14, CAPÍTULO CATORCE,

CHAPTER FOURTEEN.


No sé cómo o con cuánta precisión, pero su mirada se encuentra con la mía a través de la distancia.

Mi pulso se eleva a una velocidad indomable, perdiendo el control. Caigo sobre el asiento, soltando el aire de golpe.

Entonces, Shawn desvía la vista hacia el chico junto a mí y el ruido sordo del mundo parece establecerse en un punto donde soy capaz de reconocer tres cosas.

El frío, la noche y la situación.

—Maldición —escucho a James Johnson proferir, siguiendo la dirección de mi mirada—, ¿Shawn Mendes es tu...?

Me quito el jersey y se lo entrego, trastabillando sobre mis propios pies mientras rodeo la mesa de picnic. Ahora mismo, he perdido cualquier atisbo de dominio.

—Gracias por hacerme compañía —le digo—. Fue agradable conocerte, James Johnson, pero debo irme en este momento.

Miro sobre mi hombro. Shawn me espera reclinado contra su auto.

—Espera —pide, sorprendido—, ¿te estás yendo con él? ¿Qué tengo qué hacer? ¿Callar?

Me encojo de hombros, sonriéndole en agradecimiento antes de voltear hacia Shawn. Él se separa del auto y saca las manos de sus bolsillos. Suelto el aliento, convertido en vaho frente a mi rostro, y comienzo a caminar hacia él.

Mientras deshago con mis pasos la distancia impuesta por el destino y nuestros mundos, él hace lo mismo y empiezo a zurcir cada uno de sus rasgos, remendando malas percepciones y reforzando las buenas.

Su cabello oscuro se pierde en el cielo de la noche. Se alza en toda su magnífica altura, en jeans negros y chaqueta. Entonces, están sus ojos. Mirándome, advirtiéndome de la misma forma. Desde la punta de mis pies hasta el último cabello marrón en mi cabeza. Sus ojos son dos gotas claras que ponen mi mundo de cabeza y lo hacen dueño de cada respiro mío.

Empuño mis manos y doy el último paso que nos asegura a menos de un metro de distancia. Cada uno de mis muros están cayendo lentamente a mí alrededor, convirtiéndolo en la única persona capaz de derrumbarlos sin siquiera tocarme.

Shawn no dice nada, tampoco yo. Me observa en el más profundo y cargado silencio, parcial e irracional contra el estruendo de la noche, cruel en discordancia.

Un grueso rulo de cabello cae descuidadamente sobre su frente, sus mejillas están perfectamente enrojecidas por el frío, y sus labios entreabiertos, sin orden alguna sobre ellos.

El aire invernal se siente demasiado espeso entre nosotros.

Hago el más efímero ademán, un intento para decir hola, pero él conquista mi impulso. Toma mis mejillas entre sus manos increíblemente tibias y hunde sus gráciles dedos en mis cabellos. Parece admirado por finalmente poder hacerlo.

Sonríe.

Pierdo por completo la respiración.

Se inclina y yo muero de a poco.

Su rostro se pierde en la curva de mi cuello y me abraza, estrechándome entre sus brazos, alzándome sobre mis talones y mi mundo tambaleante.

Ahora no hay distancias, ni impedimentos. En un santiamén, todo eso deja de existir mientras me siento entre sus brazos, amoldándome a su cuerpo como mi pieza del rompecabezas perdida.

—Te tengo —murmura contra mi oído, sosteniéndome con fuerza.

Mi corazón suelta la última exclamación incrédula, iniciando una danza idílica contra mi pecho, donde todo se asienta y cobra sentido. Envuelvo mis brazos alrededor de sus hombros y le devuelvo el abrazo, poniéndome de puntillas como nunca creí que lo haría. Mis fuerzas son suaves y atolondradas en contraste con las suyas casi posesivas.

Siento su corazón latir directamente contra el mío.

Mi nariz descansa en el hueco de su clavícula, y su aroma está en mí. Elegante, varonil. Y no sé, pero en este momento puedo decir que finalmente he tocado el cielo, siendo este impalpable.

Nos separamos lo suficiente para mirarnos. Mis piernas se entrecruzan con las suyas, su cadera toca la mía. Shawn envuelve con delicadeza mis mejillas y me ve a los ojos, deslizando su mirada por cada rasgo característico de mi cara. Inconteniblemente, hago lo mismo.

—¿Perdiste la voz? —pregunta, sonando ronco.

Una corriente eléctrica persigue la sangre en mis venas, el estímulo es su voz. Parece despertar todo en mi interior.

—No —digo, logrando sonreír a pesar de todas las fuertes emociones que me abruman—, pero estoy considerablemente embriagada por tu cercanía.

Shawn ríe, mandando mi cordura a volar lejos.

—Eres hermosa —dice, como diría a cuántos grados estamos.

Presiono mis labios bajo una ridícula sonrisa que lucha por escapar y empujo suavemente su hombro con el mío.

—Tú también eres hermoso.

En la vida hay cosas innegables. Esta es una de ellas.

—Claro —contesta, riendo.

Literalmente tiemblo por el cosquilleo que su risa me provoca.

Shawn retrocede un paso y se quita su chaqueta. La coloca sobre mis hombros mientras le veo, observando que su vista se detiene por un tiempo específico en la desnudez de mis hombros.

Ha percibido mi temblor como respuesta ante el frío, pero decirle que ha sido a causa de su risa es más vergonzoso. Así que con toda la soltura del mundo, callo. La chaqueta guarda el aroma de su colonia mezclado junto a algo más natural. Diferente. Como café.

Por primera vez, mis hormonas empiezan a rebelarse.

—Vamos —apremia, rozando mi brazo hasta tomar mi mano. Me jala suavemente junto a él, empezando a caminar de vuelta al auto.

Abre la puerta del copiloto para mí. Mientras me acomodo en el asiento, Shawn rodea el vehículo hasta entrar como conductor. Intento no mirar sobre mi hombro, con el temor de encontrar miradas de la fiesta sobre nosotros.

Shawn enciende el auto. Mantiene la marcha constante hasta cruzar la avenida Wright, entonces cambia hasta el carril derecho. Descanso la cabeza contra el asiento, mirándole manejar en silencio.

—¿Cómo estuvo la fiesta? —pregunta, tomándose su tiempo en enfocarme ahora que la carretera se halla tan despejada.

El bosque se extiende a nuestra izquierda, en apariencia interminable. Intento acostumbrarme a la vista de él, tangible, real, en el mismo lugar, espacio... segundo. Tanto tiempo hemos estado oscilando entre diferentes zonas horarias, entre mundos distintos.

—Bien —susurro, bajando la mirada a mis manos—, estuvo bien.

—¿Y tú, bonita?

El pánico insulso se esfuma al oírle. Es como si hubiera necesitado que Shawn trajera esa palabra al ahora para sentir finalmente que es él.

—Igual —respondo—, mucho mejor. —Sonrío—. Irremediablemente mejor ahora.

Shawn me mira de reojo, divertido por mi constante perorata. No me asusta que él vea mis rasgos inseguros, pues los ha conocido desde el principio y los ha aceptado. Me ha enseñado a no escondérselos.

Un silencio apacible se asienta entre nosotros. El aliento vuelve lentamente a mí, disfrutando su momento de lejanía, donde estuvo suspendido ante la vista de Shawn.

Trago saliva y mi ceño se frunce de pronto.

—¿Shawn? —murmuro, con lentitud—. ¿Por qué estabas despierto antes de llamarme?

Él luce un poco tomado con la guardia baja. Divide su atención entre la calle al frente y yo, pero sé que esto primero es más una excusa para no afrontar del todo mi pregunta.

—Estaba... componiendo algo —responde finalmente, pasando sus dedos por sus cabellos. Persigo el movimiento como tonta—. O por lo menos intentándolo. Estaba en el estudio, por eso me fue más rápido llegar a ti.

Juego con las mangas de su chaqueta, debatiendo internamente mil cosas.

—¿Continúa siendo difícil para ti? —pregunto en voz baja.

—No —habla, enronqueciendo involuntariamente—, ya no. No por lo mismo. Es... es diferente esta vez.

—¿Ah, sí? —inquiero, pero aparta la mirada cuando intento verlo—. ¿Por qué?

Shawn sacude su cabeza. No parece listo para soltar una respuesta, así que abandono mi ansia de una, por ahora.

—Ese chico... que estaba contigo —comienza, incierto—, ¿quién es?

Estrecho mis ojos, intentando entender sus palabras. ¿Chico? ¿Qué chico?

—¡Oh, James Johnson! —suelto. Su persona ya había sido desplazada a un recuerdo lejano—. No, no sé quién sea. Lo conocí esta misma noche.

—¿Y cómo terminó dándote su jersey?

Parpadeo. Sus palabras requieren mi total atención, sobre todo por el tono que utiliza, pero reconozco que me hallo demasiado atolondrada.

—Bueno, él estaba ahí, intentando coquetear conmigo...

—¿Coqueteó contigo?

—Dije que lo estaba intentando.

—Mmm.

—Una cosa llevó a la otra y terminó siendo mi temporal mejor amigo —río—. Estoy segura que no volveré a verlo en mi vida.

Shawn asiente, como si no le preocupara especialmente que fuera así. Sonrío, amenizada, y miro por la ventana. Por mi lado, los vecindarios pasan en un lienzo oscurecido. Durante varios minutos, Shawn sólo ha conducido hacia el norte.

—No has bebido esta noche, ¿verdad, bonita?

—Ni una gota —exclamo.

—Bien, entonces tu encanto es natural.

Mi corazón da un salto. Hasta el momento, no sé por qué Shawn me afecta tanto. Intento concentrarme en el camino que dejamos atrás para tranquilizar mi pulso. Todo está tan oscurecido que no podría ver gran cosa si no fuera por los faroles y las luces delanteras del auto.

—¿A dónde vamos? —finalmente me atrevo a preguntar.

—A mi casa —responde—. Pasarás la noche ahí.

—¿Ah, sí? —ironizo.

Shawn rueda sus preciosos ojos.

—Será un camino de media hora, por cierto. —Baila sus dedos sobre el volante—. No quería llevarte a un hotel o algo tan impersonal como eso.

—Está bien —digo, ingratamente feliz.

—¿No estás cansada?

—Un poco —respondo a su vistoso perfil. Por alguna razón, Shawn rehúye a mi mirada—, pero no tengo sueño.

Nunca he estado más despierta en mi vida, como aquí, contigo.

—De acuerdo —dice.

Guardo silencio, observándolo. Shawn mantiene su vista fija al frente. Sus movimientos comienzan a ser mecanizados y no hay otra cosa que me contraríe más.

—Shawn —advierto.

Y él suelta el suspiro retenido.

—Lo siento —murmura.

Asiento con suavidad, pero ni mucho menos desviando mis ojos. Yo no soy caritativa en lo que respecta a él, todas mis ansias egoístas están puestas en Shawn, para apreciarlo y volverme loca por él.

—Está bien —le digo—, entiendo.

—Desearía que no tuvieras que hacerlo —dice, sujetando con fuerza el volante. El tatuaje de la golondrina empieza a resaltar en su pálida piel—. No debí obedecer a Andrew... es sólo que había tanta... atención en mí. No podía exponerte de esa manera. No puedo.

He notado que detrás de cada palabra de Shawn, detrás de cada sentimiento aprensivo, se esconde más, mucho más. Sigo luchando por encontrar la raíz de todo esto.

—No era el momento adecuado —declaro—, puedo comprender eso. Ni tú ni yo nos sentíamos listos, no en realidad.

—Tienes razón —responde reticente.

—¿Qué pasó, entonces?

Suelta una bocanada de aire, desordenando su cabello.

—Andrew no cree que sea conveniente esta... relación, justo ahora, antes de empezar la gira en marzo. Agenda llena y todo eso. Dice que serás una distracción para mí.

—¿Y tú qué opinas?

—Yo pienso que ya lo eres.

—Eso no es tranquilizador, Shawn.

—Míralo de esta forma —dice él, poniéndome sus ojos encima—. Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo y no pienso perderte.

Le sostengo la mirada, sintiendo surgir un débil aleteo en mi pecho. Estiro un brazo y acaricio su mejilla antes de voltear suavemente su rostro hacia al frente. Shawn ríe y se rinde mientras yo enrojezco.

Amigos, ¿huh?

Muerdo el interior de mi mejilla, observando que el boscaje de High Park finalmente delega a vecindarios de la carretera Keele.

La naturaleza de árboles de arce empieza otra vez al cruzar hacia Black Creek Drive. Los brotes crean puntos luminosos en su follaje.

—Está bien —suspira Shawn de pronto—, dime en qué estás pensando.

—En nada —replico.

—Lo estás haciendo —advierte.

—¿Cómo podrías saberlo?

—¿Cómo, África? —contesta, como si mi desconcierto le molestara—. Tu pulgar ha presionado cada uno de tus dedos una infinidad de veces en los últimos minutos y estoy seguro que no has dejado de morder tu labio inferior. Algo que sin duda alguna es difícil de pasar por alto.

Empequeñezco dentro de su chaqueta de olor majestuoso y calor acogedor, asaltada por la sorpresa y la emoción.

Ordeno mis pensamientos antes de animarme a hablar.

—Creo que tu mánager podría tener algo de razón —confieso finalmente—. No soy conveniente para ti. No soy una celebridad, no añado ningún beneficio a tu carrera. Verdaderamente sólo puedo ser una distracción.

—De acuerdo —dice Shawn, despacio. Él puede estar apretando el volante un poco—. Ahora dime el otro lado de tus pensamientos.

—También creo que debería irse al diablo cualquiera que tenga ese juicio retrógrado.

Él ríe, negando divertido con la cabeza.

—Dios, me encanta ese lado tuyo.

—Te encanta que pierda la mesura —aclaro.

—Me encanta que no finjas tenerla —replica.

Shawn gira al este, uniéndose a la autopista 401. La ciudad de Toronto pasa en destellos parpadeantes, atravesando el cristal y reflejándose en nuestra piel. El tráfico es rápido a esta hora de la mañana.

Miro hacia Shawn, observándole conducir con la vista clavada al frente. Él me provoca muchos suspiros y pérdida del raciocinio. La locura y el vacío en mi interior disminuyen cuando él me mira. Me siento menos caótica, fuera de control o a punto de explotar.

De la autopista, pasamos a una amplia carretera, de anchas calzadas, frondosos olmos y magnánimas residencias. Con la sofisticación hecha hogar, me sorprende no encontrar una caseta de seguridad al adentrarnos al vecindario.

Shawn da vuelta en U. Amplias verjas que mantienen la privacidad adentro, verdes jardines salidos de un catálogo y autos de alta gama adornando los caminos de entrada. Un inusual silencio se percibe en el aire, en discrepancia con la inquietud de la gran provincia.

Detiene el auto al final del camino, frente a dos entradas cercadas. Una más vasta que la otra. Shawn presiona un botón de su llavero remoto y la reja principal se abre.

Introduce el auto por el sendero de piedra, finiquitando en una fuente y un pórtico de entrada. Pese a la sobresaliente construcción, sigue habiendo una llaneza en sus muros.

Bajo del auto por la puerta que mantiene abierta para mí, elevando la vista, y mis cejas, hacia las altas paredes blancas y modernas.

Tomo la cálida mano que Shawn me extiende. Nos guía por un extenso y llano jardín; un campo verde pinchado por abetos y pinos balsámicos. La luz de luna delinea nuestras siluetas sobre el césped.

—¿Por qué todo está apagado? —pregunto, observando que, aunque el jardín guarda aspersores y luces desde lo alto hasta lo bajo, aún así la casa se halla sumida en penumbra.

—No he estado aquí por algún tiempo —dice él—. Después de Los Ángeles fui directo a Pickering. El servicio se encarga de cuidarla, pero mientras no haya nadie se apaga todo.

Subimos las escaleras de piedra. Cuando menos lo pienso, Shawn me cuela en el interior oscuro. Escucho un clic al cerrarse la puerta.

Aparece una luz, encendiéndose una tras otra y otra, alumbrando la habitación desde el techo y persiguiendo un camino hacia el fondo.

Shawn activa la seguridad y me lleva a través de la quietud del vestíbulo. Mis tacones eclipsan el silencio al tocar el mármol blanco, ligeramente estridente, como un eco maleducado, y la mirada de Shawn no tarda en seguir la dirección del sonido, curioso. Sus ojos contemplan mis piernas, todo su camino. Me siento sonrojar cuando llega hasta donde el vestido roza mis muslos con su caída.

Eleva una ceja imperceptiblemente y su manzana de Adán trabaja.

—Estás muy hermosa —observa él, sin despegarme los ojos de encima—. Tu cuerpo parece muy... delicado en ese vestido.

Sí, tan delicado como una granada si sigues viéndome de esa forma.

—¿Es ese un cumplido? —pregunto, ladeando la cabeza.

—Es una amenaza para mi cordura —responde.

La sala se presenta frente a nosotros, espaciosa, circular y luminosa. La enorme araña de cristal refleja su luz en los suelos pulidos. Un par de escaleras nacen en cada extremo. Shawn señala las correspondientes al ala derecha.

—Mi dormitorio se encuentra subiendo por ese lado —dice—. Las otras habitaciones están en el ala izquierda, todas desocupadas, por supuesto. Pero, mmm...

—¿Qué pasa? —digo, volteando hacia él.

—Es una larga distancia —murmura Shawn—. Tenerte lejos por más tiempo... teniéndote tan cerca, no creo poder soportarlo.

—¿Shawn?

—Dormirás conmigo.

El aliento queda atorado en mi garganta. ¿Por qué no me planteé esta posibilidad? Estoy demasiado abstraída con él en sí, no necesito más descaros. Pero esto... este es un deseo que ni siquiera noté que quiero.

—¿Ah, sí? —me atrevo a cuestionar.

Él eleva una ceja, amonestado. Me resulta fácil provocarlo.

—Sí —replica—. En la misma habitación, en la misma cama, en el mismo espacio si es posible.

—Te noto muy seguro de ti mismo, Shawn.

Se inclina hacia mí, invadiendo gratamente mi espacio personal con su aroma.

—Eso es porque sé que lo deseas de igual manera —susurra.

¿Es posible...? ¿Es posible que tenga frente a mí a un lector de mentes?

Nah.

—Vamos —musito, cediendo sin control—, llévame a tu habitación.

Shawn sonríe, sujetando mi mano y llevándome hacia las escaleras.

Miro sobre mi hombro cuando un movimiento llama mi atención. Ahora el vestíbulo y la sala se hallan a oscuras, como si una mano fantasmal hubiera apagado el interruptor.

—Luz automática —murmuro para mí, recordando ese detalle proveniente de ese videochat.

Pero Shawn, por supuesto, logra oírme. Me envía una sonrisa por demás consciente, disfrutando el naciente y permanente sonrojo en mis mejillas. La evocación de esa noche trae hacia nosotros una ola de calor y tensión. Siento el agarre de su mano afianzarse. Los músculos flexionándose en su espalda comienzan a distraerme.

Al llegar arriba, no puedo sentirme más acalorada. Los detalles de lo que estoy haciendo empiezan por aguijonear mi cabeza, desconcertándome ante la rápida sugestión que crea mi cuerpo.

¿Shawn lo nota también?

Surge la coincidencia de dos pasillos; el primero rescinde en una puerta de nogal cerrada. El segundo se presenta en el cruce. Es amplio, alfombrado y de tres entradas. La primera, un umbral abierto hacia una especie de tocador. Luego el pasillo concluye en un salón octagonal, dos puertas encarándose y un ventanal con vista hacia un balcón.

—África —dice Shawn suavemente, llamando mi atención antes puesta en los detalles. O la falta de ellos.

No he notado una sola fotografía o la particularidad más simple que me haga notar que esto... esta casa, es en verdad un hogar. Ningún objeto movido de lugar por el olvido de las prisas o el desgano de otras, ninguna magulladura sobre los muebles, un recuerdo un tanto doloroso y tonto, o una planta que no sirva expresamente para la decoración, sino simplemente porque trae vida y afecto al ánimo.

Es como si nadie nunca hubiera vivido aquí o pisado estos costosos suelos. Me apena un poco sentirlo, pero lo siento frío y vacío. Y no me gusta que Shawn sea parte de esto.

—Dime —logro pedir, sofocando el pensamiento.

—¿Qué has dicho a Italy y a Amelia al venir conmigo?

Chasqueo, tomada con la guardia baja. El que Shawn se refiera a mis amigas de manera tan directa y atenta... no lo sé, mueve cosas inmovibles en mí.

—Me temo que no le dije nada a Amelia —respondo, mordiendo mis labios—. Por las prisas se me ha olvidado, pero oh... sé que no me lo dejará pasar. Quizá más tarde reciba su llamada, lo presiento.

Él ladea su cabeza, intrigado por algo que desconozco. A veces creo que cuando Shawn me mira, él ve más allá, detalles de mi persona que trato de esconder al ojo superficial. Me pone nerviosa. —Pero Italy estaba ahí y ella... bueno, ella me animó a venir. No me encontraba muy segura.

—¿Por qué? —inquiere, adelantándose hacia la puerta de la izquierda, aún de mi mano.

—Puesto que... —vacilo un poco—, nunca me he ido con un chico, mucho menos dormido con uno. Quiero decir, de la forma más literal... o no. Mamá tiene este ojo de halcón que siempre evitó que me escapara de casa para verme con alguien.

Inhalo, ridículamente expuesta y algo arrebolada. —No es que eso me haya pasado —me apresuro a aclarar.

Shawn luce sospechosamente divertido a mi costa.

—Bueno, espero que no —bromea.

Antes de que tenga tiempo de preguntar algo tonto y arriesgado como un "¿por qué esperas eso?" él abre la lustrada puerta y me lleva adentro.

Su dormitorio no dista mucho del resto de la casa; igual de pulcro e insustancial. Sin fotografías, sin muescas de su presencia. La pared contraria está cubierta por gruesas cortinas tintas, no estoy segura de qué está ocultando. Hay una gran cama, cubierta por sábanas de sedalina y un par de almohadas esponjosas. Frente a ella un centro de entretenimiento; una pantalla plana, varias consolas, cubiertas de videojuegos, discos y libros.

Una chimenea se incorpora al tiro de la ciudad helada, mezclándose silenciosa en la esquina.

Tiene una recámara enorme, pero realmente no encuentro nada de él en ella. Mi habitación está inundada en libros, ropa y aroma. Quizá algo de eso esperaba encontrar en la suya, pero ni siquiera habita una guitarra.

—¿Dónde estás tú? —inquiero.

Suelto su mano y giro lentamente alrededor, intentando hallar cualquier detalle suyo, el más mínimo y significativo, pero no hay nada.

—No estoy —responde él, encogiéndose de hombros.

—¿Por qué?

—Paso tanto tiempo lejos de aquí —dice—, que he enfriado su calidez y ahora es algo inalterable. He dejado de hacerla sentir mía hace mucho tiempo.

—Ahí tienes una chimenea —digo, señalando el pequeño cañón en la esquina de la habitación—. Quizá deberías agregarle algo de su fuego y algo de tu esencia. Estoy segura que eso puede cambiar.

Shawn me observa como si mis palabras tuvieran un significado ulterior para él.

—Quizá tú eres ese fuego —murmura.

Mi vientre se enciende con su réplica. Es un poco incómodo de sentir teniéndolo así de cerca y con todos esos límites en nuestra amistad. Yo no debería estar sintiendo todas estas cosas. Qué tan ingenua soy.

Pero de pronto, me encuentro incluso más cerca. Un poco más y más. Mis piernas decidiendo por mí, cansadas de mis reticencias. Y él también se aproxima, como si no pudiera evitarlo.

Echo la cabeza hacia atrás, lo suficiente para encarar ese rostro esculpido por el mejor artista. ¿Cómo alguien puede ser tan atractivo? ¿Cómo alguien puede hacerme sentir todas estas cosas incluso antes de haberme tocado o mirado de esa forma? ¿Por qué él?

Se escucha un roce y la ilusión de un pataleo. Son las cortinas, sacudiéndose por el viento frío de la metrópolis. Entonces, detrás hay una ventana y tal vez un balcón.

No importa. El aire gélido llega a mis piernas y las eriza. Son pinchazos un tanto dolorosos y las muevo en busca de calor, coincidiendo placenteramente con las de Shawn.

Me siento descuidada, dejando entrever demasiado de mis deseos interiores. Pero sorprendentemente, Shawn no luce importunado. No, él está... inducido hacia mí, como algo incontrolado.

De pronto, siento un sutil toque en mi pierna. Son sus dedos, recorriendo suavemente la parte externa, subiendo sin compasión y en explotación de la corta talla de mi vestido.

Shawn me observa tomar aliento y su mano se detiene al inicio de mi muslo. Parpadea, despertando de un sueño. Se aleja un paso y aclara su garganta.

—Buscaré algo para suplir tu vestido —dice, con voz ronca. Carraspea, intenta decir algo más, pero calla, da media vuelta y entra por una puerta que no vi antes.

Doy un corto pestañeo, incierta sobre lo que acaba de suceder. ¿Se ha contenido conmigo? ¿Acaso él... me ha deseado?

Buscando un punto donde pueda recaer mi diatriba, acierto con el centro de entretenimiento y sus quid. Pasando de lo redundante, mi vista da con la pequeña biblioteca de Shawn, básica en todos sus sentidos.

Me acuclillo frente a esa indispensable y sublime fuente de vida intelectual y repaso sus títulos. Con un sobresalto, me doy cuenta que la mayoría son libros que yo le mencioné y quizá exigí que leyera.

No persiguen un orden, pero encuentro un hueco entre los lomos. Un espacio vacío.

Me levanto y estudio la cama. Sus suaves sábanas no es lo que llama mi atención. Me acerco al buró y descubro sobre él y debajo de la lámpara un libro.

Mi libro.

Parece tener un marca-páginas escondido en su interior y las esquinas desgastadas, un claro signo de atención sobre sus páginas.

Y luego, me percato de algo más. El único rasgo suyo en este dormitorio, soy yo. Mi vocación.

Tomo el ejemplar, preguntándome, ¿cómo...?

—No fue casualidad —Shawn dice, apareciendo e interrumpiendo mi línea de pensamiento—, no lo descubrí de pronto un día en un aparador fuera de una librería.

Niego, sin saber por qué. Mi corazón comienza una letanía. Shawn prosigue. —Lo busqué hasta encontrarlo. Me tomó días hallar el mejor, el más adecuado, el que más me recuerda a ti. Y lo hice.

—No sé qué decir —susurro. Aún observo pasmada la cubierta del libro.

Fue pintada a mano. Hojas otoñales en los bordes con superficie rosada parecida al palisandro. La portada es gruesa y el volumen es significativo. Es una de las mejores ediciones limitadas.

Mi nombre en negritas se siente como el nombre de alguien más.

Lo siento aproximarse y pegarse a mi espalda. Su brazo quita suavemente el libro de mis manos. Giro hacia Shawn en el momento que él se sienta sobre la cama, llevándome a quedar entre sus piernas, aún de pie.

Sus movimientos son tan cuidadosos y premeditados que me es imposible eludirlos, incluso cuando no quiero hacerlo.

—No tengas miedo a preguntar qué me pareció —dice, aventurándose en el significado de mi silencio.

Es increíble la forma en la que ha empezado a conocerme.

Niego de nuevo, incongruente. No es algo para lo que guardo valentía. Su opinión me importa más que ninguna otra.

—No quiero decepcionarte —confieso, soltando el primero de mis temores.

Intento retroceder un paso, pero me toma de la muñeca, manteniéndome en mi lugar.

—¿Por qué piensas que puedes hacerlo?

Suspiro, apartando el rostro. No sé si estoy preparada para hablarlo. Con él. Con Shawn; la persona que más temo alejar.

—¿Recuerdas...? —paso el aliento, calibrando los enloquecidos latidos de mi corazón. Está bien, estoy bien—. ¿Recuerdas aquella noche?

—Tendrás que ser más específica —responde, elevando una ceja—. Tuvimos muchas noches, unas más calientes que otras.

Golpeo su rodilla con la mía, advirtiéndole con la mirada seriedad. Sonrojarme no es una opción en estas circunstancias. Él atrapa mi pierna entre las suyas. Frunzo el ceño. Él sonríe.

—La noche de películas de hace una semana —aclaro.

Asiente, dejando caer la sonrisa. Resulta claro que hubo un tropiezo al inicio, ya que me había encontrado llorando por algo que él hasta la fecha desconoce.

Recuerdo que eso no lo detuvo de cuidar de mis lágrimas hasta desaparecerlas, aún cuando no pudo verlas.

—Este libro —digo, señalando el ejemplar en su regazo como niño pequeño entre sus dos padres—, fue escrito en computadora. Existe una diferencia abismal a escribirlo a mano. Cuando utilizo tinta y papel mis pensamientos acaban depositados en mis letras, me dejo llevar demasiado. Y la persona que no quiero ser... termina saliendo a la superficie.

—¿Quién es esa persona? —pregunta en voz baja.

—No es alguien linda —respondo, encogiéndome de hombros—, tampoco agradable. Es mi Edward Hyde, si tengo que decirlo. Aunque sin la parte homicida.

Noto que Shawn se abstiene de refutar ese último comentario mío, como si tuviera pruebas para desconfiar. Me emociona que entienda mis referencias literarias. Debo estar haciendo un buen trabajo con él.

Shawn baja la cabeza. Pierdo sus ojos y cualquier atisbo de su rostro. Pero de pronto, siento su mano entrelazando nuestros dedos.

"El hombre no es solo uno —murmura—, sino dos."

Sonrío.

—Nunca creí sentirme identificada con las palabras de R. L. Stevenson —digo.

—¿Qué pasa si llegas a escribir a mano? —inquiere Shawn, acariciando con la huella de su pulgar el dorso de mi mano. La zona se siente sensibilizada a su toque.

—Un sentimiento de culpa me llena —respondo—. No sólo eso. Desencadena una especie de... represión. Desesperación a borbotones.

—¿Ansiedad? —aventura.

—No, no lo creo.

Shawn no parece tan convencido como yo.

—Deberías darle a esos escritos una oportunidad —dice.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque siguen siendo parte de ti.

—Sí, ese es el problema.

Shawn suspira.

—¿Confías en mí? —pregunta después de un momento.

—Sí, Shawn.

—¿Entonces me creerás cuando te diga que ese libro es maravilloso?

—Intentaré hacerlo —respondo, escondiendo una sonrisa.

—Hay una semejanza en lo que hacemos —dice él, observándome—, lo que creamos. No significa que seamos esa persona, pero está ahí, lista para salir a la luz. No somos lo que escribimos, pero tampoco podemos no serlo, ¿entiendes?

—No, la verdad es que no —digo, sonriendo ahora—. Pero creo comprender lo que tratas de decir.

Shawn me jala de manera muy delicada hasta que mis rodillas dan con la cama.

—Debí imaginar que te ocurre lo mismo —susurro, contemplándolo.

Él se encoge suavemente de hombros.

—Lo hace, pero no es igual —dice—. Yo disfruto de mis dos papeles, a ti te consume.

Contorsiono el gesto, evasiva.

—Lo que sí no entiendo es cómo puedes descifrar tanto de mí —exclamo, contrariada.

Shawn niega, exhausto.

—Me ofrecí a ser tus pensamientos —recuerda él—, aún en los peores momentos. Eso implica conocer ambos lados tuyos. Si prometo no temerles, ¿prometes tú no esconderlos de mí?

Con la declaración, viene el golpe de realidad. ¿Mi cuerpo? Entre sus piernas. ¿Sus ojos? Viendo directamente a los míos. Y mi corazón desatado.

—Lo prometo —digo.

Shawn sonríe suavemente.

—¿Sabes? —expresa—. Creo que también le temo a algo.

—¿Oh? —musito, sorprendida—. ¿A qué?

—A este vestido —responde burlón, señalándome.

¡Pues bueno! Ya empezamos.

Resoplo, escapándome de entre sus piernas en represalia. Shawn no dice nada, pero algo me dice que él me permite alejarme.

—Tú definitivamente sabes acabar con los momentos —farfullo.

—Bueno, nadie dice que tiene que ser para peor —replica, divertido—. Podría ser el inicio de uno mejor.

Me aclaro la garganta, obligando a mi mente a no ir más lejos. Sólo... mantenerme en la línea de lo inocente.

—¿Y se puede saber qué momento sería ese? —pregunto.

Shawn arquea una ceja, como diciendo, ¿en serio no puedes imaginarlo?

¡Claro que puedo! ¡Eso es lo que trato de disimular!

De repente, me sorprende entregándome el libro.

—Fírmalo para mí —pide.

Estiro la mano con la palma hacia arriba. Shawn la mira un momento antes de sacar un bolígrafo de los bolsillos de sus pantalones y tendérmelo. Elevo ambas de mis cejas.

—¿Siempre traes un bolígrafo en tus bolsillos?

—Tengo que estar preparado para todo.

Oh, lo haces, ¿no es cierto? Alzo la portada del libro y escribo algo en su primera hoja en blanco. Siempre he considerado mi letra un desastre en cursiva.

Para Shawn Mendes, con cariño y afecto...

África Ruiz

Con una sonrisa orgullosa, le devuelvo el libro. Él lee las palabras ahí inscritas con atención.

—¿"Con cariño y afecto"? ¿Qué demonios significa eso?

—¡Es lo que se usa, Shawn!

—¿Le escribes "con cariño y afecto" a todos? No soy el único, ¿verdad?

Le miro, boquiabierta.

—¡No voy a tener esta conversación!

Shawn rueda sus ridículamente hermosos ojos.

Hay algo perenne en esto. Una situación que marca lo perdurable, un nudo que se afianza hasta ser irrompible. Es más una situación a la que no logro poner nombre, no todavía, y esto explica el por qué de mi ingenuidad en cuanto a saberme unida a Shawn.

No lo sé y no puedo imaginarlo. Aún así me arriesgo y doy todo por salir de la ignorancia. Porque por primera vez en mi vida, todo se siente extrasensorial.

Shawn carraspea, haciéndome notar que me he quedado viéndolo todo este tiempo. Parpadeo y le miro recoger una camiseta azul del final de la cama. Me la extiende mientras oculta una sonrisa.

—No es tu lindo camisón de dormir —murmura—, pero servirá.

Tomo la camiseta, sintiendo la suave tela de algodón bajo mis manos.

—Gracias... supongo.

Me quito la chaqueta y se la tiendo. Me quedo de pie, debatiendo qué hacer.

—Hum... ¿dónde está...?

—El vestidor está ahí —desvía sus ojos y apunta la puerta que no vi antes—, y el baño está cruzando el pasillo.

Le brindo una última mirada antes de salir.

Me quito los tacones, sintiendo el granito del cuarto de baño bajo mis pies desnudos. Vislumbro mi reflejo desvaído en el cancel, sintiéndome pequeña en el cuarto. Aprieto la camiseta contra mi pecho y me tomo mi momento antes de estar lista y volver a salir.

No lo he considerado, pues muy distraída he estado, pero... ¿estoy preparada para dormir junto a un hombre por primera vez en mi vida? ¿Y si ronco o pataleo?

Con súbito temor, me llega otra inquietud. ¿¡Y si soy de las que abrazan!?

Oh, señor. Ayúdame a sobrevivir a esta noche con mi orgullo intacto.

Al volver a la habitación, Shawn no está ahí. Miro alrededor sólo para descubrir un resquicio de luz debajo del vestidor. La chimenea está encendida, desparramando su innata calidez en los lugares más fríos. Rodeo la cama en dirección a las gruesas cortinas, dispuesta a descubrir de una vez y por todas qué se esconde detrás.

Las abro, encontrándome del otro lado un balcón. Un gran balcón con balaustrada, pero sin decoración alguna, por lo que lo más llamativo que guarda es la vista del extenso jardín y el horizonte oscuro de una noche de Canadá. El paisaje es el de un bosque, abundante, pero no extenso.

Escucho el cerrar de una puerta. Al voltear, descubro a Shawn saliendo del vestidor en pantalón de franela y camiseta. La cortina cae de mis manos cuando su mirada da con la mía y, en seguida, con su ropa en mi cuerpo. Es suave y holgada, definitivamente cómoda a la hora de dormir, pero es igual o más corta que mi vestido, algo que Shawn obviamente nota.

Despacio, me tiende su mano y yo la tomo sin saber qué esperar. Entonces, me lleva hasta la cama, hasta sentarse en ella y meterme entre sus piernas. Seguimos haciendo todo esto, comportarnos tan íntimamente, como si la amistad no fuera la etiqueta que nos representa y no sé lo que significa. No por su parte. Por la mía significa un montón.

Por una razón me dejo llevar entre sus brazos, porque sé muy bien qué significa para mí.

Pero, ¿para él?

Sus brazos envuelven mi cuerpo, abrazándome por la cintura. Echa su cabeza hacia atrás, alejando los mechones de su cabello fuera de su frente y encarando mi mirada.

—Me encanta como no tienes idea que estés aquí —murmura—, que estés conmigo.

Suspiro, algo complacida. Su toque abandona mi espalda y desciende hasta mi cadera. Mi cuerpo reacciona, empujándome hacia adelante, encajándome en él con mayor roce. Sus manos se escapan de lo discreto, cayendo hasta la piel desnuda de mis piernas antes de ascender, por un camino erizado, aventurándose debajo de la camiseta.

Es la primera vez que alguien me toca, y que se trate precisamente de él, el único hombre que alguna vez me ha hecho sentir algo... bueno, es caótico.

Pienso en Shawn, sintiendo sus dedos avanzar por mi vientre. Pienso en el hermoso color de sus ojos, puestos firmemente en los míos, y su expresión fascinada se graba a fuego en mi memoria.

Mi estómago se contrae cuando acaricia con la punta de sus dedos mis costillas, llegando al borde de mis senos. Me sujeto de sus hombros. Shawn capta la timidez de mi cuerpo y cambia la forma de sus caricias a algo más lento y cuidadoso.

En realidad, la atención de su toque se detiene justo ahí, tentando la parte inferior de mis senos. La sangre corre a toda velocidad por mis venas, llenando todos esos lugares más sensibles y erizando otros.

Por un pequeño instante, quiero que los tome entre sus manos.

Mi propia voluntad se rebela contra mi decencia, endureciendo mis pezones contra la camiseta. Yo lo noto. Él lo nota.

—Súbete a mi regazo —dice.

Petición u orden, poco importa. Llenaré cada uno de sus deseos, pues son los míos.

Retrocedo, separando mis piernas y subiéndome arriba de Shawn. Muerdo mi labio al sentir mis muslos presionando sus caderas. Sus músculos están duros y tensos, claramente notorios debajo de mí.

Su torso roza mi pecho, su respiración da con la mía. Ambas agitadas. Pone sus manos en mis caderas. Buscando algún tipo de equilibrio sobre sus piernas, me sujeto de sus brazos, careciendo de autocontrol.

Shawn acerca su boca a mi mejilla, sin dejar de observar mis reacciones. Siento la punta de su nariz marcar un camino hasta la curva de mi mandíbula. Me estremezco al sentir su aliento resbalar por mi cuello.

Me falta el aire, y mi pecho no para de chocar contra el suyo, en busca de él.

—Quiero conocerte —murmura en mi oído.

—Ya lo haces —respondo.

—Quiero conocerte de otra forma.

Mi falso dominio estalla con fuerza, dejándome sin aire. Me reacomodo en su regazo, sintiéndome sofocada en sensaciones. Algo increíble e inverosímil tratándose de mí. Pero Shawn suelta un corto jadeo, trayendo a mí un poco de realidad; la forma en que está encajado entre mis piernas, sin muchas prendas de por medio.

Su agarre se afianza en mi cadera. Subo la vista, topándome con el caramelo dilatado en sus ojos. Y me doy cuenta: Shawn es el único hombre al que alguna vez consideraré darle algo de mí.

—¿Me dejarías? —pregunta en voz baja, sintiendo el silencio tenso que desprende mi cuerpo mientras cada uno de mis pensamientos suceden en sólo instantes de segundos.

—Te dejaría —confieso con sinceridad.

Shawn hunde su mano en mi cabello. Acerca su boca a mi mejilla y deja un camino de pequeños besos hasta el pulso errático en mi cuello. Respiro profundamente y tomo puñados de su camiseta entre mis manos. Deteniéndolo o animándolo, no lo sé.

—Tu cuerpo responde muy bien ante mí —observa. Se aleja y busca mi mirada mientras las sensaciones lentamente se desvanecen—. ¿Lo notas?

—Sería difícil no hacerlo —bromeo.

Shawn sonríe y encuentro picardía en la tirantez de sus labios.

Apunto de imitarlo, un bostezo surge primero. Cubro mi boca rápidamente y Shawn suelta una carcajada.

—Vamos a dormir —dice.

Sin oportunidad de regresarme el control sobre mi propio cuerpo, envuelve mi cintura y se levanta, propiciando al instante que mis piernas lo rodeen fieramente, soltando un jadeo ahogado.

Shawn continúa riendo por mis desplantes vergonzosos.

Me abrazo a sus hombros, cuando al voltearse nos lleva a la cama, dejándonos con suavidad sobre ella.

Su cuerpo cae sobre el mío, partes tocándose muy sensiblemente y muy directamente por un instante, antes de apartarse a mi lado.

Despliega las sábanas para mí. Encuentro un lugar tan cálido y suave cuando me remuevo hasta acomodarme. Del otro lado de la cama, Shawn me mira desde su costado, con un brazo debajo de su cabeza y el otro en el espacio entre nosotros.

Quiero estirar mi mano y apoyarla sobre la suya.

Aún con todo lo que hemos avanzado, las líneas que hemos roto, abandono esa clase de audacia, reprimiendo ese anhelo.

Algo me jala con ahínco a querer acercarme, una fuerza en la que no quiero fijarme. Shawn se estira y apaga la única lámpara encendida. El dormitorio se sume en una dócil oscuridad. Ansiosa, lo siento acercarse. Mis piernas se mueven en busca de una calidez que él sólo puede darme.

Le escucho suspirar, bajo e incrédulo. ¿Por qué guarda ese tipo de emociones? Toca mi hombro y traza un camino hasta mi cuello. Con esa caricia, todo aumenta. Mi calor. El frío deja de ser un inconveniente.

Cuando su mano se estrecha alrededor de mi cuello y su pulgar acaricia mi garganta, prende fuego a mis hormonas.

Sé un par de cosas. Es de noche, estamos eclipsados ante dos luces. La luna, que entra en exceso por el ventanal, y la chimenea, mezclándose en plata y café. Estamos tan cerca uno del otro que nuestras respiraciones se acompasan y se combinan y las feromonas inundan el lugar.

¿Cómo puedo combatir contra eso? Fácil, no lo hago. Cedo sin haber luchado.

Shawn toma aliento, tocando mi garganta con su pulgar. Entonces su mano retrocede y sus dedos se hunden en los cabellos de mi nuca. Es halagador percibir su fascinación por algunas cosas en mí.

—África —murmura, pero no es un llamado, es más una declaración. Aunque el sueño poco a poco se adueña de mis ojos, mi interior está completamente despierto, mimado por sus caricias.

Su mano baja, sin separarse un solo milímetro de mi cuerpo. Shawn toma mi pierna y la adecúa encima de él. He parado de buscar explicaciones para sus impulsos. Amoldándome contra su cuerpo, busco el calor que me entrega tan desinteresadamente.

Descubro que es imposible sentir frío a su lado.

Shawn huele tan bien y desprende una calidez tan halagadora. Tiene a mis células revolucionadas.

Busco su mano en la cama, entre nosotros, y la envuelvo en un abrazo contra mi pecho, entrecruzando nuestros dedos. Le escucho reír suavemente. Un meneo en la cama me advierte que él se ha movido, entonces deja un beso en mi mejilla y murmura, —Descansa, África.

—Descansa, Shawn.