Peeta estaba muy nervioso y no paraba de lanzarme miradas preocupadas mientras Effie terminaba de arreglar mi look de verdugo-estiloso-rebelde. Sé que Peeta se había planteado avisar a Haymitch para lograr que yo cambiara de opinión, pero como eso fue lo que nos separó en el Hueso, se contuvo. Supongo que esperaba que si él cumplía con su promesa de no conspirar a mis espaldas, yo cumpliría la mía de no dejarlo de lado en mis planes.
- Eres la rebelde mejor vestida –dijo Effie emocionada–. ¿A que está preciosa, Peeta? –Peeta tardó un momento en captar que le hablaba a él.
- Sí, sí lo está…
- Qué poco entusiasmo –dijo Effie medio ofendida. Entonces me susurró–. No le hagas caso, la gente se volverá loca al verte.
- Gracias Effie.
- Iré a decirles que estás lista, ahora vuelvo –Effie desapareció y yo miré a Peeta a través del espejo.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Podremos volver a casa juntos o tengo que despedirme ya de ti? –me giré lentamente.
- Estoy indecisa –confesé. Peeta se acercó preocupado y me cogió las manos.
- Sé que es de cobardes lo que te pido pero… quiero volver a casa contigo.
- No es de cobardes, solo quieres protegerme. Pero si volvemos ahora, tal y como están las cosas, no podremos construir la familia que queremos, ¿no? –le apreté las manos un poco más fuerte.
- Tampoco la podremos construir si te convierten en avox –dijo él dolido, yo me excusé encogiéndome de hombros–. Te confieso que he estado buscando la manera de asesinarla yo mismo –me susurró.
- ¡Peeta! –me alarmé.
- He vigilado sus movimientos mientras tú estabas con tu familia, esperando mi oportunidad pero… –negó con la cabeza– es muy precavida, nunca está sola y no cuento con los medios necesarios... –solo estará sola un momento; en la ejecución.
- ¡Por suerte! ¿Cómo se te ocurre? –dije asustada. Si llegaran a pillar a Peeta asesinando a la futura presidenta… no lo quería ni pensar. Por eso mismo planeaba matarla yo.
- Si me das tiempo encontraré la manera de hacerlo… –me insistió pero le detuve.
- Se hace hoy o no se hace, no habrán más oportunidades –dije seria.
Entonces volvió Effie junto con Haymitch, Gale y otros soldados.
- Te traigo esto –dijo Gale dándome el carcaj.
- ¿Una sola flecha? –pregunté preocupada.
- No creo que falles –dijo Gale con una sonrisa, miré a Peeta preocupada pero él no lo estaba en absoluto; se había alegrado. Peeta sabía que no había forma de que Snow no recibiera un flechazo mío, de aquí su gran alegría.
- Y no fallarás, lo harás estupendamente –dijo Peeta y me besó con una amplia sonrisa. Yo le lancé una mirada de reproche.
- Tenemos que irnos ya, se hace tarde –dijo Effie metiéndonos prisa. Ella y sus horarios…
- Estaremos a tu lado cuando dispares, pero tú saldrás de más atrás –me dijo Haymitch.
- ¿Voy a tener que patearme toda la plaza? –dije fastidiada.
- Al parecer a Coin también le gusta dar buenos espectáculos –"espectáculo", esa palabra resonó en mi mente.
- Pues espero que le guste este… –y nos fuimos a la plaza.
A la hora de separarse Peeta se despidió de mí con un beso y un fuerte abrazo. Estaba muy animado y no me atreví a quitarle esa alegría pero…
- Te quiero –le dije cuando se iba.
- Y yo a ti. No falles, ¿eh? –asentí e intenté grabarme su imagen, porque quizás tardaría en volver a verle, dependiendo de lo que escogiera.
Esperé a que se fuera para seguir de nuevo con mi dilema interior. ¿Qué iba a hacer? Una flecha, dos objetivos. Snow y Coin. O mejor dicho un Snow y otro Snow. Coin no era nada más que un nuevo Snow, pero con distinto nombre. Era una nueva amenaza que buscaría la oportunidad para destruirme en cuando le fuera posible, mientras que impedía que tuviera la vida que quería con mis seres queridos. Ya he estado bajo esta amenaza y es agobiante, no quiero volver a vivir con tanta incerteza y miedo...
Sonaron los tambores y yo empecé mi trayecto por la plaza. Fui recibida por los rugidos de los espectadores. Todos clamaban la sangre de Snow, me pedían que lo matara. Parecía que si yo me negaba a hacerlo, cualquiera de ellos estaría encantado de tomar mi lugar… y eso me dio una idea. Snow estaba sentenciado a muerte fuera yo el verdugo o no. Claro que hacerlo yo misma me ayudaría a quitarme cierta espinita que tenía clavada desde hacía demasiado tiempo, ¿pero Coin? Ahora aún no era presidenta oficialmente, pero cuando lo fuera sería intocable.
Me acerqué y la vi de pie, subida al escenario detrás de Snow. Un viejo de 84 años que se estaba ahogando con su propia tos ensangrentada y una mujer despiadada que quería matarme y continuar con el legado de Snow. Pero esa rosa blanca en el pecho de Snow era tan tentadora… Miré a mi séquito, Peeta estaba en la fila junto a los otros tributos, Peeta me miró con una sonrisa contenida, pero yo no se la devolví, en su lugar le miré con demasiada seriedad. Eso le hizo fruncir el ceño, preocupado. Entonces cerró los ojos y bajó la cabeza con aire abatido, ya sabía qué había decidido.
Volví mi vista al frente y cuando se detuvieron los tambores travesé el corazón de Coin con mi única flecha.
- ¡La madre que la parió! –fue lo último que escuché antes de que todo el mundo se me echara encima, unos para encarcelarme y los otros para matar a Snow. Lo había dicho Haymitch, pobre… no paraba de darle disgustos…
Estaba encerrada en mi celda, vestida solamente con una bata de papel e intentando con todas mis fuerzas convencerme de que había hecho lo correcto mientras echaba muchísimo de menos a Peeta. No había querido un futuro a medias ni una revolución a medias. ¿Qué hubiera dicho Rue? ¿Cinna? ¿Todos mis compañeros tributos abatidos en la arena? ¿Al saber que no había logrado detener los Juegos? Impensable, había hecho lo correcto. Pero de nuevo, había tenido que sacrificarme y dolía mucho, muchísimo más que cuanto decidí sacrificarme en el Vasallaje. Básicamente porque en ese entonces no contaba con sobrevivir, pero esta vez la victoria había estado tan cerca que la había saboreado y todo, por eso dolía más despedirse de ella. No podía culpar a Peeta por haber pensado así también, pero yo si vuelvo a casa quiero poder hacerlo tranquila, sabiendo que ni mi familia ni mis amigos corremos peligro. Ahora solo yo corro peligro. Peeta, Prim, Gale, Haymitch y mi madre estarán a salvo. Solo sufre uno en lugar de todos…
Pero eso es mentira. Voy lista si pienso que mi familia no se estará mordiendo las uñas, muertos de la preocupación por lo que pueda llegar a pasarme. Me tumbo en la cama y me toco el anillo. Lo siento tanto Peeta. Si tan solo se hubiera enamorado de cualquier otra su vida hubiera sido infinitamente más fácil…
A medida que pasan los días voy enloqueciendo. ¿Me matarán? ¿Me encarcelarán?¿Ha empezado ya mi encarcelamiento? ¿Van a dignarse a decirme durante cuánto tiempo estaré aquí? ¿Me dejarán despedirme de mi familia? Empiezo a cantar para no seguir pensando en eso, pero luego viene la segunda versión de mis pensamientos, la cual incluye: ¿Me odia Peeta? Debería odiarme. ¿Sabe que tiene que ser feliz? Tiene que serlo. ¿Prim y él se ayudarán mutuamente? Tienen que hacerlo. Y antes de que me dé cuenta vuelvo con el: ¿van a matarme?
Estoy muerta del asco, tirada en la cama y comiendo lo que me dan porque en el fondo sé que debo mantenerme viva por ahora, al menos hasta que sepa qué será de mí. Ya habrá tiempo para suicidarme después. Cuando abren la puerta me asusto tanto que me pego a la pared. Es Plutarch.
- Ya ha terminado tu juicio –¿juicio? Y me lo he perdido.
- ¿Y bien? –me atrevo a preguntar, de repente prefiero no saberlo.
- Vuelves a casa –me lo tienen que repetir porque no me muevo–. A casa, ya puedes salir, anda, ponte esta ropa y ven.
Estoy perpleja. En ningún momento pensé en poder volver a casa, (al menos no tan pronto). Debería haberme arreglado un poco antes de salir de mi habitación/cárcel pero es que tenía tantas ganas de salir que no he perdido tiempo mirándome en el espejo. Cuando le veo en el pasillo se me cae el alma a los pies. Peeta está de pie, mirándome serio y yo no puedo evitar correr hacia él y abrazarle. Recuerdo un poco tarde que quizás él no quiera abrazarme pero ya estoy pegada a su cuello. Cuando Peeta me devuelve el abrazo me siento reconfortada al acto y se lo agradezco infinitamente.
- Has venido a buscarme… –dije emocionada.
- Tendréis todo el tiempo del mundo para hablar, pero un aerodeslizador nos espera –nos urgió Plutarch así que me separé de Peeta a regañadientes y empezamos a andar por el pasillo, mirándole de reojo y comprobando que, efectivamente, Peeta estaba un poco distante.
- ¿Nos vamos ahora? –empecé con la ronda de preguntas para intentar alejar esos pensamientos.
- Sí, tu familia ya está ahí esperándote.
- ¿Cómo he podido salir libre?
- Hemos alegados que estás loca –dijo Plutarch tranquilamente.
- Loca de remate –añadió Peeta sin mirarme–. Yo mismo di fe de ello y testifiqué.
- Vaya, ¿y coló? –ninguno de los dos respondió, dando a entender lo obvio–. Vale, mensaje recibido, supongo que no es tan descabellado al fin y al cabo, he llegado a sentirme un poco loca…
- Ayudó que te pasaras los días cantando –dejó caer Plutarch.
- Haymitch también testificó –me explicó Peeta–. Fue bastante explícito en cuanto a tu locura, dio muchos detalles. Algo así como que solías acosarle en su propia casa tirándole agua fría –supongo que nunca me perdonará haberlo despertado de esa manera.
- ¿Qué dijo Prim de todo esto?
- Testificó también, fue muy convincente contando tu trastorno del sueño –eso me preocupó. ¿Mi propia hermana también creía que estaba loca?
- Vale necesito saberlo ¿pensáis de verdad todo esto de mí? –dije preocupada.
- Lo curioso es que una vez empezamos a testificar, los ejemplos nos salieron solos, ¿verdad Plutarch? –dijo Peeta reflexionando como si yo no estuviera delante.
- Ya creo yo que sí, habían muchos –dijo Plutarch.
- Muchísimos.
- De hecho tenemos suerte de que no la encierren en un centro especial…
- ¿Me estáis tomando el pelo o lo estáis diciendo enserio? –dije deteniéndome de golpe, intentando recuperar su atención. Me dejaron sufrir unos segundos interminables hasta que Plutarch habló, pero para lo que dijo se hubiera podido haber callado.
- Bueno, los hechos no mienten –dijo Plutarch como si nada.
- Pero mentiría si te dijera que no sabíamos todo esto ya –intervino Peeta–. Estás loca y seguimos a tu lado a pesar de ello.
- Genial, muchas gracias –dije sin saber bien qué decir. Sé que no soy perfecta ¿pero hace falta ser tan duros?
Peeta remprendió la marcha, dando por finalizada así la conversación. Le seguí con el ánimo por los suelos. Supongo que merezco que se burlen de mí, al fin y al cabo me han sacado de aquí.
- Ah y lo olvidaba –Peeta se detuvo de golpe y choqué contra él– esta es tu recompensa por haber conseguido hacer justicia –y me besó. ¿Qué?
- No entiendo nada… ¿pero estás enfadado o no? –dije lastimeramente, estaba a punto de echarme a llorar.
- Sí, por haberme hecho sufrir. Pero también te quiero y no puedo remediarlo –me estaba costando procesar todo esto. ¿Me habían estado tomando el pelo?
- ¿De verdad? –Peeta me respondió con un beso más intenso que el anterior.
- Lo siento, ha sido mi pequeña venganza –con una pequeña sonrisa y con cara de culpabilidad. Entonces no mentía, seguía queriéndome.
- Lo siento, lo siento por todo… –las lágrimas empezaron a salir. Peeta me las apartó con el pulgar.
- Pues no lo sientas, nos has conseguido un futuro para todos. Eso es algo que solo tú podías hacer –me dijo con una sonrisa y yo aumenté el llanto–. No, no llores más por favor.
- Eres demasiado bueno. Deberías haberte ido y dejarme aquí.
- ¿Bromeas? ¿Ahora que nos vamos al 12? Lo tienes claro si crees que voy a renunciar a eso –dijo con una risita.
- Eso es algo que sigo sin entender –dije mirando a Plutarch– ¿nos dejan volver de verdad? –dije confusa, sin llegar bien a entender la situación. ¿Peeta y mi familia podíamos volver? ¿Podíamos estar juntos?
- Lo ven como un castigo en realidad –intervino Plutarch–, te mandan al exilio, no vas a poder a volver a pisar el Capitolio por mucho tiempo –volver a casa junto con Peeta y con la promesa de no volver a pisar esta ciudad que tanto dolor me ha provocado… ¿eso era un castigo?
- Bendito castigo –dije sin poder evitar seguir llorando, esta vez a la par que me reía.
- Los Juegos han terminado por fin –dijo Peeta.
Cuando estuvimos todos acomodados en nuestros asientos, preparados para que el aerodeslizador despegara, me permití saborear la victoria. Los Juegos habían terminado de verdad.
.
.
**Nota autora: ¡Hola! Tenía que justificar que Katniss matara a Coin a pesar de no haber matado a Prim, ¿qué os ha parecido?
Esta historia pronto llegará a su fin pero la despediré de la mejor forma posible y con todo el cariño del mundo. Al fin y al cabo, he pasado toda la pandemia con ella y vosotros me habéis acompañado también. ¡Así que ahora toca trabajar en un buen final! El próximo capítulo: Juntos en el 12 (quizás tenga dos partes, además de un epílogo, ya veremos).
Muchas gracias por seguir leyéndome y nos vemos pronto, para cualquier cosa enviadme un mensaje por privado o en los comentarios, ¡besos y cuidaos!
