Miré en la cuna a la bebé que descansaba plácidamente. Era preciosa, su poco cabello de color castaño y unos bellísimos ojos color rojo muy claro.
Yo estaba asustado por volver a fallar como padre, así como también estaba viviendo el miedo permanente de que algo malo le pasara a la criatura. Pero Kurenai me decía que no nos pasaría nada, que lo peor ya había ocurrido y que ahora estaríamos bien.
A mi amada no le había sido fácil acostumbrarse a la vida en el complejo Hyūga desde que pasó a ser mi esposa. Aunque era lógico porque era una vida totalmente distinta a la que ella tenía. Mucho más estructurada.
No obstante, logré que ella se habituase gradualmente a esa vida, a mis reuniones con el consejo y a las extensas sesiones de entrenamiento con mis hijas y Neji.
También a ellos se les hacía extraño habituarse a la presencia de Kurenai en la familia. Neji era bastante indiferente al respecto pero eso era normal en él, además no parecía tener problemas con ella.
Fue con Hinata y Hanabi que fue más complicado. En especial con Hinata, quien a veces me decía que aún le resultaba extraño que su maestra pasara a ser su madrastra. No obstante, el asunto del embarazo estrechó los vínculos de ambas.
Y luego estaba yo, quien había estado muy preocupado esos nueve largos meses que la criatura crecía en mi amada. Cuando por fin pudo moverse y sentí las manos de la bebé empujando desde el interior del vientre de Kurenai, sentí paz. Porque sabía de alguna manera que estaría bien y a salvo.
Y cuando esta nació, los dos ya teníamos decidido un nombre: Hiromi.
Para ambos era un nombre especial. Para ella ese nombre simbolizaba a su mentora, a la mujer de la que aprendió mucho, a quien hasta el día de hoy tenía el agrado de llamar "sensei". Para mi, ese nombre simbolizaba al amor de mi vida, a la mujer que me dió la mano cuando todos le dieron la espalda, la mujer que me mostró que la vida no era tan horrible. No podíamos pensar en un mejor nombre.
Dejé a la pequeña Hiromi dormir y me fui a la cama. Era la quinta vez que me levantaba esa noche.
–¿Qué ocurre?–me preguntó Kurenai abriendo un ojo perezosamente.
–Solo quería asegurarme de que Hiromi estuviese bien.
Ella cerró los ojos por algunos segundo y tomó mi mano.
–Ella lo estará.
Sonreí levemente y me tendí junto a ella, rodeando su cuerpo suave con mis brazos y atrayéndola a mi.
–Pensar que hace dos años atrás fui una persona tan nefasta. Un predador lleno de odio y nada amistoso.
–Hiashi, no somos completamente predador o presa. Siempre tendremos de ambos pero nos verán como uno solo por la forma en que seamos con los demás.–susurró Kurenai besando mis labios.–y usted acaba de aprenderlo.
Ella tenía razón. Y no lo hubiese aprendido de no ser por ella, si me hubiese negado a ayudarla aquel día nevado, posiblemente me hubiese vuelto tan huraño al punto de terminar matándome o algo. Ella fue mi medicina, mi salvavidas, la luz que me alumbró cuando solo habían tinieblas en mi vida.
Así que la besé.
–Le agradezco por todo.
–No tiene nada de qué agradecerme, Hiashi.–fue su respuesta mientras se acurrucaba en mis brazos.–, ahora trate de dormir.–me pidió mientras cerraba los ojos.
Asentí e hice lo mismo, esperando a que el sueño hiciese su trabajo.
Fin
