POV. Christian Grey.

Sentir la calidez del abrazo de mi hermana me transmite mucha paz, demasiada diría yo, por Dios, ¡mi hermana está aquí!, bueno, en realidad soy yo el que está aquí, pero eso ahora no importa, lo que importa es que estoy abrazando a mi hermana, sintiendo esa conexión fraternal que tanto extrañaba.

Ella llora con sus cara escondida en mi cuello y yo sólo me permito disfrutar de este momento —aunque no sea en las mejores condiciones—, espero que esta no sea la última vez que la abrace, quiero hacerlo todos los días al igual que quiero hacerlo con Elliot y mi madre.

Sé que el cumpleaños número dieciocho de Mia es el sábado, eso nunca en mi vida lo olvidaría, espero que mi «padre» mejore, aunque ella me dijo que no le queda mucho tiempo yo tengo esa esperanza de que él se pondrá bien, y emendará esos errores que ha cometido.

—¿Dónde está mamá y Elliot? —le pregunto.

—Están en la habitación de papá, llevan ya un rato ahí —murmura.

Volteo a ver a Ana que está a mi lado sin saber qué hacer, mierda, que mal educado que soy.

—Mia, mira ella es Anastasia Steele...

—Tú novia, es muy hermosa —me interrumpe ella y Ana se sonroja.

—En realidad... —comienzo a decir pero soy interrumpido por otra persona.

—¡Christian! —grita mi madre y corre a abrazarme.

—Mamá —murmuro.

Joder, no llores.

No llores, Grey, no llores.

Elliot se acerca a nosotros y se une al abrazo.

—Te hemos extrañado mucho, Christian —murmura Elliot.

—Y yo a ustedes —digo separándome de ellos.

—Pero mira, ¿quién es esta preciosura? Hola, hermosa —murmura Elliot con los ojos brillantes mientras mira a Ana descaradamente.

Oh, no, esto sí que no, creo que me estoy molestando, corrección, estoy molesto.

Joder, él es mi hermano no puedo sentir ¿celos?

Tomo posesivamente a Ana de la cintura y la atraigo a mí.

—Ella es Anastasia, mi novia —murmuro mirando a Ana quien se vuelve a sonrojar.

¿Desde cuándo es tan tímida?

Le lanzo una mirada fulminante a mi hermano para que se aleje de ella.

—Hola, querida, un placer conocerte —saluda mi madre con ojos brillantes mientras le da un abrazo y un beso en la mejilla a Ana.

—El placer es mío —responde Ana en un susurro.

—Christian, es verdad lo que dice en el periódico, ¿esa niña es hija de ustedes? —pregunta una curiosa Mía haciéndome abrir los ojos.

—¿Cómo que hija? —pregunta Elliot alarmado.

—Mmm, no, no lo es, ella es hija de un amigo.

—¡Lo sabía! Ves, mamá, te dije que la niña no se parecía a ellos —chilla Mia a mi madre quien sonríe.

—¿Cómo está papá? —pregunto y a mi madre se le vuelven a cristalizar los ojos.

Mierda.

—Está mal, los doctores dicen que no pasa de esta noche —solloza y yo solamente la vuelvo a abrazar.

—¿Puedo verlo? —pregunto.

Mi madre me mira fijamente.

—Sí, por supuesto que sí —dice ella—. Está en la habitación Nº 103.

Me volteo a ver a Ana que no sabe qué hacer.

—Espérame aquí, ya vuelvo —le susurro y ella asiente, por impulso le doy un casto beso dejándola sorprendida pero sonríe, luego me voy a la habitación Nº 103.

Me encantan sus labios, tienen un sabor exquisito.

Cuando entro a la habitación quedo totalmente sorprendido, mi padre está acostado en una camilla con intravenosas en sus manos y tiene una especie de tubo en un su boca, también se pueden ver moretones desde aquí, está muy golpeado.

Me duele verlo así, sé que él no ha sido el padre del año, pero es mi padre y yo lo quiero.

Me acerco más a él y tengo un nudo en mi garganta, ver a mi padre así tan... vulnerable es doloroso, muy doloroso, Carrick Grey, el hombre sin sentimientos y rudo está postrado en una cama de hospital.

Lentamente tomo su mano con la mía y la aprieto.

—Sé que no has sido el mejor padre, pero yo igual te quiero y quiero que te recuperes, porque el gran Carrick Grey no puede morir así tan fácil, no lo puedes hacer sin luchar, simplemente no lo puedes hacer, no puedes dejar a mi mamá sola, ella está sufriendo por ti, por favor, no me gusta ver a mi familia sufrir, tienes que despertar y salir adelante como el hombre de negocios que eres, no puedes abandonar a mi familia más de lo que está. Papá te perdono todo lo que me hiciste, te perdono, lo hice desde el día en que salí de la casa, siempre tuve una pequeña esperanza de que recapacitarías, y quiero que lo hagas, no te puedes ir así como así, mi familia te necesitan, yo te necesito.

Las lágrimas salen de mis ojos y no las puedo detener, me duele ver a mi padre así.

De repente la máquina que está al lado comienza a sonar y hace el sonido que quiere decir que su corazón se ha detenido.

No, no, no puede ser.

Mi padre no puede morir, no, eso sí que no.

Siento como la puerta se abre de golpe y volteo a ver, y es un doctor con varias enfermeras.

—Señor, tiene que salir —exclama una enfermera.

—¡No! ¡No lo dejaré! —grito alarmado.

—Está entrando en paro —dice otra y yo creo que estoy a punto de desmayarme, mi padre no puede morir.

Ellos empiezan a hablar pero yo no les presto atención, estoy en shock.

—Señor, salga ahora —me ordena la enfermera y me saca a rastras de la habitación.

Miro por última vez a mi padre y le ruego mentalmente para que despierte y demuestre que todavía le queda mucho por luchar.

Me limpio el rastro de lágrimas que tengo en mi cara y salgo de la maldita habitación.

Camino a paso lento y desganado hacia la sala de espera, cuando llego me encuentro a todos ahí, sentados, angustiados y creo que mi mamá reza el rosario.

Cuando me ven todos se alarman.

—Se ha complicado —digo en un susurro apenas audible—. Los doctores lo están atendiendo.

Sin más me vuelvo a derrumbar, las lágrimas vuelven a salir por mi rostro, dicen que los hombres no lloran, pero yo necesito hacerlo ahora, necesito desahogarme, estoy en un tormento.

Mi familia está igual, todos lloran, mi madre llora, Mia llora, Elliot llora, todos sentimos el mismo dolor.

Ana se levanta de inmediato de su asiento, y corre a abrazarme, yo rodeo su cintura con mis manos y escondo mi cara en su cuello, en estos momentos la necesito a ella.

—Él no se puede ir todavía —susurro en su oído.

—Él no se irá todavía, Christian, tienes que calmarte, por favor —murmura ella.

—Él nos quiere dejar.

—No, Christian, los doctores lo estabilizaran, ya lo verás.

Ella tiene mucha esperanza, ¿por qué no la tengo yo también?