No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Mariel Ruggieri. Yo solo me divierto un poco.

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Condujo como un loco, pero Bella no parecía notarlo. Se había sentado de lado, con una pierna doblada bajo su cuerpo, y no le quitaba los ojos de encima. Y no sólo los ojos, sino que no cesaba de acariciarle el pelo.

A ella le encantaba el cabello de Edward, era tan suave… No era rubio, más bien entraba en la categoría de los castaños. Y así, con el pelo un poquito largo de más, estaba increíblemente seductor.

Hablaron poco. Lo suficiente como para ponerla al tanto del éxito del proyecto y el alcance del mismo. Ella lo escuchaba fascinada. Llegaron al departamento y Edward ni siquiera se molestó en dirigirse al parking, tal era la urgencia por subir.

Clavó el coche en la puerta del edificio y entraron de la mano.

—Hola, Jeremy, ¿me harías el favor de aparcarlo? —le pidió al portero lanzándole las llaves.

—Enseguida, señor Cullen.

—Gracias. Ah, Jeremy. Ella es Isabella. La verás a menudo por aquí, y quiero que sepas que tiene pase libre esté o no esté yo en casa, ¿de acuerdo?

Isabella levantó la mano con timidez, en señal de saludo.

—Un placer, señorita Isabella.

—Igualmen... —intentó responder ella, mientras Edward la arrastraba al elevador.

Una vez dentro, él la tomó de los hombros y la recostó contra una de las paredes, y luego retrocedió y se pegó a la pared opuesta. Ella hizo el intento de acercarse.

—Edward, te echado tanto de me...

Él la detuvo con un gesto.

—Quédate dónde estás, Satanás —le dijo sonriendo.

Isabella continuó avanzando, y él cambió de pared para conservar la distancia.

—Mira mi cielo, esto es así. Tengo un... animal aquí —apartó el morral que traía cruzado en el pecho y le señaló su abultada entrepierna— que no sabe de lugares prohibidos y está a punto de escapar. Si te acercas, no respondo por él.

Eso fue suficiente para tenerla apartada el resto de los dieciocho pisos.

Unos minutos después, Isabella se encontraba en la cama de Edward, boca abajo, desnuda. Él se lo hacía desde atrás como un desquiciado, y a ella le gustaba. Aún le dolía, pero le encantaba. Estaba desesperada por sentirlo dentro, y ahora estaba cumpliendo su deseo.

El movimiento de Edward encima de ella hacía que su coño se frotara con la sábana, y eso la volvía loca. Él se dio cuenta de eso, y rápidamente le puso una almohada debajo. De esa forma no sólo lograba ella una fricción mayor, sino que podía penetrarla más profundamente. Ella mordía la sábana para no gritar.

—No te contengas mi cielo, dame uno ahora, vamos... Oh sí.

Se corrió para él gritando, y vaya si lo hizo. Sólo así, Edward soltó el suyo, pues lo que más le importaba era que ella lo gozara. La besó en la nuca, en la oreja... Le dio la vuelta y le mordisqueó los pezones.

—¿Cómo vas con la píldora, Princesa? —preguntó de pronto.

—Pues bien. No me olvido de ella jamás. He puesto una alarma en el móvil.

—Perfecto. Buena chica. Vamos, a la ducha.

Edward se tomó su tiempo en enjabonarla esta vez. Primero los pechos, el vientre, y luego más abajo. Por fuera, por dentro, por fuera. En un momento le tocó ahí atrás, y ella se sobresaltó y le apartó la mano.

—Te estás pasando...

Él rió, pues era evidente que ella ni se imaginaba las fantasías que tenía con esa parte de su cuerpo... No tenía límites su pasión por ella. Luego de la ducha, se tomaron un descanso. Isabella se reclinó en el diván de la habitación, envuelta en una bata blanca y con una toalla de turbante.

Como ella tenía hambre, Edward buscó en vano algo para darle. Mierda. El congelador estaba vacío. Entonces descubrió una lata de melocotones en almíbar. No era lo ideal, pero sería suficiente para reponer fuerzas para un segundo round de sexo salvaje.

Mientras él tomaba un refresco, cubierto solamente por una pequeña toalla en la cintura, ella comía los melocotones con los dedos, ante la mirada extasiada de Edward, que hizo trizas la lata con una mano. Es que ese simple gesto de ella fue suficiente para excitarlo en su punto máximo.

Se acercó despacio y se agachó a su lado. Probó el dulce directamente de su boca, y luego comenzó a abrirle la bata. Acarició sus senos, chupó uno de sus pezones, descendió, bebió una gota de agua que había quedado en su ombligo, y luego continuó bajando. Ella mantenía los muslos firmemente apretados. Se miraron a los ojos.

Los de él decían sí, y los de ella, no.

Estaba ruborizada, y luchaba por cerrar la bata de nuevo. Edward pensó que ese pudor que a veces se apoderaba de ella le estaba impidiendo soltarse. Era hora de resolverlo.

—Bien, Isabella, parece que facilitarme el acceso… completo a ciertas partes de tu cuerpo es como un tabú para ti. Vamos a hacer algo al respecto —le dijo sonriendo.

Ella abrió los ojos como platos, y al instante subió sus rodillas y las rodeó con sus brazos. Estaba totalmente replegada, hecha un ovillo sobre sí misma, tímida y casi asustada. Edward se arrodilló frente a ella y le tomó los tobillos, uno en cada mano, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Vamos a jugar a que tú me muestras lo que tienes y yo te diré si vale la pena mirarlo. Si no lo merece, no volveré a insistir —declaró en un tono que le puso la piel de gallina al instante.

Y, sin más contemplaciones, separó sus tobillos. Ella gritó. Estaba ahora desnuda, con las rodillas flexionadas y las piernas abiertas. Intentó cerrarlas, pero él no se lo permitió.

—¿Ves? no es tan complicado —murmuró, y luego bajó la vista para contemplarla.

Ella estaba más que avergonzada. Ya no luchaba, pero se sentía mortificada, así expuesta adelante de un hombre. Era desesperante sentirse escudriñada de esa forma, pero aún sin quererlo, comenzó a excitarse.

—Bien, te diré lo que veo —dijo Edward con voz ronca—. Tienes un maravilloso coño, totalmente abierto para mí. Estás tan... expuesta, que puedo observar cómo te comienzas a mojar…

Isabella cerró los ojos.

—Nada de eso, mi cielo. Ábrelos, quiero que me mires mientras te exploro — pidió.

Ella obedeció. La tensión iba aumentando. Edward continuó con lo que había iniciado.

—... es algo tan bello que no sé si podré apartar la vista. Está algo enrojecido e hinchado este divino coño tuyo, así que creo que lo he maltratado demasiado... Y eso que apenas estoy comenzando. Dime Isabella ¿he abusado mucho de él o será que te has estado tocando en mi ausencia?

Ella negó con la cabeza. Esperaba que no se diese cuenta de que le estaba mintiendo, porque sí, se había masturbado pensando en él.

—... así que aquí estoy contemplándote y no ha pasado nada, no se ha caído el cielo, tú continúas con vida, y el único que está a punto de perderla soy yo... estoy enfermo de deseo, y tú serás mi medicina.

Y lo hizo. Hizo lo que ella temía y a la vez deseaba. Bajó la cabeza y comenzó a lamerla lentamente. Edward estaba entre sus piernas, enloqueciéndola con su lengua. Isabella gimió y dejó caer su cabeza hacia atrás, y con ella también cayó la toalla y su cabello húmedo se extendió sobre sus senos, y sobre Edward. La vergüenza había desaparecido, y ahora sólo había deseo…

"Oh, cómo me gusta lo que me hace este hombre tan bello. Ya no tengo secretos para él", pensó mientras comenzaba a disfrutarlo de veras.

—Ah, Isabella, esto es exquisito. Eres dulce hasta en el coño, mi cielo.

La penetró con la lengua y ella sollozó. El placer era tan inmenso que tenía ganas de llorar. Edward tiró de sus tobillos, y ella quedó tumbada con las nalgas al borde del diván y las piernas en alto, abiertas. Ahora sí que no había ningún rincón de su cuerpo que hubiera escapado a la mirada de él. Estaba como servida en bandeja para ser devorada.

—Qué precioso culo tienes. Tengo planes para él... —murmuró acariciándolo lentamente.

Y luego bajó la cabeza para lamerlo también. Isabella estaba perdida. No podía respirar, no podía pensar. Todos los pudores se habían esfumado, toda su timidez había desaparecido. Le daría todo lo que él le pidiese, estaba completamente entregada a ese hombre.

La lengua de Edward continuaba haciendo maravillas en su clítoris, que parecía a punto de explotar. La rendición iba a ser voluntaria, sin lugar a dudas... No sólo ya no era necesario que le sujetara los tobillos para mantenerle las piernas abiertas, sino que ahora era ella quien había pasado las manos por la parte de atrás de sus rodillas, y se abría sola.

Al tener las manos libres, Edward las usó para penetrarla lentamente con dos dedos, sin dejar de lamer y chupar su punto más sensible. Los gemidos de Isabella lo estaban volviendo loco. Sentía el pene contra su vientre, a punto de estallar.

—Oh, Edward... por favor.

Él se detuvo y sonrió.

—Creo que anteriormente hemos dejado claro el punto de que debemos ser más específicos con el "por favor"... ¿Quieres que me detenga o que continúe? —preguntó sin quitarle los dedos.

— Hazlo… continúa —respondió mientras apoyaba los talones en el borde del diván, y movía las caderas hacia adelante y hacia atrás.

Era consciente de que estaba dando un espectáculo de obsceno sexo explícito, pero ya nada le importaba. Edward retomó el trabajo de su insistente lengua, y segundos después Isabella explotaba en el orgasmo más intenso de su vida, convulsionando su cuerpo y haciéndola perder el control sobre sus movimientos.

Mientras gritaba, lloraba y reía, tomó a Edward del cabello con ambas manos y desenfrenada le presionó el rostro contra su coño empapado de saliva. Lo mantuvo firmemente en ese lugar hasta que quedó saciada, aunque no era necesario: él no quería salir de allí jamás... Edward estaba más que satisfecho, pues ella se había soltado por fin, y lo había gozado.

Cuando la notó relajada, la tomó en sus brazos y se acostó en la cama de espaldas, con Isabella encima a horcajadas. Ahora le tocaba a él.

Ella se levantó instintivamente para que la pudiese penetrar. Y así, con el enorme pene de Edward clavado en su aún estrecha vagina, comenzó a moverse en forma salvaje, con el cabello graciosamente enredado y los ojos brillantes. Nunca se había sentido tan hembra. Ya no tenía límites, había llegado a su fin toda una vida de represión impuesta por Marie.

Esa tarde, Isabella se hizo mujer de la mano de Edward… y de su boca.

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Que fuerte :O