Capítulo veinte: Brujas

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"Realmente el mundo está poblado de brujas; unas más benignas, otras más implacables; pero el reino no sólo de la fantasía, sino también el de la realidad evidente pertenece a las brujas."

-Ricardo Arjona

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Las manecillas del reloj avanzaban deprisa, el padre tiempo era implacable y ella corría contrarreloj. Los candidatos no eran demasiados, después de todo necesitaba a lo mejor de lo mejor, en su arsenal sólo un hombre cumplía con aquella descripción. Fue por él mucho antes de ir por Collette, justo después de que su señor ordenase, ella hizo la llamada. Jairo se encontraba en la India por negocios cuando recibió su mensaje, utilizó la puerta de Tokio y llegó a Francia dos horas más tarde. Se presentaron al día siguiente en la colina de la Bruja Roja y ella les ofreció las dos canicas que conservaban los hechizos que abrirían las puertas del Bestiario.

-¿Esto es lo mejor de tu arsenal? -inquirió la francesa, observando con curiosidad, la señora asintió- ¿Cómo es su nombre?

Ella le hizo una seña a Jairo, el cambia formas realizó una reverencia breve y observó a Collette con sus ojos amarillos antinaturales y la máscara cubriendo su boca de ella.

-Jairo, el tiburón de tierra. -respondió por su cuenta.

La bruja arqueó una ceja, más no preguntó nada.

-Jairo recolectó durante los últimos veinte años los nombres de las listas rojas del Consejo. -explicó la peliverde- Doce muescas más no serán nada.

-Hn. -tarareó ella.

Sin nada más que decir, su asesino arrojó la canica al suelo y se esfumó. Depositó toda su confianza, así como otro gran maletín con dinero, en él. Esperó unos minutos antes de volverse hacia la bruja con una sonrisa.

-¿Nos retiramos ahora? -inquirió mientras señalaba al inicio de la colina- Tengo un auto esperando por nosotras, así como un avión privado listo en Argentina.

Collette rió, una pequeña carcajada breve mientras observaba al demonio frente suyo.

-Lo has dicho tú. -le recordó ella- Traje a lo mejor de lo mejor, será mejor que lleguemos allí antes que él.

La sonrisa permaneció en el rostro de la bruja francesa mientras lideraba el camino por delante de ella, colina abajo.

-Lo mejor de lo mejor. -la oyó repetir con algo de diversión.

¿Qué significaba aquello que había visto? ¿Quién? ¿Cuándo?

-Kero… -murmuró, aún en shock.

-Sakura. -sintió sus manos de algodón sobre su mejilla- Aquí estoy, dime. -hablaba en un tono suave- Estoy aquí.

Lo observó, a sus pequeños ojos oscuros.

-¿Cuándo…? -le preguntó, como si él tuviese las respuestas- ¿Cuándo se terminará todo esto de una vez y para siempre?

-¿Q-qué? -no entendió.

Pero ella no volvió a hablar, alguien se estaba acercando a la colina y ella se puso de pie, la canica escondida en la cintura de su falda. Era Shaoran, estaba enfadado y todos podían verlo con claridad.

-Nos vamos. -dijo él, parado allí con toda seriedad- Andando, nos vamos ahora.

Intentó tomar su brazo, ella retrocedió y aquello lo enojó aún más.

-Dije que nos vamos, Kinomoto. -repitió en un tono más elevado, sin importarle revelar su verdadera identidad ante oídos ajenos escondidos por allí.

-Te oí la primera vez. -gruñó ella- Y te dije que no-

-¿Vas a dejarme cargar con todo yo solo, otra vez? -espetó él- ¿Eh, Kinomoto? -dio un paso al frente- Sales huyendo, sucede algo en tu pequeña y atareada vida y sales huyendo. -negó, divertido, una de sus manos jalando sus cabellos- Es increíble lo fácil que tiras las cosas, te deshaces de las responsabilidades con una facilidad envidiable. -dijo- Antes tropezabas o te quedabas dormida, pero aún así te hacías cargo de las cosas.

Ella frunció el ceño, esto no era lo mismo. Él no sabía.

-Supongo que así es tu vida ahora, ¿no? -se jactó- Te vas, tomas una peluca, unas lentillas, pasaportes falsos y tomas un avión. -dijo- ¿Cómo te llamarás ahora, eh? ¿A dónde huirás ahora?

-No sabes, ¡no sabes nada! -reprochó.

Él le arrojó algo, el chaleco protector de Gia, ella lo tomó por reflejo y lo observó.

-Eres mi compañera ahora. -le recordó- Así que calla y ponte eso, no tomarás ningún avión a mis espaldas mientras tenga que acarrear contigo, Kinomoto.

Apretó la tela entre sus dedos, Kero la observó con duda y ella suspiró por lo bajo. Se quitó su campera, cayó a sus pies, procedió a quitarse su blusa pero él la siguió observando directamente a los ojos. Colocó el chaleco en su torso cubierto únicamente por su brasier y recogió su chamarra.

-Listo, compañero. -dijo ella entre dientes.

Todo se volvió negro luego de aquellas palabras, Gia estaba ansiosa por tener todos los lujosos detalles. Allí estaban los veintiséis, Kelian a un lado de Gia en el centro del semicírculo mientras el resto de sus compañeros esperaban una palabra.

-Hola, hola. -saludó, cantarina- ¿Qué noticias traen, pequeños?

Ella no perdió la vista del traje gris y la corbata roja, los pies descalzos y los gemelos en sus muñecas. Gia estaba haciéndose pasar por Shaoran en el Concilio mientras les compraba tiempo en Perú, lo sabía.

-Paz me usó para derribar al Aviario. -gruñó ella- Uno de sus chicos se metió en mi cabeza y me robó información la última vez que estuve allí.

La sonrisa en sus labios azules vaciló, Kelian frunció el ceño.

-El Zoológico se retiró de la alianza, el Cielo va a rever sus lazos. -dijo Shaoran- Todos están enfadados, en contra de los métodos del Instituto.

-Perdió la ventaja. -añadió ella- Jugó fuerte contra el Aviario y quedó indefenso, ya no tiene al Zoológico.

Gia aplaudió. Una, dos, tres veces. Aplaudió unas cuantas veces antes de volver a sonreír, contenta. Sakura había dejado de intentar leer a la santa madre tiempo atrás.

-¡Bien! -felicitó- ¡Eso es lo que quería oír!

No sabía por qué, pero aquello la hizo sentir… extraña, desconfiada.

-Paz no confiaba en nadie, por eso no pidió ayuda para ir contra el Aviario. -retomó Li- Los osos están en el Zoológico, Luciana tuvo que confesarlo.

-Sino, perdería credibilidad. -asintió ella- Tuve que decirle que me encargué de los osos, de los siete. -se encogió de hombros- Si se ponía a investigar él, encontraría demasiado y no quise arriesgarme. -mordió su labio inferior- Creo que Luciana sabe de los gatos, creo que sabe que estuve allí. -maldijo en su interior- Por eso entregó a los osos.

Sintió los ojos acaramelados de Kelian sobre ella, como siempre, como si dudara si creerle o no.

-Lo hicieron bien. -asintió, la emoción controlada ya- Todo va de acuerdo al plan.

El plan, pensó ella. Sólo Dios y Gia conocían el famoso plan.

-Estoy… preocupada. -confesó en voz baja, llamando su atención de todas maneras. Observó sus ojos, ella en serio estaba preocupada- Regino quiere un niño. -confesó- Mío y de Kamuy. -agregó entre dientes y Matt frunció el ceño, de pie junto a ella mientras Kamuy y Jonás jugaban al escondite a unos metros de su posición.

-Un niño. -repitió él.

-Tu tío es codicioso, no hace falta que te lo diga yo. -acomodó mejor la bufanda alrededor de su cuello, un mechón detrás de su oreja- Estoy preocupada. -repitió- Creo que ve a Jonás como un obstáculo para dominar el Zoológico.

Matt se volvió hacia ella, dándole la espalda al resto. Su voz era a penas un susurro, un gruñido.

-¿Dominar el Zoológico? -escupió- ¡El Zoológico es más que los lobos del Sur y del Norte! ¡Es- se calló, se mordió la lengua e intentó serenarse.

La nieve seguía cayendo sobre sus cabezas en una lluvia fina y hermosa, los grandes pinos del Bosque Blanco jamás dejaban de estar cubiertos de un velo blanco prístino.

-No voy a darle lo que él quiere. -le hizo saber mientras colocaba su mano sobre el brazo tenso de él- No por el clan, no por las razones equivocadas y no… -rodó los ojos- Y no con el estúpido de Kamuy, por todo lo que más quieras.

Matt no rió, ella chasqueó la lengua y lo soltó. Observó más allá, Kamuy había alejado a Jonás fuera de su rango de audición como ella le había pedido hoy.

-Escucha. -pidió- Yo puedo-

Él la observó, aún podía recordar lo aterrador que lucía con los ojos brillantes y su forma verdadera, sobre todo con cinco metros de altura y unos caninos afilados.

-No. -la interrumpió.

-Ni siquiera sabes lo que iba a decir. -objetó ella, enfadada- Matt.

-No. -dijo él- No. -y retrocedió dos pasos- Es mí hijo, yo me encargo de protegerlo.

Enfadada, la bruja señaló en la dirección en la que los dos lobos se hallaban jugando.

-¡Ese niño no deja de llamarme tía! -le recordó.

-Su verdadera tía, como dices, fue la que te arruinó aquella mano. -señaló la mano enguantada- Y arruinó más que sólo piel y tejido, arruinó tu vida… -mencionó con cuidado- Ésta no es tu familia, no tienes ningún deber con nosotros.

Llevó dos dedos sobre el puente de su nariz y negó unas cuantas veces. No era el momento para volver al discurso en el cual Luciana se llevaba el show. Tomó aire, el aire helado y fresco de invierno, y volvió al ataque.

-Escucha. -ordenó ésta vez- Yo decido por quién vale y por quién no vale la pena arriesgarme, Matt. -le dijo- No vengas con la mierda de Luciana, no por ella corro a éste… -observó los alrededores- ¡Ésta maldita tumba de hielo, carajo! -escupió- ¡Yo quiero a ese niño! -volvió a señalar hacia el par- ¡Tú mejor que nadie sabe que en esta familia la sangre importa una mierda! -se señaló a sí misma- ¡A mí me importa una mier-

Se hizo a un lado a tiempo, una bola azul y violeta impactó contra el pecho de Matt mientras ella sacudía la nieve de su trasero.

-Ayuda. -chilló el pequeño- Auxilio.

Un cuervo, un polluelo. Poe, pensó con preocupación ella y él también. Nahuel había sido despojado de sus alas, el clan lo había dejado volver al Zoológico pero sus alas fueron amputadas y Poe jamás podría dejarle su lugar como líder de la parvada del Oeste.

-¿Qué sucede? -inquirió Matt y ella quiso saber también.

-¡Intruso, intruso! -chilló- ¡Tenemos un intruso!

Su deslizador ya estaba debajo de sus pies y dirigiéndola hacia el Oeste antes de que Matt aullara llamando a su cachorro y le diera alcance.

-¡Mierda-mierda-mierda-mierda! -masculló mientras el viento helado congelaba su rostro descubierto, acomodó su bufanda debajo de su nariz para mayor protección- ¿Y cómo mierda se supone que entraron ahora? ¡CARAJO!

Ni lenta ni perezosa, rodeó el filtro con su huella mágica, así cualquiera ajena a su magia sería dada de aviso. ¡El filtro aún seguía allí! ¡La alarma no había sido disparada, ella lo sabría medio segundo después! Las únicas personas que podían crear agujeros y saltar sin usar un portal eran los Pilares, Tomoyo y Aaron. Cualquier hechizo de transporte sería dado de aviso, ¿por qué los Pilares o Tomoyo atacarían a los cuervos? No, no tenía sentido.

-¿Y ahora qué? -ladró Kamuy desde el suelo, claramente cabreado.

-¡ESO QUIERO SABER YO! -rugió ella, fuera de sus casillas.

¿Necesitaba más escusas para confrontarse con Regino? No quería volver a quedar como la bruja tonta e inútil, le recordaba a su infancia. Ella ya no era una niña.

Corrieron a través del Bosque Blanco y cruzaron el Valle de las Huellas, hogar de los perros, y llegaron al Bosque Viejo, uno de los lugares más silenciosos del Zoológico. El hogar de las aves poseía árboles verdes y con ramas finas y llenas de hojas, tierra fértil cubierta por un manto de césped algo descuidado y algunos matorrales y flores silvestres. Un riachuelo acariciaba su límite, el agua prístina y algunos peces chapoteando.

El chillido de las aves cortó la tranquilidad.

-¡Sáquenle los ojos! -chilló alguien.

Una lluvia de plumas negras, azules y violáceas recibió al cuarteto.

Camille se detuvo, Kamuy delante de ella aulló por todo lo alto mientras daba un brinco. Matt y Jonás se unieron al lobo del desierto y se apresuraron los tres a correr hacia los árboles y arañar su tronco para alcanzar al intruso.

-¡Jairo! -escuchó sisear a su compañero- ¡Maldito perro! ¿Qué haces aquí?

El intruso tenía ojos amarillos como los girasoles, cabello negro y tez oscura. Iba de negro, brazos, piernas y cuello cubiertos por un traje al cuerpo que parecía sacado de una película de acción, debajo de su nariz una máscara cubría su boca. No llevaba armas, no a la vista al menos. En una de sus manos enguantadas llevaba el cuerpo muerto de un cuervo que parecía recién nacido, con varias de sus plumas faltantes. Pudo contar una docena de cuervos volando a su alrededor, reconoció al mayor de los hijos de Poe entre ellos, Hachi. Rondado, furiosos.

-¡JAIRO! -volvió a llamar su compañero y los cuervos se lanzaron sobre el intruso.

Dos alas negras salieron de su espalda, sus manos se volvieron garras y los cuervos lo siguieron entre los árboles.

-¡JONÁS! -rugió Matt antes de salir corriendo tras su cachorro, ella lo imitó y Kamuy le siguió el ritmo.

-¡Es un asesino de Aaron! -rugió en su dirección- ¡Tenemos que sacarlo de aquí!

¿Sacarlo? Ella iba a asesinar al maldito. Alzó vuelo y cuatro esferas de energía volaron hacia el enemigo, ésta presa no se escaparía de ella.

Siete mil kilómetros más tarde y cuarenta grados por demás, volvía a su hogar. A los restos de el, en todo caso. Voló bajo, usaría los focos tratados para hacerse camino al interior y alcanzar el epicentro del incendio, donde sus aves estarían esperándolo.

-¡Tsk!

Esquivó una piedra arrojada hacia su ala derecha, dio la vuelta y se paró sobre una rama despojada de sus hojas y maltratada por el fuego.

-¿Un poco tarde para regresar a casa, no lo crees? -inquirió.

Observó al sujeto, era Sean, el señor de aquellas tierras. Llevaba puesta una chamarra amarilla chillón gigante, así como un casco descansando en su mano.

-Te estaba esperando. -confesó mientras arrojaba la prenda contra incendios al suelo, su pecho desnudo- Te tomaste tu tiempo, Hancock. -mencionó con indiferencia.

No se movió, no movió ni una pluma de sus alas a la espera de la siguiente acción del señor demonio. Sean lo miró con aquellos ojos fríos suyos color gris pizarra, sus manos desnudas a un lado de su cuerpo, impacientes. El fuego seguía a sus alrededores, a algunos metros, aumentando la temperatura del bosque tropical.

-Hablemos. -pidió y él dudó- No leo mentes y soy pésimo intérprete, así que cambia a tu otra forma.

Las formas con la que hablaba siempre seguían un formato de sugerencia, de petitorio. Pero sus ojos y postura, no dejaban opción alguna. Hancock se deshizo de las plumas y cambió sus magníficas alas por un par de brazos, unos pantalones oscuros colgando de sus caderas y un pecho con cicatrices de guerra fue expuesto.

-Mucho mejor. -sonrió- Ahora sí podremos entendernos.

Poco probable, quiso decirle, pero se contuvo.

-En cuanto notamos la condición del Aviario, vinimos a ayudar. -se explicó a modo introductorio.

Vinimos, claro. Él ya había notado la presencia de su compañera, los halcones no tendrían el mejor de los olfatos pero podían detectar una trampa donde sea. Silenciosa y agazapada, esperando por su entrada, la mujer emergió de la nada y acaparó su mirada. El rubio arenoso se encontraba sujeto en una cola alta que dejaba sus mechones largos expuestos. Habían pasado veinte años desde que la hija de Regino se había instalado en Brasil al lado de su señor, Aaron había dudado de dicha acción por varios años; Hancock desconfiaba de la loba hasta el día de hoy. Sin embargo, el dúo había diezmado Brasil, el norte de Argentina, Bolivia, Uruguay y Paraguay con éxito, con mano de hierro y el miedo como su mejor arma. Nada se le escapa al señor demonio, la loba jamás perdía una batalla. El rey y la reina del Sur, nadie podía espetar una sola queja sobre la pareja.

-Los carroñeros siempre están al acecho. -dijo ella, uniéndose al señor- Cuidamos a tus aves. -agregó, seria- A tus polluelos.

-Qué amble de su parte. -respondió, viendo una ventana- He regresado, yo me encargaré de los míos desde ahora.

Fue tajante, decisivo y estaba a punto de marcharse. Sin embargo…

-Nadie más ha venido a ayudar. -le hizo ver el castaño- Nadie. -repitió con fuerza.

Lo observó por detrás de su hombro, escuchando sin oír en realidad.

-¿Debería esperar por alguien? -inquirió él- Somos bestias, no simples animales. -le hizo ver- Ni siquiera la madre naturaleza está preparada para luchar contra nosotros. -frunció el ceño.

No fue Sean quien tomó la palabra, fue Ruelle.

-Entonces, ¿quién derribó tu sagrado Aviario, eh? -siseó con rabia, Sean la observó por el rabillo del ojo pero no logró identificar ira en él- ¡Dos puñeteras semanas cuidándote las espaldas y nos desprecias así!

Inteligente, pero la reina del Sur no era conocida por cuidar su lengua para ella. Honesta, sincera y brutal, todo aquello sin perder su elegancia y femineidad. Una mujer en un mundo de hombres, una bestia salvaje en un mundo de realeza demoníaca. Resaltaba, y no por las cosas equivocadas.

Frunció el ceño, enarcó una ceja y observó al señor de aquellas tierras en busca de una explicación ante tales palabras. Él jamás solicitó ayuda, jamás pidió por ellos ni por un resguardo. Él no era cualquier otro sujeto ordinario, él era el que estaba al mando en el primerísimo primer ejército de su amo y señor. El señor de ambos, el señor de todos.

-Somos tus aliados, Hancock. –fue la respuesta de él.

-Quizás los únicos. –agregó ella.

-Aliados. –probó la palabra en su lengua- ¿Por qué necesitaría aliados?

-Por lo obvio. –señaló él mientras daba dos pasos al frente, ambos brazos abiertos- Por los enemigos en común que ambos poseemos. ¿Por qué más?

Enseñando su interés, se dio la vuelta por completo y los observó de frente, agazapado aún sobre la rama delgada de aquél árbol rostizado. La madera crujió bajo su peso, pronto tendría que encontrar un mejor resguardo.

-Enemigos. –hizo eco de su palabra- Los que invadieron mi hogar. –espetó con curiosidad, profundizando en sus palabras.

-Externos e internos. –se explicó.

-Mejor de quienes están más cerca para clavar una daga en tu pecho, y no a tus espaldas. –agregó ella y de nuevo observó al señor observarla por el rabillo de sus ojos grises.

Claro, pudo reconocer el sentimiento al fin: pasión; llamas ardientes de pasión. Lo que lo atraía, lo que apasionaba al señor demonio y lo mantenía fiel a la loba del desierto era su ferocidad. No lo enfadaba su franqueza pura, su lengua brutal sin ser mordaz. No, él no estaba allí para poner freno, sino para admirarla desde primera fila.

-Enemigos. –repitió él, más dudoso que antes- Sirvo a un amo, él me brida su protección.

Ella bufó audiblemente y el señor demonio asintió vagamente, como si estuviera dándole la razón a un infante ingenuo.

-El mismo señor que te tomó en su corte, Sean. –mencionó con algo más de fuerza, saltando hacia el suelo, poniéndose de pie en toda su altura- El mismo que te dejó a cargo de estas tierras, quien confió en ti para ello.

-El mismo que dejó a cargo a Pía para arrojar casi un milenio de trabajo por la borda, sí. –asintió, irónico- Lo sé, lo recuerdo, todavía le soy fiel. –Ruelle se acercó a él, se colgó de su brazo derecho, los ojos oliva sobre los suyos- Seré directo ahora. –casi le advirtió- No es la única que ha estado buscándote, al Aviario.

Él sonrió ladinamente, casi halagado, pero no lo interrumpió en su diatriba.

-Te quiero de nuestro lado. –confesó- El egoísmo, la avaricia y el deseo que ella demuestra no es para nada lo que nuestro señor Aaron alentó en la señoría demoníaca. –espetó con enojo- Ir tan lejos como para intentar hacer uso de los ejércitos de nuestro señor cuando ella ni siquiera puede sacar a Europa de su estadio decadente; inaudito. –gruñó- Su incapacidad raya lo grotesco, la vergüenza de su estatus.

-No debería ser ella quien esté en la cima de la pirámide. –comentó ella- ¿Has oído lo de los gatos?

Suspiró, sí. Sí lo había oído.

-Y los osos. –gruñó, incrédula- Ni siquiera estaban diezmados por completo, nuestro señor tenía grandes planes para con ellos.

-Una tragedia. –asintió él, de acuerdo con ello- Sólo quedamos tres de las cinco puntas.

-Seguro está esperando el momento indicado para venir aquí y extender una propuesta para el Aviario. –especuló con gracia- Su caída para sacarla del fango en el que está enterrada, por supuesto.

Hancock tenía labia, poder con las palabras; pero estos dos no lo estaban haciendo nada mal tampoco. Claro que él podía ver sus intenciones, sólo un tonto no las vería. Su tierra se hallaba en ruinas, sus aves reducidas en número y sin un amo que se ocupase de sus necesidades; los carroñeros abundaban, como había hecho ver Ruelle. Los peores lobos eran aquellos que llevaban piel de cordero, recordó las palabras de su señor. Claro, él lo sabía. No estaría a la cabeza del Aviario si no pudiera ver cuando él mismo se hallaba en una mala posición, en una mala racha con una mala carta en la siguiente jugada. Pía tampoco había jugado bien su mano, Sean sí. Había sido el señor de Brasil el que se presentó a su puerta a prestar ayuda y respaldo para su gente.

-Mi señor es Aaron. –dejó en claro- Y mi deber es con él, con nadie más.

-Y el nuestro. –asintió la loba, fuerte y claro- Por eso Pía debe salir de la foto, por el bien de nuestro señor.

Hancock observó las murallas de fuego, el humo denso y la vegetación arrasada. Había activado el sistema de emergencia, Micah le había advertido que debería tener cuidado, que el Aviario era el objetivo de múltiples enemigos y que estaban al descubierto. Abandonados, fue el término que utilizó. No quiso creerlo, se creía intocable, inalcanzable. Pero fue soberbio y desagradecido con sus advertencias, con sus avisos. Pía había pedido por él, sus intenciones claras como el agua, pero jamás fue partidario de servir a más de un amo. Jamás siguió a los débiles, jamás a los oportunistas.

-¿Mis aves se encuentran con bien? –quiso saber.

-Nadie llegó a ellas. –le aseguró, el gris pizarra solemne- Tienen agua y alimento, los polluelos siguen en el Aviario.

Él asintió.

-¿Qué es lo que tienes pensado? -inquirió, aceptando su oferta.

Sean sonrió, viéndose victorioso. Micah se lo había advertido, el señor de Brasil caería directamente entre sus garras.

Acarició con las yemas de sus dedos el dije que colgaba de su collar, la pluma blanca que Luciana le había dado casi un año atrás. Ella había recolectado cada uno de aquellos artefactos para ella, para que descubriera su identidad y la viviera a pleno. Para su libertad, para su seguridad… Jamás lo olvidaría. Ahora mismo se encontraba en su habitación, iban a ser las ocho y el desayuno ya se estaba sirviendo, hoy había entrenado con Melek más duro que nunca. Estaba en el camino correcto, estaba creciendo por sí misma y estaba contenta con ello.

Knock, knock.

-Está abierto. -informó mientras dejaba el cepillo en su mesa de luz.

Su caballero entró veloz, cerró la puerta rápido y en silencio y ella lo observó con curiosidad.

-Estaba a punto de encontrarlos en el comedor. -informó- ¿Sucede algo?

-…sí, suceden algunas cosas, dulce. -masculló, aún desde su lugar en la puerta.

-¿Qué? ¿Qué es? -estaba comenzando a preocuparse, los múltiples escenarios maquinando en su mente.

Pero su caballero se tomó su tiempo para reunir sus palabras, ordenar sus ideas y hablar de sopetón.

-Ella dijo que hablaríamos, dijo que habría tiempo y hablaríamos. -él dijo- Dijiste que no tenga miedo.

-…ah. -cayó en cuenta- Lo siento. -se disculpó con honestidad- Supongo que me dejé llevar con Melek y olvidé nuestra promesa.

-Nuestra. -hizo eco él, sus labios crispados.

Tomoyo le sonrió, observó como ella lo rodeaba por detrás de sus hombros y soplaba en su cuello causándole escalofríos.

-De los tres. -aclaró su contraparte mientras dejaba de jugar con su caballero y se paraba a un lado suyo, una al lado de la otra- Hola, extraño. -saludó, risueña- ¿Con algunas preguntas quitándote el sueño por las noches? -se burló, una risa cantarina saliendo de sus labios.

Tomoyo observó a su caballero, tenso y alterado; ella misma había sido así al principio, antes de aceptar aquella parte suya y dejar de verla como una alucinación de su psique.

-Entonces no estaba alucinando. -espetó entre dientes- Ella estaba allí, ustedes dos. -la observó, en busca de repuestas- ¿Quién? ¿Cómo?

-El quién es sencillo. -respondió ella, calma- Sigo siendo yo.

-Ambas, nosotras. -asintió, bromas a un lado- Y el cómo… -rodó los ojos- Tampoco es muy difícil de imaginar.

-Tú estabas inconsciente. -le hizo ver ella- Y yo creí que estaba alucinando, perdiendo la cabeza… -frunció el ceño- Mantenerme cuerda parecía imposible, me aferré a todo lo que pude… Me aferré a ti. -explicó, una sonrisa vaga en sus labios.

-Matar envenena el alma, somos seres divinos… -frunció el ceño- No podemos caer en terreno mundano, en el odio y la venganza.

-Pero lo hice. -cerró los ojos- Por eso ella está aquí.

Lo observó pensar, parecía una tarea exhaustiva y difícil al ver su mandíbula tan apretada y sus labios tirantes. Sus puños cerrados con fuerza y su ceño más pronunciado que antes.

-…yo debí matar al Consejo. -escupió, resentido.

-No. -respondieron ambas, al unísono- Sólo yo debía hacerlo.

-Cargar con una psique fracturada parece un precio bastante pobre, pudo haber sido peor. -alegó, honesta- No hay nada que no sea cierto en un alma fracturada, una ramificación de la personalidad desconocida. -explicó- No inexistente.

-Suena a psicología barata, Tomoyo. -gruñó, enfadado.

-¿No me crees? –ladeó la cabeza, curiosa- ¿No crees que tenía un lado así?

-¿Tan carismático, audaz, suelto y vivaz? –enumeró, algo sonriente, y su caballero la observó incrédulo- No veas únicamente una asesina, -llevó una mano a su pecho- No soy una sádica, no soy un demonio.

-Oscuro, un lado oculto. –tomó ella la palabra- Algo desinhibido, pero no fuera de control.

Él parecía aún más confuso, si se podía decir.

-No comprendo, ¿no es una mini Luciana? –arqueó una ceja- ¿No se meterá desnuda bajo mis sábanas mientras duermo?

Tomoyo lo observó encolerizada, sus mejillas sonrojadas, mientras que su contraparte lo observaba con manos en su cintura, sin emociones en su rostro.

-Cuida esa lengua. –advirtió- Todavía puedo abofetearte por insolente, soez.

-¿Y qué me hicieron ustedes dos? –tiró de su remera sin mangas hacia abajo, hacia su pecho sin cicatrices- Casi muero, derramaste medio litro de sangre sobre mi cuerpo y lo utilizaste como pizarra didáctica; nadie ha dicho nada al respecto y yo me mantuve a la espera, pero necesito algunas respuestas. –observó de una a la otra, inseguro- Y que tú seas dos, en este momento sólo me trae más preguntas.

Un movimiento de su muñeca y su contraparte volvió a lo profundo de su mente, devolviendo algo de cordura a su caballero. Se acercó a él y tomó su mano entre las suyas, la llevó sobre su pecho, el sello sobre su corazón brilló, llamando la atención de él.

-Te lo dije. –le advirtió- Me aferré a lo que pude para mantenerme cuerda, para mantenernos con vida.

Él intentó recuperar su mano, pero ella lo mantuvo allí hasta que él tuvo que mirarla a los ojos directamente; necesitaba que confiara en ella.

-¿Tienes miedo? –preguntó.

-De que hagas una locura, miedo de eso. –masculló- Pero ya es tarde, ¿verdad…? –entrecerró los ojos- Porque siempre estás cometiendo locuras, siempre.

Ella sonrió y lo dejó ir, él no se alejó y ella hizo brillar sus ojos, las marcas en el cuerpo de él cobraron vida. Trazos cruzados, hechos con sus propios dedos y sangre, con su amor; rojo mutó a negro y, luego, se convirtió en lila contrastando contra su piel bronceada.

-Soy la última que queda, y esperan que me mantenga con vida por un largo tiempo. –comenzó por explicar- El Cielo se niega aceptar que cruce la puerta, el Infierno se congelará antes de recibirme… -sonrió con tristeza- Es una jaula distinta a la del Consejo, pero estaré atrapada en este cuerpo por un largo tiempo. –confesó sin un ápice de gracia en su tono- ¿Viste el sello? –inquirió mientras llevaba una mano hacia su propio pecho- Es un corazón encadenado… no creí que fuera tan bonito. Vi el de Sakura, también era hermoso, tan delicado y bello… -sonrió- Las marcas que grabé en tu torso son tan descuidadas, lo siento. –se disculpó, una sonrisa triste en su rostro.

Él la tomó por sus mejillas, la inclinó hacia arriba y coincidió sus ojos brillantes con los de ella; la respiración de ella se enganchó, él acarició su labio inferior con su pulgar y ella cerró sus ojos.

-…si yo muero, tú mueres. –murmuró ella.

-¿Es eso una amenaza? –inquirió, una sonrisa socarrona en su rostro para ocultar el miedo detrás de aquella confesión, del peso de esas palabras. Sin embargo, ella lo sintió. Lo vio en sus ojos cristalinos, en el temblor de su respiración- Dulce, ¿qué hiciste…? –susurró mientras la abrazaba con fuerza- ¿Qué hiciste, por qué?

Ella envolvió los bazos alrededor de su torso, él enredó sus manos en su cabello húmedo y besó su coronilla.

-¿No te lo dije hace un segundo? –respondió ella en voz baja, lagrimas sin caer en sus ojos- Yo también puedo ser egoísta, no voy a dejarte ir, Amads… No mientras pueda evitarlo.

Estaba seguro que le dejaría marcas en sus brazos debido a su abraso asfixiante, tampoco quería dejarla ir ahora. ¿Cómo hacerlo? Si ella era todo lo que le quedaba en el mundo, su alma se la había entregado al diablo pero Tomoyo podía hacer con lo que quedaba de él, lo que quisiera. Seria arcilla en sus manos, estaba seguro que ella haría magia con los desechos que él era.

Bajaron del avión y se subieron a un auto, una hora más tarde tuvieron que cambiar a un vehículo apto para ingresar al Amazonas, lo más profundo posible. Con pantalones ajustados y gafas de sol, Pía se bajó del todoterreno. Ni siquiera un minuto más tarde, Hancock estaba allí frente a ella. Collette permaneció en el vehículo con las ventanas bajas, una sonrisa divertida en sus labios.

-Así que ya estás aquí. –gruñó la peliverde- Bien, porque vine a limpiar tu desastre.

Cruzado de brazos y con el mentón alzado, él la observó en silencio sepulcral.

-Luego tendremos una charla más profunda, pero ahora… -le hizo una seña a la bruja para que bajara, ésta se bajó, pero permaneció junto al auto- He traído a alguien para restaurar el Aviario, guíanos a él.

-¿Charla? –inquirió- ¿Tú y yo?

-Sí, tú y yo. –masculló- ¿No escuchaste que me dejaron a cargo? Tus problemas son los míos, y vine a solucionarlos. Entonces-

-No.

Los ojos de ella se volvieron totalmente oscuros, venas violáceas resaltando a los alrededores de éstos.

-Marca el paso. –ordenó- Te dije que-

-No. –repitió- Yo me encargaré de mis aves. –se dio la vuelta- No necesitamos carroñeros sobrevolando nuestros restos, me haré cargo ahora.

Collette asintió, le pareció algo estúpido pero certero. Pía, por su parte, comenzó a carcajearse.

-No me entendiste, yo no te di una sugerencia. –le dijo- Lo que yo fijé fue una orden, una muy clara y simple: hazte a un lado.

La muñeca de Pía se movió con rapidez hacia un lado, pero Hancock permaneció sobre sus pies, sin inmutarse. Claro, ser el favorito del diablo tenía sus ventajas; y nadie había sido más favorecido que Hancock.

-No estoy aquí por ti, Aaron me envió con ayuda. –confesó ella entre dientes- Preguntó por ti, por cierto. –mencionó- ¿Dónde has estado, mh? Sé que no has estado allí cuando sucedió.

-Oí que Felis fue tomado, ¿se lo hiciste saber? –inquirió él, a cambio- ¿Le has dicho que perdimos a los gatos? ¿Que tampoco quedan osos en el Sur?

Collette observó el cielo, estaba anocheciendo y el fuego arrojaba colores hermosos en el cielo anaranjado, violeta y rosado. ¿Cuánto más tomaría esto?

-No respondiste mi pregunta. –reprochó ella- Él está enojado contigo, no le gustó saber que dejaste el Aviario desprotegido.

Descruzó sus brazos, ojos marrones irisados atentos sobre ella.

-Estuve buscando a los gatos, iba a llevarlos con Tía. –confesó él y Pía casi tropieza con sus pies- No los encontré. –desinfló su burbuja- No creí que el daño era… -observó los alrededores, los muros de fuego- Llegue ésta mañana, el fuego quemó los caídos y sólo dejó huesos para dar sepultura.

La bruja dio dos pasos al frente, trayendo la atención sobre su persona. Inclinó la cabeza en un saludo respetuoso, el ave asintió y ella habló.

-Si no queremos enterrar más de esas aves, será mejor que comencemos a reconstruir su hogar. –propuso ella- Problemas a un lado, Aaron me contrató para volver a levantar el Aviario que mis antepasadas ayudaron a construir. ¿Dejarás pasar esta oportunidad a costa de sus vidas?

Inclinando su cabeza unos centímetros, el ave las guio a ambas hasta los restos colapsados del Aviario, Pía observó a las mitológicas aves, el infame ojo en el cielo de Aaron, el ejército de la muerte. Mientras la señora de Alemania bebía de la vista de los soldados refugiados, la bruja comenzó a sacar los objetos de su bolsa y acomodarlos en el suelo. Camino allí, ambas se habían roseado con agua del mar de Bella Dona, el fuego de sol no podría dañarlas por las próximas horas. Había traído un buen suministro para los siguientes tres días. Mientras finalizaba de trazar diagramas intrincados en el suelo, preparados para canalizar la energía de los objetos y sacrificios del Bestiario, Jairo llegó. Pía lo roció con el agua de mar, así como a los objetos que desparramó en el suelo. El asesino tenía rastros de sangre en la máscara que cubría su boca. Collette había escuchado de las deformaciones de nacimiento de los cambia formas, algunas más notorias que otras; recordaba el nombre de Jairo, el asesino con dientes de tiburón, favorito de Aaron. Una bolsa arpillera empapada en sangre, doce polluelos moribundos o muertos dentro de ella, algunos parecían recién salidos del cascarón.

-¿Está todo lo necesario? –quiso saber la señora, ella asintió y Jairo desapareció en el cielo envuelto en una nube de plumas oscuras.

Ella comenzó.

Había estado allí el día anterior, veía innecesario tener que descender otra vez. Había dado su reporte, había escuchado las quejas de Uriel, con sus cabellos anaranjados tan molestos y sus ojos cian tan extraños. Preguntó por su próxima misión, él le dijo que tendría noticias pronto. ¿Pronto? ¿Cuánto era pronto? Porque veinticuatro horas se sentía demasiado pronto, para ella. Fuuma fue con ella, dejó a Joel a un lado para tener la oportunidad de tomar una misión en solitario, si es que era el caso. Lo cual ella no creía.

El olor a azufre y el calor infernal le dieron la bienvenida, Uriel no estaba allí para escoltarla por los pasillos húmedos y aquello le dio mala espina. Muy mala espina. Caminó directamente hacia la pesada puerta, algo le decía que hoy él la recibiría en sus dominios. Apuró el paso, el zorro a un lado suyo siguiendo el ritmo apresurado. Ni siquiera tuvo que golpear, la puerta se abrió para ellos dos.

-Luciana.

Alguien dijo su nombre, pero ella sólo tenía ojos para observar a su hermana.

-Hell. –mencionó, el aire le faltaba.

Uriel estaba allí, el bastardo sonreía con veneno en sus asquerosos ojos mientras la observaba detrás de su hombro; ella quería arrancarle el brazo y dejar que Fuuma lo devorara con placer.

-¿Por qué nos citaron aquí?

Observó a Camille, quien estaba junto a su hermana mayor. Camille y Hell, Uriel debería haber traído a sus malditos perros para que lo cuidaran mientras ella-

-Vete, Hell.

El carnero, claro. Tanta maldad reunida en una sola habitación, por supuesto que el diablo estaba detrás de ello. Observó a su hermana retirarse, sus ojos verdes observaron sus rubíes mientras se retiraba de allí, sumisa.

Quiso seguirla,

Quiso detenerla,

Quiso-

Pero no lo tenía permitido, Fuuma empujó su nariz detrás de su rodilla para hacerla caminar y adentrarse más en la habitación del dolor. La puerta se cerró y ella se posicionó junto a Camille, a la espera, frente al carnero.

-Un mercenario entró al Zoológico el día de ayer, -informó Uriel- pudimos identificarlo como un asesino de Aaron: Jairo, el tiburón de tierra.

Jairo, el nombre hizo eco en su mente. Lo había visto abajo, en su infierno junto a Aaron. Mercenario, era rápido y fuerte, pero no lo suficientemente listo para ninguna tarea más elaborada que aquella. Silencioso, del tipo aterrador y lleno de secretos.

-¿Cómo entró? –preguntó y sintió a la bruja encogerse a su lado.

-La encargada de evitarlo no hizo su trabajo, eso es obvio. –masculló el demonio y Camille frunció el ceño.

-¿Qué buscaban, qué se llevaron? –decidió cambiar de tema, una picazón detrás de su cabeza obligándola a.

-Dos cuervos, dos águilas, dos halcones, dos búhos, dos buitres y dos gavilanes. –recitó el carnero- Agua, tierra y vegetación de sus hogares.

-Dos de cada uno… -murmuró ella- Un macho y una hembra.

-Casi todos polluelos. –agregó Uriel- Entró y salió impune, lo detectaron atrapando al último par.

Sí, Jairo era bueno, ella lo recordaba correctamente. Guardó silencio y esperó por las órdenes, a ella no la llamaban para darle un informe de movimiento en el Zoológico, ella merodeaba el Pantano de la Cruz una vez al día, nada más.

-Lo detectamos. –informó, jactándose de la bruja- Los sacrificios fueron entregados hace algunas horas desde el Amazonas.

Ambas mujeres lo observaron, el objetivo obvio ahora.

-Vayan. –ordenó el carnero- Investiguen.

-No lo arruinen, para variar. –siseó Uriel y las luces se apagaron, la puerta se abrió para que se retiraran.

Aguantando el veneno, ambas mujeres salieron y siguieron el camino hacia la salida en silencio. El pequeño zorro comenzó a arrullar y gruñir, la rubia lo oyó claramente y se detuvo para alzarlo en brazos, la pelirroja esperó por ella y retomaron el camino juntas otra vez.

-Vamos a saltar. –le informó el Pilar.

-¿Ahora? –sonó desprevenida, la rubia lo observó de soslayo- Debo ir por Kamuy antes.

Kamuy no tiene órdenes de asistir, estuvo a punto de decirle. Sin embargo, recordó su escena en el Instituto, recordó porqué ella fue citada allí y porqué su hermana también tuvo su papel en la obra. Claro, ella no tenía permitido un ápice de felicidad. Entonces, pronunció una oración distinta a la original pensada.

-Será mejor que tengas alguien que cuide tu espalda. –señalar debilidad y desinterés por su seguridad, alguien debía ser el malo y el papel había sido escrito para ella- Andando.

El portal se abrió bajo sus pies, ambas cayeron de pie dentro de las cuevas del desierto; el ambiente se tensó de inmediato, sobre todo cuando observaron sus ojos sangrar carmesí brillante. Un lobo enorme, ojos como el carbón y pelaje dorado; gritos, rugidos, zarpazos y sangre, el recuerdo de Regino vino a ella como un soplo de brisa fresca. Sonrió, él la observaba como una presa observaba a su cazador.

-Kamuy. –se apresuró a llamar la pelirroja- Tenemos trabajo, ven.

No se perdió los ojos de Regino sobre la bruja, la forma en que sus caninos se expusieron por sobre su hocico. El alfa del Sur seguía siendo una fiera, su popularidad demasiado llamativa. Cambió su enfoque, Kamuy se acercó a ellas con paso rápido, sus extremidades rígidas y preparadas para saltar. Ella separó sus labios, expuso sus colmillos, dos o tres centímetros más largos de lo normal, y él gruñó por lo bajo.

Corre, quiso gritar. Huyan, huyan lejos de mí. En cambio, sólo dijo:

-¿Nos vamos?

Y no esperó respuesta antes de arrastrarlos dentro de otro agujero, Brasil a la espera de su llegada.

La nostalgia la invadió, era inevitable. Eran los tres de nuevo en el ruedo, ¿cómo su mente no jugaría con ello? Su mano ardía como fiebre, picaba y llamaba su atención… la realidad tan difícil de olvidar. Aterrizaron próximos a un foco que estaba siendo tratado, gotas de agua los empaparon y comenzaron a correr hacia las llamas. Kamuy y Luciana tenían un olfato sobrehumano, ella los siguió en la oscuridad sin temor.

Había fallado por muy poco en el Zoológico, el maldito había traído un hechizo de transporte y lo utilizó un milisegundo antes de que ella diera el golpe final. Jonás se había roto una pata delantera intentando arrebatarle a los polluelos moribundos, el cachorro salió de la carrera y los adultos se volvieron más locos en su carrera. En un momento, Matt comenzó a escupir bolas de luz de sus fauces y Kamuy lo imitó, bolas de fuego en su lugar. Los cuervos no se rindieron, aunque algo más lentos que el trío, lo siguieron desde los cielos. Ella misma se fijó como objetivo su cabeza, esferas de energía más pequeñas, más veloces y explosivas: quería que explotara como una sandía. Sin embargo, sus alas se desvanecieron y cuerpo comenzó a caer en picada cuando el último de sus ataques fue lanzado. Ambos machos esperaron en el suelo, jadeantes y a la espera de un bocado jugoso. Grande fue la sorpresa de todos cuando Jairo explotó la canica en sus manos y fue tragado por un as de luz, escapando con éxito de una muerte segura.

Necesitaba redimirse, necesitaba esto.

Luciana se detuvo, ellos la imitaron. Sus ojos brillantes eran faros en la noche, ella señalaría el camino correcto.

-Tendremos que- comenzó a decir en voz baja, cuando el pequeño zorro que la acompañaba se arrojó contra su pecho para sacarla del camino. Kamuy también había tirado de ella hacia un lado.

Con su rostro enterrado en el pecho de Kamuy, sus rápidos latidos eran audibles para ella. Observó hacia su rostro, una roca había arañado su mejilla. Se empujó hacia arriba y se incorporó, estaban bajo ataque. Creyó que las aves del Aviario los encontraron antes, pero su atacante carecía de plumas. Luciana ya estaba de pie, algo de tierra y hojas secas en su cabello, aquél zorro con dos colas estaba junto a ella y con los pelos del lomo erizado.

-Esta tierra está fuera de tus dominios, Pilar del Infierno. -mencionó en un tono medido y formal- Sugiero des la vuelta y te marches, aquí no hay nada para ti y tu gente.

Su compañero estaba a un lado suyo, sus músculos tensos y su respiración irregular. Claro, ella reconoció a aquel sujeto por las fotografías.

-Sean. -mencionó Luciana, aburrida- Debí haberlo sabido mejor.

La luz de las llamas era reflejada en el pecho cincelado del señor de Brasil, su cabello perfectamente hacia atrás y unos pantalones rectos abrazando sus largas piernas. Sus ojos eran el rasgo predominante, cuan aterrador podía llegar a ser aquél tono grisáceo en los ojos de un demonio.

-Hueles a humo y menta. -mencionó la rubia- ¿Tomaste un baño con hiervas para limpiar la sangre de los polluelos que sacrificaste el día de ayer? -directa al asunto, a los negocios.

Sean no respondió, pero algo a su derecha llamó su atención y la bruja siguió su mirada.

Su respiración se atoró en su garganta.

-¿Aún no te has cansado de un ser tan repulsivo? -inquirió la rubia con veneno en su voz, el señor demonio frunció el ceño mientras la otra rubia se posicionaba a su lado.

-¿Repulsivo? -inquirió, enfadado- Escuché que volviste a tener problemas con tu podrida cabeza, pero veo que es peor de lo que creí.

Cuanto deseaba volver a ser caballero de Luciana, al menos mediante la conexión de su sangre podría tener una idea de su plan de acción. Ahora, sólo podía valerse de la experiencia y reflejos rápidos. Observó por el rabillo del ojo a su compañero, sus ojos ya eran salvajes y sus colmillos sobresalían, seguramente sus garras también estarían presentes en sus dedos.

-Le estaba hablando a Ruelle. -masculló mientras su piel tomaba un color rojizo anaranjado y se lanzara contra él.

La loba estaba allí, aún sobre sus dos piernas, interceptando el ataque del Pilar. Sintió a su compañero tensarse y recordó sus palabras: "Ruelle es peligrosa, aléjate de ella" Pero Luciana tampoco era una mujer para no tener en cuenta. Flexionó su brazo y su codo izquierdo impactó contra la mejilla de la loba, enviándola a volar a un lado. Mientras se estrellaba contra un árbol, observó el proceso de cambio en su cuerpo y cómo la mujer se transformó en bestia.

-¡KAMUY! -gritó mientras un juego de sais aparecían en sus manos y enfrentaba el bloqueo de Sean- ¡CAMILLE!

Y ambos sabían que la Loba del Desierto era toda suya, que ella tomaría al señor demonio. Kamuy, siguiendo el ejemplo de su hermana, saltó sobre su forma animal mientras Camille se elevaba en su plataforma y comenzaba a recitar un hechizo de viento para abrir el camino hacia la izquierda, un campo de batalla para los hermanos Dearest. Ambas bestias saltaron sobre el otro, caninos descubiertos y listos para el ataque. Gruñidos, mordidas y zarpazos, embestidas y corridas. La bruja siguió todo el encuentro, a la espera de una palabra para apoyar a su compañero. Ella sabía que, con la sangre del lobo que persigue el sol, Kamuy estaba en otra liga distinta. Pero ella no creyó que atacara a la loba en serio, después de todo ambos compartían la sangre de Regino por sus venas, el mismo apellido.

-¡Apártate Ruelle! -gruñó, su hocico arrugado mientras la loba se levantaba del suelo, donde había sido embestida- ¡¿Ahora vas a matarme?!

Pero ella no respondió, afirmó sus pies sobre el suelo y escupió algo de sangre. Además de ello, se encontraba en perfectas condiciones y dispuesta a seguir con la lucha.

-Kamuy. -llamó ella, preocupada.

-¡No te metas! -fue su advertencia mientras volvía al ataque.

El pelaje de Ruelle era de un rubio arenoso, casi albino, mientras que sus grandes ojos aceitunas resaltaban como faroles. Era delgada, pero no pequeña; estilizada, rápida y se escabullía con facilidad. Kamuy se lanzó hacia ella y la loba brincó por encima de su hermano, mordió su cola y tironeó con fuerza; Kamuy aulló de dolor y Ruelle clavó sus garras sobre los muslos de su hermano, arrastrando hacia abajo y abriendo la piel para hacerla sangrar. Kamuy arañó el rostro de ella, las tres marcas cruzando su párpado pero sin sangrar.

-¡RUELLE! -rugió- ¡APÁRTATE! -repitió su anterior comando- NO ESTOY JUGANDO CONTIGO, MALDITA SEA.

La loba retrocedió un paso, Camille clavó sus uñas en sus palmas, haciéndolas sangrar por los nervios.

-Ya no soy una cachorra, hermano. -habló ella- Y ya no eres mi dios.

La bestia volvió a ser una humana, sus manos con garras afiladas mientras corría de frente hacia el lobo carmesí, con ojos salvajes. Él también corrió, ella saltó sobre su lomo y él se arrojó al suelo y rodó; pero Ruelle no aflojó su agarre mientras causaba tanto daño como podía con sus manos.

Vio sangre.

Se volvió loca.

La plataforma debajo de su pies se desvaneció, cayó sobre ambos hermanos con sus manos oscurecidas. Recogió algo de aquel cabello arenoso y tiró, exponiendo su cuello, mientras sujetaba la carne con la otra mano. Oyó un grito, luego sintió dolor y, después de eso, la sangre sobre su mano. De ella o de Ruelle, no lo supo entonces. Tiró más, ignoró el dolor sordo y la forzó a salir de encima del cuerpo tembloroso de su compañero.

Las dos rodaron por el suelo, ella no quiso soltar el agarre, pero el dolor estaba siendo una molestia. Ruelle había desgarrado la piel de su mano buena, con la que había dejado su cuello al rojo vivo. La vio ponerse de pie y ella la imitó, su mano buena acunada en su pecho.

-Oí que una bruja negra cuida el Zoológico. -masculló con voz ronca, una mano alrededor de la zona afectada- Que mi padre la hizo su protegida y mi hermano su compañera.

No dijo nada, no tenía por qué hacerlo.

-Vigila la mano que hoy te da de comer. -advirtió- Porque será la que mañana te extinga, bruja.

Sintió a Kamuy ponerse de pie, aún sobre sus cuatro patas.

-Ru-Ruelle. -murmuró, su tono preocupado- Her-mana.

Pero no había preocupación en el rostro de la rubia, en sus ojos. Había indiferencia y desapego, frío.

-Pronuncias el título como si te importase. -escupió- Hermana, tú dices. -lo observó con algo similar al asco- Tú no tienes hermana, Kamuy.

-Ruelle. -rugió, de dolor o rabia, la bruja no supo.

-Y mi hermano ya no lo es más. -agregó.

Kamuy aulló, escuchó el ruido sordo de su caída unos segundos después. Lo observó de reojo, estaba de rodillas y lleno de sangre. Tanta sangre que Camille dudó que fuese toda suya, pero las heridas en el cuerpo de la loba no eran tan profundas como para sangrar de ese modo a excepción de la que ella causó en su cuello.

-Herma-nita… -la sangre se escapaba de sus labios, la loba había perforado algún órgano.

La mano de Camille desprendió algunas chispas violetas, aún podía lanzar ataques pese al dolor que siempre le causaba aquella mano marcada por Luciana. Si dejaba a Ruelle escapar, Luciana tendría que enfrentarla a él y al señor demonio a la vez. No, ella aún podía incapacitarla o herirla de gravedad.

Rápida, murmuró un viejo hechizo de parálisis, más potente que el que le había lanzado a Kamuy meses atrás. La loba lo esquivaría, así que lanzó tres. Ella fue rápida al evitar el primero, el segundo dio en su brazo derecho y el tercero fue interceptado por una roca.

-¡BARRERA!

Fue… un reflejo. Un deja vu, una sensación de volver a vivir aquella situación en el pasado. Luciana daría la orden y ella la cumpliría al pie de la letra en forma veloz. Levantó la barrera, atrapándola a ella y a Kamuy de manera protectora de un ataque de llamas negras del Infierno. Un minuto más tarde, el fuego se desvaneció, pero ella no bajó la barrera. Retrocedió y se arrodilló junto a Kamuy, las heridas de su cuerpo ya se estaban regenerando, pero la sangre aún le daba un aspecto de terror. No estaba inconsciente, pero sus ojos permanecían cerrados fuertemente.

-Kam… -lo llamó, pero nada- Kamuy, necesito que te levantes. -masculló.

Tiró de su brazo, él gimió y ella lo ignoró. Lo pasó alrededor de sus hombros y tiró de su peso muerto, pudo moverlo algunos centímetros, pero no fue suficiente.

-Todavía estoy en condiciones de luchar. -escuchó mascullar a Luciana- Mira a tu loba. ¿Éste es el dúo imbatible del Sur?

Observó a través de la barrera, Luciana estaba delante de ellos, dándole cara a Sean, quien tenía a Ruelle bien sujeta a su costado. Su hechizo había paralizado una mitad de su cuerpo, la que estaba sostenida por el señor demonio. El castaño había cambiado sus ojos gris pizarra por unos color onix, y su piel bronceada por una gris metalizada. Luciana seguía con aquél color rojizo, seguramente sus ojos brillaban como llamas todavía.

-Yo también sigo de pie, Luciana, no te equivoques. -gruñó él- ¿Cuánto resistirá la barrera de la bruja? ¿En serio crees que tu lobo puede matar a la mía? -aquellos ojos oscuros la observaron a ella- Puedo matarlos a ambos, para que no estorben en nuestra lucha.

No pudo soportar aquellos ojos, desvió su mirada hacia la espalda de la vieja reina, a la espera de… ¿De qué?

-Y tú te olvidas de algo, Sean. -advirtió.

El señor frunció el ceño, apretó el agarre alrededor de su loba.

-¿Qué cosa?

El suelo tembló, ella también reforzó su agarre alrededor de su compañero. La tierra se hundió, la luz pareció abandonar aquella parte del mundo y sólo pudo hacerse de su sentido de la audición.

-Que en el campo de batalla solo veo enemigos. -se jactó Luciana y ella se empequeñeció sobre sí misma.

Hubo un rugido y la tierra dio otro temblor, más fuego oscuro fue lanzado y la luz aún seguía sin aparecer. Azote, algo se estaba azotando contra un objetivo desconocido y, luego, un aullido. Kamuy se removió a su lado, tal vez reconociendo el aullido de su hermana. Escuchó gruñidos humanos y animales, quería saber lo que estaba sucediendo.

-¡Kamuy! -siseó ella y una pequeña llama apareció frente a su barrera.

Era aquel zorro de dos colas quien hacía temblar el suelo bajo sus pisadas, ahora era tan alto como Matt cuando luchó contra Felis en el Valle del Crepúsculo. Luciana estaba de pie sobre su cabeza mientras la bestia se enfrentaba a Sean, quien tenía la forma de un verdadero demonio. Armadura por piel, como Joel, y cuernos en sus sienes.

-Rue-Ruelle. -masculló su compañero y ella buscó el paradero de la loba.

Recostada junto a un árbol, no muy lejos de su ubicación, de nuevo en su forma lobuna. Su cabeza a un lado, observando el combate entre ambas fuerzas sobrenaturales.

-Tenemos que movernos. -mencionó ella.

Aún debían completar su misión y dar con los sacrificios que fueron los polluelos secuestrados del Zoológico. Ruelle ya no era una amenaza, Luciana estaba tomando a Sean y ellos debían moverse ahora mismo.

-¡Kamuy! -llamó, tirando de él- ¡Tenemos que avanzar!

Pero él seguía observando la figura de la loba. Ella debió de notar su mirada, porque se volvió para observarlos también.

Nada, no sintió nada en aquellos ojos verdes. No habían sido palabras vacías, Ruelle no miraba en Kamuy a su hermano, no veía nada en él. Aquello le dolió, le dolió porque sabía que le estaba doliendo al lobo del Sur.

-Kam. -volvió a tirar- Kamy, vamos.

Y, esta vez, él se movió.

Hubo una gran explosión en dirección Oeste, de allí se sentía la presencia del señor de Brasil y el Pilar del Infierno.

-Sean la está reteniendo. -escuchó hablar a la señora de Alemania- No te detengas, él se encargará de sacarla de su territorio. -le dijo- Si es que para algo sirve.

Haciendo caso a Pía, ella siguió adelante con el hechizo. Se encontraba a la mitad de éste, aún quedaba otro día y medio por trabajar. Hancock no se hallaba muy lejos de ellas, había agrupado a las aves alrededor de ellas ya que habían tenido que abandonar los restos del Aviario para dejarla trabajar. Varias aves habían sido alcanzadas por las llamas y estaban heridas, las mismas llamas que se agrupaban a su alrededor aún. Pía envió a una bruja por más agua a Bella Rosa, para salvaguardar a las aves mientras tanto.

Un temblor, otro más.

Observó a la peliverde te reojo, masculló algo por lo bajo y la observó desaparecer en la dirección donde la batalla se estaba desarrollando. Ella tomó el tubo de ensayo con la sangre de ángel y la llevó a sus labios mientras el pentagrama bajo sus pies se iluminaba con una luz celeste pálido, debía levantar las guardas antes de finalizar la restauración del Aviario. Era como bordar, como hilar, debía crear los patrones del entramado para que fueran resistentes, más que antes.

Escuchó el aleteo, sintió algunas plumas caer sobre su cabello antes de oírla. Estaba poniendo toda su concentración en su tarea, así que no tenía tiempo para ella. Tampoco le dedicó su atención una vez que la notó, ¿por qué? Hancock y las aves estaban allí, ellas podrían encargarse de su pequeña hija mientras ella terminaba su tarea.

"No voy a darte una falsa sensación de seguridad, porque eso no existe"

Ella estaba allí, su progenitora.

-Son las aves. -oyó a Kamuy decir- Es el Aviario, están reconstruyendo el Aviario.

Habían cuervos, halcones, zopilotes y búhos, habían águilas y estaba su madre, había una bruja utilizando magia negra para reparar el Aviario que Paz había dañado con tanto esfuerzo.

Ella estaba allí, en el epicentro, los cadáveres aún frescos de los polluelos presentados a su alrededor. Ella estaba rodeada de ellos, presentados allí como apetitosos platos para su deleite. Sangre empapaba sus labios y ella podía imaginarla drenar las aves con su boca sin problemas. Habían pentagramas intrincados grabados en la tierra debajo de ella, frente a los restos del plano de las aves de presa.

-…madre. -llamó ella, pudo sentir a Kamuy congelarse a su lado.

Claro, el parecido no existía entre ambas. Ella podía asociar los pómulos hundidos en los gemelos Dearest, los cuales heredaron sus primogénitos. La pequeña nariz respingona de las gemelas Pilares. La forma de los ojos de Jonás, tan enormes y expresivos como los de Ángel. Incluso Sakura y su hermano compartían el mismo porte, la línea en sus hombros. Ella, en cambio, no tenía ningún rasgo compartido con Collette Pratt.

-¡CAMILLE!

Había un enorme ave dirigiéndose hacia ellos, Kamuy dio la vuelta y comenzó a huir de allí. Ella siguió observando hacia atrás, donde la magia ocurría. Su madre seguía murmurando, ella podía ver sus labios moverse rápidamente, jamás rompiendo su contracción.

"No estarás a salvo en ningún lugar. Jamás"

Sintió algo rozar su mejilla, luego algo líquido.

-¡CAMILLE!

Llevó su mano allí, era su sangre. Una pluma había sido arrojada hacia ella como si se tratara de una daga, le había cortado la piel superficialmente. Se aferró a Kamuy, enterró su rostro contra su cabeza peluda y no oyó nada más que el sonido de su corazón estallando contra su caja torácica.

No, jamás habría un lugar seguro para las pesadillas con su madre.

Éxito, el éxito era la sensación que sacudía a su cuerpo en un frenesí pasional. La culminación, la perfección, el logro y mérito de tanto esfuerzo y sacrificio bien logrado. Decidió que, como un etapa culminada, algo debía cambiar. Algo externo, algo… algo nuevo para expresar su felicidad. Pero, también, el inicio de algo nuevo, de más y más trabajo arduo por delante. Por eso, observó su reflejo frente al espejo y decidió cambiarlo.

Una forma infantil, asociada fuertemente a la inocencia y fragilidad. Una figura que no fuese tomada en serio, no tenida en cuenta a la hora de ver enemigos. Ciertamente, su personalidad siempre astuta, afilada y soez jamás la dejaron en vista como tal. La oposición, la antítesis entre su figura y su ser fueron planeadas a detalle. Verse como una criatura frágil con más actitud de la que debería, le encantaba.

Sin embargo, hoy ella estaba ala cabeza. Hoy era la depredadora, no la presa.

Pasó una mano por sus caireles, tiró hacia abajo, el cabello estirándose liso como masa en sus dedos. Lo dejó a media espalda, los tonos mieles, castaños y chocolates brillando en su melena. Tomó sus mejillas, levantó sus pómulos y eliminó la redondez infantil en aquél rostro. Ojos almendrados, cejas más finas, pestañas más vaporosas, labios más carnosos y nariz más afilada. Un busto promedio, cintura angosta, caderas más anchas, muslos llenos y piernas más largas, al igual que sus brazos. Una sonrisa en sus labios azules, atrás quedó la figura infantil para dar paso al cuerpo de una mujer en la cúspide de su esplendor. La manzana del árbol, nunca más tentadora que antes.

Escuchó el aleteo de sus polluelos, era hora de cruzar la puerta.

Nadie estaba allí para recibirla en aquella ocasión, ella misma se abrió paso por las escaleras de Central hasta abrir la puerta de la oficina de su viejo amigo. Él estaba allí, frente al ventanal, el amanecer sacando reflejos dorados en su piel. Lo observó a detalle, más de doscientos años de amistad entre ambos y jamás terminaría de entenderlo, él seguía guardando tantos secretos y misterios para ella.

-Todavía espero que ese amanecer culmine, todavía tengo fe de ver el sol en el cielo y no sólo en el horizonte. -confesó ella, abriéndose paso dentro.

Él la observó, sin duda alguna curioso ante su nueva imagen. Claro, él siempre observó a la pequeña niña, él siempre la conoció en su momento peor. Hoy no, hoy se veía campeona, a la cabeza.

-Hola, viejo amigo. -saludó, posicionándose a su lado, una sonrisa alegre en sus labios- ¿Por qué tan serio hoy?

Tomó algunos segundos, seguro se estaba adaptando a su nueva imagen.

-Gia. -reconoció al fin- Luces…

-¿Sí…? -apremió, divertida.

Pero él negó, ella se rió de él. Paz volvió a observar el amanecer, la sonrisa de ella comenzó a extinguirse, la tensión y la seriedad inundaron la oficina.

-Está todo jodido, ¿no es cierto, viejo amigo? -inquirió ella- Derribaste el Aviario. -él asintió una vez- Podría haberte ayudado.

-No venía al caso. -desestimó- No como ahora, Gia.

Entre cerró los ojos, no verbalizó sus pensamientos, no arruinaría la oportunidad de brillar.

-Oro está mal, no voy a mentirte. -confesó al fin, verificando sus sospechas- La mitad de ellos estarán en recuperación por seis meses, un cuarto de ellos jamás volverán a pisar el Instituto y, el cuarto restante, no es lo suficientemente numeroso para cubrir las tareas diarias. -informó, tenso como las cuerdas de un violín- El Aviario me costó Oro, casi me lo cuesta todo.

La alianza, la victoria, la cabeza de la carrera; Paz aún no era consiente de todo lo que había perdido, ella podría haberlo ayudado. Ella quería ayudarlo. Pero ambos eran viejos, curtidos a la antigua y amantes del misterio y lo oculto, del drama.

-¿Y Plata? -quiso saber ella- ¿Y los ingresantes? Los retirados, los refugiados en la Villa. -presionó- Todos tus niños son talentosos, todavía tienes bastantes de ellos de seguro.

Él volvió a negar.

-Plata siempre ha sido y será más fiero que Oro, los eduqué para ver por los más jóvenes y comenté la comunidad y los valores de camaradería… -le recordó con orgullo y pesar en partes iguales- Oro siempre será… el alma rota, el corazón con cicatrices del Instituto. Plata sabe que estamos expuestos, no va a salir. Quedarse en el fuerte, proteger a los más jóvenes…

Torció los labios, descontenta. Sólo Paz podía educarlos para que lo desobedezcan, para que siguieran el legado de sus herederas.

-Los más antiguos. -insistió ella- Asciende Plata, fúndelos a Oro y motívalos. -dijo ella- Eres el de las palabras, los has criado a todos y cada uno.

Y tal vez ese fue su error, el cariño, la debilidad, el punto de quiebre del director infame. Ella tomó a sus niños del dolor y el sufrimiento, ellos estaban curtidos y listos para enfrentar el dolor cuando sea, donde sea, por ella. Paz, en cambio, vivía protegiéndolos y apañándolos. Métodos de crianza distintos, dijo él. Figura de autoridad blanda, sabía ella.

-No… -suspiró él- No ésta generación, tuvieron demasiada paz y crecieron con-

-Los criaste así. -reprochó, siempre se lo reprochaba- Mira Oro, tres generaciones dispuestas al todo por ti.

Él levantó una mano en busca de tregua, ella bufó y le dio la espalda. Dos siglos, cuatro generaciones, ella lo conocía un poco, al menos.

-…¿Y tus niños? -inquirió, curioso- ¿Cómo llevas ésta generación?

Lamió sus labios, tenía los mejores niños de los últimos tres siglos, a decir verdad; pero una mujer debía mantener el encanto, la magia.

-Tengo a Kelian. -le recordó ella, calmada- Ellos se encuentran mejor que los tuyos, por supuesto. -lo observó por sobre su hombro, ojos curiosos ensayados en el espejo- ¿Por qué? -sonrió con lentitud- ¿Quieres que jueguen con los tuyos?

Él no le devolvió la sonrisa, pero ella estaba acostumbrada.

-Sí. Algo así. -fue directo- Necesito ojos y oídos, necesito a tus niños para que espíen para el Instituto.

De nuevo, le enseñó su rostro sorprendido. Pero, en su interior, Gia se caía al suelo en medio de una carcajada triunfal. Le tomó doscientos años, le tomó todo eso y más, pero en aquél momento podía decirlo: ella iba a ganarles, ella era la mejor.

-¿Una alianza? -arqueó una ceja.

-Un convenio. -dijo él- Un convenio exclusivo entre el Instituto y tú, con tus niños.

Un convenio, algo por fuera de la alianza de la mesa. Se tomó un minuto, dos, para volver a hablar.

-Mi red es distinta a la tuya. -algo de cierto había allí- Voy a necesitar algunos informes, estoy segura que tienes una lista de personas con las que mis niños trabajarán. Voy a necesitar su información, lo que sea que tengas de ellos, para que estén preparados para todo. -aclaró- ¿Lo entiendes?

Él asintió, señaló su escritorio y ella observó una carpeta de papel madera allí. Para ella, allí estaba la lista. Reconoció nombres, lugares, incluso habían fechas. Cruzando aquellos datos con su información, sonrió en su interior al notar que ella tenía más nombres que él en su propia lista.

-Tengo los informes que quieres preparados, copias para que te lleves y le entregues a tus niños. -ella asintió.

-Kelian vendrá por ellos mañana. -le informó- De todas formas, -comenzó a caminar hacia la salida- Debes arreglar las cosas con tus niños. -le recomendó- No puedes seguir manejándote con Plata de ese modo, les das demasiada libertad. -abrió la puerta- Te lo digo como amiga… Les decimos niños y los tomamos por nuestros, pero tú y yo sabemos que no es así.

Y se marchó.