Riza Hawkeye - Misión 6: Ojo de Halcón

Ishval CO. 10/JUN/1908

Cuando el camión apagó el motor sentí un alivio hueco en los oídos. No había sido consciente de lo incómodo que había sido el ruido hasta que noté su ausencia.

Al instante sentí cómo los soldados se bajaban a tropel por la parte trasera, dejando abierta la lona que cubría el remolque del camión. Cuando la atravesé, noté cómo el sol clavaba sus rayos a través de mi capucha blanca.

Me uní al pelotón en el momento en que iniciaron la marcha. Los susurros roncos y desprovistos de alegría habían sustituido hacía mucho a las bromas superficiales. No había miedo entre la gente, solo malestar. Nadie quería estar allí.

Alrededor, las calles mostraban escombros y estructuras huecas. Esqueletos blancos que recordaban a un cementerio de elefantes. Hacía unos meses ese paisaje muerto y vacío solo podía encontrarse en las afueras de la ciudad, en los edificios colindantes con el desierto.

Antes, esas ruinas eran como la piel de una manzana. Algo fino y duro que protegía un interior fresco y dulce. Era la falsa impresión de ruina que ocultaba una vida clandestina. Había incursiones a su interior, misiones de guerra y de paz; negociaciones secretas y estrategias pagadas con vidas, suyas y nuestras. Un desgaste de siete años al que todos nos habíamos acostumbrado.

Pero todo eso había terminado. La alquimia había roto la balanza y ahora arrasábamos con todo lo que nos encontrábamos a nuestro paso. Una enfermedad que avanzaba pudriendo la manzana, envenenándola calle a calle con odio y muerte.

En ese momento, tanto yo como los soldados que me acompañaban teníamos un sentimiento de incomodidad. Notábamos el abuso que se estaba realizando contra la población local, pero no podíamos parar. Seguíamos en guerra. Matar o morir.

Tras meses de conflictos, mi cerebro había conseguido dividir su forma de actuar. Una zona se ocupaba de seguir con vida. Acciones mecánicas y repetitivas, protocolos de defensa que cubrían mis espaldas y me evitaban sustos. La otra parte era la que pensaba.

Se encargaba de recordarme los motivos por los que había ido allí, el futuro por el que luchaba y la idea de que tarde o temprano todo terminaría. Me anclaba a la realidad, al hecho de que mataba a personas y no a objetivos. Me incomodaba para que no asumiera mis actos con impunidad. Era mi único retazo de humanidad.

Todo el pelotón se detuvo. La parte mecánica de mi cerebro buscó movimiento en los edificios abandonados. En el resumen de la misión avisaban de la presencia de un francotirador, y que supieran de la existencia de uno bien podía significar que había más.

El capitán dio órdenes y los soldados comenzaron a montar el puesto avanzado. Se establecieron posiciones de vigilancia en puntos estratégicos y se cortó la calle con una barricada de sacos de harpillera. Un par de soldados montaron unos morteros tras la barrera.

Por primera vez en mucho tiempo, la misión asignada no era ofensiva, sino de rescate. Un Alquimista Nacional había sido apresado en una escaramuza. El ejército, sin dudarlo, había mandado un escuadrón de rescate, pero todo se había complicado y parte de los soldados se separaron. El alquimista había sido rescatado con éxito, pero los soldados rezagados se quedaron bloqueados por un francotirador.

Nuestra misión era tan simple como complicada. Debíamos rescatar a los soldados, preferiblemente abatiendo al francotirador. En una situación normal bastaría con llevar a más alquimistas a la zona y barrerla por completo, pero al ser una zona no asegurada no querían arriesgar tanto.

El capitán encargado de la misión había oído acerca de mi participación en misiones anteriores, por lo que me había encomendado la tarea de neutralizar al francotirador. Sin embargo, aquello era tan difícil como sonaba.

La calle en la que habíamos establecido la base desembocaba en una avenida central. Al otro lado de la misma, un callejón se internaba en los edificios, dando un brusco giro a la izquierda en forma de L invertida que terminaba en un patio interior. El edificio en el que se encontraban los soldados quedaba cercado por los ishvalíes salvo en ese patio. Y el francotirador franqueaba el callejón.

Lo único que podía hacer era situarme en el edificio que se alzaba al otro lado de la avenida, frente al callejón, y esperar a que el francotirador mostrase su posición para abatirlo. Tendría que ser un disparo en diagonal, a quinientos cincuenta metros de distancia, con el sol de cara y un objetivo a la sombra.

Mientras cruzaba las barricadas noté las miradas de varios soldados en mi espalda. Algunas hostiles, otras curiosas. Ninguno entendía por qué una mujer armada con un fusil modificado avanzaba más allá de la zona segura. Ninguno de ellos me conocía.

El ruido que hacían mis botas al pisar la gravilla del suelo parecía aumentar al acercarme a la avenida. Di los últimos pasos hasta el portal pegada a la pared de un edificio. Tenía que pasar desapercibida. Si me veía el francotirador, o bien moriría al instante, o bien podrían mandar a alguien a mi posición, e igualmente moriría.

Cuando entré al edificio vi muebles de madera astillados y en mal estado. Unas largas alfombras cubrían pasillos y estancias abiertas. Sobre un mostrador de madera se depositaba una gruesa capa de polvo gris. El lugar parecía ser un hotel. Era una buena noticia.

Subí las escaleras y confirmé mis sospechas. Un largo pasillo cubierto de moqueta se perdía entre las sombras, con decenas de puertas identificadas con números cubriendo las paredes. Exploré el resto de plantas y, viendo que eran todas iguales, me coloqué en la tercera.

Suponiendo que el francotirador estuviera vigilando el callejón, estaría en las plantas más altas, y como esos edificios solo tenían tres plantas, sería ideal colocarme a su altura. Todas las ventanas tenían cortinas. Era algo poco común en Ishval, pero sabiendo que aquel lugar era un hotel, la privacidad de los huéspedes primaría sobre las costumbres.

Descorrí ligeramente una de ellas, lo justo para poder sacar el cañón del fusil y tener visión con la mira. Al estar escorada a la izquierda, pude ver toda la fachada derecha del callejón. Era el sitio perfecto, tenía vista del vértice donde la calle giraba a la izquierda, el lugar desde el que podrían vigilarse los dos segmentos del callejón.

A través de la media cruz de la mira, di un pequeño barrido a las ventanas de la zona. Por supuesto, no encontré nada. Me resultó curioso ver cómo las fachadas estaban manchadas con hollín, como si hubiera habido una tremenda explosión. La misión de rescate anterior debía haber sido mucho más agitada.

Al momento supe lo que pasaría. Desde la situación en la que me encontraba sería imposible neutralizarlo. Si no ponían un cebo, la presa no saldría de la madriguera. Sin embargo, sería de locos utilizar de cebo a soldados para rescatar a otros soldados.

Decidí poner en marcha mi plan. Abrí la mochila y saqué un rollo de cuerda y un espejo. Lo que pretendía hacer era arriesgado, pero viendo que la situación estaba bloqueada, cualquier tiempo perdido sería una desventaja. Empecé a comprobar el estado de la cuerda cuando un fuerte pinchazo me recorrió el cuello.

Un problema que sufren los francotiradores a menudo son los agarrotamientos musculares. La necesidad de estar inmóviles, de mantener una posición específica e incómoda durante largas horas propicia que aparezcan contracturas en determinados músculos de la espalda y cuello. Estos suelen ser combatidos con estiramientos y ejercicio, pero estando en campaña los meses que llevaba yo, era cuestión de tiempo los sufriera.

Ahogué un gemido cuando lo noté. Traté de girar el cuello pero apenas pude. El músculo que iba desde mi mandíbula hasta el hombro derecho estaba duro como una piedra. Tras masajearme como buenamente pude, volví a enrollar la cuerda y subí a la planta superior.

Mi plan era descolgar por la fachada la cuerda desde la ventana superior hasta la inferior, y desde abajo cogerla y atarla a una de las cortinas. De ese modo, estando arriba podría tirar de la cuerda y descorrer la cortina de abajo. Eso serviría como señuelo para el francotirador, que saliera y poder abatirlo.

Por otra parte, dejando el espejo abajo les daría un objetivo al que disparar. Muchas veces el francotirador solo necesita un estímulo para apretar el gatillo. La falta de visibilidad o las condiciones del momento pueden obligar a valerse de algo más que los sentidos. En ocasiones, es la intuición lo que marca la diferencia. Y si aquel francotirador había puesto en jaque a medio equipo de rescate, lo sabría de sobra.

Sin embargo, el plan tenía un pequeño problema. La cuerda tenía que salir por la fachada, y después debería ser enganchada a la cortina. Ambas cosas podrían delatar mi posición. Necesitaría algo para despistarles mientras tanto.

Barajé la posibilidad de volver a la base. El fuego de cobertura o la utilización de un mortero podría servir como distracción. Por otra parte, el hecho de volver a salir a la calle me exponía más si cabe. Y tendría que hacerlo dos veces. Aunque no me disparasen al ir al campamento, al volver a mi posición sería un blanco fácil. No podía arriesgarme, no tanto al menos.

Estando una planta más arriba, busqué el número de la habitación que coincidía con la de la planta inferior. Sabiendo que cada habitación tenía dos ventanas, me coloqué en la opuesta a la que había puesto el arma. Suponiendo que el plan saliera mal, el último sitio donde me buscarían sería en la ventana contigua a la que se había abierto.

Con cuidado, me puse en pie y me acerqué a la ventana. Apoyé la espalda en la pared y asomé la cabeza por el borde de la cortina. Nada. Comencé a soltar la cuerda por uno de los lados tratando de no hacer ningún ruido. Cuando el rollo estuvo casi deshecho me di cuenta de que no había dónde atarla. Me quité la bota y pisé la cuerda con ella.

Bajé corriendo al piso inferior. Las escaleras forradas de moqueta silenciaban mis pasos. Llegué a la habitación y me coloqué en la ventana vacía. Me puse de puntillas y descorrí ligeramente la cortina, mirando por la parte superior de la ventana. Un francotirador buscaría siempre a su objetivo en la parte baja, nunca arriba. Vi la cuerda.

Me pegué al marco y saqué el brazo con lentitud. Un movimiento brusco llamaría más la atención, aunque tardase menos. Sin embargo, ahora estaba totalmente expuesta. De ver el brazo podrían dispararlo y dejarme sin dedos o, si fueran más listos, conociendo el escaso grosor de las paredes dispararían a la fachada, acertando en mi cabeza.

Intenté agarrar la cuerda, pero mi mano se cerró sobre aire. Había calculado mal. Me estiré más, tensando la espalda. Una corriente de fuego me recorrió el cuello. Cerré los ojos y apoyé la frente contra la pared. Moví la mano a los laterales, pero no notaba más que la brisa que se colaba por mis dedos. Solo en el último momento la rocé.

Con un acto reflejo, hice un movimiento brusco y la agarré. Tiré de ella con suavidad para meterla en la habitación; a fin de cuentas solo estaba sujeta con una bota. La tensión se acumulaba en mi cuerpo. Además, había un problema. No tenía cómo engancharla a la cortina. Los aros que la sujetaban eran demasiado pequeños, y atarla con un nudo formaría demasiadas arrugas. Miré a ambos lados, tratando de buscar algo fino y punzante en la habitación. Una aguja, un estilete o hasta la manecilla de un reloj.

Entonces se me ocurrió una idea. Me llevé la cuerda a la boca y con una mano me giré para coger la pistola de la funda. Al girar, los nervios del cuello se retorcieron como una serpiente. Grité de dolor, pero al abrir la boca la cuerda se soltó.

Con un movimiento rápido, la aplasté contra la pared de un manotazo y, respirando con dificultad, volví a llevármela a la boca. Apoyé la cabeza en la pared y terminé de sacar la pistola. Comencé a desarmarla. Las piezas caían a mis pies, amortiguándose con la moqueta del suelo. Finalmente desenrosqué la aguja percutora. Suspiré con pesar.

Al pensar en agujas se me había venido a la mente la pieza de la pistola. Sin embargo, aunque se llamase aguja, tenía un diámetro demasiado grueso. Me quedé con la pieza en la mano hasta que caí en la cuenta de algo.

Alrededor de la aguja se enroscaba el resorte recuperador. Era un muelle metálico, mucho más fino, que permitía devolver la aguja a su lugar inicial tras disparar. Sacándolo con cuidado, lo observé y traté de clavarlo en la cuerda. Cuando lo conseguí, acerqué ambos a la cortina y volví a atravesarla con el muelle, quedando ambas unidas por lo que parecía una aguja en espiral.

Con un suspiro de hastío, me acerqué a mi puesto. Iba a coger mi fusil para subir a la planta superior cuando algo me llamó la atención. Abajo, en la avenida, había un par de soldados de Amestris. Estaban en la esquina derecha que hacía la avenida con el callejón.

No sabía si eran un cebo o si realmente pretendían una infiltración, pero me parecía una locura en ambos casos. Pegados a la pared, comenzaron a avanzar tratando de estar en el ángulo muerto del francotirador.

Me coloqué en posición, aprovechando la jugada para ver si localizaba al francotirador. El dolor del cuello me impedía apoyar la culata del fusil en el hombro. Cambié la postura, apoyándolo en el lado izquierdo. No estaba acostumbrada a tener el fusil en esa posición; era incómodo.

A través de la mira revisé las ventanas. Pasé por ellas una a una, primero las que tenía en frente y después las de la fachada derecha. Era complicado ver su interior en diagonal. Durante un segundo, se me pasó por alto algo que brillaba ligeramente.

Tuve que volver y enfocar. Era un reflejo metálico, una pequeña punta plateada. Tardé medio segundo en darme cuenta de que era un cañón de fusil. No lo había distinguido porque estaba de frente. Me estaba apuntando.

Se me helaron los dedos. Mis pulmones se detuvieron, y entonces fui consciente de todo lo que me rodeaba. Noté el suelo del hotel, blando, contra mis piernas y codos. Mi cuello, duro como el acero. El viento moviendo las cortinas y creando pequeñas ondas que desembocaban en las esquinas, golpeando el cañón de mi fusil.

Si me había visto, tenía una fracción de segundo para actuar. Podía apretar el gatillo. Apuntaría, dispararía, y acabaría con él. Eso implicaba que él podría hacer lo mismo. En un momento, dos balas se cruzarían y acabarían con los dos.

Elegí la otra opción. Agaché la cabeza y me tumbé en el suelo. Sonó un golpe seco que acabó en cristal. Sentí el retroceso en el hombro como un ariete. La potencia de un fusil de francotirador era brutal. Un pequeño mensaje con la fuerza de un coloso. Me quedé en el suelo, paralizada.

Tras un momento, miré hacia arriba y me aterrorizó lo que vi. La mira telescópica había desaparecido dejando un raspón metálico como recuerdo. El disparo del francotirador la había arrancado de cuajo. Un instante más de indecisión, una mínima intención de devolver el disparo y me habría matado.

Tiré del fusil hacia atrás para sacarlo de la ventana y lo dejé apoyado sobre mi pecho. Respiré hondo varias veces hasta tranquilizarme. Rodé sobre mí misma para salir de la zona de la ventana y me incorporé. Ya no había opción. Corrí hacia la planta superior.

Cuando llegué, me coloqué junto a la bota y saqué la punta del fusil a través de las cortinas. Revisé la ventana en la que lo había visto, pero al igual que yo, debía de haber cambiado su posición. Uno de los soldados que habían entrado en el callejón pareció entender el peligro de la situación y le hizo señas al otro. Ambos recularon y volvieron a acercarse a la avenida.

No sabía si el francotirador se había colocado en una posición más inaccesible para escapar de mí o si por el contrario, prefería situarse en un mejor punto de vista para eliminarme. Esperé un tiempo prudencial por si aún no se habían colocado. Solo tendría una oportunidad.

Al haber perdido la mira telescópica tendría que apuntar de forma manual, utilizando el pequeño saliente del borde del cañón. Toda la precisión tendría que ponerla mi ojo, lo que dificultaba las cosas. Por si fuera poco, el dolor del cuello me obligaba a disparar desde el lado izquierdo.

A mi favor tenía que la mira limitaba mucho la visión, por lo que a simple vista podría notar cualquier movimiento en las fachadas. Abajo, los soldados parecían buscarme con la mirada. Palpé la cuerda y la agarré con fuerza.

Llené los pulmones de aire y tiré con fuerza. Todo lo demás ocurrió en un segundo. Noté cómo el reflejo del espejo creaba una estrella blanca en la fachada. Un cañón sobresalió desde una ventana que había en un lateral. Había intentado escapar.

Disparó al mismo tiempo que yo, haciendo que, finalmente, las dos balas se cruzaran en el aire. Una de ellas acabó con el espejo, la otra con él. Supe que había acertado cuando el fusil de mi enemigo resbaló de sus manos y cayó al suelo desde la ventana.

Vacié el aire de los pulmones. Había mantenido la respiración durante ese segundo infinito. Me incorporé, haciendo que las cortinas se movieran. El soldado que estaba abajo me vio. Alzó la mano para felicitarme. Iba a responderle cuando sonó otro disparo.

El impacto de la bala fue brutal. Le desplazó la cabeza hacia la pared, tiñéndola de rojo. Su compañero se giró rápidamente para ver de dónde había venido la bala, pero al momento tenía otra incrustada en el cráneo. Di un paso atrás con incredulidad.

Había dos francotiradores.

Éste se había colocado en la fachada izquierda, cubriéndole los puntos muertos al primer francotirador. Vi el cañón de su arma y, sin estar siquiera bien colocada, disparé. La bala le rozó una de las manos con las que sujetaba el fusil. El leve roce que hizo con sus dedos fue suficiente para arrancárselos y convertirlos en una masa rojiza. Sin embargo, tiró del arma y se ocultó.

Estando herido, no tendría más remedio que huir y pedir ayuda. Sería una locura mantener esa posición si se desangraba en el proceso, por muy buena que ésta fuera. Por desgracia, era consciente de la firme determinación de los ishvalíes. Aquel hombre no abandonaría su puesto.

Tenía que informar al capitán. Aunque esa posición siguiera bloqueando a los soldados cautivos, su visión estaba mucho más limitada. Si los hombres de mi pelotón hicieran una incursión pegados a esa misma fachada, no tendría ángulo para detenerlos. Sería fatal para él.

Bajé las escaleras y volví a la habitación inicial. Cerré mi mochila y me la cargué al hombro. No supe que había sido el derecho hasta que un calambre me recorrió todo el brazo. Ahogué un grito de dolor. Fijé la vista en la ventana y entonces lo volví a ver. Estaba en la calle.

El hombre iba con el fusil en una mano y un amasijo de telas empapadas de rojo en la otra. Había salido de un portal y cruzaba la avenida. Lo entendí. Pretendía ir al edificio que, junto con el mío, formaba la calle donde estaba el puesto avanzado. Si tomaba esa posición, podría acabar con todos los soldados.

La parte automática de mi cerebro se activó sola. Me apoyé el fusil en el lado izquierdo y disparé. Fallé. Estaba demasiado escorado a la izquierda y con mi postura no podía hacer un tiro tan diagonal. Mi mano giró el candado del fusil, metiendo otra bala en la recámara.

Saqué el hombro derecho por la ventana y volví a disparar. La bala estalló en su pierna, haciendo que trastabillase. No cayó. Se siguió arrastrando. Tenía el portal del edificio a dos metros. Mi mente estaba en blanco. Volví a cargar el arma. Un metro. Iba a llegar. Se salvaría.

Saqué la mitad del cuerpo por la ventana, apoyando la cadera en la base de la misma. Noté cómo la gravedad tiraba de mí hacia el suelo. Uno de mis pies se levantó. Empezaba a caer. Disparé. La bala le atravesó la garganta.

Me agarré antes de caer sin dejar de mirar el cuerpo de mi enemigo. La sangre salía a borbotones de su cuello. Eran los agónicos latidos del corazón de un muerto. No podía dejar de mirar cómo moría. Unos soldados aparecieron desde la calle, mirando a ambos lados. Vieron el cuerpo del muerto y después a mí. Asentí.

A los pocos minutos, una decena de hombres aparecían al fondo del callejón. Su mirada era de alivio, de cansancio y alegría. Habían matado a dos hombres, pero a cambio habíamos salvado a diez. Sonreí. Yo los había salvado.

Aquel momento de satisfacción se deshizo cuando la voz de la conciencia me ancló a la realidad. "He matado a dos personas". Había salvado a diez, pero había matado a dos. La misión había sido un éxito, pero yo no tenía nada que celebrar.

Me recoloqué la mochila con cuidado, me puse la capucha y bajé las escaleras. Un día más en el frente.


Hello everyone!

¿Qué os ha parecido este capítulo? La verdad es que después de las misiones raras que le he estado poniendo a Riza quería mostrar una misión de francotiradora sin más. Un homenaje a ella. Espero que os haya gustado y hayáis podido sentir lo mucho que me gusta este personaje, aunque quizás haya quedado algo lioso el tema de la localización de los personajes y todo eso.

Un detalle de este capítulo es que tuve que investigar un poco las armas que lleva Riza, ver fotos y vídeos de sus partes y cómo se desmontaba. Fue divertido pero espero que los que nos vigilan de Google no se hagan ideas raras jajaja.

También fue divertido hacer conectar el capítulo con el anterior, porque primero escribí todas las partes de Riza y después las de Roy, así que tenía que tener la parte de él bien pensada para poder escribir ésta.

Un abrazo y cuidaos mucho.