Capítulo 27. Dragón, venados, león y serpiente

Draco luchó para trazar un plan de acción, lo cual le resultaba bastante difícil en aquellas circunstancias: su mente parecía aferrarse solamente al hecho aterrador de que estaba a punto de ser devorado vivo. Ese miedo, sumado al dolor punzante de la herida recién hecha, le impedían pensar con claridad. Respirando entrecortadamente mientras el dragón lo balanceaba violentamente entre sus patas y el aire gélido lo azotaba, Draco se obligó a abrir los ojos y encaró su situación. Sabía que tenía que provocar al animal para que lo soltara antes de que éste se decidiera a terminar de destrozarlo para comérselo.

Se atrevió a mirar hacia abajo: las copas de los árboles le rozaban la espalda, lo que quería decir que no iban muy alto. Al menos, tenía esa ventaja. Miró de nuevo hacia la horripilante bestia y, apretando bien su varita con la temblorosa mano derecha, comenzó a lanzarle una y otra vez la maldición que durante su cuarto año le vio usar a Viktor Krum en el Torneo de los Tres Magos.

—¡Oculus damnum! —gritaba sin parar, usando cada gramo de magia de la que podía disponer. Era jodidamente difícil darle al dragón en los ojos, así que cada rayo de la maldición golpeaba en cualquier otro sitio menos donde debía.

Pero, por suerte para Draco, la bestia, quizá alertada por la lluvia de hechizos que le estaba lanzando, giró su fea cabeza hacia él, abriendo las fauces y rugiendo con fuerza. Draco se forzó a no cerrar los ojos y volvió a maldecir, esta vez con éxito.

—¡Oculus damnum! —gritó por última vez, dándole al dragón en los ojos amarillos.

El piasa bramó, cerró sus ojos repentinamente dañados y se retorció en el aire, batiendo las alas con furia. Después de unos terribles segundos en los que Draco temió que moriría aplastado, el piasa abrió las garras y lo soltó. Draco se desplomó a velocidad vertiginosa. Aterrorizado pero dispuesto a no rendirse, intentó un encantamiento de caída lenta sobre él mismo, pero no alcanzó ni a formular el conjuro cuando ya estaba golpeándose contra las ramas de un árbol.

Una, otra y otra vez, Draco azotó contra ramas y hojas, las cuales se le enterraron en el cuerpo y le desgarraron la ropa. Como pudo, se cubrió la cara y la cabeza con los brazos mientras se preparaba para el golpe final que daría contra el suelo y se preguntaba, lleno de miedo, si el piasa se habría marchado de ahí o habría regresado a buscarlo.

La caída finalizó cuando Draco se sumergió rudamente en agua helada. La zambullida fue espantosa: Draco, que ni siquiera se había planteado la posibilidad de no caer sobre tierra firme, no había tomado aire y los segundos que demoró en recuperar el equilibrio y en nadar hacia la superficie, le parecieron una agonía eterna.

Emergió del agua y, desesperado, nadó hasta la orilla de un río que, para su buena suerte, no era muy ancho ni llevaba fuerte su corriente.

Jadeando para recuperar el aliento, muerto de frío y temiendo el regreso del piasa, Draco se arrastró a toda prisa por el lodo hasta llegar a tierra seca y quedar junto al tronco de un árbol sin hojas. A pesar de que ya era de noche la oscuridad no era total: había luna creciente y eso bastaba para darle al menos una idea aproximada de lo que había a su alrededor.

Titiritando y todavía tratando de serenarse, Draco se sentó y se apoyó de espalda contra el árbol. Por puro instinto no había soltado su varita durante toda la caída: aún la sentía, tibia y familiar, entre los dedos de su mano derecha. La levantó para comenzar a conjurar encantamientos que lo ayudaran a… Casi deja escapar un grito cuando descubrió que su varita estaba rota. Incrédulo, la acercó hasta su cara y la tomó con sus dos manos. La varita estaba quebrada en la punta, la cual colgaba deprimentemente separada del resto, apenas sostenida por unos cuantos pelos de unicornio del núcleo.

Draco la miró y la miró, negándose a aceptarlo. Con dedos temblorosos, intentó acomodar la punta rota sin éxito. La agitó suavemente mientras decía entre dientes:

¡Lumos! —Pero nada pasó—. No, no, no... —susurró después de un momento, temblando tanto de frío como de dolor. Su hermosa varita de espino, la cual le había servido durante más de quince años, la que también había sido de Harry y le había ayudado a éste a vencer al Señor Tenebroso… la varita que, después de un par de meses, Harry le había devuelto en medio de una muy incómoda cita acordada dentro de las instalaciones del Ministerio. La varita que Draco adoraba porque, quizá inconscientemente, siempre lo había hecho sentirse vinculado al Salvador del mundo mágico. Ahora estaba rota y a Draco eso le dolía casi físicamente.

Cerró los ojos y se llevó los puños a la frente, sosteniendo su ahora inútil varita y pensando qué podría hacer sin magia para salir bien librado de aquella situación. ¿Qué haría un muggle en circunstancias como aquella? ¿Esperar por un rescate e intentar sobrevivir mientras tanto?

Harry, se le ocurrió de pronto, Harry me encontrará.

Aquel pensamiento le proporcionó consuelo y calor a partes iguales. Por supuesto que sería así. Draco sabía que, incluso si Harry no lo amaba como lo había hecho en "el vistazo", igual haría todo lo posible por ayudarlo porque, hola, complejo de héroe a la orden. Draco soltó una risita, sintiéndose más que reconfortado de saber que Harry era un héroe de la cabeza a los pies y que no se quedaría indiferente ante su desgracia.

Eso haría Draco entonces: permanecería ahí sentado esperando por un rescate que seguramente ocurriría tarde o temprano, porque además, Draco estaba casi seguro, los kikapú tampoco lo dejarían morirse ahí en medio de su bosque sagrado. Convenciéndose de eso, Draco intentó dejar de temblar, pero era bastante difícil: estaba haciendo un frío atroz y él tenía la ropa hecha una sopa, además, estaba golpeado, magullado y tenía heridas en todo el cuerpo.

¿Heridas? Joder, recordó de pronto la sangre que se había visto cuando el piasa lo llevaba entre sus garras y, asustado, se rebuscó entre la ropa. Se sentía impactado de no percibir ya el dolor agudo que había sentido antes, pero supuso que sería por la enorme carga de adrenalina que se había disparado en su torrente sanguíneo y la cual menguaría tarde o temprano, haciéndolo sentir peor...

El gélido chapuzón que acababa de darse había limpiado la mayor parte de la sangre de su ropa, pero pronto encontró un agujero en un costado de su chaqueta y camisa, por el cual de nuevo comenzaba a brotar un hilo de sangre. Jadeó entrecortadamente mientras usaba su mano izquierda para oprimirse la que, por fortuna, no parecía ser una herida muy extensa. Profunda, quien sabe, pero al menos no grande.

Apoyó la cabeza contra el tronco del árbol, cerró los ojos e intentó respirar hondo para tranquilizarse. Estaba muriéndose de frío y de miedo. Además, el dolor por tanto golpe sufrido y por la herida en su costado comenzó a aumentar en intensidad conforme se calmaba, pero, ¿qué más podía hacer? Intentó enfocar su atención en el ruido que lo rodeaba. Sólo se escuchaba el tenue y musical sonido del agua corriendo por el río y el viento moviendo las hojas y ramas de los árboles y plantas.

Mientras el piasa no regresara a rematarlo ni ninguna otra criatura llegara a tratar de atacarlo...

Eso estaba pensando cuando percibió el sonido de hojas crujiendo sobre el suelo: el inequívoco ruido producido por algún animal al caminar de modo sigiloso.

Aterrorizado, Draco abrió los ojos y trató de escudriñar entre las sombras y la oscuridad. Vio dos pares de ojos resplandeciendo entre los matorrales e intentó hacerse un ovillo contra el árbol, rogando que aquellas dos criaturas pasaran de largo sin molestarlo. La respiración agitada lo traicionaba: le costaba trabajo poder respirar por la nariz sin hacer ruido.

Los animales dieron unos pocos pasos más hacia él y fue cuando Draco pudo darse cuenta de que sólo se trataba de una pareja de venados, quienes lo miraban fijamente con sus enormes y bonitos ojos negros, brillantes de curiosidad. Draco miró a los dos venados, un macho y una hembra, caminar lentamente hasta él, agachar la cabeza y olfatearlo.

Casi dejó salir una risa histérica de puro alivio, pero se contuvo para no espantarlos. De algún modo, la presencia de aquellos dos inofensivos animales lo reconfortaba y lo hacía sentir seguro. Eran venados cola blanca, mucho más pequeños y tiernos que los ciervos europeos a los que él estaba acostumbrado. Se acercaron tanto a él en aquella penumbra, que Draco sabía que podía levantar la mano y tocarlos, pero no se atrevió. Lo único que hizo fue quedarse ahí lo más quieto posible, jadeando cada vez más lento, recuperando la calma y notando cómo le dolía todo el cuerpo.

No obstante, algo pareció espantar a los venados: un ruido proveniente de lo profundo del bosque puso a los rumiantes en alerta y luego, los hizo correr despavoridos hacia el lado contrario.

—No... —murmuró Draco, viéndolos irse y sintiéndose desesperanzado. Comenzó a asustarse de nuevo porque algo, otro animal o persona, estaba moviéndose hacia él—. ¿Quién anda ahí? —exclamó con voz temblorosa y apuntó su varita rota hacia el lugar, olvidándose de que no podía hacer magia. Se sentía tan vulnerable que dolía.

Un rugido, otro par de ojos brillantes y un hocico felino lleno de peliagudos dientes, le dieron la respuesta. Un puma enorme emergió entre las plantas, acercándose a Draco con paso lento pero seguro y sin dejar de gruñir y bufar. Iba directo a atacarlo, no había duda.

A toda prisa, Draco intentó ponerse de pie, pero, antes de conseguirlo siquiera, los venados regresaron a toda velocidad hasta él y, no sólo eso: ambos animales se le echaron encima al puma. El macho lo golpeó con su cornamenta y lo arrojó varios metros lejos de Draco. Ambos venados comenzaron a patearlo y el puma, bastante sorprendido, emprendió carrera hacia la espesura del bosque.

Asombrado, Draco fue testigo de cómo los dos venados salieron corriendo detrás del puma, alejándolo de él y poniéndolo a salvo.

—Pe-pero... ¿qué demonios acabo de ver? —resopló, incrédulo. Volvió a dejarse caer, arrastrando la espalda por el tronco del árbol hasta quedar de nuevo sentado. Por más que intentaba tranquilizar su corazón desbocado y su respiración fatigosa, no podía hacerlo. No entendía el comportamiento tan antinatural de los venados, pero no iba a ser él quien le pusiera reparos a aquel asombroso rescate. Sólo le restaba confiar que hubiesen asustado lo suficiente al puma para que a éste no se le ocurriera regresar a hostigarlo.

Cerró los ojos, apoyó la cabeza sobre el árbol y, sintiéndose cada vez más débil conforme la sangre se le escapaba de a poco por la pequeña herida, se quedó ahí sólo esperando en medio de los ruidos incesantes del bosque mágico. Pronto comenzó a sentirse adormilado. Tantas noches sin dormir bien comenzaron a pasarle factura, así como el mismo agotamiento del accidente que acababa de sufrir y quizá la pérdida de sangre: todo se sumó al grado de que se volvió imperante la necesidad de cerrar los ojos y dejarse perder en las brumas del sueño, a pesar del frío, dolor y miedo.

Ni los venados ni el puma regresaron. Tampoco había rastros del piasa. Draco esperaba no haberle ocasionado un daño permanente en los ojos. De cualquier forma, cuando lo rescataran, les podría comunicar a los kikapú lo que había sucedido y les sugeriría que se dieran una vuelta a buscar al animal para ver si requería de atención veterinaria.

Se rió entre dientes mientras se estremecía de frío e imaginaba, entre sueños, un escenario donde un magizoologista intentaba revisarle los ojos a semejante bestia furibunda.

Pronto perdió la noción del tiempo ya que los minutos parecían largos e interminables. De todo lo que sentía, el frío era lo peor. Los temblores de su cuerpo se volvieron incontrolables y le impedían conciliar el sueño. Abrió los ojos cuando sintió algo duro y firme golpeándolo en una pierna.

Incrédulo pero pensando que ya nada podría sorprenderlo, Draco vio a una serpiente oscura enroscándose en su pierna. Su primer impulso fue sacudirse para quitársela de encima, pero se contuvo. ¿Qué tal si la serpiente reaccionaba y lo mordía? En vez de eso, simplemente se quedó hipnotizado, respirando agitado, observando como la serpiente envolvía su cuerpo sinuoso alrededor de su pierna y luego se quedaba quieta. El reptil, de un hermoso y brillante color negro, el cual emitía destellos blancos bajo la luz de la luna, también se le quedó viendo con dos ojos enormes tan negros como el resto de su cuerpo. Sacó su lengua para olfatear a Draco y éste, sumergido en un curioso estado de letargo ocasionado por el frío y el dolor, sonrió fascinado.

Totalmente negra desde la lengua hasta la punta de la cola, aquella serpiente, nada parecida a otra que Draco hubiese visto antes, era realmente espléndida y... Le recordaba a algo.

Cerró los ojos y dejó caer la cabeza contra el tronco del árbol cuando descubrió a qué le recordaba. O, más bien dicho, a quién.

Eltanin, pensó, sintiendo en el pecho el ya muy conocido hueco doloroso que lo invadía cada vez que se acordaba del pequeño bebé que había conocido y aprendido a amar en "el vistazo". Suspiró varias veces con profundidad para no dejarse invadir por el llanto y pensó en su patronus... Si tan sólo su varita estuviera entera y pudiera conjurarlo.

Lentamente, abrió los ojos, los clavó en la serpiente (que todavía estaba ahí, enroscada en su pierna, dándole calor) y, con cuidado para no asustarla, levantó la mano derecha. Se había guardado la varita rota en un bolsillo del abrigo después de haber intentado sin éxito conjurar diversos hechizos, pero no se le había ocurrido intentar hacer magia sin varita.

Quizá...

Abrió los dedos de su mano y, con un gran esfuerzo, imaginó que canalizaba toda su magia hacia ahí, lista para obedecer su mandato. Se mordió el labio inferior, cerró los ojos y pensó... Un recuerdo. Un recuerdo feliz.

Toda la serie de eventos sucedidos en "el vistazo" desfilaron por su mente como si se tratara de una película, haciéndolo sollozar de pura añoranza y necesidad... Pero no. Eso no era suficiente. Esos recuerdos se sentían lejanos, como si hubiesen sucedido en otra vida. Técnicamente así era, ¿no?

Lo que hizo entonces fue concentrarse en las cosas buenas que habían estado sucediéndole ahí en su vida real desde el día de Navidad, el día que había regresado del "vistazo": los abrazos y charlas con su madre, la aceptación de Andrómeda... Teddy arrojándose a sus brazos con aquella inocencia enternecedora que sólo los niños son capaces de manifestar... Pansy, tan preocupada por él, entrando a su apartamento para "salvarle la vida"... El agradecimiento de Granger en su oficina, la risa de Blaise, Bill y su ofrecimiento de amistad... Pero, sobre todas las cosas, pensó en Harry y lo que había vivido con él. Todo el coqueteo entre ellos dos, las insinuaciones, la noche en su apartamento, el beso que le había dado en el Ministerio... Pero, especialmente, Draco recordó la sonrisa adorable que Harry le había dedicado apenas hacía un rato cuando iban montados en los caballos, cuando Draco se había girado hacia el moreno y lo había descubierto mirándolo embelesado, llamándolo "todo un héroe", observándolo con ojos brillantes y anhelantes, casi... Casi como...

Como si estuviera enamorado.

Draco soltó un gimoteo que casi fue llanto, dándose cuenta. Descubriéndolo. ¿Sería posible? ¿Sería posible que Harry, este Harry, el de esta realidad, estuviese enamorándose de él? Toda esa conversación encima de los caballos había sucedido tan rápido, y luego había llegado el dragón piasa a interrumpirlos, por lo que Draco no había tenido tiempo para pensar realmente en cada palabra dicha por Harry.

"Qué suerte tiene Enescu de ser quien pueda estar a tu lado... Me dijo que iba a casarse contigo sólo para molestarme..."

—Oh Merlín, Merlín, ¿cómo pude ser tan estúpido para no escuchar lo que Harry realmente me estaba diciendo? —murmuró para él mismo.

Se sentía frustrado por haber estado tan distraído y no haber captado el verdadero significado detrás del comportamiento de Harry, pero al mismo tiempo también se sentía feliz. Aparentemente, Harry sí sentía algo por él. Y si eso era cierto... Si de veras fuera cierto... Las posibilidades de todo lo que podía derivarse a partir de ello lo abrumaron de un modo excepcional. Fascinado, pensando en eso, concentrándose en eso, en esa enorme ilusión, abrió más los dedos de su mano derecha y se aferró al recuerdo de la sonrisa que Harry le había dedicado mientras le otorgaba su admiración por estar dispuesto a ayudar a los kikapú.

Expecto patronum —suspiró tan quedamente que creyó que no daría resultado.

Pero sí lo logró.

Inverosímilmente, Draco percibió la magia brotar a través de su mano aun sin la necesidad de una varita, desprendiéndose de su cuerpo y su alma y formando, delante suyo, a su hermoso patronus: su serpiente plateada, la cual se materializó y comenzó a dar vueltas juguetonamente en el espacio frente a él.

La serpiente negra que todavía estaba enroscada en su pierna, vio eso y elevó el cuello y la cabeza, asustada. Sacó la lengua, siseó con fuerza, se desenroscó de Draco y se alejó meneándose con rapidez, perdiéndose entre los matorrales. Draco la vio irse y de nuevo se sintió abandonado, como cuando los venados se habían marchado.

No obstante, ahí estaba su patronus, acompañándolo, invocado sin varita y aun en su estado de debilidad. Draco, con trabajos, elevó la cabeza para admirarlo. Una lágrima recorrió rauda su mejilla helada. Sentía que la vida se le escapaba junto con toda la sangre que estaba perdiendo a través de la herida y el calor que su cuerpo perdía momento a momento por estar ahí con la ropa mojada en aquella noche invernal.

—Eltanin... —murmuró—. Perdóname, hijo. Hice... hice todo lo posible por... Por favor, por favor. Llama a Harry. Llama a tu padre. Dile que...

Incapaz de aguantar más, se dejó sumergir en la oscuridad de la inconsciencia. No se dio cuenta de que el patronus lo miraba una vez más y luego salía volando a velocidad de la luz hacia arriba, perdiéndose entre los arces sin hojas y la noche fría; ni tampoco fue capaz de percibir a los dos venados, quienes habían regresado y lo estaban observando a unos metros de distancia, ocultos entre los árboles, cuidándolo.


—¡DRACO! —había gritado Harry con todas sus fuerzas cuando el piasa retomó el vuelo con Malfoy entre sus garras—. ¡Draco, oh dios, DRACO, NO! —volvió a gritar mientras aferraba con una mano las riendas de su caballo y con la otra, su varita. Azuzó a su montura y emprendió carrera detrás del piasa, dispuesto a lo que fuera para alcanzarlo y salvar a Malfoy.

De ninguna manera iba a permitir que aquella bestia le hiciera daño a Malfoy, y mucho menos porque era dolorosamente evidente que el piasa había tratado de atacarlo a él y Malfoy se había metido en medio para ayudarlo.

¡¿Por qué Malfoy haría algo como eso?!, se preguntó Harry mientas su pobre y flaco caballo galopaba lo más rápido que podía y Harry mantenía fijos los ojos en el piasa, el cual se alejaba a toda velocidad bosque adentro con Malfoy entre sus garras, haciéndose más y más pequeño conforme se perdía de vista. Harry sintió que se moría de la impotencia cuando no le quedó más remedio que reconocer que jamás iba a poder alcanzarlos.

Un río se atravesó en su camino y su caballo se detuvo de golpe, agotado.

—¡No, no, no! ¡No ahora! ¡Vamos, crúzalo! —exclamó Harry, furioso y muerto de miedo a partes iguales, tratando de obligar al caballo a seguir adelante. El animal piafó y relinchó ruidosamente, negándose a meterse al río. Harry no podía permitir que aquello estuviera pasando, simplemente, no podía. ¿Qué iba a hacer ahora?

De un salto, bajó del caballo, aferró su varita y, mirando hacia el cielo, allá donde el piasa ya era sólo una pequeña figura difusa entre las copas de los árboles, Harry sintió ganas de llorar de la desesperación. ¿Cómo iba a llegar hasta ellos para ayudar a Malfoy antes de que la bestia intentara comérselo?

Se llevó las manos a la cara, sintiéndose derrotado y desolado, pero lejos de darse por vencido. Tenía que hacer algo. Quizá, si se concentraba mucho, podría desaparecerse y aparecer más adelante, más cerca de donde el…

El ruido de los caballos y los gritos de los demás lo sacaron un poco de su estado de azoro. Los cinco kikapú llegaron hasta él, rodeándolo. Angustiado, Harry experimentó una oleada de alivio al darse cuenta de que Teddy continuaba montado en el caballo de Langundo y éste parecía dispuesto a cuidarlo a costa de su propia vida.

Harry, al borde de un ataque de pánico, se giró hacia Mojag.

—¡Por favor, se lo suplico! ¡Ayúdeme a rescatar a Malfoy! ¿Hay algún modo de que pueda enviarme a la guarida de la bestia antes de que le haga daño?

Mojag miró hacia el horizonte, allá donde el piasa ya se había perdido de vista. Luego, se le quedó viendo a Harry.

—¿Usted vuela?

Harry lo miró con el ceño fruncido, sin comprender la pregunta. Fue Teddy quien, muy asustado pero más sereno que Harry, respondió:

—¡Sí, sí vuela! ¡Mi padrino es jugador profesional de quidditch! ¡Vuela mejor que nadie en el mundo!

Mojag miró a Langundo.

—¡Ya sabes que hacer! —exclamó con urgencia—. ¡Date prisa! —Langundo asintió con la cabeza, bajó del caballo de un ágil salto y, con la varita en la mano, caminó hacia el arce más cercano. Mojag bajó también de su montura para sostener las riendas del caballo de Langundo y del suyo. Le dijo a Harry, hablando a toda velocidad—: Vamos a hacerte un palo volador. Espero que en verdad sepas manejarlo porque son más rápidos que las escobas que ustedes usan. Es el único modo en que podrás atravesar este bosque a tiempo antes de que Draco Malfoy sufra algún daño porque aquí no se puede invocar la desaparición.

Harry asintió, guardándose la varita en el bolsillo de su abrigo. Langundo ya había terminado: con ayuda de su varita y de encantamientos pronunciados en una lengua que Harry no comprendía, confeccionó y hechizó un palo largo pero fuerte de una gran rama del arce, la cual acababa de cortar. No era exactamente como una escoba, pero Harry supuso que su fin sería el mismo.

Langudo, con el gesto preocupado y ya sin sonrisa, le pasó el palo a Harry y le dijo:

—Listo, blanquito. Vuela y salva amigo. Nosotros cuidamos a niño.

Harry miró a Teddy.

—¡Vamos, padrino, ¿qué esperas?! —exclamó Teddy con desesperación. Harry nunca lo había visto así de angustiado—. ¡Ve y rescata a mi tío! ¡Yo estaré a salvo, no te preocupes por mí!

Harry volvió a asentir.

—Te prometo que lo rescataré, Ted, así sea lo último que haga. —Con eso, se montó en aquel palo lleno de astillas y golpeó la tierra con un pie. El palo vibró y obedeció su mandato de inmediato: salió disparado a toda velocidad y Harry, luchando por controlarlo, se lanzó hacia la dirección por donde había visto al piasa por última vez.


Aquella "escoba" era endiabladamente rápida y Harry se preguntó distraídamente si era porque estaba confeccionada de la madera de un árbol sagrado o por algún encantamiento especial puesto por Langudo. Como fuera, no demoró más que un par de minutos en volver a tener al dragón en su campo visual.

Enfurecido en cuanto lo localizó, gritó de rabia, se inclinó hacia delante y le ordenó a su magia conectada con el palo que acelerara el vuelo. El palo obedeció y el aire helado le cortó el rostro y le despeinó el cabello conforme se acercaba más y más hacia el animal.

A pesar de la oscuridad de la noche que caía ya, Harry pronto pudo ver al dragón con suficiente claridad. No obstante, algo en su vuelo errante lo puso en alerta. El piasa no estaba volando de manera normal: se movía de modo extraño, como si estuviera en medio de un dolor o…

El simple pensamiento de que estuviera tratando de comerse a Malfoy ahí en el aire, aterrorizó tanto a Harry que casi se cae del palo cuando la debilidad por el miedo le invadió el cuerpo.

—No… —exclamó sin aliento, volando más rápido, sacando la varita y alistándose para atacar…

Se detuvo en seco cuando no vio señal de Malfoy por ningún lado: el piasa ya no lo llevaba con él. Harry sintió que la sangre se le congelaba en las venas.

No, no, no, no era posible que la bestia ya le hubiera hecho algo, ¿o sí? No había pasado tanto tiempo, ¿acaso Harry había llegado así de tarde?, se preguntó tan angustiado que casi podía gritar, al tiempo que volaba en círculos alrededor del piasa y se fijaba en que el animal no le prestaba atención pues parecía muy ocupado intentando frotarse los ojos con sus cuatro garras.

Harry se acercó y fue cuando notó que el dragón tenía los ojos hinchados, empequeñecidos, llenos de legañas y lágrimas. Estaba completamente cegado. Y fue cuando Harry lo entendió. ¡Malfoy lo había hechizado con conjuntivitis, una de las pocas maldiciones que eran efectivas en dragones!

¿Eso querría decir que…?

Sintiéndose extremadamente aliviado por la posibilidad de que Malfoy se hubiese podido librar del piasa antes de que le hiciese daño, Harry descendió y comenzó a buscar por el suelo: quizá Malfoy había caído por ahí cuando el dragón lo soltó.

Sí, eso tiene que ser. Malfoy tiene que estar por aquí, por aquí, oh dios, Malfoy… ¿en dónde estás?, pensaba Harry angustiado, aferrándose a la idea de que lo encontraría con vida en cualquier momento porque, de otro modo, no sabía cómo podría continuar, no sabía qué cara le plantaría a Teddy por haberle fallado, simplemente, no sabía… Bajó la velocidad y disminuyó la altura, regresando por el mismo camino que había recorrido en la persecución del piasa. Malfoy tenía que estar cerca… Tenía que…

Harry voló y voló, rozando copas de árboles, pasando entre ramas sin hojas y entre plantas frondosas, buscando sin éxito. Transcurrieron varios minutos y el bosque estaba cada vez más oscuro. Harry comenzó a desesperarse: no había rastro de Malfoy por ningún lado, ninguna señal de dónde pudiera haber caído.

—¡Malfoy! ¡MALFOY! —comenzó a llamarlo a gritos, pero en el fondo sabía que quizá Malfoy podía estar desmayado, o muy mal herido, incapaz de escuchar y mucho menos de responder.

Harry oyó agua corriendo y voló hacia allá. Rozó la superficie de un río y continuó buscando, escudriñando en la terrible oscuridad.

¡Lumos máxima! —exclamó, iluminando un poco su camino con la punta de su varita, volteando a derecha, a izquierda, buscando por la superficie del río y por las orillas llenas de plantas y lodo, y...

De pronto, un resplandor plateado lo alertó y detuvo su vuelo de golpe. Al otro lado del río, en la orilla contraria de dónde él andaba buscando, un patronus pequeño y largo se movía ágilmente entre los troncos de los árboles, como llamándolo. Harry ahogó un jadeo y de inmediato dirigió su vuelo hacia allá. El patronus parecía estar esperándolo.

Era una serpiente y, de algún modo, Harry supo que era el patronus de Malfoy. En cuanto estuvo a su lado, la serpiente comenzó a moverse rápidamente por la orilla río arriba y Harry la siguió sin dudarlo. Pronto, llegaron hasta un enorme arce y la serpiente se desvaneció justo ahí.

Harry elevó su varita y la luz que desprendía iluminó el sitio: Malfoy estaba sentado ahí, apoyado contra el árbol, mojado, herido y muy inmóvil. Tenía los ojos cerrados y, por unos segundos, Harry temió lo peor.

—No, no, ¡Malfoy! ¡MALFOY! —gritó mientras llegaba hasta él y desmontaba del palo de un salto. Se arrojó a su lado y se dejó caer de rodillas. Tomó a Malfoy de los hombros y lo zarandeó un poco, obligándose a ser gentil a pesar de estar aterrorizado. Malfoy estaba sumamente pálido y tenía los labios azulados—. Malfoy, ¡Malfoy! ¡Despierta! No estés muerto, ¡por favor! ¡Malfoy!

Notó sangre en la ropa empapada y desgarrada de Malfoy y de nuevo sintió que el suelo se le abría bajo los pies. Llevó sus dedos hacia el cuello del mago y le buscó pulso. Para su enorme alivio y a pesar de tener la piel fría como el hielo, Malfoy todavía estaba vivo.

Harry, a toda prisa, lo recostó a un lado del árbol sobre el suelo, le apuntó con su varita y le secó la ropa. Conjuró un encantamiento de calefacción a su alrededor para ayudarlo a aumentar la temperatura corporal y entonces rebuscó entre su ropa para ver de dónde estaba brotando sangre.

Encontró una pequeña herida en el costado derecho, muy abajo, casi en el vientre. Frunció el ceño, muy preocupado, deseando que no fuera tan profunda como para haber dañado algún órgano interno. Apuntó con su varita, cerró los ojos y trató de recordar algún encantamiento de los muchos que le habían aplicado a él durante todos sus años de jugar al quidditch: había recibido suficientes heridas y golpes como para haber memorizado una o dos cosas útiles de primeros auxilios mágicos.

Jamás habría imaginado que ese conocimiento le ayudaría a salvarle la vida a Malfoy, de quien, además, ahora parecía estar enamorado.

Emitió el conjuro entre dientes y abrió los ojos, viendo con satisfacción que sí daba resultado. La herida se cerró, dejando de sangrar inmediatamente. De cualquier forma, Harry sabía que era sanación superficial, un recurso sólo para detener la hemorragia. Malfoy continuaba necesitando atención profesional, especialmente porque continuaba inconsciente y tal vez tuviera algún daño interno. Durante unos segundos, Harry se permitió un respiro mientras observaba, fascinado, cómo le volvía un poco el color a la tez del otro mago conforme entraba en calor.

Harry buscó a su alrededor por la varita de Malfoy, no quería llevárselo a él y dejarla ahí tirada, pero no vio nada. Frustrado, levantó su propia varita y exclamó:

¡Accio varita de Malfoy! —… La varita de éste acudió a la mano de Harry desde el interior de las ropas del rubio… y estaba rota. Harry la observó durante unos segundos, entendiendo por qué Malfoy no había podido hacer magia ni para secarse la ropa ni para sanarse la herida. Pero conjuró un patronus, pensó, francamente admirado. Se guardó la varita rota de Malfoy en un bolsillo y usó la suya para aplicarle al otro mago un encantamiento que aligeraría su peso para así poder cargarlo—: Levis.

Sintiendo una extraña emoción que era mezcla de preocupación, alivio, angustia y ternura, Harry se quitó su abrigo, tomó a Malfoy con mucho cuidado y lo cobijó lo mejor que pudo con la prenda que acababa de quitarse. Lo estrechó firmemente contra su pecho, se levantó del suelo y lo llevó consigo hasta donde el palo volador estaba levitando a unos centímetros del suelo.

Volvió a montarse en el palo y, con su hermosa y valiosa carga entre los brazos, voló lenta y prudentemente de regreso a donde Teddy y los kikapú estaban esperando.