. Solo usarás hechizos si estamos acorralados, ¿si?

—Correcto

Jerry se inclinó hacia él y le susurró:

—Anna no sabe nada de esto, Chris, se escandalizaría.

Christopher soltó una risotada.

—Si la conoceré yo, Jerry.

—Cualquier cosa, estuvimos jugando al pool en algún bar o algo así.

—Si, se lo creerá.

Escucharon el ruido de las llaves en la puerta de entrada y vieron a Anna, entrando con unas bolsas de supermercado.

—¡Oh, al fin estás aquí! —Anna dejó las bolsas sobre la mesa y le dio un beso en la mejilla —¿Cuándo llegaste?

—Cinco minutos, Anna.

—¿Usaste polvos Flu?

—Ni me lo recuerdes, casi vomito en tu alfombra.

—Estarías muerto si lo hicieras ¿Desayunaste?

—Si, Anna.

—¿Te estás alimentando bien?

—El menú de Hogwarts no ha cambiado en veinte años, sabes que como bien.

—Sé que a veces te salteas las comidas y solo te tomas dos o tres tazas de café —las manos de Anna fueron inmediatamente a sus costillas, intentando apretarlas—. Estás muy flaco.

Christopher dio un salto hacia atrás.

—Pues no hay ascensores en Hogwarts, Anna. Doy gracias a Dios que no soy profesor de Astronomia o hubiera ido volando en una escoba hasta la clase…

—Para estrellarte contra la pared. Que yo sepa, eres pésimo volando.

—Me rompí una pierna en la clase de Vuelo y de ahí tuve mucha reticencia a subir a una escoba.

—Deberías probar otra vez, Christopher…

—No, señora Cazadora del equipo de Quidditch, no me subiré a esa cosa infernal.

—Deja a Christopher en paz, Anna.

Anna besó a Jerry y dijo:

—De acuerdo, cariño. Voy a guardar las cosas en la cocina.

—¿Te ayudo, cariño?

—No, deja, yo sé donde poner todo. Y Christopher, quítate el abrigo, por amor de Dios. El perchero está en la puerta y lo sabes

Anna desapareció por la cocina. Christopher lanzó un suspiro y le dijo a Jerry, mientras se quitaba el abrigo:

—Vamos a tu estudio. Tenemos que hablar.


Era la una de la mañana y Samuel Larson estaba regresando a su casa en auto. Estaba borracho, pero lo suficientemente alerta para no chocar a nada o a nadie... o eso es lo que creía él.

Larson estacionó el auto frente a su casa y abrió la puerta. Por lo general, cuando llegaba a su casa y si no estaba muy cansado, subía las escaleras para divertirse con Lorena. Pero no, esa pequeña puta estaba en el colegio ese de magos donde su esposa había ido en su juventud. No quería dejarla ir, pero era obligatorio e iban a ir por ella si no se presentaba o algo así le había dicho su hija, así que no le quedó otra opción. Le había dejado bien en claro lo que le haría si llegaba a contar algo sobre su "pequeño secreto", pero… ¿Y si ella usaba su magia para deshacerse de él? Ella iba a aprender a utilizar la magia y no tenía la menor idea de qué clase de cosas le enseñaban ahí. Por las dudas y, aunque se perdiera toda la diversión, tenía que matarla antes de que se ocurriera hacerle algo. Si… eso haría.

Larson entró a su casa y encendió la luz. Todo estaba en orden, pero cuando miró a su alrededor, tuvo la sensación de que algo estaba mal. Como si no estuviera solo.

Cruzó la sala y fue hacia la cocina. Estaba tal cual la había dejado, con los platos sucios casi desbordando en la pileta de la cocina. Era su estúpida hija la que hacía todo en la casa y ahora tenía que encargarse él.

Unas manos enguantadas lo sujetaron por atrás tan rápido que no pudo reaccionar. Una mano fue a su boca y otra a su garganta.

—Si se te ocurre gritar o moverte, te mataré —dijo una voz masculina en su oído, ligeramente rasposa.

Lo obligó a sentarse en una silla, lo soltó y se quedó detrás de él. No hizo falta que dijera que no tenía que darse vuelta, sabía que lo mataría si lo hacía. Escuchó unos pasos por las escaleras y luego dirigiéndose a la cocina.

Era un hombre pequeño, como de un metro sesenta y tal vez unos cuarenta y cinco años. Se estaba quedando calvo y usaba anteojos cuadrados. Tenía aspecto de vendedor de seguros o tal vez un abogado hambriento, pero nada de eso importaba. En su mano derecha llevaba un revolver que, si sus ojos no lo engañaban, era una Colt 45, capaz de volarle la cabeza de un solo disparo y desparramar sus sesos sobre el sucio piso de mosaico.

—Buenas noches, señor Larson —saludó el hombre, con acento americano.

—¿Qui…quien es usted? —tartamudeó Larson.

—Somos amigos de su hija, Lorena.

Todo el color desapareció de la cara de Larson. Entonces había hablado… lo iban a matar, estaba seguro.

—Su hija nos habló sobre usted, señor Larson y nos… preocupamos un poco sobre la manera sobre como la está criando, ¿sabe?

—Escuche, yo…

El americano levantó una mano y Larson se calló enseguida.

—Voy a hacerle unas simples preguntas, señor Larson, y quiero que me conteste con total honestidad, ¿está claro? Su vida depende de ello.

Larson asintió una vez con la cabeza.

—Muy bien, vayamos al grano… ¿Usted violó a su hija, señor Larson?

Larson no respondió. Le chorreaba sudor frío por la frente y por la espalda.

—Responda, señor Larson.

Sintió las mismas manos enguantadas sobre sus hombros, apretándolos con mucha fuerza.

—S-s-si.

El americano mostró una sonrisa torcida.

—Ya veo. ¿Lo disfrutó?

—¿Qué...?

—¿Lo disfrutó sí o no?

Larson movió los labios, pero no le salía la voz. El americano blandió el arma frente a él.

—¿Quiere que cuente hasta tres? Lo haré —apuntó a la cabeza de Larson—. Uno…

—¡Si, si lo disfrute! —su voz salió como un chillido. El americano sonrió, complacido.

—Ajá, lo disfrutó. ¿Pero sabes quien no lo disfrutó? Su hija.

El americano hizo una pausa y se acomodó los anteojos.

—¿Sabe? Yo quería pegarle un tiro en la cabeza y terminar con todo esto, pero mi amigo aquí presente decidió que tenía otros planes para usted, así que cedí.

El hombre que estaba detrás de él le tapó la nariz y le hizo beber algo de una botellita de vidrio. Estaba tibio y no podía identificar su sabor. No sabía a nada que hubiera probado en su vida

—¿Qué… que hicieron…?

—Mi amigo me dijo que hay cosas peores que la muerte. Le di la razón.

Su vista se volvió borrosa. El americano se acercó y le sonrió de manera carnívora, antes de susurrarle.

—Dulces sueños…

Y se desvaneció.


Cuando Anna llegó por la mañana, vio a Jerry en la cocina, preparando el desayuno. El olor a tostadas invadia toda la casa

—¿Quieres comer algo antes de acostarte, cielo? —le preguntó.

—Solo un té y unas tostadas, no quiero nada pesado —Anna se dejó caer en una silla—. ¿Se divirtieron mucho anoche?

—Oh, si. Tomamos cerveza boca abajo de un barril, consumimos drogas, corrimos desnudos por las calles de Londres cubiertos de gelatina y terminamos en un motel barato con veinte rubias pechugonas. ¿Qué hiciste tú?

Anna lo miró, divertida

—Me hubiese encantado tener una noche tan divertida como la tuya, pero me temo que no. Una familia entera con spattergroit, un niño con viruela de dragón, un par de mineros con neumonía férrica… en fin, lo de siempre. ¿Dónde está Christopher?

—Durmiendo como un tronco. Ser profesor le está consumiendo la juventud.

—Creo que no sabe en lo que se metió.

Jerry le dejó sobre la mesa un té y unas tostadas en un plato.

—Claro que no lo sabe. Tiene esa pequeña cosa de yo-puedo-hacerlo-todo.

—Por eso es el único sanador que conozco que tiene dos especialidades en lugar de una como todos los demás —Anna tomó un sorbo de té.

—Bueno, hay que dejarlo ser, ¿no te parece? Él es feliz jugando a ser el hombre multitareas.

—No quiero que se estrese demasiado. Estuvo trabajando en San Mungo por años y es un hombre muy dedicado a su trabajo.

—…y a su familia. ¿Crees que iba a dejar pasar la oportunidad de estar al lado de Severus y de sus hermanos/hijos?

Anna asintió con tristeza.

—Pobre Chris. No pudo disfrutar su adolescencia. Perdió a sus padres muy joven y tuvo que criar a los niños como pudo con Severus.

—Ah, pero salieron bien. Lori es prefecta y el otro es buen estudiante a pesar de meterse en líos. Quiere ser cantante de rock o algo así. Cosas de adolescentes rebeldes, como las chicas que van a California para ser actrices y terminan siendo meseras o los chicos que quieren ser estrellas de rock y terminan surtiendo gasolina en la carretera.

Anna terminó de tomar el té, pero su mirada permaneció perdida en sus pensamientos, clavada en la ventana nevada.

—¿Anna?

—¿Mhh? —Anna se volteó a medias para verlo.

—¿En que piensas?

Anna hizo un gesto con la mano.

—En nada, cariño, en nada. Me iré a dormir, ¿si?

Jerry no tenía que ser un mago para saber en que pensaba su esposa, pero no dijo nada.

—Te despertaré para el almuerzo.

—Gracias, amor.

Anna se retiró y subió por las escaleras. Jerry lavó los trastes que había usado, se fue hacia la sala y se dejó caer en el sillón, nervioso. No solía mentir a su mujer con la que estaba casado desde hacía casi veinte años. En realidad, Christopher no había regresado con él a casa y no tenía la más pálida idea donde estaba.

Cuando Christopher le dio la poción para dormir a Larson y se aseguraron de que hubiera hecho efecto, lo envolvieron en la capa invisible y lo metieron dentro de la cajuela del auto de Jerry. Christopher hizo conducir a Jerry hasta el campo y luego lo hizo detenerse en mitad de la carretera.

—Déjanos aquí, Jerry.

—¿Por qué?

—No quiero que estés conmigo cuando haga esto.

—¡Ni siquiera me has dicho que quieres hacer con él ¡—le reclamó Jerry.

Christopher se mordió el labio.

—Jerry, tú no puedes hacer magia. Si algo sale mal, no podré ayudarte. Ayúdame a sacarlo del maletero.

Jerry obedeció y no tuvo otra opción que dejarlo en medio de la nada con Larson envuelto en la capa invisible. Se preguntó por qué no volvía. ¿Y si los aurores lo habían atrapado? Demonios, tal vez debería ir al Ministerio, pero tal vez fuera muy sospechoso que se apareciera por allí estando de vacaciones…

La puerta del frente se abrió. Jerry se levantó como un resorte y fue hacia la entrada para ver a un Christopher totalmente ojeroso y con aspecto de caerse muerto en cualquier momento.

—¿Qué demonios estuviste haciendo anoche? —le preguntó Jerry, entre susurros furiosos.

Christopher le tendió la capa invisible y Jerry la tomó, aún sin saber que había pasado.

—Me porté bien, no te preocupes. Ya Larson no va a joderle la vida a nadie más.

—¿Qué demonios hiciste con él?

Christopher sacó un frasco del bolsillo de su abrigo color camello, del tamaño de uno de mermelada. En el interior había un escarabajo negro que rasguñaba el vidrio con sus patas, desesperado.

—Una condena justa, Jerry. Prisión perpetúa en un jarro de mermelada. Aunque pienso ponerlo en algo más grande, así le puedo poner agua y comida. Tendré que averiguar qué demonios comen los escarabajos.

Jerry señaló el frasco, con una sonrisa incrédula

—¿Ese es Larson?

Christopher inclinó la cabeza hacia adelante.

—En efecto.

Jerry soltó una risotada.

—Estás loco, Christopher.

—Más que mis pacientes. Con tu permiso, me iré a dormir. Estoy molido.

—¿Te quedarás con él?

Christopher levantó el frasco a la altura de sus ojos y lo giró un poco.

—Por supuesto. Me encargaré de que cumpla su condena como corresponde.


Harry no podía sentirse más traicionado

Dumbledore, Hagrid, el señor Weasley, Cornelius Fudge, el sanador Snape… ¿Por qué nunca le habían explicado que el motivo de la muerte de sus padres había sido por la traición de su mejor amigo?

Había ido a ver a Hagrid a la mañana siguiente para reclamarle su silencio, pero lo había encontrado tan deprimido por el asunto de Buckbeack que había cambiado de opinión y decidió no tocar el tema… por el momento. Mientras iban a la biblioteca para ayudar a Hagrid, Harry se detuvo en seco.

—El sanador Snape —dijo de golpe—. ¡Dijo que era amigo de mi madre!

—Harry… —intentó frenarlo Hermione, pero Harry ya estaba yendo al despacho del sanador. Golpeó la puerta varias veces, pero no hubo respuesta.

—No creo que esté en su despacho —sugirió Ron.

Harry siguió golpeando la puerta, a pesar de que le estaban doliendo los nudillos.

—¿Sanador Snape? —preguntó Harry.

—No está —dijo una voz.

Los tres se dieron la vuelta y vieron al profesor Lupin detrás de ellos.

—¿Sabe donde se encuentra? —preguntó Harry.

—Se fue a la casa de un amigo. Volverá en dos o tres días —respondió Lupin—. ¿Necesitabas algo?

—No, nada —respondió Harry, con un gruñido—. Esperaré a que regrese.

Pasó el resto de la tarde en la sala común, rodeados de libros que habían sacado de la biblioteca que podrían ser de ayuda para hacer que Hagrid ganara el caso. Cuando se hartaron de tomar notas, Harry subió a su habitación y sacó el álbum de fotos que Hagrid le había regalado. Si el sanador Snape era amigo de su madre, debía haber una foto de él.

Harry pasó página tras página, hasta que encontró una que había sido tomada en Hogwarts, en los terrenos del castillo.

Había cuatro personas en esa foto, . Su madre debía tener unos quince años aproximadamente y estaba sentada en el suelo, sonriendo. Una chica rubia, un poco más joven, le estaba acomodando una corona de flores en la cabeza. Una chica de pelo castaño oscuro estaba a la izquierda de su madre, con una sonrisita timida. Y la derecha…

Era él, sin duda. Reconoció el cabello largo de color castaño miel, sus ojos negros, la nariz ganchuda… Estaba tocando la guitarra y con la vista fija en su madre, sonriéndole casi con ternura. Debía tener la misma edad de Harry ahora. Despegó la foto del álbum y miró en la parte de atrás. Había algo escrito con letra pequeña, pero estilizada:

Christopher, Amaranta, Elizabeth y Lilly

1974

Christopher era el nombre del sanador Snape, así que tenía que ser él. ¿Amaranta? Era el nombre de la sanadora que había reemplazado a Snape en pociones. No tenía idea quien sería Elizabeth. Recordó las palabras del sanador, como si fuera hace mucho tiempo: Una de mis amigas fue asesinada. ¿Estaba hablando de Lilly?

—¿Harry? —Ron entró a la habitación, seguido de Hermione.

—Miren —Harry les pasó la foto—. El chico de ahí es el sanador Snape.

—Por Dios —murmuró Hermione—. Entonces es cierto.

—¿Por qué diablos no te dijo nada? —preguntó Ron.

—Es lo mismo que quiero saber yo —dijo Harry—. Tengo que esperar a que regrese para preguntarle.

—Tal vez no pensó que era importante —meditó Hermione.

—O creyó que ya lo sabías —agregó Ron.

—¡O tal vez creyó que era un idiota! —estalló Harry— ¡Todo el mundo ocultándome cosas? ¿Qué más sigue? ¿Que el murciélago de las mazmorras y mi madre también eran amigos?

Ron soltó una leve risotada.

—Ahora resulta que los hermanos Snape se juntaban con tu madre a tomar el té y a trenzarse el cabello entre ellos —comentó.

A pesar de su enojo, Harry no pudo evitar reirse. Hermione le dio a Ron un leve empujón con la mano.

—No seas tonto, Ron —le dijo, pero estaba intentando no reírse.

—Gracias, Ron, no me voy a poder quitar la imagen de la cabeza por mucho tiempo —dijo Harry.

—Creeme que yo tampoco —dijo Ron.

—En todo caso, tengo que preguntarle —dijo Harry—. Hay muchas preguntas que quiero hacerle y no solo sobre Sirius Black. Quiero saber más sobre mis padres.