— ¡Shun, despierta!
Sintió un escalofrío bajarle por la espalda antes de abrir los ojos. Lo primero que vio fue la tierra árida, cubierta de pétalos secos. Al levantar la mirada, se encontró con su rostro alterado por una mueca de preocupación.
— N-Nachi...
El caballero del lobo suspiró aliviado.
— Gracias a Athenea. Pensé que estabas muerto. Te hemos buscado por todos lados.
Shun intentó ponerse de pie pero no lo logró. Se sentía tan débil como cuando había despertado después de la batalla de Hades y su aspecto no era mejor: sus labios estaban cuarteados, amoratados por el frío, y su piel era de color enfermizo. Nachi lo tomó en brazos, dispuesto a llevárselo de ahí.
— Ikki...
— Tu hermano está enloquecido. Ignoró por completo las órdenes de búsqueda y se lanzó a buscarte por todo el Santuario apenas despertó. Solo no se le ocurrió venir aquí porque, tú sabes —incómodo, se rascó la nuca—, nadie viene ya. La señorita Athenea me ordenó registrar el camino de las doce casas en secreto.
— ¿Cuánto tiempo estuve aquí?
— Dos días. Pensamos que te habían herido en la batalla.
Las palabras de Nachi le llegaban desde un lugar muy lejano. Mientras caminaban, la inconsciencia iba ganando terreno, de tal forma que Shun se encontraba al borde del desmayo; sin embargo, alcanzó a levantar los ojos y mirar a su compañero.
— ¿Cuál batalla?
— Shun, ayer atacaron el santuario.
Pandora miró con frialdad al hombre que se arrodillaba frente a ella. Se trataba de el único guerrero que permanecía en pie después del ataque: aproximadamente cincuenta hombres envueltos en mantos oscuros habían irrumpido en el coliseo; sólo él había llegado con vida hasta el palacio del Patriarca.
— Quiero hablar con la señorita Pandora—había exclamado antes de que Jabu lo golpeara—. Es una petición de mi señora.
Minutos después, ella ya se encontraba ahí, escoltada por Jabu e Ikki, quien había acudido con la esperanza de obtener alguna explicación sobre la desaparición de Shun. El hombre permaneció arrodillado cuando ella llegó e incluso hizo una reverencia con la cabeza. Ella no se inmutó.
— Aquí estoy. Dime lo que tengas que decir.
— Señorita Pandora, bendecida sea por los dioses que la mandaron a esta tierra —comenzó el hombre, con los ojos fijos en el suelo—. He venido a presentar mis honores en el nombre mi señora.
— ¿Quién es tu señora? Inquirió Jabu con tono potente; sin embargo, el hombre no le respondió. Con el cuidado de quien se sabe en peligro, hundió las manos en sus bolsillos y extrajo una pequeña caja de oro rosado.
— Un regalo de mi señora, la diosa Afrodita, como emblema de lo que ha hecho por usted el amor.
En algunas versiones del mito, Pandora había sido enviada con una caja que contenía todos los males. En otras, en cambio, ella misma era el contenedor. De cualquier forma, en ambos relatos un hombre la había recibido y declarado su esposa; perdidamente enamorado como estaba, cobijó entre sus brazos la condena de los hombres. Amor había hecho de ella un castigo para otros.
Con la mandíbula apretada y ojos fríos, la Pandora del presente miró al sirviente de Afrodita, quien aún le sonreía cortésmente. Esta vez la maldición estaba dirigida hacia ella en forma de amenaza. Vuelve a los designios de los dioses, mujer, vuelve y olvidaremos la traición. Pero ella ya estaba harta de arrepentirse.
— Regresa con tu dueña, sirviente —respondió con desdén—. Dile que sus regalos no son bienvenidos.
La sonrisa del hombre se ensanchó y sus ojos brillaron.
— Me temo que no aceptará un no por respuesta. Pero estará contenta con un regalo de vuelta.
Todo sucedió muy rápido: antes de que los caballeros de bronce pudieran reaccionar, el hombre extrajo una daga y la lanzó. Pandora cayó cuando Jabu la empujó a un lado para interponerse pero el ataque no era para ella. Horrorizados, todos miraron cómo Ikki detenía la trayectoria del arma a unos escasos centímetros de su cuello. Sin dar muestra alguna de sorpresa, el caballero contraatacó con un golpe fatal para el mensajero de Afrodita. La caja de oro se abrió cuando el cuerpo se estrelló contra el suelo y reveló en su interior un medallón.
Ikki se acercó para tomarlo. La joya vibraba entre sus dedos, como si guardara dentro de sí un hechizo potente. Recordó entonces que había sentido algo similar al sostener el jarrón en el que Athenea había sellado el alma de Poseidón. De eso se trataba: de un sello para Pandora. Efectivamente, al voltearlo descubrió que tenía grabado el nombre de Zeus.
Levantó la vista para mirarla y su corazón dio un vuelco, pues en lugar de una temible comandante descubrió una joven asustada, azorada por un pasado al que nunca pidió pertenecer. Furioso, apretó la cadena dorada. ¿Cuántas maldiciones más lanzarían los dioses contra aquellos a los que amaba?
Ella se repuso rápidamente. Se levantó del suelo y caminó con gesto serio hasta dónde estaba Ikki. Él permaneció quieto, con el medallón apretado entre sus puños.
— ¿Te encuentras bien? —Ikki asintió con la cabeza sin decir más. Ella suspiró—. Me alegro. Por favor, entrégame el regalo para presentarlo ante Athenea. Ella sabrá qué hacer.
— Me temo que no haré eso. Te acompañaré yo mismo pero no permitiré que toques este medallón.
Pandora se quedó helada. No estaba acostumbrada a que sus aliados la desobedecieran y mucho menos a que le contestaran de ese modo. A sus espaldas, Jabu le lanzó una mirada amenazadora a Ikki, pero el aludido respondió con una sonrisa burlona.
— Caballero, no creo que esto sea de tu incumbencia.
— Al contrario, señorita Pandora —repuso Fénix, haciendo especial énfasis en el título de la joven—. Cualquier cosa que sucede en el Santuario es de mi incumbencia, en especial si se trata de usted.
Caminó hasta la puerta y, después de abrirla, hizo una sarcástica referencia para indicarle a Pandora que la seguiría. Cuando salieron de la habitación, ella aún sentía sus mejillas arder.
Adentro, los caballeros de bronce se miraron confundidos. Ichi se rascó la cabeza y miró a sus compañeros.
— ¿Soy yo o está pasando algo entre esos dos?
Como respuesta, Jabu arrugó la nariz.
