19

Mimos

La Universidad de Yale tiene varias características que la hacen única. Por ejemplo, es una de las universidades privadas más reconocidas del país y del mundo. Su institución se fundó allá por 1701, siendo así la tercera más antigua del país. Ostenta el segundo sistema bibliotecario más grande de los Estados Unidos y además pertenece a la Liga de la Hiedra, que es una conferencia deportiva de la Asociación Nacional Deportiva Colegial, compartiendo privilegios con las 7 universidades más importantes reconocidas por su excelencia, elitismo de antigüedad y admisión selectiva.

Pero si hay algo que realmente se cubre de gloria dentro del ámbito cultural de Yale, es su famosísima y prestigiosa facultad de derecho, la de más alto rango en los Estados Unidos. Solo un 6% de los solicitantes logran acceder a ella, demostrando con esa intensiva y casi desmesurada selección, que todos los candidatos sean realmente buenos y de gran capacidad intelectual y de aprendizaje.

Yo tuve la suerte de conocer a uno de los pocos genios que lograron matricularse en derecho el mismo año que yo ingresaba en la facultad, gracias justamente a Caroline. Era su primo, James Gulliver. El mismo que en aquel instante había tenido la amabilidad de devolverme la llamada, tras su larga e intensa jornada de trabajo en el bufete de su padre, y después de que mi intento por ponerme en contacto con él escasas horas antes, quedase en un simple mensaje de voz en su buzón.

Tal vez no compartía la misma pasión por los animales que su prima, pero James tenía el mismo corazón que ella. Compartían genes, sangre y la inmensa necesidad por ayudar a quienes más lo necesitan. Y en mi caso, no tuvo reparos en escuchar mi problema para aconsejarme sin exigir nada a cambio.

No. En realidad, el problema no era mío, pero desde el mismo instante en el que Rachel me hizo partícipe de sus desafortunados errores a lo largo de su carrera, lo hice mío. Y no solo eso, sino que mi mente comenzó a trabajar para poder cumplir mi promesa y buscarle una solución.

La vuelta al apartamento después de nuestro momento bajo el muelle de Santa Mónica, fue mucho mejor que la ida, aunque el estado de Rachel seguía jugándole malas pasadas. El llanto después de su confesión no hizo más que aumentar su dolor de cabeza, y provocar que sus ojos lucieran tan rojos, que seguro llamaría la atención de los tipos con los que iba a reunirse. Esos que la mantenían en vilo al no confiar plenamente en su capacidad para lograr acaparar la atención de los telespectadores. Ilusos, idiotas y completamente ignorantes. A Rachel le bastaban dos segundos frente a alguien para conquistarlo de por vida. ¿Qué no haría con 45 minutos de absoluto protagonismo? El tal Lee Paulblatt lo supo nada más conocerla, y trabajando para una cadena como la Fox, era evidente que sabía que aquello tendría futuro. ¿Por qué los otros ejecutivos no pensaban lo mismo? Juro que no llegaba a comprenderlo, a menos que el señor Greene estuviese haciendo de la suyas desde la distancia.

No obstante, eso era lo que menos me preocupaba en aquel instante. Lo verdaderamente importante para mí era erradicar los miedos que el estúpido productor de Broadway, y ese agente ciego, le habían provocado. El miedo no solo a no poder triunfar, sino de tener que cargar con la pena de creer que sus mejores amigos no lograrían alcanzar sus objetivos por culpa de ella. Como futura psicóloga, entendía que acabar con esos miedos era primordial para que Rachel volviese a recuperar su confianza, y nada mejor que empezar asesorándome legalmente de la situación.

Quería saber qué se podría hacer en caso de tener pruebas suficientes acerca del supuesto veto al que estaban sometiéndola en Nueva York, y, sobre todo, si se podría revertir la situación de alguna manera.

El bueno de James era el primero en mi lista tras casi dos horas rompiéndome la cabeza en el sofá del apartamento. Y el bueno de James era quien me estaba informando de los pasos a seguir en una situación como aquella, aunque mi privacidad se viese un poco interrumpida por culpa de mi acompañante de aquella tarde/ noche. Santana en el salón estaba devorando la pizza que habíamos pedido, tanto su parte como la mía, mientras yo buscaba el rincón más escondido de mi habitación para mantener aquella conversación.

—¿Entonces? ¿Legalmente no se puede hacer nada contra alguien que esté destruyendo tu reputación como profesional?

—Si no tienes pruebas físicas de que lo haga, me temo que no —me respondió—. A menos que esté calumniando o injuriando contra tu persona. Si tienes pruebas de que lo hace, sí se pueden tomar medidas legales, pero mientras eso no suceda es imposible. ¿Crees que ese hombre está calumniando a esa persona?

—Pues no, no lo sé. Solo sé que la amenazó con lograr que no volviese a trabajar en su ciudad, y desde que eso sucedió no ha vuelto a poder hacerlo —respondí evitando darle información detallada del caso. Lógicamente, el secreto de Rachel estaba a salvo conmigo, por lo que me tomé la libertad de omitir esos detalles reveladores que pudiesen comprometerla. Aunque yo sabía que James era de total y absoluta confianza, no iba a romper mi promesa sin su permiso.

—Pues me temo que tendrá que tener esas pruebas, Quinn. No sé, tal vez testigos. Algunas de esas personas que no se atreven a contratarla, y que creáis que ha sido cohibida por ese hombre. Es, es una pena realmente, pero sin pruebas no hay denuncia ni juicio que valga.

—Vaya…

—Lo, lo siento Quinn. Ojalá pudiese darte una opción real para solucionarlo, pero por los detalles que me has dado, me es imposible.

—Entiendo, y no te preocupes James. Suficientes haces con atenderme. Sé que tienes mucho trabajo y que…

—Somos compañeros —me interrumpió—.Y es de bien sabido que todo abogado necesitará un psicólogo tarde o temprano —bromeó, y yo no pude evitar reír por la ocurrencia.

—Me voy a preparar lo suficientemente como para que sean pocas las sesiones que necesites.

—Perfecto entonces.

—Gracias por todo James. De verdad, te agradezco mucho que me hayas atendido.

—Gracias a ti por acordarte de mí, y sobre todo… Calma. Seguro que encontramos la forma de solucionar ese problema.

—Ojalá que así sea.

—Quinn… Me has dicho que esa chica es compañera tuya. ¿Verdad?

—Sí —respondí tras dudar. Por un momento pensé que había cortado la llamada.

—Ok, verás…No sé si puede o no funcionar, pero pensando en la situación, he recordado un caso que tuve hace poco. Era un prestigioso empresario que tuvo un problema parecido de calumnias e injurias sobre su persona, y empezó a tener problemas de cara a los inversores que colaboraban con sus empresas. Para limpiar su imagen, para lograr ganarse la confianza de quienes querían invertir en sus proyectos, se buscó aliados.

—¿Aliados?

—Sí, aliados. Compañeros del gremio que no dudaban de su honestidad, y que lo demostraban confiando su dinero en los proyectos de este hombre. Sé que no tiene nada que ver con tu caso, pero tal vez si esa compañera tuya recibe las muestras de apoyo, la confianza de otras que compartan profesión, o estén en el mismo medio que ella, tal vez logre que esos "jefes" que no se atreven a contratarla, vean que tiene gente importante que la apoya. No sé si me entiendes.

—Creo que sí…

—Seguro que conocéis a gente que ya ha triunfado en ese mundo, y que seguro no tendrá problemas en mostrarle su apoyo públicamente. Tal vez funcione.

—Es, es una muy buena idea, James.

Y tan buena, pensé. James, al igual que su prima, había hecho uso del tan manido refranero que tanto nos enseñaba en situaciones complejas como aquella. En ese caso, el dime con quien vas y te diré quién eres, podría ser una muy buena solución para esas dudas que los productores idiotas de Broadway tenían sobre la profesionalidad de Rachel, y además incitar a los ejecutivos de la Fox a que se lanzaran de una vez con el proyecto. Tal vez una mala referencia del estúpido Sídney Greene y del ciego de Rivkin lograban echar atrás a esos tipos, pero si Rachel conseguía contrarrestar esas críticas demostrando que tenía gente importante a su lado, podría acabar con esas dudas que estaban poniendo en peligro su carrera, y que tanto miedo y desorden le provocaban.

Pero todo eso lo pensé yo después de despedirme por enésima vez de James, y escuchar como Santana empezaba a impacientarse por mi ausencia. De hecho, cuando regresé al salón ya era tarde. Se había comido tres cuartas partes de la pizza, y limpiaba sus labios con la servilleta, casi dispuesta a atacar la cuarta y última porción.

Por suerte yo la detuve.

—¿Pensabas comértela toda?

—Es de mala educación abandonar la mesa para utilizar el teléfono —se excusó—. Así que tú tienes la culpa. Y has tenido suerte de que tengo algo de prisa, y no quiero llegar tarde.

—¿Llegar tarde? Se supone que hoy cenabas conmigo ¿Qué tienes que hacer ahora?

—Cosas mías —respondió dando un sorbo a su vaso de agua—. ¿Quién era? ¿La loca de los gatos?

—Sí— mentí dispuesta a disfrutar de mi porción de pizza.

—¿Y qué quiere? ¿Se le ha escapado alguno de los gatos? ¿Ha formado un ejército gatuno y ahora no puede entrar en tu casa?

—No quiere nada, solo saber cómo estaba.

—¿Y por qué te has metido en la habitación para hablar? ¿No querías que escuchase tus conversaciones de demente con esa loca? Tranquila, Fabray. Después de tanto tiempo, ya sé que te faltan varios tornillos en esa cabeza que tienes, y que probablemente acabes como Caroline. Criando gatos y lanzándolos por la ventana.

—Santana, ¿sabes lo que te sucede o aún no eres consciente?

—¿Qué? ¿De qué hablas? ¿Qué me sucede?

—Eres como esos adolescentes que tratan de tapar sus sentimientos atacando a quienes los provocan, por miedo a ser rechazados. Por la inseguridad que les produce que sus sentimientos no sean recíprocos, o viéndose inferior tanto física como mentalmente. Eso es lo que te sucede.

—¿Qué? —replicó portando una sonrisa repleta de sarcasmo— ¿Estás insinuando que ataco a la loca de los gatos solo porque me gusta y sé que no tengo nada que hacer?

Mordí la pizza, mastiqué con gusto y sonreí vencedora por el gesto soberbio que me regalaba Santana, y que no era más que un intento vago por hacerse la importante.

—Yo no lo he dicho —musité tras alargar mi silencio—. Has sido tú.

—Ok, mírame —se inclinó sobre la mesa hasta quedar a varios centímetros de mi rostro, y a continuación soltó una sonora carcajada que me obligó a retroceder en mi silla—. ¿Te ha quedado claro? —añadió recuperando la postura— ¿O quieres que te lo repita?

—Podrás reírte cuanto quieras, pero es evidente que tienes una tensión no resuelta con Caroline que hace que saque lo peor de ti. ¿Y lo sabes?

—Ya, igual que te ha pasado a ti durante toda tu vida con Rachel. ¿No?

Quise reírme tranquila, pero me costó un mundo poder hacerlo sin sonar forzada por culpa de su maliciosa indirecta. Que entre Rachel y yo siempre había existido una extraña tensión, era algo que todo aquel que nos había visto interactuar durante nuestra adolescencia, sabía. Pero no era esa tensión que mencionaba Santana. Era algo que por fin habíamos logrado erradicar. Esa incomodidad por no sabernos amigas, pero tampoco enemigas.

Era extraño, siempre lo fue. Yo nunca quise que a ella le fueran mal las cosas. De hecho, me preocupaba que no le fueran todo lo bien que merecía. Sin embargo, en pocas ocasiones se lo hacía ver. Y ella, pues, todo lo contrario. Siempre estuvo tratando de ganarse mi amistad, y cuando se la ofrecía, huía pensando que no estaba siendo sincera. Así durante cuatro largos años de secundaria. Después de eso, nuestra relación, a pesar de seguir preocupándonos la una por la otra, no era más que la de dos conocidas que a veces coincidían gracias a nuestras amigas en común. Nada más. Y que yo sepa, eso no tiene nada que ver con esa tensión "sexual" que si parecía tener Santana con Caroline.

—Entre Rachel y yo lo único que hay por fin, es amistad. Ya iba siendo hora de que las cosas entre nosotras se pusieran bien —musité sin pensar en cómo podría entenderlo ella. Evidentemente, lo iba a hacer a su manera, como siempre.

—¿Qué quieres decir con por fin? ¿Ha pasado algo? ¿Te ha dicho algo?

—No, claro que no. No ha pasado nada —fingí centrándome en la pizza.

—¿Entonces? ¿A qué viene ese cambio entre vosotras? Ayer estabas a punto de volverte a New Haven, y hoy os habéis pasado todo el día riéndoos como idiotas. Y ahora dices que es tu amiga.

—Ya te he dicho que hablamos por lo del festival y todo se solucionó. Tú lo dijiste, fue una confusión y ya está olvidado.

—Sí, pero no vais a seguir con el promance, y aun así parece que os habéis comido dos unicornios.

—Santana, ni Rachel ni yo queremos seguir mintiendo. Me voy a quedar aquí hasta que tenga que volverme, y ya está. Si salimos juntas, será como amigas…Pero no vamos a volver a besarnos en público, por mucho que lo pidas. Quien quiera creer, que crea. Pero yo no voy a dar motivos para ello.

—¿En público? —repitió con una traviesa sonrisa dibujando su rostro— ¿En privado sí?

—Idiota.

—Apuesto lo que quieras a que os termináis besando de nuevo en público.

—¿Qué dices? ¿Por qué iba a hacer eso?

—¿Apuestas o no? —insistió, pero no iba a lograr picarme lo suficiente como para hacerme caer en la trampa. No sabía cómo, pero si decía aquello de forma tan contundente era porque algo seguía tramando. Y yo no quería volver a verme involucrada en una situación como aquella, por muy bien que besase Rachel.

—No, no apuesto nada porque es una soberana estupidez —respondí sin poder evitar que una sonrisa triunfante se anclara en sus labios. No sabía que mi mente acababa de tener la mejor y más brillante idea, después del consejo que me regaló James—. Sin embargo, no veo mal que salgamos a divertirnos más a menudo. Creo que a Rachel le vendría bien.

—Pues salid.

—Me refiero a todas juntas, no solo ella y yo.

—¿Las tres? —cuestionó segundos antes de acabar con el agua de su vaso.

—Las tres, las cuatro o incluso las cinco —añadí provocando que su confusión aumentase.

—¿De qué hablas? ¿Qué cinco?

—Rachel, tú, Mercedes, Britt y yo. Las cinco.

—No —replicó rápidamente levantándose de la silla.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—Lo siento Quinn, pero no voy a dejar que te metas en mis asuntos, y sé que, si quedamos con Britt, lo harás.

—No, no, Santana —traté de detenerla. Apenas le habían bastado un par de segundos para recoger su bolso y prepararse para marcharse, cuando yo aún ni siquiera había terminado mi única y miserable porción de pizza.

—Te he dicho que no, Quinn. No estoy jugando. ¿Me oyes? Esto es importante para mí, y paso de que lo estropees todo.

—No lo hago por mí, ni por ti, ni por Britt —la interrumpí—. Acabo de decir que a Rachel le vendría bien salir a divertirse, y si es con sus amigas mucho mejor. Ellas lo son. ¿No?

—No sigas, sé por dónde vas…

—Escúchame —la seguí hasta la puerta.

—Me tengo que ir, Quinn. No tengo tiempo para discutir nada ahora.

—Escúchame —la tomé del brazo, obligándola a que me mirase—. No me voy a meter en lo que hagas o dejes de hacer con Britt, te lo prometo. Te doy mi palabra. Solo quiero poder salir y divertirme con todas vosotras, y si viene Mercedes mejor. Sé que a Rachel le puede hacer bien, nada más —añadí evitando en todo momento que notase un interés más complejo del que mostraba en realidad. Rachel necesitaba aliados de cara al público, tal y como había mencionado James, y teníamos en Mercedes a una de las cantantes con más éxito del momento. Algunas palabras o la ayuda de la reina del Soul, como así se hacía llamar Mercedes, podrían lograr disipar las dudas de los que no confiaban en la profesionalidad de Rachel, además de sumarle un plus de fama que, a buen seguro, superaría nuestro estrepitoso promance. Y tampoco era algo tan grave, ni se trataba de mentir con una relación de amistad que no existiese. Al fin y al cabo, ellas siempre fueron amigas. Mucho más que amigas que lo pudo ser conmigo o incluso con Santana. Pensé por ese mismo detalle, que no tendría que haber motivo alguno para que se negasen a esa salida conjunta. La única a la que tenía que convencer era a la mafiosa que seguía frente a mí, escrutando mis ojos en busca de algún resquicio, de algo que le hiciera comprender mi interés en esa reunión—. Tal vez así se suelte y decida confesarnos qué le sucedió en Nueva York—añadí en un último intento por evitar que su inquisidora mirada terminase por hacerme confesar a mí. Y mi decisión surtió efecto. Fue dejar escapar aquella excusa, y ver como la resignación se apoderaba de su cara. Era más que evidente y patente que Santana quería a Rachel. Y haría lo que fuera por ayudarla, sin duda.

—Escúchame Fabray —masculló acercándose a mi hasta quedar a varios centímetros de mi rostro, cuando su dedo ya me señalaba amenazante—. Si dices, haces o insinúas algo fuera de lugar frente a Brittany, devolveré el billete de vuelo a Lima que te he comprado, y te mandaré allí con una simple y certera patada en el culo. Y nunca, te aseguro que nunca más volverás a saber de mí. ¿Entendido?

—Entendido —balbuceé un poco asustada por la amenaza. No por la patada en el culo por supuesto, sino porque lo de no volver a saber nada de ella. Lo dijo completamente en serio. Sin titubear, sin querer hacerme ver que simplemente era una forma de hablar. Y eso me daba miedo.

—Está bien —musitó tras dejar escapar un sonoro suspiro segundos antes de abrir la puerta y disponerse a salir—. Veré que puedo hacer.

Nada más. Ni un adiós, ni un mañana te veo, ni un siento dejarte en mitad de la cena después de haberme comido prácticamente toda la pizza. Santana se fue sin volver a dirigirme palabra alguna, y yo simplemente la observé caminar hasta el ascensor donde se coló. Y después de ello esperé pacientemente a ver cómo iba descendiendo todas y cada una de las plantas hasta llegar al hall de entrada, solo para asegurarme que no se quedaba atrapada en su interior. Así era Santana, orgullosa como nadie.

Y así era yo.

Logré recuperar mi mejor versión; La de la Quinn perspicaz y recurrente. La que encontraba o al menos buscaba soluciones a los problemas que surgían a su alrededor. Y aunque no fuese yo quien estaba implicada directamente en ello, ser consciente de que podía ayudar a Rachel, o al menos intentarlo, me suponía un plus para darlo absolutamente todo por lograrlo. Por luchar por los demás y anteponerlo a mí persona.

Rachel era una de las pocas personas que lograban sacar a la luz esa característica de mi persona. Aún recuerdo como fui yo, la única de un grupo de 15 o 16 personas, la que se jugó y le plantó cara asegurándole que su futuro estaba lejos de Lima, y del amor de su vida, llevándome la mayor reprimenda de toda mi vida por su parte y algo de su odio. También fui yo la única con las suficientes pelotas para decirle que casarse con 17 años era la mayor locura y el peor error de su vida. Ninguna de sus amigas se dignó a hacérselo saber, aun sabiendo que todas lo pensaban. Volví a recibir su desprecio por mi honestidad. Y fui yo quien no se presentó a un parcial de historia del arte, quedando expuesta a la reprimenda de mis padres y la posibilidad de no poder matricularme al año siguiente, solo por poder viajar un fin de semana a Nueva York, y decirle cara a cara que no permitiese que un estúpido desnudo en una película de principiantes, la hiciera empezar con mal pie en su carrera como actriz. Fueron muchas veces las que me jugué un insulto, una reprimenda o incluso su odio, por intentar ayudarla. Aunque también es cierto que mis formas nunca fueron lo suficientemente sutiles para evitar el malestar. Pero eso no importaba. Importaban los hechos, como lo que estaba haciendo desde que llegué a Los Ángeles. Mi estancia en la ciudad de los sueños era total y absolutamente por y para ella. Y sí, soy consciente de que todo aquello supuestamente también me beneficiaba a mí, pero yo no pensaba en eso. Desde que puse un pie en aquel apartamento, todo mi esfuerzo se focalizaba en lograr su bienestar. En ayudarla cuanto fuera necesario. Mis formas seguían siendo un tanto dudosas, pero estaba convencida de que con la intención que ponía, era más que suficiente.

Y eso me hizo no sentir en ningún momento que estuviera rompiendo mi promesa de guardar su confesión como un verdadero secreto. Si James era intuitivo y estaba al tanto de mis peripecias en California, podría deducir perfectamente que mi compañera que estaba siendo vetada en Nueva York, no era otra más que Rachel. Pero yo dudaba de que alguien como él tuviese tiempo suficiente para dedicarse a los rumores de la prensa, y las Redes Sociales. Además, también me protegía el no haber mencionado su nombre en ningún momento. Ni el de ella, ni el de los demás implicados.

Y Santana, a pesar de su capacidad perceptiva, tampoco parecía intuir que yo ya conocía lo que le sucedía a Rachel. Y sí, que mi idea de salir a divertirme con ellas no fue más que una excusa absurda por ver qué clase de relación mantenía con Britt.

No me importaba en absoluto que pensase eso, es más, prefería que se distrajese por ese lado, y así no interrumpiese mi magistral plan ideado por el mejor abogado de Chicago.

Con esos pensamientos terminé de cenar y me tumbé en el sofá para disfrutar de una de las decenas de películas que Rachel aún no había terminado de colocar en sus estantes. Quería esperar a que llegase, aunque sabía que no lo haría para cenar porque diez minutos antes de pedir la pizza, tuvo el acierto de avisarme con un mensaje. No sabía cuánto tiempo tardaría, pero me apetecía ver qué tal le había ido en la reunión, y sobre todo si el malestar por culpa de la marihuana la había abandonado.

40 minutos tuve que esperar para saciar mi curiosidad. Rachel apareció justo cuando Satine irrumpía en el Elefante Rojo con sus galas más seductoras, y un nervioso Christian la recibía con sus mejores versos. Aquellos divertidos movimientos de seducción que hacía Nicole Kidman, y sus pequeños gritos, llenaron la estancia completamente a oscuras, y provocó una tímida sonrisa en Rachel.

—Hola. ¿Aún despierta? —me saludó mientras yo me lanzaba a encender la luz y ver como su sonrisa poco o nada podía hacer para disimular sus ojeras.

—Me apetecía ver una peli —me excusé justo cuando congelaba la escena en la televisión para no perderme detalle.

—Ya veo.

—¿Qué tal? ¿Cómo ha ido todo?

—Bien, la verdad es que no me puedo quejar —comenzó a explicar tras colarse en la cocina—. Pensé que iba a ir peor, pero por lo visto todo parece que empieza a solucionarse. Parece que los productores están decididos a lanzar la serie.

—¡Genial! Es una buena noticia.

—Aún no está acordado —respondió regresando al salón con un vaso de agua entre sus manos—. Hasta que no esté firmado, yo no me ilusiono.

—Seguro que se firma.

—Ojalá que estés en lo cierto —me volvió a sonreír— ¿Hace mucho que se fue Santana?

—Una hora más o menos. No, no te he preparado nada para cenar, porque como dijiste que no ibas a venir…

—Oh, no, no, tranquila. No me apetece cenar nada.

—Pero… ¿No ibas a cenar con esos tipos?

—Sí, pero apenas he comido. Tengo, tengo el estómago cerrado y no me apetece nada.

—¿Te encuentras mal?

—No, no…Es solo que estoy tan cansada que ni siquiera sé cómo he llegado hasta aquí. Te juro que creía que me iba a dormir en el ascensor.

—Vaya…Lo cierto es que tienes cara de cansada.

—No me recuerdes como está mi cara. Cuando me he visto en los espejos del ascensor me han entrado ganas de llorar —se quejó infantilmente.

—No digas tonterías, incluso llorando estás guapa —repliqué sin pensar, y ella lo notó. Supo que lo había dicho porque realmente lo creía, y por eso mismo me regaló una tímida sonrisa que me contagió—. ¿Te apetece ver la peli conmigo?

—Me, me encantaría, pero creo que me voy a ir a dormir ya. Bueno, creo que antes me voy a dar un gran baño relajante. De esos en los que te metes en la bañera y…—Se detuvo, y yo la cuestioné con la mirada torpemente esperando que continuase. No me di cuenta de lo que le sucedía hasta que vi como sus mejillas se incendiaban, y apartaba la mirada rápidamente. Un gran baño relajante, dijo, e inevitablemente la escena de ella en la bañera teniendo orgasmos regresó a mi mente. Y por lo visto, ella también lo estaba recordando en ese preciso instante.

—Me parece perfecto —reaccioné tras ver como realmente no sabía cómo continuar sin dejar que la vergüenza se apoderase de ella. Y una vez más, hice algo que no habría hecho por nadie más. De hecho, ni siquiera imaginé que sería capaz de confesar algo así sin desear que la tierra me tragase, o sin que me estuviesen amenazando para hacerlo. La vi dudar, lanzando varias miradas hacia el baño y supe que tenía que hacerlo—. Rachel—musité y ella me miró cohibida—, siento muchísimo lo de esta mañana —traté de sonar despreocupada—. Pero no tienes por qué sentirte incomoda. ¿Ok? Somos adultas, no pienses que me voy a…

—No por favor, Quinn —me interrumpió dirigiéndose hacia el baño—. Ni me lo menciones, porque no sabes lo avergonzada que me siento.

—15 años —solté obligándola a que se detuviese y me mirase confusa. Yo volví la mirada hacia la tele y esperé a que dijese algo.

—¿Qué?

—Tenía 15 años, pertenecía al club del celibato, e iba todos los domingos a misa para confesarme. Fue la noche de Halloween. Acababa de llegar a casa después de estar en una fiesta con unos amigos, y tomarme mi primera cerveza. Dos de mis amigas, hijas de los mejores amigos de mis padres, habían estado hablando de sexo durante toda la fiesta. Yo me limité a escuchar como si nada, haciéndoles creer que sabía de lo que hablaban. Pero en realidad no tenía experiencia ninguna. Y cuando digo ninguna, me refiero a de ningún tipo. Ni había estado con chicos, ni me había atrevido a probar conmigo misma —dije segundos antes de aguardar en silencio para cerciorarme de que Rachel seguía allí, junto a la puerta del baño. Escuchar su respiración me hizo continuar sin siquiera mirarla—. Cuando llegué a casa y me metí en la cama empecé a sentirme…Ya sabes, curiosa. Tal vez porque iba disfrazada de demonio, o que se yo. Aquellas chicas habían hablado de cosas que yo solo veía en las películas, si es que mis padres lo permitían, claro. Y decidí que había llegado el momento de saber que se sentía. De probarme a mí misma —añadí girándome hacia ella. Su mirada, completamente confusa me provocó algo de risa, a pesar de que estaba muerta de vergüenza.

—¿Por qué me cuentas eso?

—No he acabado. Empecé a…Bueno, ya sabes, a investigar…O descubrirme yo sola, valiéndome de la supuesta soledad que iba disfrutar en aquella noche en mi habitación. Estaba en pleno orgasmo cuando la puerta se abrió, y apareció mi hermana…Disfrazada de angelito.

—¿Qué?

—Lo que oyes. Mi hermana me pilló en pleno orgasmo con tan solo 15 años.

—Oh dios —musitó sorprendida, y yo supe que había logrado distraerla de su vergüenza. La curiosidad era superior, sin duda—. ¿Tu hermana Frannie te encontró en la cama…?

—Así es.

—¿Y qué hizo? ¿Qué hiciste tú?

—Nada. Me quedé en shock, por suerte estaba tapada y no pudo ver nada, solo intuir, claro. Ella me miró, se llevó las manos a la boca y se marchó. Yo me encerré en mi habitación pensando que mi madre vendría a castigarme de por vida. Incluso pensé que me llevaría a algún colegio católico, de esos en los que no puedes salir. Qué se yo…Me temí lo peor.

—¿Y qué hizo? ¿Se lo dijo a tu madre?

—Pues no. Aquella noche apenas pude dormir, y cuando amaneció me las apañé para no cruzarme con ella antes de ir al instituto. Es más, estuve tres días esquivándola, hasta que inevitablemente me la tuve que encontrar en la cocina. ¿Y sabes que es lo pasó?

—¿El qué?

—Nada. No me dijo absolutamente nada. Es más, me habló como si no hubiera visto nada. Y eso, viniendo de mi hermana era realmente extraño. Pero lo cierto es que así fue. Nunca me habló de ello, aunque ambas sabíamos que lo pensábamos.

—Vaya…Supongo que mucho mejor así, ¿no?

—No, no para nada, Rachel. Me pasé mucho tiempo pensando que mi hermana me odiaba tanto por aquello, que ni siquiera se tomaba la molestia de recriminármelo, o contárselo a mi madre. Y a eso le tenía que añadir la vergüenza. Vergüenza que aún hoy sigo sufriendo cuando me encuentro con ella, y me viene ese recuerdo.

—No, no sé qué decirte —susurró un tanto confusa por mi confesión.

—No tienes que decirme nada, Rachel. Si te cuento esto es porque no quiero que te suceda algo parecido conmigo. No quiero que avergüences cada vez que algo te recuerde lo sucedido en esta mañana. Es tu casa, tienes 25 años y puedes hacer lo que te plazca. La única que tiene que sentir vergüenza por romper la única norma que pusiste cuando vine a vivir aquí, soy yo. Además, para confesarte que no eres la única que se dedica algo de tiempo a sí misma.

—Quinn, yo te agradezco que trates de hacer que todo sea más llevadero, pero no…No es que no me guste hablar de estos temas, ya sabes que siempre he defendido que las mujeres pensemos en el sexo igual que lo hacen los chicos, pero me…Dios, no puedo. Es superior a mí hacer como si nada sabiendo que tú me has visto…

—No he visto nada —la interrumpí tras ver cómo le era imposible dirigirme la mirada—. Puedes estar tranquila, Rachel. Simplemente entré, vi que estabas en la bañera y salí rápidamente por inercia. Pero no he visto nada de lo que te puedas avergonzar, créeme.

—¿Entonces? ¿Por qué sabes que…?

—Porque cuando entré por segunda vez, estabas pálida, dándome la espalda y no dijiste palabra alguna —omití el hecho de ver el orgasmo reflejado en su rostro—. Simplemente lo intuí. Nada más.

—Pues menuda intuición.

—Lo siento.

—No, no lo sientas. Es absurdo.

—Puedo cumplir algún castigo si lo deseas. Puedo hacer algo que me avergüence de por vida, y así estamos en paz.

—No, no…Deja los castigos para otro momento —me interrumpió—. Creo, creo que lo mejor que vaya a tomarme esa ducha antes de que me quede dormida aquí de pie. Y no estaría muy orgullosa de eso, tampoco.

—Ok —sonreí buscando su complicidad. Y la hallé. Tímidamente sí, como si le costase un mundo hacerlo, pero me sonrió. Y eso era más que suficiente para mí, aunque no era todo lo que pretendía ganarme de ella en aquella noche.

Fue verla meterse en el baño con el pijama entre sus manos, y pensé en la mejor idea para que aquel día tuviese el mejor final. Al menos el más feliz, no como el de la pobre Satine en Moulin Rouge.

Dejé la película detenida y me metí en la cocina dispuesta a preparar algo que, a buen seguro, le iba a gustar. Algo que yo solía hacer en esas noches en las que estaba tan cansada, que ni siquiera tenía ganas de cenar. Apenas cinco minutos después, la vi abandonar el baño con su coqueto pijama y el pelo recogido sobre la coronilla. Yo le había vuelto a dar al play para seguir enamorándome más y más de aquella historia de amor, cuando se acercó al sofá.

—Me voy a la cama —musitó—. Que tengas una buena noche, ¿Ok?

—No, espera —la detuve—. Ven, siéntate…Te he preparado algo —dije y como si fuera algo espectacular, le indiqué que mirase hacia la mesita que había frente al sofá.

—¿Qué? ¿Me has preparado algo?

—Sí. Mi madre siempre me decía que no era bueno irse a dormir con el estómago vacío, así que vamos…Siéntate aquí unos minutos, y disfruta.

—Pero…

—Solo es leche, de soja por supuesto —le guiñé el ojo tras recordar que había comprado cantidades industriales de leche de vaca solo para mí—. Y cereales. Te sentarán bien.

—Pero no tengo apetito —se excusó, aunque su mirada ya parecía hipnotizada por el vapor que desprendía la leche en el tazón, y la caja de sus cereales favorito junto a él.

—No tienes que tener apetito para tomarte un tazón de leche. Vamos —golpee sutilmente a mi lado en el sofá—. Siéntate, relájate, tómatelo y luego te vas a dormir. Te aseguro que lo harás como los ángeles. Además, mañana tienes el día completamente libre. ¿No es cierto?

—Ajam…

—Podrás dormir hasta que te plazca. Vamos…— insistí. Vi como dudaba e instintivamente utilicé mi mejor técnica para lograr que me hiciera caso. La técnica que amansa a las fieras, como decía Caroline— Me, me apetece mucho tener tu compañía, aunque sean unos minutos —añadí con tanta sutileza y dulzura, con la mirada más tierna de cuantas había regalado en toda mi vida, que hasta el mismísimo diablo habría aceptado ver aquella película conmigo.

Rachel no iba a ser menos. Fue soltarle aquello y aceptó sin rechistar. Se sentó a mi lado y comenzó a disfrutar de uno los mayores placeres de la vida. Porque por mucho que el dinero pueda comprar grandes y lujosas cosas, nadie me puede negar que un simple tazón de leche calentita antes de dormir, y además viendo una de tus películas favoritas, es un verdadero placer. Y por eso mismo, porque que Moulin Rouge era una de historias predilectas de Rachel, terminó por quedarse a mi lado después de agotar el último de los cereales que flotaban en apenas un par de mililitros de leche que dejó en el bol.

La miré en varias ocasiones sin que se percatase, y la vi abrazada a sus rodillas, sin perder detalle de como el bueno de Christian le explicaba al Duque cual iba a ser la trama de su historia, en la que le declaraba su amor a Satine sin que nadie, excepto ellos dos, pudiese percibirlo. Y fue apenas tres o cuatro minutos después cuando noté como su cuerpo se iba acercando más y más a mí, hasta terminar apoyando su cabeza sobre mi hombro —Me encanta esta escena —susurré pensando que me respondería. Y digo pensando, porque eso no sucedió. Cuando quise darme cuenta, la leve respiración de su nariz chocando en mi cuello me obligó a mirarla, y descubrí que se había quedado completamente dormida. Como una niña pequeña que no aguanta su propio cuerpo y termina cediendo ante el cansancio. Como un verdadero ángel. La última vez que la vi dormir en el sofá lo hizo regalándome una de las imágenes más cómicas de cuantas había tenido el placer de contemplar, pero en aquel instante, Rachel distaba mucho de lo cómico, y si se acercaba más a lo celestial.

No hubo cara desfigurada, ni piernas colgando, ni ronquidos extraños. Sobre mi hombro, solo pude ver el rostro de mi amiga completamente sereno, relajado a más no poder mientras parecía sonreír, o tal vez era una ilusión óptica, no lo sé. Solo sé que parecía feliz, y sobre todo tranquila. Muy tranquila.

No pude evitarlo, y sé que no es algo habitual entre amigas, ya que si hubiese sido Santana por ejemplo no habría dudado en despertarla para que al menos tuviese tiempo de marcharse a su habitación. Pero con Rachel era diferente. Tan diferente, que después de dejar que se adueñase de mi hombro, decidí cobijarla entre mis brazos y la ayudé para que terminase buscando acomodo sobre mis piernas.

Sabía que tarde o temprano tendría que despertarla, pero preferí que fuese lo más tarde posible. A la película aún le faltaba más de la mitad, y poder verla en absoluto silencio, sintiendo solo su respiración y el calor de su cuerpo sobre mis piernas, era algo que se me antojaba irresistible de disfrutar.

Y bien que lo disfruté.