No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Alice Borchardt. Yo solo me divierto un poco.

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Algo nerviosa, Isabella entró en el scriptorium cargada con la bandeja. Como había dicho Irina, había una mujer velada, sentada con un libro en un rincón.

—Ah, Isabella. Irina me dijo que encontraría alguna forma de enviarte aquí antes de que terminase el día. Lleva la bandeja a la mesa y siéntate, por favor. Espero que Irina haya puesto bastante comida para dos... Como ves, tengo una invitada.

Isabella frunció el ceño un momento, extrañada, y reconoció a Dulcina, la cantante que había oído la noche anterior en el banquete del papa.

—Si conozco a Irina —dijo sonriendo la cantante—, habrá de sobra para tres.

Dulcina se levantó, tomó la bandeja de las manos de Isabella y la puso en la mesa. Después abrazó a la joven. Confundida, Isabella se envaró y estuvo a punto de retroceder, pero en lo más profundo de su interior, la loba gimió de forma suave e inaudible, y se relajó en el afectuoso abrazo de Dulcina.

La loba despertó del todo, y sus recuerdos llenaron la mente de Isabella. Recuerdos de cantantes de tiempo atrás. Cantantes tan amables, tan parte del mundo viviente, que sus voces tenían poder para llamar incluso a las manadas de lobos de las montañas a los prados frescos y verdes, salpicados de la plata de los abedules y el rojo de los fresnos, donde ella, como el resto de los lobos, se tumbaba a los pies de los cantores. Los más feroces entre ellos en paz con Dios y con el hombre, embelesados por la gloria de la canción.

—Hija de Orfeo —saludó Isabella casi con adoración.

Chloe aplaudió suavemente.

—Excelente. Si hoy no fuésemos todos cristianos, Orfeo sería tu santo patrón, Dulcina.

Isabella estudió la cara de Dulcina, recordando la cruel historia contada por Tanya de cómo empezó su vida: una esclava que cantaba en las tabernas para conseguir unos pocos cobres con los que comprar comida extra. La tristeza de aquellos orígenes pesaba todavía sobre ella.

Dulcina era delgada y de pómulos altos, sorprendentes ojos verde esmeralda y pelo oscuro, fino y ratonil. De alguna forma, se las arreglaba para parecer más aristocrática que la misma Tanya. Pero una sombra de dolor cubría sus ojos brillantes como joyas y la suave curva de sus labios. Parecía confusa y hasta un poco avergonzada ante los elogios.

—Pero todos somos cristianos, y ahora una hija de Orfeo es una proscrita entre los piadosos —dijo.

—¡Qué tontería! —negó Chloe con una risa alegre, la risa de una niña feliz.

Cuando Isabella se acercó a ella, vio que los ojos de Chloe, lo único visible por encima del velo, eran los ojos de una niña. De color azul claro, despejados, muy abiertos e inocentes, se enfrentaban al mundo con la misma abierta alegría que Alice. Era como si estuviese siempre lista para divertirse y disfrutar con cualquier nueva experiencia que le llegase.

Al cogerle la mano, Isabella pudo ver, en sus mejillas en la sombra y el contorno de sus labios, el vibrante resplandor de lo que una vez debió de haber sido una gran belleza. Chloe tomó la mano de Isabella entre las suyas y le dio unas palmaditas.

—Querida, realmente estoy de acuerdo con Esme. Eres todo lo que ella dice y mucho más: inteligente, sensible y hermosa. Ven, siéntate con nosotras. Dulcina tiene para ti un mensaje de Esme.

—Sí—dijo la cantante, sentándose a la mesa—. Me ha pedido que te diga que su casa es segura de nuevo y está custodiada por una compañía de mercenarios francos. Y puedes alojarte allí cuando quieras.

—Gracias —respondió Isabella.

—Una mujer sagaz, Esme, aunque algo artera a veces —dijo Chloe—. Pero dada su más bien... equívoca posición social en Roma, supongo que es necesario.

Artera, sí, pensó Isabella, cruzando su mirada con los tristes, pero de alguna forma sabios ojos de Dulcina.

Se las ha arreglado para seguir las órdenes de Carlisle al pie de la letra y a la vez desobedecerlas por completo. Había conseguido enviar un mensaje a Isabella sin visitarla ni usar siquiera un mensajero.

Isabella intercambió miradas de perfecto entendimiento entre ambas mujeres. Chloe, a pesar de su inocencia casi infantil, lo comprendía tan bien como Isabella y Dulcina. La diversión centelleó en sus ojos, y su suave risita agitó el lino del velo ante sus labios.

—Mi encantadora Dulcina, espero que no tengas prisa por marcharte ahora que tu verdadero asunto conmigo está resuelto. Sea otoño o no, las calles de Roma están atestadas y llenas de polvo, y un largo y agobiante paseo en una litera cubierta sería tedioso y agotador.

Las suaves mejillas de Dulcina enrojecieron ligeramente, y bajó los ojos.

—Haría todo lo que me pidiese Esme —dijo—. Noble señora, si parece que te he utilizado, sólo puedo decir que lo lamento.

—Me preguntaba qué ocurría —explicó Chloe— para que la más solicitada cantante de Roma se presentase ante mi puerta, trayendo un valioso y ansiado regalo, pero lo he comprendido en cuanto me has pedido ver a Isabella. Y no te atrevas a pedir disculpas por tu lealtad a tu distinguida protectora. Ojalá tuviésemos todos un corazón tan fiel. No tengo reparos en ser utilizada con un fin tan noble como mantener a Carlisle en el trono papal.

La sorpresa sobresaltó a Isabella.

—¿Cómo sabes...

Chloe le pidió silencio con un gesto de la mano.

—Durante años, todo el mundo ha sabido que Esme sirve a los intereses de Carlisle de todas las formas posibles, sus intrigas fueron tan determinantes como cualquier otra cosa para que fuese elegido papa. Por favor, transmítele mis saludos y dile que me visite cuando lo desee, pues llevo muchos años observando su carrera a distancia y a menudo he deseado conocerla.

La respuesta de Dulcina fue igualmente formal.

—Creo que ella también quiere conocerte desde hace tiempo, pero temía la humillación de que la rechazases, como has hecho con muchos otros. Eres más accesible para los pobres que para tus viejos amigos. Jóvenes mendigas encuentran un hogar en tus clases de música y literatura, mientras las primeras familias no pasan de la puerta.

—Sí —suspiró Chloe—. Supongo que soy culpable de haber dejado de lado a algunas de mis antiguas relaciones. Pero temo que muchos de quienes me buscaban lo hiciesen sólo por un momento de excitación, una oportunidad de chismorrear sobre mí… mi gran infortunio. Puedo imaginarlo: "Oh, querida —imitó—, ¿cómo lo sobrelleva? ¿Es cierto que ahora es tan fea como una vez fue bella? Dime, te lo ruego, ¿pudiste verle la cara, o siempre lleva un velo, como dicen? ¿Y es verdad que ha hecho quitar todos los espejos de sus habitaciones?". Lo que ofrecían no era auténtica amistad, sino curiosidad morbosa. Ser el objeto de tal atención es desagradable en el mejor de los casos, y muy irritante en el peor.

Dulcina sonrió tristemente.

—Mi señora —dijo— creo que puedes haber sobrevivido a esa curiosidad morbosa, como la llamas. Mientras estuviste entre la sociedad de Roma fuiste conocida como arbitra de la belleza y el buen gusto. Ahora todos los aspirantes a poeta o artista buscan tu aprobación, a menudo en vano.

—Cierto —respondió Chloe, pareciendo esponjarse tras su velo—. Ah, ¿no buscan "lo inalcanzable" todos los artistas y poetas? Supongo que mi buena voluntad se ha convertido en otra cosa inalcanzable.

—No lo sé. Todo lo que sé es que eres a la vez buscada y temida. Una palabra amable de tus labios abre muchas puertas, y un juicio duro las cierra, pues grande es tu fama como la mujer más cultivada de Roma. "Demasiado largo", dices de un poeta, y él, asustado, acorta sus versos. "Ampuloso", dices de otro, y él atempera sus hexámetros. Tus elogios y críticas son muy estimados. Por eso esperaba y a la vez temía que me despidieses tras haber dado mi mensaje a Isabella, porque pienses lo que pienses de mis cancioncillas, lo peor sería irme sin que me dijeses una palabra. No importa si tu juicio es favorable o no, lo que no puedo soportar es inspirarte indiferencia.

Chloe empezó a aplaudir de nuevo.

—Maravilloso. Nunca había sido abordada con tanta gracia y encanto. Por supuesto, soy tan vanidosa como cualquier mujer. Quizá más, debo pensar. La lisonja te llevará muy lejos conmigo. Pero ven, querida —dijo poniendo una mano en el brazo de Isabella—. En esta conversación entre Hera y Atenea, estamos olvidándonos de Afrodita.

Isabella se ruborizó hasta las raíces del cabello.

—Oh, cielos. Afrodita no.

—¿Quién quieres ser, entonces? Las palabras de Dulcina me coronan como Hera, la diosa todopoderosa. Ella debe de ser Atenea, la sabiduría entronizada. Así que, a los efectos de este pequeño simposio, ¿quién eres?

—Diana —dijo Isabella—. La diosa virgen, amante de las cosas salvajes, moradora del bosque, patrona y protectora de las doncellas, señora de la luz de la luna.

—¿Diana, la doncella cazadora? —preguntó Chloe—. ¿Qué puede saber del amor una diosa virgen?

—Puede ser —repuso Isabella— una observadora aguda y objetiva.

—Supongo que sí —rió Chloe.

Isabella tomó asiento sobre un gran arcón de libros, bajo una ventana que dominaba el jardín de rosas. Persianas de madera cubrían la ventana, y los polvorientos rayos del sol de la tarde brillaban a través de las tablillas parcialmente abiertas, trazando un patrón dorado en el suelo. Dulcina entró en la trama de luces y sombras con una lira en la mano.

—¿Conoces a Propertius, querida? —preguntó Chloe.

—Sólo he oído su nombre. Tanya, la hija de Esme, le mencionó.

—Sé quién es Tanya. También sé que prefiere no hablar de su parentesco con esa formidable mujer.

—Sí, se avergüenza de ella. En cualquier caso, cuando Dulcina cantó en el banquete del papa, Tanya me dijo que Propertius era el autor de la canción.

—He compuesto música para muchas de sus obras —dijo Dulcina—. Me gustaría mostrárosla. —Acarició su lira y empezó a cantar.

Poco a poco, casi imperceptiblemente, Isabella se sintió trasladada en el tiempo, a una época en la que Roma era la resplandeciente reina de las ciudades, y ser un próspero ciudadano de ella, la mayor de las fortunas.

Dulcina cantaba sobre un joven poeta recién llegado de provincias, contando con sus propias palabras cómo encontró su destino en los ojos y el rostro de la más adorable de las mujeres, su Cintia. El torturado poder de su pasión se derramaba de los versos, vibrando en el aire polvoriento de la estancia.

La música de su poesía estaba viva, tan vivida y real para Isabella como el día que el poeta la escribió. Isabella estaba tan seducida y arrebatada por aquel mundo como el poeta. Un mundo donde los conquistadores festejaban alegres entre los despojos de continentes enteros. Un mundo donde hombres y mujeres bebían las mejores cosechas y se reclinaban en lechos de seda entre el esplendor del mármol coloreado, contemplaban pinturas de los artistas más exquisitos, y comían delicadezas condimentadas con especias de tierras tan lejanas que eran sólo leyendas.

Un mundo donde las mujeres casadas como Cintia se cubrían con ropajes de seda y el lino más suave. Resplandecientes de joyas, ignoraban a sus complacientes maridos y concedían sus favores cuando y donde querían. Un mundo donde las lámparas ardían toda la noche, y los amantes podían beber juntos hasta el alba y unirse con salvaje pasión en los mismos lechos de la sala de banquetes.

Isabella escuchó mientras el poeta pasaba de la atracción a la adoración, pareciendo elevarse con su deleite por su divina amante por encima de los mortales, como los dioses, encontrando éxtasis y paz en sus brazos... hasta que llegó la oscuridad.

El amor, pensó Isabella, parecía exigir la eternidad y desear la posesión de su objeto. El poeta comprendió que no tenía nada de eso.

Isabella se preguntó si Cintia era realmente una mujer inconstante o sólo un recipiente demasiado frágil para el fuego inmortal del poeta. Poco a poco, a lo largo de su relación, los poemas cambiaron, volviéndose todavía más brillantes. Los versos se hacían más bellos al descender el poeta a unos celos salvajes y un morboso autoaborrecimiento a medida que su obsesión por la mujer empezaba a destruirle. Al final, su odio hacia Cintia parecía tan grave como lo había sido su amor. Soñaba con su muerte y, quizá, la deseaba.

¿Murió ella o no? se preguntó Isabella. ¿O el poeta sólo la quería muerta para él? No importaba, pues Propertius descubrió que no había libertad del amor, ni siquiera en la muerte.

La sombra de Cintia empezó a embrujar su sueño. Aun cuando su voz llamaba desde más allá de la muerte, estaba bañada en pasión y deseo. Prometía una eternidad sin descanso. Las serpientes que guardasen la tumba se enroscarían entre sus restos mortales. Sus huesos se mezclarían con los de ella. ¿Amenaza o promesa? ¿Quién podía saberlo? Quizá ni una cosa ni otra, sólo una declaración de que el amor, una vez dado, es más poderoso que la muerte, y de que ella sería su verdadero y único amor todos los días de su vida y más allá.

Pero las canciones de Propertius acababan de forma extrañamente animada. El último poema, de tono heroico y burlesco, describía a una muy viva y enfadada Cintia expulsando a las prostitutas de la cama del poeta y a los alcahuetes de su triclinio. Ella purificaba la casa y abría sus brazos a Propertius. El poeta se despedía con una imagen de él mismo y su amante yaciendo juntos y felices. El primer hombre en decir que el amor es mejor que el poder o la conquista dormía por fin, para siempre, en los brazos de su Cintia.

Isabella volvió a la tierra con un sobresalto. Suspiró y se estiró.

—Un poco de vino sin aguar, querida —dijo Chloe—. Para todas.

Isabella sirvió tres copas. Chloe no se quitó el velo para beber. Era una pieza de tela larga y suelta, y le bastó con alzarlo un poco.

—¿Y bien? —preguntó Dulcina, volviendo a poner la lira en su funda.

—No necesitas ninguna alabanza de mí, ya sabes lo buena que eres. Pero la tendrás, no obstante... Te recomendaré a las primeras casas de Roma. Y nunca volveré a hablar con quién te niegue la admisión. Pero ven, estamos despreciando la generosidad de Irina.

Se reunieron en torno a la mesa. Los platos estaban todavía comestibles, calientes y tan deliciosos como antes. Isabella se sintió avergonzada de estar comiendo de nuevo tan pronto. Pero la loba no puso objeciones y le dirigió una sonrisa. Y ella y Dulcina se pusieron manos a la obra.

—Parece —dijo Isabella llevándose a la boca una porción particularmente generosa de asado que goteaba salsa— que el amor da un tremendo apetito.

—No lo sé —respondió Dulcina—. Nunca he estado enamorada.

—Ah —intervino Chloe mientras realizaba la complicada maniobra de pasar una cucharada de manzana asada bajo su velo sin mancharse—. Pero tienes un amante.

—¿Klaus? Mi señora, ese hombre tiene más de setenta años. Ni siquiera se molesta en ocultar su calva, ni se preocupa por su panza. Un transporte de éxtasis con él le mataría de la impresión. Yo soy una artista. Puedo cantar sobre el amor, y creer en él mientras canto, pero no planeo mi vida a su alrededor. Soy demasiado práctica. ¿Y tú, Isabella?

—Voy a casarme con un hombre que está al mando de un paso de montaña en los Alpes.

—Oh, pobrecita —dijo Chloe—. Algún feroz bárbaro, sin duda. Pero muchos de esos señores norteños son hombres altos, apuestos y respetuosos con sus mujeres. Y — añadió como si intentase suavizarlo— podrías llegar a amarle.

—Espero que no —repuso Isabella. Las palabras salieron de su boca sin pensar—. No planeo amarle. Planeo sobrevivirle.

—Muy sabio, querida —aprobó Chloe.

Dulcina asintió.

—Mirad el amor de Propertius, un tema para los poetas, una enfermedad del alma, una maldición.

—Pero querida mía —dijo Chloe— ¿no vivimos las mujeres para el amor y construimos nuestras vidas a su alrededor?

—Un rey y un guerrero van a hacer un pacto sobre mi cuerpo. No veo ahí nada alrededor de lo que construir una vida.

—Eres una mujer sensata, como yo —dijo Dulcina—. Esme encontró a Klaus para mí. "Es muy agradable", me dijo. "Por supuesto, estarás en su estima en algún punto entre su órgano de agua y la antigua cítara que compró el año pasado en Grecia. Así que no dejes que sus atenciones se te suban a la cabeza. Pero es generoso, y si eres prudente y discreta, estoy segura de que te irá muy bien." Tenía razón, él es así y me va bien. Además, no me dijo lo amable y considerado que es, y, creedme, un poco de bondad y consideración significa mucho para alguien tan acostumbrado a los malos tratos y los abusos como yo.

—En tu infeliz niñez, sin duda —dijo Chloe.

—Infeliz no es la palabra más adecuada, mi señora. No se me ocurre para describirla ninguna palabra que sea cortés usar en tu presencia. Puedo recordar el día que Esme entró en mi vida como si fuese ayer.

Isabella se sorprendió al ver lágrimas en los ojos de Dulcina.

—Me ofreció una moneda de plata por cantar para ella. Recuerdo que la cogí enseguida y la mantuve el puño oculto a la espalda, temiendo que me la hiciese devolver si mi voz no le gustaba. Un poco de dinero significaba que podía seguir durmiendo en la perrera en la que me alojaba algunas noches más, y con la barriga llena. Y no podéis imaginar lo importante que eso era para mí en aquel momento. Canté la canción más bonita que sabía, una cantinela sucia y grosera que me habían enseñado los arrieros de la taberna. Se divertían enseñándome las canciones más sucias que podían encontrar; aquel lenguaje tan sucio en labios de una niña inocente era muy gracioso para ellos. Pero Esme no se rió ni se sonrojó. Cuando terminé me puso otra moneda de plata en la mano e hizo una visita a mi amo. Entonces me llevó al paraíso. O, por lo menos, a lo que era el paraíso para mí. Sábanas limpias, buena comida, y una vida entre personas que no me pegaban por placer como hacía el tabernero.

—Y pensar que podrías pertenecer a una de las primeras familias de Roma... —dijo Chloe.

—¿Qué? —preguntó Isabella—. ¿Cómo es posible?

—¿No lo sabes, querida?

—No —dijo Dulcina—. Su pueblo es bárbaro. Seguro que tienen trucos entre ellos, pero no estarán tan extendidos ni aceptados. Muchas familias, Isabella, no se molestan en criar a todos los hijos que tienen.

—Los ricos son peores que los pobres —añadió Chloe—. A menudo no quieren dividir una herencia o pagar una dote, así que el niño es abandonado en algún lugar público. Por lo general se los llevan tratantes de esclavos para venderlos en el futuro.

—Sería mejor estrangularles al nacer que dejarles vivir para soportar todo lo que yo sufrí. Creedme, en tales circunstancias, la vida es un dudoso regalo en el mejor de los casos.

—Pero supón que hubieses nacido hermosa —dijo Chloe.

—Hubiese sido peor, entonces el encargado del burdel no me hubiese vendido a la taberna donde aprendí a cantar y llamé la atención de Esme. Aun así, no escapé del todo de las atenciones de sus... clientes, y pasaron años antes de que pudiera soportar el tacto de un hombre sin sentir escalofríos.

—Qué extraño —dijo Isabella—. Pero vives con Klaus, un hombre viejo.

—Nunca he tenido miedo de Klaus, y estoy a salvo, Isabella. Así nunca podrá hacerme verdadero daño ni decepcionarme. Ya lo ves, no puedo amarle.

—Así eres libre y puede gustarte —corroboró Chloe.

—Exactamente. —Dulcina bajó la miraba hacia su copa de vino—. Mucho más de esto y tendré que ser arrastrada a mi litera y hacer inconsciente el viaje de vuelta a casa.

Chloe empujó la bandeja hacia ella.

—Come un poco más, querida. ¿Y qué hay de ti, Isabella? ¿Qué piensa del amor la diosa virgen?

Isabella alzó su copa rápidamente para taparse la cara, recordando que había rendido su primer beso a un pastor anónimo de la Campania. Sólo había sentido piedad por él en aquel momento, pero recordaba vívidamente la sedosa caricia de aquellos suaves labios sobre los suyos. Después, había soñado con caricias mucho más íntimas, dadas en otros lugares y de formas mucho más placenteras.

Pensó en las largas noches que había pasado sola. En el lento paso del sueño a la vigilia había viajado con la loba por un mundo de belleza, encantamiento y libertad. Había corrido con otros a través de desiertos helados, había cruzado valles, jugado en las riberas de los ríos a la luz de la luna y... ellos... lo recordaba tenuemente... siempre habían estado a su lado de ella: hermanos, hermanas y amigos.

¿Pero tenía amantes la feroz belleza de plata? La loba no lo sabía y no podía, o no quería, recordarlo. ¿Había sentido la cálida, temblorosa y ávida oquedad de la hembra el caliente y pulsátil poder del macho?

Y entonces el conocimiento llegó como una marea.

Por supuesto que la loba lo deseaba, y algún día lo haría, pero aún no. No, aún no, pero pronto, muy pronto, querría... ¿qué?

Isabella se levantó de un salto, se dio la vuelta y caminó rápidamente hacia la ventana.

Oh, Dios, había una complicación, algo con lo que no había contado en absoluto.

Apartó a un lado las tablillas de la persiana y contempló el jardín. El fuerte olor de las rosas la envolvió. La loba se alzó en la oscuridad de su ser y examinó el mundo a través de sus ojos. La bestia que la ganase tendría que hacer algo más que desnudar sus colmillos ante sus rivales, tendría que derrotarles a todos en combate singular, pues ella no se rendiría ante menos.

La mujer podía ser tomada y movida como un peón en el tablero de los juegos de poder de los hombres, pero la loba era libre. Una esbelta y plateada masa de furia que sólo se sometería al mejor, al más fuerte y fiero de sus pretendientes.

La voz de Chloe interrumpió sus pensamientos.

—Perdona, querida. ¿He sido indiscreta? ¿He hecho una pregunta que no debía? ¿Tienes quizá un amante?

Isabella sacudió la cabeza, su puño crispado sobre el corpiño.

—No. Sería muy peligroso para mí tener un amante. Mi futuro marido podría no sentir celos por mí, pero sí los sentiría por su honor. Sólo estaba pensando. Sueño a menudo con el amor, pero al despertar encuentro mi almohada húmeda por las lágrimas. Pues si un amante puede ser un peligro para mí, más lo sería que aprendiese a amar a mi marido. La duración de mi matrimonio depende del éxito de mi ilustre pariente, Aro El Grande. Si él cayese, estoy segura de que mi marido miraría a su alrededor en busca de otro enlace. El divorcio es común entre los francos, y también lo es algo todavía más barato que el divorcio... el asesinato.

Dulcina rompió a reír:

—El cielo nos asista. Eres todavía más realista que yo.

—Pero tu almohada está húmeda por las lágrimas —dijo Chloe.

Isabella se apartó de la ventana y miró a Chloe. Estaba sentada a la cabecera de la mesa, y los sesgados rayos del sol vespertino brillaban sobre su cara y su cuerpo, cubriéndola con una trama de luz dorada y sombras negras. Uno de los rayos cayó sobre el velo, volviéndolo por un momento transparente a los ojos de Isabella.

La joven pudo ver con claridad los suaves rasgos de un rostro tan bello que le quitó el aliento. Una boca dulce y sensual, y unos pómulos cuyos contornos hacían que las caras de otras mujeres pareciesen toscas y aplanadas. Unos ojos grandes y azules como flores. Y bajo ellos, el duro y negro hueco triangular donde había estado la nariz.

Isabella intentó que su cara no reflejase nada de lo que habían visto sus ojos. No estaba asustada, sino triste ante la destrucción de tanta belleza.

—Me pregunto qué habrían pensado los antiguos de nuestro pequeño simposio —dijo.

—Si te refieres a Platón —respondió Dulcina con un gesto de aversión—, ¡bah! Puedo imaginar a esa pandilla de estúpidos varones debatiendo en torno a una mesa la existencia del amor, una completa abstracción para ellos. Como si el amor existiese como teoría abstracta. El amor es siempre particular, nunca general.

—Por otra parte —comentó Isabella –, creo que el filósofo dijo una vez que las mujeres nunca hablan de la naturaleza del amor, sino de amantes.

—Quizás Dulcina tenga razón —dijo Chloe—. Los filósofos no tienen la más remota idea de lo que es el amor.

—Claro que no —siguió Dulcina—. Cualquier mujer que ha dado a luz un niño, le ha dado el pecho y le ha lavado y cuidado durante años sabe más del amor que el más inteligente de esos necios. ¿Pero por qué seguimos hablando del amor? Mirad a vuestro precioso Propertius que murió por su culpa, o eso dicen. A mí me desagrada el amor. A ella —señaló a Isabella— le da miedo, y a ti te destruyó la vida.

Chloe dio un respingo, y Dulcina se tapó la boca con la mano.

—¡Oh, Dios mío! Lo siento, he bebido demasiado vino. Mi lengua se debe de haber soltado.

—No es nada —dijo Chloe—. No te disculpes, querida. Siempre animo a mis alumnas a hablarme con libertad. Me gusta saber lo que piensan realmente cuando leen a Livio o Cicerón. Me gusta oírles hablar de sus vidas, sus esperanzas, sus sueños, sus aspiraciones... A menudo vienen a contarme sus problemas, e incluso a pedirme consejo. Nada de lo que me dicen sale de aquí. Yo, por mi parte, suelo confiar en ellas, y les he contado mi historia más de una vez. Si no ha llegado a tus oídos, es que han sido más discretas de lo que suponía. Debéis entender que mi familia es muy antigua. Incluso hay unos cuantos cesares en mi linaje. Se dice que somos la sangre más pura de Roma. Nuestros antepasados se remontan al imperio, pero ahora somos pobres. Perdimos nuestras grandes propiedades en Britania y Galia, y los lombardos confiscaron nuestras tierras latinas. Todo lo que queda de nuestra antaño inmensa riqueza es una villa en la Via Latia y unos pocos viñedos cerca de Nepi. Sin embargo, dada nuestra distinguida posición en la sociedad, no nos sorprendió que uno de los hombres más acaudalados de Roma pidiese mi mano en matrimonio. Me llevaba más de treinta años, pero yo sabía cuál era mi deber. Se ofreció a restaurar la fortuna de la familia.

—Sí —dijo Dulcina—. Los antepasados distinguidos no reparan las goteras del tejado, ni reemplazan la ropa raída, ni llevan el pan a la mesa.

—Muy cierto. Me casé con el vestido de novia de mi bisabuela, la única prenda verdaderamente lujosa que le quedaba a mi familia, un antiguo vestido de seda e hilo de oro con citrinos y perlas cultivadas. La única razón por la que no había sido vendido era porque los citrinos y perlas no valían lo bastante. Piedras semipreciosas, ya sabéis. Después de la boda no tuve escasez de vestidos lujosos o joyas bonitas. De hecho, estaba sorprendida por la generosidad de mi marido conmigo, pues era notoriamente tacaño con todos los demás. Hasta que un día me regaló una gran perla negra. Aquella noche no me la puse para un banquete, y cuando los invitados se fueron, sentí el peso de su mano. Entonces comprendí que no era una esposa para él, ni siquiera un ser humano, sino otra de sus posesiones, como su gran villa, sus caballos o sus perros. Yo estaba allí para coronar su éxito, para proporcionar el escenario adecuado a su magnificencia. Cuando me levanté del suelo, le dije que sentía no haber cumplido mi parte del trato, y que no haber llevado la perla no había sido a propósito; sencillamente no hacía juego con el vestido que llevaba. Me golpeó de nuevo y dijo "Ponte otro vestido". En aquel momento comprendí mi valor para él. "Muy bien", le dije. "Te convertiré en la envidia de Roma. Tu casa será un lugar admirable, enlosado con el mármol más fino. Las pinturas de las paredes y los muebles harán que todos queden con la boca abierta. Nunca dejaré de mostrarme como una muestra de tu riqueza. Mi atuendo estará siempre impecable. Mi conducta hacia tus a veces dudosos socios comerciales será como tú digas, fría o cordial. Pero nunca, nunca vuelvas a tocarme... de ninguna forma... con odio ni con amor, o me iré ese mismo día, sin que me importe lo que digas, y no volveré." Cumplí con mi parte mientras él cumplió con la suya, aunque no puedo pensar que ser privado de mi compañía fuera una gran carga para él. Yo era una mujer adulta, un inconveniente por lo que a él respectaba. Noté que en las raras ocasiones en las que escogía divertirse casi siempre elegía a alguien bastante más joven que yo, chico o chica.

Isabella vio que Dulcina quedaba paralizada por un instante, su cara retorcida por el asco; después se envolvió el cuerpo con sus delgados brazos y se mordió el labio inferior.

—En cuanto a mí —continuó Chloe—, mi vida se convirtió en una larga soledad. Oculté mi miseria tras una máscara de ingenio e insoportablemente bien criada cortesía. Pero la mayor parte del tiempo, me sentía tan sola como debía de sentirse aquella vestal impúdica, cuando la tierra fue sellada sobre su cabeza, y ella condenada a morir en su tumba solitaria. Al menos, hasta que Rufus apareció a nuestra mesa. No era especialmente guapo, pero era fuerte y atlético, con una sonrisa contagiosa. Era muy divertido, siempre de buen humor y con una broma lista en todo momento. Cuando miraba sus ojos verdes, olvidaba mi dolor y mi soledad. Desde el momento en que nos conocimos, me prestó estrecha atención. Al principio, era todo muy inocente: pequeños regalos, flores, un libro de poesía, breves visitas cuando mi marido estaba fuera por sus negocios... Siempre estábamos, ya me entendéis, escoltados por mis numerosos sirvientes. Yo no quería comprometerme a causa de un bárbaro. Y eso era Rufus, un señor lombardo, por rico y poderoso que fuese. Pero con el tiempo, las visitas se fueron haciendo más y más largas. Pasábamos juntos noches enteras, perdidos en la fascinación de nuestra mutua compañía. Rufus no era como mi marido, a quien sólo le interesaba aumentar sus riquezas, el mundo entero era su provincia. Yo podía estar con él. Le divertían las trivialidades de administrar una gran casa, y yo estaba siempre ocupada con la mía. Chismorreábamos durante horas sobre la enrevesada política de esta gran ciudad y las demasiado humanas personalidades tras ella. Él tenía muchos corresponsales en tierras lejanas, y nunca llegaba sin alguna historia nueva y fascinante sobre los hechos de los reyes galos en Galia y Britania y las intrigas de sus cortes Irinas, de hombres vivos y muertos, y de batallas ganadas y perdidas. Pues debéis comprender, queridas, que cuando hablaba de esas cosas con mi marido me topaba con sus burlas o su ira. Pero Rufus nunca se enfadaba conmigo ni se burlaba de mí, aunque a veces lo mereciera. Sus regalos también se volvieron más elaborados y caros. En realidad, no tenían precio. Yardas de elegante encaje de Bizancio, por lo general imposible de conseguir en Roma; un paquete de alguna preciosa especia que nunca podría encontrar en el mercado; un salterio iluminado exquisitamente por esos monjes celtas que se encierran en celdas de colmena junto a los tormentosos mares del norte... Llevó el mundo a mi puerta. Mi alma encogida y asustada empezó a abrirse como una flor por la mañana. Resumiendo, empecé a amarle. Al fin, desesperada, pregunté a mi marido si era del todo indiferente a la relación entre Rufus y yo. Me contestó con una palabra: "Completamente". Una semana después, Rufus nos invitó a visitar su villa en el campo. El día siguiente a nuestra llegada salimos a caballo para cazar. Mi montura estaba coja, y Rufus se quedó atrás conmigo.

Chloe hizo una pausa, se giró, y contempló un ramillete de rosas en un jarrón de cristal junto a su codo. Al fijarse en las rosas por primera vez, Isabella comprendió que debían de proceder de algún lugar distinto del jardín bajo la ventana. Las rosas del jardín del convento eran principalmente sencillas y de color rosa o blanco. Las del jarrón eran dobles, y tan rojas que parecían casi negras en la umbría estancia. Sólo mostraron sus verdaderos colores cuando la luz del sol encontró su camino hasta los pétalos entre las pesadas contraventanas. Bajo sus rayos, ardían sin llama como las brasas color escarlata de un fuego moribundo, brillando como si las iluminase una luz interior.

Chloe extendió la mano y acarició un pétalo suave como el terciopelo.

—A menudo pienso que, si se pudiese explicar los hechos de la humanidad a una rosa, sólo entendería el dulce y prolongado acto de amor en una tarde soñolienta. La hierba es una cama cubierta de terciopelo esmeralda para los amantes. Las abejas bailan ebriamente a través de un huerto de melocotones. El único reloj es el sol, moviéndose silencioso por el cielo... como si resbalase hacia las frescas sombras azules de un crepúsculo de verano. Cuando mi marido volvió de la cacería, yo era una adúltera. Rufus y yo éramos amantes. Mi marido continuó persiguiendo la riqueza implacablemente, y Rufus y yo nos perseguimos el uno al otro. Nos amábamos de día, de noche, bajo la luna y las estrellas, al alba y al anochecer. Siempre que podíamos escapar y disponer de un momento, nos deleitábamos uniendo nuestros cuerpos y nuestras mentes. Pues éramos amigos además de amantes. La visión de su cara y el tacto de su mano bastaban para llenarme de una alegría casi inimaginable. Los años fueron pasando, uno por uno, aunque entonces pareció muy rápido. Hasta que una tarde lluviosa volví a casa y me encontré con un hombre esperando a mi puerta. Un peticionario. Me pidió que le recibiese y escuchase su súplica. Yo le atendí, al principio voluntariamente, y después sólo porque sacó un cuchillo de su manga y amenazó con clavárselo en el corazón ante mí si no le escuchaba. Así que, para mi desesperación y mi dolor eterno, lo hice. No puedo repetir todo lo que me dijo. Era vago, incoherente a veces, pero en esencia se trataba de esto. Muchas familias adineradas sacan sus ingresos de tierras de la Iglesia situadas alrededor de Roma, que arriendan pagando sus derechos en especie. La diócesis de Roma usa el producto para alimentar a los peregrinos y los pobres. Si los lombardos hiciesen una incursión por la frontera durante la época de siega, los arrendatarios no podrían pagar en especie y tendrían que pedir dinero prestado para hacerlo en efectivo. Si hubiese más incursiones lombardas, podrían perderlo todo. Mi marido era un importante prestamista, y muchas grandes familias estaban en deuda con él. Mi amante era un conde lombardo. ¿Hace falta que diga más?

—Tu marido estaba usando a tu amante para arruinar sistemáticamente a sus deudores —dijo Dulcina.

—Exacto. Y yo había sido comprada y vendida como la más envilecida prostituta de la Cristiandad, y mi felicidad estaba construida sobre un cenagal de miseria y engaño. No puedo recordar mucho de lo que pasó en las horas siguientes a esta revelación, pero los criados acabaron escondiendo de mi vista todos los cuchillos y objetos afilados. Cuando intenté colgarme de las vigas del techo de mi alcoba, cortaron la soga y me bajaron. Cuando estuve lo bastante tranquila para pensar, supe lo que debía hacer. Llamé a la casa a todos los deudores de mi marido a los que pude encontrar y vacié el contenido de sus cajas fuertes en sus manos. Teníamos cosas maravillosas en nuestra villa, que había elegido yo con muy buen gusto, mientras mi marido ponía el dinero para comprarlas. Amontoné todo en el atrio. Tapices, cristal raro y precioso, estatuas antiguas, manuscritos iluminados, ropa lujosa... todo, y les permití coger lo que quisieran. Cuando mi marido volvió a casa, bueno... realmente no queda mucho más que contar. El sol estaba bajo, y sus rayos entraban a través de las persianas. Los muebles proyectaban espesas sombras, oscuras entre la luz anaranjada.

Isabella miró espantada a Chloe, una siniestra sospecha formándose en su mente.

—Tú misma te lo hiciste —acusó, viendo que los hermosos labios dibujaban una sonrisa bajo el velo.

Chloe no lo negó.

—Por supuesto. Eres muy perspicaz, querida. Pocos lo imaginan. ¿Puedo preguntarte cómo lo has sabido?

—Tu marido no lo habría hecho. Rufus te amaba de verdad, y le hubiese matado. Era demasiado frío y astuto para mutilarte.

—Sí—contestó Chloe—, lo era. Lo que hice apenas le perjudicó. La mayor parte de su riqueza estaba invertida en sus muchas empresas y tierras, en sus huertos y viñedos. No, él se rió de mí y dijo "¡Bah, rabietas! Y de ti, nada menos. No seas tonta, por la mañana, volverás con él". Pero no lo hice. No pude, y nunca podré. Hacerlo me hubiese convertido en su cómplice, y no podía soportar eso.

—Así que tuviste tu venganza —dijo Dulcina—. ¿Quién puede decir que te equivocases?

—Es extraño que digas eso. La Abadesa Maggie usó palabras muy parecidas cuando llegué aquí buscando cobijo de un mundo que en un día horrible se había vuelto hostil. Dijo "tendrás mucho tiempo para meditar tu venganza". Y lo he tenido.

—¿Qué le pasó a tu marido? —preguntó Isabella.

—Rufus se ocupó de eso. Las propiedades de mi marido ardían tan bien como las de sus deudores, y murió como un mendigo. Le encontraron una mañana al lado de los escalones del palacio del papa, donde los pobres reciben su ración diaria de comida. Estaba vestido con harapos, la lluvia cayendo sobre sus ojos abiertos.

—¿Y Rufus?

Chloe se volvió hacia las rosas junto a su codo.

—Qué extraño —dijo—. Cuando florecen en primavera, vienen y siguen llegando hasta que el frío viento de otoño envía sus pétalos rotos a la tierra. Casi cada día, llegan en bandadas a la puerta del convento. Al principio, llegaban cartas con ellas. Por supuesto, siempre las quemaba sin abrirlas.

—¿Por supuesto? —exclamó Isabella, las lágrimas corriendo sus mejillas.

—Por supuesto —repitió Chloe firmemente—, pero las cartas dejaron de llegar hace algunos años. Ahora sólo son rosas. Y yo recuerdo, y estoy segura de que él también, que durante seis hermosos años fui la mujer más feliz de la tierra.

—Ruego a Dios —susurró Isabella, cubriéndose los ojos con las manos— no odiar ni amar nunca a nadie con tanta intensidad.

—Lo harás, como yo lo he hecho —dijo Dulcina en tono espeso, llevándose la copa a los labios— Pero yo no tengo el valor de Chloe, o quizá no estoy segura de que así dañase al alcahuete que me crió para venderme por las calles, o al tabernero que me mataba de hambre. Mi mejor y única venganza es el éxito.

—Y la mía —suspiró Isabella—, una victoria sobre la muerte.

Chloe se volvió de nuevo a las rosas de la mesa.

—Sin él —dijo—, somos como las imágenes pintadas en las ventanas de una iglesia cuando no les llega el sol, sólo sombras. El amor ilumina nuestras vidas. Cuando sus rayos dejan de brillar en nuestros días, no somos nada. Mirad... ¿despreciamos a la rosa porque su belleza es pasajera? Algunos lo hacen, y buscan consuelo en el cristal o el mármol. Pero el verdadero amor está cerca de lo divino y, como todas las creaciones de Dios, su belleza surge desde dentro. El cristal se rompe, el mármol es corroído por el paso del tiempo. Pero la rosa despliega su bandera al sol todas las primaveras, y lo hará sabe Dios cuántos eones más. Dulcina, tienes a tu Esme y tus canciones. Isabella tiene algo de lo que no hablará y yo... yo tengo mis rosas.

Chloe tocó suavemente una de ellas. Los pétalos escarlata cayeron, posándose sobre la mesa hasta parecer un charco de sangre.

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De verdad ya quiero terminar esta historia… ¿y ustedes?

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¡Nos leemos pronto!