Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
Hay OOC
«19»
Hinata fue directamente del despacho de Naruto al vestíbulo, donde informó al mayordomo de que Penrose y Filbert no tenían que permanecer en la cocina, y luego dijo a Higgins que se los mandara a los dos al salón matutino, antes de encaminarse por el pasillo con una sonrisa en el rostro.
En general, aquel salón, con su alegre decoración en tonos amarillos y la vista al jardín, la animaba, pero en aquellos momentos, al cerrar la puerta desapareció súbitamente de su rostro la sonrisa que había mantenido en él ante el servicio. La energía que había simulado la abandonó al acercarse al ventanal y fijar la vista distraídamente en el jardín. Tenía la impresión de haber librado una auténtica batalla con un ejército de gigantes. Y de haberla perdido.
La vergüenza y el terror se apoderaron de ella al cubrirse el rostro con las manos y enfrentarse amargamente a la espantosa verdad. Físicamente no era más inmune a los atractivos de Naruto Namikaze que un año antes. Realmente era capaz de resistir su enojo, pero no su sonrisa ni sus besos. La dulce pasión de éstos había hecho estragos en su cuerpo, su alma y su corazón. A pesar de la experiencia que había ido adquiriendo durante los últimos meses, a pesar de todo lo que había sabido sobre él, Naruto Namikaze seguía siendo capaz de despertar todo tipo de ansias en su interior, de la misma forma que lo había hecho cuando ella era una inexperta muchacha de dieciocho años.
Después de todo este tiempo, su sonrisa aún la derretía y sus besos encendían su pasión hasta entregarse a él. Con un suspiro de tristeza al apoyar la frente en el fino y frio cristal de la ventana. Desde el momento en que habían salido de la iglesia el día anterior, había estado convencida de que nunca más sentiría nada por él. Y una de sus indolentes sonrisas, un beso y su contacto la habían llevado a descubrir que estaba equivocada. En lo referente a Naruto, estaba tan desprotegida como siempre.
—¡Dios mío! —dijo en un suspiro en voz alta, pensando en qué tipo de brujería podía provocar aquel efecto en las mujeres. Y en ella misma, cuando no albergaba ilusión alguna sobre los sentimientos de ternura que pudiera tener por ella.
¿Qué tenía aquel hombre que le daba a entender que abía conseguido algo extraordinario cada vez que le hacía sonreír o reír? ¿Por qué tenía que seguir luchando contra aquella estúpida e ingenua sensación de que, si se lo proponía, algún día iba a significar algo para él, algún día conseguiría apaciguarle y tranquilizarle, y fundir el cinismo de sus ojos? Evidentemente, él lograba que todas las mujeres se sintieran así, les hacía creer que si perseveraban, significarían para él lo que no había significado ninguna otra; sin duda aquello explicaba que incluso las más experimentadas y refinadas hicieran lo que fuera para complacerle. Ellas, sin embargo, no corrían el mismo peligro que Hinata, pues no se habían casado con él. Y aquella noche, Naruto no solo pensaba en los besos de ella. «Podemos discutir como puede complacerme esta noche en la cama.»
«Esta noche en la cama...» en la cama... Su traídora mente empezó a presentarle los atormentadores recuerdos de aquella noche en la posada, y Hinata quiso quitárselos de la cabeza, enojada, negando al mismo tiempo la calidez que ya la estaba invadiendo. No podía ni quería permitir que él se la llevara a la cama aquella noche ni cualquier otra noche. ¿Cómo se atrevía a pensar que podía entrar de nuevo en su vida, acostarse con ella sin simular siquiera que le hacía la corte, como sabía ella ahora que hacían los caballeros de la alta sociedad? Naruto jamás se había molestado en cortejarla, pensaba ella llena de ira, sin ninguna lógica.
Si por ella fuera, aquella noche podía buscarse la cama que quisiera en Londres y la mujer que quisiera de entre el montón que —según las habladurías— estaba deseoso de sus «favores». Lo más seguro era que la noche anterior lo hubiera hecho. Probablemente la habría pasado en casa de su amante. Hoy quizá venia a otra antes de acostarse con ella.
Aquella idea la enojó tanto que casi la puso enferma. Apartó las manos de la cabeza y miró a uno y otro lado de la alegre estancia como si buscara la forma de escapar de allí. Para no volverse loca y no perder la calma tendría que encontrar el sistema, decidió a la desesperada, de largarse de allí. De huir de él. No estaba dispuesta a enfrentarse a otra hecatombe emocional. Lo que deseaba era la tranquilidad. Tranquilidad, calma y realidad para el resto de su vida.
Al pensar en irse de Londres y dejar las amistades que había hecho allí, sintió una cierta tristeza, pero ésta quedó enseguida compensada por la idea de encontrar la paz y la tranquilidad en otra parte. Hacía solo un día que había llegado Naruto y los celos eran ya un martirio para ella. La idea de volver a su remota aldea, que se le había ocurrido sin reflexionarlo el día anterior al hablar con Ino, estaba adquiriendo nuevos visos ahora mismo, surgía en el horizonte como un dulce refugio que la esperaba.
De todas formas, si quería encontrar el camino de vuelta a su vida de antes, sabía que no tenía que esperar de brazos cruzados que el destino le echara una mano. Se le ocurrió que el destino nunca había sido para ella un aliado de confianza. Al contrario, el destino la había obligado a casarse con un hombre que no la quería y que encima era un canalla. El destino lo había traído de vuelta y ahora se suponía que debía someterse con docilidad a los antojos de alguien que seguía sin tenerle aprecio y que, aparte de ser un canalla, era un hombre arrogante, autoritario y carente de sentimientos.
Por desgracia había aprendido que las mujeres, en especial en las clases altas, eran como bienes muebles, y las seleccionaban, como a las yeguas, por su linaje; los hombres que se apareaban con ellas para tener un heredero aristocrático adecuado, y luego las olvidaban. Pero ella no era una hembra inútil, de alta alcurnia, pensó, animándose. Hinata había cuidado de si misma, de su madre, de su casa y de dos criados viejos, con muy buen tino, desde los catorce años.
Sin duda, ahora, ya adulta, podía volver a su vida anterior y solucionarlo todo con más habilidad. Podía hacer lo que había esperado de ella su abuelo: que siguiera su mismo camino y enseñara a leer y a escribir a los niños. Como mujer casada y respetable, estaba casi convencida de que la gente del pueblo no le haría el vacío por aquel leve error del pasado. Y aunque la aislaran, estaba segura de que prefería vivir así hasta que la perdonaran que seguir con su vida actual como una pluma que se deja llevar por los antojos del pasado y los caprichos de un hombre cruel e indómito.
Había llegado el momento, decidió, resuelta, de hacerse cargo de su propia vida y elegir qué dirección iba a tomar. Lo último le parecía muy fácil: solo veía una dirección, la de vuelta. Volvería a su casa y sería dueña de su propia vida. Pero para conseguirlo, tenía que disuadir al marido que ella no quería de la absurda decisión que había tomado de seguir manteniéndola como esposa. Y también le hacía falta dinero.
La segunda parte era lo que más la preocupaba. No disponía más que del dinero procedente de la última asignación trimestral que le había entregado Gaara, y con ello no tendría suficiente para arrendar una finca, comprar leña para el invierno, además de todo lo que iban a necesitar ella, Filbert y Penrose hasta que pusieran en funcionamiento la huerta. Para todo ello necesitaba su asignación multiplicada por diez. No podía vender las joyas que le habían entregado la duquesa y Gaara; eran recuerdos familiares y en realidad no le pertenecían. Lo único de valor que poseía era el reloj de su abuelo.
Con un terrible dolor decidió que iba a venderlo. Tendría que venderlo, y deprisa, sin malgastar un tiempo valiosísimo. Por desgracia había comprendido que éste era el aliado de Naruto y su enemigo. Con el tiempo y la proximidad, pensaba, aterrorizada, que Naruto conseguiría que ella se derritiera entre sus brazos. Algo más animada al disponer de un plan, se dirigió a la mesa en la que siempre tomaba el té con Gaara después de la esgrima. Se estaba sirviendo una taza de la bandeja que el servicio había dejado allí para ella cuando aparecieron sus fieles y ancianos amigos.
—Válgame, Dios, señorita Hinata, en que embrollo se ha metido usted está vez —exclamó Filbert, prescindiendo del tacto, la formalidad o el preámbulo, centrando la vista en su rostro a través de los lentes que le había comprado ella y que le permitían ver mucho más que antes. Restregándose las manos con inquietud, se sentó ante ella a la mesa, como había hecho siempre en su antigua casa, cuando formaban una «familia». Penrose se situó al otro lado y aguzó el oído mientras Filbert seguía—: Oí lo que le decía ayer el duque cuando se encontraron ustedes y se lo conté a Penrose. Su esposo es una persona sin sentimientos, la verdad, de lo contrario no la habría destrozado a usted como lo ha hecho. ¿Qué vamos a hacer? —preguntó, preocupadísimo por ella.
Hinata miró a los dos hombres que la habían cuidado, animado, que le habían hecho compañía toda la vida, y sonrió lánguidamente. Sabía que no iba a sacar nada mintiéndoles; si bien tenían algún problema físico, mentalmente estaban sanísimos. En realidad, se veía que eran más avispados ahora que en los tiempos en que eran capaces de captar de antemano cualquiera de sus travesuras.
—Vamos a volver a nuestra aldea —dijo ella, apartándose un mechón de la frente con aire cansado.
—¡Si! —murmuró Penrose en tono reverente como si ella hubiera dicho el «Cielo».
—Pero me hace falta dinero para hacerlo, pues no tengo más que la asignación del último trimestre.
—¡Dinero! —exclamó Filbert en tono triste—. Nunca ha tenido usted dinero, señorita Hinata. Incluso en vida de su padre, maldita sea su...
—¡Por favor! —exclamó Hinata en el acto—. No hay que hablar mal de los difuntos.
—Y luego —añadió Filbert— tenía que haberle clavado una estaca en el corazón, así el vampiro no habría vuelto de entre los muertos para hacerle la vida imposible.
Aquellas sangrientas palabras hicieron estremecer a Hinata pero al mismo tiempo le arrancaron una sonrisa. Ya más tranquila, suspiró profundamente y, en un tono resuelto que dejaba claro que no admitía discusión, dijo a Penrose:
—El reloj de oro de mi abuelo está en el cajón de mi mesilla de noche. Llévelo a Bond Street y véndaselo al joyero que le dé más por él.
Penrose abrió la boca para protestar, pero vio la expresión testaruda en su fino mentón y asintió a regañadientes.
—Hágalo ahora mismo, Penrose —añadió en un tono marcado por la aflicción—, antes de que cambie de opinión.
Cuando se hubo marchado Penrose, Filbert puso su mano surcada de venas sobre la delicada mano de ella.
—Penrose y yo disponemos de una pequeña suma que hemos ido ahorrando en los últimos veinte años. No es mucho... diecisiete libras y dos chelines entre los dos.
—No. De ninguna de las maneras —dijo Hinata con gran firmeza—. Ustedes tienen que guardar su...
El sonido de los majestuosos pasos de Higgins retumbó en el pasillo camino del salón y Filbert se puso de pie de un salto con asombrosa agilidad.
Higgins se pone enfermo cada vez que nos ve hablando amistosamente —explicó el criado sin que hiciera falta, mientras cogía con energía la servilleta de hilo amarilla que tenía al lado del platito y sacudía con vigor las imaginarias migas de la mesa. Aquélla fue la escena que complació a Higgins al entrar en el salón para comunicar a Hinata que sir Utakata deseaba ver a Su Excelencia.
Unos minutos más tarde entró Utakata, se sentó frente a la mesa, indicó a Filbert con un altivo gesto que le sirviera el té y empezó a obsequiarla con los «deliciosos detalles» de su entrevista con Naruto la noche anterior.
A mitad del sorprendente relato, Hinata se incorporó un poco en la silla y exclamó en tono acusador aunque en voz baja:
—¿Le contó todo esto de mí?
—No me miré como si fuera una serpiente, Hinata —dijo Utakata con aire despreocupado mientras se servía un poco de leche en la taza—. Le conté todo esto para que supiera que usted había tenido un éxito rotundo esta temporada y así cuando descubriera, porque le aseguro que lo hará, que al llegar a la ciudad metió unas cuantas veces la pata, no se sintiera tan satisfecho. Ino pasó por casa justamente para decirme que hiciera esto, pero yo ya me había adelantado y había visto a Naruto antes.
Sin tener en cuenta la expresión de sorpresa de ella, siguió risueño:
—Y también lo hice porque me apetecía ver la cara que ponía al enterarse, aunque, como le he dicho, ésta fue la razón básica que me llevó a verle. En realidad — añadió después de tomar un delicado sorbo de té y colocar de nuevo la taza de Sévres en el platito—, eso de pasar un momento por Mount Street para verle anoche fue el primer gesto realmente noble de mi vida, algo que temo que indica una cierta debilidad en mi carácter de la que debo culparla a usted.
—¿A mí? —preguntó Hinata, tan angustiada y trastornada que hasta empezaba a sentirse mareada—. ¿A eso le llama debilidad de carácter?
—Nobleza, querida mía. Cuando me mira usted con esos inmensos y bellos ojos a veces tengo la impresión que está viendo en mí algo mejor, alguna virtud que no alcanzo a ver cuando me pongo ante el espejo. Anoche, de repente, sentí la necesidad de hacer algo mejor, algo virtuoso, y por ello me lancé a ver a Naruto con la noble intención de salvaguardar su orgullo. Algo repugnante para una persona como yo, de lo que ahora mismo me arrepiento. —Parecía tan indignado por su propia actitud que Hinata tuvo que disimular una sonrisa ocultando sus labios tras la taza mientras él seguía—: Por desgracia, probablemente no haya servido para nada mi espléndido gesto. No creo que Naruto me prestara atención, a pesar de que insistí durante casi una hora.
—Sí le hizo caso —respondió Hinata en tono irónico—. Esta mañana me ha entregado una lista en la que se incluían todas las faltas cometidas por mí y me ha pedido que confesara mi culpa o las negara.
Los ojos de Utakata se abrieron de puro placer.
—¿De verdad? Anoche tuve la impresión de que lo que le decía le sacaba de quicio, pero con Naruto nunca se sabe. ¿Y qué ha hecho usted, admitirlo o negarlo?
Hinata estaba demasiado nerviosa e inquieta para seguir ahí sentada, por ello dejó la taza y, con un gesto de disculpa, se levantó, se dirigió hacia el pequeño sofá junto a la ventana y empezó a ahuecar los cojines estampados en tonos amarillos.
—Admitirlo, por supuesto.
Utakata se volvió para mirarla y estudió con detenimiento su perfil.
—Por lo que veo, no todo el monte es orégano entre la pareja que ha vuelto a reunirse...—Cuando Hinata lo negó con la cabeza, con un gesto distraído, él sonrió satisfecho—. De todas formas, supongo que es usted consciente de que tiene a la sociedad en ascuas, a la espera de verla sucumbir de nuevo ante los famosos encantos de Naruto. Hoy por hoy, las posibilidades de que se comporte usted como su adorable esposa el día de la Carrera de la Reina se sitúan en cuatro a uno.
Hinata se volvió para mirarle a los ojos, enojada y horrorizada.
—¿Cómo? —dijo suspirando asqueada, sin acertar a creer lo que oía—. ¿Qué me está diciendo?
—Hablo de las apuestas —respondió Utakata, escueto—. Cuatro contra uno a favor de que colocará usted la cinta en el brazo de Naruto y le animará en la carrera. Algo muy hogareño.
Hinata no sabía que alguien podía sentir tal repulsión por una persona a la que había empezado a odiar.
—¿Apuestan por una cosa como ésta? —saltó.
—Por supuesto. El día de la Carrera de la Reina es tradicional que una dama muestre sus preferencias por un caballero que participa en la contienda quitándose la de su sombrero y atándola a su brazo para darle buena suerte y animarle. Es una de las pocas muestras de afecto que nos permitimos los aristócratas, sobre todo porque la discusión sobre quién lleva en definitiva los colores de una determinada dama nos proporciona alimento para todo tipo de conjeturas durante los dos meses de invierno que siguen. Ahora mismo las probabilidades se sitúan a favor de cuatro a uno de que usted ate la cinta en el brazo de Naruto.
Momentáneamente distraída de sus acuciantes problemas a causa de un insignificante detalle, Hinata miró con recelo a Utakata.
—¿Qué ha apostado usted?
—Aún no lo he hecho. He pensado pasar primero por aquí para tantear el ambiente antes de acercarme al White. —Secándose con finura los labios con una servilleta, Utakata se levantó, le besó la mano y le dijo en tono desafiante—: Bien, querida mía, ¿qué va a ser? ¿Va a demostrar su afecto a su esposo haciendo que lleve sus colores el siete de septiembre?
—¡Ni hablar! —respondió ella, estremeciéndose al pensar en aquel espectáculo público por un hombre que todo el mundo sabía que no sentía nada por ella.
—¿Seguro? Miré que no me gustaría perder mil libras...
—Su dinero está a salvo —respondió ella con amargura, sentándose en el sofá estampado y mirándose las manos. Utakata se disponía a marcharse cuando Hinata le llamó, animada, y se levantó como si se hubiera prendido fuego en el sofá en el que estaba sentada. Se acercó al joven aristócrata para decirle—: Es usted un encanto, Utakata. ¡Qué listo es! Si no estuviera casada me inclinaría por usted.
El hombre no respondió a los halagos pero la miró divertido, arqueando una ceja.
—Dígame que me hará un pequeño favor, se lo ruego —le dijo con gracia.
—¿De qué se trata?
Hinata aspiró profundamente, sin acabarse de creer que el destino le brindaba la solución perfecta a lo que ella había planificado, un dilema irresoluble.
—¿No podría... apostar por mí?
La expresión de desconcierto fue sustituida por otra de comprensión, y a ésta le siguió otra de incontenible alegría.
—Me imagino que podría hacerlo. ¿Podrá pagar si pierde?
—¡Es imposible que pierda! —exclamó ella, feliz—. Si no lo he entendido mal, todo lo que tengo que hacer para ganar es acudir a la Carrera de la Reina y atar la cinta en el brazo de Naruto...
—Eso es todo.
Incapaz de reprimir su emoción, Hinata tomó la mano de Utakata y le miró a los ojos, impaciente.
—Dígame que lo hará por mí, Utakata. Es más importante de lo que se imagina.
Una irónica sonrisa se dibujó en su semblante.
—Por supuesto que lo haré —respondió, mirándola con más respeto y un gesto de aprobación—. Como habrá podido suponer, su marido y yo nunca nos hemos podido ver. —Vio su sonrisa desconcertada y soltó un exagerado suspiro ante aquella señal de ingenuidad—. Si su marido me hubiera hecho el favor de seguir «difunto» y si Gaara hubiera sabido dar el último suspiro sin haber puesto en el mundo un heredero, yo, o mis herederos, seríamos los próximos duquesw de Konohagakure. Usted misma ha visto a Kankuro, el hermano de Gaara, un muchacho delicado que ha tenido desde que nacio un pie al borde del otro barrio. Al parecer tuvo algún problema al nacer.
Hinata, que no tenía idea de que Utakata estuviera situado en un lugar tan prominente entre los herederos de la ascendencia, movió lentamente la cabeza.
—Sabía que era pariente nuestro, de los Namikaze, me refiero, pero creía que se trataba de un parentesco lejano, que tal vez fueran primos de cuarto o de quinto grado.
—Así es. Pero a excepción de Naruto y de los padres de Gaara, el resto de los Namikaze han tenido la terrible mala suerte de engendrar continuamente hijas en lugar de hijos, y además pocas. Por lo que parece, los varones de nuestra familia mueren jóvenes, y somos poco prolíficos a la hora de engendrar herederos, aunque —añadió intentando deliberadamente escandalizarla— nunca por falta de empeño.
—Un exceso de endogamia, imagino —intervino ella, procurando quitarse de la cabeza el bochorno que le había producido el comentario de Utakata acerca del hecho amoroso—. Eso también se da en los pastores escoceses. A la aristocracia le hace falta sangre nueva, de lo contrario pronto veremos cómo se rascan detrás de la oreja y van perdiendo el pelo.
Utakata echó la cabeza para atrás y soltó una carcajada.
—¡Vaya con la niña irrespetuosa! —exclamó aún rígido—. Ha aprendido a simular normalidad cuando la escandalizan, pero a mi no me engaña. Siga practicando.
—Luego añadió con brío—: Y volviendo a lo nuestro, ¿cuánto apuesta usted?
Hinata se mordió el labio, temerosa de ofender a la fortuna, quien por fin le sonreía mostrándose excesivamente avariciosa.
—Dos mil libras —empezó, pero se interrumpió al advertir que Filbert, situado detrás de Utakata, tosía ruidosamente y luego se aclaraba la voz sellando un elocuente «Ejem».
Con expresión animada, Hinata miró a Filbert y luego a Utakata y rectificó deprisa:
—Dos mil diecisiete libras...
—Ejem —repitió Filbert—. Ejem.
—Dos mil —volvió a repetir Hinata, obediente— diecisiete libras y dos chelines.
Utakata, que no tenía un pelo de tonto, se volvió para mirar al lacayo con aire intrigado, recordando que unas semanas antes ella le había contado que la conocía desde niña.
—¿Cómo se llama usted? —dijo mirando a Filbert con aire divertido y altanero.
—Filbert, milord.
—Supongo que es usted el dueño de las diecisiete libras y los dos chelines...
—En efecto, milord, Penrose y yo.
—¿Y quién es Penrose?
—El mayordomo segundo —respondió Filbert, y luego, perdiendo el control, añadió iracundo—, es decir, lo era hasta que apareció Su Alteza está mañana para degradarle.
Utakata adoptó un aire ausente.
—Una pura delicia —murmuró, y luego retrocedió un paso e hizo una inclinación de cabeza dirigiéndose a Hinata—. Me imagino que no asistirá al baile de los Linworthy esta noche...
Hinata vaciló una fracción de segundo antes de decidir con una sonrisa maliciosa:
—Teniendo en cuenta que esta noche mi marido tiene un compromiso, no veo qué puede impedírmelo. —De forma increible y milagrosa, pronto tendría dinero suficiente para vivir a gusto diez años en su antigua aldea. Por primera vez en su vida saboreaba la independencia, la libertad, y consideraba que esto era la felicidad. Era algo dulce, algo divino. Algo más embriagador que el vino. Le daba valentía. Con los ojos brillantes de alegría, añadió—: Y si sigue deseando medirse conmigo con el estoque, Utakata, creo que mañana por la mañana sería ideal. Invite a quien quiera como espectador. ¡Invite a todo el mundo!
Por primera vez, Utakata parecía intranquilo.
—Ni siquiera nuestro querido Gaara, que le permitía hacer lo que le diera la gana, la dejó practicar con ninguno de nosotros. No creo que sea conveniente, querida mía, pues su marido probablemente se pondrá serio si se entera de ello.
—Lo siento, Utakata —dijo ella, arrepentida en el acto—. Jamás haría algo que le ocasionara problema con...
—Era usted quien me preocupaba, mi querida niña, no yo. Yo no corro ningún peligro. Naruto no va a retarme... Él y yo somos demasiado civilizados para rebajarnos con una exhibición pública de furia desenfrenada, es decir, con un duelo. Por otro lado —añadió con más suavidad—, seguro que pronto encontrará la oportunidad de ajustarme las cuentas en privado. No se preocupe —añadió con la máxima despreocupación—. Sé controlar mis puños. Contrariamente a lo que pueda haber imaginado, hay un hombre bajo esos finos ropajes que llevo. —Dándole un galante beso en la mano, dijo secamente—: La buscaré esta noche en el baile de los Uchiha.
Cuando Utakata se hubo marchado, Hinata cruzó los brazos sobre la cintura y se echó a reír mirando hacia el cielo.
—¡Gracias, gracias, gracias! —dijo a Dios, al destino y al ornamentado tedio. Utakata le había dado la respuesta a la primera parte de su problema mostrándole una fuente de dinero, y ahora acababa de dar con la solución a la segunda parte: Naruto Namikaze, tal como había observado ella en los dos últimos días, era un hombre acostumbrado a que le obedecieran al instante quienes se encontraban a su alrededor, incluyendo a su esposa, y eso exigía de forma incondicional. No era una persona habituada a que le desafiara un hombre, una mujer o un criado.
Así pues, decidió ella, alegre, en el desafío estaba la llave de su libertad. Lo que hacía falta eran unos cuantos desafíos inmediatos y flagrantes, unas salidas que le arrebataran la paz, se rieran de su autoridad y, lo más importante, le dejaran claro que estaría muchísimo más tranquilo si Hinata se apartaba de su camino y de su vida.
—A Su Majestad —dijo Filbert con aire irrespetuoso— no le gustará que apueste usted contra él ni que salga está noche. —Y frunciendo el ceño congesto preocupado, añadió—:Escuché por casualidad una conversación y oí que decía que no se lo permitiría.
Hinata se echó a reír y abrazó al preocupado anciano.
—No va a enterarse de la apuesta —dijo, contenta—. Y si no le gusta que salga—añadió llena de júbilo, dispuesta a salir— siempre puede mandarme de vuelta a casa. ¡O concederme el divorcio!
Tarareando una alegre melodía, se fue andando por el pasillo para dirigirse luego a la escalera. En dos meses, cuando cobrara la apuesta, podría alejarse de Naruto Namikaze y vivir como una mujer rica lejos de él. Y lo que la alegraba también era saber que conseguirla el dinero gracias a su ingenio, aparte de que Naruto nunca sabría de dónde lo había sacado. En la puerta de su despacho, donde se disponía a despedir a una visita, Naruto observó como Hinata subía airosa la escalera y una leve sonrisa se dibujó en sus labios. Pensó que tenía una voz muy bonita. Y que sus caderas se balanceaban con un tentador movimiento. Muy tentador.
La tranquilidad que la había mantenido animada toda la tarde seguía marcando el estado de ánimo de Hinata en aquellos momentos en que se encontraba frente al tocador con la cabeza ladeada mirando el reloj de la repisa de la chimenea. Una hora y media antes había oído, cuando Naruto había entrado en el dormitorio situado al lado del suyo, que decía a su ayuda de cámara que aquella noche se iba al White. Hacia veinticinco minutos que había salido.
El White quedaba cerca de la mansión de los Uchiha, y para evitar toda posibilidad de encontrarlo aún abajo o en el camino, Hinata pensó que lo mejor sería darle tiempo suficiente para que llegara a su destino antes de dirigirse ella al suyo.
Decidió que tenía que haber llegado ya al club y, volviéndose hacia la doncella francesa de mediana edad que le había procurado la duquesa, dijo animada:
—¿Me sienta bien, Marie?
Ella misma sabía que en su vida había tenido mejor aspecto.
—Va a dejarlos sin habla, Excelencia —dijo Marie sonriendo, convencida.
—Eso es lo que me da miedo —respondió ella con una risita compungida al observar en el espejo el extraordinario vestido de chiffon amarillo limón recogido en los hombros con unas minúsculas tablas que cruzaban en diagonal el canesú y ponían de relieve sus espléndidos senos formando un profundo y atrevido escote. Otros pliegues horizontales realzaban su estrecha cintura para dar un vuelo airoso a la amplia falda del vestido.
Unos largos guantes cubrían sus brazos hasta más arriba de los codos, y los diamantes destellaban en su garganta así como bajo las gráciles y rizadas mechas de delante de las orejas. Llevaba un elegante moño adornado con una tira de diamantes ingeniosamente intercalada entre el pelo.
La sencillez del peinado ponía de relieve sus finos rasgos y le daba el sofisticado aspecto que necesitaba para contrarrestar su juventud y hacer juego con el extraordinario vestido.
Cogió el bolsito bordado con cuentas y dijo con aire alegre:
—No me esperé despierta, Marie. Voy a pasar la noche en casa de una amiga.
No era cierto, pero Hinata no tenía intención de volver a hacer el amor con Naruto Namikaze y como mínimo aquella noche tenía un plan para evitarlo.
El White, el club privado más selecto de Inglaterra, tenía exactamente el mismo aspecto que la última vez que Naruto había pasado por delante de sus amplios miradores hacía más de un año. No obstante, en el momento en que se adentró en sus sagrados límites, se dio cuenta de que aquella noche algo había cambiado sutilmente.
Aquello era diferente a pesar de ser igual: las cómodas butacas seguían dispuestas alrededor de las mesas bajas para que los caballeros pudieran reclinarse en ellas tranquilamente mientras perdían o ganaban una fortuna con el simple gesto de dar la vuelta a una carta. El gran libro en el que se registraban las apuestas —un libro tan sagrado para los jugadores del White como la Biblia para un metodista— seguía en su lugar habitual.
La única diferencia: aquella noche se había reunido alrededor de éste una muchedumbre.
—Uzumaki —exclamó una entusiasta voz, en realidad demasiado entusiasta, pues el grupo que se encontraba frente al libro de apuestas tuvo un sobresalto.
—Qué alegría tenerte de nuevo entre nosotros, Naruto —dijo uno, estrechándole la mano.
—Encantado de volverte a ver, Naruto —dijo otro, mientras amigos y conocidos se congregaban a su alrededor, impacientes por darle la bienvenida. Tal vez demasiado impacientes, pensaba Naruto.
—Tómate algo, Naruto —dijo Sai en tono grave y, sin más, tomó una copa de madeira de la bandeja de un lacayo que las servía y la puso en la mano de Naruto.
Éste, con una leve sonrisa de desconcierto ante el curioso comportamiento de Sai, devolvió la copa al sirviente.
—Whisky —dijo, escueto, y disculpándose, se acercó al libro de apuestas.
—¿Por qué estupidez apuestan hoy en día nuestros jóvenes? —preguntó—. Supongo que se acabaron las carreras de cerdos. —De repente seis hombres le impidieron el paso, distribuyéndose en semicírculo ante el libro de apuestas y simulando una animada conversación.
—Vaya tiempo que... La habrás pasado... Cuéntanos... ¿Cómo está lord Gaara?... ¿Está bien tu abuela? Sin que Naruto le viera, Sai hizo un gesto con la cabeza indicando que era inútil cerrarle el paso hacia el libro y el grupo de comprensivos maridos que había formado la barrera se apartó con aire incómodo. —Mi abuela está perfectamente, —dijo Naruto abriéndose paso—. Y Gaara también.
Apoyándose en el respaldo de la butaca, empezó a hojear las páginas del libro, como había hecho antes con los periódicos atrasados, en un intento de ponerse al corriente de lo que ocurría en el mundo. Había apuestas sobre mil cosas, desde la fecha de la próxima tormenta de nieve hasta el peso del primogénito de Bascombe.
Ocho meses atrás, leyó Naruto con humor, el joven lord Thornton había apostado mil libras a que su joven amigo el conde Stanley, dos meses después, tendría que guardar cama por un dolor de estómago. El 19 de diciembre, Thornton había apostado cien libras a que Stanley no se comería doce manzanas seguidas. Stanley ganó aquella apuesta. Pero él perdio mil libras al día siguiente. Naruto soltó una risita, miró a sus amigos y comentó:
—Veo que Stanley sigue siendo un crédulo.
Eran algo típico los comentarios sobre las locuras en las apuestas de los jóvenes por parte de los mayores, más sensatos y aposentados. Los padres de los seis caballeros reunidos alrededor del libro —y sus padres antes que ellos— habían estado allí haciendo exactamente lo mismo.
En otra época, el comentario de Naruto habría movido a sus amigos a responder con graciosas historias sobre otras apuestas o con algún inofensivo recuerdo sobre sus imprudentes flaquezas. Aquel día, sin embargo, los seis hombres le dirigieron una incómoda sonrisa y no le hicieron comentario alguno.
Lanzándoles una desconcertada mirada general, Naruto centró de nuevo la atención en el libro. El silencio se apoderó del club cuando los caballeros instalados en las mesas dejaron el juego a la espera de lo que ocurría. Poco después, Naruto pensó que conocía la razón de que se hubiera producido aquella atmósfera tan curiosa a su alrededor, pues a lo largo de todo el mes de mayo y el de junio encontró una página tras otra cubiertas por apuestas sobre qué pretendiente (entre montones de ellos) iba a elegir Hinata como marido.
Molesto aunque no sorprendido, Naruto volvió la página y se encontró con las que se centraban en la Carrera del día de la Reina y en si Hinata ataría la cinta en su manga.
Echando una ojeada por encima a los nombres, se dio cuenta de que era el favorito, aunque hacia el final de la página figuraban unos cuantos nombres que habían apostado contra él. Le pareció irónico que Utakata hubiera apostado aquel mismo día mil libras contra él. ¡Qué típico!
La siguiente era también contra él, mayor y con una cantidad bastante curiosa, 2.017,3 libras, avalada por Utakata aunque a nombre de...
La ira se apoderó de él mientras se incorporaba y se volvía hacia sus amigos.
—Tendrán que disculparme, caballeros —dijo en tono suave aunque peligroso—, pero acabo de acordarme de que esta noche tengo otro compromiso —añadió y sin mirar a ninguno de ellos, se fue muy ofendido.
CONTINUARÁ...
