El soldado se coló en el comedor sin ceremonia alguna. Su cara estaba sudada y resoplaba con fuerza, había venido todo el camino corriendo.

-¡Alteza! Soy del destacamento militar de Priam. - se cuadró de hombros e hizo el saludo oficial- La ciudad ha caído, señor. La guardia ya no puede contener los disturbios.

Amelia dejó caer el tenedor y este golpeó con fuerza el plato, pero la voz de Phil sonó más fuerte:

-¿Qué disturbios? ¿Qué ha sucedido?

El soldado se aclaró la garganta antes de entregarle una carta arrugada a Phil.

-La ciudad es un hervidero de magos y polvorientos. La situación llevaba un tiempo tensa pero acabó de torcerse cuando los magos del círculo llamaron a la causa. -el muchacho aspiró profundamente mientras el sudor resbalaba por su barbilla- Hace dos días un grupo de hombres con capas entró a robar en un almacén de armas y el grupo de la pólvora respondió con fuerza. La torre del círculo aún está en llamas.

Amelia se llevó las manos a la boca. El puño de Phil golpeó la mesa cuando acabó de leer la carta.

-Por Cepheid. -bramó- ¿Y el resto de la guardia de Priam?

-Saillune ha perdido el contacto, señor. La paloma que envié antes de salir no llegó y en el palacio me dicen que no responden a sus cartas ni oráculos. Es imposible saber si alguien las intercepta o...si no están en condiciones de responder.

La sala quedó un momento en un silencio tenso, expectante.

-Papá -dijo por fin Amelia- tenemos que enviar ayuda.

El príncipe asintió.

-Sí, Amelia, querida. Tú -dijo al muchacho- manda llamar a Jeremías. Intentaremos contactar con las sacerdotisas de Priam. Después reúne a 10 voluntarios de la guardia, que vayan a ayudar a las tropas de Priam.

El muchacho hizo otro saludo rápido y desapareció por la puerta. Cuando estuvieron solos el príncipe se volvió hacia su hija:

-Amelia, voy a reunirme con sumo sacerdote y el consejo de magos. La situación se está torciendo demasiado deprisa. -dio un par de enormes zancadas hacia la salida- Tiene que haber una forma de parar esto antes de que Saillune entero arda.

La voz de Amelia lo llamó desde atrás:

-¡Espera papá! ¿Sólo 10 soldados?

Phil se detuvo antes de llegar al pasillo.

-Sé que son pocos, Amelia -gruñó sin volverse- pero aquí tampoco nos sobran. Tenemos que prepararnos para lo peor. Preparnos bien. Llama a Posel: auizás necesitemos las tropas de Taphorasia pronto.

Zelgadis estaba en su habitación esa mañana. Ocupaba la mente en formas de escapar de ese entuerto. Lo viera por donde lo viese, no podía irse sin una explicación razonable y no la tenía. La otra opción era decir la verdad y se le hacía tan apetecible como intentar robarle el desayuno a Lina. Resopló y miró a la cama. Su fardo seguía ahí, beige sobre la colcha roja, sin deshacer. Se removió en el sillón gastado. Iba a volver a dejar divagar la mente cuando oyó el golpe. Resonó primero un estruendo, luego repicó una vajilla. Piezas de metal chocaron contra la cerámica.

Afinó entonces el oído y captó unos gritos que sólo podían ser de Phil, después una voz masculina; el agitado murmullo de la voz de Amelia.

Saltó del sillón acolchado y fue escaleras abajo, rumbo al ruido y al comedor. Cuando llegó, Phil ya salía por la puerta. Avanzaba rápido, con su enorme torso ocupando medio pasillo. Tenía el rostro contraído, serio. Zel de hizo a un lado para no ser arrollado.

-¿Philionel?

-¡Muchacho! -exclamó al verle- menos mal que estás por aquí. El reino entero está al borde de la histeria.

Hizo un aspaviento con los brazos y, sin quererlo, su mano embistió con la pared del pasillo. La agitó un poco, para desprender el blanco yeso, y después colocó los troncos que tenía por brazos en los hombros del muchacho.

-Me alegro de que te hayas quedado aquí, chico. Amelia y yo necesitamos tu ayuda.

Dicho esto se marchó por el pasillo. El príncipe desapareció y con él se fue también todas ideas de fuga de Zel. Podía ser un capullo, pero dejar tirado a sus amigos sin obtener beneficio, no entraba en su repertorio. La quimera dejó escapar todo el aire de sus pulmones.. Después se acercó suavemente al comedor y echó una ojeada al interior.

El zumo de naranja se mezclaba con el beicon, el mantel tenía café, señales del resto del desayuno. A la mesa estaba Amelia, inmóvil, con la cabeza baja.

-¿Amelia?

Ella lo miró. No había sonrisa en su rostro. Ni educada, ni alegre.

-Priam está ardiendo y no podemos contactar con la guardia -su voz se quebró- Saillune está al borde de la guerra civil.

Las voces de las protestas, siempre presentes, parecían subrayar ahora la escena. Se colaban por puertas y ventanas. Tornaban el ambiente pastoso, tenso. Zelgadis cerró la puerta del comedor y se sentó frente a Amelia. Poco le importó la mermelada que manchaba el respaldo.

-¿Qué quieres que haga?

Ella se mojó los labios, tomó aire. Antes de que pudiera hablar y un suave toque sonó en la puerta, interrumpiendo la escena. La hoja se abrió y el pequeño mayordomo asomó por el resquicio.

-Alteza, Gourry Gabriev le espera en la sala de audiencias.

-¿Lina y Gourry?

-No -contestó William- sólo Gourry Gabriev.

Amelia cruzó una mirada con la quimera y él se levantó de la silla.

-Voy contigo.

La quimera y la princesa siguieron al sirviente a paso ligero. Un pequeño temor empezaba a aprisionar su pecho, a formar un nudo. Sus amigos no eran precisamente de los que pedían audiencia, más bien sembraban el terror en la cocina y asaltaban la bodega.

Cuando llegó a la sala de audiencias no vio rastro de Gourry. La alfombra zafiro estaba despejada, y los tronos del final de la sala, donde ella acostumbraba a sentarse, vacíos. Amelia miró a William y el hombrecillo señaló un bulto, una sombra al pie de una de las columnas de mármol. Había un hombre arrebujado en una columna. Tenía la melena rubia enmarañada y las zarzas se habían ensañado con sus ropas azules. Las piernas estaban encogidas y escondía la cara entre sus gruesos brazos. Cuando ella se acercó, la voz del hombre salió profunda y rota:

-Aquí tampoco está.

Amelia se inclinó al lado del mercenario y tocó suavemente su brazo. Despacio, Gourry alzó la cabeza. Su cara reflejaba cansancio, pena.

-Lina se ha ido -había un deje de desesperación en el azul de sus ojos.

Amelia seguía ahí arrodillada, con la mano en el hombro de su amigo. Las palabras no le salían, así que Zelgadis habló por ella.

-¿Qué ha pasado? ¿Cuándo desapareció, Gourry?

A él le costó arrancar:

-Pasó en casa de Philia. Tuvimos un encontronazo el día anterior con unos matones, pero no fue nada grave. A la mañana siguiente fui a despertarla y su habitación estaba vacía. Hace tres días de eso, no sé qué pasó. -dijo mientras se pasaba las manos por el pelo sucio- Esa noche parecía más animada, más… estable.

El nudo del pecho de Amelia aumentó y la presión se convirtió en espanto. La Lina que ella conocía no se habría ido sin el mercenario claro que estos últimos días no parecía ella misma. Imágenes y situaciones desfilaron por su cabeza: en unas su amiga era perseguida, en otras era prisionera, y en las peores veía la luz desaparecer de su mirada. La tensión se apoderó de ella mientras un recuerdo la reclamaba, mientras se veía a ella pidiéndole que abandonara Saillune.

La princesa tragó saliva una y otra vez, pero el recuerdo no bajó. Notó la ácida sensación de la culpa en el estómago, la fría ansiedad en las manos. Mientras, el tiempo avanzaba, la habitación existía y Priam agonizaba.

Amelia sentía que se algo tiraba de ella en dos direcciones y la dividía en dos. Dos frentes la reclamaban:

"Priam es mi responsabilidad como princesa. Es prioridad" -dijo su parte justiciera.

"Pero Lina ha acabado así por mi culpa." -contestaron sus remordimientos- "Porque le pedí que se marchara".

"Hice lo correcto"- repicó la primera.

"¿Y eso lo convierte en más justo?"

Su parte justiciera no pudo argumentarlo y dejó que la culpa ganara la partida. Aún dividida, esbozó una sonrisa triste y apretó suavemente el hombro de Gourry.

-La encontraremos, Gourry. ¿Ha probado Philia un hechizo de localización?

Su amigo movió la cabeza.

-Si. Dice que no da con ella.

Se levantó con esfuerzo y avanzó, dejando a la princesa y la quimera de lado.

-Me voy fuera. -dijo antes de alejarse más- Tengo que seguir buscándola.

Zelgadis, que había guardado silencio todo este tiempo, lanzó un gruñido.

-Eh, Gourry -lo llamó- Sé que no es lo que quieres oír pero, ¿y si no quiere que la sigas? ¿Has pensado en eso?

El mercenario volvió la mirada.

-Entonces que me lo diga a la cara. -espetó- No pienso dejarla sin saber si está bien. Y si no quieres ayudarme, iré yo sólo.

La quimera calló y se limitó a mirar al mercenario mientras se bamboleaba, exhausto, hasta la entrada. Gourry rezumaba furia. Todo su cuerpo estaba agarrotado. Sus manos apretaban la espada con fuerza, hasta convertir sus nudillos en un amasijo blanco. Ese tipo de gesto, más propios de Zelgadis, resultaban aún más temibles en Gourry.

-Saldremos en su busca, Gourry -dijo Amelia con ternura- pero hace ya tres días desde que se fue. Es mucho tiempo. Primero hay que pararse a pensar. Vamos a comer algo y me cuentas todo lo que sepas.

Él volvió a negar con la cabeza.

-No tengo hambre. Y no me quedaré aquí más tiempo del necesario.

Dicho esto metió una mano en el zurrón y sacó un bulto blanco. Eran unos papeles atados con un cordel áspero. Lanzó el paquete en su dirección y Zelgadis lo pilló al vuelo.

-¿Qué es esto? -Preguntó, deshaciendo el nudo.

-Son todas las notas de Philia sobre la profecía. Me pidió que os la diera si os veía.

El muchacho echó una mirada rápida a las notas. Ardió por dentro.

-¡Espera!

Avanzó a grandes zancadas hasta las columnas de la entrada, donde interceptó al guerrero.

-¡Que esperes te digo! - Sonó un golpe seco apoyó el pétreo brazo en el mármol, cortándole el paso- ¿Philia cree que Saillune está en la profecía?

Gourry hizo un intento de avanzar. La quimera le retuvo de nuevo.

-¿Cree que Saillune la parte blanca que sucumbirá "a la ceniza y la ira de las llamas"? -Su voz subió de tono, incontrolable- ¡¿Sabías todo esto y esperaste tres días para decírselo a Amelia?!

Viendo que no le abrían el paso, el mercenario se encogió de hombros.

-Ah, si, perdona. Lo olvidé -dijo con una sonrisa vaga.- Sin embargo, no lo sentía. Sin ella no sentía nada en absoluto.

-¡¿Lo olvidaste?!

Zelgadis había captado esa indiferencia, ese poso destructivo que se escondía tras ella. Le estaba provocando. Sus demonios gritaron de gozo. Su propia sonrisa se hizo más ancha. Pese a todo se contuvo. Se contuvo hasta que Gourry volvió a hablar.

-Igual que vosotros olvidasteis ayudar a Lina cuando ella lo necesitaba.

-¡Cretino!

Amelia veía la escena pero su cerebro tardaba en procesarla: Saillune; la profecía; Lina; la guerra; Lina. Sin ella el grupo parecía desmoronarse. Oyó la rabia de Zel. Vio sus ojos. Había algo sádico en su mirada, en la forma en la que arrugaba y enseñaba los dientes. Más similar a la bestia que al hombre. Algo que ya había visto antes. Lo vio cuando sostenía el jarrón de Rezo sobre el lago; cuando los manifestantes le gritaron "monstruo". Zelgadis le había advertido de aquello y le había pedido que se mantuviera alejada. En su lugar intervino. Su voz sonó firme y cortante cuando dijo:

-Dejadlo. -Sus ojos azules fueron del uno al otro. Pero ninguno relajó el gesto, así que volvió a hablar.- Mi amiga ha desaparecido y mi reino está en guerra. No tenemos tiempo para esto.

Princesa y bestia se cruzaron.

-Lárgate, Amelia -salió de las entrañas de la bestia.- déjame darle la hostia que tanto quiere.

-Suéltalo, Zelgadis.

Zelgadis gritó. Gritó mientras su cuerpo se tensaba. Gritó mientras el mármol se arrugaba y rompía bajo la tensión de sus dedos. Luego empujó a Gourry contra la columna. El golpe vació de aire los pulmones del mercenario y Amelia notó su cuerpo encogerse al verlo. Sin embargo, recobró pronto la compostura. No se marchó, como la quimera le había pedido. En su lugar le sostuvo la mirada, roja ahora como la sangre, hasta que él la desvió y salió. Salió sin volverse, sin mediar palabra.

La escena quedó un momento suspendida en la tensión y el tiempo. Los trozos de mármol destacaban como estrellas en el azul de la alfombra. Gourry volvía a estar tirado en el suelo. Tenía en la cara una expresión suicida, desesperada:

-Amelia -susurró de forma queda- ayúdame a encontrarla.

-Yo… -empezó ella.

-Sé que Saillune está en peligro. Sé que no nos dejaste tirados entonces y que no es justo que te pida escoger ahora. Pero te lo suplico. Por favor.

Vio cómo su determinación se quebraba. Sus peores temores salían de entre las grietas.

El tiempo volvió a correr por la sala. Durante un instante, sólo se oyó la respiración de ambos, después, un grupo de pasos se unió a la partitura y se acercaron a la sala. Cada cual tenía su ritmo: había unos gruesos, unos cansados, unos últimos inquietos. Los pasos doblaron la esquina, y su padre entró en la sala, seguidos de un criado y de Jeremías. Los tres se quedaron parados en la entrada y repasaban la escena con la mirada: la princesa de pie en la sala; el enorme hombre en el suelo; los trozos de mármol en el azul de la alfombra.

-¿Amelia? ¿Gourry? -dijo la voz grave de Phil- ¿Qué le ha pasado a mi columna?

El mercenario se había levantado y se dirigía a Phil como si tal cosa, como si no estuviera cubierto de trocitos de su castillo.

-Philionel -dijo en tono serio- vengo a pedirte ayuda.

El príncipe hizo un gesto rápido con la mano.

-Ahora no, muchacho.-se volvió hacia el criado- traeme una bola de cristal. Hay que contactar con las sacerdotisas. ¡Jeremías! El conjuro.

-Sí, sí, -dijo el viejo- ¿cómo era?

-¡Philionel!

Unos pasos ligeros resonaron por el eco de los pasillos y una mujer se unió al grupo. El mercurio de su pelo ondeaba con cada paso que daba. Entró sin ser invitada y se puso a la altura del príncipe.

-Me he enterado de lo que ha pasado en Priam. -dijo bruscamente- Quiero saber cómo están mis magos.

-Por supuesto -contactó Phil- Le preguntaremos a las sacerdotisas de Jeremías si...

Ella bufó.

-No hay tiempo para eso. Todavía no entiendo cómo no has encerrado ya a esos cochinos polvorientos y…

-¡Phil! ¡Por favor! -intervino Gourry.

-Estoy ocupado. -dijo volviéndose al mercenario. Después suavizó un poco el tono.- Esperame en las cocinas. Que el chef os prepare algo a ti y a Lina mientras.

-Por eso necesito su ayuda, señor. Lina ha desaparecido.

Las palabras cayeron en la sala pesadas como las columnas de mármol. Para Amelia fue un recuerdo de su indecisión primera; para Phil un mal augurio; para Lasca, un motivo para romper a carcajadas. Toda la sala se volvió hacia la directora.

-¿Esa bruja proscrita?

-¿Cómo? -dijo la furia de alguien.

Lasca dejó escapar otra risita.

-Sí que ha tardado poco en romperse. Un par de rumores aquí y allá sobre que estaba maldita y ¡puff! Adiós Dramata.

-¿QUÉ HAS DICHO? -gritó Gourry.

-Explícate- añadió Amelia.

Lasca arrugó la nariz.

-Vamos, alteza. Será muy amiga tuya, pero es una mancha en la reputación de los magos. Con toda la que tenemos encima lo último que necesitábamos era más mala prensa así que… bueno, el círculo de magos se encargó de sacarla de la partida por un rato.

Gourry hizo un gesto de avanzar, pero la mano de Amelia lo detuvo. Se encaró a Lasca y su voz resonó como el trueno cuando gritó:

-¡Visfarank!

El puño de Amelia chocó contra la mandíbula de la directora. Su cuerpo voló un par de metros y chocó de forma desagradable contra el suelo.

-Responderás por lo que has hecho.

-Acabas de declararle la guerra al círculo, princesa -dijo Lasca mientras se frotaba la barbilla.

Amelia se volvió, desafiante.

-Que lo intenten.

Su reino seguía en peligro, pero ahora sabía exactamente lo que tenía que hacer.