Esta historia es una adaptación de la novela "DENTRO Y FUERA DE LA CAMA" de Megan Hart.
La historia original y los personajes no me pertenecen, yo solo lo adapto a mi pareja favorita "NaruSaku" por entretenimiento y sin fines de lucro.
Advertencia:
La historia contiene lenguaje vulgar, menciones a la depresión, suicidio y escenas subidas de tono, si eres sensible a eso no lo leas.
La historia es Narusaku. Si no eres fan de esta pareja o no te agrada, no lo leas y absténganse de comentar de forma maliciosa.
Los personajes pertenecen a Masashi Kishimoto. La historia original a Megan Hart. Adaptación de la historia al mundo de Naruto hecha por mí.
Capítulo 20
Mi calle parecía sacada de una serie policiaca. Estaba iluminada por las luces azules y rojas de un coche patrulla, y por el rojo más fuerte de una ambulancia. Fui a toda prisa hacia la casa de la señora Chiyo, mientras miraba hacia sus ventanas. Vi que tenía la luz de la sala de estar encendida, como siempre a aquella hora, aunque parecía muy tenue en comparación con las que brillaban en el exterior.
Subí los escalones del porche, y llamé a la puerta. Me abrió al cabo de unos segundos, Su expresión de preocupación se suavizó un poco al verme, y alargó los brazos hacia mí. Sentí un gran alivio al ver que estaba bien, y dejé que me abrazara.
—Sakura, menos mal que no eres tú.
—No, señora Chiyo. Creía que debía de ser usted —la recorrí con la mirada, y añadí: —la ambulancia está justo delante de su casa, me he asustado un poco.
—No, han llegado hace unos cuarenta minutos y han estado llamando a tu puerta.
—¿A mi puerta? —me volví a mirar hacia la calle. Tanto el coche patrulla como la ambulancia estaban vacíos. —¿Está segura?
—Sí. Aporrearon tu puerta sin parar, pero supongo que no contestaste. A lo mejor han ido a casa de la señora Kurenai.
—Konohamaru... —se me formó un nudo en el estómago.
—Espero que no.
No tuvimos que esperar demasiado, porque al cabo de un momento la puerta se abrió y los paramédicos salieron empujando una camilla en la que estaba tumbado Konohamaru. Estaba muy pálido. La señora Chiyo soltó una exclamación abogada, y me agarró la mano.
—Pobre chico, espero que esté bien.
La señora Kurenai y Asuma aparecieron en la puerta. Ella tenía un puñado de pañuelos de papel en la mano, y estaba llorando mientras él le daba palmaditas en la espalda; al cabo de un momento, un agente de policía, el mismo que había llevado a Konohamaru a su casa en la ocasión anterior, salió de la casa y se detuvo en el porche mientras los paramédicos metían al chico en la ambulancia.
El agente intercambió unas palabras con la señora Kurenai, y aunque no alcancé a oírlos bien, me pareció entender que estaban hablando de acompañar a Konohamaru en la ambulancia. Cuando ella sacudió la cabeza. Asuma le dijo algo al policía, que se encogió de hombros y se metió la libreta y el boli en el bolsillo; al cabo de unos segundos. La señora Kurenai se metió en la ambulancia, y el vehículo se puso en marcha.
—Ojalá esté bien —volvió a decir la señora Chiyo.
—Yo también.
Cuando la ambulancia se alejó, me invitó a que entrara en su casa para tomar una taza de té y unas galletas, y yo acepté. Estuvimos charlando durante un rato, pero a pesar de que hablamos de recetas y de la época festiva que se avecinaba, no pude quitarme de la cabeza la imagen de una camilla y una cara muy pálida.
Al cabo de unos días, hice acopio de valor y fui a la casa de al lado. La señora Kurenai me abrió la puerta, y la verdad es que su aspecto no revelaba lo mal que debía de haberlo pasado durante los últimos días. Tenía perfectos tanto el pelo como el maquillaje, y llevaba un traje de lino inmaculado y unos zapatos de tacón. Supuse que era la ropa que se ponía para trabajar, y recordé que no tenía ni idea de a qué se dedicaba.
—¿Qué quiere? —me preguntó con sequedad. Fuera cual fuese su trabajo, esperaba que no fuera de cara al público.
—Quería preguntarle cómo está Konohamaru.
Alzó la barbilla, y se cruzó de brazos antes de decir:
—Mi hijo está bien, gracias.
—De nada.
Aquello pareció desconcertarle, porque me dijo:
—Supongo que querrá saber lo que pasó, ¿no?
—Ya sé que Konohamaru tenía algunos problemas, señora Kurenai. Se hacía cortes, así que me parece que puedo adivinar lo que pasó —le dije con voz suave.
—¡Ni se le ocurra echarme la culpa a mí! —había palidecido de golpe.
Alcé las manos en un gesto pacificador, y le dije:
—No la culpo...
—¡Porque si sabía lo que pasaba, tendría que haber hecho algo al respecto! ¿Por qué no me dijo nada? Tendría que haber... tendría...
Pareció quedarse sin palabras, y no intenté romper el silencio que nos envolvió. Recordé que mi madre me había dicho que era más fácil echarle la culpa a otra persona. Yo tenía los hombros anchos, podía cargar con la culpa de la señora Kurenai si hacía falta.
—Me confesó que usted jamás le había hecho nada inapropiado —admitió al cabo de un largo momento.
—Me alegro —le dije, aliviada.
Ella asintió con cierta rigidez, pero le agradecí el gesto.
—Está en el Grove. Va a quedarse en observación durante dos semanas por lo menos, y también va a recibir asesoramiento psicológico.
El Grove era un centro de salud mental situado en una ciudad cercana. Tenía una gran reputación, y era bastante caro. No sabía qué problemas tenían Konohamaru y su madre, pero era obvio que ella no estaba escatimando esfuerzos para intentar ayudarlo.
—No quise darme cuenta —admitió con rigidez. —No cuento con el apoyo de su padre, así que las cosas no han sido nada fáciles para mí. Creía que la situación mejoraría cuando Asuma viniera a vivir con nosotros.
No quería abrazarla ni agarrarle la mano. A pesar de que había avanzado mucho en cuanto a mis propios problemas durante las últimas semanas, seguía costándome un poco mostrar afecto abiertamente. Me limité a asentir.
—No sirve de nada que se culpe a sí misma, señora Kurenai. Lo principal es que Konohamaru está recibiendo la ayuda que necesita, y que usted está dispuesta a escucharlo.
—Sí —se frotó los brazos como si tuviera frío, y añadió: —Si quiere visitarlo...
—¿A usted no le importaría?
Tardó un segundo en asentir, y cuando lo hizo, no intentó suavizar el gesto con una sonrisa. Pero lo importante es que lo hizo,
—No, me parece bien. A Konohamaru le gustaría verla.
—De acuerdo.
Supongo que podríamos haber dicho algo más, pero ninguna de las dos lo hizo. Después de un silencio un poco incómodo, me despedí y di media vuelta para marcharme. Antes de que bajara el primer escalón del porche, ella ya había cerrado la puerta.
Fui a ver a Konohamaru, y la visita se alargó más de lo que esperaba. Fui al salir del trabajo, el tráfico era horrible, las horas de visita aún no habían empezado cuando llegué, y al principio no estaba disponible; sin embargo, tanto el viaje como la espera merecieron la pena. No hablamos demasiado. No le pregunté sobre los vendajes que tenía en las muñecas, ni sobre su nuevo corte de pelo. Le había llevado una bolsa llena de libros, y la aceptó con entusiasmo.
—¿Ha acabado de pintar ya? —me preguntó, mientras sacábamos un par de latas de refrescos de una máquina expendedora.
—El comedor ya está listo, y he pintado la cocina con un tono que se llama Verde Primavera.
—Caray, señorita Haruno, se está convirtiendo en la Martha Stewart de Green Street —me dijo, sonriente.
Nos echamos a reír, y le conté que la señora Chiyo había estado enseñándome a cocinar. Era fantástico oírlo reír, y me sentía genial riendo también.
Tuve que marcharme al poco rato, porque los pacientes del centro tenían que acostarse pronto y había que respetar los horarios. Konohamaru volvió a darme las gracias por los libros. Los dos vacilamos por un momento sin saber cómo despedirnos, y al final él alargó la mano y yo se la estreché con firmeza. Sin soltarme, me giró la mano para ver mí muñeca, y contempló la cicatriz durante unos segundos antes de mirarme a la cara de nuevo.
—Ahora ya se encuentra bien, ¿verdad? —me dijo, mientras intentaba ocultar su preocupación. —Después se arregló todo, ¿no?
Asentí y le di un apretón en la mano, y entonces lo abracé.
—Sí —le dije, al apartarme de él. —Después se arregló todo, y ahora ya me encuentro bien.
Había sido sincera con Konohamaru, pero después de visitarlo tuve ganas de tomar un trago. Fui al Cordero Devorado, donde flirteé un poco con Kiba. Cuando me preguntó si quería irme a casa con él, le dije que no.
—¿Estás segura? —me dijo, con su deslumbrante sonrisa.
—Segurísima.
Intercambiamos una sonrisa y me rodeó con un brazo antes de marcharse a servir a otros clientes, pero no insistió. Tomé tres copas mientras cenaba, y cuando me planteé si debía tomar otra, me di cuenta de que no quería emborracharme.
Salí del local sintiéndome mejor de lo que esperaba, y me crucé con Naruto en la puerta. Él tenía un brazo alrededor de una chica que quizá tenía más de veinticinco años. Ella estaba riendo como una tontita y él estaba sonriente, pero al verme se puso serio de golpe. Para acabar de enredar la situación, Kiba salió en ese momento para darme mi jersey; al parecer, me lo había dejado en la silla.
Los cuatro nos quedamos petrificados por un momento, y los dos hombres se miraron mientras la chica seguía parloteando. Kiba saludó a Naruto con una inclinación de cabeza, Naruto le devolvió el saludo, y los dos se comportaron como sí yo no existiera; en ese momento, deseé haberme tomado la cuarta copa.
Decidí dar un paseo, uno muy largo. Me salió una ampolla en el pie y no logré aclararme las ideas, pero el dolor del talón me sirvió de distracción. Para cuando llegué a casa, creía que ni siquiera iba a tener que llorar.
Naruto estaba esperándome en la puerta, su sombra se cernía sobre los escalones de mí porche. Se apartó a un lado para dejarme abrir, y por una vez, el cerrojo no me dio problemas cuando metí la llave.
—Ni siquiera he dicho «ábrete, sésamo» —comenté.
Cerré la puerta cuando entramos en la casa. Fui a la cocina para beberme un par de vasos de agua que me ahorraran una resaca. Fui dejando caer a mi paso el bolso, el abrigo y las llaves, como sí quisiera dejar un rastro tras de mí por si se me olvidaba cómo se volvía hacia la puerta.
La idea me hizo gracia, y solté una carcajada.
—¿Te has tirado a Kiba?
—¿Qué?
Sus palabras me dejaron atónita, y me volví a mirarlo. La habitación empezó a girar un poco a mi alrededor, así que tuve que agarrarme a la puerta para no perder el equilibrio.
—¿Qué has dicho?
—Que si te has tirado a Kiba. ¿Has estado follando con él?
Recuperé la sobriedad de golpe. Nos miramos desde extremos opuestos de una habitación que solía parecer pequeña, pero que en ese momento parecía extenderse inmensa entre nosotros. Su expresión era pétrea, y me dolió que hubiera pensado mal de forma automática.
—¿A qué viene esa pregunta?
Le di la espalda, y me acerqué al fregadero. El primer vaso que agarré se me cayó y se hizo añicos. Me hice un pequeño corte en el dedo.
—Quiero saberlo, Sakura-chan, ¿Has estado follando con él?
Sabía que iba a acercarse a mí, pero no me volví. Abrí el grifo, acerqué las manos bajo el chorro de agua, y empecé a beber sin importarme la sangre que me bajaba por el dedo. Al oír que él se me acercaba más, me volví a mirarlo.
—No tengo por qué contestarte, sobre todo teniendo en cuenta que tú tampoco estabas solo esta noche... aunque eso no es asunto mío.
—¡Pues lo que tú hagas sí que es asunto mío!
Cuando me agarró de los brazos creí que iba a besarme... o a empujarme, y me quedé rígida. Él me zarandeó una vez, y otra, y exclamó:
—¡Es asunto mío!
—¡Suéltame!
—¡Contéstame!
—Ya has decidido que lo he hecho, ¿verdad? ¡Si pensaras que no, no estarías así! No habrías venido, no me habrías esperado para averiguar sí es verdad o no. Ya me has juzgado, ¿por qué voy a molestarme en contestarte?
Volvió a zarandearme, y me dijo con voz ronca:
—¿Lo has hecho, Sakura? ¿Hoy, cualquier otro día? ¿Está enamorado de ti? ¿Por eso rompiste conmigo?, ¿por él?
—¿Por qué te importa tanto? —le espeté con furia.
—Porque te amo —sus dedos se tensaron en mis brazos, y entonces me soltó. Me apartó como si se hubiera quemado al tocarme. —Porque te amo, Sakura Haruno.
Dio media vuelta, y fue hacia la puerta de la cocina.
Dejé que se alejara, vi cómo se iba. Me quedé allí como un pasmarote, conmocionada, con la mirada fija en su espalda, mientras sus palabras resonaban en mi cabeza.
—No esperaba que llegaras a amarme —alcancé a decir al fin.
Se detuvo al llegar a la puerta principal, y se volvió hacia mí. Jamás en mi vida había visto una expresión de desesperación tan profunda, nunca había visto unos ojos tan tristes.
—Pero te amo, Sakura-chan. ¿Qué eres?, ¿un fantasma? ¿Eres un ángel, o un demonio? Porque no puedes ser real...
Me había dicho algo parecido la primera vez que sus caricias me habían estremecido de placer, y al volver a oírlo tuve que sentarme. Las rodillas me flaquearon, y me desplomé como una marioneta a la que acababan de cortarle las cuerdas. Como una muñeca de trapo rota.
—Soy real —le dije en voz baja.
—Para mí no. No te permites el lujo de ser real para mí.
Bajé la mirada, y vi la sangre que teñía mi camisa. Mi propia sangre, procedente del corte que me había hecho en el dedo.
Sangre, como rosas rojas floreciendo en mi camisa.
Empecé a temblar. El pelo me cayó hacia delante y ocultó mí rostro. No quería que Naruto me viera, no podía soportarlo, no podía soportar que viera mis lágrimas.
—¿Te has acostado con él esta noche, Sakura-chan?
Su tono de voz ya no era desafiante, sino angustiado. Negué con la cabeza.
—No, Naruto, no me he acostado con él.
Se acercó a mí de inmediato.
—Mírame —cuando obedecí me dijo: —Te amo, Sakura-chan.
—No, no me amas.
—Sí, claro que sí.
Negué con la cabeza. Las lágrimas me abrasaban la piel, me bajaban por la barbilla y el cuello. Naruto tomó mis manos entre las suyas, sin prestar la más mínima atención a la sangre, y me preguntó:
—¿Por qué no me dejas estar contigo?
En la vida siempre hay que elegir... avanzar, retroceder, saltar, volar, caer, tener éxito... fracasar.
Y confiar.
—Quiero hacerlo —temblé con más fuerza, a pesar de que no tenía frío.
—Pues hazlo. Todo saldrá bien, te lo prometo —me besó las puntas de los dedos, y chupó la sangre hasta que quedaron limpios.
Entonces me di cuenta de la verdad que había estado negándome a mí misma: Naruto me purificaba. Naruto hacía que estuviera limpia, reluciente. Hacía que fuera hermosa, y no quería perderle.
—Te lo prometo —me lo dijo con una convicción total y lo creí.
Esto fue lo que le conté:
Gaara siempre fue el favorito de mi madre. Me parece que ella creyó que no iba a tener más hijos, porque pasaron seis años entre su nacimiento y el mío, y solía llamarme «su pequeña sorpresa». Al menos no dijo que yo fuera un error, aunque un día oí que llamaba así a Sasori mientras charlaba con sus amigas.
Gaara era su favorito, con razón. Era inteligente y popular, tanto los profesores como los sacerdotes lo adoraban, sus compañeros de clase lo admiraban, y cuando empezó a ir al instituto, las chicas no dejaban de perseguirlo.
Sasori y yo también lo queríamos, era el hermano mayor perfecto. Nunca se enfadaba si le dábamos la lata, nos llevaba a todas partes, jugaba con nosotros al escondite, al pilla pilla, a juegos de críos. Nos dedicaba parte de su tiempo a pesar de que no estaba obligado a hacerlo, y nosotros lo adorábamos. Lidiaba con nuestra madre, que pasaba de agobiarnos con sus muestras de cariño a chillarnos enfurecida, e ignoraba a nuestro padre: que cada vez bebía más.
Hasta que crecí más. No vinculé los arrebatos de genio de mi madre con el alcoholismo de mi padre, pero para entonces ya daba igual. Hacía tanto tiempo que vivíamos sin afrontar aquel problema, que era más fácil seguir fingiendo que no existía.
Algo cambió cuando Gaara cumplió veintiún años. Sus amigos se lo llevaron de copas, lo emborracharon, y llegó a casa cantando y dando portazos a las tres de la madrugada. No sé sí había bebido alcohol antes, y aunque habría tenido amplia oportunidad de hacerlo en casa, creo que no lo había hecho. En casa nunca hablábamos del tema de la bebida, y nos limitábamos a fingir que no veíamos los efectos que tenía el alcohol.
Empezó a irle mal en los estudios, a pesar de que estaba a punto de licenciarse en Criminología; de hecho, dejó la universidad cuando sólo le quedaba un semestre para acabar, y se vino a vivir a casa de nuevo.
Había cambiado. Bebía y se drogaba, robaba para poder colocarse, se dejó el pelo largo, y casi nunca se afeitaba. Se puso pendientes, y dejó de intentar hacer reír a mamá.
Los juegos que le gustaban también habían cambiado.
Pasaba totalmente de Sasori, y cuando le dirigía la palabra, era para llamarle nenaza y maricón. Sasori había empezado a tener problemas con algunos compañeros de clase que se metían con él, y empezó a escudarse tras su ropa negra, el lápiz de ojos, y la música gótica. No le sirvió de nada, tenía trece años.
Yo tenía quince, estaba en plena adolescencia. Mi cuerpo había cambiado, había crecido, me habían quitado la ortodoncia, y era más alta que algunos de mis compañeros de clase. Gaara me dijo que era muy guapa, que me quería... y que si yo lo quería, tenía que ser buena con él.
Claro que quería a mi hermano, quería que fuera feliz. Quería que las cosas volvieran a ser como antes, como cuando sacábamos una tienda de campaña al jardín trasero y se pasaba toda la noche contándonos historias de monstruos a Sasori y a mí.
Pero Gaara se había convertido en el monstruo. En una ocasión me había prometido que me protegería, pero no me protegió de sí mismo.
Hice lo que me pidió durante tres años. Creí que así él mejoraría, pero no fue así. Seguía bebiendo, perdió empleo tras empleo, siguió furioso con el mundo entero por razones que yo no llegaba a entender. A veces se iba de casa y regresaba al cabo de varios meses, ojeroso y despectivo, y mi madre se desvivía por él.
Sasori fue creciendo y su maquillaje fue haciéndose más pronunciado, su ropa cada vez era más oscura, y la música que oía más estridente. Yo dejé de sonreír. Contar me ayudaba, y contar comida aún más. Trozos de pastel, palomitas... me escudé tras capas de grasa y de ropa, oculté la belleza que mi hermano había visto y que al parecer no podía olvidar.
Nadie me preguntó qué era lo que me pasaba.
Sasori lo sabía, al igual que yo sabía que él tenía revistas con fotos de chicos desnudos escondidas debajo de su colchón, pero no hablábamos de ello; de hecho, apenas hablábamos. Nos cruzábamos en el pasillo y coincidíamos en la mesa del desayuno, y durante tres años nuestros ojos compartieron secretos que ninguno de los dos se atrevió a decir en voz alta.
No quería morir, pero en aquel momento cortarme las venas me pareció una buena idea. Sangré un montón, y me dolió más de lo que esperaba. Sólo me rajé una muñeca porque me mareé al ver la sangre y tuve que sentarme, y entonces fue cuando Sasori abrió la puerta de mi habitación para decirme que bajara a cenar.
La verdad es que no había planeado demasiado bien mi intento de suicidio. Mi madre no dejó de despotricar mientras me bajaba prácticamente a rastras por la escalera, y al llegar a la cocina me cubrió la muñeca con un paño. La moqueta de la escalera estaba llena de manchas de sangre, y tuvo que tirar la alfombra de mi cuarto. Hizo que me quedara en casa durante toda la semana sin ir a clase, pero nunca le contamos a nadie lo que había pasado.
No me ordenó que lo mantuviera en secreto... simplemente, no se lo conté a nadie.
Gaara fue el único que me preguntó por qué lo había hecho. Fue el único que entró en mi cuarto, se metió en mi cama, y besó el vendaje blanco justo encima de la pequeña mancha roja que había traspasado la tela.
—¿Por qué lo has hecho, Saki-chan? ¿Por mí?
Se echó a llorar cuando le dije que sí. Sentí lástima por él, por mi querido hermano, porque parecía muy triste, Y también sentí envidia, porque yo llevaba años sin poder llorar. Hundió la cara contra mí y sus sollozos nos sacudieron, sacudieron aquella cama tal y como él había hecho que se sacudiera en ocasiones anteriores por distintas razones. Le acaricié el pelo con mi mano indemne, hasta que él intentó besarme... y entonces le dije que no.
—¿No? —preguntó, con voz rota. —¿No me quieres?
—No, Gaara, no te quiero.
Creí que iba a hacerme daño. Lo había hecho otras veces, incluso cuando no me resistía. Le gustaba tirarme del pelo, sujetarme las muñecas, y pellizcarme.
Me limité a esperar en silencio, y volvió a preguntar:
—¿No?
—No.
Entonces se levantó de la cama y salió de mi cuarto. Creí que había acabado todo, pero me equivoqué.
Me despertaron los gritos de mi madre, que procedían de la encina. Sasori estaba encorvado para protegerse de sus golpes, y las revistas de chicos desnudos que tenía escondidas en su cuarto estaban sobre la mesa. Mi madre había encontrado una, y estaba golpeándolo con ella como si fuera un perro que acababa de cagarse en el suelo.
Gaara estaba sentado de brazos cruzados sin decir nada, se limitó a mirar mientras mi madre insultaba a Sasori con palabras tan horribles, que me sorprendió que no le quemaran la lengua. Gaara me miró cuando entré, y no vi nada en sus ojos. Nada de nada.
Sasori se escapó aquella misma noche, y pasó varias noches a la intemperie hasta que fue a casa de mi tía Mai, la hermana de mi madre, que vivía sola y no se había casado nunca. Mi tía lo acogió en su casa, le dio de comer y le compró ropa, lo inscribió en un colegio, lo mantuvo a salvo. Mi tía quería a mí hermano, y le enseñó a aceptarse a sí mismo. Creo que le salvó la vida.
Hasta entonces yo creía que el mundo se había derrumbado a mis pies, pero en eso también me equivocaba. Sasori no estaba, mi padre ni se molestaba en recobrar la sobriedad, y mi madre se convirtió en la bruja malvada a tiempo completo.
Un día, cuando aún tenía la muñeca vendada, llegué a casa y la encontré vacía y silenciosa. Mi padre aún no había vuelto del trabajo y mi madre había salido, puede que a comprar una alfombra nueva para mi habitación. Mientras subía la escalera, fui dejando atrás las manchas amarronadas que mi sangre había dejado sobre la moqueta. Justo cuando alargaba la mano para abrir la puerta de mi habitación, oí el golpe.
Me giré como a cámara lenta, igual que en una peli de terror, hacia la puerta del cuarto de baño, que estaba al final del pasillo; al parecer, no estaba sola. Oí otro golpe, y haciendo caso omiso de mi instinto, que me gritaba que me quedara donde estaba, fui hacia aquella puerta y la abrí.
Se había rajado las dos muñecas, y los cortes eran más profundos. Estaba sangrando más. La sangre había salpicado las paredes, el techo, la bañera, chorreaba por el espejo y por la cortina de la ducha y se encharcaba en el suelo. Su olor metálico y penetrante hizo que me tapara la boca con la mano para contener las náuseas.
Estaba en la bañera, completamente vestido, cubierto del agua suficiente para evitar que la sangre se le coagulara sobre la herida y cortara el flujo. Debía de haberse metido después de cortarse las venas, la navaja estaba en el suelo.
Abrió los ojos al oírme entrar, y dijo mí nombre. Me acerqué a él sin pensarlo, resbalé en la sangre y caí de rodillas, y el corte que me había hecho yo misma una semana atrás se abrió y empezó a sangrar de nuevo.
Le agarré la mano y su sangre me cubrió los dedos, dibujó rosas rojas en mi piel y en la tela blanca de mi camisa. El agua de la bañera humeaba, pero él estaba frío.
Estaba vivo cuando lo encontré, pero no pedí ayuda. Al mirar a mi hermano a los ojos, no vi nada en ellos, y permanecí sentada a su lado, agarrándole la mano, mientras se desangraba y moría.
Ésa fue la historia que le conté a Naruto. Todo lo que le dije era cierto. Después de aquello pasaron muchas cosas... me marché para ir a la universidad, conocí a Sasuke, aprendí que podía amar a alguien y hacer el amor con él, aprendí que follar y beber podían reemplazar a los cálculos, y también aprendí a ser cauta a la hora de elegir a quién confiarle mis secretos.
Y entonces conocí a Naruto.
Apenas habló mientras se lo contaba todo, me dejó hablar. Me acarició la espalda con pequeños movimientos circulares cuando llegué a las partes más duras, y me sostuvo la mano con fuerza.
Cuando acabé respiré hondo varias veces, y entonces lo miré. Me sentía como si acabara de vomitar algo que llevaba tiempo enfermándome, como si hubiera abierto una herida que había ido infectándose, como si hubiera soltado una piedra enorme que había acarreado sobre mis hombros hasta ese momento.
Me sentía más ligera, limpia, Estaba exhausta y un poco entumecida, pero también... satisfecha, aliviada.
—No hay mucho más que decir. Naruto.
Nunca le había contado a nadie la historia completa. Era lo máximo que podía hacer, no podía ser más persona de lo que era... pero había aprendido que tampoco podía ser menos.
Naruto permaneció en silencio durante varios segundos más, y al final me preguntó:
—¿Puedo abrazarte?
Cuando asentí, me rodeó con los brazos y me mantuvo apretada contra su cuerpo en silencio durante largo rato. Sentí su aliento en mi pelo, y acompasé mi respiración a la suya... aire dentro, aire fuera.
Posé la mano sobre su pecho, y el latido estable y rítmico de su corazón me relajó. Sus manos me acariciaban la espalda, y sus labios me rozaron el pelo.
Fui yo la que lo besó primero, y él dejó que yo llevara la iniciativa. Lo insté a que abriera la boca, y metí la lengua para saborearlo. Después de hacer que colocara las manos sobre mis senos, le desabroché varios botones de la camisa, metí la mano bajo la tela, y acaricié con los nudillos su pecho.
Susurró mi nombre contra mi boca, y empezó a acariciarme un pezón con un pulgar mientras bajaba la otra mano hasta mí trasero para acercarme más. Me acarició la lengua con la suya, nuestros dientes se entrechocaron mientras nuestros labios se movían y nuestras manos acariciaban con una avidez creciente.
Me puse de pie, lo agarré de la mano, y lo llevé a mí dormitorio. Después de apartar a un lado las mantas, dejé que me tumbara sobre las sábanas blancas. Mi pelo se abrió como un abanico rosado alrededor de nosotros, y el suyo se alborotó cuando se quitó la camisa por la cabeza. Se inclinó a besarme de nuevo mientras yo le quitaba los pantalones y los calzoncillos.
Él se quedó desnudo antes, ya que yo tenía que lidiar con botones, cremalleras y corchetes. Empezó a desabrocharme la camisa, y fue besando cada centímetro de piel que iba revelando.
Abrió la prenda, y trazó con la punta del dedo el borde del sujetador. Sus ojos azules seguían cada una de sus acciones, pero de vez en cuando se alzaban hacia los míos. Me prestaba atención, tenía en cuenta cada detalle, pero no se sumergió en mí. Me mantuvo conectada, plenamente consciente. Nos mantuvo juntos, de modo que no se trataba de lo que él me hacía a mí o yo a él, sino de una exploración y una admiración mutuas.
—Me encanta cómo te cambia el tono de piel justo aquí, por encima del sujetador —me dijo, mientras trazaba con el dedo una línea a lo largo de la curva de mis senos.
Conocía mi propio cuerpo lo suficiente como para saber por qué la piel palidecía más en aquella zona, Cuando me desabrochó el cierre delantero del sujetador y separó las dos partes, inhalé con fuerza y mis senos se alzaron bajo sus manos.
—Me encanta este tono rosado —me dijo, mientras rodeaba los pezones con la punta de un dedo.
Al ver que se tensaban, sonrió y bajó la cabeza. Empezó a succionar uno, y mi clítoris palpitó con fuerza. Cuando empezó a chupar y a succionar el otro pezón, le puse una mano en la nuca.
Al cabo de unos segundos, me besó entre los pechos y entonces los juntó y empezó a besarlos y a chuparlos a la vez, Me ayudó a sentarme el tiempo justo para quitarme la camisa y el sujetador, y noté el frescor de las sábanas bajo la espalda cuando volvió a tumbarme.
Fue dejando un reguero de besos mientras iba bajando por mi cuerpo, y soltó pequeños gemidos de deseo mientras me acariciaba con las manos, los labios, los dientes y la lengua. Me quitó la falda, pero me dejó las bragas puestas de momento y se quedó mirándolas. No tenían nada especial, no se trataba de un tanga sexy ni de una prenda minúscula de encaje. Cuando me las había puesto, no esperaba que nadie las viera, eran unas bragas sencillas de algodón blanco y corte alto.
Me besó por encima del hueso de la cadera y di un respingo cuando recorrió mi clítoris con un dedo, por encima del suave algodón. Me besó el vientre, justo por encima del elástico de las bragas, mientras seguía moviendo el dedo.
Lo único que nos separaba era una fina capa de algodón blanco. Siguió frotándome el clítoris con el dedo, y entonces lo cubrió con la boca y exhaló su cálido aliento a través de la tela. La fina barrera bastó para que la deliciosa sensación quedara un poco amortiguada. Estaba enloqueciéndome, tentándome.
Volvió a hacerlo, y sentí el movimiento de su lengua en el clítoris. No era una estimulación directa, sino más bien una presión, y abrí las piernas para poder arquearme con más fuerza hacia él.
Empezó a bajarme las bragas, y fue siguiendo el descenso de la prenda con las manos y la boca, Me besó el tobillo, y ascendió por la pantorrilla hasta la rodilla.
—Tienes un poco de vello —murmuró
Me eché a reír, y le dije:
—Hoy no me he depilado.
—Me gusta —acarició el vello que me cubría la rótula, y me besó aquella parte de mi cuerpo que siempre me había parecido más fea. —Au naturel.
También tenía vello en los muslos, aunque era más suave y fino. Lo acarició también, y su boca fue dejando un rastro húmedo sobre mi piel.
Me abrió las piernas, y se colocó entre ellas. Alzó la mirada como pidiéndome permiso, y yo se lo di al no apañarme, bajó la cabeza, y poso la boca sobre mi piel. Su lengua empezó a acariciarme el clítoris con un movimiento suave pero firme. Siguió tocándome, besándome, mientras mi excitación se acrecentaba. Cuando mi cuerpo se abrió ante él, me metió un dedo, después otro, y empezó a chuparme.
Me dejé llevar por completo, me rendí a sus labios y su lengua. Su saliva se mezcló con mis fluidos, y lubrificaron el movimiento de sus dedos. Me metió otro más, y yo me mecí contra su boca para ayudarlo a encontrar el ritmo que más me satisfacía.
Sus gemidos de placer me enloquecían. Me excitaba más y más al oír el placer que sentía al hacerme aquello, al escucharle murmurar mi nombre y palabras de amor mientras me chupaba.
Mi vientre se tensó mientras movía las caderas, mientras presionaba mi sexo contra su boca y sus dedos, vi estrellas estallando tras mis párpados cerrados, y me acordé de que tenía que inhalar. El aire me condujo a un nuevo nivel de excitación. Sentí regueros de placer que me recorrían las piernas hasta llegar a los dedos de los pies, que avanzaban por mis brazos y mis manos. La oleada de placer me envolvió y me aupó, me arrastró.
Me corrí bajo su lengua, y él me sujetó contra sí mientras mí cuerpo se arqueaba y se sacudía. Grité extasiada, y el sonido de su nombre en mis labios fue como un caramelo, dulce y aromático, regaliz y whisky. Su nombre, Naruto. El hombre que me había escuchado cuando había querido hablar, que había querido saber por qué había perdido la sonrisa.
Siguió chupándome con ternura durante unos segundos y entonces me besó el clítoris y subió por mi cuerpo hasta hundir el rostro en mi cuello. Posó la mano sobre mi corazón, y cuando yo la cubrí con la mía, nuestros dedos se entrelazaron.
Su cuerpo irradiaba calor. Bajé la mano para acariciarle la polla, que estaba apretada contra mí muslo. Él soltó un suspiro ahogado contra mi cuello, pero permaneció donde estaba.
—Naruto, ¿quieres hacerme el amor? —le dije en voz baja.
Alzó la cabeza, y aquella sonrisa que me resultaba tan familiar hizo que el corazón se me acelerara de nuevo,
—Sí, claro que quiero —dijo, antes de besarme.
Estaba tan húmeda, que me penetró de golpe hasta el fondo. Los dos nos estremecimos, pero me aferré a él y no dejé que retrocediera. Entrelacé los talones alrededor de sus pantorrillas, y le puse las manos en las nalgas para cimentarlo contra mí.
—Hazme el amor, Naruto.
Lo hizo con movimientos lentos, pausados. Dentro, fuera... el ritmo de nuestras caderas estaba perfectamente acompasado. Dar y recibir, avance y retirada.
Me besó en la boca, y entonces me cubrió con su cuerpo para besarme el cuello. Me ancló a él con su boca, sus manos, y su polla. Estábamos sudorosos, lo abracé con mis brazos y mi sexo, estábamos perfectamente alineados.
Su respiración se volvió entrecortada, y añadió un pequeño giro a cada embestida para que su pelvis empujara mi clítoris. Al notar aquella súbita presión, solté una exclamación ahogada al pensar que quizá me dolería un poco, pero no tardé en darme cuenta de que sólo servía para aumentar más mi placer. Embestida, giro. Arqueé la espalda, y me apreté con más fuerza contra él.
Se movió más y más rápido, y me mordió el hombro. Le aferré las nalgas y lo atraje hacía mí con más fuerza, con más rapidez, pero con la misma fluidez. Siguió con aquellas embestidas rítmicas, y volví a correrme. El placer fluyó por mi cuerpo en oleadas lentas, y me aferré a sus omóplatos mientras los músculos de su espalda se tensaban. Se estremeció de repente, y nos corrimos juntos entre exclamaciones jadeantes y murmullos de placer.
Más tarde, en la oscuridad, siguió abrazándome mientras me acariciaba el pelo. Olíamos a sexo y las sábanas estaban húmedas, pero no nos levantamos. Permanecimos abrazados en la oscuridad, en silencio.
Después...
No corrimos de la mano por prados llenos de flores, ni empezó a sonar una suave música de fondo cuando nos besábamos. A mi madre no le cayó ninguna casa encima. Yo no me liberé de todo de golpe, no me convertí en un ejemplo radiante que demostraba que sólo hacía falta que llegara un caballero de brillante armadura con un martillo para romper la torre de cristal. La vida no funciona así. Pero lo intentamos, seguimos intentando día a día que esto funcione, ser honestos el uno con el otro, sernos fieles, escuchar. Mirar hacia delante, hacia lo que nos espera, en vez de mirar hacia atrás, hacia lo que hemos dejado atrás.
No sé lo que nos depara el futuro, lo único que sé con una certeza absoluta es que Naruto me domesticó, que nos necesitamos el uno al otro.
Se ha convertido en alguien único en el mundo para mí.
FIN
Nota:
Así llegamos al final de esta historia. Espero les haya gustado como a mí.
Gracias por su reviews y vistas.
Nos leemos en otra historia.
Saludos
